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Que llueva, que llueva

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«Pasajul Victoriei (Bucarest)»: Archivo personal


Bajaba, renqueante, el señor Pedro de [Casa] Berches por el Pinar de la Fontaneta, apoyada la mano izquierda en su bastón de boj y la derecha en un viejísimo paraguas de pastor que, tiempos atrás, trocó su negritud original por un gris apelmazado y con manchurrones de óxido. “¿Qué, siño Pedro, lloverá…?”, le preguntaba, con indisimulada chanza, el paseante mañanero. “San Úrbez te oiga”, respondía el viejo mentando al santo de Nocito cuya momia, quemada por exaltados republicanos al inicio de la guerra (in)civil, fue, durante once siglos, reclamo de lluvias y opíparas cosechas y del que las gentes de la sierra siguen siendo devotas y pedigüeñas del icor celestial, ampliando las suplicaciones —por si un solo santo no fuera suficiente— al venerable titular de la ermita románica de San Martín de la Choca, de quien se cuenta que, hace años, hartos en Lecina de hacerle rogativas en vano, lo castigaron arrojando su talla al camino por donde la procesionaban, cayendo a los pocos minutos una tromba de agua fenomenal, con el subsiguiente desagravio al pobre santo embarrado, que recogieron, limpiaron y depositaron de nuevo en la ermita como si nada hubiera sucedido.


El señor Pedro —cuya casa es la actual depositaria de la arqueta que contiene un trozo de la rodilla de San Úrbez que un pastor le arrancó al cuerpo incorrupto del santo de un mordisco— tiene, como la mayoría de las personas añosas de la sierra de Guara, una religiosidad trufada de supercherías a la que añade el rito de portar, cuando arrecia la sequía, un destartalado paraguas por la circunvalación de los huertos y campos de cultivo, tal vez convencido de la atracción que puede llegar a ejercer el artilugio en las impolutas masas atmosféricas bañadas por la luminosidad solar.


¿No hay miedo, pues, a que me chipie [*], siño Pedro?”, le insistía, jocoso, el caminante. Y sonreía el viejo alejándose despacio en dirección al Barrio.








NOTA

[*] En aragonés, el verbo chipiar(se) significa mojarse, calarse.

Penumbras

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«Luz y sombras»: Archivo personal


Sosegada la calle.
Vendados los ojos y amordazadas las bocas,
las casas.
Callan las lechuzas.
Se atemperan las ramas
de las carrascas.

(La muchacha avanza).

Un crujido, un siseo, una tos contenida.
Una silueta en el chaflán
enfundada
en relente y penumbra.

(Las piernas rezagan).

Encañona, un nanosegundo, el miedo
los ojos avizores.
Se acelera el pulso en las sienes pubescentes.
Estaciona la angustia
en la úvula agostada.

Luego… nada
sino la curvatura laxa de los labios
despejando la zozobra acopiada
mientras el contorno humano de la esquina
se torna familiar a la mirada.

La sombra de las sabinas

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«Con la primera luz del día»: Archivo personal


Enlazan con el desvío a velocidad moderada, con la lección de prudencia bien aprendida desde aquella vez que, acelerados, acabaron con las dos ruedas delanteras del Land Rover lamidas por las aguas rebosantes del canal y el susto crepitándoles en los esternones. Cuando Pablo, el de la grúa, los remolcó hasta el taller de Ventura y marcharon al bar porque el mecánico les dijo que aquello era “poca cosa y en un par de horas os lo dejo listo”, la socarronería lugareña acompañó a los pinchos de tortilla y los cafés que Martina, la dueña, no les cobró, tal vez compadecida del pitorreo de que fueron objeto. Tardaron más de medio año en volver a pisar el bar de Martina, el mismo tiempo que estuvieron evitando el camino del canal, pero no hubo más remedio que retomarlo cuando la carretera comarcal estuvo en obras hasta bien entrado el otoño y el desvío del canal, con el asfalto fulgurante e inseguro de las primeras heladas, se convirtió en el único paso viable para acceder a las distintas granjas que les correspondía visitar.


