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Otoñalidades

“Tapizado de Otoño”: Archivo personal


Solo en el nacedero del río parece haberse aposentado el Otoño, pincelando el paisaje de rojizos, ocres y verdes agrisados proyectándose sobre el suelo forestal —acá arcilloso y húmedo, más allá compacto y pedregoso— en el que destacan los negros y brillantes excrementos de los cérvidos que marchan hacia el calvero donde, escondidos de miradas humanas, mostrarán sus ramificadas cuernas a la manada como preludio de la falsa batalla que antecede a la buscada cópula.

Se desparrama el agua del río que todavía no es río sobre las rutilantes piedras de la poza. Se distingue, entre los profusos y distintos acordes que el oído del caminante percibe próximos, el insistente resoplar de alguna criatura que espera, cobijada entre el ramaje del sotobosque, a que la presencia intrusa que desbarata la armonía del entorno yerga su cuerpo inclinado sobre el agua y abandone el hábitat que no le pertenece.


Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte y hasta de mi alma caen hojas, susurra, desde el libro preservado en el macuto, Pablo Neruda.

Agitpro (Ironic-mode)

“Balcones olvidados”: Archivo personal


A la Excma. Sra. Presidenta se le desmandan los pobres, los descastados que pueblan los arrabales capitalinos y compadrean con moros, sudacas y gitanos. La hez protesta y se amotina, se revuelve contra el orden natural y defenestra la sacrosanta pirámide social que, con tanto mimo, ensalivan y apuntalan la magna regidora y sus conmilitones.



¡A mí la Legión!
Y los Tercios de Flandes y hasta los encapirotados del Ku Klux Klan.


Bandas enmascarilladas agitan su rabia en los barrios bajos, entre bragas de mercadillo y figuritas del oso y el madroño made in China. La Excma. Sra. Presidenta, que ni mea ni caga ni ventosea (con perdón), clama, entre banderas y sutilezas, contra los desagradecidos arrabaleros, terroristas víricos, carne de Cáritas y gueto, que amenazan la aséptica fluidez de los barrios altos, del Madrid genuino y exportable, bastión de la decencia ideológica y del tocomocho de palacete marmolado.



¡A mí la Legión!
Y la Santa Hermandad y hasta la Brigada Político-Social, tan añorada.


Despotrica la turba aviesa, malencarada e infecta, bien dirigida por la izquierda golpista y patibularia, y sueña la Excma. Sra. doña Isabel Natividad Díaz Ayuso, impoluta dama gobernadora, tiempos gloriosos y políticamente encauzados.

Momentos

“Gollería de sushi”: Archivo personal


Amaneció el sábado mojado y cenagoso, con las acequias rebosantes de aguas túrbidas y los jardines encharcados…


A las doce y media ya trasteaban Agnès Hummel y Étienne por el patio cubierto, disponiendo, en la lustrosa mesa de cristal asentada sobre caballetes de acero, la mantelería de hilo que suele sacar la vieja maestra cuando quiere dar cierta aparatosidad a las reuniones. “Si no hace falta tanta elegancia, Valvanera…”, protestaba maman Malika al otro lado de la ventana de la cocina, ocupada en la piperrada que acompañaría a los lomos de bacalao.

Antes de la una asomó Mª Ríos con las bandejas del entrante —sushi de arroz negro con alioli gratinado— encargado por la señorita Valvanera para la comida de despedida de maman Malika, con las maletas aguardando para regresar a Béziers. “Os he traído también una botella de licor de ciruelas casero y pastel ruso que me atreví a hacer ayer. Ya me diréis qué tal”. Jenabou hipaba en el escalón de acceso al patio abrazada a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “No quiero que se marche la yaya…

A las cuatro y cuarto, bajo el cielo anubarrado, los adioses escoltaron la lenta marcha del coche de Étienne dirigiéndose, con maman Malika en el asiento del acompañante, hacia la carretera comarcal, mientras la pequeña, llorosa, murmuraba agitando la mano: “Yaya… yayica… Mi yayica…


Llovía esa tarde sabatina y se guarecían los gatos equilibristas en el palomar abandonado.

