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«Ambrosía»: Archivo personal

 

La última de las charlas programadas en el Barrio con motivo de las Jornadas del 8 de Marzo —bajo el lema Mujeres en lucha—, tuvo como protagonistas a las libertarias ucranianas Marusya Nikiforova (1885-1919) y Halyna Kuzmenko (1896-1978).

La peculiaridad de la disertación sobre las activistas de Ucrania, se hallaba, sobre todo, en su ponente: Maruja, la peluquera —así quiso constar en la cartelería—, una mujer muy apreciada en la localidad y por cuyas manos han pasado, si no todas, la mayoría de las cabezas del vecindario, tanto de hombres como de mujeres.

Maruja, militante del Partido Feminista desde 1980, es licenciada en Filosofía y Letras y, siquiera novel como conferenciante, se manejó con tal desenvoltura que, incluso quienes concurrieron con el único objeto de chafardear, quedaron atrapados por su acertada exposición y el acompañamiento de Pilar-Carmen musicando en directo, con su flauta travesera, las imágenes temáticas que se iban proyectando en una gran pantalla.

Finalizada la conferencia, la oradora y un pequeño grupo de asistentes a la charla se dirigieron al bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, les había preparado un gustoso risotto de calabaza con albóndigas de confit de pato.

Entre bocado y bocado, se improvisó un coloquio —en el que participaron todas las personas presentes en el establecimiento— sobre la Revolución Makhnovista y la Colectividad Libre de Makhnovia, lideradas por el ucraniano Néstor Makhnó (1889-1934), uno de los libertarios más singulares y recordados. Con una milicia —el Ejército Negro— formada, en su mayoría, por campesinado, se enfrentó al Ejército Blanco de los terratenientes pro-zaristas y se alió con el Ejército Rojo de los bolcheviques, hasta la retirada de Rusia de la Gran Guerra, para frenar el avance de las tropas imperiales alemanas por Ucrania.

La coalición entre las huestes libertarias de Makhnovia y las comunistas de Lenin y Trotski se mantuvo unos meses durante la contienda civil rusa. Sin embargo, ante las disimilitudes conceptuales entre marxismo y anarquismo y la pretensión bolchevique de gobernar en Ucrania e imponer a los makhnovistas el estatalismo, la burocracia, el autoritarismo y la jerarquía de partido, los ácratas colectivistas del Ejército Negro se rebelaron y combatieron a los invasores leninistas del Ejército Rojo para expulsarlos del país y del Territorio Libre de Makhnovia, pero fueron derrotados y, en la práctica, aniquilados en 1921.

 

EPÍLOGO: Néstor Makhnó lograría huir con su esposa, Halyna Kuzmenko, a Francia. En la capital francesa, a finales de los años 20, lo conocieron dos anarquistas españoles recién liberados de la prisión parisina de La Conciergerie: Buenaventura Durruti (1896-1936) y Francisco Ascaso (1901-1936).

 

Himno-homenaje a la Revolución Makhnovista, con letra del anarquista francés, de origen español, Étienne Roda-Gil:

Rutas ribagorzanas

«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit

 

En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.

¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?

 

Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.

 

La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».

—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.

Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…

—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.

Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.

Hambre de paz

«Manos»: Archivo personal

 

Con motivo de la I Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia —que comenzó el 2 de octubre de 2009 en Nueva Zelanda, recorriendo 97 países en 93 días, para finalizar en Punta de Vacas (Argentina), el 2 de enero de 2010— escribió Eduardo Galeano (1940-2015) el siguiente texto:

 

«Las guerras mienten.

Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”.

Las guerras siempre invocan nobles motivos. Matan en nombre de la paz, en nombre de Dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia.

Y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero.

En Rey Lear, Shakespeare había escrito que “en este mundo, los locos conducen a los ciegos”. Y cuatro siglos después, los amos del mundo son locos enamorados de la muerte, que han convertido el mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños, y cada minuto se gastan tres millones de dólares, tres millones de dólares por minuto en la industria militar, que es una fábrica de muerte.

Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas… Y los 5 países que manejan las Naciones Unidas, los que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas, resultan ser también los 5 principales productores de armas.

Uno se pregunta: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de los que hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuando seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo y que el exterminio mutuo es nuestro destino? ¿Hasta cuándo?».

 

Corre por la Red una frase atribuida a Galeano que dice: “Cada vez que Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”. Sea real o apócrifa la autoría, no hay dudas sobre la veracidad de su contenido, agravándose el significado si tenemos en cuenta que, para su última —por ahora— ‘acción salvadora’, el mandatario actual del país al que se alude opera, al alimón, con un presidente de gobierno sobre el que pesa una orden de busca y captura, emitida por la Corte Penal Internacional, por crímenes de guerra y de lesa humanidad. No hace al caso que, además, cada uno de ellos tenga en su patria de origen un extenso currículo delictivo, porque esas fechorías quedan opacadas por su criminosa determinación de convertir el mundo en una inmensa mierda. Y en el amasado y horneado de esta última se entretienen mientras proclaman, urbi et orbi, que están ‘socorriendo’ —bomba va, bomba cae, bomba mata— a las y los manifestantes iraníes contrarios al régimen teocrático.

 

 

En la página HAY QUE PARAR LA GUERRA hay un Manifiesto para quienes lo queráis firmar.

«Muralismo público: La Luz de la Esperanza»: Archivo personal

 

El pasado 20 de febrero, la Fundación Andaluza de Memoria y Cultura, en la celebración de la XII edición de los Premios García Caparrós —evento que se organiza anualmente en memoria del joven Manuel José García Caparrós, de dieciocho años, asesinado por disparos de la policía en 1977, durante una manifestación andalucista—,  otorgó uno de sus galardones a la escritora Antonina Rodrigo García, de 91 años, feminista, anarquista e infatigable investigadora histórica que, con su bien documentada escritura, ha dado voz y luz a mujeres silenciadas, ninguneadas y enterradas bajo los escombros de una España falsamente cimentada en la virilidad y el fascismo.

 
LA ANTIFASCISTA

Nacida en 1935, en el Albayzín granadino, de familia humilde y formación autodidacta, Antonina Rodrigo es una de las mayores expertas en dos renombradas personalidades de cuna granadina: Mariana Pineda y Federico García Lorca. Comenzó su trayectoria literaria publicando cuentos en prensa falangista hasta que, a partir de 1960, surgiría la Antonina investigadora que empezaría a tirar del hilo de la historia emborronada por el franquismo y a tejer, con tesón y minuciosidad, los relatos veraces de las vivencias de aquellos y aquellas a quienes la dictadura les había arrebatado incluso la existencia pública, maltratándolos u ocultando sus logros, y, en caso de concederles el derecho a ser mencionados y mencionadas, convirtiendo sus escuetas biografías oficiales en una concatenación de arbitrariedades ajenas a la realidad.

La indignación acumulada por la autora ante la tergiversación que había hecho el franquismo de algunas de las figuras más conocidas durante la II República, era tal que, en febrero de 1975, en la entrega del recién creado premio Espejo de España, concedido en esa ocasión a José Luis Vila-San Juan por su ensayo Garcia Lorca asesinado: toda la verdad, Antonina se levantó de su sitio y, señalando a quienes presidían el acto, entre los que se encontraban Manuel Fraga Iribarne, José María de Areilza y Ramón Serrano Suñer —destacadas figuras de la dictadura que habían sido jurados en ese evento— se encaró con ellos y los acusó a gritos de haber asesinado al poeta («¡Ustedes no pueden decir toda la verdad porque ustedes lo saben: ustedes lo asesinaron!»). El escándalo pudo medio taparse en España pero no en el extranjero, y, pese a que Antonina daba por hecho que sería detenida, la editorial Planeta, para la que entonces trabajaba, consiguió evitar que hubiera represalias.

