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Posts Tagged ‘Aragón’

“La patria en los zapatos”: Archivo personal

 

Cimbrea el viento los viejos cipreses y acicala la lluvia las primorosas copas de almendros, litoneros, robles y pinos, encharcando santolinas y bojes y formando un barrillo que se adhiere a las deportivas de las jaraneras pandillas que, embozadas en lenes y coloristas chubasqueros ya calados, recogen, sin prisas pese al aguacero, los restos de los festines en la ladera norte del cerro de San Jorge, la familiar colina en la que, desde hace siglos, se festeja la capitulación de la invicta ciudad sarracena de Wasqa a cuyos ejércitos, unidos a los castellanos, vencieran las tropas aragonesas de Pedro I en 1096, en la batalla que la historia llamaría de los llanos del Alcoraz y donde el mágico caballero Jorge, cabalgando por la atmósfera, decantó la victoria, dicen, hacia el expansivo ejército aragonés, obligando a la ciudad de las cien torres a abrir los preciados portalones de sus inexpugnables murallas a aquellas huestes de cristianos montañeses que durante tantos años venían codiciándola. Y así fue como el antiguo poblado de Bolskan, que los romanos celebraron como Osca para pasar a ser bastión de Al-Ándalus del Norte durante cuatro siglos con el nombre de Wasqa, convirtióse en la Huesca aragonesa sin perder jamás la memoria de los pobladores que la habitaron a lo largo de la historia.


Hoy, 23 de abril —Día de Aragón— como en el canto de La Tronada, llueve.


Dondiniar es un vocablo aragonés que significa vagar, merodear, ir de un sitio a otro.

 

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“Loarre en el corazón”: Archivo personal


«Para mí Loarre es el refugio oscuro del inconsciente histórico de Aragón. Como hay alguna clase de paralelo entre lo individual y lo colectivo y entre lo actual y lo histórico, para mí Loarre es también mi propio mundo inconsciente, oscuro, profundo y de un gran sentido trascendente. Con ángeles truncados, arcos románicos bajos y curas blasfemos o ascéticos. Búhos nocturnos, golondrinas estivales y murciélagos, y además esos trasgos de la noche eterna todavía sin nombre.
En Loarre se siente uno satisfecho de ser aragonés y orgulloso de un pueblo que haría honor a los pueblos más nobles de Europa
».- Ramón J. Sender.

Encallado en la sierra, entre las grisáceas peñas que disimulan su portentosa presencia a las miradas del llano, álzase el castillo de Loarre, bajel montañés varado donde rompe el oleaje del viento mientras las risas infantiles reverberan entre sus sobrios aparejos de piedra y resucitan, con el sonido de las juguetonas espadas y los graciosos alfanjes de madera, los viejos tiempos, cuando la protectora muralla de ciento setenta y dos metros contenía las escaramuzas sarracenas y cristianas.

Trepan las inquietas piernas infantiles por los veintisiete escalones y el alegre ejército de visitantes se hace fuerte en el mirador de la Sala de la Reina, el puente de la Torre del Homenaje y la Capilla Real, cuyos suntuosos capiteles parecen contemplar, entre las sombras, las idas y venidas de la muchachada que improvisa colosales aventuras bajo los arcos ciegos.

Acaso entre las ventanas ajimezadas y las aspilleras, los espectros de cabecera del bastión aragonés, el conde don Julián y doña Violante de Luna, abandonen sus pesares de siglos y, entre fantasmales sonrisas, observen las corpóreas formas que saquean el silencio y los invocan, con voces entre asustadas y divertidas —“¡Don Julián, don Julián! ¡Doña Violante, doña Violante! ¿Estáis ahí? ¡Salid, que no os vamos a hacer nada!”—, para, a contiinuación, y tras unos segundos de concentrada quietud, salpicada por algún “¡callaos, que si se asustan los fantasmas, no saldrán!”, retornar al pueril jolglorio excursionista, ajeno a la milenaria compostura de la fortaleza que se ensoberbece, magnífica y camuflada, sobre la Hoya.

