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Posts Tagged ‘Huesca’

“Fascinación”: Archivo personal


Aguardan desde la noche, inmaculadas e impecablemente planchadas, las prendas albas  camisetas, pantalones, leggins—  formadas, cual escuadrón impoluto, en los respaldos de sillas y sillones; en el suelo laminado, dibujando una perfecta línea horizontal, deportivas y alpargatas con sus cintas verdes extendidas; en la mesita acristalada, las pañoletas triangulares reciben en su tejido esmeralda los primeros rayos del día.

La casa clarea; la gente despierta. La mampara de la ducha resiste los embates del agua y se apelotonan, en ordenado caos, los cuerpos que van y vienen de las habitaciones al baño y del baño al salón hasta despejar respaldos, suelo y mesita de las vestimentas de la fiesta.

Se vacía la casa. Queda, en el aire, el aroma a champú, a leche corporal, a colonia de moras… Y a albahaca.

[…]

El ambiente callejero viste de blanco y verde. En las atestadas terrazas comparten espacio gastronómico tazones de leche, cafés, carajillos, chupitos de pacharán, botas de vino, porrones de cerveza, jarras de sangría y calimocho, latas de refresco, cruasanes tostados untados con mantequilla y mermelada, huevos fritos, raciones de caracoles, longaniza, panceta y jamón y un variado etcétera de alimentos engullidos entre risas, charangas y voces, en placentero alboroto colectivo que, a las once y media de la mañana, asciende las espectaculares costanillas que desembocan en la plaza del Ayuntamiento.

[…]

Clama la plaza. Trompetas, trompetillas y bombos compiten con el griterío humano que ahuyenta a los gorriones que habitan en los árboles. Revolotea, agitada, Lorenza, la cigüeña añosa que tiene su nido en la catedral. Entonces, a las doce en punto, estalla el chupinazo y se eleva entre nubes de pólvora acompañado de un rugido humano que se expande y zarandea los sentidos.

Empieza la fiesta.

Anotaciones del 9 de agosto de 2019. Cuando nos creíamos a salvo de virus globales—.

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“La pajarica ferrosa”: Archivo personal


«[…]Hacia 1920 ganó Acín en Madrid por oposición la plaza de profesor de Dibujo de la Normal de Huesca.

[…]Como en la adjudicación de plazas del profesorado pueden elegir los que tienen los primeros números y Acín estaba clasificado después de tales primeros números, generalmente paniaguados y pelotilleros, temía que los clasificados en lugar preferente eligieran la plaza de Huesca y le dejaran sin ella. Su interés era quedarse de profesor en Huesca, donde tenía mucha vida de relación y amistades arraigadas, además de estar allí su madre y contar con la poca trepidación de la ciudad para trabajar con algún sosiego.

En los pasillos de la mansión destinada a cobijar a los opositores había una pequeña revolución.[…]

Yo puedo elegir tal y tal plaza  dijo uno de los primeros lugares de la clasificación. Entre otras plazas puedo elegir Huesca. ¿Qué tal será Huesca?

—Una calamidad  contestó Acín. Allí hay cuatro meses al año de nieve, y la ciudad vive en invierno metida en su capote blanco. Además, bajan los lobos del Pirineo y entran por las calles, comiéndose a las criaturas. Hay que organizar batidas muy serias… Un abuelo mío…

Lo que deseaba Ramón era que nadie quisiera ir a Huesca para que al llegarle el turno a él la plaza le cayera en las manos.

Así fue. Hizo colaborar a los lobos y a la nieve en su designio, consiguiendo el triunfo, quedándose finalmente en la ciudad sertoriana gracias a la ingeniosa manera de movilizar la fauna del Pirineo y las ráfagas de nieve.».-  Felipe Aláiz: Vida y muerte de Ramón Acín, editado en París en 1937.


Noventa y dos años de niñeces oscenses contempladas por ellas… Ellas, las Pajaritas  las Pajaricas de Ramón—  forja blanqueada, ternura erguida en la ciudad que amó  devoto cofrade de la militancia anarquista, de la libertad…—.  Huesca, casa y tumba del maestro.

Aladas Pajaricas que trinaron, en herrumbroso susurro, el nombre del artista asesinado.

Ramón, Ramón—, le decían al cierzo que despeinaba las peripuestas ramas de las coníferas.