 
 
LA ANARQUISTA

Es curioso como, descontando, por supuesto, a los medios ácratas, el libertarismo de Antonina Rodrigo suele quedar oculto cuando se mencionan su biografía o su producción literaria. Se corrobora y encomia su feminismo pero se pasa de refilón por su militancia anarquista, como si la misma constituyera un baldón, cuando la propia escritora no duda en proclamar su ideario libertario y su defensa y admiración por Federica Montseny, Francisco Ascaso, Lola Iturbe, Francisco Ferrer Guardia, Amparo Poch o el mismo Buenaventura Durruti, al que cada 20 de noviembre homenajeaba en el cementerio de Montjuïc hasta que la merma de su salud y la distancia —trasladó su residencia de Cataluña a Granada— imposibilitaron sus visitas al camposanto. De Durruti, precisamente, comentaba Antonina en una entrevista, que había sido muy criticado por los propios porque, durante los intervalos de tiempo en los que no estaba encarcelado, mientras su mujer ganaba el pan familiar trabajando de acomodadora en un cine, él compatibilizaba las asambleas sindicalistas con sus tareas como amo de casa, actividad esta última de la que se sentía orgulloso porque le permitía pasar un tiempo impagable con su hijita Colette .

 
 
LA FEMINISTA

Contaba Antonina que se desplazó a México —también lo haría a Chile— para documentar una de sus monografías entrevistando a personas que se habían visto obligadas a exiliarse por causa de la guerra (in)civil española, encontrándose con una señora mayor que, al saber el motivo de la visita, exclamó: “¡Ya era hora!”. Sirva la anécdota para ilustrar la metódica investigación de esta mujer incansable, esforzada y tesonera que jamás dejó de acreditar con distintas fuentes sus ensayos y biografías, resaltando, entre sus trabajos, los que ha dedicado a las mujeres, anónimas o no, a las que el fascismo les arrebató todo salvo la dignidad. Mujeres granadinas y españolas; mujeres represaliadas, asesinadas; mujeres del exilio interior y exterior silenciadas. Mujeres republicanas a las que, palabra a palabra, ha logrado rescatar del oprobio y olvido impuestos; mujeres a las que, con inmenso respeto, ha ido biografiando para que el testimonio de sus vidas regresara de los tiempos oscuros.

Margarita Xirgu —Margarita, la Roja—, actriz y directora teatral, que esperó impaciente la muerte del dictador para regresar de su exilio uruguayo, pero a la que la suya propia se lo impidió; María Lejárraga, autora de las obras que su marido, Martínez Sierra, firmaba como propias, y por las que tuvo que luchar para que no le robase, también, los derechos de autoría; Amparo Poch, médica zaragozana, anarquista y feminista, pionera en la divulgación de la sexualidad femenina y cofundadora de la asociación anarcofeminista Mujeres Libres, fallecida en el exilio de Toulouse; Federica Montseny, anarquista que fue ministra de Sanidad en la República; María Teresa Toral, ilustre científica para la que, en 1945, se pedía la pena de muerte y a cuyo juicio oral acudió, para darle su apoyo, Irène Joliot-Curie, premio Nobel de Química… Todas ellas, y otras muchas, a las que Antonina Rodrigo ha dedicado años de su vida para que aquella ignorancia preceptiva que las condenaba al ostracismo, diera paso a la visibilidad y al justo reconocimiento público de la lucha contra el totalitarismo, la férrea voluntad para continuar adelante y la contribución a la sociedad de las féminas antifascistas españolas, cuya valía fue tan encomiable como la de cualquiera de sus compañeros ideológicos en similares circunstancias y tan superior como inalcanzable para los abyectos fascistas que quisieron soterrarlas a perpetuidad en la desmemoria.

