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“El árbol y el muro”: Archivo personal


Han vuelto los carbonerillos a ocupar la oquedad del tronco del viejo árbol que inclina sus ramas sobre el muro de la corralaza [1], despreciando la caja de anidación que cuelga, discreta y aún vacía, de la encina que señala la pendiente del barranco.

Entra y sale el carbonero macho de la entraña del árbol en un visto y no visto, atrincherándose en lo alto cuando Jenabou, que sigue sus idas y venidas desde el huerto, prescinde de los prismáticos y se llega hasta el tronco habitado para contemplar, in situ, al pajarillo. “Así solo conseguirás que se asuste”, le advierte Emil, que ha ayudado a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio a preparar el hoyo donde se plantará un brote de secuoya para celebrar el undécimo cumpleaños de la niña. “Dice Mam’zelle [2] que si agarra bien se hará tan vieja como la carrasca de Lecina. Igual entonces anidarán los carboneros del futuro en la secuoya”, reflexiona la pequeña regresando al improvisado observatorio de aves mientras el pájaro, libre de intrusiones, asoma su brillante y negra cabeza de mejillas albas por la abertura y retoma su nervioso vuelo dejando a la hembra al cuidado de la pollada.

Tras los muros de la corralaza, la hierba montaraz cubre los restos desmontados de una cosechadora arrumbada veinte años atrás, cuando el hombre que tenía alquilado el recinto abandonó el negocio de cría de avestruces que mantuvo a la expectativa al Barrio durante los escasos seis meses que duró la estancia de tan extraordinarios ejemplares, macho y hembra, en aquel lugar, para asombro de los adultos y entusiasmo de los más jóvenes que, trepando por el árbol de los pájaros carboneros, se encaramaban al muro para admirar al Vestruzo y la Vestruza —así los llamaron— concitando la atención del macho, que les dedicaba, sentado sobre sus potentes patas, toda la parafernalia sonora y visual del cortejo, acercándose después, con movimientos pausados y elegantes, hasta rozar con el musculoso cuello y la cabeza las piernas colgantes de la chiquillería para recoger en su pico, con golpes secos y no siempre indoloros, las piedrecillas que le ofrecían con las manos abiertas. La hembra, en cambio, se mantenía a distancia y, de vez en cuando, siseaba amenazante obligando a unos y otras a descolgarse con premura de la precaria atalaya.

Pero la buena sintonía entre las gentes del Barrio y el dueño de los avestruces terminó cuando, supuestamente, fueron robados siete de los ocho voluminosos huevos de las últimas puestas, de los que, pese a la denuncia que se interpuso, jamás se supo. El criador de las aves canceló el alquiler y los avestruces fueron trasladados a una granja de la comarca de los Monegros.






NOTAS

[1] En arag., corral grande.
[2] Nombre que dan en el Barrio a la vieja maestra jubilada.

“Refugio”: Archivo personal


En el cementerio de Montparnasse está enterrado Étienne Roda-Gil  —no lejos de Baudelaire—  en una discreta tumba donde solo se lee el nombre de su esposa, Nadine Delahaye, fallecida de leucemia en 1990, catorce años antes que él.

Étienne (Esteve) Roda-Gil  —anarquista, militante en la Agrupación de la CNT de Ménilmontant, escritor, actor, dialoguista cinematográfico y, sobre todo, afamado autor de más de setecientas letras de canciones—  nació el 1 de agosto de 1941 en el campo de internamiento para refugiados españoles de Septfonds (Montauban, Francia), donde había sido detenida su familia. En ese horrendo emplazamiento llegaron a hacinarse, en 30 insalubres barracones, 16.000 personas hambrientas  —muchas de ellas enfermas de tifus y tuberculosis—  cuyo único crimen consistía en haber huido de una muerte anunciada en un país, España, donde al final de la guerra le siguió el comienzo de la venganza.

La infancia del pequeño apátrida Étienne transcurrió entre Réalville  —donde sus padres formaron parte de la Agrupación de Trabajadores Extranjeros del campo de internamiento en el que fueron reubicados—  y el suburbio parisino de Antony; allí sufrió la intolerancia y la xenofobia que marcarían sus ideas futuras.
Buen estudiante y lector avezado  —Mallarmé y Lorca le apasionaban—, pronto destacó en Literatura, licenciándose en Letras.