A las siete y seis de la mañana, con la luz natural aún entre tinieblas, recalan en el bar de Martina cuando la mujer acaba de encender la cafetera y las luces interiores. “Si tenéis tiempo, voy a freír unos buñuelos y os los pongo para que os los llevéis”, les dice. Buena gente, Martina; más cerca de los sesenta que de los cincuenta, desparejada, afable y muy trabajadora. La mujer de Andrés, el tozinaire [1], les contó que Martina anduvo ennoviada cerca de quince años con uno del pueblo, “el más gandul de la redolada”, les explicaba, al que ella terminó dando puerta “y andan los dos solteros, cada uno en su casa, ella muy apañada con el bar y a él bien se le vale de su cuñada, que le hace la comida y le lava la ropa, inútil de él”. Y todo ello lo recitaba, como si nada, mientras Manuel-Antonio, chapoteando en mierda, sujetaba como podía a una cerda descomunal a la que la veterinaria palpaba las ubres, bulbosas e infectadas, sin que la escena, nada propicia para confidencias, detuviera el parloteo de la mujer.


Regresan a la carretera con el aroma anisado de los buñuelos impregnando agradablemente el vehículo y el escarceo de la lluvia, finísima, apenas dejando huella en el parabrisas. A un lado y otro del camino, los campos de cultivo, frutos del empeño por convertir el desierto en inusitado vergel, alternan con achaparradas ripas [2], farallones de arenisca, secarrales pedregosos y pequeños agrupamientos de sabinas albares que, en época romana, eran tan abundantes y oscurecían tanto el paisaje que estas tierras, presididas por la sierra de Alcubierre, fueron llamadas Montes Negros, entorno, en el siglo XIX, de las correrías de Mariano Gavín Suñén, el bandido Cucaracha, realidad transformada en mito, héroe de los monegrinos pobres y terror de los pudientes, idealizado robinhood de este territorio estepario donde se rodaron Jamón, jamón y La marcha verde, y en el que, a menos de diez kilómetros del desvío del canal por donde transita el Land Rover, se levantan, entre dunas, jaimas bereberes junto a las que pasean, indolentes, cuatro o cinco camellos para alborozo de los turistas.







NOTAS
[1] En arag., criador de cerdos.
[2] En arag., cerro terroso.

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«La gata Tesela»: Archivo personal


En O Rinconer [*] de la Biblioteca del Centro de Cultura Popular y bajo el lema “Cuando papá y mamá eran chiquitajos”, la fotogénica y sociable gata Tesela se ha convertido en embajadora de la Literatura Infantil y Juvenil que antaño deleitó a las niñas y niños que, en el presente, son padres y madres, aún jóvenes, de las criaturas que dinamizan las aulas de los diferentes pueblos que componen el Colegio Rural Agrupado de la zona.

La iniciativa surgió la primavera pasada, cuando el grupo de seis niñas de 6º de Primaria de la escuela del Barrio realizó una encuesta entre los progenitores del alumnado para que señalaran —en un estadillo preparado por las bibliotecarias— los autores, autoras y títulos de libros infantiles que recordaban con mayor agrado.


Cuatro escritoras y ocho obras fueron mayoritariamente escogidas:

  • Un monstruo en el armario (1991) y Animales charlatanes (1983), de Carmen Vázquez-Vigo (1923-1918), uno de cuyos personajes es una gata culta y parlanchina representada, para la ocasión, por Tesela. Vázquez-Vigo, de origen argentino, fue madre de la actriz Verónica Forqué, a la que dedicó una deliciosa narración infantil, El libro de Verónica.
  • Arturo y Clementina (1976) y La historia de los bonobos con gafas (1976), de Adela Turin (1939-2021), historiadora del Arte italiana y escritora de referencia en coeducación que, en colaboración con la ilustradora Nella Bosnia, publicó en los años 70 una colección de cuentos infantiles caracterizados por ser pioneros en la denuncia explícita de los roles sexistas.
  • El misterio de los pueblos embrujados (2002) y Aventuras en el valle de Ordesa (2001), de Asun Velilla, autora zaragozana que, con su narrativa juvenil, recorre fantásticos enclaves de la geografía aragonesa convirtiéndolos en escenarios donde la pandilla de Juanón vive trepidantes aventuras.
  • Doña Pito Piturra (1987) y Las Tres Reinas Magas (1978), de Gloria Fuertes (1917-1998), literata excepcional y divertida moradora de las bibliotecas infantiles cuyas obras de teatro siguen representándose en la escuela del Barrio.


