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Morrongos II

«Tesela y Kuro»: Archivo personal

 

Arrecia la lluvia —como si quisiera compensar la escampada de apenas treinta y cinco minutos— y nos obliga a retornar, recluirnos y apoltronarnos en la casa, alterando nuestras rutinas e interfiriendo en las de los félidos que, habituados a sus horas de conciliábulo sin otra especie que les señale hasta dónde llegan sus dominios gatescos, nos miran de refilón, quizás aguardando que nuestras posaderas y el resto de nuestra masa corpórea abandonen el sofá, se sublimen y desaparezcan por el conducto de ventilación del único cuarto vedado que ellos han invadido en nuestra breve ausencia. Casi puedo percibir el gesto de fastidio de Groschen, tumbado sobre el escabel del sillón del estudio y bien arrimado —demasiado arrimado— a la pajarera rodante de Dashiell, el añoso lugano; este, ajeno a la atmósfera de incomodidad gatuna, no ha parado de imitar el canto de Melitón —el canario de la vecina— desde que nos viera traspasar el umbral del aposento prohibido a los felinos, como si con tan melodioso recibimiento quisiera indicarnos lo placentera que se le hace nuestra presencia, aunque sea a deshoras. Y no es que los mininos Groschen, Tesela y Kuro no nos quieran —que nos distinguen con sus afectos y lo manifiestan, a menudo, hasta el agotamiento— pero son poco proclives a las improvisaciones de sus humanos —Jenabou, la veterinaria y yo—, máxime cuando, como hoy, los pillamos desprevenidos y en una ubicación —la de Dashiell— a la que tienen restringido el acceso si no es en nuestra compañía. Sin embargo… ¿cómo no sentirse fascinado por estos seres autónomos, espabilados e ingeniosos, capaces de invertir el tiempo necesario de ensayo y error hasta doblegar la aparentemente inalcanzable manilla de la puerta cerrada para lograr su propósito?

«Léo Ferré en Roma (1972)»: Fotografía de dominio público de Angelo Deligio

 

Todavía restan, en los recios muros anaranjados de la villa, algunos de los carteles que homenajeaban al cantor muerto con un festival de música y poesía que, cada año, animaba este fortificado Gourdon medieval de calles estrechas, alzadas, sinuosas y vacías sobre cuyo empedrado repercuten los pasos. Allí mismo, bajo las bóvedas de la iglesia de Notre Dame des Cordeliers  maravilla gótica del siglo XIII, desafectada desde 1950 y convertida en sala de conciertos  aun parecen resonar las voces que devolvían, cada julio, a Léo Ferré (1916-1993) al territorio de Lot, donde vivió cinco intensos años.

 

A tres kilómetros de Gourdon, en un paraje donde el tiempo permanece detenido entre los avellanos y castaños a cuyos pies crecen las trufas, se halla el rehabilitado castillo de Pech Rigal, transformado en hotel; el mismo castillo que, aun semirruinoso, comprara el artista ácrata a principios de los sesenta, cuando una única ala se alzaba, victoriosa en el tiempo, completa y habitable, mirador privilegiado de un entorno donde a Léo Ferré, su compañera Madeleine Rabereau y la pequeña hija de esta, Annie, acompañaban el toro Arthur, las vacas Charlotte, Fifine y Titine, el cerdo Baba, una decena de perros y cerca de cuarenta gatos, además de cabras, ovejas, simios rescatados de dueños maltratadores y, sobre todo, ella, la más querida, Pépée, la adorable y consentida chimpancé adoptada por Léo en 1960, criada como la hija que siempre soñó tener y cuya trágica muerte desencadenaría entre aquellos dos seres, Léo y Madeleine, que tanto se habían amado durante diecisiete años, el definitivo desencuentro.

Instalóse, pues, la peculiar troupe Ferré-Rabereau en la zona habitable del castillo de Pech Rigal —Perdrigal, lo llamaría el cancionista— en 1963, lejos del bullicio ciudadano, entre gentes sencillas y paisajes de cuento. Léo marchaba a cumplir sus compromisos artísticos y regresaba a su acomodo, a Madeleine, a Pépée, a ese castillo del siglo XIV casi devenido en Arca de Noé que él llamaba su hogar. Reposo, composiciones, lecturas, paseos, juegos con su amada chimpancé y largas charlas con Marie-Christine Díaz, la joven hija de refugiados españoles —nacida en 1947, en el exilio— que ayudaba con los animales y en las tareas domésticas de Perdrigal.