Rebelde, ácrata, antiautoritario, antimilitarista e insumiso, cuando las autoridades francesas le ofrecieron, en 1959, la nacionalidad a cambio de vestir el uniforme francés en la Guerra de Argelia, Étienne Roda-Gil no sólo rehusó, sino que huyó a Londres. Regresó a Francia casi dos años después convertido en representante de productos farmacéuticos y se instaló con su madre, Leonor Gil García, en el barrio de su infancia, Antony. Allí continuó tras su matrimonio, en 1965, con la pintora Nadine Delahaye  —hija bohemia de una familia pudiente—  y en ese mismo lugar y en los bistrós del Quartier Latin, entre whiskies y cigarrillos, escribió muchos de los poemas que, unos años después, trocará en letras de canciones  —entre ellas, la de la Makhnovtchina, himno anarquista dedicado al Ejército Negro de Ucrania, que Roda-Gil escribió en 1961 y que, pese a haber sido registrado en la Sociedad de Autores en 1972, muchos siguen creyendo que se trata de una composición original de 1919—.

A partir de 1967 Étienne Roda-Gil se convierte en un reconocido letrista; sus textos, en ocasiones, herméticos y, casi siempre, simbolistas y surrealistas, se transforman en éxitos en las voces de Julien Clerc, France Gall, Vanessa Paradis, Pink Floyd, Juliette Gréco, Serge Utgé-Royo

En 1981 publicó su primer libro, la novela “La Porte Marine“, a la que seguirán “Mala Pata“, “Moi, Attila“, “Terminé“, “Ibertao” y la recopilación de textos “Paroles libertaires. À bas tous les pouvoirs“. Pero ni el éxito ni el dinero lo alejaron del ideario anarquista.

Étienne Roda-Gil falleció en París, el 31 de mayo de 2004. Tenía 62 años. Meses antes de su muerte escribió un poema, Réfugié, para que fuera musicado por su recién recuperado amigo el cantante Julien Clerc, que había sido nombrado Embajador de Buena Voluntad del ACNUR.

De él dijo la cantante Juliette Gréco: «Fue un torrente de generosidad, de ternura… Un hombre refinado y culto que siempre estuvo atento a las necesidades de los demás».


“La Makhnovtchina”, himno anarquista con letra de Étienne Roda-Gil

Grísea mañana

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“En el corazón del monte, II”: Archivo personal


Siete u ocho gotas desprendidas, acaso por azar, de un nimbo ceniciento con pretensiones de nubarrón saludan el regreso de las paseantes que cruzan la gravera en dirección al Barrio. Arriba, en el Campete Blasito, verdea el serpol a ambos lados del senderillo que antaño llevaba a los arnales [FOTO] donde las abejetas cumplían su ciclo productivo estimuladas por las floridas esencias nectarinas que proclaman, aun hoy, el estallido de la primavera. Cerca de allí, bajo las viejas carrascas que otean el río, armaba el señor Anselmo, con cañizos y barro, las arnas [1] troncocónicas que apreciaban las abejas y encandilaban a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, entre efluvios de romero y la voz aguardentosa del hombre de manos artesanas narrando las innumerables vicisitudes de sus siempre presentes y admirados compañeros muertos. “Gitaneta”, le decía a la pequeña, “acuérdate de estos nombres… Alaiz, Samblancat, Maurín”, y enlazaba la anécdota de Ramón Acín dándole a Luis Buñuel el dinero ganado en la lotería para que pudiera realizar la película Las Hurdes, con la emotiva historia del tenor valenciano Lizondo entonando el Adiós a la vida de la ópera Tosca en el momento de ser pasado por las armas en Zaragoza.


