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Posts Tagged ‘Aragón’

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«Donde ancla la brújula»: Archivo personal


«Para mí no existe la nación sino el territorio, y el mío es Aragón y a él me atengo».- Ramón J. Sender, en el prólogo de Los cinco libros de Ariadna.


La garlopa recorre la madera en pasadas cortas y ruidosas que dejan al aire las vetas enrojecidas. “Entonces, ¿lo harás?”, vuelve a preguntar la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio al hombre que trabaja, a horcajadas, sobre la tabla que va perdiendo, entre firmes raspados, los últimos vestigios de rugosidad.

Todo el calor vespertino parece acumularse en el pequeño taller en semipenumbra, entre gubias, escofinas y formones. Emil, con las manos desnudas cubiertas de polvo, coge la cartulina que la veterinaria ha dejado sobre el borriquete y contempla, de nuevo, el dibujo. “Puedo trabajarlo en fresno y avejentarlo, si quieres. O darle solo un par de capas de nogalina”. “No, no. No queremos que quede como un escudo antiguo… Yo te puedo ayudar con los realces. Lo que tú quieras… Serrar, barnizar… Y preparar los tintes vegetales si me explicas cómo…

Emil sujeta la cartulina con el escudo del efímero Consejo de Aragón en el tablero de corcho que hay colgado sobre la mesa de herramientas que preside la fresadora. “Cuántos sueños aserrados”, dice.


El 19 de noviembre de 2011, se presentó en Caspe, sede del antiguo Consejo Regional de Aragón durante la Guerra (In)civil, el único vestigio de la enseña que simbolizó la lucha por la libertad en el Aragón republicano: Un banderín, de unos 50×30 centímetros, supuestamente del automóvil utilizado por Joaquín Ascaso Budría, con los colores del Consejo —negro por la CNT, rojo por la UGT y el PCE y morado por la República— y un triángulo lateral con las barras aragonesas. En el centro, el escudo, con sus tres representativos cuarteles territoriales separados por la A de Aragón: Los Pirineos altoaragoneses, el olivo del Bajo Aragón y el Ebro de la provincia de Zaragoza.

«La cadena rota del cuarto cuartel, simboliza al nuevo y libre Aragón. Y coronando el escudo, un sol naciente, emblema del Aragón que brota sobre lo derruido por los enemigos de la libertad». [*]






NOTA

[*] Del periódico «Nuevo Aragón», en su edición del 22 de enero de 1937.

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«Ruinas de Escó»: Archivo personal


Antes de dirigirse al valle, remolonearon entre las ruinas de Tiermas y Escó, aun cercadas por la bruma que parecía proyectarse, lánguida, desde las aguas del embalse de Yesa. AnsorenaAnso—, viejo compañero de estudios de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, zascandileó entre los casas derrumbadas de la callejuela en pendiente de Escó que hizo las veces de la bombardeada y destruida Gernika en la película homónima de Koldo Serra. “¿Así que decís que este pueblo pertenece a Zaragoza aunque esté en la comarca de la Jacetania de Huesca?”, preguntó, a gritos, encaramado a una de las ventanas abierta a la nada. ”Lo decimos nosotras y lo dice el mapa, Anso. ¿O no has visto el cartel de señalización antes de llegar al pantano? Venga, vente con la mochila y saca el termo, que como te descalabres nos sentará mal la cafeína”.

En la zona más baja, donde una franja de arenilla de color plomizo marcaba el nivel máximo de las aguas embalsadas, se sentaron sobre los anoraks, con los vasos de café entre las manos y el tupper con las torrijas de Yolanda en equilibrio sobre dos piedras. En el horizonte ligeramente nublado se dibujaban las sierras de Leyre y Santo Domingo asomadas a las aguas quietas y acorraladas cuya humedad se prendió en las ropas de los visitantes que, medio acostados y en silencio, contemplaban ese falso mar que oculta algunos tramos del Camino de Santiago.


