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“La patria en los zapatos, II”: Archivo personal


[…]Al igual que cuestionar la nación no implica negar su existencia, cuestionar el nacionalismo tampoco significa menospreciar la importancia del sentimiento de pertenencia a una comunidad. Es obvio que el vínculo comunitario es fundamental, y que vivir en un mismo lugar, compartir una lengua, tener experiencias comunes, desarrolla relaciones solidarias y crea un sentimiento de comunidad que se inscribe, muy profundamente, en nuestra subjetividad, y que moviliza intensamente toda nuestra afectividad. En cierto sentido somos la lengua que hablamos y la cultura que nos impregna, sin embargo, no hay razón alguna para ir más allá de ese simple reconocimiento.
El hecho de que pertenezcamos a una determinada cultura no implica que debamos identificarnos con ella asumiendo de paso su trasfondo patriarcal, homófobo y racista. El hecho de que nos haya tocado hablar una lengua no significa que tengamos que batallar para que se preserve y a ser posible se extienda, salvo que seamos nacionalistas.

La gran astucia del nacionalismo consiste en equiparar el amor al terruño y el amor a la nación, en trazar una equivalencia entre ellos, y en hacernos creer que constituyen un solo y mismo sentimiento. Sin embargo, el afecto por el nicho que nos ha visto nacer y crecer no es lo mismo que el amor por esa abstracción que es la nación, y extrapolar ese sentimiento a una entidad abstracta lo desvirtúa y lo transforma en otra cosa.
El apego a la tierra natal ni se aprende ni se enseña, simplemente sucede en el roce diario sin que nadie deba incentivarlo ni exaltarlo, mientras que el patriotismo, inseparable del nacionalismo, debe ser elaborado, enseñado e inculcado mediante sofisticadas operaciones de producción simbólica de la realidad nacional y mediante sutiles adoctrinamientos. El nacionalismo debe ser generado y mantenido de forma continuada por un conjunto de dispositivos institucionales dedicados a la producción de subjetividad. Aceptar el nacionalismo, o más aun, impulsarlo, es exactamente lo opuesto a lo que constituye una forma libertaria de habitar el mundo.[…]. – TOMÁS IBÁÑEZ, fragmento del artículo publicado en 2015: El Triángulo de las Bermudas. Independencia, nacionalismo y derecho a decidir.

“En el azud”: Archivo personal


Se hunde la tierra, impregnada todavía de las humedades noctámbulas, bajo los pies desprotegidos que trepan por la leve inclinación del terraplén que apuntala el muro septentrional del azud, al otro lado de la pedrera del barranco donde una tupida maraña de ramajes conforman la falsa cueva que utilizan los murciélagos como reposadero diurno. Elévanse enredados barzales que se dejan caer, indolentes, sobre el agua quieta y parda que espera, gélida, en la penumbra impuesta por un Sol perezoso que remolonea sobre el tozal.

A la derecha, el sauce solitario y erguido marcando el recoveco que, junto a su tronco, abre la floresta al arrojado madrugador que se desliza, entre arañazos de zarzas, hacia el agua.

Se paraliza la sangre y se arquea el corazón con las primeras brazadas; lacera el agua los poros y baquetea los músculos mientras la voluntad impele el cuerpo entre el congelado fluido y huyen los insectos zapateros a la orilla. Cientos, miles de púas parecen aguijonear las células humanas en cada avance. Y, de repente, retoma la sangre el recorrido; el corazón, su cadencia; se hacen las brazadas menos agresivas y acuna el agua coloreada por el Sol el cuerpo desnudo y distendido.

En el azud, amanece.

“Toulouse”: Alfred Essa


En la fachada del renovado edificio del Hospital Joseph Ducuing, en el número 15 de la calle Varsovie del barrio de Saint-Cyprien de Toulouse, una sencilla placa, colocada en el año 2010, recuerda a los utópicos republicanos españoles que fundaron el centro hospitalario  llamado entonces Hospital Varsovia—  bajo los auspicios del Partido Comunista y en cuyo dispensario trabajó solícitamente la extraordinaria libertaria Amparo Poch, feminista, maestra, dibujante, escritora y brillante médica zaragozana fallecida en el exilio el 15 de abril de 1968 y rescatada de entre los escombros de la memoria por Antonina Rodrigo, autora de una fascinante biografía de la cofundadora de Mujeres libres.


