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Caminera II

«La mirada de la yegua»: Archivo personal


Mírala, ella, tan mimosa desde que nació…Juaquín de [Casa] Foncillas juguetea con las crines de Caminera, a la que una tendinitis arrastrada desde comienzos de año le ha impedido participar, con sus compañeras de la yeguada de monte, en la excursión contratada por un grupo de navarros para visitar el entorno de la sierra de Sevil, aprovechando un domingo de lluvia arrinconada, en corta tregua, por el Sol. Junto a la valla, en un bol cubierto por un paño, las galletas de avena y zanahoria, las preferidas del animal, horneadas el día anterior por la veterinaria para celebrar los once años recién cumplidos por la hermosa yegua, que cabecea, ávida, con los ollares distendidos por los gratos aromas que advierte, reclamando sus golosinas con suaves resoplidos. “Juaquín, ¿puedo llevarme a Lizer de paseo hasta la ermita…?”, pregunta Jenabou. “Te lo ensillo y paseáis por aquí, que están con los tractores en los campos del camino y ya sabes lo nervioso que se pone con el ruido”. En la pardina de arriba, ladran, desaforados, los perros labradores de Carmelo, el pastor; responden, hoscos, los mastines del establo, con las señoriales cabezas encaradas a la lejanía dominada por el rebaño.

A las once y media, cuando los trabajadores del establo regresan a sus faenas tras el almuerzo, Juaquín y la veterinaria bajan al bar del Salón Social, donde Josefo, el camarero, discurre entre las mesas de la soleada terraza sirviendo pimientos rellenos de huevo y atún, raciones de ajoarriero, bravas y pulpo y tostas cubiertas de mermelada de olivas negras. “Hala, que mañana volverán los chaparrones y habrá que ponerse a cubierto”, advierte uno de los jugadores de guiñote. “Dos meses seguidos tendría que llover”, replica otro.

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«Mascarada»: Archivo personal


Duerme l’Ome Grandizo [1] el sueño riscoso de los dioses pirenaicos, mutado en sierra, la de Guara —la Sierra Niña, que decía Ramón J. Sender, enamorado de sus paisajes y leyendas—, con su humanoide mole yacente perfilada entre la peña de Amán (los pies) y el picón del Mediodía (la cabeza con su picuda nariz).

Duerme el sueño eterno el gigante, aquel que la tradición y el mito hicieron vagar, armado con un astral [2] de piedra y en compañía de un oso, por las fantásticas trochas de ese paisaje fragoso y hechizante de la Bal d’Onsera [3].

Duerme el que fuera celador de la virginidad de las mozas serranas, encriptado en la Naturaleza, con el rostro, en granítica cresta, saludando al viento que, soplando sin interrupción desde los dos inmensos peñascos que forman la Puerta del Cierzo, le canta, provocativamente socarrón:

Junto a l’augua d’abaixo
n’a Bal d’Onsera
a mozeta ha perdiu
o que teneba [4].


Desde el tozal abierto a la laja donde se deposita la comida para los quebrantahuesos, se divisa el ecosistema rupícola de la Bal d’Onsera, con sus agrupaciones de pinos silvestres, sabinas, carrascas y buxos [5], en caprichosa distribución, y el cauce del barranco principal y sus ramales, que serpentean, se unen y se bifurcan, en fascinador congosto, entre matorrales que parecen lanzar sus ramas de una pared rocosa a otra para resguardar el suelo pedregoso de los rayos solares.

Y al fondo de la rambla que las aguas erosionaron, excavada en la roca que se eleva en murallón vertical, la ermita de San Martín, medieval y mágica presencia pétrea protegida por el roquedal del que mana el agua milagrosa y fertilizante, pócima cuasi divina que avivó los vientres secos de reinas, damas, siervas y campesinas durante siglos, en dificultosa romería pedestre entre guijarros resbaladizos, quebradas y riscos.

Cuéntase que, antaño, la bal fue territorio de osos, que encontraban en sus vericuetos idílicos covachos y abrigos para la hibernación. Los sueños úrsidos en la bal eran preludio de nieve y heladas en la Sierra de Guara, que únicamente se atemperaban cuando l’Onso  —el macho más fuerte—  despertaba y reanudaba su actividad. El rito de los habitantes de la Sierra para hacer que el invierno finalizara consistía, pues, en incitar a l’Onso  —mediante gritos, cánticos y repiques de esquillas [6]— a salir de su madriguera para adelantar la llegada del tiempo benigno y calmar, así, la brutalidad de la Naturaleza.