Quince, treinta, cien gotas persiguen el andarín compás de las mujeres cuando dejan atrás el invernadero y llegan junto al orgulloso y altivo Torrollón [2] de tantas andanzas infantiles. Apenas son las nueve de una mañana agrisada cuando, ligeramente humedecidos los cabellos bajo las capuchas, toman asiento alrededor de su mesa de siempre del bar del Salón Social y sale Olarieta  —delantal a cuadros rojos y verdes—  con una bandeja de tostadas de tomate rallado, jamón y huevo a la plancha que liberan atrayentes emanaciones.






NOTAS

[1] En arag., colmenas.
[2] Id, formación rocosa de arenisca erosionada que semeja una torre solitaria en medio del paisaje.

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“Castillo de Montearagón (detalle)”: Archivo personal


Discurre el primer tramo del Camino Viejo entre las naves del polígono industrial, bajo un Sol que, a las nueve de la mañana, apenas despunta desde el cielo azul desvaído que surcan, en vuelo atropellado desde el oeste, bandadas de estorninos. Yace un gato muerto en el último metro de arcén, antes de que el asfalto retorne a ser sendero terroso y solitario jalonado de hierbas bien nutridas, con el familiar recorte de la sierra amurallando el norte y la silueta de arenisca del castillo  —bajel varado—  agrandándose conforme los pasos se encaminan a la última morada de Javier Tomeo (1932-2013).


Fue una tarde de mayo  —o de junio—  de hace doce  —o trece—  años. En la Feria del Libro. Tarde recalentada, como agosteña. El autor, momentáneamente solo, muy serio y, quizás, aburrido, en una caseta sobre la que desparramaba el Sol su potencial soberbia. Ella y él acercándose, sacando de la bolsa de tela los tres libros manoseados y depositándolos en el mostrador. Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes. Cuentos perversos. El gallitigre. “Estos libros ya tienen años”, dijo el autor. Sonreía. No les preguntó sus nombres ni a quién o quiénes querían que los dedicara. Escribió: “Con gratitud”. Exactamente lo mismo en los tres libros. Debajo, su firma. Les tendió los libros uno a uno, muy, muy despacio, casi reteniéndolos. Hubo un atisbo de sonrisa y un leve encogimiento de hombros cuando se acercó un periodista de Radio Huesca y le ayudó a colocarse unos inmensos cascos. Ella y él se despidieron del autor con un movimiento de ojos y marcharon con la gratitud escrita de Javier Tomeo y un tropel de preguntas retenidas en las comisuras de los labios.


El firme del sendero va suavizándose, reblandeciéndose cerca del barranco donde los cuatro pilares del acueducto del siglo XVIII preceden a otra joya hidráulica de origen romano [FOTO] datada en el siglo II d.C. que pervivió oculta cientos de años en el fundus que, otrora, quizás fuera miliario de la vía Osca-Ilerda y que, hoy, pies nuevos hollan dejando sobre el limo  —en dirección a Quicena, donde Tomeo reposa—  caducas huellas sin historia.


Van pasando los años, pero los paisajes, en líneas generales, permanecen fieles a sí mismos. Ahí continúan pues, invariables, ocupando todo el horizonte, el enorme lomo de la Sierra de Guara, el Tajo de Roldán y, escorado hacia la izquierda, el pico de Gratal. Más cerca, casi al alcance de la mano, está ya el castillo de Montearagón, nuestro castillo de Montearagón, resistiéndose heroicamente a convertirse en un informe montón de piedras. Hoy, como ayer, sus entrañables ruinas continúan presidiendo el Somontano y, vistas desde lejos, conservan incluso la misma silueta que tenían varios lustros atrás. – Javier Tomeo Estallo.

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“Florescencias”: Archivo personal