Treinta y cinco minutos después, contorneando las sinuosidades de la carretera que se adentra en el valle del Roncal y dejando atrás las localidades aragonesas de Sigüés y Salvatierra de Esca, recalaron en la casa de Luis  —otro compañero de la facultad de Veterinaria—, en la villa navarra de Burgui, una población que, como todas las del valle, abunda en parajes de extraordinaria y abrupta belleza y cuyo casco urbano, de piso empedrado y tradicionales casonas, recorrieron con avidez, como si fuera su primera visita, antes de volver a la entrada del municipio, junto al restaurado y robusto puente romano-medieval por cuyos cuatro arcos discurre el Esca, el rio que, a pocos kilómetros de allí, fue excavando y cincelando durante miles de años la roca caliza dando lugar a una foz despampanante ante la que los ojos viajeros se achicaron deslumbrados.

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«Desdibujando»: Archivo personal


Extracto de un borrador (desestimado) para una carta (no remitida) a Francisco Javier Lambán Montañés


[…] No sería de recibo, siendo usted presidente del Gobierno de Aragón, que le atribuyera la condición de cantamañanas. O de lerdo. Acepte, en cambio, que lo denomine, en el tema que nos ocupa, cándido. Porque muy ingenuo ha de ser su excelentísima para pretender una candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno, a medias con Catalunya, sin ser consciente de cuál será la función que le tiene reservada el Govern del territorio vecino: encargado de llevar el botijo con el agua de Vichy. Al molt honorable Pere Aragonés (qué penitencia llevar ese apellido) le importan usted y este territorio lo que una boñiga de vaca del valle de Hecho; y señalo una zona pirenaica aragonesa porque hasta las cagarrutas de las ovejas que pastan en el leridano valle de Bohí tienen más relevancia para don Pere que los y las mindundis que habitamos en este otro lado. Deje, pues, que organicen las Olimpiadas Blancas a su antojo y en exclusiva, sin el concurso de Aragón; que se apañen con Andorra, Francia o con Sudáfrica, mismamente. Deje que figuren, se regodeen siendo el centro de atención y se endeuden. Dedíquese usted a cuidar su salud, a trabajar por el bienestar de aragoneses y aragonesas y a salvaguardar nuestros montes de innecesarios impactos ambientales. Ni usted ni la ciudadanía a la que representa necesitamos alharacas ni ejercer de comparsa pisoteada a mayor gloria de las ínfulas vecinas. Sabemos quiénes somos y de dónde procedemos. Hacia dónde nos encaminemos dependerá de nuestras propias decisiones. Hágame caso, don Javier. Ondee su orgullo y mande a su homólogo catalán a escaparrar [*]. Y, si es preciso, envíe en la misma dirección al Comité Olímpico Español en pleno. […]



NOTA

[*] En aragonés, mandar a alguien a escaparrar es mandarlo a tomar viento.

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«La memoria de las piedras»: Archivo personal


…y un día Bastarás quedó cercado, aislado su abandono de la mirada del caminante, convertido en propiedad privada, en coto de depredadores cinegéticos ciegos a las joyas que a modo de roquedales, covachas, hondonadas y barrancos, suavemente musicados sus afloramientos calcáreos por los ríos Formiga y Mascún, conforman el orgulloso territorrio kárstico del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara.

Llegó la mortal necedad hasta la sierra. Llegó la mortal necedad armada y camuflada. Llegó la mortal necedad a acomodarse, fullera y retadora, sobre las huellas humildes de pretéritas gentes que amarraron sus sueños a los riscos y el humus y alimentaron la tierra con su sangre. Llegó la mortal necedad y pateó los restos desprotegidos para plantar sus bombers, sus benellis y sus sauers.


En el año 2008, un doliente y apesadumbrado Vicente Baldellou Martínez, director del Museo de Huesca y arqueólogo que descubrió y trabajó en ese espectacular yacimiento del Neolítico que fue la Cueva de Chaves, en Bastarás, declaraba: «Ha sido uno de los disgustos mayores de mi vida. Fui allí a enseñar el yacimiento a un catedrático de Valencia y nos encontramos que habían vaciado el depósito, hasta llegar al suelo firme. Las piedras que habían caído del techo, las habían sacado para hacer una represa para que beban los animales. En la cueva, a la que ahora puede entrar un coche sin problemas, han puesto un abrevadero de madera».

