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Posts Tagged ‘Alto Aragón’

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«Pasajul Victoriei (Bucarest)»: Archivo personal


Bajaba, renqueante, el señor Pedro de [Casa] Berches por el Pinar de la Fontaneta, apoyada la mano izquierda en su bastón de boj y la derecha en un viejísimo paraguas de pastor que, tiempos atrás, trocó su negritud original por un gris apelmazado y con manchurrones de óxido. “¿Qué, siño Pedro, lloverá…?”, le preguntaba, con indisimulada chanza, el paseante mañanero. “San Úrbez te oiga”, respondía el viejo mentando al santo de Nocito cuya momia, quemada por exaltados republicanos al inicio de la guerra (in)civil, fue, durante once siglos, reclamo de lluvias y opíparas cosechas y del que las gentes de la sierra siguen siendo devotas y pedigüeñas del icor celestial, ampliando las suplicaciones —por si un solo santo no fuera suficiente— al venerable titular de la ermita románica de San Martín de la Choca, de quien se cuenta que, hace años, hartos en Lecina de hacerle rogativas en vano, lo castigaron arrojando su talla al camino por donde la procesionaban, cayendo a los pocos minutos una tromba de agua fenomenal, con el subsiguiente desagravio al pobre santo embarrado, que recogieron, limpiaron y depositaron de nuevo en la ermita como si nada hubiera sucedido.


El señor Pedro —cuya casa es la actual depositaria de la arqueta que contiene un trozo de la rodilla de San Úrbez que un pastor le arrancó al cuerpo incorrupto del santo de un mordisco— tiene, como la mayoría de las personas añosas de la sierra de Guara, una religiosidad trufada de supercherías a la que añade el rito de portar, cuando arrecia la sequía, un destartalado paraguas por la circunvalación de los huertos y campos de cultivo, tal vez convencido de la atracción que puede llegar a ejercer el artilugio en las impolutas masas atmosféricas bañadas por la luminosidad solar.


¿No hay miedo, pues, a que me chipie [*], siño Pedro?”, le insistía, jocoso, el caminante. Y sonreía el viejo alejándose despacio en dirección al Barrio.








NOTA

[*] En aragonés, el verbo chipiar(se) significa mojarse, calarse.

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«La gata Tesela»: Archivo personal


En O Rinconer [*] de la Biblioteca del Centro de Cultura Popular y bajo el lema “Cuando papá y mamá eran chiquitajos”, la fotogénica y sociable gata Tesela se ha convertido en embajadora de la Literatura Infantil y Juvenil que antaño deleitó a las niñas y niños que, en el presente, son padres y madres, aún jóvenes, de las criaturas que dinamizan las aulas de los diferentes pueblos que componen el Colegio Rural Agrupado de la zona.

La iniciativa surgió la primavera pasada, cuando el grupo de seis niñas de 6º de Primaria de la escuela del Barrio realizó una encuesta entre los progenitores del alumnado para que señalaran —en un estadillo preparado por las bibliotecarias— los autores, autoras y títulos de libros infantiles que recordaban con mayor agrado.


Cuatro escritoras y ocho obras fueron mayoritariamente escogidas:

  • Un monstruo en el armario (1991) y Animales charlatanes (1983), de Carmen Vázquez-Vigo (1923-1918), uno de cuyos personajes es una gata culta y parlanchina representada, para la ocasión, por Tesela. Vázquez-Vigo, de origen argentino, fue madre de la actriz Verónica Forqué, a la que dedicó una deliciosa narración infantil, El libro de Verónica.
  • Arturo y Clementina (1976) y La historia de los bonobos con gafas (1976), de Adela Turin (1939-2021), historiadora del Arte italiana y escritora de referencia en coeducación que, en colaboración con la ilustradora Nella Bosnia, publicó en los años 70 una colección de cuentos infantiles caracterizados por ser pioneros en la denuncia explícita de los roles sexistas.
  • El misterio de los pueblos embrujados (2002) y Aventuras en el valle de Ordesa (2001), de Asun Velilla, autora zaragozana que, con su narrativa juvenil, recorre fantásticos enclaves de la geografía aragonesa convirtiéndolos en escenarios donde la pandilla de Juanón vive trepidantes aventuras.
  • Doña Pito Piturra (1987) y Las Tres Reinas Magas (1978), de Gloria Fuertes (1917-1998), literata excepcional y divertida moradora de las bibliotecas infantiles cuyas obras de teatro siguen representándose en la escuela del Barrio.