A finales de marzo encontraron muerto a Nicolás, el búho viejo que llevaba tres décadas acomodado en la falsa [1] de Casa Berches. Lo hallaron entre las almendreras [2] que bordean el camino hacia el Pinar de la Fontaneta, recostado junto a las ramas pobladas de hermosas pentapétalas de uno de los árboles que hunde sus raíces en el mismo borde del canal de riego, en el campo que, desde hacía unos años, se había convertido en su territorio exclusivo de caza, a escasos doscientos metros de la vivienda donde tenía asentado su señorío y de la que, conforme la edad menguaba su fortaleza, cada vez se alejaba menos. De imponente apariencia, era un ave de naturaleza flemática y condescendiente con Mariví, la nuera de los Berches, que, una vez por semana, en horas diurnas, adecentaba la buhardilla y recogía las egagrópilas diseminadas sobre las tablas sin que la rapaz mostrara signos de temor o cólera, no así las dos hembras que, en los últimos tiempos, compartían con Nicolas sus aposentos, que se enervaban ante la presencia humana y a quienes, contrariamente al macho, fue imposible anillar por su actitud huidiza y, en no pocas ocasiones, agresiva. La muerte —por causas naturales, según la necropsia— no mermó la apostura del admirado ejemplar que, mientras vivió, cada tarde, en el ocaso del día, permanecía vigilante y solemne en la tronera de la falsa, erguido su cuerpo de plumaje pardo con reflejos rojizos y vientre leonado, antes de remontar, mayestático, el Barrio bañado en crepúsculo y perderse, en vuelo sigiloso, por el arbolado.







NOTAS

[1] En aragonés, buhardilla.
[2] Id, almendros.

Banderas de abril

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“Pancarta”: Archivo personal


Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la II República, todavía coleaba en Aragón la fracasada Sublevación Republicana de diciembre de 1930, con el recuerdo de la Marcha por la Libertad que, desde aquella Jaca entusiasta, se dirigió, por carretera y ferrocarril, a Huesca hasta ser detenida por las tropas monárquicas en las inmediaciones de la ciudad altoaragonesa y terminar, menos de día y medio después, con los fusilamientos de Fermín Galán y Ángel García Hernández, la aprehensión de buena parte de los partícipes y la desbandada del resto.

En Huesca, el 14 de abril de 1931 —apenas cuatro meses después del sofocado intento de suprimir la Monarquía— tuvo dos lugares emblemáticos: El cementerio donde fueron inhumados los capitanes fusilados de la sublevación jacetana, cuyas tumbas se cubrieron con flores, y la casa del ausente Ramón Acín Aquilué, a la que muchos oscenses acudieron en efusiva manifestación como reconocimiento al intelectual anarcosindicalista cuya implicación en los sucesos de diciembre le había obligado a expatriarse a Francia. En la ciudad se esperaba, con expectación, el regreso de Acín de su exilio parisino, que no se produciría hasta el día 26, sobre las ocho de la noche, cuando, en compañía del periodista ácrata José Jarné [*], arribó en automóvil.

Narraba el periódico El Ideal de Aragón que «el recibimiento que les dispensó el pueblo oscense fue entusiasta en extremo. […] Fueron llevados en hombros por la multitud que les vitoreaba sin cesar, dirigiéndose la manifestación al domicilio social de la Agrupación Republicana, en donde les recibió la Junta Directiva, el Gobernador Civil y el Alcalde». Pero tanto Acín como Jarné compartían la misma reserva del periódico anarquista Solidaridad Obrera, que un día después de anunciarse la II República había tomado posiciones expresando que «si la República ha de consolidarse será, indudablemente, contando con la organización obrera, de lo contrario, no será», idea que ya había expuesto el propio Acín en un artículo de 27 de abril de 1927 en el que criticaba el republicanismo mitinero y demagogo de Alejandro Lerroux, por considerar que el líder del Partido Republicano Radical solo pretendía cambiarle el nombre a la forma de gobierno —ignorando las demandas sociolaborales— y así conformar una República predominantemente burguesa:


Ha hablado de nuevo Lerroux predicando la república, pero los trabajadores ya saben de sobra que la tal república no significa un escalón más para la emancipación del proletariado, sino que es el mismo escalón de la monarquía pintarrajeada de colorado.