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“Sueña”: AranZazu


En la pared del fondo de la biblioteca del Centro de Cultura Popular, compartiendo espacio con las fotografías del denominado Pensil de Autores y Autoras de Aragón, hay una camiseta verde de la Escuela Pública junto a una tarjeta en la que se lee, con la precisa caligrafía de la señorita Valvanera: «Al profesor Aramayona, a quien tantas luchas nos unen». Al lado, cerca de un retrato de Ana María Navales y un dibujo hecho a plumilla de Ánchel Conte, cuelga, enmarcado entre varitas de boj, el último artículo de la bitácora del profesor, aquel que escribió el mismo día de su voluntaria muerte, anunciándola. Bajo el cuadro, una pequeña estantería de apenas metro y medio de alta donde, además de sus libros y algunos de sus artículos en prensa —sencillamente encuadernados—, se halla un DVD de la serie Tabú, de Jon Sistiaga, con el último viaje reflexivo de Antonio Aramayona Alonso, en los entornos de su combativa vida, desgranando su cotidianidad previa a ese final que él mismo planificó, anunció y ejecutó el día cinco de julio de dos mil dieciséis, a las cuatro de la tarde, en Zaragoza, la ciudad donde nació en 1948.


Antonio Aramayona, admirado maestro, que se definía a sí mismo —siempre reconocible y tan familiar en su silla de ruedas— como perroflauta motorizado por las calles de Zaragoza, fue profesor de Ética y Filosofía, activista del laicismo y de la Marea Verde por la Escuela Púbica, miembro de la Asociación Pro Derecho a Morir Dignamente, combatiente por la justicia social, escritor, articulista y defensor hasta las últimas consecuencias de la libertad individual para vivir y morir.

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“White Trees”: Stanley Zimny

 

Como si no hubieran sido suficientes las prebendas y posesiones de que disfrutaban las Órdenes Militares por los servicios prestados, les legó el Batallador el reino con ligereza impropia de un hombre cabal”, argumenta Manuel, andarín, ex-bibliotecario y estudioso de la Historia de Huesca, cuando el exiguo grupo de caminantes echa a andar hacia la alberca de Cortés, con el familiar y modernista puente de San Miguel transformado en kilómetro cero de la marcha.

Pese a la temperatura  cero grados a las siete y trece de la mañana—  Manuel, que en agosto cumplirá setenta y ocho años, únicamente lleva un ligero chubasquero sobre una camiseta de manga larga, finos pantalones de loneta hasta los tobillos y, en los pies, sus sempiternas sandalias de tiras cruzadas y suela neumática; sin calcetines. Como si fuera inmune al frío. Dejando en evidencia a sus acompañantes  —con ropa deportiva térmica—  de los que, por edad, podría ser padre y, en algún caso, abuelo.

El grupo festonea la orilla derecha del Isuela al ritmo de las zancadas del hombre mayor que, de vez en cuando, reduce la marcha para trazar, señalando con las manos, una línea imaginaria en el paisaje, delimitando las antiguas posesiones eclesiásticas donadas por los sucesivos reyes aragoneses y las heredades de otros prohombres de la Corte medieval en una época donde una de las preocupaciones de los monarcas era mantener el flujo de agua necesario para regar las extensiones de cultivo oscense, ampliando los recursos hídricos que habían dado renombre a la agricultura con la red de acequias construidas cuando la ciudad era gobernada por los sarracenos.

En 1134, en virtud del testamento de Alfonso I el Batallador, los Hospitalarios, los canónigos del Santo Sepulcro y los Templarios se convierten en los herederos del Reyno, no renunciando a los derechos que les correspondían hasta el reinado de Petronila, casada con Ramón Berenguer y constituida ya la Corona de Aragón. A cambio de esa renuncia, las Órdenes Militares recibieron diferentes posesiones en el Reino de Aragón, que fueron incrementando a lo largo de los años. Con la caída de los Templarios, la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén se convirtió en la encomienda con más propiedades en Aragón y Cataluña, creándose la Castellanía de Amposta, desde la que se gobernaban las tierras y haciendas hospitalarias que, además, gozaban de privilegios y exenciones fiscales.

Y esta alberca de Cortés”, señala Manuel aspirando profundamente al detenerse frente a ella, “fue mandada construir a finales del siglo XV por Diomedes de Vilaragut, máxima autoridad de la Castellanía de Amposta, que tenía su sede, por concesión real, en el palacio de la Zuda de Zaragoza. La terminaron de construir allá por 1501 y la calcularon para que pudiera contener medio millón de metros cúbicos de agua. Y aunque el objeto de la misma era la traída de agua a Huesca, los primeros beneficiarios fueron los propios sanjuanistas, cuyas posesiones se extendían por toda esta zona. No eran lerdos, no”. Vuelve a aspirar, como si quisiera absorber todo el oxígeno del entorno.
En el centro de la alberca se mece una solitaria focha mientras lo que parece una cerceta común permanece en el carrizal inundado de la orilla.

