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Posts Tagged ‘Alto Aragón’

“Atmósferas”: Archivo personal


En tanto aún apacienta —extenuado— el otoño los meses umbríos, sestea —indolente— el invierno, entre pedrizas, barrancos y encinares.

Descienden —rudos y anhelosos— cinco goterones y medio al instante absorbidos por la arcilla meliflua que engrosa las suelas de las botas y obliga a gemelos y sartorios a probar su fortaleza entre las peñas forradas de verdín que acotan las estrecheces de la vereda silvestre.


Dance de cirros que pardean y viran vestidos con tutús blanquecinos bajo el telón añil que los custodia.


Clarea el lomo encrespado de la sierra y se bate el cierzo tibio contra hierbas, ramas y los cuerpos ágiles que, arrebozados en impermeables rojos, azules y anaranjados, incursionan —jadeantes— entre riscos porosos, vigilados por un ejército desmandado de nubes antojadizas.


Bajo el puente, reflejan las aguas mansas —tiernamente acribilladas por la lluvia— las figuras que recobran el aliento inclinadas sobre el pretil.


Al fondo, achaparradas a los pies del farallón donde resisten los buitres, se entrevén las primeras casas.

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“Flamas”: Archivo personal


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan»[1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos[2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará el próximo fin de semana, como hace cientos de años, la regocijada noche de los pueblos de la sierra de Guara, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.



NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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“Bronce romano (Museo de Huesca)”: Archivo personal


Urbs Victrix Osca [Huesca, Ciudad Vencedora], sería el nombre que darían los romanos a la Bolskan habitada por los suessetanos —de los que escribe Plinio el Viejo y cuya presencia confirman los restos prerromanos encontrados en la ciudad— y conquistada por el gran imperio unos doscientos años antes de la era cristiana.

El poblado de Bolskan —situado en un cerro rodeado por un foso de salagón, y regadas sus tierras por el lánguido Isuela, cuyas raíces hidronímicas, con pocas alteraciones, se remontan a cuatro mil años atrás— no solo terminaría adoptando el latín en detrimento de la lengua eusquérica propia, sino que, en los siete siglos de romanización, sería cuna de una de las cecas más importantes de Hispania, con monedas acuñadas en las que aparecen las tres denominaciones del poblado: Bolskan, Olskan y Osca. Pero, por encima de cualquier otra circunstancia, la Urbs Victrix Osca, la suessetana Bolskan, ha pasado a la posteridad por haber sido elegida como cuartel general y capital rebelde del político y militar Quinto Sertorio, que, enfrentado ferozmente a la República con un ejército compuesto por suessetanos de Bolskan a los que se obligó a luchar, terminó violentamente sus días en el año 72 a.C. a manos de su lugarteniente Perpenna, durante un banquete-celada celebrado en Bolskan/Osca, a cuenta de las victorias contra Metelo y Pompeyo.

La vida y andanzas de Quinto Sertorio hubieran tenido un efímero recorrido memorístico en la ciudad de Huesca si las mismas no hubieran sido recogidas por Plutarco en sus Vidas paralelas.

En el siglo XVII, un grupo de campanudos oscenses amantes de la cultura clásica descubrieron, en la biografía sertoriana de Plutarco, que Quinto Sertorio, amén de guerrear, fundó en Bolskan/Osca una Academia donde los hijos y parientes jóvenes de los suessetanos más notables se educaban a la manera griega y romana. Tan refinada escuela no era en absoluto una muestra de gratitud o condescendencia hacia los aborígenes, sino una nada sutil estrategia para mantener secuestrados a niños y jóvenes y obligar, de esta manera, a los suessetanos a integrarse y luchar en el ejército de Quinto Sertorio, de tal manera que, cuando las batallas no terminaban en victoria, el implacable gestor romano elegía a un grupo de alumnos de la Academia: Unos eran asesinados y otros vendidos como esclavos.

La crueldad de Quinto Sertorio con los jóvenes estudiantes de la antigua Bolskan no minó la admiración y el entusiasmo académico de aquellos sesudos oscenses del siglo XVII; al contrario. (Re)fundaron —en el mismo lugar donde se suponía que había estado ubicada la Academia y donde ya existía la universidad apadrinada por Pedro IV de Aragón en el siglo XIV— un ambicioso y bien proyectado centro docente universitario que, con el nombre de Universidad Sertoriana, alcanzó gran prestigio en España y Europa, hasta su supresión en 1845. Y se cuenta que, en el boca a boca, se aseguraba a los inscritos en la excelsa universidad oscense que en aquella Academia de la antigüedad, erigida por Quinto Sertorio y que había sobrevivido al asesinato de su fundador, había cursado provechosos estudios el mismísimo Poncio Pilato.