Ramón, Ramón—, cuchicheaban a gorriones, jilgueros y lechuzas.

Remontan, ellas, Pajaricas de tantas infancias  en alado sueño—  un vuelo imposible hasta el homenajeado portal de Casa Ena, palacio de risas y penúltima estancia del horror avecinado; reculan, empujadas por el viento, hacia las afueras, hasta el camposanto donde memorizaron las revocadas tapias cada bala asesina y asiéntanse sobre el bajorrelieve ideado y esculpido por el propio Acín para el osario del cementerio oscense y que hoy señala su propia tumba.

Bajan la cabeza, quejumbrosas, las Pajaricas. Lagrimean sus compactos cuerpos dejando un rastro de orín y cardenillo en el pétreo cobertor del último lecho del maestro.


El 6 de agosto de 1936 fue vejado y asesinado el maestro Ramón Acín Aquilué. En la ciudad que tanto quería. El 23 de agosto pereció asesinada su esposa y amiga, Concha Monrás Casas, en una brutal saca que cercenó las vidas, en circunstancias horrendas, de cerca de un centenar de oscenses.





ANEXOS

  1. Huesca fue Granada: La muerte de Ramón Acín, de Víctor Juan.
  2. Hasta más allá de la muerte: El proceso de responsabilidades políticas contra Ramón Acín y Conchita Monrás en la Huesca de la Guerra Civil, de Nicolás Sesma Landrín.

NOTA

Edición actualizada de un artículo publicado en esta bitácora el día 23 de agosto de 2013.

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“Sombras en la pared”: Archivo personal


1

Los recuerdos que atesora del padre muerto lo conforman los artículos, cartas y libros que el celebrado autor dejó como legado  humilde y vago legado en aquel 1950, año de su muerte—  en manos de su editor, en tanto la tuberculosis sitiaba sus últimas semanas de vida; lejos del hijo, de aquel hijo tan ansiado por Eileen, su esposa, y él mismo; aquel a quien, angustiados ante la imposibilidad de engendrar un hijo biológico, habían adoptado en 1944.

Aquel deseado bebé de cuatro semanas recibió el nombre de Richard. Richard Horatio Blair, hijo de Eileen Maud Blair, née O’Shaughnessy, y Eric Arthur Blair, conocido como George Orwell (1903-1950).

Cuando Richard apenas tenía un año, falleció Eileen a consecuencia de las complicaciones derivadas de una operación de histerectomía. Orwell, cuya salud ya era precaria, pasó a ocuparse de su hijo  ayudado por unos parientes—  instalándose ambos en una granja de la isla de Jura, en Escocia, donde los recuerdos del Richard adulto le retrotraen a una infancia que él describe como “libre y maravillosa”, en contacto con la naturaleza y en compañía de un padre con el que compartía excursiones y cuya metodología pedagógica era la del aprendizaje a partir de los errores.

En 1949, tres meses antes de morir, Orwell contrajo matrimonio con Sonia Brownell, que se ocuparía del pequeño Richard y del legado de Orwell a la muerte del escritor. Pese al auge de la literatura orwelliana, ni Sonia Blair ni Richard, el hijo del escritor, gozarían de una economía saneada en los siguientes años. A la muerte de Sonia, en 1980, Richard se hizo cargo de todo lo concerniente a su padre, contando, posteriormente, con el apoyo de la Orwell Society, organización creada para promover el conocimiento del pensamiento y la obra del escritor.


2

Los orwellianos que se acercan a las históricas trincheras del Saso de Loporzano y Tierz, tan cerca  ay, tan cerca, tan cerca—  de aquella Huesca que las milicias republicanas del POUM soñaban con arrebatar, a sangre, fuego y muerte, de las zarpas de los involucionistas, no dejan de recordar aquella sugestiva ilusión, reflejada por Orwell en Homenaje a Cataluña, que impulsaba a aquellos hombres sucios, heridos, maltrechos:

«A cuatro kilómetros de nuestras nuevas trincheras, Huesca brillaba, pequeña y clara, como una ciudad de casa de muñecas. Meses atrás, cuando se tomó Siétamo, el general que mandaba las tropas del gobierno dijo alegremente:
      Mañana tomaremos café en Huesca.
No tardó en demostrarse que se equivocaba. Había habido sangrientos ataques, pero la ciudad no caía, y “mañana tomaremos café en Huesca” se había convertido en una broma habitual en todo el ejército. Si alguna vez vuelvo a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca».


