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Posts Tagged ‘paisaje’

“Tapizado de Otoño”: Archivo personal


Solo en el nacedero del río parece haberse aposentado el Otoño, pincelando el paisaje de rojizos, ocres y verdes agrisados proyectándose sobre el suelo forestal —acá arcilloso y húmedo, más allá compacto y pedregoso— en el que destacan los negros y brillantes excrementos de los cérvidos que marchan hacia el calvero donde, escondidos de miradas humanas, mostrarán sus ramificadas cuernas a la manada como preludio de la falsa batalla que antecede a la buscada cópula.

Se desparrama el agua del río que todavía no es río sobre las rutilantes piedras de la poza. Se intuye, entre los profusos y distintos acordes que el oído del caminante percibe próximos, el insistente resoplar de alguna criatura que espera, cobijada entre el ramaje del sotobosque, a que la presencia intrusa que desbarata la armonía del entorno yerga su cuerpo inclinado sobre el agua y abandone el hábitat que no le pertenece.


Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte y hasta de mi alma caen hojas, susurra, desde el libro preservado en el macuto, Pablo Neruda.

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“El vigía”: Archivo personal


Desde Gramapán aun con el inmisericorde cierzo arañando la silueta humana que pugna por mantenerse erguida, entre tembladeras y riesgo de descalabrarse rota el universo conocido alrededor de los sueños, cárcavas por donde reptan, traviesas, las ideas y se detiene, entre éxtasis voluntarios, el tiempo.

Vuelve la consciencia al cuerpo, frágil carcasa que el viento belígero embiste y zarandea mientras los pies impulsan pedaladas por la pendiente abrupta y se tinta el cielo de gris antes de arribar a la última curva donde se agrupan los escambrones.

Doce kilómetros más. Solo doce kilómetros.

Detrás quedan los viñedos, el olivo señero y la vieja pardina de Odina donde recreara Sender, reo del exilio, sus apócrifos sueños sin retorno.

Cinco kilómetros…

Anochece en la Sierra Niña [*] senderiana. Álzanse, protectoras, las primeras edificaciones; saludan los árboles del puente la familiar figura que, imparable, los bordea y rebasa.


(…) yo sé muy bien que todo lo que puede imaginar nuestra fantasía o nuestra razón está en la realidad, porque solo puede alcanzar nuestra capacidad de ensoñación aquellas cosas que están en el campo del cual hemos venido y dentro del cual nos movemos y del cual somos subsidiarios.Ramón J. Sender, MONTE ODINA (1980).


NOTA

[*] Nombre con el que se refería Ramón J. Sender a la Sierra de Guara.

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“Rojeces”: Archivo personal

 

Suben por el ribazo exageradamente distanciados los unos de los otros, embozados y en silencio, con el mismo sigilo de antaño, cuando, apenas rozando la adolescencia, rehuían al señor Rufino, el viejo cascarrabias de Casa Zerigüel, que dormitaba apoyado en el muro de piedras del huerto y se despabilaba, no bien percibía sus risas contenidas al otro lado del herbaje, para lanzarles toda suerte de improperios, a los que respondían con idéntica crudeza pero en voz muy baja, para evitar que los oídos del hombre recibieran el aluvión de lindezas y se precipitara hacia el pueblo, a incordiar todavía más a sus familias añadiendo los agravios verbales a las acostumbradas quejas que terminaban con la misma advertencia: “Si no los atáis corto y los cojo enredando en el pasto, les rompo el bastón en las costillas. Avisáus quedáis”. Y las madres y padres asentían sin hacer ningún comentario, porque el señor Rufino, desde que, según se decía en el Barrio, le había dado un mal aire, habíase vuelto intratable y cualquier tentativa de razonar con él era inútil.

Más de treinta años lleva Rufino de [Casa] Zerigüel muerto y enterrado y todavía lo recuerdan mientras depositan las mochilas en lo alto de la pendiente, sobre la tierra humedecida por la lluvia del día anterior, y dejan resbalar las miradas por el campo que las caprichosas semillas de las amapolas tomaron este año para su acomodo, embelleciéndolo; el mismo campo por el que, muchos años atrás, dejaban rodar los cuerpos, inmunes entonces al dolor y las magulladoras de los guijarros ocultos y dispersos entre el forraje, en carrera sin reglas y cuya meta se hallaba al final del suave desnivel del otro lado, a escaso metro y medio del lugar donde el señor Rufino aguardaba, sin dejar de maldecirles, con el grueso bastón en alto, dispuesto a cumplir una amenaza que, por la torpeza propia de la edad del hombre y la ligereza juvenil de sus escurridizas víctimas para esquivar las arremetidas, nunca se hizo efectiva.