Ronda de omnívago

“El vigía”: Archivo personal


Desde Gramapán aun con el inmisericorde cierzo arañando la silueta humana que pugna por mantenerse erguida, entre tembladeras y riesgo de descalabrarse rota el universo conocido alrededor de los sueños, cárcavas por donde reptan, traviesas, las ideas y se detiene, entre éxtasis voluntarios, el tiempo.

Vuelve la consciencia al cuerpo, frágil carcasa que el viento belígero embiste y zarandea mientras los pies impulsan pedaladas por la pendiente abrupta y se tinta el cielo de gris antes de arribar a la última curva donde se agrupan los escambrones.

Doce kilómetros más. Solo doce kilómetros.

Detrás quedan los viñedos, el olivo señero y la vieja pardina de Odina donde recreara Sender, reo del exilio, sus apócrifos sueños sin retorno.

Cinco kilómetros…

Anochece en la Sierra Niña [*] senderiana. Álzanse, protectoras, las primeras edificaciones; saludan los árboles del puente la familiar figura que, imparable, los bordea y rebasa.


(…) yo sé muy bien que todo lo que puede imaginar nuestra fantasía o nuestra razón está en la realidad, porque solo puede alcanzar nuestra capacidad de ensoñación aquellas cosas que están en el campo del cual hemos venido y dentro del cual nos movemos y del cual somos subsidiarios.Ramón J. Sender, MONTE ODINA (1980).


NOTA

[*] Nombre con el que se refería Ramón J. Sender a la Sierra de Guara.

Canfranc, última parada

“Canfranc”: Archivo personal


El 18 de julio de 1928 el rey Alfonso XIII de España y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue, inauguraban la Estación Internacional de Canfranc, en el paraje de los Pirineos oscenses conocido como Los Arañones, entre las fortificaciones de Coll de Ladrones y Torreta de Fusileros.

La extraordinaria estación era el culmen del viejo proyecto de 1853 para unir, mediante trazado ferroviario, Zaragoza (España) y Pau (Francia). Las obras de la línea comenzaron en 1882 y, con grandes dificultades económicas y topográficas, se consiguió que, en 1898, se realizara el primer trayecto desde Zaragoza a Jaca, tardándose todavía treinta años en completar los veintiún agrestes y últimos kilómetros del tendido ferroviario entre Jaca y la frontera francesa, donde la fastuosa estación en tierras aragonesas habría de dar la bienvenida a viajeros de uno y otro lado de los Pirineos, en una medición de fuerzas hispanofrancesas algo descompensadas, pues las locomotoras de la parte española funcionaban con carbón y las de la parte francesa eran eléctricas.

El complejo ferroviario, con su impresionante edificio principal a tres alturas, de 246 metros de largo y estilo modernista, con un fabuloso vestíbulo y profusión de elementos arquitectónicos y decorativos en madera, hierro, cemento, acero, piedra y cristal, con pilastras clasicistas a modo de sujeción ornamental, constaba de 300 ventanas y 156 puertas, bajo una espectacular cubierta curva de pizarra con cimborrio achatado y cuatro pináculos que destacaban su aspecto imponente y, en cierta manera, surrealista, en medio de un paisaje de alta montaña. Dos pasos subterráneos, varios muelles, un hotel y un depósito de máquinas completaban el conjunto de la que se consideraba una de las estaciones ferroviarias más grandes y hermosas de Europa.

El tránsito de pasajeros y mercancías entre España y Francia alcanzó tintes novelescos durante la II Guerra Mundial, convirtiéndose la estación en centro de fugas, contrabando, espionaje e intersección genuina para la ayuda mutua entre los golpistas vencedores de la Guerra (In)civil Española y los jerarcas del III Reich, a quienes los primeros proveyeron de volframio a cambio del oro pagado por los segundos, oro que, al parecer, procedía del expolio a los judíos detenidos en los ignominiosos campos de la muerte diseminados por la Europa dominada por el nacional-socialismo.