 
 
 

ADENDA

«Thaumetopoea pityocampa (imagen ampliada)»: Archivo personal

 

Fueron descendiendo, con lentitud y en impecable formación, del castigado cedro; la negra cabeza de una en contacto con el segmento anal de la precedente. Era tal su morosidad, que los ojos avizores que las observaban apenas eran capaces de apreciar su progresión. Habría, grosso modo, tres centenares, calculó Jenabou; un ejército diminuto y disciplinado, armado su dorso con excrecencias peludas en tonos rojizos e impregnadas de alérgenos, que se deslizaba por el jardín de la casa de Mam’zelle —la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio— buscando la ubicación idónea, entre la arenisca y la fina gravilla de los laterales, donde enterrarse y aguardar el momento estacional propicio para mutar de crisálidas a mariposas.

Con parsimonia, torció la oruga guía hacia los setos que se yerguen junto a la empalizada de color pistacho y curvose la procesión de malsanos lepidópteros sin despegarse los unos de los otros, como si, en vez de macroparásitos individuales, se tratara de una famélica e interminable serpiente con dificultades de reptación.

A cautelar distancia de la dañina procesionaria, y con el propósito de preservarse de los filamentos urticantes que, cercanos al medio millón, lanzan al aire cada uno de los minúsculos combatientes, Mam’zelle se enfundó gorra, gafas, y guantes, además de cubrirse la mitad inferior del rostro con un fular y calzarse unas botas de senderismo de suela recia; de tal guisa, se aproximó a la cadena viviente, que continuaba su perezosa marcha prolongándose más conforme alcanzaban el suelo las últimas unidades defoliadoras que se retiraban del árbol.

Jenabou salió del cobertizo con manos, cara, cuello y cabeza bien protegidos y el depósito de la mochila fumigadora conteniendo el mismo bioinsecticida que había visto usar en el pinar a Lurditas, la alguacila, con óptimos resultados. “Se van a enterar estas cabronas”, murmuró, y, con el pulso firme, abrió al máximo la boquilla del tubo de aspersión, apretó el gatillo de la empuñadura y fue rociando sin el menor intervalo la comitiva larvaria. Una pasada, dos, tres, al mismo tiempo que, en la retaguardia, la vieja profesora pateaba con ímpetu la hilera de orugas recién asperjadas por la adolescente.

28 de febrero de 2026

«Mural de las víctimas del 3 de marzo de 1976»: Fotografía de dominio público de Zarateman

 

In memoriam
Francisco, 17 años.
Romualdo, 19 años.
Pedro María, 27 años.
Bienvenido, 30 años.
José, 32 años.

 

El miércoles 3 de marzo de 1976, a partir de las cinco de la tarde, hora de la asamblea obrera, los huelguistas fueron entrando en la iglesia de San Francisco de Asís, del barrio de Zaramaga de Vitoria. Cerca de cuatro mil accedieron al templo observados por la policía. Uno de los mandos del cuerpo armado contactó con el párroco para que los concentrados desalojaran el recinto o serían sacados a la fuerza; apeló, entonces, el sacerdote al Concordato vigente firmado en 1953 entre el gobierno español y el Vaticano, que otorgaba a la Iglesia Católica protección contra la intrusión policial en sus propiedades… Menos de un minuto después, “la policía atacó y asaltó la iglesia con gases lacrimógenos y material antidisturbios, por lo que, presos del pánico y la asfixia, los allí congregados comenzaron a salir huyendo, momento en el que los policías procedieron a golpear y disparar indiscriminadamente tanto sobre los que intentaban escapar, como sobre los que, desde el exterior,  atraían su atención para dejar vía libre a los que abandonaban aquel infierno”.

 

—(…) ¡Buen servicio!(…) hemos contribuido a la paliza más grande de la historia —comunicó por radiofrecuencia uno de los policías intervinientes.

 

Más de dos mil disparos. Cinco muertos. Ciento cincuenta heridos.