Extinguiéronse los osos de la Bal d’Onsera —o acaso no los hubo jamás, quién sabe— y la pueril argucia de los montañeses para combatir a las fuerzas de la Naturaleza trocóse en lúdicas Carnestolendas que todavía conservan dos elementos del antiguo ritual: El incesante ruido de las esquillas y la degustación colectiva de los crespillos, deliciosos postres hechos con hojas tiernas de borraja bañadas en leche y huevo batido y rebozadas con harina, que se fríen en aceite de oliva y se sirven ligeramente espolvoreadas con azúcar.







NOTAS

[1] En aragonés, gigante.
[2] Id., hacha.
[3] Id., Valle de la Osera.
[4] Id., «Junto al agua de abajo / en el Valle de la Osera, / la muchacha ha perdido / lo que tenía».
[5] Id., bojes.
[6] Id., esquilas, cencerros.

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«El amo del gallinero»: Archivo personal


Cuarenta años atrás, en el callizo de la trasera de la casa abacial que discurre hasta lo que actualmente es el frontón, se hallaba la vivienda de la viuda Vidaurre, un edificio en el presente irreconocible por las importantes reformas que llevaron a cabo quienes lo compraron hace más de dos décadas. La construcción original, de una sola planta y no especialmente destacable, contaba, en un lateral en pendiente, con un amplio corral rodeado de un murete de poca altura donde la señora Otilia, la viuda Vidaurre, criaba conejos, tórtolas, gallinas y un gallo hermosote y cachazudo al que la chiquillería que jugaba en el prado municipal, pegado a la parte posterior de la vivienda, llamaba Perejiles.

El ave, con plumaje negro y anaranjado y una colosal cresta torcida, ascendía hasta la parte superior del cercado y contemplaba, estática e imponente, los juegos infantiles, manteniéndose inmóvil incluso cuando alguna criatura se acercaba para observar con admiración sus magnificos espolones, sin que la proximidad y algún que otro toqueteo perturbaran al animal. No ocurría lo mismo con la dueña del corral. La viuda Vidaurre, arisca y malencarada, solía asomar por el murete y la emprendía a manotazos contra Perejiles hasta obligar al gallo a bajar de su atalaya, a la vez que lanzaba improperios a la gente menuda que, según ella, la incordiaba. «¡Marchad a jugar a la puerta de vuestra casa, cagallones!», vociferaba. A todo ello se unía la requisa de un par de pelotas que habían aterrizado en su corral y que les había devuelto, rajadas e irreparables, con un «así aprenderéis a no molestar».

Pero la incidencia más espectacular se produjo a raíz de que la viuda Vidaurre arramblara con un maletín de tela lleno de muñecas recortables que una de las niñas más pequeñas había depositado en la hierba, al pie de la valla de piedra. Ante el nuevo abuso, la chiquillería en pleno, sin encomendarse a nadie, entró en acción. Al día siguiente, tras salir de la escuela, los cuatro niños y las siete niñas del grupo regresaron al prado. Mientras unos distraían a la viuda suplicándole la devolución del maletín, otras se subieron al murete, atrajeron a Perejiles, lo metieron en una enorme caja de cartón que había contenido un televisor y, después de gritarle a la dueña del corral que le darían el animal a cambio de los recortables, corrieron con su carga hacia la plaza; tras ellos, con asombrosa ligereza en una persona mayor que se ayudaba de un bastón para caminar, salió la viuda Vidaurre, furibunda, y, algo más retrasado, Lorencito, su hijo cuarentón, que adelantó a la madre en una zancada alcanzando a las cuatro porteadoras en el momento en que, agotadas por la tensión, más que por el peso y la carrera, se detuvieron a tomar aliento cerca de la fuente, en tanto que el resto de la grey infantil se perdía entre los soportales de la iglesia.

A pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerda Marís, entonces de unos ocho o nueve años, que cuando el señor Bartolomé, el cartero, se interpuso para que Lorencito Vidaurre dejara de tirarle con brutalidad de las orejas, no se atrevía ni a tantearse los laterales de la cabeza con las manos por temor a no encontrar nada donde antes había tenido los pabellones auriculares.

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«Flamas»: Archivo personal


San Sebastián, san Blas, san Pablo y san Antón.
pa deschelar a barba empinan o porrón.
¡Que chele fuera!…¡Ba por dentro a prozesión!
¡Dilín-dilón!, ¡Dilín-dilán–dilón!.
Fogueras, trucos, buen tozino y buen porrón…
¡Con istos santos no se aburre aquí ni Dios!.