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“La jorguina”: Archivo personal


 

«¡Bruja, rebruja, requetebruja!», salmodiaba la chiquillería que rodeaba al falordiero[1] Agustín del Correo. Cinco veces entonaban la retahíla, que empezaba con un ininteligible bisbiseo hasta convertirse en chillido que Agustín detenía con una palmada. Entonces, sacaba de uno de los bolsillos de la zamarra O Librer[2], un misterioso libro forrado en papel colado gris perla —con incontables lamparones— que contenía, según refería el fabulista, los nombres de todas «as bruxas d’a redolada»[3], sus historias, dichos, pócimas y conjuros secretos. Años después, cuando falleció Agustín y sus entusiastas oyentes ya eran adultos, se descubrió aquel mágico librito en uno de los cajones de la cómoda de su alcoba. Se trataba de la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, de Miguel de Unamuno; actualmente se halla, con el manoseado papel que lo envolvía, en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, en la sección dedicada a brujería y fenómenos sobrenaturales, como póstumo homenaje a quien, indiferente a la historia real relatada por el eminente filósofo bilbaíno, lo convirtió en grimorio.


 

«El último Gran Aquelarre del año tenía lugar en Nochebuena», comenzaba Agustín del Correo, recorriendo con la mirada las caritas de aquel público que nunca se cansaba de escuchar tan repetida historia, a la que el cuentacuentos añadía siempre elementos nuevos. La chavalería, estimulada por la voz de Agustín, creía ver a Tía Eduvigis, la legendaria entendedera[4] del Barrio, aplicándose en rostro y axilas el ungüento de baba de sapo y néctar de amapolas majadas, sacudiendo su rama de sarmiento y subiéndose en ella para remontar, en la fría y oscura tarde noche decembrina, la Sierra de Sevil, sobrevolar el bosque de quejigos de Almazorre y aterrizar en el Puntón de Asba, lugar de encuentro de las brujas de la Sierra de Guara y aun de otras llegadas de localizaciones más alejadas.

Tía Eduvigis, que pasaba por bruja ante las autoridades eclesiásticas, no tenía tal reconocimiento entre las congregadas en Asba. Era, decía Agustín, una visitadora del aquelarre, una mujer sabia cuyos hechizos se concentraban en la magia blanca, pero, tan poderosa, que hasta el mismo diablo, admirado, la requería a su lado para debatir determinadas cuestiones. Las jorguinas la invitaban por el prestigio que suponía su asistencia y para contentar al demonio, que nunca perdía la esperanza de convertirla en leal vasalla.

En Asba, aquellas mujeres, la mayoría añosas y nada atrayentes, se metamorfoseaban en lozanas jovenzuelas que danzaban alrededor del Luzbel adolescente, hermoso, de cuerpo apenas hirsuto y extraordinaria melena caoba que la Luna hacía destellar imprimiendo reflejos en los cuerpos desnudos de las mujeres bailarinas. Solamente los pies del falso Adonis, en forma de pezuña de buco[5], señalaban su condición no humana.

«Nevaba cerca de la medianoche en el Puntón de Asba, entre contorsiones brujeriles, y se despedía la visitadora Tía Eduvigis de sus compañeras y del Patriarca del Averno…». Subida a la rama de sarmiento, la entendedera regresaba al Barrio a la hora exacta de la Misa del Gallo. El vecindario aguardaba; no la veían surcando montículos y tejados pero intuían su presencia. «A las doce, el portalón de la iglesia se abría sin mano humana que lo acompañara y entraba ella, Tia Eduvigis, transmutada en la gata Angunias, un espléndido ejemplar felino de espeso pelaje negro y con una característica inusual: los cuartos traseros y la cola eran tan blancos como la nieve que cubría la localidad. Cuando Angunias se acomodaba, solitaria, al fondo, bajo la pila bautismal, comenzaba la misa…». Nadie miraba atrás, pero a todos, incluido el anciano mosén[6], les reconfortaba saberla allí. Cuando, un tiempo después, Tía Eduvigis fue imputada como Adoradora del Maligno por la Iglesia y realizó el prodigio de su propia desaparición, la gata Angunias se volatilizó con ella. Ninguna de las dos volvió a ser vista jamás.