 

«Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia…»

 

En la calle  —la que Fraga Iribarne, ministro de la Gobernación en aquel momento, decía suya— corrió sangre obrera. Y nadie, en los cincuenta años transcurridos, fue juzgado en España y sentenciado por ello, tras sobreseer el caso la jurisdicción militar —en la que finalmente recayó el sumario— aduciendo que no se había podido acusar de la comisión del delito de homicidio a persona física alguna.

 

Entre los años 2010 y 2014, familias de represaliados y victimas de la Transición, presentaron 115 querellas —en la actualidad superan las 150— en Argentina, ante la jueza María Servini, siendo uno de los investigados Rodolfo Martín Villa que, en el año 1976, cuando tuvieron lugar los sucesos de Vitoria-Gasteiz, era ministro de Relaciones Sindicales, y al que las partes querellantes consideran, en este caso, presunto responsable de la comisión de cinco delitos de homicidio contra los trabajadores gasteiztarras. Pese a los intentos de Martín Villa y otros querellados para detener este y el resto de procesos, alegando que son hechos prescritos al estar amparados por la Ley de Amnistía de 1977, la magistrada Servini consideró que, al tratarse de crímenes de lesa humanidad, estos no prescriben nunca.

 

Asesinos de razones y de vidas
que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias.
LLUÍS LLACH.- Campanades a Morts.

 

Una de romanos

«Bronce romano (Museo de Huesca)»: Archivo personal

 

Urbs Victrix Osca [Huesca, Ciudad Vencedora], sería el nombre que darían los romanos a la Bolskan habitada por los suessetanos —de los que escribe Plinio el Viejo y cuya presencia confirman los restos prerromanos encontrados en la ciudad— y conquistada por el gran imperio unos doscientos años antes de la era cristiana.

El poblado de Bolskan —situado en un cerro rodeado por un foso de salagón, y regadas sus tierras por el lánguido Isuela, cuyas raíces hidronímicas, con pocas alteraciones, se remontan a cuatro mil años atrás— no solo terminaría adoptando el latín en detrimento de la lengua eusquérica propia, sino que, en los siete siglos de romanización, sería cuna de una de las cecas más importantes de Hispania, con monedas acuñadas en las que aparecen las tres denominaciones del poblado: Bolskan, Olskan y Osca. Pero, por encima de cualquier otra circunstancia, la Urbs Victrix Osca, la suessetana Bolskan, ha pasado a la posteridad por haber sido elegida como cuartel general y capital rebelde del político y militar Quinto Sertorio, que, enfrentado ferozmente a la República con un ejército compuesto por suessetanos de Bolskan a los que se obligó a luchar, terminó violentamente sus días en el año 72 a.C. a manos de su lugarteniente Perpenna, durante un banquete-celada celebrado en Bolskan/Osca, a cuenta de las victorias contra Metelo y Pompeyo.

La vida y andanzas de Quinto Sertorio hubieran tenido un efímero recorrido memorístico en la ciudad de Huesca si las mismas no hubieran sido recogidas por Plutarco en sus Vidas paralelas.

En el siglo XVII, un grupo de campanudos oscenses amantes de la cultura clásica, descubrieron, en la biografía sertoriana de Plutarco, que Quinto Sertorio, amén de guerrear, fundó en Bolskan/Osca una Academia donde los hijos y parientes jóvenes de los suessetanos más notables se educaban a la manera griega y romana. Tan refinada escuela no era en absoluto una muestra de gratitud o condescendencia hacia los aborígenes, sino una nada sutil estrategia para mantener secuestrados a niños y jóvenes y obligar, de esta manera, a los suessetanos a integrarse y luchar en el ejército de Quinto Sertorio, de tal manera que, cuando las batallas no terminaban en victoria, el implacable gestor romano elegía a un grupo de alumnos de la Academia: unos eran asesinados y otros vendidos como esclavos.