Terminada la contienda, la línea francoespañola se mantuvo (excepto en el período 1945-1949, de mayores desavenencias políticas entre los dos gobiernos) hasta que, en 1970, el derrumbe del puente de L’Estanguet, cerca de Bedous (Francia), al paso de un tren de mercancías, decidió a las autoridades francesas a cancelar las vías que se unían a las españolas.

La estación transpirenaica de Canfranc, declarada Monumento histórico-artístico, quedó relegada al olvido y su esplendor de antaño sucumbió, durante décadas, ante la desidia de los gobernantes, el expolio y las duras condiciones meteorológicas de la zona.


En el año 2005, el Gobierno de Aragón y el Ministerio de Fomento alcanzaron un acuerdo económico para iniciar las tareas de remodelación, que convertirían el inmueble ferroviario en… hotel de lujo, con unas características diferentes a aquellas que le dieron la categoría de Bien de Interés Cultural de Aragón. Posteriormente, el organismo aragonés renunciaría a adecuar la antaño hermosa estación en hospedería de alto copete, no sin antes haber despilfarrado grandes cantidades de dinero público en la propuesta inicial, como denunció en su momento la Asociación Pública para la defensa del Patrimonio Aragonés.

En enero de 2013, la compra definitiva de la Estación Internacional de Canfranc por parte del Gobierno de Aragón, abrió, por fin, nuevas vías a la rehabilitación, por fases, de todos los edificios que componen el conjunto ferroviario, así como de los diferentes elementos, locomotoras y antiguos vagones que formaron parte de tan singular e histórico enclave vergonzosamente abandonado.



EPÍLOGO

…y en Canfranc para un rato / junto a la vía, / que se rompe a pedazos / en su agonía“, cantaba, mientras crecíamos en edad y consciencia, el admirado y vindicativo cantautor y literato aragonés Joaquín Carbonell, que la Covid, ¡maldita sea!, nos arrebató ayer mismo.
Gracias por tanto, querido Joaquín.


.

ANEXO

Digresión

“El hilo de Teruca”: Archivo personal


Miro a mi gato y me pregunto: ¿Cómo puede alguien en sus cabales llamarle irracional a esta criatura? Tiene unas razones claras para hacer todo lo que hace, y ha adquirido los conocimientos suficientes para convivir en un piso sin abandonar su condición de felino. Su capacidad de adaptación a los nuevos espacios, cada vez que viajamos, es muy superior a la mía. Analiza con mayor rapidez el nuevo lugar y llega enseguida a conclusiones solventes y definitivas. Desconfía y se previene lo justo, hasta que codifica el entorno y se ajusta a él. Cuando yo todavía no he empezado a deshacer la maleta, él ya se dispone a descansar un rato en el sitio que ha definido como suyo y que en verdad casi siempre lo es. El diccionario de la RAE define irracional como «que carece de razón», y especifica que, usado como sustantivo, es «el bruto, esencialmente distinto del hombre». ¿Tienen animales domésticos los académicos? ¿Les han mirado alguna vez a los ojos? Sé que han leído las brutales páginas protagonizadas por el ser humano en la Tierra, por eso me cuesta tanto que le atribuyan la denominación de brutos a los demás animales. ¿Hay alguien más bruto que nosotros, a juzgar por nuestra Historia? Hoy le he pedido perdón a mi gato. Racionalmente, claro.- Carlos G. Reigosa


…y en este tejado donde la atalaya se levanta, encarándose a la sierra legendaria que suaviza al bochorno y amansa al cierzo, dormitan, se relamen y deambulan los felinos —amalgama mestiza que trazó el pincel de los múltiples cruces— asomados a la oxidada balaustrada de los canalones pluviales, en observación permanente de gorriones despistados, hambrientos roedores y lagartijas somnolientas y anegados los oídos de las voces humanas familiares que ascienden hasta el otero transformándose en caricia o latigazo, llamada a la ternura o preludio de la huída. Y aun cuando enmudecieran hasta el fin de los tiempos las gargantas de quienes habitan las casas y transitan por las calles y se desmoronara la atalaya y se hundieran los muros que sostienen el tejado, mantendrían los gatos sus añejas costumbres, en asilvestrada armonía con la Madre Naturaleza.