NOTAS

[1] En aragonés, cuentista, cuentacuentos.
[2] Id., El Librito.
[3] Id., las brujas de los alrededores.
[4] Id., mujer sabia, sanadora, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa y bien documentada entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.
[5] Id., macho cabrío.
[6] Id., sacerdote.

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“Preludio”: Archivo personal


Se descuelga cansina la niebla desde la gravera, cubriendo el meandro y el hayedo y desplazándose, untuosa, hacia la acequia, donde el cañizal mece la sutil consistencia de los imprudentes bisbitas que apresan los ávidos esmerejones.

Se desvanecen las lomas y las paredes fracturadas de la torre albarrana que, con sus pináculos de cuervos rientes acantonados, cela el congosto y las sensuales curvas de la sierra.

Fenece el sol, llagado por la bruma, y se deslíe el paisaje entre las foscas humedades que lo arropan.

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“Cumulus congestus”: Archivo personal

 

«Hoy tendremos vermú con solimán», aventuraba por lo bajo, el mediodía del lunes festivo, Nicolás de [Casa] Berches, acodado en la barra del bar del Salón Social, cuando Rafael de [Casa] Artero empezó a despotricar contra el belén de figuras de tela realizado en el taller de las Tejedoras[1] y dispuesto en el atrio de la iglesia. «Estas a misa ni se arriman, pero llevan al cura como cagallón por zequia[2]. Montar un belén con trapos, con las figuritas tan bonitas y antiguas que hay guardadas en la sacristía… Estas se nos picharán[3] en la boca y todos aguantando como calzonazos… Lo que es yo, no me voy a callar». Y conforme los parroquianos despejaban el mostrador y se aposentaban alejados del deslenguado, Rafael —con algún Martini de más— iba elevando la voz en tanto que algunas de las integrantes de la Asociación de Mujeres fingían que la perorata no iba con ellas tras haberles suplicado Josefo, el camarero, que, en atención a la clientela forana, no respondieran a las baladronadas, mientras intentaba, sin ninguna fortuna, que Rafael abandonara el establecimiento.

La intermediación de Josefo, —sabedor de que, pese a la palabra dada, las Tejedoras no tardarían en arrinconar a Rafael— quedó en suspenso cuando la señorita Valvanera, la vieja maestra, que llevaba un buen rato mirando y remirando los CDs y vinilos ordenadamente agrupados en la estantería, a la izquierda de la chimenea, colocó uno en el equipo de música y se escucharon, a toda potencia, los primeros compases de la versión de Labordeta de Crónica de Beremundo. El «hija de puta», tres veces repetido, de Rafael y las risas y aplausos de las acompañantes de la profesora jubilada se solaparon con la voz del cantautor.

Ninguno de los forasteros que se hallaban en el bar llegó a entender la desaforada reacción de Rafael de Artero y su precipitada huida hacia la puerta entre silbidos. Ùnicamente las personas vecinas del Barrio, presentes en el local, conocían el trasfondo de la canción y su uso como himno, más de diez años atrás, por quienes presentaron tenaz batalla ante la venta, por parte de Rafael, de varias hectáreas de prados y yerbales, incluida una chopera de titularidad pública, a una insaciable constructora que pretendía levantar una macrourbanización.

Casi dos meses y medio de protestas, sentadas, escaramuzas entre los conductores de la maquinaria y parte del vecindario, denuncias cruzadas, intervención de la Guardia Civil y paralización durante semanas de las obras —siempre con aquellas estrofas de Beremundo entonadas a cappella por las personas que se rebelaban contra el despropósito urbanístico— tuvieron como resultado la reducción drástica de más de la mitad del proyecto planificado por la constructora —que incidió también, de manera negativa, en la cantidad dineraria que debía percibir Rafael—, la indemnización por los destrozos en la chopera, la retirada de las denuncias contra los manifestantes, el fortalecimiento de la Asociación de Mujeres transformada en Junta Vecinal, la creación de una Agrupación de Electores y el fin de las ínfulas de potentado de Rafael. Aunque de aquel sucio barrizal ya seco se levanta, intermitentemente, una polvareda dialéctica de la que siempre sale emporcado, sin excepción, el que insistió en amasar el lodo.




NOTAS

[1] Nombre que reciben en el Barrio las integrantes de la Asociación de Mujeres.
[2] La expresión aragonesa “llevar a alguien como cagallón por zequia” se corresponde, en castellano, con “llevar a alguien cual mojón por el agua de una acequia“.
[3] En arag., mearán.