El Hospital Varsovia se fundó en octubre de 1944 para atender a los guerrilleros españoles heridos a raíz de la fracasada Operación Reconquista, cuando más de setecientos combatientes entraron en España por las fronteras pirenaicas enfrentándose, durante once días, a las fuerzas franquistas, en una guerra de guerrillas que, indudablemente, estaba perdida antes de planearse. Posteriormente, en mayo de 1945, el hospital, ubicado en una antigua y señorial mansión abandonada por los alemanes, se constituyó legalmente como centro sanitario civil de asistencia gratuita a todos los refugiados españoles, subvencionado con las aportaciones de organizaciones internacionales —sobre todo, norteamericanas— de apoyo al antifascismo español, del gobierno francés y del Partido Comunista.

«Ningún enfermo tiene la impresión de estar en un hospital donde todo lo que le rodea sea extraño; al contrario, tiene la sensación de estar cuidado en su casa y en familia; médicos, enfermeras y personal administrativo, todos españoles, con la única preocupación del paciente que es al mismo tiempo su amigo en el exilio y su compañero de lucha por la reconquista de la patria perdida.», puede leerse todavía en una Memoria editada por el propio hospital en 1950. Pero la situación cambió cuando EEUU comenzó sus purgas contra el comunismo  real o no—  dentro de sus fronteras y se inició la Guerra Fría con la URSS.

El literato y guionista Howard Fast, que ayudaba económicamente al Varsovia, comunicó al hospital: «El Comité de Actividades Antiamericanas nos ha exigido darles los nombres de los republicanos españoles que hemos ayudado, de suerte que, de hacerlo, nos hubiésemos convertido en criminales asociados al abominable Franco. Y porque nos hemos negado a ello vamos a la cárcel.». Tres meses de privación de libertad en una prisión federal fue el precio que pagó Fast, en 1950, por su negativa a entregar los archivos del Comité Conjunto de Refugiados Antifascistas, quedando en situación laboral precaria hasta que, en 1956, se dio de baja del Partido Comunista y denunció públicamente los horrores del estalinismo.

Las presiones del gobierno presidido por Truman  a las que lógicamente y con tesón, se unó la dictadura franquista—  terminaron desbaratando el pequeño enclave sanitario español en Toulouse. El 7 de septiembre de 1950 fue encarcelado el equipo médico español del Hospital Varsovia y, un mes después, el gobierno francés ordenó la liquidación de todos los bienes de la sociedad que administraba los donativos que se recibían para mantener el centro.

En noviembre de 1950, el doctor Joseph Ducuing se hizo cargo de los pacientes ingresados y, junto con otros médicos franceses y la ayuda económica del Partido Comunista Francés, adquirió el inmueble constituyéndose la Asociación de Amigos de la Medicina Social, gestora del hospital hasta 1982.


…y setenta y siete años después —convertido oficialmente, desde 1979, en Hospital Joseph Ducuing-Varsovie— ahí sigue, emblema de una época y una lucha, erguido en el presente paisaje de Toulouse —llamada la Ville Rose por el color rosado de sus antiguos edificios de ladrillos caravista— como bastión de la sanidad pública y con el deje de voces españolas prendidas en su historia.

Vericuetos

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“La trocha”: Archivo personal


Acarrean las piernas, vigorosas peanas, los cuerpos bamboleantes, con las mochilas formando jorobas palmeadas por la fronda que asiste, prieta y engallada, al desfile de bípedos sudorosos con destino a algún incógnito claro que el laberinto boscoso persiste en descaminar.

Se entremete el Sol, vivaracho, por los intersticios del ramaje que amuralla el trazado y acuden en tropel los insectos a tentar las expuestas pieles humanas pegajosas.