Con los datos recabados, Feli, Mercedes y Ángel, voluntarios de los turnos de biblioteca, han montado una exposición de animación a la lectura con un buen número de producciones de las autoras seleccionadas, tanto del fondo bibliográfico del Centro de Cultura Popular como de las bibliotecas escolares de aula, inaugurándose el primer sábado de septiembre con la presencia de la propia Tesela —la mascota que promociona el evento en dípticos y carteles repartidos por el Barrio y pueblos de los alrededores— de la que, dicen, aceptó sin un mal gesto las caricias y estrujamientos que pequeños y mayores le dedicaron.








NOTA

[*] En aragonés, El Rinconcito.

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«Dedo de Yenefrito»: Archivo personal


Pasan once minutos de las ocho y media de la mañana y el peculiar Tren de Alta Montaña El Sarrio inicia la ascensión de la pista forestal que conducirá a los once pasajeros, distribuidos en los dos vagones abiertos, de Panticosa al valle de la Ripera. “Es una pasada, mamá. Antes pensaba que el mejor tren de montaña era el de Artouste, pero me encanta este”, se entusiasma Jenabou, a la que el madrugón  —lleva en danza desde las cinco y media de la mañana—  no parece haberle afectado. El tractor reconvertido en locomotora serpentea lentamente por el camino de tierra, salvando el desnivel de más de mil quinientos metros de altitud, mientras se revela a los ojos del fascinado grupo un entorno resguardado de las ansias aniquiladoras humanas. Pura naturaleza del Pirineo axial, con espectaculares formaciones magmáticas a cuyos pies se extiende una frondosa flora donde los tímidos sarrios, junto a corzos y nutrias fluviales, tienen su edénico hogar.

Jenabou mira a su alrededor con ojos brillantes, palmotea, señala, conjetura qué animales observarán, ocultos en las vaguadas, el traqueteo del tren, y agradece el día soleado y con escasas nubes que le permite abarcar con la vista tan excepcional paisaje. Tras cincuenta y cuatro minutos de maravilloso recorrido, el tren arriba a las bifurcaciones senderistas que parten de la Ripera, un valle de origen glaciar en el que hace millones de años tuvo lugar una legendaria batalla entre los gigantes pétreos que, en la actualidad, inmóviles, presiden y dominan Panticosa y sus alrededores.


Cuenta la leyenda que, cuando las montañas pirenaicas tenían vida, dos familias de gigantes rocosos que se erguían sobre el balneario de Panticosa se disputaban el gobierno del lugar. La del Garmo Negro, que pasaba de los tres mil metros de altura, pretendía que la del Garmo Blanco, que no llegaba a esas dimensiones, acatara las órdenes de quien lo rebasaba en alzada, en contencioso que provocaba continuos rifirrafes de los que ni una familia ni otra salía victoriosa. Y aconteció que Argualas, hija menor del Garmo Negro, y Yenefrito, primogénito del Garmo Blanco, se enamoraron y decidieron huir al Rincón del Verde, en el valle de la Ripera, para vivir su amor lejos del enfrentamiento de sus parientes. Cuando la familia del Garmo Negro descubrió la defección de Argualas, marchó en su busca para darle su merecido a Yenefrito, en cuya defensa acudió la familia del Garmo Blanco. La batalla entre ambas familias fue pavorosa, como lo prueba la geomorfología actual del valle de la Ripera. La superioridad del Garmo Negro decantó la victoria y Yenefrito cayó herido de muerte. Antes de fenecer sepultado por la furia pétrea rival y, todavía agonizante en brazos de su amada Argualas, le prometió a esta que la esperaría siempre, alzando uno de sus dedos como símbolo del voto realizado. Y cuando los colosos de piedra perdieron la facultad de la vida y el movimiento, en Panticosa quedaron —montañas majestuosas e inertes para la eternidad— el Garmo Negro, Argualas y el Garmo Blanco. Y en el valle de la Ripera, el dedo de Yenefrito sobresaliendo de su propio túmulo.