 

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“Tregua urbana”: Archivo personal


Callejear…


En la tienda de ultramarinos ofrecen cuadraditos irregulares de empanadico de manzana que la clientela deglute mientras aguarda el paquete de bacalao desecado, las sardinas rancias cuyo olor anula cualquier otro efluvio, los gruesos pepinillos en vinagre, los cucuruchos de orejones de albaricoque e higos secos o las diminutas cajitas de latón con una cantidad irrisoria y cara de hebras de azafrán. «No lo encontrarán de mejor calidad en ningún sitio», asegura, ufana, la tendera.


Deambular…


Chema, el librero, ensaya un remedo de enfado. «En menudos fregaos editoriales me metéis… Pero… ¡equilicuá!», dice. Y señala el ejemplar de Jenofa Juncal, la roja gitana del monte Jaizkibel, de Alfonso Sastre, que huelga, impecable, sobre el mostrador.


Garbear…


En la zapatería más concurrida no tienen el modelo de pikolinos que han encaprichado a Jenabou. «Si quieren, podemos pedirlos. Tardarán dos o tres semanas en llegar», indica la dependienta. «¿Ves, mamá…? Si me los hubieras comprado cuando te dije…», reprocha la niña.


Transitar…


Étienne aguarda en la cafetería; a su lado, varias bolsas de rafia y papel sepultan una de las sillas. Piden cuatro raciones de coca de setas edulis con cebolla caramelizada y patata. Rasga el sol la niebla decembrina y se divisan, al otro lado de la cristalera, los contornos de la fuente y las figuras abrigadas de los transeúntes.

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“Inolvidables”: Archivo personal


El viernes casi todo el vecindario y muchos turistas pasaron por la Sala Pepito de Blanquiador, en el Centro de Cultura Popular, para ver la exposición Con nombre propio, un singular muestrario fotográfico dedicado a los animales que, por diversas razones, dejaron su impronta entre las gentes del Barrio. La idea partió de las maestras de la Escuela Rural que, secundadas por el alumnado, llevaron a cabo un proceso de investigación, recopilación y selección del material aportado por algunas Casas de la localidad.

La muestra se compone de ochenta y siete fotografías de diferentes tamaños, cada una con una leyenda anexa; algunas de las imágenes de mayor valor artístico fueron tomadas por monsieur Lussot, fotógrafo profesional de nacionalidad francesa, ya fallecido; enamorado de la Sierra de Guara, visitaba regularmente estas tierras, que documentó y fotografió y cuyo archivo donó a la Asociación de Mujeres, amén de regalar a muchos particulares —“mis convecinos”, los llamaba él— imágenes de la vida cotidiana del Barrio, incluidos sus animales.

En una de las fotografías de monsieur Lussot, Bascués, la recordada cigüeña cuyo nido ocupa ahora su congénere Meterete, levanta el vuelo desde la margen nevada del río, llevando en su pico dos culebras que parecen retorcerse con el vano afán de liberarse; en otra, realizada en los años ochenta, aparece, señorial, el Bustillo, un galgo que llegó, herido y solitario, al Barrio y terminó ocupando la leñera de la Escuela, convirtiéndose en cariñoso y leal compañero de la chiquillería; tras cinco años de presencia amigable en el recinto escolar, y mientras corría a la par del autobús que llevaba al alumnado camino de la playa, cayó bajo una de las ruedas traseras del vehículo, pereciendo en el acto. Los niños, que fueron testigos del fatal accidente, se negaron a proseguir el viaje y aquella frustrada excursión se transformó en una impresionante jornada de duelo que pocos adultos entendieron. El Bustillo fue enterrado en la rosaleda de la escuela; una enorme piedra arenisca, marcada con un corazón torpemente cincelado y que los años han desdibujado, señala el lugar donde reposan sus restos.

Pero, sin duda, las fotografías que más han emocionado al señor Juan, encargado voluntario de la apertura y cierre de la Sala, han sido las de Zaramandico, el burro que lo acompañó durante cuarenta y dos años y cuyas imágenes —la mayoría aportadas por la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que tanto disfrutó en la niñez de los paseos subida a lomos del animal y que, ya adulta, cuidó de su bienestar y le proporcionó una muerte dulce— presentan diferentes estampas de la vida del equino: engalanado y estiloso durante las fiestas de la localidad; trotando, juguetón, en compañía de la grey infantil; acostado en la hierba de su prado favorito; acompañando a los habitantes del Barrio en una de las manifestaciones de protesta por la reconversión de antiguos campos de cultivo en terreno urbanizable o la última, tomada apenas un mes antes de su muerte, luciendo una inmensa pajarita de terciopelo y posando, muy erguido, a la salida de la ermita, junto a la nieta del señor Juan, vestida de novia, el marido de esta y el orgulloso abuelo y padrino.

