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“Ramón Acín. Autorretrato”: Archivo personal


Acín tenía una vocación decidida por lo que en el Alto Aragón llaman risalleta. La risalleta es la media risa. Podríamos decir que es la risa pensada, estilizada, aséptica, racionalizada, no insistente en exceso ni malévola por defecto o superávit. Es un pensamiento dibujado, la boca a medio abrir y en los ojos no siempre malignidad. Tenía Acín una grosura labial que con el bigote corto y negro bajo uno de aquellos sombreros de contrabandista gibraltareño que usaba, le hacía parecer como perfecto guerrillero contra la Aduana, contra los civiles, contra los curas y contra los carabineros. El labio grueso destinado a plegarse con suavidad y malicia bondadosa, le hubiera dado aire a primera vista de mozo de estoques, cantador de flamenco o cura disfrazado si Acín no hubiera amenizado su cara con unas patillas doceañistas y un bigote, no recortado como de cineasta, sino cepilloso, destinado a dar reciedumbre a su estampa.

[…]

Conoció el destierro, la cárcel, la aversión de los peores y la soledad por incomunicación, aun estando muy acompañado. Pero lo que conoció, sobre todo, fue la serenidad y el amor irrefrenable a la eficacia. Dedicado a la enseñanza como a una profunda preocupación, sus discípulos pueden decir que no conocía el dogmatismo ni la testarudez. A los testarudos les daba un baño de familiaridad y les hacía ver que la testarudez puede ser un defecto y también una cualidad excelente si se matiza y se hace educada.

[…]

¡Inolvidable Ramón! Cuando las malditas balas falangistas taladraron su cerebro, entraban en una de las mentes más finas de Europa. Cuando la sed de sangre se sació con la sangre de Acín, la inmunda fiera pudo decir que destrozaba una de las vidas más puras, una de las vidas que latían con más decoro y con más esplendidez.

[…]

Sano como el cierzo de Aragón, animoso y afectivo como pocos; como pocos digno y ferviente sin manotadas fue Acín. Era un valor aragonés no cuadriculado en el regionalismo ni en ningún “ismo” exclusivista. Supo mirar cara a cara a la vida. Heroicamente supo también mirar cara a cara a la muerte. Así era Acín. Su memoria no queda ingrata para nadie. Tuvieron que matarlo gentes de presa, miserables hienas de manotada impune en el minuto del sacrificio. Y se atrevieron a matar también a su compañera. Concha, tan abnegada, tan madre de dos capullos que nacieron y vivieron la niñez junto a sus padres como junto a dos camaradas de confianza y de bondad sin límites.

Se perdieron dos vidas acordes, dos vibraciones que al desaparecer nos han dejado sin dos hermanos en quien confiar. Aquellas balas nos han tocado un poco a los que tanto les queríamos.

Los detalles de aquellos asesinatos no están aún en nuestra seguridad. Sabemos que los asesinos amenazaron de muerte a Concha en presencia auditiva de Acín y que éste se dio a las zarpas enemigas para salvar a su compañera. Ni aún así pudo salvarla de los impactos.

Ramón Acín [1] era un constructor, un auténtico constructor, siempre con iniciativas en acción y preocupaciones en vilo. Sabía atraer a los perversos con bondad y a los torpes haciéndose en ocasiones el torpe para no malograr con la visión de una excesiva diferencia de calidad que podía incrustarse en la retina ajena, el afán de proselitismo limpio y probo.

Murió de pie como el legendario Enjolras [2] y su vida fue corta, pero llena.

Los que fuimos sus amigos hemos de realizar su pensamiento creando el Museo de los Oficios, inventario popular del trabajo embellecido y de la belleza trabajada y matizada. Y pensar en él, pensar en el maestro bueno que desconocía el desaliento y la doblez. Acín, en su pensamiento y en su obra, es ya nuestro. Siempre será nuestro. Y el día de la victoria tan nuestro como siempre. Seamos dignos de él.

Fragmentos de Vida y muerte de Ramón Acín, ensayo biográfico escrito, en 1937, por Felipe Alaiz de Pablo (1887-1959).


NOTAS

[1] Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Ochenta y cuatro años atrás, tal día como hoy, fue asesinado por los fascistas en la ciudad que tanto amó.

[2] Lider revolucionaro de las barricadas parisinas que aparece en la novela Los miserables, de Victor Hugo.