La crueldad de Quinto Sertorio con los jóvenes estudiantes de la antigua Bolskan, no minó la admiración y el entusiasmo académico de aquellos sesudos oscenses del siglo XVII; al contrario. (Re)fundaron —en el mismo lugar donde se suponía que había estado ubicada la Academia y donde ya existía la universidad apadrinada por Pedro IV de Aragón en el siglo XIV— un ambicioso y bien proyectado centro docente universitario que, con el nombre de Universidad Sertoriana, alcanzó gran prestigio en España y Europa, hasta su supresión en 1845. Y se cuenta que, en el boca a boca, se aseguraba a los inscritos en la excelsa universidad oscense, que en aquella Academia de la antigüedad, erigida por Quinto Sertorio y que no había sobrevivido al asesinato de su fundador, había cursado provechosos estudios el mismísimo Poncio Pilato.


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 8 de enero de 2020.

Maremagno

«El desfile de los equinoideos»: Archivo personal

 

Aquella mañana de mediados de febrero en la que Mariángel —ayudante de cocina y camarera en el Mia-te tú— acudió al horno de la localidad a recoger los panecillos de chapata —encargados para la comida a puerta cerrada de los vitivinicultores—, coincidió con la vieja Angelines, correveidile oficiosa de cuanto acontece en el pueblo, que aprovechó la circunstancia para traer a colacion el «festín de los vinateros» [sic]. “Alguna mariscada les habrá preparado Mª Ríos, que esos son muy requetefinos y no se contentan con cualquier cosa. Buenos dineros se dejarán en la tragantona”, conjeturaba, mientras Otilia, la panadera, sabedora del percal, le hacía gestos a la joven barista para que se abstuviera de dar explicaciones. Pero Mariángel, tan ingenua ella como malintencionada la anciana, no tuvo inconveniente en presumir, con más candidez que engreimiento, de “unos erizos de mar de color violeta, preciosos y bien vivos” que Mª Ríos había comprado para extraerles las gónadas, aliñarlas y servirlas a los antojadizos comensales con el resto de entrantes.

No habían transcurrido ni quince minutos del regreso de la camarera a sus tareas en el gastrobar, cuando Mª Ríos recibió una llamada telefónica de la profesora de Educación Infantil de la Escuela Rural del Barrio:
—Oye, que me han comentado las madres que tienes erizos de mar vivos. ¿Puedo llevar a mi chiquillería para que los vean? Nada, poco rato. Solo para que sepan cómo son y nos vamos.

Y de esa manera, al mismo tiempo que una cariacontecida Mariángel le relataba a la desconcertada restauradora lo sucedido en la tahona, comenzó el desfile. La bulliciosa chavalería más joven de la escuela con su maestra. Los cuatro abuelos guasones que juegan a las cartas en el bar del Salón Social. Cinco madres que acababan de dejar a su progenie en el colegio y no sabían en qué emplear la mañana. La propia Angelines, con su amiga María Blanca y dos señoras de la Urbanización con las que salen a caminar. Olarieta, cocinera del bar del Salón Social, acompañada de Anca, la trabajadora de la Casa de Turismo Rural. Tres alumnos del Instituto de la capital que se habían tomado el día libre. Un matrimonio mayor que hacía hora para acudir al Consultorio Médico. Lurditas, la alguacila, y los dos peones contratados por el Ayuntamiento para limpiar el perímetro del azud… Todos, por supuesto, a contemplar los violáceos erizos de mar, en tanto que Mª Ríos, iracunda, lidiaba con los intríngulis del menú y Mariángel, lacrimosa, la perseguía —de la despensa a la cocina y de esta al comedor— suplicándole indulgencia por el embolado resultante de su indiscreción.

—¿Y te quieres creer —le contaba Mª Ríos, esa misma noche, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que tuve que sacar a los rezagados a empujones y cerrar la puerta con llave? Y aún protestaban.