[…] Saben de sobra los trabajadores, que la república no es sustancialmente distinta de la monarquía. La república no pasa de ser una monarquía con un rey menos que las monarquías; la monarquía no pasa de ser una república con un rey más que las repúblicas. Allí tenemos la muestra en la más flamante de las repúblicas: los Estados Unidos. No tienen ciertamente el rey coronado de los pueblos viejos y legendarios, pero tienen los reyes del acero y los reyes del petróleo y los reyes del cobre y cien y cien reyes ciñendo su corona de poderío, explotando el sudor y la vida de millones y millones de trabajadores. Las repúblicas burguesas, incapaces de derribar los monarcas que reinan sobre el dolor y la miseria, engañaron a los trabajadores destronando los reyes que ingenuamente dícense descendientes de la Divinidad, más decorativos, menos crueles, con serlo mucho, que los reyes del cuero, los reyes del hierro y de la sal.

[…] De nuevo ha venido Lerroux, como hace veinte años, a que nos calemos el gorro frigio, pero hoy no encuentra un dios que se lo cale; están en quiebra las boinerías, las coronerías, las morrionerías, las gorrofrigerías (pasen las palabrejas) porque estamos en tiempos de llevar la cabeza despejada y libre, sin enseñas carnavalescas, distintivos de la misma farsa y disfraces del mismo baile.

Los trabajadores saben de sobra que igual matan las balas en los campos de batalla y en las rúas y en las Ramblas al son de la Marsellesa que al son de la Marcha Real.

El que más y el que menos, hoy, sabe que la república no puede hacer más sino secularizar los camposantos, y a las gentes de ahora, don Alejandro, luego de muertos, tanto nos da que se nos coman nuestras flacas carnes cucos bendecidos o cucos sin bendecir.


Aquello que malpensaba Acín, cuatro años antes de la II República, se mantenía vivo en la CNT y su órgano de expresión, Solidaridad Obrera, un día después de que la tricolor ondeara en España, siendo premonitoria, a tenor de lo que sucedería pasados cinco años, una declaración de intenciones que resumía el ideario anarcosindicalista ante la nueva forma de gobierno: «No nos entusiasma una República burguesa, pero no consentiremos una nueva dictadura». Como señala el profesor Julián Vadillo Muñoz al analizar la postura anarcosindicalista, «cuando el 18 de julio de 1936 los militares dieron un golpe de Estado contra la República, en los locales de la CNT y sus militantes retumbó nuevamente aquel editorial del 15 de abril de 1931: no permitir una nueva dictadura. Y aunque la dictadura llegó tras la cruenta guerra, la CNT no dudó en renunciar a gran parte de sus ideales históricos para conseguir una victoria que la historia le negó. Aquellos ministros, alcaldes, concejales, militares, policías, carabineros, etc., que colaboraron con las instituciones republicanas no querían una dictadura. Y aunque lucharon por una revolución social y un modelo político distinto también lo hicieron por una República que ellos ayudaron a conseguir».



NOTA

[*] José Jarné Peiré, natural de Jaca, fue fusilado en Zaragoza en septiembre de 1936, acusado de pertenecer a la logia masónica Triángulo Joaquín Costa de Huesca.

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“Lavanda sobre partituras”: Ylanite Koppens


Don Carmelo, yo no quiero ser modista. Quiero ser maestra.
Vamos, vamos, Adelina… Los estudios de maestra cuestan un dinero que tú no tienes, muchacha. Dime, ¿quién te los va a costear…?
Pues… ¿Usted no podría…?

Y aquel hombre, Carmelo Coiduras, terrateniente y empresario ayerbense propietario del palacio de los Marqueses de Urríes, miró a la jovencita de catorce años, discreta y esforzada, plantada ante él, a finales de los años cincuenta, con la obstinación bailándole en los ojos, y supo que ninguna de sus inversiones iba a ser tan humanamente rentable como la que le proponía, sin subterfugios, aquella gitanilla, huérfana desde los dieciséis meses, que, con ánimo y resolución, había diseñado para sí misma un futuro distinto al que, por tradición y estrato social, le hubiera correspondido.