Apeados del tren en el corazón del valle de la Ripera, les aguardan, todavía, algo más de cuatro horas de ruta pedestre en desnivel sinuoso, con el pico Tendeñera vigilando los pasos humanos y su coquetuela cascada haciendo de avanzadilla visual de todos los tesoros con los que toparse, entre ellos, el propio dedo de Yenefrito, cuyo avistamiento agiliza la marcha de Jenabou junto a un eufórico “¡Ya lo veo, mamá! ¡Ahí está Yenefrito!”. “Eh, eh, ve con cuidado, que te puedes resbalar y caer por la escarpadura”, le previene su madre. “Es grandioso, mamá, y aunque su historia sea un cuento chino yo me imagino su corazón debajo de mis pies, latiendo una chispita con el recuerdo de Argualas”. “Cuando volvamos hacia Panticosa, te señalaré dónde está el pico Argualas”, le dice Étienne. “¿Pero existe un pico Argualas?”, pregunta, sorprendida, la niña. “Por supuesto. Igual que existen los dos picos Garmos. Ahora los veremos”.

Hacen una parada en el ibón de Catieras y dan cuenta de los bocadillos que portaban en las mochilas mientras va agrisándose el cielo y se ven obligados a emprender el regreso a Panticosa entre pequeñas rachas de aire que vaticinan la llegada de la tormenta. La meteorología parece compadecerse de los andarines porque, pese a la amenazante tonalidad del cielo, la tromba de agua y granizo no se desata hasta que llegan al aparcamiento donde, a primera hora de la mañana, dejaron el coche.





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«En el epicentro»: Archivo personal


Se escuchaban el jueves, en la terraza, las voces de las Presas —que desbordan el libro de Tomasa Cuevas— desgranando, por bocas interpuestas, los horrores padecidos y, a la par, iban agrupándose, orondos y atezados, los nubarrones en aquelarre atmosférico, trayendo un viento insolente y férvido que envolvía a las tertulianas del fórum literario e inflaba el toldo rayado bajo el que todavía humeaba la tetera en la mesita de mimbre, junto a la caja de hojalata de las pastas. Fuera del rectángulo entoldado —que empezaba a gotear por las esquinas— se ensañaba el aguacero con el suelo de terrazo mientras Marís repetía la lectura de uno de los párrafos y ya no era su voz, sino la de Trinidad Gallego, la que sonaba, clara, en la terraza, con el mismo deje vehemente de Paz Azzati en los labios de Yolanda o el de Petra Cuevas, unos minutos antes, en los de Oroel. Y aquella terraza del ático enfrentada al Hospital San Jorge, con la ciudad debajo celada por las sierras de Gratal y Guara y la azabachada boina celeste descargándose sobre ella, tomó la apariencia de presidio saturado de féminas con la dignidad intacta, entre chinches, sarna, piojos, avitaminosis, hambre, gritos y hedores. Las tertulianas las vislumbraban a todas, jóvenes y viejas republicanas, cultas e iletradas, desaseadas y famélicas, sujetándose la moral desfallecida las unas a las otras, escupiendo el obligado canto del Cara Sol y cagándose en cada misterio del forzoso rezo del Rosario. Entretanto, María Sánchez Arbós, inconmensurable maestra vocacional, se abstraía de aquella realidad ominosa regresando con el pensamiento a la felicidad de la tiza y la esperanza del renacer de las aulas libres.


Y en el Rincón de la Ignominia, la otra, la carcelera; aquella María Topete Fernández (1900-2000) hierática, cruel, católica, monárquico-conservadora y aristócrata de medio pelo; brazo ejecutor del Glorioso Alzamiento, acumuladora de medallas al mérito represivo, fiel seguidora de las infames doctrinas de Antonio Vallejo-Nájera y más que sospechosa de haber hurtado niños y niñas a las madres presas.