Con los datos recabados, Feli, Mercedes y Ángel, voluntarios de los turnos de biblioteca, han montado una exposición de animación a la lectura con un buen número de producciones de las autoras seleccionadas, tanto del fondo bibliográfico del Centro de Cultura Popular como de las bibliotecas escolares de aula, inaugurándose el primer sábado de septiembre con la presencia de la propia Tesela —la mascota que promociona el evento en dípticos y carteles repartidos por el Barrio y pueblos de los alrededores— de la que, dicen, aceptó sin un mal gesto las caricias y estrujamientos que pequeños y mayores le dedicaron.








NOTA

[*] En aragonés, El Rinconcito.

Donauquelle (SElva Negra)

«Donauquelle, fuente del Danubio»: Archivo personal


Cerca de la localidad alemana de Donaueschingen, tras llevar más de 1.350 kilómetros recorridos desde que se pusieron en camino el 16 de agosto, de repente, aquella voz…

—¿Qué pasa, huesquetas, que en el extranjero ya no conocéis a los paisanos?

Se giran, a la vez, los ocho. Isabel, Patricio y su inseparable Saskia, bien sujeta por la correa, contemplan al sorprendido grupo frente a Donauquelle, la fuente barroca del río Breg cuya confluencia con el río Brigach da lugar al nacimiento simbólico del Danubio, ferozmente achicado su cauce aguas abajo. Emil es el primero en reaccionar:

—Joooder, ¿qué hacéis aquí?.

—Lo mismo que vosotros, ¿no?  —sonríe Isabel. Se abrazan. Se quitan unos a otras las palabras de los labios. Se ríen y se alborotan. Saskia, la can de Chira hermana de Bambuesa, la perra de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recibe, ansiosa, tantas caricias que termina babeando a los pies de sus generosos masajistas.

[…]

—¡Qué alucine, Patri, Isa….! Si igual hace tres o cuatro meses que no nos veíamos… Como siempre estáis de acá para allá… Mira que toparnos con vosotros en Alemania… Turulata me he quedado —dice Marís.

—Pues, mira, hace una semana regresamos a Huesca desde Galicia, pero, ya sabéis, como somos jubilados de culos inquietos decidimos patearnos esta zona teutona  —explica Patricio— haciendo las paradas justas en Francia, que la tenemos muy vista. ¿Y vosotros?

—Uf, nosotros saltándonos la ruta programada, para variar, como si el destino se hubiera empeñado en que se produjera este encuentro… La idea era hacer el recorrido únicamente hasta Nancy  e ir bajando, pero como uno de mis hermanos vive en Colmar, continuamos hasta allí y surgió venir a conocer las fuentes del Danubio antes de dar media vuelta —cuenta la veterinaria—. Ya que estábamos a un paso…

[…]

—A ver, gente, aunque no lo teníamos previsto, ¿buscamos un garito cercano y echamos unas cervezas, o qué?  —propone Loren, el marido de Yolanda

—Podemos ir al bar en el que comimos ayer Patri y yo, en Hüfingen, muy cerca de aquí. Es sencillo y con dos o tres mesas en el exterior. Bueno, si queréis…  —sugiere Isabel—. Oye, ¿y a ti que te pasa en el brazo, que lo llevas en cabestrillo? ¿Te has lesionado?

—Bah, un esguince. Ya os contaré. Lo de los tragos, entonces, allí donde dices, ¿no?, porque las chicas y nosotros nos volvemos para Francia esta tarde, que tenemos decidido pasar la noche en Belfort e ir tirando para España.




EPÍLOGO

Camino del sur, se rinden, entusiastas, a los admirables señuelos que invitan, provocadores, a interrumpir por unas horas la marcha y a menguar, todavía más, el escaso remanente del fondo común: …Pierre-de-BresseLa CanourgueCarcassonne

Arquitecturas, historias, poblaciones, ríos decrecidos, colinas, bosques supervivientes, rutas alternativas, áreas de descanso, una sucinta videollamada de Isabel y Patricio desde Ulm, agotamiento y las voces desafinadas a través de la emisora que comunica ambos vehículos. “¡Preparado ese coro…! ¡Un, dos, tres y repetimos, que casi os habéis aprendido la letra!”, anima Étienne.