Siete años después, en 1966, Adelina Jiménez Jiménez, terminados los estudios pagados por su mecenas, obtenía plaza de maestra por concurso-oposición, convirtiéndose en la primera maestra gitana de España. “Mi primer destino fue un pueblo del Pirineo aragonés, en la parte de Aínsa. El domingo me venían a buscar con las bestias al autobús. Los burros cargaban mis maletas y yo andaba 10 kilómetros, un camino angosto que finalizaba en Olsón, donde estaba la escuela“. Tras Olsón, el colegio General Solans de Albalate de Cinca y el colegio Aragón de Monzón, lugares en los que Adelina ejerció su labor y, donde, pese a desencuentros y suspicacias iniciales, pasaría los mejores y más productivos años de su vida. En el año 2007 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo por haber ejercido la enseñanza “a través de una labor implicada en la lucha a favor de la integración igualitaria de las mujeres gitanas”.


Pinta Adelina, entre lecturas y paseos, sueños de cirros coloreados en el cielo montisonense que semejan los retazos de las telas que antaño vendía, de pueblo en pueblo, su abuela, la señora Elodia, la mujer que la crió y alentó y a la que la Adelina niña leía cuentos cada noche llenando la modesta estancia de la casa de Ayerbe de tiernas trovas de esperanza.


NOTA

Hoy, 8 de abril, se celebra el Día Internacional del Pueblo Gitano, en recuerdo del Primer Congreso Mundial Romá que tuvo lugar en Londres el día 8 de abril de 1971.

“Con los mallos al fondo”: Archivo personal


En la ruta de la Galliguera, en pleno Reino de los Mallos, se halla la torre donde nació y vive Mariliena, profesora de música jubilada y directora, durante muchos años, de la rondalla que agrupaba a personas del Barrio y sus alrededores.

En un paraje donde los cerezos en flor brindan su belleza y su aroma y los caballones del huerto parecen trazados con regla, se levanta, construido con sillares, un edificio extenso de planta y media rodeado de un encalado paramento de mampostería cuya poca altura no opaca la visión del precioso jardín interior, con arriates de petunias coloridas, margaritas y kalanchoes y, en el centro, junto a un banco pétreo, un olivo de tronco grueso y retorcido que ya formaba parte del paisaje mucho tiempo antes de construirse la casa. A la izquierda de la puerta principal, sobre losetas de pizarra, una mesa circular de cristal templado y fuertes patas de hierro en cuyo centro está encajado un parasol abierto y, rodeándola, Mariliena y sus invitados dando cuenta de una fuente de apañadijo que acompaña a los bocados de albóndigas de ternera, boletus y foie, con exquisita salsa de cebolla, que la anfitriona ha preparado para agasajar a sus visitantes.

Pero, sin duda, lo más apreciado del lugar del convite es su panorámica, con los mallos, a lo lejos, imponiendo sus extraordinarias hechuras en la vieja sierra prepirenaica, en el mismo lugar donde asegura la leyenda que la Giganta Hilandera, rechazada por las gentes, clavó las inmensas moles rocosas para esconderse entre ellas y aislarse de los humanos que la malquerían. Allí sigue, dicen, hila que te hila, inclinándose alguna que otra vez hacia el río Gállego para mojar el peine que desenreda sus cabellos canosos y el lino con el que lleva cientos de años entreteniendo su obligada soledad.


El interior de la torre de Mariliena podría considerarse un museo etnográfico, con los antiguos aperos del campo, rutilantes, adosados a las paredes del patio; los rosetones con complicados dibujos de los que penden arañas de luz; las altas camas con sus escaleritas de madera y los lustrosos lavamanos dispuestos en los dormitorios, y, sobre todo, el oratorio que se abre a la derecha de la entrada, que los abuelos de la actual dueña de la casa mandaron construir para Carmen, su nuera y madre de Mariliena, unos meses antes de que ella naciera y en el que, dentro de una gran hornacina con trazas de cueva, se encuentra una talla policromada de la Virgen de la Liena con el Niño Jesús, con un pajarillo en una mano, sentado sobre sus rodillas.

Explica Mariliena que a Carmen, su madre, se le habían malogrado cuatro embarazos en los primeros ocho años de casada. Una de las mujeres de un pueblo vecino, que faenaba en la casa, le habló de una virgen milagrera, protectora de embarazos y alumbramientos, y aun de las cosechas, que, en tiempos remotos, había hecho su aparición en una cueva próxima a Murillo de Gállego, y de la que eran muy devotas las mujeres que buscaban ser madres.