Entre montañas

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“Aguas mansas”: Archivo personal


En la vieja carretera del puerto de montaña de Monrepós, el túnel de la Manzaneda abría sus oscuras fauces para que, viniendo desde la vertiente sur, el viajero que atravesaba sus ochocientos metros de longitud se detuviera a la salida, en una zona más amplia del arcén, a beber del agua fresca y limpia del manantial canalizado que daba nombre al túnel. «Si bebes de esta agua, volverás a estas montañas. Tu alma quedará impregnada con la esencia del monte y permanecerá para siempre en tu corazón», rezaba la leyenda que presidía la fuente de la Manzaneda, hoy destruida. Certera predicción. Siempre se regresa. Por otro firme y otro trazado carretero. Pero se vuelve. Y quien recorrió ese extraordinario puerto por la antigua ruta inaugurada en la posguerra, con sus trescientas curvas, sus rampas y su trepidante rasante final, guarda en la memoria esa obsoleta calzada que, pese a su peligrosa estrechez y falta de visibilidad, tenía alma, como si todos los espíritus de la Naturaleza y de los humanos cuyo futuro se perdió entre esas ondulaciones estuvieran allí, velando el que fuera tortuoso trayecto —actualmente reconvertido en la Autovía Mudéjar (tramo Zaragoza-Huesca-Jaca)— por el que los viajeros se aventuraban, hasta hace muy pocos años, para desembocar en el Alto Pirineo.

Pero las peripecias en el viejo trazado de Monrepós, en su cara sur, empezaban unos kilómetros antes de arribar a los pies del puerto, en la pintoresca, angosta y sinuosa carretera, hoy en desuso, del congosto del río Isuela, colmados sus escasos cuatro kilómetros de cortos túneles excavados en la roca viva, apuntalando la ladera por la que se deslizaban piedras de diferentes tamaños que terminaban en la calzada de pavimento maltrecho y, en ocasiones, llegaban a golpear a los vehículos —encajonados entre la montaña y el río— que circulaban por ella. Era el único camino viable —hasta la construcción de la variante— por el que se subía desde Huesca al muy apreciado pantano de Arguis y a las lejanas estaciones de esquí.

Antes de llegar a la presa del embalse de Arguis, una brecha abierta en la roca, junto al cauce del río, y en la que pocos automovilistas reparan, señala sutilmente la entrada a la cueva de san Climén, legendaria madriguera de O Fotronero, un gigante comeniños de la mitología altoaragonesa con el que los pastores veteranos asustaban a los jóvenes repatanes [1] para que estos les pagaran el poncho que trasegaban en el mesón de Arguis, cuando bajaban los rebaños a tierras llanas. Para hacer más creíble la añagaza, uno de los pastores se deslizaba hasta la cueva —que posee una acústica extraordinaria— y desde allí aullaba y despotricaba, con voz cavernosa, a los repatanes más remisos que, aterrorizados, sufragaban sin rechistar cuanto consumían los mayores —acción que por estos lugares se conoce como pagar la manta—. A algunos muchachos les daba tal pavor que O Fotronero los devorase, que, pese a haber pagado la manta, cuando pasaban cerca de la cueva se cubrían con pieles de mardano [2] y se ponían a caminar a cuatro patas, entre el ganado, para que el gigantón no se apercibiera de su presencia.


Atardece en Arguis. Recogen los excursionistas toallas y neveras de camping, fiambreras, vasos, platos, cubiertos… Desmontan y pliegan mesas y sillas. En las aguas quietas, despejadas de intrusos, nadan madrillas y barbos culirroyos y asoman los eslizones entre las piedras. Retorna el paraje a su silvestre esencia y otean ansiosos los abejarucos, entre fresnos, sauces y abedules, el vuelo incesante de los insectos. Va dejando el día su última luz sobre las cimas y se alejan los sonidos humanos envueltos en plástico, hule, vidrio, aluminio y acero.


NOTAS

[1] En aragonés, se llamaba repatán al joven, casi niño, aprendiz de pastor.
[2] Id., carnero.