La   maman d’Amandine
veut que son amant dîne.
Amandine a dit non.
L’amant de la maman
d’Amandine, indigné,
redemande à dîner.
«Non. Tu es mon papa,
mais pourquoi n’est-tu pas
le mari de maman?»
Et papa lui répond
que quand on se marie
c’est beaucoup moins marrant
[*]



A media tarde del dia 8 de septiembre, cruzan la frontera y hacen la primera parada en tierras españolas, en la majestuosa villa gerundense de Besalú, donde, como en cada etapa del camino, atesoran las piedras los lances de la historia.

[…]

—En menos de cuatro horas estaremos en casa —les recuerda Yolanda, a través de la emisora, cuando reemprenden el viaje, tan derrengados como satisfechos, hacia el punto de partida.








NOTA

[*] La mamá de Amanda / quiere que su amante cene. / Amanda ha dicho que no. / El amante de la mamá / de Amanda, enfadado, / insiste en cenar. / «No. Tú eres mi papá, ¿pero por qué no eres / el marido de mamá?» / Y el papá le contesta / que cuando uno se casa / es mucho menos divertido.

Villandry

«Villandry»: Archivo personal


I

Asegura María Petra —risa va, risa viene— que tanto ella como Marís y Yolanda decidieron prescindir del rimmel la segunda noche en el camping de Montmorillon, localidad a la que arribaron desde Huesca tras seiscientos kilómetros, con una breve pero reparadora parada en Burdeos para recoger a Oroel. Fue la tarde-noche que, al regresar de Poitiers, descubrieron que se había estropeado el mecanismo de anclaje del avance lateral de Maricarmen —así bautizaron a la autocaravana en la que viajan Emil, Marís, Loren y Yolanda; a la cámper, más compacta, que aloja a María Petra, Étienne, Oroel y la veterinaria, la llamaron Pilarín—. Emil, adicto a las extravagancias, no tuvo otra ocurrencia que poner como contrapesos una malla con patatas de un lado y dos con cebollas en el contrario, para que el tejadillo retráctil bajo el que colocaban en el exterior mesa y sillas se mantuviera en su sitio.

Los rústicos colgajos, visibles desde el sendero de losetas por el que pululaban la mayoría de los campistas, atraían muchas miradas. “Saca eso de ahí, Emil, chico”, le decía Oroel doblada de la risa, “que lo mismo piensan que tenemos un puesto de venta y nos hacen corrillo”. Y Emil, con el sombrero Panamá ladeado, remedaba a un vendedor ambulante entonando en castellano a voz en grito: “¡Patatas, cebollas… Ajos, huevos de gallinas libertarias, longaniza y butifarra de Graus, tomaticos de mi huerto…!”, retahíla que el resto acompañaban con carcajadas, hipidos e involuntarios lagrimones que les bañaban los pómulos arrastrando, en el caso de algunas de las féminas, restos de eyelinner y máscara de pestañas.

A Yolanda, siempre práctica, se le ocurrió una solución provisional para el entoldado durante el recorrido por el exquisito palacio de Villandry  —castillo renacentista a orillas del río Cher, rodeado de tres niveles de jardines donde se ejemplariza el arte de la topiaria—; compró en Tours un par de macetas colgantes, de tamaño mediano, con sendos brotes de rosal híbrido de té que, tras la visita al castillo de Chambord  —construido por Franscisco I y uno de los más grandes del Valle del Loira— y ya acampados en un área de estacionamiento gratuito en Collemiers, sujetaron de manera decorativa el toldo de Maricarmen, que conservaron de tal guisa en cada pernocta, incluso tras ser reparado, días después, por un mecánico en Brienne-le-Château, en la carretera que une los lagos de Oriente con Nancy.



II

En Aube, en la Fôret de l’Orient, me hubiera quedado para los restos”, rememora Marís, enamorada de esa reserva natural de la Champagne húmeda, de mágicas marismas y suelos tapizados de ortigas y angélicas, donde avistaron una pareja de cigüeñas negras cerca de las playas doradas del más extenso de los lagos de Oriente, una de las hoy visiblemente mermadas reservas hídricas francesas, en un enclave todavía fantástico y boscoso por el que anduvieron un día más de lo acordado antes de dirigirse a la señorial Nancy, la ciudad que posee tres plazas (la de la Alianza, la de la Carrière y la Stanislas) nombradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

En la basílica de Saint-Epvre, en Nancy, sucedió el único percance serio del viaje, cuando Loren, intentando ayudar a una señora a la que se le había desparramado el contenido del bolso por la escalera monumental de acceso al templo, se golpeó accidentalmente con la proyectura de uno de los escalones sufriendo un esguince de la muñeca izquierda con rotura parcial de ligamento, del que fue diagnosticado y asistido en el servicio de urgencias del Centre Hospitalier Régional Universitaire. “Después de esto, solo nos falta hacer una tournée por los calabozos de la Gendarmería Nacional y así no nos quedará por visitar ningún lugar emblemático de Nancy”, bromeaba Oroel a la salida del centro sanitario de la avenida del Maréchal de Lattre de Tassigny.