Cuando Carmen, embarazada por quinta vez, comentó en familia los prodigios relacionados con aquella virgen, sus suegros no albergaron ninguna duda. Se hicieron con los servicios de un artesano imaginero que, tomando como modelo la talla antigua que presidía la ermita, hizo una réplica preciosa de la misma que se colocó en la concavidad preparada en el oratorio, del que únicamente la sacaron para transportarla a la habitación de Carmen, por expreso deseo de esta, en el momento del parto.

Recién nacida su hija y antes de cortarle el cordón umbilical, Carmen se volvió hacia la talla de la virgen y le dijo: “Se va a llamar como tú”. Y aquella recién nacida, a la que se dio el agua de socorro por lo que pudiera pasar, fue inscrita como María de la Liena, siendo, quizás, una de las primeras niñas del comienzo de la posguerra que recibió tan singular nombre —liena es un vocablo aragonés que significa losa—, que llevan, también, su hija y la mayor de sus nietas.

“Hylotrupes bajulus”: Archivo personal


Cuentan que, poco tiempo después de finalizada la segunda Gran Guerra, el comprometido cantante Pete Seeger (1919-2014), actuando en una pequeña sala de un pueblo norteamericano, dedicó la primera canción  la vieja Hold The Fort—  a los anarcosindicalistas wobblies y al Batallón Lincoln. Años después, esa dedicatoria junto con otras actitudes de su vida personal y profesional, servirían como “pruebas incontestables de su antiamericanismo“. Las consecuencias fueron contundentes: encarcelamiento y ostracismo. Porque Hold The Fort, transformada en los años sesenta  en la versión de Seeger—  en un clásico del folk americano, fue, en las primeras décadas del siglo XX, el himno del combativo sindicato IWW, con cuyos miembros las autoridades se ensañaron hasta, en demasiados casos, el asesinato.


En la novela 1919, segundo libro de la Trilogía USA, narra el magnífico pero olvidado escritor John Dos Passos (1896-1970) la historia del wobbly Wesley Everest (1890-1919). Lo describe como un hombre joven, callado y sonriente, veterano de la I Guerra Mundial y excelente tirador, que recala en la sede del sindicato en Centralia mientras en la calle se celebra el desfile del Armisticio presidido por la Legión Americana, con cuyos miembros los sindicalistas del IWW mantienen constantes enfrentamientos.


«El Día del Armisticio fue frío y crudo; la niebla avanzaba desde Puget Sound y goteaba de las oscuras ramas de los abetos y los relucientes escaparates del pueblo. Warren O. Grimm mandaba la sección Centralia del desfile. Los exsoldados iban de uniforme. Cuando el desfile pasó por delante del local del sindicato sin detenerse, los leñadores que estaban dentro respiraron a gusto. Alguien silbó con los dedos en la boca. Alguien gritó:
—¡Adelante! ¡A por ellos, muchachos!
Y los exsoldados corrieron hacia la sede de los wobblies. Tres hombres echaron la puerta abajo. Un rifle disparó. Los rifles tableteaban en las colinas situadas detrás del pueblo, tronaban en la parte de atrás del local
»


Relata Dos Passos que Wesley Everest se ve obligado a disparar a los asaltantes antes de huir, junto a otros miembros del sindicato, perseguidos por la multitud. «Wesley Everest corrió hacia el río y empezó a vadearlo. Cuando el agua le llegó a la cintura se detuvo y dio media vuelta.
Wesley Everest se volvió para plantar cara, con una extraña sonrisa pacífica, a la multitud que le perseguía. Había perdido el sombrero y le goteaba agua y sudor de los cabellos. Se le echaron encima.
—¡Atrás! -gritó-. Si hay policías en el grupo me entregaré.
La multitud estaba ya sobre él.

[…] Disparó cuatro veces, después se le encasquilló el arma. Manipuló el gatillo y disparó hacia una de las personas que se encontraban en primera fila y la mató. Esa persona era Dale Hubbard, otro exsoldado, sobrino de uno de los grandes madereros de Centralia. Después tiró el arma vacía y empezó a luchar con las manos. La multitud lo apresó. Un hombre le rompió los dientes con la culata de una escopeta. Otro trajo una cuerda. Una mujer se abrió paso a codazos entre la multitud y le puso la cuerda al cuello.
—No tienen agallas para colgar a un hombre en este día -les dijo Wesley Everest.
Lo llevaron a la cárcel y lo lanzaron sobre el piso
[..]»