Orwell dejó España en 1937, con la ciudad de Huesca cerrada a sus anhelos. Setenta y ocho años después, el 17 de mayo de 2015, Richard Horatio Blair, su hijo, ingeniero jubilado con residencia en el condado de Warwickshire, entró en la ciudad abierta, pequeña, luminosa y, tal vez con el primer sorbo de café, volvió a ver a su padre, al padre siempre joven de su niñez en la granja de Escocia, y gritó su pensamiento: “Va por ti, papá. ¡Salud!”.

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“Alberca”: Archivo personal


Como si no hubieran sido suficientes las prebendas y posesiones de que disfrutaban las Órdenes Militares por los servicios prestados, les legó el Batallador el reino con ligereza impropia de un hombre cabal”, argumenta Manuel, andarín, ex-bibliotecario y estudioso de la Historia de Huesca, cuando el exiguo grupo de caminantes echa a andar hacia la alberca de Cortés, con el familiar y modernista puente de San Miguel transformado en kilómetro cero de la marcha.

Pese a la temperatura  cero grados a las siete y trece de la mañana—  Manuel, que en agosto cumplirá setenta y ocho años, únicamente lleva un ligero chubasquero sobre una camiseta de manga larga, finos pantalones de loneta hasta los tobillos y, en los pies, sus sempiternas sandalias de tiras cruzadas y suela neumática; sin calcetines. Como si fuera inmune al frío. Dejando en evidencia a sus acompañantes  —con ropa deportiva térmica—  de los que, por edad, podría ser padre y, en algún caso, abuelo.

El grupo festonea la margen derecha del río Isuela al ritmo de las zancadas del hombre mayor que, de vez en cuando, reduce la marcha para trazar, señalando con las manos, una línea imaginaria en el paisaje, delimitando las antiguas posesiones eclesiásticas donadas por los sucesivos reyes aragoneses y las heredades de otros prohombres de la Corte medieval en una época donde una de las preocupaciones de los monarcas era mantener el flujo de agua necesario para regar las extensiones de cultivo oscense, ampliando los recursos hídricos que habían dado renombre a la agricultura con la red de acequias construidas cuando la ciudad era gobernada por los sarracenos.

En 1134, en virtud del testamento de Alfonso I el Batallador, los Hospitalarios, los canónigos del Santo Sepulcro y los Templarios se convierten en los herederos del Reyno, no renunciando a los derechos que les correspondían hasta el reinado de Petronila, casada con Ramón Berenguer y constituida ya la Corona de Aragón. A cambio de esa renuncia, las Órdenes Militares recibieron diferentes posesiones en el Reino de Aragón, que fueron incrementando a lo largo de los años. Con la caída de los Templarios, la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén se convirtió en la encomienda con más propiedades en Aragón y Cataluña, creándose la Castellanía de Amposta, desde la que se gobernaban las tierras y haciendas hospitalarias que, además, gozaban de privilegios y exenciones fiscales.

Y esta alberca de Cortés”, señala Manuel aspirando profundamente al detenerse frente a ella, “fue mandada construir a finales del siglo XV por Diomedes de Vilaragut, máxima autoridad de la Castellanía de Amposta, que tenía su sede, por concesión real, en el palacio de la Zuda de Zaragoza. La terminaron de construir allá por 1501 y la calcularon para que pudiera contener medio millón de metros cúbicos de agua. Y aunque el objeto de la misma era la traída de agua a Huesca, los primeros beneficiarios fueron los propios sanjuanistas, cuyas posesiones se extendían por toda esta zona. No eran lerdos, no”. Vuelve a aspirar, como si quisiera absorber todo el oxígeno del entorno.

En el centro de la alberca se mece una solitaria focha mientras lo que parece una cerceta común permanece en el carrizal inundado de la orilla, junto a una pareja de patos silvestres.


Se avistan desde el sendero el puente de San Miguel y el torreón del convento de las Miguelas. El Isuela baja silencioso y regresan los paseantes bordeando el cauce.
Son las diez menos veinte de la mañana. En el acceso peatonal del puente se despide y dispersa el grupo. Manuel cruza el paso de cebra, se vuelve a saludar con la mano desde la acera contraria y, a buen ritmo, prosigue su camino por el Paseo de Lucas Mallada.