 

Se avistan desde el sendero el puente de San Miguel y el torreón del convento de las Miguelas. El Isuela baja silencioso y regresan los paseantes bordeando el cauce.
Son las diez menos veinte de la mañana. En el acceso peatonal del puente se despide y dispersa el grupo. Manuel cruza el paso de cebra, se vuelve a saludar con la mano desde la acera contraria y, a buen ritmo, prosigue su camino por el Paseo de Lucas Mallada.

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“Descanso estornino”: N.C.

 

De madrugada, cuando el sueño se interrumpe, se les oye en el pinar. Al unísono; como si una sola voz ascendiera hasta la ventana y reverberara contra los cristales en eco infinito que, en el duermevela, parece llevar, entre chasquidos, poemas incompletos de Ángel Guinda recién huidos del manoseado volumen que el insomne acuna entre sus brazos.

Duerme en el tórax el Aspergillus  o acaso trama nuevos tormentos a hígado y riñones…—  cuando se alza, densa, la estola inquieta del pinar que se yergue junto al centro hospitalario. Y se elevan las voces.

Vuelan, cual negra bufanda, los estorninos. Suben, bajan, gritan. Retornan. Se alejan. Desaparecen.

Cierra los ojos el voyeur insomne y, en un último acto de consciencia antes de rendirse al químico letargo que las misericordiosas manos de la enfermera esparcen por el torrente sanguíneo, acaricia la portada del libro de Ángel Guinda y murmura: «Atravesado por un rayo de sombra, como todos los jóvenes, yo vine a que se me llevara la vida por delante…»

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“Different Similarities”: Shad Barney


La garlopa recorre la madera en pasadas cortas y ruidosas que dejan al aire las vetas enrojecidas. “Entonces, ¿lo harás?”, vuelve a preguntar la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio al hombre que trabaja, a horcajadas, sobre la tabla que va perdiendo, entre firmes raspados, los últimos vestigios de rugosidad.

Todo el calor vespertino parece acumularse en el pequeño taller en semipenumbra, entre gubias, escofinas y formones. Emil de O Cado, con las manos desnudas cubiertas de polvo, coge la cartulina que la veterinaria ha dejado sobre el borriquete y contempla, de nuevo, el dibujo. “Puedo trabajarlo en fresno y avejentarlo, si quieres. O darle sólo un par de capas de nogalina”. “No, no. No queremos que quede como un escudo antiguo… Yo te puedo ayudar con los realces. Lo que tú quieras… Serrar, barnizar… Y preparar los tintes vegetales si me explicas cómo…

Emil sujeta la cartulina con el escudo del efímero Consejo de Aragón en el tablero de corcho que hay colgado sobre la mesa de herramientas que preside la fresadora. “Cuántos sueños aserrados”, dice.


El 19 de noviembre de 2011, se presentó en Caspe, sede del antiguo Consejo Regional de Aragón durante la Guerra (In)civil, el único vestigio de la enseña que simbolizó la lucha por la libertad en el Aragón republicano: Un banderín, de unos 50×30 centímetros, supuestamente del automóvil utilizado por Joaquín Ascaso Budría, con los colores del Consejo —negro por la CNT, rojo por la UGT y el PCE y morado por la República— y un triángulo lateral con las barras aragonesas. En el centro, el escudo, con sus representativos cuatro cuarteles separados por la A de Aragón: Los Pirineos altoaragoneses, el olivo del Bajo Aragón y el Ebro de la provincia de Zaragoza.
«La cadena rota del cuarto cuartel, simboliza al nuevo y libre Aragón. Y coronando el escudo, un sol naciente, emblema del Aragón que brota sobre lo derruido por los enemigos de la libertad».[*]


[*] Del periódico «Nuevo Aragón», en su edición del 22 de enero de 1937.