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Interruptio

“Gula”: Archivo personal


—Luisón, porfa… Cuando puedas, tráenos unas croquetas.
—¿Bacalao, boletus, jamón…?
—No, no. De las de pollo al chilindrón.
—De beber, ¿lo de siempre…?


Todas las mesas del cafetín están ocupadas y ellas se quedan, comprimidas, en el espacio reservado a los camareros, al lado de la pareja de la entidad bancaria que da cuenta, con envidiable voracidad, de las tostas con mermelada de uva y mousse de queso, gloria y especialidad del establecimiento. Cuando las chicas del salón de belleza se levantan de la mesa próxima a la puerta del office, se apresuran ellas a tomar el relevo adelantándose al auxiliar de la notaría y a la abogada de la aseguradora, que reculan, conformistas, mientras ellas se encogen de hombros, despejan parte de la mesa acumulando vasos y platillos en una esquina y se acomodan en las sillas dejando una a modo de perchero. Suenan la solitaria máquina tragaperras del fondo y los tenedores y cuchillos haciendo los honores al contenido de bandejas y platos, como bandas sonoras de las conversaciones de intensidad moderada de la familiar fauna que, en días laborables, consume su limitado tiempo de descanso en la céntrica cafetería.

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Puericia

“Rugosidades”: Archivo personal


El pequeño auditorio, ocupando las sillas colocadas en semicírculo al pie del entarimado, la escucha a ella, a quien antaño fuera su maestra, con el mismo arrobamiento que derrochaban, de estudiantes, en el aula escolar donde la señorita Valvanera salpicaba de anécdotas amenas cualquier materia de estudio. “…Y cuando lo nombraron Hijo Predilecto de Huesca, no pasarían de siete u ocho culturetas los que habían oído hablar de él y aún menos quienes habían leído alguna obra suya. Con lo socarrón que era en las distancias cortas, yo misma hubiera dado todo lo que tengo por saber qué pensaba Ramón en esos momentos”, concluye.

Sobre la tarima, algo desgastada y crujiente, aguardan siete ejemplares, fotocopiados y encuadernados con canutillo, de Guadaña al resucitado, la farsa de Ramón Gil Novales propuesta por la vieja maestra para la próxima Matinal de Teatro Leído, a celebrar el último sábado de diciembre antes de Nochebuena, y tres volúmenes impolutos de la novela Mientras caen las hojas, sugerida como lectura complementaria “para quienes deseen profundizar en un autor injustamente dejado de lado”.

Cuando la alocución da paso a la asamblea, las ideas bullen y se agitan en el frío recinto, dejando parvas estelas de vaho. “Se me ocurre qué música de transición podría ser la más adecuada”. “¿Y si el público pasa a ejercer de figurante?”. “Las sombras chinescas gustaron cuando representamos a Ionesco. Igual podríamos utilizarlas en esta”. “También podríamos proyectar escenas distorsionadas sobre una pantalla en medio del escenario, con los actores y las actrices leyendo en los laterales…


Poco a poco las palabras van edificando un escenario invisible donde el alborozado pueblo, recreado por Gil Novales, celebra la muerte natural del cacique y el nacimiento de la libertad. Hombres y mujeres jalean, brincan, sueñan, ajenos al nuevo oligarca, el sucesor desconocido, que llegará dispuesto a resucitar los tiempos oscuros de los que únicamente se liberarán con el homicidio —la guadaña contra el renacido aspirante a caudillo opresor—.

¡Guadaña! ¡Guadaña al resucitado!

Danza de nuevo la plebe magnicida, emancipada y exonerada, nacida de la capacidad creadora de Ramón Gil Novales que, poco condescendiente con las actitudes aviesas de quienes se han liberado del yugo, obliga a sus personajes a reconocer sus intenciones viciadas, sus componendas y su falta de escrúpulos —herencias del viejo amo— como penitencia liberadora para poder interiorizar, al fin, el significado genuino de la democracia. De la libertad.

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