Nimiedades

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“Placeres”: Archivo personal


En el fresco y sobrio comedor del Mia-te tú se percibe un ligero toque a menta que lleva y trae Mariángel, recién incorporada al oficio, mientras sirve, en tres de las cuatro mesas ocupadas, los risottos de espinacas y guisantes que han seguido a las tartaletas de tomate rosa con cebolla dulce. Los bocados apagan las conversaciones veladas por los tapujos y se hace audible la música de jazz que, a bajo volumen, se expande desde los altavoces que penden sobre el antiguo y enorme aparador de madera de nogal rescatado de una casa señalada para el derribo. “Lo trajimos a pulso, entre todas, desde la placeta de arriba”, le explica la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio a maman Malika, que se ha levantado a tantear la consistencia del mueble, de gruesas y cortas patas, que ocupa el espacio entre los dos ventanales que dan al patio sombreado por una parra bajo la que dormitan dos perros de raza indefinida.


El Mia-te tú no nació con pretensiones de restaurante sino de bar de copas con horario de tarde-noche, con un pequeño escenario para actuaciones puntuales; fueron los tentempiés que Mª Ríos, hermana de uno de los socios, empezó a ofrecer a la clientela noctívaga los que, por su buena acogida, terminaron por encauzar el negocio, ampliándose el perímetro del local hasta la antigua vaquería de Casa Liesa, donde se construyó una cocina y el comedor. Para Mª Ríos, que trabajaba con pocos alicientes en una empresa de catering, fue la oportunidad de dedicarse, sin presiones, a la restauración.


Desde el otro lado del pasaplatos, Mª Ríos va alcanzando a la camarera las raciones de pimientos del piquillo rellenos de soja texturizada y frutos secos, a cuyo disfrute se entregan los comensales; entretanto, los dos clientes de la mesa más alejada, finalizado el condumio, salen al patio umbrío para acompañar con cigarrillos los cafés y licores. Suenan tres campanadas desde el reloj de la adyacente plaza de la Iglesia y se afanan los convidados en la tarta de panacota con helado de albahaca.

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“Tiempo decolorado”: Archivo personal

 

«A medida que me acerco a mi último suspiro pienso en una broma final. Llamo a todos mis amigos, ateos consumados como yo, para que se reúnan tristemente en torno a mi lecho de muerte. Llamo a un cura y, para horror de todos, me confieso, pido absolución por mis pecados y recibo la extremaunción. Y luego me muero».- Luis Buñuel (1900-1983), en su libro de memorias Mi último suspiro.

En 1982, un año antes de la muerte de Luis Buñuel, se publicó Mi último suspiro, el interesante libro de memorias del genio de Calanda que transcribió el guionista Jean-Claude Carrière a partir de las muchas conversaciones que hubo entre ambos a lo largo de dieciocho años. En él —entre alguna boutade, tres o cuatro mentirijillas y el olvido, consciente o no, de algunos buenos amigos mexicanos— aparece dibujado, más que el cineasta, el personaje contradictorio que el propio Buñuel moldeó a lo largo de los años: transgresor, incongrente, tradicional, moderno, anarquista, pacato, gamberro, respetuoso, irreverente, reflexivo, socarrón, atento, burlón, familiar, brusco, amoral, moralista y ateo irredento jugando al escondite con Dios. Fue Buñuel tan inclasificable, poco convencional y laberíntico que incluso sus cenizas llevan casi cuatro décadas en paradero cuestionado, circunstancia que algunos achacan a una broma póstuma ideada por él mismo en connivencia con algunos de sus más leales afines.

Don Luis, que falleció en México, el 29 de julio de 1983, fulminado por una insuficiencia cardíaca, hepática y renal derivada del cáncer que padecía, fue incinerado inmediatamente en el crematorio de la funeraria Gayosso de Félix Cuevas y sus cenizas entregadas, como es natural, a su viuda, Jeanne Rucar (1908-1994), que dispuso una mínima parte de las mismas para ser esparcidas en el Desierto de los Leones, un parque nacional cercano a la capital mexicana por el que solía pasear su marido, pero se negó a dar cualquier información sobre el destino del resto, haciendo posible que se creara un entramado digno de formar parte del argumentario surrealista del imaginativo y chancero director.

Un sacerdote dominico, Julián Pablo Fernández (1937-2018), amigo y contertulio del bajoaragonés —depositario, además, durante más de dos años, de la urna funeraria del cineasta, hasta que la reclamó la viuda—, afirmó, en sendas entrevistas realizadas en 2004 y 2012, tener en su poder la mayor parte de los restos de la cremación escondidos en la parroquia del Centro Universitario Cultural de México D.F., donde ejercía su ministerio, no descartando, aseguraba, que, en un futuro no muy lejano, la arqueta cineraria de Buñuel pudiera exponerse en una capilla para ser… ¡¡venerada por los fieles!! Estrambótico destino —en caso de ser ciertas las afirmaciones del eclesiástico— para un ateo militante, pero suprema socarronería para quien fuera, además de extraordinario director cinematográfico, amigo de pergeñar chanzas.