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“La ciudad a pie de sierra”: Archivo personal


«El autorretrato de cada pueblo no está construido con piedras, sino con palabras habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él. La imagen que el pueblo hace de sí mismo es el sentido de su existencia».- John Berger


Hoy hace once años que nos abandonó definitivamente, dejándonos huérfanos de tanto, Manuel Benito Moliner (1958-2010), gran persona, médico, articulista, investigador etnológico y perseverante escrutador de la historia de Huesca, ciudad en la que nació y a la que amó y que, según sus propias palabras, “me ha sido esquiva y se ha mostrado conmigo altanera, yéndose con el primero que le soltaba un tópico”. Dos años antes de morir publicó Huesca: Álbum de adioses —cuya segunda parte vio la luz cuando ya había fallecido su autor—, un exquisito y evocador paseo literario por la historia de la ciudad a través de los edificios oscenses que las arremetidas del tiempo, la incuria y las especulaciones urbanísticas derruyeron y de los que únicamente un puñado de fotografías pobladas de grises y algunos cuadros de época han dejado constancia para el recuerdo y la rabiosa vergüenza ante los desmanes cometidos. “Quizá”, escribía Manolo Benito en el prefacio, “[la ciudad] al verse y leer su historia y los sentimientos que despierta, me mire a los ojos con sus cuencas de eterno escombro y me guiñe su última almena”. Y así, esa Huesqueta  término que, dicen, inventó un zaragozano para señalar el sempiterno ruralismo de la ciudad altoaragonesa, pero que los oscenses transformaron, con orgullo, en vocablo identitario  se muestra imperecedera y entrañable en la escritura de Manuel Benito, que recompone templos y hospitales, casonas y teatros, plazas, cárceles y fuentes, devolviéndolos, entre imágenes y palabras, a sus hechuras y emplazamientos y desempolvando viejas anécdotas e historias de gentes que dejaron su huella, e incluso su tragedia, en la ciudad provinciana.


Pero la ciudad, admirado Manolo, aunque tú ya no podrás comprobarlo, mostró, por fin, reciprocidad a tus amorosos desvelos, y allí están, soberbios, los edificios rehabilitados del que fuera antiguo matadero de principios del siglo XX, con sus fachadas con toques mudéjares y modernistas, el mismo viejo matadero que un día soñaste adecuar y convertir en museo vivo de etnografía y emblema de la cultura, y que lleva, desde hace cuatro años y con justicia, tu nombre: Centro Cultural Manuel Benito Moliner.


NOTA

Urbs Victrix Osca, Huesca, Ciudad Victoriosa, fue el nombre que dieron los romanos a la ciudad prerromana de Bolskan, actual Huesca.

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“Catedral de Huesca al cielo”: Kum111


Cuando sobre el mediodía del 26 de agosto de 1937, tropas de la IV Brigada de Navarra y de la italiana División Blindada Littorio, adscritas ambas al ejército sublevado contra la República, entraron victoriosas en la ciudad de Santander, los ecos de la conquista llegaron hasta Huesca, ciudad que había quedado en manos fascistas desde el inicio de la guerra. El jolgorio festivo de los afectos a Franco engalanó momentáneamente la capital oscense y una ruidosa pirotecnia se elevó a las nubes hasta que uno de los cohetes lanzados impactó contra el chapitel de madera emplomada que coronaba la torre del campanario de la magna catedral altoaragonesa, incendiándose y desmoronándose aquel y finalizando así, bruscamente, la celebración.

De tal guisa, con la torre sin remate, conocieron las siguientes generaciones el magnífico templo, relegada al olvido forzado la causa de tan irregular arquitectura. Pero hete aquí que, a mediados de este mes de diciembre, ochenta y tres años después de la accidentada pérdida del elemento ornamental catedralicio, el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Huesca presentó una enmienda a los presupuestos municipales proponiendo que el Consistorio de la ciudad se hiciera cargo de la reconstrucción del desaparecido chapitel que, argumentaba, fue destruido por la artillería republicana en el transcurso de la guerra.