Del arrasamiento irreversible de ese emplazamiento único del patrimonio prehistórico aragonés, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, se hizo responsable al factótum de la empresa propietaria del coto de caza, Victorino Alonso García, al que se encausó y juzgó en 2016, siendo condenado a dos años de prisión y al pago de 25 millones de euros de indemnización por un delito contra el patrimonio. Merced al artículo 80.1 del Código Penal, que prevé la posibilidad de dejar en suspenso la ejecución de las penas privativas de libertad no superiores a dos años, consiguió eludir la cárcel, declarándose, a la par, insolvente, situación que, de pronto, seis años después del juicio y quince de la destrucción del yacimiento, ha dado la vuelta a raíz de descubrirse la trama de los Papeles de Pandora, donde el presunto paupérrimo Victorino Alonso aparece como uno de los seiscientos españoles integrantes de sociedades opacas en paraísos fiscales, con una cuenta bancaria de millones de euros de la que el empresario leonés, artífice de la devastación de la Cueva de Chaves, tiene la potestad de administración, gestión y extracción de fondos. Y a esto último se han remitido los ejercientes de la acusación popular, la Asociación Apudepa, para solicitar al Juzgado de lo Penal número 1 de Huesca el inmediato ingreso en prisión del potentado, por haberse servido de inexactitudes y falsedades al objeto de incumplir la sentencia dictada en su día.




A Vicente Baldellou (1947-2014), catalán de nacimiento y altoaragonés de corazón, a cuya pasión arqueológica se deben las actuales Rutas Prehistóricas de la Sierra de Guara.
IN MEMORIAM.

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«Flamas»: Archivo personal


San Sebastián, san Blas, san Pablo y san Antón.
pa deschelar a barba empinan o porrón.
¡Que chele fuera!…¡Ba por dentro a prozesión!
¡Dilín-dilón!, ¡Dilín-dilán–dilón!.
Fogueras, trucos, buen tozino y buen porrón…
¡Con istos santos no se aburre aquí ni Dios!.

La Ronda de Boltaña.


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan» [1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián, Babil, Blas o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos [2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará los días venideros, como hace cientos de años, regocijadas noches de muchas localidades del antiguo Reyno d’Aragón, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.


NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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«Tiempo detenido»: Archivo personal


¿Y si preguntamos en las oficinas..?”, sugería Étienne, impaciente, tras más de una hora deambulando por el Cementerio de Torrero, en Zaragoza. “Estas no son trazas de buscar un nicho… ¡Si han pasado casi treinta años! Y no me vengáis con encontrar puntos de referencia ni zarandajas… Ha pasado demasiado tiempo para que recordéis el lugar exacto. A Maíto solo lo localizaremos si alguien nos indica dónde está enterrado. Vosotras veréis…

Mario, Maíto, de dieciocho años, compañero de pandilla y novio in péctore de María Petra, se mató en Monrepós, al derrapar su moto y golpearse contra un quitamiedos, cuando se dirigía a un viejo despoblado donde el resto de sus amigas y amigos trabajaban como voluntarios en la reconstrucción de una vivienda. Tardaron un día en enterarse del accidente porque el pueblo carecía de teléfono y asistieron, todavía estupefactos, a un desgarrador entierro en medio de una soleada y vistosa primavera que parecía querer homenajear al joven fallecido.

Desde la sencilla lápida de vetas marrones y blancas del nicho. un sonriente Maíto, con el flequillo desigual y la media melena castaña enmarcándole el rostro, contemplaba a sus visitantes, congelados sus rasgos en aquella adolescencia detenida en el tiempo que un día compartieron.


[…]


…y en el centro del cementerio, el mausoleo de Joaquín Costa con el epitafio compuesto por Silvio Kossti sobre mármol blanco:

Aragón a Joaquín Costa.
Nuevo Moisés
de una España en éxodo.
Con la vara de su verbo inflamado
alumbró la fuente de las aguas vivas
en el desierto estéril.
Concibió leyes para conducir a su pueblo
a la tierra prometida.
No legisló.