Cerca, susurra el agua. La escuchan y se les embalan, animosas, las malparadas extremidades persiguiendo el sonido.

Se abre, por fin, la trocha en abanico y aflora el anhelado espacio de hierba rala con dos matas de rúcula silvestre erguidas a orillas del río.

Se acomodan los cuerpos, agalbanados, sobre el áspero camastro de gramen. Van cayendo, en revoltijo, chirucas y calcetines.

Bailotean los pies, sumergidos en el agua, y se relamen, ocultas, las hormigas soñando con el festín que aguarda en los macutos.

La playa

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“Mirando al mar”: Archivo personal


El bungaló de Thérèse, donde tantas aventuras imposibles se avivaron en la niñez, parece hoy empequeñecido y avejentado; solo el porche abierto, con la terraza rehecha hace un lustro, trae a la memoria los días en la arena, los cuerpos ligeros empujando la barquichuela de goma con la palabra Nivea escrita en los costados y el recuerdo de aquel balón de playa, transparente e inmenso, que el oleaje enrabietado arrastró mar adentro, traspasando los límites de la boya y haciéndolo desaparecer en una lejanía ilimitada que las cábalas infantiles convirtieron en ínsula de sirenas y peces alados.

Cada mañana, recorrían los dos kilómetros y medio que separaban el apartamento alquilado en Calafell por maman Malika del bungaló en el que, entonces, veraneaban la señorita Valvanera y Agnès Hummel, en Segur de Calafell, en aquella casita que miraba al mar y con cuya dueña, Thérèse, los niños nunca coincidieron porque las estancias de ella en el bungaló se limitaban a los meses de septiembre y octubre.


Cuánto hubieran dado, años después, esas criaturas, hoy adultas, por conocer a aquella amiga de juventud de Agnès Hummel y escuchar, de sus labios, la historia de Gervais, su padre, miembro del Partido Comunista Francés y colaborador de la organización de resistencia y espionaje antinazi —nacida en la propia Alemania y extendida a otros países europeos— Die Rote Kapelle —la Orquesta Roja—. Desde Lyon, su ciudad natal, Gervais transmitía información encriptada sobre la configuración de las tropas alemanas con un rudimentario aparato de fabricación rusa que la Gestapo logró rastrear, aunque sin conseguir la ubicación exacta del lugar de emisión. Incluso cuando la Orquesta Roja cayó en Berlín, con consecuencias trágicas para muchos de sus miembros, Gervais se mantuvo en antena hasta que su identidad fue descubierta y emprendió la huida, por España y Portugal, para arribar —con ayuda de los servicios secretos británicos, a los que, a cambio, entregó documentación alemana que había robado de la mismísima sede de la Gestapo en Lyon— a las costas inglesas por un océano infestado de submarinos alemanes.


[…]


Van rebañando las olas la sequedad de la arena dejando su rastro de espuma en las pantorrillas de los tres adultos que, de niños, poblaron de juegos, sueños y risas la playa que cela el bungaló deshabitado de Thérèse.

Borrasca

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“La crecida”: Archivo personal


Tras la tormenta, bajaba el agua, despendolada, por el arroyuelo que ejerce de aliviadero de las crecidas del río, convirtiendo en barrizal intransitable el atajo que acorta el camino a los huertos del sur del Barrio y parte de la pista ancestral de tierra que el vecindario de la urbanización acostumbra a utilizar para acceder a la carretera asfaltada. A las siete de la mañana se había producido en la hondonada un atasco de vehículos entre quienes se dirigían a la ciudad, empecinados en mantener una ruta que, con cuatro gotas, deriva en lodazal. “Mira que son cabezones…”, decía Lurditas, la alguacila, en el bar del Salón Social. “El Rafael despotricándome por teléfono para que fuera a remolcarlo con el tractor… ¡Las narices! Como si no tuviera otro quehacer que resolver las gilipolleces de algunos… ¿No tienen la carretera del desvío…? Pues que la utilicen, que para eso está”.