En Madeleine, la esposa de Léo Ferré, empezaron a hacer mella las ausencias del intérprete y el tiempo que este dedicaba a Pépée y a Marie-Christine. A los reproches siguieron los celos, el resquemor, los problemas con el alcohol, la depresión. La muerte de Pépée, a principios del mes de abril de 1968, cuando Léo se encontraba ausente, terminó de quebrar las ya finísimas hebras del amor que había unido a Madeleine y su marido durante tantos años. «Fue un desgraciado accidente. Pépée cayó de un árbol, quedó malherida y hubo que sacrificarla», justificó Madeleine. «Un crimen. Ha sido un crimen. Ha aprovechado mi ausencia para matarla», acusó Léo. La pareja se deshizo; los animales fueron regalados o abatidos y Pech Rigal —aquel Perdrigal que el trovador comprara para que Pépée viviera con la libertad de la que carecía en París y Madeleine, gran amante de los animales, pudiera acoger a tan abundosa como extravagante fauna— quedó vacío.

Léo Ferré abandonó Perdrigal aquel mismo abril de 1968 para empezar de nuevo junto a Marie-Christine Díaz. Su querida Marie, el amor de su madurez. «A las 5 de la mañana, tomé un tren de Gourdon a Toulouse. Léo vino a recogerme. Me faltaban diecisiete días para cumplir los 21, la mayoría de edad… Condujimos, de pueblo en pueblo, de hotel en hotel, y luego paramos en Lozère, en el Mont Aubrac. En plena campiña», recordaría ella muchos años después, en una entrevista publicada en el diario Libération.  Se casaron en Florencia, el 5 de marzo de 1974, cuando el compositor y cantante obtuvo el divorcio de Madeleine Rabereau. Instalados en Castellina in Chianti, en la Toscana, estuvieron juntos hasta la muerte de él, el 14 de julio de 1993.

 


NOTA

Edición revisada y ampliada del artículo que, con el título Avec le temps…, se publicó en esta bitácora el día 27 de agosto de 2015.

«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

«Esculturas de David Teager-Portman»: Archivo personal

 

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Eduardo Galeano (1940-2015): Relato Los nadies, contenido en El libro de los abrazos (1989)—

 

En el área londinense de Spitalfields, se encuentran, a ras de suelo y protegidos por un cristal, los restos de un antiguo cementerio medieval que se levanta sobre otro construido en la época de la Londinium romana. Entre las ruinas de ese osario subterráneo que nos retrotrae a la pandemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, dos figuras de rostros inexpresivos, esculpidas en bronce por el artista británico David Teager-Portman y expuestas, desde 2014 y en macabro señalamiento, en esa ubicación: una, en tonos púrpura, tendida en el suelo y otra, coloreada de azul, que se agacha sobre la primera extendiendo la mano para tocarla. «Eligiendo el lado perdedor», se titula la composición escultórica. Solidaridad broncínea, pensé, en tanto se abría paso en mi memoria Eduardo Galeano manoteándome los recuerdos hasta hacerme evocar a sus Nadies. De él y míos; de cualquier persona que no se ha desprendido del gen del humanitarismo, ese que nos hace lagrimear, vituperar, padecer, acompañar, empatizar, auxiliar, resistir y… contender contra esos engendros totalitarios que se pretenden humanos y hacia los que nos previno Sartre señalando que “al fascismo [a cualquier –ismo tiránico] no se le discute, se le combate, pues el diálogo no es para las bestias”. Y, a día de hoy, cuando afligidos y socorredores compartimos el mismo epígrafe y los Nadies somos mayoría en este planeta circunnavegado por sabandijas, solo la brújula de la indomabilidad será capaz de acercarnos a ese Otro Mundo Posible que anhelamos para las próximas generaciones.