Pero como «ser rojo en 1919 era peor que ser pacifista o alemán en 1917», la (desdichada) suerte del aserrador y sindicalista Everest ya estaba sentenciada. Aquella misma noche, la multitud, con la connivencia de las autoridades, asaltó, sin encontrar apenas resistencia, la prisión y se llevó a Wesley Everest, que fue torturado, mutilado, baleado y, finalmente, colgado de un puente en la madrugada del 11 de noviembre de 1919.


«La investigación judicial resultó ser un completo y macabro chiste. El juez del caso concluyó que Wesley Everest había escapado de la prisión, se había dirigido hacia el puente sobre el río Chehails, se había atado una soga al cuello y había saltado. Como la cuerda era demasiado corta, había tenido que saltar de nuevo rompiéndose, en esta ocasión, el cuello; además, se había disparado un tiro.
Tras sentenciar que se trataba de un suicidio, los restos de Everest fueron introducidos en una caja y enterrados.

Nadie sabe dónde está sepultado el cuerpo de Wesley Everest, pero los seis leñadores que apresaron con él fueron inhumados en la penitenciaria de Walla Walla.»

Lejos del mar

“Río Guatizalema”: Archivo personal


Siete kilómetros abajo, por rutas casi imposibles donde se entrecruzan rocas de arenisca, huertos, acequias colmadas y barzales, llegan los senderistas a orillas del río Guatizalema, aguas calladas que avanzan lentamente acompañando los pies desnudos reafirmados entre guijarros que, apenas a diez pasos, se agitan y se hunden engullidos por la poza.

Wādī Salama [1], llamose el río cuando formaba parte de la kūrah [2] de Wasqa, en la al-Tagr al-Aqsa [3] de Al-Ándalus del Norte; Matapanizos, le decían, furiosos, los agricultores ribereños de La Hoya cuando el estiaje disminuía tanto el humilde caudal que asfixiábanse, deshidratados, los sedientos campos y huertos de sus orillas.


A la izquierda, entre las suaves lomas, se avista la línea de trincheras onduladas excavadas por el Ejército Republicano en la ofensiva a la ciudad de Huesca, con la peana pétrea desde donde José, el Nene, con una ametralladora Hotchkiss recalibrada a 7 mm, mantuvo a raya a un grupo de fascistas cuando el cerco a la capital altoaragonesa fue roto y las tropas de Franco tomaron, uno a uno, los pueblos de los alrededores, fieles a la República. Agotada la munición y gravemente herido, el Nene se deslizó hasta el Guatizalema y, arrastrándose por la orilla, consiguió llegar a una caseta de pastor donde fue encontrado por una cuadrilla de milicianos con los que, monte a través, y en condiciones espantosas, logró cruzar las líneas enemigas, siendo evacuado a un hospital de campaña. Refugiado en Francia, fue uno de los españoles que entraron, como libertadores, en París, ciudad en la que falleció, a la edad de treinta y siete años, a mediados de los años cincuenta.


Baja el Guatizalema, tranquilo y sin pretensiones, desde la Sierra Gabardiella, bordeado su último trecho de carrizos, matojos, gramas y erizones, embarrancándose, embalsándose y abriéndose, con sus aguas casi siempre mansas serpenteando hasta el tumultuoso Alcanadre, que lo acoge para recorrer juntos el tramo que desagua en el Cinca y, después, en el Ebro.

Queda lejos muy, muy lejos el mar.







NOTAS

[1] Literalmente, “Cauce o valle de los Salama”, en referencia al linaje Banu Salama, gobernadores de Wasqa (Huesca).
[2] División territorial de Al-Ándalus.
[3] Literalmente, “Marca o frontera extrema”. Era el nombre que recibían las divisiones administrativas y militares de Al-Ándalus del Norte.