«Salto de Roldán, puerta de Guara»: Fotografía de dominio público de Danybum

 

Frente al castillo de Montearagón, centinela de la capital altoaragonesa, Sen (1123 m) y Men (1124 m) —también llamadas San Miguel y Amán—, las dos bizarras peñas rojizas, velan el apacible recorrido del río Flumen, su cantero, que las pulió y conformó a su capricho, transformándolas en farallones señeros y bien reconocibles sus perfiles enmarcados en la Sierra de Guara.

Cuenta la leyenda que, abocado hacia las señoriales moles, cabalgaba raudo, a vida o muerte, el caballero franco Roland, la mítica y templada Durandal al cinto, golpeándole el muslo, y el ágil Veillantif, con las crines apelmazadas por el sudor y las vísceras agitadas, apenas a tres cuerpos del ejército sarraceno de Saraqusta [Zaragoza], que perseguía, formando una inmisericorde polvareda, al sobrino del emperador Carlomagno y osado irruptor en la bien protegida Marca que tenía el Califato de Córdoba en el noreste peninsular.

Acorraláronle, por fin, los musulmanes en el promontorio de Men, con el abismo cortándole cualquier asomo de escapatoria. Ya susurraban las aguas del Flumen dolientes cantos funerarios al fondo del despeñadero, cuando el noble guerrero, aferrando con desesperada decisión los correajes del corcel, lo espoleó marcha atrás, hacia el murallón humano que formaban sus acosadores, para, a continuación, dar la vuelta y lanzarse, afianzado en aquel lomo palpitante, hacia el abismo.

Volaron montura y caballero, como si de un único cuerpo se tratara, en demencial salto por encima del profundo lecho mortuorio que separaba ambas rocas y, ante el asombro de la morisma, aterrizaron los cascos de Veillantif, con un sonido brutal, en la cima de la peña Sen.

Allí mismo, al borde del derrumbadero superado, cayó reventado por el esfuerzo el valeroso caballo, dejando para la posteridad, como recuerdo de su inmortal hazaña, la huella de sus cascos anteriores labrada en el resalte del peñasco.

Llorole y enterrole el caballero mientras las tropas sarracenas de Saraqusta, desde la otra peña, contemplaban, impotentes, al enemigo invicto.

A pie marchó Roland, indemne, hacia Ordesa, para encontrarse con el destino que algún día narrarían los trovadores allende los Pirineos. En la sierra, Sen y Men, notarias de la arriesgada proeza, terminarían aunadas, en la memoria colectiva, con el evocador nombre de Salto de Roldán.

Percepciones

«Palacio de Peleș, en Sinaia (Rumanía)»: Archivo personal

 

El octogésimo aniversario de la tía Hélène —una de las hermanas mayores de maman Malika— se celebró en Sinaia con el propósito de cumplir con el deseo de la agasajada de visitar el castillo de Peleș, a los pies de los montes Bucegi, en la cordillera de los Cárpatos. A Hélène —francesa de origen que lleva sesenta y dos años viviendo en Bucarest, a menos de dos horas de la impresionante residencia decimonónica de los últimos monarcas rumanos— no pudo frenarla ni siquiera la nieve, que comenzó a caer tres cuartos de hora antes de emprender el viaje y se intensificó conforme el minibús alquilado para la ocasión avanzaba rumbo a la ciudad balneario, al hotel donde se celebraría la cena homenaje y en el que la festejada y sus diecinueve acompañantes pasarían la noche previa al tour turístico por el ¿castillo? ¿palacio?