«Ciorbă de fasole»: Archivo personal

 

María Petra, la alcaldesa del Barrio, contempla con cierta aprensión los singulares recipientes de pan que Mariángel, la camarera del Mia-te tú, acaba de colocar delante de cada una de las comensales que comparten la mesa más próxima al aparador. “Pero… ¿y esto…?”, pregunta, recorriendo con la vista los rostros de sus compañeras. “Lo que habéis pedido”, se apresura a responder Mariángel. “La versión original rumana del potaje de alubias que ha preparado Mª Ríos”, explica Marís. “Ciorba de fasole o como quiera que se pronuncie. Si te hubieras molestado en leer la pizarra con el menú del día…”, añade Lurditas, la alguacila. “Anda, ataca ya la sopa que está buenísima”, alienta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Abandonan el comedor para tomar el café en la dependencia que, años ha, fuera garaje y que, al ampliar el restaurante, Mª Ríos y sus socios transmutaron en despensa y bodega. El fortín, lo llaman; un lugar impoluto de paredes encementadas, con estanterías metálicas ancladas en los muros y una vetusta y pesada mesa de madera cuyo tablero veteado refulge siempre como si lo acabaran de encerar. En el fortín, que carece de cualquier fuente de calor, habita, perenne, el frío; incluso en verano.

Jodo, María Petra, ni que fuera una reunión secreta. ¿No nos podías haber citado en un lugar más templado? En el bar, por ejemplo”, se queja Emil, que llega junto a Étienne y Óscar. “¿Con las elecciones aragonesas en marcha y vosotros llenando el pueblo de pasquines insultando a los candidatos? Bastante movida he tenido con Rafael por el cartel que pusisteis en el tablón de anuncios del Ayuntamiento incitando a bajar a Huesca a boicotear el mitin de la ultraderecha”. “Que no fuimos nosotros, joder”. “Bueno, vamos a lo que importa. La leña para las hogueretas del viernes ya está cortada. Alguien tendrá que recogerla con el remolque y apilarla en los soportales de la abadía, para tenerla a mano”. “Yo misma”, se postula Lurditas. “No, tú no, que estás muy liada y tienes que ir a recoger la carne que encargamos. Y vosotras”, señala a Marís y la veterinaria, “¿tenéis inconveniente en revisar los sacos de patatas para asar que nos han traído? Me ha dicho el señor Manuel que, cuando las recogió, algunas no tenían buena pinta. Y… chicos”, se dirige a Emil, Óscar y Étienne, “cuando terminéis con la leña, podéis pasaros por mi casa que, entre los cuatro, limpiaremos y bruñiremos las parrillas, que están ennegrecidas a más y no poder. ¿Os viene bien?”. […]

 

Y así, con el eco de las órdenes de la munícipe y amiga enmascaradas tras un tono afable, el vaho de los alientos componiendo una blanquecina masa anubada y la tibieza del café dejando un ínfimo rastro confortante en los cuerpos destemplados, cada mochuelo regresa a su olivo.

«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

Ara Coeli

«Océano de nubes II»: Archivo personal

 

Como una magna extensión del cobertor níveo de la cumbre, un manto movedizo de lechosos nimbostratos crea la ilusión de una inmensa meseta bajo cuyos rizos algodonosos se ocultan los escarpes de rocas carbonáticas, las dolinas, simas y cuevas que forman el paisaje kárstico de la sierra de Aralar. A ratos, las ráfagas de viento glacial acuchillan el cuerpo del observador que, amagado bajo una de las crestas, contempla, arrobado, el océano de nubes que se despliega a menos de un metro de sus pies, como incitándole a una zambullida, con la vacua promesa de los brazos todopoderosos de la diosa Mari y sus jorguinas deteniendo la mortal caída. Un desganado rayo de Sol le roza la mejilla derecha y él ladea la cabeza hasta sentir en la piel su tibieza, primero, y una ligera quemazón después, como si Herensuge, el dragón de siete cabezas, hubiera sustituido al astro rey en su labor de distraer el frío del rostro contemplativo.