El padre Julián ha dicho recientemente que él conserva los restos de mi padre. Que están en una capilla […] de la capital mexicana. Pero no puede ser. Mi hermano Juan Luis, mi primo Pedro Christian García-Buñuel y yo esparcimos esas cenizas en 1997 en el Monte Tolocha, en Calanda. Y así lo queremos hacer constar en un documento firmado“, fue la respuesta de Rafael Buñuel, hijo menor de Luis, a las declaraciones del dominico, poniendo fin a veintinueve años de hermetismo en relación al destino de los restos fúnebres del insigne cineasta. En una carta enviada a un periódico español en 2012, los hijos de Buñuel explicaban que su madre, Jeanne Rucar, poco antes de fallecer en 1994, había entregado las cenizas a su hijo Rafael, transportándolas éste a Los Ángeles en una caja de cartón cuyo contenido real no se declaró “para evitar problemas en la aduana“; la misma caja de cartón que tres años después llevaron, según la misiva rubricada, a Calanda para que el polvo buñueliano, transcurridos catorce años de la muerte e incineración de Buñuel, se depositara en la tierra que fue su cuna y de la que nunca renegó. Que fueran o no las cenizas originales o que una parte de ellas las retuviera el padre Julián, son cuestiones que es poco probable que se resuelvan algún día. Sólo los actores principales —en su mayoría, fallecidos— de este sainete póstumo, tan buñuelesco, conocen la verdad.

 

«[…] me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme a un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba».- Op. cit.

Les bohémiens

“Les Chats de la Rue du Buffet”: Gilles Durand


I

El autobús se aleja de Doué-la-Fontaine entre perfumes de rosas que se infiltran, persistentes, en el interior del vehículo hasta conquistar el oxígeno e inundar los pulmones de la decena de viajeros que regresan al cuartel general de Montreuil-Bellay. En el exterior, un abanico de nubes desplegado sobre la campiña saludada por el río Thouet, cuyas aguas laminan la muralla medieval de la villa; a lo lejos, los últimos rayos solares del día iluminando el castillo [FOTO] y, quizás, los tejados gatunos de la rue du Buffet.

  —Mañana visitaremos el castillo de Ussé y los bosques anexos —anuncia Gilles durante la temprana cena—. Es allí donde Perrault imaginó a la Bella Durmiente. Y pasaremos por el de Montsoreau, a orillas del Loira.


II

Se va recogiendo la tarde entre destellos naranjas y salen los gatos de la rue du Buffet a esperar la noche impuntual detenida sobre la hierba del antiguo campo gitano de Montreuil-Bellay. Cuatro figuras quietas contemplan, con los rostros serios, el monumento [FOTO] que recuerda a los seis mil quinientos gitanos franceses encerrados  —en el primer lustro de los años cuarenta—  por sus propios compatriotas en ese espacio, otrora rodeado de alambradas, que mantuvo su condición de cárcel étnica hasta un año después de haber terminado la guerra, como si la victoria aliada sobre el nazismo se hubiera detenido ante los portones cerrados donde se apiñaban hombres, mujeres y criaturas gritando su hambre y su dolor a los lugareños.

Fenece el día y se ilumina la villa. Van y vienen los gatos de la rue du Buffet y deshacen la ruta recorrida los compungidos visitantes del antiguo campo de concentración gitano, allí donde Taloche  —el real [1] y el recreado por Tony Gatlif en la película Korkoro—  y los hombres y mujeres anónimos que miraron a los gitanos y únicamente vieron a otros seres humanos, soñaron un universo distinto.


«Si quelqu’un s’inquiète de notre absence, dites-lui qu’on a été jetés du ciel et de la lumière, nous les seigneurs de ce vaste univers. [2]».- De la canción Les bohémiens, de la película Korkoro (Liberté).