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“Escalera”: Francisco Hernández (Paco)


Para la parlamentaria del PP en las Cortes de Aragón, María Teresa Arciniega Arroyo, la defensa de la Escuela Rural no deja de ser un empecinamiento irrazonable y pueblerino de quienes se hallan “anclados en el pasado sin ver cómo evoluciona la sociedad”. Según se desprende del despectivo alegato de la política, el apoyo a la enseñanza en el medio rural desemboca en una especie de demoledor efecto pardal: Criaturas abocadas al cazurreo y con una perturbadora querencia por su entorno. Ciérrense, pues, por higiene social, las escuelillas aldeanas y sálvese a los menores de ese asfixiante ambiente de ceporros, ovejas, vacas y aburridos sembrados que comprende el 80% del territorio aragonés. Vendan las familias los frutales, motocultores y campos y arriben a la ciudad, garante de mentes despiertas, e instalen a sus descendientes en reconocidos colegios privados y/o concertados donde, no sin esfuerzo, se les desprenderá de su rústica costra para que puedan ser hombres y mujeres de provecho. Como María Teresa Arciniega Arroyo, diputada nacida en la gran metrópoli de Guadalajara y entusiasta faltona.





Dicebamus hesterna die…


ADDENDUM, 15 de abril: Arciniega se disculpa por utilizar “un vocablo que no fue bien entendido.

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Fachada de la Residencia de Niños (Huesca)



Él venía a dolerse de la vida y sus odios,
de la inútil batalla que los hombres urdían,
del feroz llamamiento de los cuerpos helados.

Él no pudo escapar del momento culpable,
como no pudo huir de sus voces escritas.

Casi siempre fue río; raras veces fue mar.
Se perdió por sus pasos entre las cordilleras,
aunque rozó los musgos de la orilla ensombrada
o la rugosa base de un árbol taciturno.

(De Término del aire.- Guillermo Gúdel).


Brilla el balón danzante en la tarde-noche iluminada por los focos en el espléndido campo de fútbol, en la trasera de la Antigua Residencia Provincial de Niños convertida en dependencia del Campus Universitario. Desde el pretil de la carretera del Trasmuro, con la doliente muralla de la vieja Huesca a la espalda, contemplan los escasos y abrigados espectadores las carreras y evoluciones de los contendientes. Más allá, entre la neblina, las mansas aguas del Isuela discurren, en silencio helado, hacia el oeste de la ciudad.

La niebla se cierne sobre los pisos superiores del antiguo orfanato. Tras sus consistentes muros ya no corretea el frío ni se ceba en los cuerpecitos durmientes de los hospicianos ni acallan las monjas, algunas inmisericordes, los llantos sofocados de los más pequeños, tristes sinfonías que invadieron las noches de Guillermo Gúdel y que él, en su vejez, recordaría como si el tiempo transcurrido desde su condición de asilado no hubiera atemperado aquellos nocturnos de desdichas.
Guillermo Gúdel. Poeta. Hombre bueno. Tristeza perenne.


Nació Guillermo Gúdel Martí el 21 de febrero de 1919 en Coscojuela de Fantoba (Huesca), a los pies de la aldea romana de Monte Cillas, paraíso arqueológico entre almendros, vides, frisos y estelas funerarias; agreste paisaje de sueños y poemas. Con tan solo ocho años se quedó sin padre, y la madre, con seis hijos a su cargo y la mente desquiciada, huyó sin rumbo llevándose al pequeño Guillermo y a otros dos hijos, a los que abandonó en Barbastro. Guillermo y sus dos hermanos fueron internados en la Residencia Provincial de Niños de Huesca, donde el poeta pasaría los siguientes nueve años. En Huesca aprendió el oficio de impresor, que sería su sustento en los años venideros.

El estallido de la guerra (in)civil acentuó todavía más ese sentimiento de desdicha que acompañaría su devenir hasta el final. La caída de una bomba en el orfanato, que causó muchas víctimas entre los pequeños allí cobijados, hizo que las autoridades de la ciudad  en manos de los nacionales—  enviaran a algunos huérfanos al Hogar Pignatelli de Zaragoza; entre ellos a Guillermo. En las mismas fechas fue fusilado su íntimo amigo Blasito Montull, también hospiciano, de 16 años, acusado de ser un enlace de las tropas republicanas que asediaban Huesca.