Antes del mediodía, ya se rumoreaba en el pueblo que Rafael de [Casa] Artero y María Petra, la alcaldesa, habían tenido —en las oficinas donde ella trabaja— un durísimo enfrentamiento verbal a propósito de la actitud de la alguacila, exigiendo Rafael que en el siguiente pleno se tratara de la idoneidad de Lurditas para el puesto que ocupa como contratada laboral del Ayuntamiento. En el Barrio, donde Lurditas es muy apreciada y Rafael apenas tiene valedores, las andanadas del hombre, que incluso dejó en el mostrador del bar del Salón Social un pliego de recogida de firmas contra la trabajadora, apenas ocuparon unos minutos de charla de café y un repiqueteo de carcajadas.

Katitzi

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“El pedestal de los sueños”: Archivo personal


«Las injusticias espantosas de que los gitanos han sido víctimas durante siglos y cuyo resultado fue privar a mi generación y a las precedentes de todos los derechos cívicos, habrían podido continuar en nuestro país si Katarina Taikon no hubiera emprendido, hacia 1960, la lucha contra los prejuicios y el racismo bajo todas sus formas, mediante sus libros de carácter social, sus incontables artículos publicados en la prensa y sus gestiones ante miembros del gobierno, del Parlamento y de los partidos políticos.»Rosa Taikon (1926-2017), hermana de Katarina (1932-1995) y reputada orfebre sueca de etnia gitana. Premio Olof Palme 2013 por su defensa de los derechos humanos.


Los Taikon procedían de Rusia, donde el abuelo, músico itinerante, ejercía el oficio de platero que también enseñó a su hijo mayor, Johan. Al declararse la guerra ruso-japonesa en 1905, el clan Taikon emigró a Suecia, instalándose en un campamento temporal  las leyes suecas sólo permitían la acampada de gitanos en un mismo lugar durante tres semanas, pasado ese tiempo, eran obligados a trasladarse a otra ubicación—. Johan Taikon, que se ganaba la vida tocando el violín, conoció, en 1923, en un restaurante de Göteborg, a la camarera gadjé [*] Agda Karlsson. Enamorados ambos, Agda se trasladó al campamento romaní y se integró en el grupo. La felicidad de la pareja apenas duró 9 años. Unos meses después del nacimiento de la cuarta de sus hijos  Katarina, nacida el 29 de julio de 1932—  Agda Karlsson falleció de tuberculosis. Rosa, la segunda hija de Johan y Agda, y seis años mayor que la pequeña Katarina, asumió las tareas de la madre fallecida, cuidando y protegiendo a sus hermanos hasta que Johan Taikon volvió a matrimoniar con una mujer gadjé cuyo comportamiento con sus hijastros difería poco del que, tradicionalmente, se describe en los cuentos infantiles.

Cuando sus hijas tuvieron edad suficiente, Johan Taikon hizo algo que no contemplaba la rígida sociedad sueca que habitaba lejos de los infectos terrenos donde se obligaba a vivir a los gitanos: Pretendió escolarizar a sus hijas. No llegó a un año la aventura escolar. Los insultos y los golpes que recibían las hermanas Taikon de sus compañeras, ante la indiferencia de las profesoras, las obligó a abandonar el aprendizaje soñado.

A los catorce años, presionada por su entorno, Katarina contrajo matrimonio con un muchacho veinteañero cuyos malos tratos la obligaron a abortar y, en última instancia, a regresar con su familia. De nuevo juntas, Rosa y Katarina Taikon se replantearon sus vidas. Querían trabajar, estudiar y vivir en un piso  derechos estos, el de educación y el de acceso de los gitanos a una vivienda, que las leyes suecas sólo recogerían, restrictivamente, en 1959; hasta 1956 se mantuvieron las deportaciones de gitanos a campamentos especiales y entre 1934 y 1974 estuvo en vigor una ley que contemplaba la esterilización de hombres y mujeres de etnia gitana si así lo decidían las autoridades— . Decididas a relacionarse de igual a igual con las personas no gitanas, abandonaron el campamento y se mezclaron, como dos suecas más, en la populosa ciudad de Estocolmo.