Primavera. 2019




NOTAS

  • [1] Taloche fue un músico romaní de origen belga internado en el campo gitano de Montreuil-Bellay. Ayudado por un notario, consiguió comprar una casa y fue liberado a condición de abandonar su vida nómada. Dado que no lograba adaptarse al sedentarismo, decidió marchar a su país de nacimiento. Detenido por los alemanes en el norte de Francia, su rastro y el de las personas que viajaban con él, se perdió en Polonia, en un tren de prisioneros que se dirigía a Auschwitz.
  • [2] «Si alguien se preocupa por nuestra ausencia, decidle que hemos sido expulsados del cielo y de la luz, nosotros, los dueños del vasto universo.»

 

Escapadas

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“Muralla rocosa de Finestres”: Archivo personal


A media mañana ardía el sendero y hasta las matas de hierbas se apelmazaban, agobiadas, aun antes de que las suelas las apretaran contra el firme rocoso que zigzaguea, ondulante, encajonado entre los espectaculares estratos verticales del Cretáceo que amurallan el desigual recorrido, con sus picudas crestas escaladas a modo de almenas. Seguían los senderistas, con los poros sudorosos y el cansancio acumulado en las articulaciones, una marcha lenta y silente, deshaciendo, sin pausas, lo andado y mirando, con ansia, las aguas de Canelles que se mostraban, tentadoras, por entre las aberturas de los murallones calizos. Cuando apenas veinte minutos después, aligerados de ropa, hundieron los cuerpos enrojecidos por el Sol cerca de la orilla, celebraron con aguadillas y risas el alivio, dejaron que el frío cenagoso del fondo del embalse les inundara de brío el cerebro y, chorreando, se tendieron en la hierba rala, frente a las fascinantes Roques de la Vila, dejando que el Sol reptara por epidermis y cabellos para, todavía mojados, trepar por el desnivel y retomar el camino de regreso hasta los vehículos aparcados a siete kilómetros del caprichoso escenario pétreo.

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“Calma”: Archivo personal


y… ahí está el chilindrón. Una fuente de barro vidriado color miel de monte, llena casi hasta el borde. Piezas de pollo reventando de dorado color, el color de los adobes a medio cocer. Escandalizando la ternura de la salsa, muda, asustada de verse retratada, el verde quemado y el rojo perdido de los pimientos que el fuego apaga y suaviza. Cerca, el porrón de vidrio verdinoso con los púrpuras del vino en su interior. Más atrás, sobre el color poniente de una ventana, un cántaro exuda una esperanza de frescor de pozo, de acequia, de manantial, venero que descubre misterios encendidos entre arenas y piedras de más abajo, mucho más abajo del camino y la mies. Yo pienso que Goya no se hubiera negado a pintar así mi chilindrón”.- Julio Alejandro.


Sobre el cojín bordado de petunias que cubre el asiento de anea del sillón, el libro abierto; no importa en qué página porque todas las que se suceden en Breviario de los chilindrones son troneras abiertas a paisajes, aromas y sabores tejidos en la memoria aragonesa del viajero, dramaturgo, guionista, novelista, poeta, profesor universitario, anticuario, decorador, director artístico, gastrónomo y marino que fue Julio Alejandro, el hombre que entendió y extendió el surrealismo buñueliano en los elaborados guiones de Abismos de pasión, Viridiana, Nazarin, Simón del desierto, Tristana y en la dirección artística de El ángel exterminador.


La vida de Julio Alejandro conforma un extenso e involuntario guión en una sucesión de imágenes cinematográficas que abarcan todos los géneros posibles. Ayudante del que fuera ministro de Marina y luego Presidente del Consejo de Ministros de la República, José Giral, fue perseguido por los dos bandos al estallar la guerra (in)civil y tuvo que huir a Francia ayudado por Indalecio Prieto. Posteriormente, en 1939, se traslada a Lisboa y después a Filipinas, donde será azuzado por japoneses y americanos. Operado de apendicitis, sin anestesia y en condiciones higiénicas espantosas, terminará internado en un campo de concentración bajo mando norteamericano; desde allí, y gracias a un visado proporcionado por el cónsul español, se enrola como friegaplatos en un barco y recala en EEUU para proseguir viaje a México, Chile y Argentina. Consigue regresar a España a finales de los cuarenta y estrena algunas exitosas obras teatrales que la crítica atribuye al entonces exiliado Alejandro Casona; desengañado, marcha a México donde, en 1953, se encuentra con Luis Buñuel, con el que trabajará en algunas de sus películas.