Fue en ese momento de distensión, después del nerviosismo acumulado, cuando Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio propusieron modificar la ruta y desplazarse a Colmar, una localidad preciosa situada en la frontera entre Francia y Alemania.

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«Donde florecen los geranios»: Archivo personal


En junio se (nos) fue Josefina (1929-2022), tenaz combatiente contra el olvido, hermana chica de Maravillas Lamberto Yoldi, la niña de catorce años a la que unos monstruos disfrazados de seres humanos violaron, tirotearon y quemaron aquel agosto navarro de 1936, continuación del horror que se desencadenó en España a partir del 18 de julio. Siete años tenía Josefina, la más pequeña de las tres hermanas, cuando aquellos hombres (dos guardias civiles, un camisa azul y el hijo del churrero del pueblo) se presentaron en la casa de Larraga para llevarse a Vicente, el padre, al que Maravillas, la hija mayor, se empeñó en acompañar porque, según les dijeron, solo se trataba de “hacer una corta declaración en el Ayuntamiento”.

Aquel 15 de agosto, día de la Virgen, a la pequeña Josefina Lamberto se le echó la madurez encima sepultando risas y juegos, rellenando los huecos de una vida anterior con las humillaciones y desprecios que terminaron de desdibujar cualquier atisbo de los tiempos felices. Vacía por dentro, maltratada en los centros de Auxilio Social donde fueron recogidas ella y una hermana de diez años mientras su madre pedía limosna por las calles de Pamplona, y con el recuerdo indeleble de la última vez que vio con vida a su padre y a su hermana mayor   —de los que conocía su horrendo final merced a las jactancias públicas de sus asesinos—, entró como novicia en una orden religosa donde las vejaciones, la soledad y el preceptivo silencio avivaron las tragedias pasadas fijándolas dolorosamente en su día a día. Tras dar tumbos por diversos cenobios europeos de su congregación y pasar catorce años de destierro encubierto en Pakistán, regresó a Navarra y, en 1996, tras cuarenta y seis años de monja, abandonó definitivamente los hábitos.

Fue cofundadora de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra y a la tarea del No Olvido dedicó los siguientes años de su vida. Charlas en colegios, conferencias y el voluntariado en un comedor social navarro se convirtieron en el mejor placebo para seguir adelante y exorcizar sus propios demonios. Batalladora hasta el último suspiro, Josefina Lamberto Yoldi, entrañable florecica, fue un ejemplo de dignidad, fortaleza y entrega al prójimo y a la causa de la Memoria Histórica.

En 2020, se estrenó el documental Florecica, de Virginia Senosiain y Juan Luis Napal, donde se narran las penurias vividas por Josefina, su hermana Pilar y la madre de ambas tras el asesinato del padre y la hermana mayor.





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«Dedo de Yenefrito»: Archivo personal


Pasan once minutos de las ocho y media de la mañana y el peculiar Tren de Alta Montaña El Sarrio inicia la ascensión de la pista forestal que conducirá a los once pasajeros, distribuidos en los dos vagones abiertos, de Panticosa al valle de la Ripera. “Es una pasada, mamá. Antes pensaba que el mejor tren de montaña era el de Artouste, pero me encanta este”, se entusiasma Jenabou, a la que el madrugón  —lleva en danza desde las cinco y media de la mañana—  no parece haberle afectado. El tractor reconvertido en locomotora serpentea lentamente por el camino de tierra, salvando el desnivel de más de mil quinientos metros de altitud, mientras se revela a los ojos del fascinado grupo un entorno resguardado de las ansias aniquiladoras humanas. Pura naturaleza del Pirineo axial, con espectaculares formaciones magmáticas a cuyos pies se extiende una frondosa flora donde los tímidos sarrios, junto a corzos y nutrias fluviales, tienen su edénico hogar.