A finales de 1940, Katarina y Rosa Taikon intervinieron en algunas películas suecas y obtuvieron, por fin, el acceso a una vivienda. En 1958, con 26 y 32 años, pudieron reanudar sus estudios lo que, en su caso, implicaba, aprender a leer y escribir correctamente. Era el primer paso hacia la meta que ambas ya se habían trazado: Hacer extensibles todos los derechos al conjunto de la ciudadanía, independientemente de su etnia o creencias.

En las postrimerías de la década de los cincuenta, conoció Katarina a su segundo marido, el fotógrafo Björn Langhammer, que se convertirá en el documentalista de su lucha en la siguiente década. Un hecho luctuoso e incomprensible dará más fuerza al empeño de las hermanas Taikon: El asesinato, por motivos étnicos, de Paul Taikon, de 38 años, el hermano mayor, acaecido en 1962. Rosa decidirá, entonces, proseguir con la tradición familiar de trabajar la plata; Katarina publicará su primer libro para mostrar a la sociedad sueca la miserable vida de sus compatriotas gitanos. Conferencias, artículos, libros, documentales, intervenciones en radio y televisión y manifestaciones cada vez más numerosas por las calles del país serán las plataformas desde las que denunciar las condiciones de vida de los romaníes. Katarina empieza a ser una activista conocida. Y molesta. Su pequeña hija Angelica sufrirá en el colegio las consecuencias  agresiones verbales y físicas—  de las denuncias públicas de su madre.

En 1964, Katarina Taikon consigue mantener una reunión pública con Martin Luther King  desplazado a Suecia para recoger el Premio Nobel de la Paz—,  que las autoridades suecas no consiguieron ocultar pese a la complicidad de los grandes medios escritos.

En 1969  y hasta 1981—  convencida de que la educación en la solidaridad y el respeto por las diferencias ha de empezar en la infancia, Katarina Taikon inicia la publicación de las exitosas novelas semiautobiográficas que bajo el título genérico de Katitzi, narran, en trece libros, la vida de una niña gitana que lucha por mantenerse en una sociedad sueca que sueña convertir en igualitaria y acogedora y donde, con un lenguaje sin artificios, recrea sus propias vivencias en los diferentes campamentos gitanos de su infancia. Katarina quería, además, terminar con esa visión romántica y falsa dada por los escritores suecos sobre los gitanos y que, según sus propias palabras, “tanto deforman la realidad de quienes, durante siglos, se han visto afectados por leyes injustas y discriminatorias”.

El exceso de trabajo y los continuos viajes terminaron por deteriorar la salud de Katarina Taikon. En 1982, exhausta, sufrió un accidente cardiovascular que la mantuvo en coma irreversible durante trece años. Falleció el 30 de diciembre de 1995.





APÉNDICE

  • En el año 2000 las leyes suecas reconocieron a los gitanos como minoría étnica y el rromanés como lengua propia del Pueblo Gitano, reconocimiento por el que tanto lucharon las hermanas Taikon, que consideraban que los gitanos podían conservar su propia cultura y sus tradiciones, el idioma, la música y el folklore sin dejar de ser parte de la sociedad sueca.

  • Lawen Mohtadi, periodista y escritora sueca de origen kurdo, publicó en el año 2012 una completa biografía de Katarina Taikon bajo el título Den dag jag blir friEl día que sea libre—, convertida posteriormente en el documental Taikon, estrenado en 2015 y codirigido por la propia Mohtadi.






[*] Dícese, en rromanés, de la persona que no pertenece a la etnia gitana.


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 10 de marzo de 2013.

“Peña Oroel desde la pardina de Ayés”: Archivo personal


Aqueras montañas
tan alteras son,
no me dixan bier
os mios aimors. [1]


Dejaba el calabobos su huella refrescante en los cuerpos pigmentados de primavera y un envolvente aroma a pino musgoso, a enebro, a pastura y oveja; a leche de cabra, ajo, pan turrado, babilla, brasa y humo.