Manuel Bescós Almudévar, alias Silvio Kossti, costista hasta en su seudónimo; un tipo inteligente, leal a sus amigos, republicano confeso, incisivo articulista, escritor polémico, furibundo anticlerical, alcalde de Huesca durante cuatro meses y escasamente conocido hoy en día por los oscenses, ya sea con su nombre real o con el seudónimo que utilizó porque, según le escribió a Costa, “tengo tres hermanos bastante imbéciles como para hacerme desear el perder de vista el apellido”.

Kossti, que murió con poco más de sesenta años, fue autor de unos Epigramas tan provocativos que él mismo decidió retirar su publicación convencido del perjuicio que podían suponer para sus hijos, que estudiaban en academias militares. Ya en 1909 su novela Las tardes del sanatorio supuso un escándalo que él ya presuponía cuando, hablándole a su admirado Costa de su proyecto novelístico, expresaba que su pretensión era “rascar de la mentalidad española el fraile que la mayoría lleva dentro”. Su propósito tuvo cumplida respuesta eclesiástica; los obispos de Huesca y Jaca y el arzobispo de Zaragoza reprobaron Las tardes del sanatorio. Tras el escándalo, circularon por la capital oscense dimes, diretes y anécdotas chispeantes como la de que el mastín que acompañaba a Kossti en sus paseos tenía por costumbre entrar en la iglesia de San Lorenzo a echar una meadita en las esquinas de los confesionarios…

Dícese, no obstante, que Manuel Bescós arrepintióse de sus ataques a la iglesia y, momentos antes de su muerte, accedió a recibir la extremaunción y a ser enterrado como buen católico. “Descansó al morir”, es el epitafio de Silvio Kossti grabado en su nicho del cementerio de Huesca. Junto al epitafio, un bajorrelieve realizado por uno de sus grandes amigos, Ramón Acín Aquilué, del que fue testigo en su boda con Conchita Monrás.

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Ramón J. Sender, Los Ángeles, 1968

«Ramón J. Sender. Los Ángeles, 1968»: Carlos Fontseré


A finales de los años setenta, el nombre de Ramón J. Sender (1901-1982) comenzó a sonar como Nobel de Literatura en puertas. Su extraordinaria dedicación literaria, su buen hacer y los distintos géneros que abarcaba su extensa producción tenían la solvencia suficiente para que su candidatura lograra alzarse con el premio más importante del panorama literario mundial. No era, según parece, un reconocimiento que le importara mucho al escritor exiliado, e incluso había llegado a afirmar que “los aragoneses no pedimos aquello que no deseamos”.

En mayo de 1979, a raíz de un simposio sobre la figura de Sender que se celebró en Nueva York, José Alcalá aragonés, como el propio Sender, integrante del Spanish Institute neoyorkino, propuso presentar al ilustre transterrado como candidato al premio literario de la Academia Sueca, esta vez con los parabienes del propio Sender que, abrumado por los aplausos de los participantes en el simposio, expresó que “no hace falta que me lo den los suecos porque me lo acaban de dar ustedes y eso me basta, pero, si me lo dan, destinaré su importe en efectivo a los dos pueblos de mi infancia, Chalamera y Alcolea, para que sus chicos tengan mejores escuelas que las que había en mi tiempo”.

A la propuesta de José Alcalá, que se hizo efectiva por escrito, se sumaron cuatrocientos profesores del continente americano, el gobierno de Aragón, las Diputaciones Provinciales de Zaragoza, Huesca y Teruel, junto a sus Ayuntamientos, y la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, no así el organismo que más podía influir en la concesión del premio, porque la Academia de la Lengua Española no solo no se adhirió a la petición sino que mantuvo un silencio tan indiferente que devino en despreciativo, anulando con ello cualquier posibilidad de que el autor aragonés recibiera el galardón internacional. La campaña de desprestigio contra Sender, iniciada tiempo atrás por Camilo José Cela (1916-2002), había dado sus frutos.