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«Vida»: Archivo personal


Tornar a La Guarguera es atrapar retazos de los domingos veraniegos de la niñez en aquel automóvil de segunda mano que traqueteaba por el viejo puerto de Monrepós para detenerse en el horno de pan de Lanave, a por aquellas hogazas que acompañaban las costillas de ternasco deliciosamente turradas en la parrilla puesta sobre las brasas de la hoguera, cercada y bien dispuesta en el pedregal, a escasos pasos del río. Aún persiste en la memoria el aroma ahumado de la carne y el campanilleo de las risas juveniles por aquellas pistas de tierra y matorrales que sobrevolaban oropéndolas, zorzales, alcaudones, pardillos y algún martín pescador pendiente de los cangrejos, barbos y renacuajos que traveseaban, ajenos al peligro, entre las aguas, cerca del tejo abatido por un rayo.

Tornar a La Guarguera es volver a Aineto, aquel pueblo abandonado, como la mayoría de los que se localizan en esa zona, en el que, a principios de los ochenta, se establecieron un grupo de jóvenes de diversa procedencia que, con dos herramientas imprescindibles, ilusión y esfuerzo, lo reconstruyeron y lo devolvieron a la vida, siendo hoy en día la localidad más dinámica de La Guarguera, olvidadas ya las precarias condiciones en las que se vieron obligados a vivir aquellos primeros años.

Tornar a La Guarguera es recorrer con la vista la piedra enfoscada que conforma el Molino Escartín, antiguo molino harinero que da nombre al lugar. Junto a él, en 1937, instaló el ejército republicano un hospital de campaña para atender a los heridos en los combates contra los fascistas cerca de Sabiñánigo. Dos campos próximos sirvieron de cementerio que acogió los cuerpos de setenta y dos combatientes republicanos fallecidos. Dicho camposanto improvisado no solo fue preservado en décadas posteriores por los propietarios de las parcelas que, por respeto a los allí enterrados, jamás las laboraron, sino que gracias a ello los dos terrenos, hoy limpios y señaladas sus tumbas, forman parte de los Lugares de Memoria aragoneses.


De esa misma pedanía donde se halla el cementerio es originaria la familia de los conocidos hermanos oscenses Escartín Otín —uno de ellos, Michel, fue profesor de Historia del que suscribe y, ya jubilado, imparte cursos en la Universidad de la Experiencia; otro, Carlos, preside el Círculo Republicano de Huesca y otro más, Santiago, da nombre a un Centro Cívico oscense—, descendientes de los propietarios del molino, que, como se decía en Huesca, entre la malevolencia y la admiración, “llevan el republicanismo en vena”, afirmación que puede darse por cierta porque pasaron del franquismo a la democracia sin variar sus convicciones, leales a una idea que obligó a Jesús, otro de los hermanos Escartín, por entonces de poco más de veinte años, a salir subrepticiamente de Huesca, junto con otros dos jóvenes, y exilarse en Francia, allá por junio de 1975, eludiendo la redada llevada a cabo en la ciudad y saldada con la detención de treinta y cinco personas antifranquistas, de las que trece fueron encarceladas en la prisión de Torrero de Zaragoza, no recobrando la libertad hasta la amnistía que hubo tras la muerte del dictador.


Pero, sobre todo, tornar a La Guarguera es seguir el curso de apenas 40 kilómetros del río que le da nombre, el Guarga, y dejarse lamer por las limpísimas aguas que recorren ese valle trazado en cuestas donde crecen bojes, álamos, fresnos, chopos, pinos, que sirven de hábitat oculto a víboras, gatos monteses, corzos, jabalíes…


[…]


Tornar a La Guarguera, tenderse en la tierra, recrearse en los sonidos vivos del entorno y dejar fluir los recuerdos.