En Zaragoza, sin lograr sobreponerse a los horrores vividos, continuó trabajando de impresor hasta que, en 1938, fue movilizado por los sublevados y enviado al frente de Teruel. Esta circunstancia acentuó el dolor de Guillermo, cuyo hermano había huido de la residencia de Huesca para unirse al ejército republicano. Habrían de pasar casi cuarenta años hasta que Guillermo Gúdel y su hermano  exiliado en Toulouse—  se reencontraran.

Terminada la guerra, Guillermo retomó la poesía y su oficio y se sumergió en la vida cultural zaragozana.

En 1959 publica sus primeros poemas y participa en las tertulias del Café Niké Parnaso de los poetas zaragozanos—  y, unos años más tarde, dirige la revista Poemas; en esta y otras revistas literarias dará a conocer su obra, donde refleja su filosofía existencialista perlada de sentimientos trágicos y alegrías efímeras que van forjando al ser humano en un entorno no siempre elegido ni asumible.

A lo largo de su vida publicó cerca de cuarenta obras que, en su mayor parte, financió, editó y distribuyó él mismo, dejando incluso una suma de dinero para que, tras su muerte, sus albaceas testamentarios publicaran sus poemas inéditos.


Guillermo Gúdel Martí falleció en Zaragoza, el 10 de abril de 2001. Quienes lo conocieron dicen de él que fue un hombre discreto, callado, pausado y bondadoso que hizo de la poesía su forma de vida.





ANEXO

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“10 de agosto”: Pablo Segura


Mientras el Partido Popular de Aragón realzaba su soberbia y actualizaba el ropero de las solemnidades para el magno acontecimiento universitario del 23 de septiembre, el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, con la lealtad institucional comprimiéndole el esternón, removía en su caldero de alquimista la pócima fantástica donde desleír su propia cobardía:


«La Universidad de Zaragoza estima oportuno aclarar algunos extremos en relación con la suspensión del acto de apertura del curso universitario.

La decisión ha sido adoptada desde la más estricta lealtad institucional con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y con la Jefatura del Estado, con los que ha trabajado en todo momento en los aspectos de organización y seguridad del acto. La información sobre las alteraciones que se podían producir en la Sala Paraninfo era conocida por el Ministerio, al que se le comunicaron con detalle las circunstancias. Con él se mantuvo un dialogo fluido y con su asentimiento se decidió la suspensión del acto, puesto que la iniciativa tenía que surgir de la Universidad de Zaragoza que era la anfitriona y conocía las cuestiones concretas que podían afectar al acto académico.

Esta decisión fue adoptada con el convencimiento de todas las partes de que el desarrollo normal del acto y el respeto a la Jefatura del Estado debían ser puntos esenciales del mismo y que podían verse dañados con incidentes.

La Universidad de Zaragoza se ha caracterizado a lo largo de su historia por el respeto a las instituciones legítimamente establecidas. Forma parte de su esencia. Conjuntamente con ellas la Universidad procura crear y mantener un marco de lealtad mutua que es la mejor imagen que se puede dar de Aragón. Así ha actuado siempre y así seguirá haciéndolo en el ejercicio de su autoridad y en el ámbito de su capacidad de decisión.

Merecen nuestra reprobación quienes se alejan de esa línea de respeto y con su actitud causan daño a las instituciones y, en particular, a nuestra Universidad.

El Rectorado no desea realizar más declaraciones sobre esta cuestión, ya que en todo momento su postura ha sido la de colaborar con lealtad para evitar conflictos. Otra cosa no haría sino prolongar un debate que a nadie beneficiaría.»[*]


No encontrará el lenguaraz ministro mejores manos para calentarle las calzas ni el barbado heredero Borbón cortesano con mayor disposición a lamerle los botines —y aun la principesca ranura de sus posaderas— ni la Universidad de Zaragoza dirigente más entregado a deslegitimar a estudiantes, profesorado, colectivos y particulares desafectos a la innoble doctrina de doblar el espinazo y enmudecer ante quienes pretenden convertir la Enseñanza Pública en estrato baldío.


[*] Declaración institucional sobre la suspensión del acto de apertura del curso universitario.

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“Castillo de Montearagón”: José María Escolano


No pararé, padre y rey mío, hasta que la ciudad sea nuestra”, cuentan que prometió, el 4 de junio de 1094, Pedro I ante el agonizante Sancho Ramírez, rey y comandante de los ejércitos aragoneses, herido de muerte por una aciaga flecha ante las poderosas murallas de la ciudad musulmana de Wasqa  Bolskan íbera y Osca romana, la urbe más al norte de todo Al-Ándalus, vasalla del rey hudí Al-Musta’in II de Saraqusta.