Días de Infancia III

“La feria, de Ramón Acín”: Archivo personal


Por la mañana, subieron al camión las dos viejas narrias y el lagar pequeño del mosto. “Cuando los restauren, quedarán como nuevos… De exposición”, explicaba María Petra a quienes seguían con la mirada, chispeándoles los recuerdos de niñeces revenidas, el lento descenso del vehículo por el Camino de la Gravera. Quizás, en los recuerdos de aquellos adultos que habían alzado, con esfuerzo, las humildes pero emotivas piezas del pasado hasta la caja del camión, sonara la antigua despertada [*] de la vendimia que aún se entonaba, no sin chocarrería, treinta años atrás:

El rosario de por la mañana
es pa los pobres que no tienen pan,
que los ricos se están en la cama
rascándose a tripa de fartos qu’están
.


Un mes antes de la esperada Fiesteta de la Vendimia, los Foncillas repintaban de rojo los cajoncillos en cuyos toscos bancos laterales se asentaban, gozosos, niños y niñas; tiznaban de negro las pinas y radiales de las ruedas enjabonadas y cubrían con telas chillonas el estrecho pescante desde donde los niños más mayores y experimentados gobernaban las riendas de los dos sosegados y añosos caballos percherones que tiraban, con trotecillo pausado, de las narrias desde el Camino Viejo de los Huertos hasta la plaza y desde esta hasta los aledaños del frontón, donde, bajo una descolorida carpa que alguna vez fue del ejército, se celebraban la comida y la cena de hermandad. Y estaban, cómo no, las ansiadas ferietas, las dos o tres atracciones que montaba el señor Sada, el feriante, casi como un favor especial y sin gran beneficio económico —el uso y disfrute era gratuito para la chiquillería— en el pradillo de la Llaneta, más conocido como “de los Achuchones“, porque los fines de semana siempre había por allí uno o dos coches con parejas en el interior…

Bajo los soportales de la abadía se instalaban los dos lagares; el más pequeño estaba reservado a la grey infantil. Niñas y niños se introducían, por turnos, en la cuba para pisar, con alborozo, las olorosas uvas claras y degustar después, con muchos aspavientos, un pequeño trago del líquido resultante, acción que derivaba, invariablemente, en una letanía de ¡aj!, ¡puaj! y ¡qué asco! para divertimento de los espectadores. Cerca de las cubas hallábase el entarimado de los musicos —pronúnciese a la aragonesa, como palabra llana— y, en el lateral, una larga barra de bar que congregaba tanta feligresía que era un milagro encontrar un hueco libre en ella.

Con el paso de los años, la Fiesteta de la Vendimia fue despojándose de casi toda su parafernalia. Murieron los percherones y se inmovilizaron las narrias; se arrinconó la cuba infantil del mosto, se jubiló el entrañable feriante y se dejaron de contratar orquestas pachangueras. Quedó, como último retal del festejo, la cena popular sabatina de mediados de septiembre y se introdujo, como novedad, el recorrido por las catas que cada año programan las florecientes bodegas de la comarca… Tal vez con la recuperación de esos objetos de pretéritas vendimias festejadas se retome algún día la tradición y corran regueros de mosto por la plaza atestada y vuelvan a rodar, entre el jolgorio infantil, las sencillas y brillantes narrias ascendiendo por la calle Alta.


NOTA

[*] Dícese de la canción de aurora.