Tan falaz afirmación, no se sabe si fruto de la ignorancia o del revisionismo histórico, ha producido más ruido, si cabe, que el cohete desviado que descabezó la vieja torre, y a la indignación, no exenta de chanzas, de quienes conocían la versión real de lo acontecido aquel agosto de 1937, han venido a añadirse las declaraciones del representante de Patrimonio de la Diócesis, que ha desmentido con pruebas documentales que la pérdida del chapitel se debiera a la intervención belicosa republicana sino a la suma de la fatalidad, la imprudencia y la nula destreza de algún falangista metido a pirotécnico chapucero.

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“La nieve de la memoria”: Archivo personal


En recuerdo de la Sublevación Republicana de Jaca (1930).


Lo único que lamento es no haber podido salvarte a ti, Ángel“, fueron las sentidas palabras del capitán Fermín Galán Rodríguez a su compañero de sublevación e infortunio, el también capitán Ángel García Hernández.

El Tribunal Militar acababa de dictar sentencia en el Acuartelamiento Pedro I de Huesca; en la misma se condenaba a ambos reos a ser pasados por las armas, por rebelión militar y sedición. Apenas unas horas después, en el polvorín del Camino Viejo de Fornillos, los dos Capitanes de Invierno —que así serían llamados—, separados unos diez metros el uno del otro, se enfrentaban, a cara descubierta, a los dos pelotones de ejecución.
¡Viva la República!
¡Viva la Libertad!

Sobre las tres y diez de la tarde del domingo, 14 de diciembre de 1930, el último proyectil que impactó en cada uno de los dos cuerpos inmolados ponía un falso punto final al sueño republicano de los dos capitanes, al de los setecientos efectivos, militares y civiles, que, a su mando, habían iniciado la marcha desde Jaca a Huesca por carretera y ferrocarril, y al de la ciudadanía que aborrecía la institución monárquica.

La aventura republicana, comenzada en Jaca a las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1930, apenas había durado treinta horas.

Cuatro meses después de los fusilamientos, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la II República Española. En el cementerio de Huesca, la hornacina de García Hernández  —en la parte católica—  y la tumba de Galán  —en la civil—, quedaron cubiertas por las flores que manos republicanas unieron a las depositadas por la esposa y la hija del primero y la madre y los hermanos del segundo.








NOTAS

  • En marzo de 1931 el Consejo Supremo de Ejército y Marina concedió a Carolina Carabias Castro, viuda del capitán Ángel García Hernández, una pensión de mil quinientas pesetas con efectos retroactivos.
  • Tanto la viuda de Ángel García como María Jesús Rodríguez Castañeda, madre de Fermín Galán, se significaron en la petición del indulto para el resto de los implicados en la Sublevación Republicana de Jaca, así como en la organización de actos para recabar ayuda para las familias de los soldados muertos en la confrontación.
  • Las familias de los capitanes fusilados fueron extraordinariamente consideradas públicamente tras la proclamación de la II República, no obstante, el gobierno no quiso atender la petición de traslado de los restos de los dos militares a Madrid ni se avino a depurar responsabilidades por las irregularidades que se dieron en el juicio que terminó con el fusilamiento de Galán y García Hernández.
  • El capitán José María Vallés Foradada, defensor de Galán y García Hernández, fue el encargado de deponer y detener, el 20 de julio de 1936, al alcalde democrático de Huesca, Mariano Carderera, que sería posteriormente fusilado. El capitán Vallés, posicionado junto a quienes se alzaron contra la II República, ofició de alcalde de la ciudad hasta diciembre de 1936.
  • La tumba del capitán Galán fue violentada por elementos fascistas tras estallar la Guerra (In)civil y no sería restaurada hasta los años sesenta.
  • El artista ácrata Ramón Acín Aquilué, amigo de Galán e implicado, también, en la asonada republicana, diseñó en 1932 un monumento conmemorativo que, con el título Mártires de la Libertad, iba a ser instalado en las escalinatas del emblemático paseo jacetano que hoy se llama de la Constitución. Nunca pudo llevarse a cabo. Acín, que proyectaba construirlo en el otoño de 1936, fue fusilado por los fascistas ese mismo verano. La maqueta en cartón [FOTO] del proyecto desapareció tras el asesinato del escultor oscense.







ANEXO


NOTA

Una primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 12 de diciembre de 2010.