En 1974, cinco años antes de que la Academia negara su apoyo a la candidatura de Sender al Nobel, el intrigante Cela había invitado al literato aragonés a su casa de Mallorca. Pese a las pocas simpatías que le tenía al autor gallego  a quien en alguna ocasión se había referido como “el idiota ese—,  Ramón J. Sender había aceptado para intentar negociar la publicación de las novelas que no habían pasado la censura española, conocedor como era de la influencia de Cela en el mercado literario español y su cercanía a los tejemanejes del poder franquista. Ignoraba Sender, poseedor de un carácter brusco pero alejado de cualquier maquinación, que se le había preparado una vulgar encerrona, una bien tejida tela de araña en la que haría las veces de mosca.

La trampa contra Sender, de la que ya le habían advertido algunas voces amigas sin que el aragonés les diera crédito, se llevó a cabo con luz y taquígrafos, en una cena donde, además del invitado y su acompañante, se hallaban presentes Rosario Conde, entonces esposa de Cela, él mismo, conocidos de ambos escritores, dos o tres editores y algunos periodistas. El método fue sencillo. Bastaba con llenar continuamente la copa de Sender  que era asmático, estaba medicado y había tenido problemas con el alcohol—  en brindis muy bien calculados, e ir derivando la conversación hacia aquellos vericuetos que harían aflorar el carácter iracundo de Ramón J. Sender, como así sucedió, montándose una gresca que, según había planeado Cela, trascendió a todos los círculos literarios y políticos del país y que el mismo Sender relataría, quitándole importancia, a la poetisa Julia Uceda:

«Lo de Cela fue un incidente idiota. Estábamos en la mesa unas quince personas, discutíamos de política, y él dijo: ‘Ojalá entren cuanto antes en Madrid los tanques rusos’. Yo le dije:
—Entraron ya en 1936 y los recibí yo, ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco, a quien tú pediste humildemente que te nombrara delator de la policía. De la policía que mató a mi mujer y a mi hermano.
Luego tiré el mantel hacia arriba y volaron platos, floreros, cirios, hubo duchas de caldo gallego para casi todos los invitados y la pobre y anciana mujer de Cela se desmayó. Es lo único que sentí. Cela vino hacia mí y le dije:
—Cuidado, porque voy a romperte la cabeza y no tienes otra.
Era ya de noche y me fui a dormir. Al día siguiente me fui al hotel Valparaíso que, por cierto, es estupendo.
Yo había ido a su casa porque me lo había pedido de rodillas aquí, en San Diego.
En definitiva, no fue nada. Yo, pasado el incidente, no le tengo inquina y supongo que él tampoco. En todo caso, me da lo mismo».

Pero la inquina, pese a negarla Sender, fue mutua, y de aquel incidente, cuidadosamente programado, haría uso Camilo José Cela para boicotear cualquier acercamiento de Sender a un premio, el Nobel, al que Cela aspiraba ya entonces y que podía retrasarse o no llegarle nunca si otro escritor de origen español se alzaba con el mismo. Su labor de zapa fue tan exitosa que no solo consiguió que la Academia Española de la Lengua denegara su apoyo a la candidatura de Sender sino que, por fin, en 1989, Camilo José Cela  renombrado escritor, censor puntilloso al servicio del fascismo, experto en expeler ventosidades y en absorber por vía anal varios litros de agua—  fue galardonado con el premio Nobel de Literatura.

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«Canfranc»: Archivo personal


El 18 de julio de 1928 el rey Alfonso XIII de España y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue, inauguraban la Estación Internacional de Canfranc, en el paraje de los Pirineos oscenses conocido como Los Arañones, entre las fortificaciones de Coll de Ladrones y Torreta de Fusileros.