[…]Dezaga d’ixas boiras
os n’iré a escar
y crebando as mugas
con yo en tornarán. [2]


Enfrente, la mágica montaña, entre boiras, absorta en el tiempo consumido, con el legendario dragón mimetizado en el conglomerado y las desentrenadas fauces entreabiertas componiendo fuegos imposibles que quizás otea el águila real, inmune al sirimiri, emperatriz solitaria en las alturas.


Si canto, yo que canto,
no canto ta yo.
Canto t’a mia amiga
que ye’n ixos mons. [3]




NOTAS

[1] Aquellas montañas / que tan altas son / no me dejan ver / a mis amores.
[2] […] Detrás de esas nieblas / los iré a buscar / y rompiendo las fronteras / conmigo volverán.
[3] Si canto, yo que canto, / no canto para mí. / Canto para mi amiga / que está en esos montes
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“#girasolesparaizarbe”: Matthias Cooper


A Izarbe, que sembró de girasoles, hoy dolientes, su esperanza y la nuestra.


¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla, pero qué injustamente arrebatada!…, clamaba el poeta…

Y así, impotentes, manoteamos en las horas que intuíamos las últimas, comprimiéndolas en la rabia, buscando paralizarlas para que tu aliento y tu pulso aletearan y esa vida por la que batallaste, escudada en la sonrisa, no fuera vencida. Ahora, ya inmortal, lloran los girasoles en el hueco de tu ausencia y tremolan sus hojas absorbiendo del oxígeno tu aroma para mezclarlo con la savia y erguirse, en tu honor, ante un Sol que aún busca tu rostro para esculpir con su luz tu viveza.



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Izarbe Gil Márquez (2000-2021) falleció, dejando inacabada su experiencia, en Zaragoza, el día 13 de mayo, tras guerrear, durante cuatro años, contra el Sarcoma de Ewing.
Su último año de vida fue una lucha sobrecogedora y admirable para hacer visible la enfermedad e impulsar su investigación y tratamiento efectivo.
No logró vencer el mal que la consumía pero su empeño, a través del movimiento virtual #girasolesparaizarbe, ha hecho posible que, tras su muerte, la Asociación de Pacientes con Sarcomas y Tumores Raros haya creado la Beca APSATUR-GIRASOLES PARA IZARBE, para la investigación del Sarcoma de Ewing,  dotada con 25.000 euros.

Sinrazón

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“Descompensación”: Archivo personal


«La Franja de Gaza, además de un territorio acribillado, es una metáfora, un punto fuera del discurso que reúne multitud de símbolos, y habla sin usar argumentos. La metáfora explica el fracaso de Occidente. El fracaso de su modelo basado en la democracia liberal, pero que sólo funciona si es capaz de imponerlo a todos, incluso a quienes no lo quieren. El fracaso de su sistema de valores que a la hora de la verdad, para imponerlos, tiene que actuar usando medios que los niegan. El fracaso de su sistema militar perfecto y poderoso, pero que deja de funcionar cuando no se le teme y se asume la muerte. El fracaso de una razón que al final sólo prevalece a través de la fuerza. Es nuestro fracaso, nadie se engañe: Israel somos todos, es la vanguardia de Occidente, su puesto avanzado en el desierto. Lo único que nos libra del fracaso absoluto es la conciencia del fracaso, la mala conciencia».- De un artículo, rescatado, de Pedro de Silva escrito en 2008 pero, tan actual, que su explícita conclusión debería sonrojar —huero deseo para quienes carecen no solo de vergüenza sino de escrúpulos—  a cuantos gobiernos y organismos internacionales han propiciado, con su tibieza, dejadez y un maremágnum de resoluciones dictadas para ser incumplidas, que la barbarie de ida y vuelta se haya convertido en el tormento cotidiano de la población civil de uno y otro lado.