La Ronda de Boltaña.


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan» [1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián, Babil, Blas o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos [2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará los días venideros, como hace cientos de años, regocijadas noches de muchas localidades del antiguo Reyno d’Aragón, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.


NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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«Luna vela»: Archivo personal


Rozando el alba se acallaron las voces y las llamas alimentadas de carrasca de la chimenea de la sala de abajo de O Cado acunaron con sus reflejos los rostros de los durmientes. Luis, el exmosén reconvertido en trabajador social en el área zapatista de México, en la colchoneta, frente al cajón de la leña; Iliane, con Luna, en el sofá, junto a las escaleras; María Petra y la veterinaria en los viejos sillones abatibles hallados en la escombrera y reciclados; Étienne y Jenabou acurrucados en sus sacos de dormir, uno a cada lado de la viga maestra forrada de finos listones de cerezo. Los tres restantes, en el piso de arriba, distribuidos en las dos alcobas.



Amanece.

En una mesita desplazada hacia la pared, la novela que protagonizó el libro-fórum de la tarde anterior en la Sala Pepito de Blanquiador de la Asociación de Cultura Popular: Hijos de la niebla, heredaréis la nada, de Luis Bazán Aguerri; sobre ella, El discurso de la servidumbre, de Étienne de La Boétie, un facsímil realizado por Emil con tan escrupulosa fidelidad que incluso emana de él olor a viejo.

Y como adheridas mágicamente a los maderos que enmarcan el artesonado de cañas del techo de la sala de abajo, las conversaciones intercambiadas en la alargada sobremesa de la cena, cuando, en homenaje a Luis, el exmosén, resucitaron la pícara historiografía de mosén Bruno Fierro, el descacharrante cura de Saravillo protagonista de la mazurca de la Ronda de Boltaña; la aventura anarquista de mosén Jesús Arnal, secretario de Buenaventura Durruti; el asesinato a manos de falangistas del comprometido cristiano José Pascual Duaso, el bondadoso párroco de Loscorrales, y todas las historias recordadas, casi a trompicones, sobre personajes altoaragoneses, reales o legendarios, que el polifacético cura Rafa Andolz les relatara a las otrora adolescentes Marís, María Petra y la veterinaria, durante las tres sesiones semanales de estudio de lengua aragonesa. «Habéis tenido el privilegio de aprender nuestra hermosa lengua desde la cuna», les decía. «Usadla y transmitidla para que no muera».

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«Luminosidad»: Archivo personal


«Pero, Cata, si con cinco litros tenemos suficiente». «Cinco para ti y otros cinco para que se los lleves, de mi parte, a tu amiga María Petra. Como siempre». Cata, más encogida y frágil que la última vez que se vieron, tres años atrás, cuando todavía habitaba en la casa de Pamplona, coloca las dos garrafas de aceite en el maletero del monovolumen. «Id con cuidado, que habrá mucho tráfico, y llamadme cuando lleguéis a Huesca, que no me quedaré tranquila hasta saber que estáis bien».

Se alejan del Sur, de la entrañable Cata que abandonó la Chantrea para regresar a Mancha Real, su pueblo andaluz, con su inseparable guardapelo al cuello cayéndole sobre el corazón, en el altar materno donde habita su recordada hija Raquel, cuyos restos reposan en el cementerio de Pamplona junto a los de su padre, fallecido hace tres años. «¿Qué iba a hacer yo sola en Pamplona…? Sin mi marido, sin mi Raquel y con el nieto trabajando en Irlanda… Mis otros hijos están en Granada y Jaén, y en esta casa viví yo hasta que salí para casarme…», explicaba, entre lágrimas.

Quedan atrás los olivos miguelhernandianos  —Jaén, levántate brava…—, los baños árabes jienenses, la esencia nazarí de los magníficos palacios y jardines granadinos, las callejuelas del Albayzín, los piononos de Santa Fe, el otoño calmo. El Sur… La voz de María Berasarte pone banda sonora a unos días, escasos pero ajetreados, retenidos en la memoria mientras pasa Madrid al otro lado de los cristales y ponen rumbo a Zaragoza con el regusto en los labios de la tortilla de patatas consumida en un área de servicio.

Nada más vislumbrarse Huesca, los acoge la niebla y se desliza el vehículo sobre la pátina de escarcha que la gelidez nocturna ha trazado a lo largo de la ruta de la sierra de Guara que conduce al Barrio. Creedence Clearwater Revival rompe el silencio durante los últimos kilómetros.