La extraordinaria estación era el culmen del viejo proyecto de 1853 para unir, mediante trazado ferroviario, Zaragoza (España) y Pau (Francia). Las obras de la línea comenzaron en 1882 y, con grandes dificultades económicas y topográficas, se consiguió que, en 1898, se realizara el primer trayecto desde Zaragoza a Jaca, tardándose todavía treinta años en completar los veintiún agrestes y últimos kilómetros del tendido ferroviario entre Jaca y la frontera francesa, donde la fastuosa estación en tierras aragonesas habría de dar la bienvenida a viajeros de uno y otro lado de los Pirineos, en una medición de fuerzas hispanofrancesas algo descompensadas, pues las locomotoras de la parte española funcionaban con carbón y las de la parte francesa eran eléctricas.

El complejo ferroviario, con su impresionante edificio principal a tres alturas, de 246 metros de largo y estilo modernista, con un fabuloso vestíbulo y profusión de elementos arquitectónicos y decorativos en madera, hierro, cemento, acero, piedra y cristal, con pilastras clasicistas a modo de sujeción ornamental, constaba de 300 ventanas y 156 puertas, bajo una espectacular cubierta curva de pizarra con cimborrio achatado y cuatro pináculos que destacaban su aspecto imponente y, en cierta manera, surrealista, en medio de un paisaje de alta montaña. Dos pasos subterráneos, varios muelles, un hotel y un depósito de máquinas completaban el conjunto de la que se consideraba una de las estaciones ferroviarias más grandes y hermosas de Europa.

El tránsito de pasajeros y mercancías entre España y Francia alcanzó tintes novelescos durante la II Guerra Mundial, convirtiéndose la estación en centro de fugas, contrabando, espionaje e intersección genuina para la ayuda mutua entre los golpistas vencedores de la Guerra (In)civil Española y los jerarcas del III Reich, a quienes los primeros proveyeron de volframio a cambio del oro pagado por los segundos, oro que, al parecer, procedía del expolio a los judíos detenidos en los ignominiosos campos de la muerte diseminados por la Europa dominada por el nacional-socialismo.

Terminada la contienda, la línea francoespañola se mantuvo (excepto en el período 1945-1949, de mayores desavenencias políticas entre los dos gobiernos) hasta que, en 1970, el derrumbe del puente de L’Estanguet, cerca de Bedous (Francia), al paso de un tren de mercancías, decidió a las autoridades francesas a cancelar las vías que se unían a las españolas.

La estación transpirenaica de Canfranc, declarada Monumento histórico-artístico, quedó relegada al olvido y su esplendor de antaño sucumbió, durante décadas, ante la desidia de los gobernantes, el expolio y las duras condiciones meteorológicas de la zona.


En el año 2005, el Gobierno de Aragón y el Ministerio de Fomento alcanzaron un acuerdo económico para iniciar las tareas de remodelación, que convertirían el inmueble ferroviario en… hotel de lujo, con unas características diferentes a aquellas que le dieron la categoría de Bien de Interés Cultural de Aragón. Posteriormente, el organismo aragonés renunciaría a adecuar la antaño hermosa estación en hospedería de alto copete, no sin antes haber despilfarrado grandes cantidades de dinero público en la propuesta inicial, como denunció en su momento la Asociación Pública para la defensa del Patrimonio Aragonés.

En enero de 2013, la compra definitiva de la Estación Internacional de Canfranc por parte del Gobierno de Aragón, abrió, por fin, nuevas vías a la rehabilitación, por fases, de todos los edificios que componen el conjunto ferroviario, así como de los diferentes elementos, locomotoras y antiguos vagones que formaron parte de tan singular e histórico enclave vergonzosamente abandonado.



EPÍLOGO

«…y en Canfranc para un rato / junto a la vía, / que se rompe a pedazos / en su agonía«, cantaba, mientras crecíamos en edad y consciencia, el admirado y vindicativo cantautor y literato aragonés Joaquín Carbonell, que la Covid, ¡maldita sea!, nos arrebató ayer mismo.
Gracias por tanto, querido Joaquín.