Jenabou mira a su alrededor con ojos brillantes, palmotea, señala, conjetura qué animales observarán, ocultos en las vaguadas, el traqueteo del tren, y agradece el día soleado y con escasas nubes que le permite abarcar con la vista tan excepcional paisaje. Tras cincuenta y cuatro minutos de maravilloso recorrido, el tren arriba a las bifurcaciones senderistas que parten de la Ripera, un valle de origen glaciar en el que hace millones de años tuvo lugar una legendaria batalla entre los gigantes pétreos que, en la actualidad, inmóviles, presiden y dominan Panticosa y sus alrededores.


Cuenta la leyenda que, cuando las montañas pirenaicas tenían vida, dos familias de gigantes rocosos que se erguían sobre el balneario de Panticosa se disputaban el gobierno del lugar. La del Garmo Negro, que pasaba de los tres mil metros de altura, pretendía que la del Garmo Blanco, que no llegaba a esas dimensiones, acatara las órdenes de quien lo rebasaba en alzada, en contencioso que provocaba continuos rifirrafes de los que ni una familia ni otra salía victoriosa. Y aconteció que Argualas, hija menor del Garmo Negro, y Yenefrito, primogénito del Garmo Blanco, se enamoraron y decidieron huir al Rincón del Verde, en el valle de la Ripera, para vivir su amor lejos del enfrentamiento de sus parientes. Cuando la familia del Garmo Negro descubrió la defección de Argualas, marchó en su busca para darle su merecido a Yenefrito, en cuya defensa acudió la familia del Garmo Blanco. La batalla entre ambas familias fue pavorosa, como lo prueba la geomorfología actual del valle de la Ripera. La superioridad del Garmo Negro decantó la victoria y Yenefrito cayó herido de muerte. Antes de fenecer sepultado por la furia pétrea rival y, todavía agonizante en brazos de su amada Argualas, le prometió a esta que la esperaría siempre, alzando uno de sus dedos como símbolo del voto realizado. Y cuando los colosos de piedra perdieron la facultad de la vida y el movimiento, en Panticosa quedaron —montañas majestuosas e inertes para la eternidad— el Garmo Negro, Argualas y el Garmo Blanco. Y en el valle de la Ripera, el dedo de Yenefrito sobresaliendo de su propio túmulo.


Apeados del tren en el corazón del valle de la Ripera, les aguardan, todavía, algo más de cuatro horas de ruta pedestre en desnivel sinuoso, con el pico Tendeñera vigilando los pasos humanos y su coquetuela cascada haciendo de avanzadilla visual de todos los tesoros con los que toparse, entre ellos, el propio dedo de Yenefrito, cuyo avistamiento agiliza la marcha de Jenabou junto a un eufórico “¡Ya lo veo, mamá! ¡Ahí está Yenefrito!”. “Eh, eh, ve con cuidado, que te puedes resbalar y caer por la escarpadura”, le previene su madre. “Es grandioso, mamá, y aunque su historia sea un cuento chino yo me imagino su corazón debajo de mis pies, latiendo una chispita con el recuerdo de Argualas”. “Cuando volvamos hacia Panticosa, te señalaré dónde está el pico Argualas”, le dice Étienne. “¿Pero existe un pico Argualas?”, pregunta, sorprendida, la niña. “Por supuesto. Igual que existen los dos picos Garmos. Ahora los veremos”.

Hacen una parada en el ibón de Catieras y dan cuenta de los bocadillos que portaban en las mochilas mientras va agrisándose el cielo y se ven obligados a emprender el regreso a Panticosa entre pequeñas rachas de aire que vaticinan la llegada de la tormenta. La meteorología parece compadecerse de los andarines porque, pese a la amenazante tonalidad del cielo, la tromba de agua y granizo no se desata hasta que llegan al aparcamiento donde, a primera hora de la mañana, dejaron el coche.