Sancho Ramírez, rey del todavía joven y poco extenso reino pirenaico de Aragón y de Pamplona, había puesto cerco a Wasqa, waliato  de unos cinco mil habitantes, con cuatrocientos años de gobierno árabe y pieza clave para la expansión del reino hacia el sur. Los aragoneses conocían bien el terreno que hollaban; durante años, habían mantenido excelentes relaciones con aquellos a quienes pretendían conquistar, unas veces como recolectores de las opimas cosechas de los campos que se extendían extramuros y, otras, como aliados en los conflictos que los gobernadores árabes mantenían con otros territorios. Pero la necesidad de ampliar su reino había llevado a Sancho a intentar hacerse con aquel enclave que, de ser conquistado, abriría las puertas a futuros logros.

A pocos kilómetros de la fortificada Wasqa, en un monte pelado, había mandado levantar el rey aragonés un soberbio castillo-abadía que se alzaba, provocador y majestuoso, a escasos kilómetros del amurallado recinto musulmán de noventa torres imponentes. Y a ese castillo, llamado de Montearagón, se trasladó el rey para dirigir el hostigamiento contra la deseada ciudad que se extendía a sus pies. Al oeste de la ciudad cercada, en otro cerro estratégico conocido como El Pueyo de Sancho, mandó edificar un baluarte de vigilancia permanente entre Wasqa y la Taifa de Saraqusta.

Caído Sancho Ramírez junto a la anhelada ciudad, su hijo Pedro tomó el relevo con idéntico ímpetu. Dos años tardaría la musulmana Wasqa en ser derrotada.
El 19 de noviembre de 1096, los ejércitos aragoneses y navarros enfrentados a los árabes y castellanos que defendían Wasqa, vencieron a sangre y hierro en la pavorosa dizque mágica batalla de los llanos de Alcoraz, en las cercanías de la ciudad sitiada, con el inestimable concurso del santo caballero Jorge de Capadocia.


«…invocando al Rey el auxilio de Dios nuestro señor, apareció el glorioso cavallero y martir S. George, con armas blancas y resplandecientes, en un muy poderosos cavallo enjaeçado con paramentos plateados, con un cavallero en las ancas, y ambos a dos con Cruces rojas en los pechos y escudos, divisa de todos los que en aquel tiempo defendían y conquistavan la tierra Santa, que aora es la Cruz y habito de los cavalleros de Montesa. Espantaronse los enemigos de la fe viendo aquellos dos cavalleros cruçados, el uno a pie, y el otro a cavallo: y como Dios les perseguía empeçaron de huyr quien mas podía. Por el contrario los Christianos, aunque se maravillaron viendo la nueva divisa de la Cruz: pero en ser Cruz se alegraron, y cobraron esfuerço hiriendo en los Moros: y assi los arrancaron del campo y acabaron de vencer.»– Crónica de la batalla de Alcoraz, escrita por Diego de Aynsa en 1619.


Ocho días después, Wasqa abría sus siete puertas a los nuevos señores y se inclinaba ante el rey Pedro I, que ascendió, victorioso, por las empinadas callejuelas que llevaban hasta la mezquita mayor, conocida, popularmente, como Misleida. Huesca —con parte de su población musulmana emigrada y repoblada por aragoneses pirenaicos, mozárabes y francos—  entraba a formar parte del Reino de Aragón.




NOTAS

  • Una leyenda del siglo XIII atribuye a San Beturián el triunfo de las tropas aragonesas sobre las musulmanas. Cuéntase que el santo se apareció al mismísimo rey Pedro I antes de la refriega prometiéndole ayuda si acudían a la lucha portando las reliquias guardadas en el cenobio situado en la Peña Montañesa. La relación de San Jorge con la batalla de Alcoraz no se establecería hasta dos siglos después.
  • El Pueyo de Sancho, a cuyos pies tuvo lugar la batalla de Alcoraz, se conoce actualmente como cerro de San Jorge, uno de los pulmones verdes de la ciudad de Huesca. En su cima se halla la ermita de San Jorge. El santo es, además, desde el siglo XV, uno de los patronos de la ciudad —junto a San Lorenzo y San Vicente Mártir—.

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