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ANEXO

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«Aurora de sueños»: Archivo personal

 

Guiado siempre de un entusiasmo objetivo, sentía en mi trayectoria revolucionaria el intenso dolor de que al pueblo, precisamente a mi pueblo —la tierra aragonesa donde mis energías adquirieron desde la niñez la savia anarquista—, se arrebatase sin más ni más el fuero de su autonomía, tan difícilmente alcanzado a fuerza de sangre, de tesón combativo, de fervor revolucionario….- JOAQUÍN ASCASO. Primer —y, hasta la fecha, único— presidente anarcosindicalista y republicano de la historia de Aragón.

 

A Joaquín Ascaso Budría (1906-1977), el «albañil y anarquista”, como él se definía, que presidía el Consejo de Aragón, lo detuvieron el 19 de agosto de 1937 junto con algunos de los consejeros que componían el efímero ente aragonés. Era la respuesta del gobierno republicano a los discolos libertarios que habían ninguneado la autoridad gubernamental. Las Colectividades Agrarias aragonesas serían destruídas por las tropas republicanas al mando de Enrique Líster. Fusilamientos sumarísimos y detenciones masivas frenaron el sueño revolucionario de quienes, durante casi un año, mostraron al mundo que las utopías no eran un fantasma improbable en la fantasía de los desheredados. Fue, lo que Ascaso y sus compañeros llamaron, en sintonía con el inolvidable Joaquín Costa, «el turno del pueblo«.

El Consejillo de Caspe —como así denominaba al independiente y rebelde Consejo de Aragón, con furiosa sorna, Manuel Azaña— nacido el 6 de octubre de 1936, y defenestrado vía decreto y manu militari entre el 10 y el 19 de agosto de 1937, fue el único e insólito experimento de gobierno anarquista de la historia; un islote independiente de autogestión donde cientos de personas repartidas en más de 400 colectividades desarrollaron un sueño igualitario que, tras el final de la guerra, fue sepultado, con igual afán, por vencedores y vencidos.

Joaquín Ascaso fue acusado, a conveniencia del Frente Popular y con la siempre eficiente propaganda comunista, de ladrón y traidor a la causa republicana. Cuestionado por sus compañeros libertarios, era consciente del precio que iba a pagar por su osadía. “Lo procesaron por causas ficticias, nunca justificadas, las autoridades gubernamentales. Su propia organización aragonesa le hizo el vacío. Y de ahí la salida. En Francia vivió muchas penalidades. Las autoridades francesas lo amenazaron con devolverlo a Franco o a sus propios compañeros. Antes que hubiese sucedido nada de eso, se habría suicidado con un disparo de pistola. Finalmente, consiguió embarcar hacia Uruguay, gracias a un feliz contacto en Francia, y se estableció en Venezuela. Estuvo también en Chile, pero vivió dos etapas de su existencia auténticamente miserables; trabajó de albañil, de conserje, en el transporte, conduciendo camiones. Nunca logró remontar el vuelo ni dejó de ser un transterrado. Finalmente sus amigos tuvieron que pagar su entierro”, cuenta el historiador Alejandro R. Díez Torre, editor de las Memorias que Ascaso escribió antes de salir de España.

 

En Zaragoza, en el barrio donde nació Joaquín Ascaso Budría, se alza un monolito con la leyenda: «Los vecinos de Torrero, al anarcosindicalista Joaquín Ascaso, presidente del Consejo de Aragón. Octubre 1936- Agosto 1937».




ANEXO

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«Calma»: Archivo personal


y… ahí está el chilindrón. Una fuente de barro vidriado color miel de monte, llena casi hasta el borde. Piezas de pollo reventando de dorado color, el color de los adobes a medio cocer. Escandalizando la ternura de la salsa, muda, asustada de verse retratada, el verde quemado y el rojo perdido de los pimientos que el fuego apaga y suaviza. Cerca, el porrón de vidrio verdinoso con los púrpuras del vino en su interior. Más atrás, sobre el color poniente de una ventana, un cántaro exuda una esperanza de frescor de pozo, de acequia, de manantial, venero que descubre misterios encendidos entre arenas y piedras de más abajo, mucho más abajo del camino y la mies. Yo pienso que Goya no se hubiera negado a pintar así mi chilindrón”.- Julio Alejandro.