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«Artal»: Archivo personal


Lilit, la robusta felina [*] que comparte hábitat con tres mastines del Pirineo en los establos de la yeguada de monte de [Casa] Foncillas, observa —con mirada avizora—, desde la barbacana que separa el recinto caballar de la pedriza que lleva al azud, las evoluciones de Artal, uno de los gatitos de su camada. Mientras el resto de sus hermanos juguetean a los pies del muro que sirve de otero a su progenitora, él se aventura, a pasitos cortos, hacia las figuras humanas que, acuclilladas a escasa distancia, lo llaman tendiéndole las manos. Lilit, vigilante, tensa la cabeza cuando Jenabou acoge al pequeño Artal entre sus brazos, lo acuesta sobre el hombro y se deja mordisquear la oreja; entretanto, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, sentada en el suelo junto al murete y a la vista de Lilit, deposita entre sus piernas cruzadas la fiambrera con el guiso de pechuga de pollo y zanahorias que los gatitos husmean y van tomando, con delicadeza, de los dedos humanos, rozando suavemente la piel de la veterinaria con sus diminutos dientes de leche. Lilit, ya relajada, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea negra y da su anuencia para que Étienne y Jenabou, que ha dejado a Artal junto a sus hermanos, le acaricien el pecho y el cuello dibujándole surcos en el suave pelaje blanco. Cuando la gata madre ha dado también cuenta de su ración, Jenabou, Étienne y la veterinaria recogen los restos del festín, trasladan a los cachorrillos gatunos al otro lado del valladar y junto a Lilit, que abre camino con sus seis gatitos, se dirigen a los establos donde los imponentes perros mastines —tumbados bajo el porche de la entrada— continúan su sesteo tras echar un rápido y despreocupado vistazo de reconocimiento a los recién llegados.







NOTA

[*] Adscrita, como todos los gatos del Barrio, al Proyecto Michinos.

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Barranco de Forcos

«A glera d’Otal / Barranco de Forcos»: Archivo personal


«Cuando acabé Luna de lobos empecé a recorrer aldeas de Guadalajara, Soria o Segovia, y al final fui a Huesca, donde sabía que hay muchos pueblos abandonados; más de 300 en la zona de los Pirineos. Entrar en un pueblo abandonado me producía una inquietud muy especial, la emoción de la ruina. Pensaba: durante años la gente ha luchado aquí por salir adelante, se ha casado, ha tenido hijos, ha visto nacer y morir a los suyos, se ha peleado con el vecino… y solo queda un montón de ruinas y zarzas. Y me preguntaba qué sentiría el último que permaneció en la aldea, viendo cómo todo el mundo se marchaba. Esa es la idea de La lluvia amarilla; al final las novelas son preguntas a las que tienes que dar respuesta».- Julio Llamazares, en conversaciones con la periodista Ana Esteban.


Pese al calor que se abate sobre las tierras del Sobrepuerto, los matorrales y coníferas que festonean los alrededores del barranco del Forcos alivian el tórrido mediodía colmado de ensalada y empanadillas que los excursionistas comparten con la pareja de franceses que han pasado la mañana estudiando el terreno para emprender, al día siguiente, la Senda Amarilla [*]. “Por esta zona no pasa esa ruta”, les explica Marís sobre el mapa. “La teneís que empezar en este punto, donde está Oliván, ¿veis…? Y tenéis que ir por los desvíos de Susín y Berbusa hasta llegar a Ainielle. Ahora estáis en este punto, en Escartín, pero la senda por la que iréis se halla al otro lado del barranco y Ainielle queda como a una hora de donde estamos en este momento. Pero no me parece buena idea hacer una ruta como esa con el calor que hace estos días”.

Marchan los franceses y retornan los excursionistas al silencio y la modorra acunada por los murmullos del agua deslizándose por las paredes en flysch hasta la poza donde, nada más llegar, se dieron un baño ante tres ranas bermejas apostadas en la orilla.

Salvo Bergua, que todavía está habitado, el Sobrepuerto agrupa hasta nueve asentamientos humanos más que se vaciaron entre los años cuarenta a setenta; pueblos abandonados que, en muchos casos, todavía mantienen en pie las carcasas laceradas de sus edificaciones, escondiendo de las miradas de los senderistas sus interiores huecos y devastados. Algunos de sus antiguos moradores y descendientes aún se acercan, con el alma encogida, a desenterrar los fantasmas de los tiempos vividos, recordando los nombres de las Casas, de las eras, de los campos, para terminar componiendo en los labios, como si de una plegaria se tratara, el de su pueblo, al que nunca han dejado de pertenecer.

—Mi familia procede de Escartín.
—Yo nací en Oliván.
—Mi padre era de Basarán.
—Mi madre, de Cortillas.
—Yo soy de Otal.

Y revive el viejo Sobrepuerto humanizado con las voces que, con dolor y orgullo, lo reivindican.