Infamias

“En el ángulo del horror”: Archivo personal


Suena una radio… pero tardo en darme cuenta. Solo después percibo que alguien está cantando. Sí, es una radio. Música ligera: cielo, estrellas, corazón, amor… Amor… Tengo una rodilla, solo una, clavada en la espalda… Como si quien está detrás tuviera la otra apoyada en el suelo… Con sus manos sujeta las mías muy fuerte, retorciéndomelas. Especialmente la izquierda. No sé porqué, se me ocurre pensar que quizás es zurdo. Yo… yo no estoy entendiendo nada de lo que me está sucediendo. Siento el espanto de quien está a punto de perder la cabeza, la voz… La palabra.

¡Dios! ¡Qué confusión! ¿Cómo he subido a esta furgoneta? ¿He llegado yo sola moviendo los pies uno detrás de otro a golpe de sus empujones o me han metido ellos, llevándome cogida? No lo sé, no lo sé.

Es el corazón, que me golpea furioso contra las costillas, lo que me impide razonar… Es el dolor en la mano izquierda, que se está haciendo verdaderamente insoportable. ¿Pero por qué me la tuercen tanto?

No intento ningún movimiento. Yo estoy… Estoy como congelada.

Ahora, el que me sujeta por detrás, ya no tiene su rodilla contra mi espalda… Se ha sentado, cómodo… Me sujeta entre sus piernas separadas, como vi, hace años, que sujetaban a los niños cuando les quitaban las anginas. Es la única imagen que me viene a la cabeza.

Pero ¿por qué la radio? ¿Por qué bajan el volumen? Quizás es porque no grito. No hay mucha luz y tampoco mucho espacio… Por eso me tienen medio tumbada. Además del que me sujeta por detrás, hay otros tres.

Los siento tranquilos. Muy seguros. ¿Qué hacen? Encienden un cigarrillo. ¿Fuman? ¿Ahora? ¿Por qué me sujetan así y fuman? Tengo miedo. Va a suceder algo, lo siento… Respiro hondo… Dos, tres veces. No consigo despejarme… Solo tengo miedo…

Uno se mueve, se queda aquí, de pie, delante de mí. El otro se agacha a mi izquierda, el otro a mi derecha. Están pegados a mí. Tengo miedo, va a suceder algo… Lo presiento. Dan una calada profunda en los cigarrillos. Veo la brasa de los cigarrillos cerca de mi cara.

El que me sujeta por detrás, no aumenta la presión, solo ha tensado los músculos… Los siento alrededor de mi cuerpo, como dispuestos a paralizarme.

El primero que se ha movido se arrodilla entre mis piernas, separándomelas.

Es un movimiento preciso, que parece acordado con el que me sujeta por detrás; de hecho, pone sus pies encima de los míos para bloquearme.

Yo tengo subidos los pantalones. ¿Por qué me abren las piernas con los pantalones subidos? Me siento mal, mal, ¡peor que si estuviera desnuda!

De esta sensación me distrae algo que no consigo entender inmediatamente; un calor tenue que va aumentando, hasta volverse insoportable, en el seno izquierdo.

Una punta de quemadura. Los cigarrillos… ¡por eso se pusieron a fumar! Yo no sé qué puede hacer una persona en esta situación. Yo no consigo hacer nada.

Me siento como proyectada fuera, asomada a una ventana, obligada a mirar algo horrible.

Un cigarrillo detrás de otro, por encima del suéter, hasta la piel. Insoportable.

El olor de la lana quemada debe molestar; con una navaja me cortan el suéter de arriba abajo, me cortan el sujetador… También me cortan la piel superficialmente. En el examen médico midieron veintiún centímetros.

El que está arrodillado entre mis piernas, ahora me coge los senos a manos llenas. Las siento gélidas sobre las quemaduras… El que me sujeta por detrás se está excitando, noto como se frota contra mi espalda. Ahora… todos se afanan para desnudarme: solo una pierna, solo un zapato.

Ahora uno entra dentro de mí. Me vienen ganas de vomitar.