Llevan las palabras el ulular del viento del Moncayo que el cierzo de las sierras de Gratal y Guara celebran y acompañan mientras vuelan las nubes adiposas hasta la mar dilecta para depositar el eco entre las caracolas volteadas en el espumoso oleaje.

Huesca. Chimillas. Bulbuente. San Sebastián. Madrid. Alhucemas. Shangai. Toulouse. Lisboa. Manila. San Diego. Santiago de Chile. Buenos Aires. México. Jávea…  Geografía vital de azares, penurias, dichas, combates, pasiones, escrituras, amigos, regresos, reconocimientos, muerte.


Julio Alejandro Castro CardúsJulio Alejandro, para el mundo cinematográfico— nació en Huesca, el 27 de febrero de 1906. Apasionado de la poesía y el mar y reconocido como un extraordinario guionista cinematográfico  —labor a la que se dedicó en México durante 35 años—,  falleció en Jávea, el 22 de septiembre de 1995, en su casita frente al mar, mientras tomaba café y charlaba con sus amigos. “Soy aragonés y, por tanto, español; vivo en México, y por encima de todas esas cosas soy poeta; después, escritor de teatro; después, escritor de cine; después, escritor para televisión, y después, nada…”, dijo de sí mismo. Sus cenizas fueron esparcidas cerca del monasterio de Veruela, como era su deseo. Una de sus hermanas, la monja teresiana Carmen Castro Cardús  —nacida en Huesca, en 1910 y fallecida en Madrid en 1948—,  fue la directora de la prisión de mujeres de Ventas donde estuvieron encarceladas —hasta su fusilamiento, el 5 de agosto de 1939— las conocidas como Las Trece Rosas.



A Julio Castro
Desde las altas tierras donde nace
un largo río, de la triste Iberia,
del ancho promontorio de Occidente
—vasta lira, hacia el mar, de sol y piedra—,
con el milagro de tu verso, he visto
mi infancia marinera,
que yo también, de niño, ser quería
pastor de olas, capitán de estrellas.

[…]

Dios a tu copla y a tu barco guarde
seguro el ritmo, firmes las cuadernas,
y que del mar y del olvido triunfen,
poeta y capitán, nave y poema.

—Fragmentos del poema dedicado por Antonio Machado, su padrino literario, a Julio Alejandro

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“Niceto entre las flores”: Archivo personal


Por la curva que sombrean las platanáceas asoman las mujeres montadas en sus chanclas, con coloridas vestimentas playeras apenas escamoteando las carnes a la lascivia de los arrugados mirones. Pertrechadas con bolsones y sillas plegables caminan las cuatro —embozadas charlas y risas— por la calzada áspera y ardiente que conduce a la Huerta Blanquiador, codiciosas de césped, moreneces y agua clorada, con los sombreros de paja inmovilizados sobre las testas y los ojos socarrones de los adolescentes —toalla al hombro, aguardando la apertura matinal de las piscinas— repasándoles los despampanantes atavíos mientras Niceto, el gato de Casa Sastrón, que ha percibido la presencia cercana del mastín viejo que controla las caballerizas de Foncillas, se atrinchera, expectante, junto a la tosca jardinera de claveles chinos que ornamenta la entrada del complejo deportivo. Ronda el Sol, opulento y sin intrusiones nubíferas, los cuerpos estivales que se congregan —evitando el roce de las pieles aún lechosas— a la vera del portalón forjado que custodia el umbral del vergel de la indolencia.

(Cruza la carretera, con pasos solemnes, Mayoral, el mastín, ladeando ligeramente la cabeza hacia Niceto, que lo contempla, desdeñoso, entre las piernas desnudas que amurallan su estratégico sitial).

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“Trasfondo”: Archivo personal


(Aproximación a Agustín Gómez-Arcos tras la relectura de su novela Un pájaro quemado vivo).


A mediados de los sesenta, Antonio Duque, actor zaragozano, propuso a su amigo, el escritor almeriense Agustín Gómez-Arcos (1933-1998), al que había conocido, tiempo atrás, en el Café Gijón, aventurarse en un Londres alejado, política y culturalmente, del Madrid en el que convivían y se asfixiaban. Treintañeros, indomables y luchadores, vivieron durante dos años su aventura londinense para retornar, en 1968, al continente. A Paris, sueños de libertad.