NOTA

[*] Ruta senderista circular, con nomenclatura PR-HU-3, que sigue el trayecto Oliván-Susín-Berbusa-Ainielle y cuyo nombre, Senda Amarilla, es un homenaje a la novela de Julio Llamazares.

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«Donde ancla la brújula»: Archivo personal


«Para mí no existe la nación sino el territorio, y el mío es Aragón y a él me atengo».- Ramón J. Sender, en el prólogo de Los cinco libros de Ariadna.


La garlopa recorre la madera en pasadas cortas y ruidosas que dejan al aire las vetas enrojecidas. “Entonces, ¿lo harás?”, vuelve a preguntar la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio al hombre que trabaja, a horcajadas, sobre la tabla que va perdiendo, entre firmes raspados, los últimos vestigios de rugosidad.

Todo el calor vespertino parece acumularse en el pequeño taller en semipenumbra, entre gubias, escofinas y formones. Emil, con las manos desnudas cubiertas de polvo, coge la cartulina que la veterinaria ha dejado sobre el borriquete y contempla, de nuevo, el dibujo. “Puedo trabajarlo en fresno y avejentarlo, si quieres. O darle solo un par de capas de nogalina”. “No, no. No queremos que quede como un escudo antiguo… Yo te puedo ayudar con los realces. Lo que tú quieras… Serrar, barnizar… Y preparar los tintes vegetales si me explicas cómo…

Emil sujeta la cartulina con el escudo del efímero Consejo de Aragón en el tablero de corcho que hay colgado sobre la mesa de herramientas que preside la fresadora. “Cuántos sueños aserrados”, dice.


El 19 de noviembre de 2011, se presentó en Caspe, sede del antiguo Consejo Regional de Aragón durante la Guerra (In)civil, el único vestigio de la enseña que simbolizó la lucha por la libertad en el Aragón republicano: Un banderín, de unos 50×30 centímetros, supuestamente del automóvil utilizado por Joaquín Ascaso Budría, con los colores del Consejo —negro por la CNT, rojo por la UGT y el PCE y morado por la República— y un triángulo lateral con las barras aragonesas. En el centro, el escudo, con sus tres representativos cuarteles territoriales separados por la A de Aragón: Los Pirineos altoaragoneses, el olivo del Bajo Aragón y el Ebro de la provincia de Zaragoza.

«La cadena rota del cuarto cuartel, simboliza al nuevo y libre Aragón. Y coronando el escudo, un sol naciente, emblema del Aragón que brota sobre lo derruido por los enemigos de la libertad». [*]






NOTA

[*] Del periódico «Nuevo Aragón», en su edición del 22 de enero de 1937.

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«Pedregada»: Archivo personal


A poco más de media hora del comienzo de la función, se escucharon los golpes iniciales del granizo sobre el conglomerado de pizarra. Tornose el azul aciano del cielo en índigo mientras cientos de grumos inmisericordes, zigzagueantes y congelados, lapidaban el Barrio en brutal tamborrada durante los primeros diez minutos  quizás once— que, tras un amago de retirada, se repitió, en furibundas tandas de corta duración, hasta que el arcoíris señaló el fin de la tempestad.

Cuando expiró la arremetida atmosférica, el fenomenal cartel enmarcado en listones de cerezo  apenas protegido bajo la marquesina de la entrada—  que anunciaba la obra, ya solo era un guiñapo colgante que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio terminó de desprender entre dicterios dedicados a una fuerza invisible o, quizás, a sí misma, que durante trece años lo había preservado en su embalaje original en forma de tubo.


Ese cartel de 1’30×90 en papel satinado, con un fondo en tonos verdosos y pardos resaltando la imagen de un rinoceronte paticorto con el nombre del dramaturgo franco-rumano impresionado, en letras góticas doradas, en su parte superior, había formado parte de una remesa de cien —editados en Rumanía— que Marie-France Ionesco había obligado a desechar porque el nombre de su padre, Eugène Ionesco, había sido transcrito en su forma rumana —Eugen Ionescu— aquel otoño del año 2009 en que se celebraban diversos actos para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor. Ella misma, cual diosa omnipresente, había supervisado cada evento para evitar que Rumanía, país de origen de su progenitor, ondeara la nacionalidad balcánica del literato en detrimento de la francesa. «Estoy harta de que se exhiban los orígenes de mi padre. Él era francés; escribió en francés y vivió en Francia. Rumanía no tiene derecho a celebrar el centenario de mi padre como si de un compatriota se tratara. Que lo celebren si quieren, sí, pero como autor francés».