¿Castillo de Peleș? ¿Palacio de Peleș? Denominar castillo a esta obra maestra de la arquitectura, que mezcla el estilo neorrenacentista germánico con elementos neogóticos [FOTO] [FOTO], carece de sentido: ni uno solo de los componentes externos se diseñó para conformar una fortaleza sino como suntuosas piezas de un lujoso palacio de estética refinada cuyo primoroso exterior —con barandaje de piedra de los Cárpatos rematado por esculturas neoclásicas de mármol— no hace sino adelantar las exquisiteces artísticas que abruman la mirada cuando se traspasa la puerta de acceso. Pablo Neruda, que se alojó en él en una visita a Rumanía realizada en 1960, invitado por un grupo de poetas rumanos adscritos al Partido Comunista, se jactaba de haber pernoctado en uno de los dormitorios reales [FOTO] [FOTO] y no ocultaba su fascinación —y también su crítica por el inmoral derroche— ante tanto lujo y sibaritismo. Porque, además de las muy selectas composturas de las 160 estancias —entre ellas, una nutrida biblioteca, sala de proyecciones cinematográficas y representaciones teatrales, sala de música [FOTO], sala de armas [FOTO], salones temáticos…— y 33 baños [FOTO] [FOTO], el palacio fue dotado, a lo largo de su construcción —entre 1873 y 1914—, de comodidades de las que ningún palacio real de aquella época podía presumir: central eléctrica propia, calefacción, agua caliente y hasta un ascensor.

Marmóreas columnas clásicas, vitrales, techos artesonados de los que penden lámparas de cristal de Murano, espectaculares claraboyas con apertura eléctrica, tapices renacentistas, paredes ornamentadas con cincelados en ébano y teca representando escenas mitológicas, muebles con repujado cordobán al estilo andalusí, cientos de objetos realizados con los materiales más ostentosos, alfombras persas y turcas en seda y lana, artesanales barandillas de labrada ebanistería engalanando las escalinatas entre estancias inferiores y superiores [FOTO] [FOTO], puertas con diseños laboriosamente esculpidos… Todo ello componiendo una escenografía barroca sin igual por la que desfilan ojos asombrados, expectantes, atorados ante esa exposición de fastuosidad tan extrema como añeja.

Lucica, una de las guías y, como la propia Hélène y la mayoría de los asistentes al cumpleaños, de etnia romaní, no le escatimó a la recién estrenada octogenaria ningún aposento —incluso aquellos vetados a los turistas paganinis—, jalonando la ronda palaciega con infinidad de aclaraciones y anécdotas. Les explicó que, pese a haber estado cerrado al público desde su confiscación, en 1948, hasta su apertura como museo, en 1993, las autoridades del régimen usaban el antiguo recinto regio como alojamiento de dignatarios extranjeros; para ello, el palacio contaba con una brigada de conservadores que se encargaba de velar y mantener todos aquellos tesoros palacianos y su entorno inmediato. Esta brigada se sentía tan  satisfecha llevando a cabo labores de mantenimiento en aquel edificio tan singular que sus miembros estaban dispuestos a hacer lo que fuera para proteger Peleș. Y así lo demostraron.

Cuando, a mediados de los sesenta, Ceaușescu accedió a la presidencia de la República Socialista de Rumanía, corrió la voz de que él y su esposa estaban haciendo una gira por los lugares donde se levantaban edificios confiscados a la realeza y la aristocracia rumanas tras la II Guerra Mundial, llevándose de los mismos mobiliario, bibelots y objetos de valor para decorar el Palacio de Primavera, que era su pomposa residencia bucarestina. Al enterarse los conservadores de Peleș de la inmediata visita de la codiciosa pareja presidencial, idearon una artimaña para evitar que el palacio fuera esquilmado. Explicaron al autócrata que la mayor parte de la madera del interior de Peleș se hallaba colonizada por un hongo cuyas esporas no solo habían infectado el mobiliario sino que, indetectables en el aire, podían afectar gravemente las vías respiratorias. Provistos con mascarillas, para dar mayor credibilidad a la añagaza, manifestaron que habían conseguido un producto que quizás, solo quizás, detendría el avance del parásito a largo plazo. Los Ceaușescu  abandonaron Peleș tan de vacío como habían llegado. Nunca regresaron.