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“Mallos de Riglos”: Fernando Cruz Bello


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils [*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río que lames el Reino de los Mallos e impulsas el futuro de sus gentes. Aquí estamos. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y celebrando contigo la victoria final contra quienes durante más de tres décadas pretendieron estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestros sueños.

Ayer, hoy, siempre: RÍOS VIVOS. PUEBLOS VIVOS.


ANOTACIÓN

[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

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“Colores del día naciente”: Archivo personal

 

Rellena la luz de estridencias cromáticas el hueco de la noche desterrada y siluetea las formas estáticas —agrupadas y dispersas— cubiertas con livianos pañolones oscuros que la claridad arranca no bien el Sol termina de asomar, envanecido, entre las almenas melladas del torreón ruinoso que se avista, como bajel encallado, en medio de un mar de carrascas. Danzan los pies en la engañosa soledad del último repecho conquistado por brotes de hierba rala, levemente tocada por el rocío nocturno. Cuando, en zancada postrera, accede el caminante al pelado copete donde, en ocasiones, huelgan las aves, se agitan, incómodos, los dos buitres leonados; se yerguen —inmensos— al borde mismo de la cornisa, sacudiendo los escasos plumones de las gorgueras y, silenciosos, con los picos ganchudos encarados al abismo y las alas desplegadas en arco, inician un vuelo lento y en espiral, advirtiendo, por fin, la abundante carroña recién esparcida al pie del despeñadero.

 

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“La trocha de las almendreras”: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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“Al pie del roquedo”: Archivo personal


Tres escalones de sedimentos —caprichosamente compactados y moldeados por centurias de arremetidas hídricas— llevan hasta la base del irregular roquedo calcáreo, de falda cuarteada, que rodean los barranquistas en primavera para acceder a la angostura desde donde se traslucen las pozas desbordadas del río que culebrea entre las rocas.

A escasa distancia de la cima de la masa pétrea, se templa al Sol el óxido acumulado en la escala ferrosa incrustada en la piedra, que facilita, sin apenas vibraciones, el ascenso hasta la cúspide limpia y plana. Jenabou, con las cuerdas del arnés fijadas por su madre a los anclajes del peñasco, saluda, henchida, a maman Malika, que contempla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás, a su hija y su nieta. «¡Descended ya, que me da vértigo veros!», les grita. Y una cascada de risas se precipita, anárquica, por la hollada mole.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

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“Atmósferas”: Archivo personal


En tanto aún apacienta —extenuado— el otoño los meses umbríos, sestea —indolente— el invierno, entre pedrizas, barrancos y encinares.

Descienden —rudos y anhelosos— cinco goterones y medio al instante absorbidos por la arcilla meliflua que engrosa las suelas de las botas y obliga a gemelos y sartorios a probar su fortaleza entre las peñas forradas de verdín que acotan las estrecheces de la vereda silvestre.


Dance de cirros que pardean y viran vestidos con tutús blanquecinos bajo el telón añil que los custodia.


Clarea el lomo encrespado de la sierra y se bate el cierzo tibio contra hierbas, ramas y los cuerpos ágiles que, arrebozados en impermeables rojos, azules y anaranjados, incursionan —jadeantes— entre riscos porosos, vigilados por un ejército desmandado de nubes antojadizas.


Bajo el puente, reflejan las aguas mansas —tiernamente acribilladas por la lluvia— las figuras que recobran el aliento inclinadas sobre el pretil.


Al fondo, achaparradas a los pies del farallón donde resisten los buitres, se entrevén las primeras casas.

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“Preludio”: Archivo personal


Se descuelga cansina la niebla desde la gravera, cubriendo el meandro y el hayedo y desplazándose, untuosa, hacia la acequia, donde el cañizal mece la sutil consistencia de los imprudentes bisbitas que apresan los ávidos esmerejones.

Se desvanecen las lomas y las paredes fracturadas de la torre albarrana que, con sus pináculos de cuervos rientes acantonados, cela el congosto y las sensuales curvas de la sierra.

Fenece el sol, llagado por la bruma, y se deslíe el paisaje entre las foscas humedades que lo arropan.

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