Malerreka

SantestebanDoneztebe

«Paseo por Santesteban/Doneztebe»: Archivo personal


En el escaso cuarto de hora que se tarda en recorrer la carretera que une Elizondo con Santesteban, el río Baztán pierde su nombre para tomar el de Bidasoa, en su inexorable curso que lo aleja de los Pirineos para conducirlo al Cantábrico, por la bahía de Txingudi, acompañado de las últimas lamias que Marcel asegura haber contemplado desde el puente elizondarra de Txokoto y hasta secándose los cabellos al aire entre los alisos del Señorío de Bértiz. Marcel es baztanés, nacido en Ziga, orgulloso de sus orígenes agotes, aquella comunidad maldita y despreciada que la Iglesia Católica consideraba compuesta por herejes y, como tales, perseguidos, no siendo tenidos por navarros hasta el siglo XVII, pero siempre con el estigma que los señalaba como diferentes, impíos y reos del Averno, salvo que pagaran unos buenos dineros para la salvación de sus almas.

Del pasado, de lo sobrehumano y lo terrenal, disertaba Marcel ante su pequeño y atento auditorio de comensales en el restaurante de Santesteban, entre bocados de cogollos de Tudela con ventresca de atún y anchoas, cocochas de bacalao en salsa y pastel vasco, dejando para la sobremesa de los cafés el motivo real de la reunión. “Entonces, ¿qué…? ¿os alquilo una o dos autocaravanas…? Ya las habéis visto. Impecables, casi, casi, a estrenar, a buen precio y con opción de compra…”, les decía, cambiando de tercio y regresando a su papel de comercial zalamero. “Ostras, Marcel, ¿te has tirado todo el rollo de los agotes por las autocaravanas…? “, bromeaba la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “No, mujer… Las historias del Baztán son gratis pero tengo que saber hoy mismo si tenéis intención de coger uno o los dos vehículos. O ninguno… Si marcháis a eso de los castillos del Loira la segunda quincena…” “Lo hemos hablado y vamos a alquilar las dos. A eso hemos venido, a rellenar los papeles”, intervenía Emil.


Hacen el camino a la inversa, dejando a la espalda el Alto Bidasoa, y vuelve el río Baztán a recuperar su nombre, a discurrir, gozoso, por el valle encantado donde moran seres protectores y maléficos entre bosques, grutas, palacios, iglesias y caseríos, allí donde la imaginación se desboca y danza al compás del gorgoteo del agua.

Turbión

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«En el epicentro»: Archivo personal


Se escuchaban el jueves, en la terraza, las voces de las Presas —que desbordan el libro de Tomasa Cuevas— desgranando, por bocas interpuestas, los horrores padecidos y, a la par, iban agrupándose, orondos y atezados, los nubarrones en aquelarre atmosférico, trayendo un viento insolente y férvido que envolvía a las tertulianas del fórum literario e inflaba el toldo rayado bajo el que todavía humeaba la tetera en la mesita de mimbre, junto a la caja de hojalata de las pastas. Fuera del rectángulo entoldado —que empezaba a gotear por las esquinas— se ensañaba el aguacero con el suelo de terrazo mientras Marís repetía la lectura de uno de los párrafos y ya no era su voz, sino la de Trinidad Gallego, la que sonaba, clara, en la terraza, con el mismo deje vehemente de Paz Azzati en los labios de Yolanda o el de Petra Cuevas, unos minutos antes, en los de Oroel. Y aquella terraza del ático enfrentada al Hospital San Jorge, con la ciudad debajo celada por las sierras de Gratal y Guara y la azabachada boina celeste descargándose sobre ella, tomó la apariencia de presidio saturado de féminas con la dignidad intacta, entre chinches, sarna, piojos, avitaminosis, hambre, gritos y hedores. Las tertulianas las vislumbraban a todas, jóvenes y viejas republicanas, cultas e iletradas, desaseadas y famélicas, sujetándose la moral desfallecida las unas a las otras, escupiendo el obligado canto del Cara Sol y cagándose en cada misterio del forzoso rezo del Rosario. Entretanto, María Sánchez Arbós, inconmensurable maestra vocacional, se abstraía de aquella realidad ominosa regresando con el pensamiento a la felicidad de la tiza y la esperanza del renacer de las aulas libres.


Y en el Rincón de la Ignominia, la otra, la carcelera; aquella María Topete Fernández (1900-2000) hierática, cruel, católica, monárquico-conservadora y aristócrata de medio pelo; brazo ejecutor del Glorioso Alzamiento, acumuladora de medallas al mérito represivo, fiel seguidora de las infames doctrinas de Antonio Vallejo-Nájera y más que sospechosa de haber hurtado niños y niñas a las madres presas.