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“Mientras la ciudad duerme”: Archivo personal


(…) Que por largo discurso de años (el rey) ha procurado la conversión de los Christianos Nuevos deste Reyno, haviéndoseles concedido Editos de gracia y otras muchas diligencias que con ellos se han hecho para instruyrlos en nuestra Santa Fe, y lo poco que ha aprovechado, pues cresciendo en su obstinación y dureza han tratado de conspirar contra su Real Corona (…) solicitando el socorro del Turco y de otros Príncipes, de quien se prometían ayuda (…). Y aunque por muy doctos y santos hombres se le avía representado la mala vida de los dichos Moriscos y quan offendido tenían a nuestro Señor, y que en consecuencia estava su Magestad obligado al remedio, assigurándole que podía sin escrúpulo castigarlos en las vidas y haziendas, porque la notoriedad y continuación de sus delictos y la pravedad y atrocidad dellos los tenían convencidos de hereges, apóstatas y proditores de lesa Magestad, divina y humana, y que por lo dicho podía proceder contra ellos con el rigor que sus culpas merecían. Pero que desseando su salvación, procuró reduzirlos por medios suaves y blandos, y aviendo entendido que no han sido de provecho, antes bien, que se preparavan para los susodichos y mayores daños (…), la razón de bueno y cristiano gobierno obligava en conciencia a su Magestad a expeler de sus Reynos y Repúblicas personas tan escandalosas, dañosas y peligrosas a los buenos súbditos, a su Estado y sobre todo de tanta offensa y deservicio de Dios nuestro Señor (…).- Extracto del “bando que el Excelentissimo Señor don Gastón de Moncada, marqués de Aytona, Lugarteniente y Capitán General en el presente Reyno de Aragon, ha mandado publicar, en nombre de la Magestad Catholica del Rey don Felipe Tercero Nuestro Señor, para la expulsión de los moriscos de dicho Reyno”.


Duerme la ciudad y marcha el paseante por la callejuela en pendiente dedicada a Ramiro el Monje y que, desde siempre, ha sido denominada la Correría; se detiene en el último tramo y contempla el final de la cuesta. Cierra los ojos unos instantes y cree escuchar un vocerío que procede de abajo, allí donde estuvo la Alquibla, una de las cuatro puertas de la vieja ciudad amurallada. Extramuros, la Morería, con los tenderetes mudéjares rozando el portalón que comunicaba a los cristianos conquistadores con los musulmanes oscenses desalojados del recinto protegido donde, como símbolo de su derrota, se alzaba, en lo más alto, la Católica Catedral que, durante cientos de años, fue la Gran Mezquita de la Wasqa sarracena.

Aljamas Reales, consideraron los monarcas aragoneses los barrios de la Morería y la Judería levantados a los pies de las murallas; Aljamas Reales con cuyos impuestos se pagaron guerras, monasterios, atavíos y fruslerías de las consortes reales aragonesas a quienes sus egregios esposos concedieron, en tiempos de paz, la prerrogativa de incluir en su peculio los sueldos jaqueses que moros y judíos estaban obligados a pagar a la Corona.

La aparente convivencia bien delimitada entre unos y otros  con los conatos habituales de agresión entre los miembros de las tres comunidades que, pese a todo, compartían cierto relajo en el trato en las Tahurerías—  sufrió un primer sobresalto con el Decreto de Expulsión de los Judíos que el propio Fernando el Católico  olvidada la tradicional protección que los monarcas aragoneses habían dado a las comunidades no cristianas de sus territorios—  se encargó de rubricar en 1492 y que sirvió de aviso a los mudéjares aragoneses, a quienes Carlos V, nieto del catolicísimo Fernando, obligaría, mediante la Pragmática de conversión forzosa, a elegir entre el bautismo o la expulsión en 1526.

Ochenta y cuatro años más conseguirían permanecer los mudéjares, convertidos en moriscos, en las afueras de esa Huesca que era su ciudad y la de sus antepasados. El 29 de mayo de 1610, y como consecuencia de la Rebelión de las Alpujarras y el temor a que los moriscos españoles terminaran aliándose con el Imperio Turco-otomano, fueron conminados a dirigirse fuera de territorio español. Se calcula en cerca de 60.000 los expulsados en Aragón  entre un 15% y un 20% de la población aragonesa.


Cuando el paseante retoma su camino por el empedrado de la Correría para alcanzar la inexistente puerta de la Alquibla, percibe, más en su imaginación que en su bulbo olfatorio, el aroma a albahaca; esa albahaca que los moriscos cultivaban en las huertas de la Morería y que, siglos después, sigue siendo enseña y fragancia de la ciudad que dejaron atrás.