Tranquila, debo estar tranquila. Me agarro a los sonidos de la ciudad, a las palabras de las canciones. Debo estar tranquila. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Ya no conozco ninguna palabra… No comprendo ninguna lengua. Soy de piedra. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es el turno del segundo… Un cigarrillo detrás de otro. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. La navaja, que han usado para el suéter, me pasa por la cara una, muchas veces. No siento si me corta o si no me corta. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es el turno del tercero. La sangre de las mejillas me cuela hacia las orejas. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es horrible sentir cómo dentro de tu tripa gozan las bestias. “Me estoy muriendo (consigo decir), estoy enferma del corazón”.

Se lo creen. No se lo creen. “Dejémosla bajar. No… Sí…”. Vuela un guantazo entre ellos. Después me apagan un cigarrillo aquí, en el cuello. Ahí creo que es el momento en que pierdo el conocimiento. Siento que me están vistiendo.

Me viste el que me sujetaba por detrás, como si yo fuera una niña pequeña. No sabe qué hacer con los lados de mi suéter cortado. Me los mete en los pantalones y se lamenta porque es el único que no ha hecho el amor conmigo… Perdón, es el único que no se ha abierto los pantalones. Me meten la chaqueta, me rompen las gafas. La furgoneta se detiene un momento para dejarme bajar… y se va.

Me cruzo la chaqueta sobre los senos desnudos. ¿Dónde estoy? En el parque. Me siento mal… me siento mal, como si me fuera a desmayar… y no solo por el dolor en todo el cuerpo, sino por la rabia… por la humillación… por el asco… por los escupitajos que han arrojado a mi cerebro… por el esperma que siento cómo me sale.

Me apoyo en un árbol… Me duelen hasta los cabellos… Me tiraban de ellos para inmovilizarme la cabeza. Me paso la mano por la cara… La tengo llena de sangre. Levanto el cuello de la chaqueta y empiezo a andar. Camino… Camino. No sé durante cuánto tiempo.

No sé dónde ir. A casa no, a casa no.

Al rato, sin siquiera darme cuenta, me encuentro de repente delante del edificio de la Comisaría. Estoy apoyada en la pared de la casa de enfrente. No sé cuánto tiempo llevo mirando a la entrada, a las personas que entran y salen, a los policías con uniforme. Pienso en lo que tendría que afrontar si entrara ahora… Pienso en las preguntas. Pienso en la sorna… Pienso y lo repienso… Al final me decido…

Me voy a casa… Me voy a casa… Los denunciaré mañana.


—Texto del monólogo teatral Lo strupo/La violación, escrito, a partir de un suceso real, por la dramaturga, actriz y activista de izquierdas Franca Rame (1929-2013), en colaboración con su marido, Dario Fo (1926-2016), y traducido del italiano por Antonia Cilla.

Secuestrada el 9 de marzo de 1973, Franca Rame fue vejada, torturada y violada, durante horas, en una furgoneta. Veinticinco años después se supo que el secuestro de Rame, perpetrado por neofascistas, fue ordenado por altos mandos de los carabinieri de la división de Pastrengo, extremo que no se investigó porque ya se había juzgado años atrás a los autores y el delito había prescrito—.




ANEXO

  • Lo strupo, subtitulado en castellano, de Franca Rame.

“Carpe Díem”: Archivo personal


Enreda el fresco matutino en los cuerpos destemplados y livianamente cubiertos que se reúnen, pasadas las ocho y media del penúltimo día de agosto, en torno a los desayunos. Al otro lado de la indiscreta luna de la pastelería, desfilan chaquetas y cazadoras sobre figuras humanas encogidas, símbolos de la tregua radical del tiempo tórrido que pregonan los nueve grados y medio del termómetro exterior, que se mantienen inmutables mientras la clientela cobijada hace desaparecer, en sosegadas tandas sin ojeadas al reloj, brebajes y viandas.

(Viene y va, ágil y atenta, la camarera entre las espaciadas mesas pletóricas de ambrosías).