No sin cierta indolencia, el espectador de nubes abandona su improvisado cobijo y desciende, al ralentí, el albo camino de regreso por la misma pendiente sinuosa de la ida, donde las huellas de sus botas, sumidas en la nieve, permanecen visibles, aisladas y escarchadas, hollando la virginidad del suelo inmaculado. Tras algunos kilómetros por diferentes trochas y pasiles, apenas llegado al cruce donde los aficionados realizan rutas de esquí de fondo, escucha las voces de Jürgen y Jenabou a los que, finalmente, vislumbra, con los esquís al hombro, dirigiéndose a la intersección donde él aguarda. Traen las caras congestionadas y unos andares pausados que denotan fatiga.

«El ultimo refugio»: Archivo personal

 

La ONU, desde su creación, siempre fue un enorme paraguas incompleto. Provisto de varillas, contera, tacos y bastón, el poder de veto del Club de los Exclusivos —China, Francia, Reino Unido, Rusia y EEUU, protegidos por buenos impermeables— impidió cubrir su armazón metálico con la correspondiente tela protectora, dejando expuestos al resto de miembros a la vorágine de la ínfulas de los cinco países que se pasaban por el forro de sus intereses cualquiera de las resoluciones, por muy mayoritariamente que fueran votadas; que se lo pregunten, por poner un caso ejemplarizante, al Estado de Israel, que, gracias a las impugnaciones del amigo americano, ha salido indemne de cuantas reprobaciones se han dictado en su contra desde el organismo internacional.

En este contexto, ese esperpéntico show estadounidense invadiendo un país ajeno para secuestrar, a sangre y fuego, al presidente del mismo y a su esposa y pasearlos por el morboso universo audiovisual mientras el Pennywise macarra de los USA escenificaba una rueda de prensa trufada de amenazas urbi et orbi, es otro de los sapos que se ha visto obligada a tragarse la organización que agrupa a 193 países. Otro sapo. Y van…

Si en semejante tesitura se halla la que, en principio, es la corporación protectora mundial más importante, ¿a qué instancia van a encomendarse los países intimidados? ¿A Dios? ¿A Belcebú? ¿A la bruja Avería?

Barfulaires

«Sede del Gobierno de Aragón»: Zarateman

 

¿Pero de verdad se merece esta tierra nuestra estos dirigentes…? ¿Estos irresponsables…? ¿Estos barfulaires —así, en aragonés, que cantamañanas, la traducción que le corresponde en castellano, carece del deje de desdén de la aragonesa—…? Todavía no nos habiamos recuperado del dolor por las tres personas fallecidas en Panticosa por una accidental avalancha de nieve —a las que hoy se suma otra víctima más en el valle de Bielsa—, cuando saltaban las alarmas en la comarca de la Jacetania: El Departamento de Sanidad del Gobierno de Aragón había dado su consentimiento para trasladar a Formigal la única UVI móvil de Jaca —la que cubre todos los pueblos de la comarca— con motivo de la retransmisión de las Campanadas de Mediaset desde la estación de esquí aragonesa. ¿Pero en qué mente con un mínimo de neuronas en buen estado cabe semejante barbaridad? ¿Qué criterio siguió el Departamento de Sanidad para decidir que una comarca pirenaica, que duplica y hasta triplica su número de habitantes en estas fechas, ha de ceder su único Soporte Vital Avanzado Ambulante para proteger un evento mediático dejando sin servicio al resto del extenso territorio? ¿Qué, entonces…? ¿…les quitan la UVI móvil y reparten por la comarca unas medallitas de santa Orosia para que, en caso de apuro, le recen unas jaculatorias…? Y menos mal —menos mal— que, en estos tiempos, las noticias montan sobre botas de fibra óptica y, cuando lo dictado por Sanidad recién llegó a Jaca, las plataformas ciudadanas —que habían luchado durante meses para que el servicio estuviera cubierto las veinticuatro horas de cada día de la semana— ya clamaban contra semejante arbitrariedad, dispuestas a no consentir la tropelía. Y, por el bien común, el alboroto repercutió: Sanidad tuvo que recular y enviar a Formigal una ambulancia de Soporte Vital Básico desde Escarrilla.