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“La casilla”: Archivo personal


Cuando en 2007 entró en servicio la variante ferroviaria de la línea Zaragoza-Canfranc y se sacó la vía de la zona sur del casco urbano de Huesca, se acometió el derribo de las viejas casillas adyacentes a los pasos a nivel con barreras; la automatización de estas había dejado, años ha, en desuso aquellas familiares edificaciones levantadas con idéntico patrón que, en algunos casos, habían sido vivienda de los guardavías pero que, deshabitadas, se habían transformado en ruinosas construcciones que el tiempo y la desidia desmoronaban ante la indiferencia de los munícipes y algunas protestas de la ciudadanía.

Mejor suerte corrió la casilla próxima al cerro de San Jorge, en la ruta que lleva a la ermita de Loreto y que, durante años, fue el lugar de trabajo de la señora Nieves, la guardabarreras, que hizo de ella un lugar acogedor con su jardincito vallado y aquellas galletas de nata que la buena mujer ofrecía a las criaturas que se acercaban para saludar el paso del tren e inventar retahílas que musicaba el traqueteo rítmico del automotor. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, cantaban los niños. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, repetía el tren, que parecía carcajearse cuando el improvisado coro infantil apostado en el puente recitaba: ¿Por dónde pasa el tren? / ¡Por la vía! / ¡Anda, burrico, que ya lo sabía!

Algunos de aquellos niños y niñas son los adultos que muchas mañanas festivas caminan junto a la casilla rehabilitada y recorren la ruta del ferrocarril convertida en sendero cubierto de gravilla que la señora Nieves nunca pudo ver porque falleció muchos años antes. Son las mismas niñas y los mismos niños que, ya adolescentes y jubilada la guardabarreras, la visitaban en su casa, donde nunca faltaban las sabrosas galletas ni las rosas que aromaron la vieja casilla. Y aún hoy, tantos años después, recuerdan a Pocholín, el jilguero lugano de la ferroviaria emérita, que, cuando escuchaba a lo lejos el silbido del tren avisando de su inminente entrada en la ciudad, gorjeaba y se volteaba en su jaula mientras a los labios de las jóvenes visitas retornaba aquel Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro de la niñez.

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“Torreón del Amparo (Huesca)”: Archivo personal


Con la ciudad todavía aletargada y la prisa escondida, bajo los libros, en la mochila de piel oscura, emprende el caminante la lenta circunvalación de lo que antaño fuera la firme muralla. La de las noventa y nueve torres, o tal vez cien… La inexpugnable. La de los 1.938 metros perimetrales. La que durante siglos categorizó como invicta la ciudad protegida.


Desfallece la historia en los viejos sillares a tizón mandados construir por el valí de Wasqa, Amrus Ibn Umar, en el siglo IX y que, aun hoy, sustentan las paredes remozadas de las casas y las toneladas de tierra de los antiguos huertos. Y desafiando la indiferencia, el paso del tiempo y las fechorías urbanísticas, el superviviente torreón románico del Amparo, tozudamente erguido frente al río sobre su planta cuadrada, con las ménsulas de las desaparecidas almenas transformadas en reposadero de palomas cagonas.
Unos metros más al este, resistiendo como el solitario torreón, el arco adintelado en ladrillo —flanqueado por un cubo arquitectónico moderna y dolorosamente repintado— del último de los cuatro portones principales de entrada a la ciudad, la puerta de Montearagón [FOTO], sencilla y cariñosamente conocida como la Porteta, único vestigio de las cuatro aberturas señoriales las otras eran la Sicarta, la Alquibla y la Ramián que miraban a los cuatro puntos cardinales y permitían o cerraban, junto a otras tres puertas secundarias, el acceso a la ciudad que fuera disputada joya de los tuyibíes y muladíes descendientes de los Banu Salama, los Banu Sabrit y los Banu Amrus.


Acude a la memoria sosegada del caminante aquel rebelde épico, Bahlul Ibn Marzuq, que se alzó contra el gobierno central de Al-Ándalus, instigó la revuelta popular en Saraqusta y Wasqa y se autoproclamó cabecilla de un efímero reino independiente que llegó a ser reconocido por el mismísimo Carlomagno.

Piedras. Historia. Sombras que danzan entre las hierbas que se abren paso por las grietas del tiempo.

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