Igual tiene arreglo. Lo extendemos y, cuando se seque, se nos ocurrirá algo, le susurró Mercedes, directora de la versión adaptada de Rhinocéros, a la veterinaria, responsable de la iluminación y efectos especiales de la obra, cuando ya la sala empezaba a llenarse de público.




[A las ocho y media de una tarde prematuramente oscurecida, con los restos de la granizada blanqueando calles y jardines, se apagaron las luces, se iluminó la pantalla blanca y se vislumbraron tras ella las siluetas sombreadas de los dos personajes que iniciaban el primer acto. Cerca de la tarima del escenario, fuera de las miradas del público, tres inmensos rinocerontes recortados en grueso cartón ondulado aguardaban, en el suelo, su turno de aparición.]

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Embarcadero de Sopeira

«Embalse y embarcadero de Sopeira»: Archivo personal


Sentados en el embarcadero de Sopeira, con el Sol invicto calentándoles gorras y espaldas, sumergen los pies desnudos en el embalse. El agua fría les aguijonea las rozaduras como si un ejército de hambrientos pececillos garra-rufa, provistos de imponentes dentaduras, acometieran los magullados terminales de sus piernas, retirándose después, con el festín en las entrañas, a la par que sus víctimas hacen emerger los pies brillantes, rugosos y aliviados, para recorrer, descalzos, la pasarela, regresar junto a las mochilas y trocar las botas de treking por cómodas sandalias de suelas de goma y corcho. “Cada vez que pienso que tenemos que volver andando a Arén, se me doblan las piernas”, confiesa Manuel-Antonio a la entrada del restaurante Casa Pasé de Sopeira. “Bah, no lo pienses… ¿Qué son diez kilómetros con todo lo que hemos trotado entre ayer y hoy?”. “Por eso mismo lo digo, que ya tengo unos años y el cuerpo se resiente. Estoy que no doy más de mí”. “Bueno, mientras comemos, te descansas”.


Habían llegado a Benabarre siete días antes; oficialmente, para una inspección veterinaria de rutina en varias fincas ribagorzanas aragonesas que recorrieron y documentaron cada mañana de los cinco primeros días, en jornadas intensivas que los obligaban a comer a deshora y con escaso margen para el asueto. “El fin de semana, en vez de regresar, podíamos quedarnos y excursionar por la zona, que vosotros la conocéis pero yo no. ¿Os parece…?”, propuso Manuel-Antonio a sus compañeros.

El sábado, nada más despuntar la luz del día, viajaron hasta Montfalcó para iniciar la travesía más larga del Congosto de Mont Rebei, una maravilla natural cuya belleza compensó las durísimas horas de ascensión por entre rocas, pasarelas y un puente colgante abierto a una Naturaleza rocosa excepcional, cincelada por el agua, que puso a prueba su sentido del equilibrio y los dejó tan extenuados que, de vuelta en el coche y apenas terminados los bocadillos que habían llevado, se propusieron echar allí mismo una ligera cabezadita que se convirtió en siesta de más de una hora.

El domingo, tras un temprano desayuno, recogieron los equipajes del hotel de Benabarre y, pese al cansancio por los más de dieciséis kilómetros recorridos a pie el día anterior, se trasladaron a Arén para realizar, de nuevo caminando, parte de la Ruta de los Dinosaurios hasta los yacimientos de Blasi, dirigiéndose después, por el mismo medio de locomoción, al cenobio románico de Santa María y San Pedro de Alaón, cerca de Sopeira, pueblo en el que habían apalabrado la comida y del que, a media tarde, gracias a la amabilidad de unos trabajadores magrebíes que se dirigían a Vielha, salieron en una furgoneta que los depositó al lado mismo de sus propios vehículos, con los que, inmediatamente, emprendieron rumbo a la cotidianidad.

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