[…]


Qué lejos ahora (y, sin embargo, qué cerca) el Sur…

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«De la tierra»: Archivo personal


En la calleja donde se ubica el Mia-te tú, zarandeaba el viento helador a la clientela tempranera que doblaba la esquina de la calle Alta para dirigirse al restaurante en el que unas humildes y reconfortantes sopas de ajo abrían lo que Mª Ríos, la chef, denomina Cena de Casa Nuestra, que este último domingo de noviembre se componía, además, de un salteado de alcachofas, setas y trigueros, como segundo plato, y, de postre, el más delicioso mostillo que paladar alguno haya catado.

Pensaba que habría parrillada de verduras”, comentaba alguien. “No, la parrillada la puse el domingo pasado, pero cualquier dia la repito y te aviso”, respondía la cocinera.

Iba dejando Mariángel, la camarera, las humeantes soperas de loza sobre las cinco mesas ocupadas y se servían los comensales la ración apetecida mientras Mª Ríos asomaba por el hueco del pasaplatos con un “quien quiera más, solo tiene que decirlo”.

En el jardín, el entoldado que techa las mesas exteriores bailaba al ritmo impuesto por el cierzo y, con cada arremetida, se escuchaban los chasquidos del varillaje como si, de un momento a otro, la estructura fuera a desmoronarse contra la cristalera del comedor.

Echamos el penúltimo trago en el Salón Social, ¿o qué…?”, sugería Emil una vez dieron cuenta de los cafés y licores y desalojaron la estancia para que Mariángel la preparara para el segundo turno de cenas.


Embestidos por el viento, caminaron a trompicones hacia el centro de la localidad, con los cuerpos encogidos y buscando la protección de los muros de las casas. Apenas eran las diez y ya se había transformado el Barrio en un pueblo fantasmal, con las escasas farolas de la calle Alta iluminando precariamente el recorrido hasta la plaza, entre viviendas cuya impuesta lobreguez las hacía parecer deshabitadas.

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«Preludio de la noche»: Archivo personal


Pinta la tarde adioses encarnados sobre el arcaico camino de servidumbre que atraviesa la antigua granja porcina de Casa Zerigüel, por detrás de la torrontera. A la izquierda de la construción de adobes anaranjados donde vive la cuadrilla de esquiladores polacos, aún se aprecia la hondonada donde, en tiempos, se hallaba la nauseabunda balseta de purines que convertía los aledaños de aquel terreno en los únicos lugares evitados por la chiquillería en sus escaramuzas por la periferia del pueblo. Pese al hormigón que sella en la actualidad el inmundo agujero, arrugan la nariz las caminantes y apresuran el paso descendiendo hasta la vaguada para trepar, asiéndose a los matojos de hierba asentados en los escarpes de la foz, hasta el límite norte del Barrio, donde se levanta la parte de atrás del Salón Social. “Cualquier día os vais a romper la crisma”, las saluda desde el cenador iluminado Olarieta, la cocinera del bar de Salón Social. “Entrad, que acabo de freír unos crespillos”.

Se alejan la tarde y sus granates y se llega la noche vestida de sombras atezadas, con las voces de La Bullonera inundando el interior del bar y el fuego de la chimenea lamiendo, cálido, los rostros fríos de las recién llegadas.

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—Martín, que te hago una foto.
—Las que tú quieras.


Martín Arnal Mur

Asistíamos ambos, con un puñado de familiares y gentes anarquistas y republicanas, a la inhumación definitiva en el cementerio de Huesca de Constantino Campo, asesinado en 1937. Te miré y, por primera vez, fui consciente de tu fragilidad, de la vejez sustentada en ese bastón rojinegro que no te abandonaba en los últimos tiempos. Te abracé, sonreíste y navegaron por ese instante de ternura las imágenes de las calles recorridas, de los gritos y cánticos corales reunidos a la vera de la Fuente de las Musas, entre pancartas, en esa misma plaza donde las miradas aún chispeantes de nuestra juventud oteaban tu presencia y la de Mariano Viñuales, el viejo luchador comunista. Nos apelotonábamos alrededor vuestro. Abrazos. Saludos. Admiración. Había cierta emoción en vuestros ojos, que tantos desgarros habían presenciado en el pasado, y brillaban en esos momentos con el conmovedor orgullo de quienes, ante el presente luminoso, dan por bien empleados los años oscuros de lucha. Nos parecíais, entonces, inmortales; dos adorables abuelos guerrilleros antifascistas cuyos corazones seguían bombeando la férrea voluntad de cambiar el mundo. Cuando los latidos de Mariano se detuvieron, tú seguiste fiel, revestido de elegante ancianidad, a aquella plaza, a las manifestaciones, a la reivindicación de justicia social, mientras nosotros íbamos dejando atrás los años mozos pisando, a tu lado, las calles con la madurada firmeza de las convicciones arraigadas, mirándonos en el espejo de las tuyas y arropándote en aquellas interminables jornadas en el cementerio de Las Mártires, desenterrando los huesos agujereados de los desaparecidos, pero nunca olvidados, entre los que tú soñabas encontrar a tus hermanos, José y Román.