Días de Infancia X

«Infancia»: Archivo personal

 

Aquel curso, la Escuela Rural del Barrio se había ofrecido como anfitriona del Festival Navideño Interescolar en el que participaban los centros educativos unitarios de cinco pueblos de la zona. Desde primeros de diciembre, los ensayos, la cartelería y los programas de mano, además de las clases ordinarias, mantenían ocupados a alumnado y maestras del Barrio, que prolongaban el horario escolar, con tanto deleite como frenesí, entremezclados con las madres, afanadas en la confección de la vestimenta.

Iban a poner en escena, teatralizándolo, el villancico El Chiquirritín, que, finalizada la obra, interpretarían a coro apoyándose en dos guitarras, una bandurria, castañuelas y panderetas. De la direccion musical se encargaba Trini, una exalumna de la escuela con estudios de piano y nula paciencia para trabajar con gente menuda. Y fue en el tema musical donde surgió el primer contratiempo. Los cinco niños y niñas que hacían de pastores debían acercarse, de uno en uno, a acariciar al Niño —interpretado por Sergiete, un bebé de ocho meses, rollizo y simpaticote, que no pasaba por recién nacido pero era el único bebé del Barrio— y cantarle el primer verso del villancico, “Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín”. La veterinaria, entonces niña, que había llegado por primera vez al Barrio en mayo y, aunque había conseguido aprender castellano, confundía sílabas y tenía un acento francés acentuadísimo, era una de las pastorcillas; pero su versión de aquello que debía entonar difería bastante del original.

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín —decía.

—Que no es pichiguitín —se desesperaba Trini—. Escúchame: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín.

—No, presta atención. Mírame los labios: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín —insistía la niña. Y de ahí no había quien la sacara.

 

El segundo revés vino por parte del alcalde, que se negaba a que un ternero y Zaramandico, el burro del señor Juan, entraran en el Salón de Plenos donde iba a celebrarse el evento.

—Mira, Valvanera, empiezo a estar harto del Festival. Me pediste que os pagáramos los aperitivos y las bebidas para agasajar a las escuelas. Y acepté. Pero te estás pasando pretendiendo meter en el Ayuntamiento esos animales. Hacedlos en papel o poned muñecos, hostias.

—Es un belén viviente, Gonzalo, y no quieras saber lo que me ha costado que nos presten el ternero. No seas tiquismiquis, que esto es un Ayuntamiento de pueblo y tú mismo crías cerdos.

 

Llegó el día del Festival. El Salón de Plenos se hallaba tan concurrido que ni los dos portalones podían cerrarse; había gente siguiendo el espectáculo hasta en el pasillo y las escaleras. Las dramatizaciones de las escuelas invitadas fueron un éxito y llegó, en último lugar, la actuación del colegio anfitrión.

Hacer pasar, entre el publico apretujado, al ternero y a Zaramandico camino del escenario, fue toda una proeza que se resolvió entre aluviones de carcajadas. Pero no fueron tan ruidosas como las que sonaron a posteriori, cuando, pasados diez minutos del comienzo de la obra El Chiquirritín, salió la primera pastorcita —la veterinaria niña— y, tras acariciar la cabeza del Niño Jesús, entonó:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín.

La concurrencia se retorcía de risa. Entonces, hizo su entrada Talito, el segundo pastorcillo, que le hizo cosquillas al bebé y, después, cantó:

—Ay del Pichiguitín, Pichiguititín.

Lo mismo la tercera pastora. Y el cuarto pastor y la quinta. Trini, a un lado del escenario, estuvo en un tris de sufrir un soponcio, que casi llegó a la apoplejía cuando, agrupado todo el alumnado en la escena final para cantar, completo, el villancico, escuchó las voces de aquel coro con el que tanto había ensayado:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, metidito entre pajas. Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, queridín, queridito del alma…

El público carcajeante aplaudió con ganas la actuación, en la creencia de que aquel pichiguitín, pichiguititín no era sino una chirigota hecha aposta. Y lo era, por supuesto; ya se había encargado Emil, uno de los chicos de 6º de E.G.B. y líder del alumnado, de persuadir a sus compañeros y compañeras para desquitarse por los rapapolvos continuados —y, en su mayor parte, inmerecidos— que el grupo había recibido de Trini durante los ensayos.