Sobre el cojín bordado de petunias que cubre el asiento de anea del sillón, el libro abierto; no importa en qué página porque todas las que se suceden en Breviario de los chilindrones son troneras abiertas a paisajes, aromas y sabores tejidos en la memoria aragonesa del viajero, dramaturgo, guionista, novelista, poeta, profesor universitario, anticuario, decorador, director artístico, gastrónomo y marino que fue Julio Alejandro, el hombre que entendió y extendió el surrealismo buñueliano en los elaborados guiones de Abismos de pasión, Viridiana, Nazarin, Simón del desierto, Tristana y en la dirección artística de El ángel exterminador.


La vida de Julio Alejandro conforma un extenso e involuntario guión en una sucesión de imágenes cinematográficas que abarcan todos los géneros posibles. Ayudante del que fuera ministro de Marina y luego Presidente del Consejo de Ministros de la República, José Giral, fue perseguido por los dos bandos al estallar la guerra (in)civil y tuvo que huir a Francia ayudado por Indalecio Prieto. Posteriormente, en 1939, se traslada a Lisboa y después a Filipinas, donde será azuzado por japoneses y americanos. Operado de apendicitis, sin anestesia y en condiciones higiénicas espantosas, terminará internado en un campo de concentración bajo mando norteamericano; desde allí, y gracias a un visado proporcionado por el cónsul español, se enrola como friegaplatos en un barco y recala en EEUU para proseguir viaje a México, Chile y Argentina. Consigue regresar a España a finales de los cuarenta y estrena algunas exitosas obras teatrales que la crítica atribuye al entonces exiliado Alejandro Casona; desengañado, marcha a México donde, en 1953, se encuentra con Luis Buñuel, con el que trabajará en algunas de sus películas.


Llevan las palabras el ulular del viento del Moncayo que el cierzo de las sierras de Gratal y Guara celebran y acompañan mientras vuelan las nubes adiposas hasta la mar dilecta para depositar el eco entre las caracolas volteadas en el espumoso oleaje.

Huesca. Chimillas. Bulbuente. San Sebastián. Madrid. Alhucemas. Shangai. Toulouse. Lisboa. Manila. San Diego. Santiago de Chile. Buenos Aires. México. Jávea…  Geografía vital de azares, penurias, dichas, combates, pasiones, escrituras, amigos, regresos, reconocimientos, muerte.


Julio Alejandro Castro CardúsJulio Alejandro, para el mundo cinematográfico— nació en Huesca, el 27 de febrero de 1906. Apasionado de la poesía y el mar y reconocido como un extraordinario guionista cinematográfico  —labor a la que se dedicó en México durante 35 años—,  falleció en Jávea, el 22 de septiembre de 1995, en su casita frente al mar, mientras tomaba café y charlaba con sus amigos. “Soy aragonés y, por tanto, español; vivo en México, y por encima de todas esas cosas soy poeta; después, escritor de teatro; después, escritor de cine; después, escritor para televisión, y después, nada…”, dijo de sí mismo. Sus cenizas fueron esparcidas cerca del monasterio de Veruela, como era su deseo. Una de sus hermanas, la monja teresiana Carmen Castro Cardús  —nacida en Huesca, en 1910 y fallecida en Madrid en 1948—,  fue la directora de la prisión de mujeres de Ventas donde estuvieron encarceladas —hasta su fusilamiento, el 5 de agosto de 1939— las conocidas como Las Trece Rosas.



A Julio Castro
Desde las altas tierras donde nace
un largo río, de la triste Iberia,
del ancho promontorio de Occidente
—vasta lira, hacia el mar, de sol y piedra—,
con el milagro de tu verso, he visto
mi infancia marinera,
que yo también, de niño, ser quería
pastor de olas, capitán de estrellas.

[…]

Dios a tu copla y a tu barco guarde
seguro el ritmo, firmes las cuadernas,
y que del mar y del olvido triunfen,
poeta y capitán, nave y poema.

—Fragmentos del poema dedicado por Antonio Machado, su padrino literario, a Julio Alejandro

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