Cruasanes de crema de almendra con baño de limón…
Bollos rellenos de mascarpone con glaseado de café y cacao…
Pasteles de crema de queso y frambuesa…
Cookies de avena, plátano y nueces…
Zumos de naranja, mango y jengibre…
Chocolates a la taza, pralinés, batidos, cafés, tisanas…

(Tres clientes aguardan, en fila y manteniendo la distancia, ante el mostrador de pedidos).

Va preñándose el domingo urbano de aromas, sabores, charlas insustanciales e indolencia, en transitoria huida de la anómala realidad acechante.

“Ruinas sobre lienzo rojo”: Archivo personal


…y allí, en la estantería del centro, se expondrán las novelas de supervivencia de Eduardo”, dice Elvira, la bibliotecaria de turno de esta quincena, señalando los anaqueles de pladur recién pintados en ocre para la exposición que, bajo el lema Novelas de quiosco, está preparando la Asociación de Mujeres en la Sala Pepito de Blanquiador.

Novelas de supervivencia. Así las llamó el señor Anselmo cuando, unos meses antes de fallecer, decidió donar su autodenominada Biblioteca Anarquista a la Asociación de Cultura Popular. Una vez en la sede, al sacar los libros que el buen hombre, gentilmente, había empaquetado en diversas cajas, se descubrieron, además de los volúmenes prometidos, ochenta y cinco novelitas de las conocidas vulgarmente como policíacas y del Oeste, cuyos autores respondían a nombres como Anthony Lancaster, Edward Goodman, Eddy Thorny, Charles G. Brown… Al tratar de devolvérselas, en la creencia de que se trataba de un error, el señor Anselmo dijo muy serio: “No, no. También forman parte de mi fondo anarquista. Son las novelas de supervivencia de Eduardo de Guzmán”.


Eduardo de Guzmán (1908-1991), periodista libertario detenido en Alicante al final de la Guerra (In)civil, huésped del horror en los campos de concentración de Los Almendros y Albatera, en los centros de interrogatorio de Madrid y en las prisiones de Yeserías y Santa Rita, fue condenado a muerte e indultado un tiempo después. Inhabilitado a perpetuidad para el ejercicio de su profesión —que no retomaría hasta la Transición—, se ganó la vida durante la mayor parte de los años del franquismo como escritor de novelas de quiosco y traductor. Fallecido en 1991, su trilogía sobre la guerra, los campos de concentración y las cárceles es el impactante testimonio, junto al resto de su obra, de quien, en palabras de su editor, “nos dejó el ejemplo de una vida íntegra, dedicada a hacer mejor nuestra sociedad”.


No opinaba igual el catedrático de Ciencias Políticas Antonio Elorza, que, algunos años después de la muerte de Eduardo de Guzmán, publicó un artículo en el diario El País sobre la supuesta —según él— connivencia entre el periodismo de izquierdas de los años treinta y la derecha carpetovetónica para atizar [sic] a los gobiernos de la República. Así, tras prácticamente acusar a Ramón J. Sénder de ir contra el gobierno de Azaña por hacer una serie de reportajes sobre la matanza de anarquistas en Casas Viejas, dirigió sus acusaciones hacia el periódico en el que Eduardo de Guzmán ejerció de redactor-jefe: “Otro tanto sucedía con el diario izquierdista La Tierra, en cuyas páginas colaboraban anarcosindicalistas y comunistas cargando un día tras otro contra el régimen, debidamente subvencionados por la derecha monárquica para tan santa labor.”

Antonio Elorza fue contundentemente respondido por Carmen Bueno (1918-2010), viuda de Eduardo de Guzmán, en carta enviada al periódico que había publicado el artículo, donde desmontó con datos incuestionables las aseveraciones del catedrático, que para ella entraban “en el terreno de la calumnia” contra su marido y las personas que “trabajaron en La Tierra y cuyos familiares sobreviven hoy.”




ANEXO