Hoy, Martín Arnal Mur, compañero libertario, hubiera cumplido cien años, pero su corazón se quebró el 21 de octubre dejándonos huérfanos de su presencia y herederos de un legado imperecedero para compartir y transmitir.




Despedida de Martín Arnal Mur en Bielsa.




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«Tiempo detenido»: Archivo personal


¿Y si preguntamos en las oficinas..?”, sugería Étienne, impaciente, tras más de una hora deambulando por el Cementerio de Torrero, en Zaragoza. “Estas no son trazas de buscar un nicho… ¡Si han pasado casi treinta años! Y no me vengáis con encontrar puntos de referencia ni zarandajas… Ha pasado demasiado tiempo para que recordéis el lugar exacto. A Maíto solo lo localizaremos si alguien nos indica dónde está enterrado. Vosotras veréis…

Mario, Maíto, de dieciocho años, compañero de pandilla y novio in péctore de María Petra, se mató en Monrepós, al derrapar su moto y golpearse contra un quitamiedos, cuando se dirigía a un viejo despoblado donde el resto de sus amigas y amigos trabajaban como voluntarios en la reconstrucción de una vivienda. Tardaron un día en enterarse del accidente porque el pueblo carecía de teléfono y asistieron, todavía estupefactos, a un desgarrador entierro en medio de una soleada y vistosa primavera que parecía querer homenajear al joven fallecido.

Desde la sencilla lápida de vetas marrones y blancas del nicho. un sonriente Maíto, con el flequillo desigual y la media melena castaña enmarcándole el rostro, contemplaba a sus visitantes, congelados sus rasgos en aquella adolescencia detenida en el tiempo que un día compartieron.


[…]


…y en el centro del cementerio, el mausoleo de Joaquín Costa con el epitafio compuesto por Silvio Kossti sobre mármol blanco:

Aragón a Joaquín Costa.
Nuevo Moisés
de una España en éxodo.
Con la vara de su verbo inflamado
alumbró la fuente de las aguas vivas
en el desierto estéril.
Concibió leyes para conducir a su pueblo
a la tierra prometida.
No legisló.


Manuel Bescós Almudévar, alias Silvio Kossti, costista hasta en su seudónimo; un tipo inteligente, leal a sus amigos, republicano confeso, incisivo articulista, escritor polémico, furibundo anticlerical, alcalde de Huesca durante cuatro meses y escasamente conocido hoy en día por los oscenses, ya sea con su nombre real o con el seudónimo que utilizó porque, según le escribió a Costa, “tengo tres hermanos bastante imbéciles como para hacerme desear el perder de vista el apellido”.

Kossti, que murió con poco más de sesenta años, fue autor de unos Epigramas tan provocativos que él mismo decidió retirar su publicación convencido del perjuicio que podían suponer para sus hijos, que estudiaban en academias militares. Ya en 1909 su novela Las tardes del sanatorio supuso un escándalo que él ya presuponía cuando, hablándole a su admirado Costa de su proyecto novelístico, expresaba que su pretensión era “rascar de la mentalidad española el fraile que la mayoría lleva dentro”. Su propósito tuvo cumplida respuesta eclesiástica; los obispos de Huesca y Jaca y el arzobispo de Zaragoza reprobaron Las tardes del sanatorio. Tras el escándalo, circularon por la capital oscense dimes, diretes y anécdotas chispeantes como la de que el mastín que acompañaba a Kossti en sus paseos tenía por costumbre entrar en la iglesia de San Lorenzo a echar una meadita en las esquinas de los confesionarios…

Dícese, no obstante, que Manuel Bescós arrepintióse de sus ataques a la iglesia y, momentos antes de su muerte, accedió a recibir la extremaunción y a ser enterrado como buen católico. “Descansó al morir”, es el epitafio de Silvio Kossti grabado en su nicho del cementerio de Huesca. Junto al epitafio, un bajorrelieve realizado por uno de sus grandes amigos, Ramón Acín Aquilué, del que fue testigo en su boda con Conchita Monrás.

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