Hice todas esas cosas que hay que hacer para sobrevivir […] fregar platos, limpiar casas, fregar escaleras, dar clases de español a veces”, confesaría después Agustín Gómez-Arcos, cuando ya era un reputado escritor español en lengua francesa. Dos veces finalista en el Premio Goncourt de Novela, no tenía inconveniente en asegurar que los premios literarios “son un negocio inventado con el consenso de todas las partes interesadas”.

Siempre fue un outsider que no aprovechó su éxito, pero a pesar de la parte cínica y la mala leche, le hubiera gustado ser reconocido en España”, diría Antonio Duque, su amigo durante cuarenta años y el albacea poético que conservó, con mimo, los cuadernos con poemas escritos por Gómez-Arcos en los años cincuenta y setenta, que serían publicados, como emotivo homenaje, tras la muerte de su autor.

En un dúplex alquilado cerca de Montmartre  —barrio en el que vivió y en cuyo cementerio descansan sus restos—  escribió —a mano, siempre a mano— el autoexiliado autor sus novelas-recordatorio de una posguerra que llevó siempre cosida a la memoria. “Nací en 1933 y los tres años de la guerra civil son el principio de mi memoria, muy dura. En Enix, comía migas de salvado, como los cerdos. Iba a los montes a arrancar esparto durante doce o catorce horas […]. Pero eso lo he transformado en memoria para novelas. En mis novelas siempre sale Almería, irremediablemente, aunque salga como otra ciudad. Mi tema sempiterno ha sido la miseria, porque la miseria es mi recuerdo. Mi infancia y la vida de mi familia está recogida en el libro El niño pan, que es un libro de lectura en los liceos de Francia.” Y fue precisamente la publicación en castellano de El niño pan el detonante de un conato de estallido en Enix, su lugar de nacimiento, donde unos años antes, se había renombrado una calle como “de Agustín Gómez-Arcos” y se había colocado una placa de recuerdo en la casa natal. Nombres, motes, gentes y sucesos expuestos, sin tapujos, en una novela de corte autobiográfico donde realidad y ficción parecían aunadas para remover conciencias y reabrir las viejas cicatrices, ofendieron a algunos habitantes de la localidad que, en 2008, pretendieron desterrar de Enix el recuerdo de su Hijo Predilecto, Agustín Gómez-Arcos, diez años después de su muerte.


Yacen los huesos del autor emigrado, cuasi apátrida, tan reverenciado en un país como desconocido en otro  —”Soy una especie de fantasma en este país”—, en la necrópolis parisina de los artistas. Y vive todavía en la memoria de Antonio Duque, compañero en el campo de batalla de la existencia, que evoca al amigo como “un lobo solitario, con alma de anarquista, cuya ternura le concernía al silencio antes que a la palabra”.




POST SCRÍPTUM

  • Algunos de los entrecomillados están entresacados del libro Agustín Gómez-Arcos, un hombre libre, publicado por el Instituto de Estudios Almerienses.

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“De ensueños y cerezas”: Archivo personal


Se recrea el viento en las hojas de la acacia y el murmullo desciende por los surcos del tronco para guarecerse en los relajados tímpanos de quien yace, en plácida duermevela, sobre la tumbona apenas protegida del desvaído Sol. Dos abejas curiosas dibujan una ligera sombra en movimiento sobre el rostro distendido mientras se dirigen, en pausado vuelo, hacia las rizadas gitanillas floridas que se agrupan a pocos centímetros de la mano que sobresale del ángulo obtuso formado por el respaldo y el reposabrazos.

Regala la brisa suaves ráfagas de tomillo y lirios en atomizados aromas que cosquillean las fosas nasales y alientan al cerebro a bosquejar, con el pincel de la memoria, el paisaje que asoma al otro lado de los ojos entrecerrados.

Una diminuta araña recién aterrizada sobre un mechón de pelo que lame el tronco del arbusto, corretea, veloz, por el lóbulo de la oreja y el cuello y se detiene, confusa, en uno de los pliegues del suéter para, a continuación, dirigirse al codo y descender hasta una jardinera de extendidas petunias rosadas a cuyos pies se halla un libro que rozan, sin advertirlo, las yemas de los dedos de la mano que, apenas unos segundos antes, lo asía con firmeza.


Desde el roble enraizado entre el jardín y el camino, vozna, insidiosa, Bruja, la picaraza, dispersando a los insaciables gorriones panzudos que aletean sobre las abandonadas cerezas de la barbacana.


La lectora somnolienta, desbaratado su reposo, se despereza.