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Posts Tagged ‘paisaje’

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«Al otro lado de la celosía»: Archivo personal


Entre brumas que ascienden desde la superficie del agua, el embalse de La Peña, con sus espigones de rocas eocenas aún con las huellas del estiaje, mostrando la merma de su capacidad, y con las marcas de sus crecidas de antaño grabadas en sus orillas desteñidas.

El viejo pantano  —construido entre 1904 y 1913 y sustentado por los ríos Gállego y Asabón—   se diría que siempre estuvo allí, desempeñándose como estandarte; ora velando a las personas asesinadas en la (in)civil guerra que yacen en la única fosa no intervenida situada en sus inmediaciones, ora aguardando la mirada complaciente de los viajeros que cruzan con sus vehículos el angosto puente de estructura cerrada de hierro y acero [FOTO], levantados sobre el agua sus escasos doscientos metros de longitud con pilares de hormigón, y en cuyo final  —o su principio, según la dirección que se lleve—  abre sus desdentadas fauces un corto túnel excavado en la dura peña de caparazones calcáreos que da nombre al pantano y cuya humedad —convertida en puntual sirimiri— rezuma desde las horadadas paredes interiores que, en algunas partes, han sido colonizadas por el musgo.

La neblina que intercepta el alcance de la vista acaricia con sus gélidos tentáculos los rostros de los viajeros detenidos y apeados junto a la ermita de la Virgen de La Peña que, como el puente y el propio embalse, fue edificada en la primera década del siglo XX.

Del otro lado, paralelo al embalse y en sentido contrario al que han de seguir los transeúntes apostados en la ermita, sube hacia Jaca, renqueante, el familiar Canfranero, saludado por la presa de Carcavilla y las aguas bravas del Gállego, que dejan atrás la quietud de La Peña para acompañar, desde su lecho flanqueado por paredones revestidos de vegetación, el avance carretero de los viajeros hacia su destino, entre curvas y angosturas que obligan a moderar la velocidad.

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«Senderistas»: Archivo personal


Aprovechaba el Sol las zonas despejadas de arbolado para mostrar los últimos lances de su apenas ardiente poderío y laminar las envalentonadas dermis de los senderistas  —jóvenes y no tanto—  que apuraban el primer tramo del trayecto hasta Zulueta, buscando un otero con vistas al valle donde darse un respiro y acometer el tentempié que aguardaba, apretado, en las mochilas. “¡Allí!”, gritó alguien, señalando el suave promomtorio que se advertía a la izquierda de la senda que, a pocos metros, jalonaban, holgadas, las coníferas. Se sentaron, risueños y parlanchines, entre piedras y pinazas, sobre la tierra seca y agrietada.

Abajo, majestuoso en su anacronismo, el dieciochesco acueducto de Noáin [FOTO], modesto pariente neoclásico de aquellos de factura romana que alzaron los invasores venidos del Lacio sobre la Iberia antigua; convertido este, como aquellos, en joya arquitectónica restaurada y relevado, muchos años atrás, de su crucial servicio primigenio como abastecedor del agua de todas las fuentes públicas de Pamplona desde el manantial de Subiza, en las entrañas de la Sierra del Perdón.


Declarado Patrimonio Histórico, como Bien de Interés Cultural, en 1992 y tenaz sobreviviente a la reestructuración brusca del paisaje —en 1931, un constructor llegó a hacer una oferta de compra para derribarlo—, ni el abandono al que fue condenado durante años ni el ferrocarril ni la autopista ni las avenidas del río, que le cercenaron algún elemento, lograron desmoronar irremediablemente su probada solidez, conservando intactos 92 de los 97 arcos de piedra y ladrillo —de 18 metros de alzada los mayores— que lo componían cuando entró en uso el 29 de junio de 1790.

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Cabezo Castildetierra

«Cabezo de Castildetierra»: Archivo personal


Cruje la tierra hendida. Suenan bajo los pies la arcilla desmigajada y el polvo de lutitas del desierto bardenero. Se recrea la brisa invisible en el suelo poblado de margas en este territorio baldío donde destacan, singulares, los elevados cabezos desteñidos, imponentes formaciones esculpidas por el viento y los embates del agua, que recorren los ojos ávidos del caminante plantado en medio de la nada, custodiado por escorpiones ocultos y el vuelo circular de las rapaces.


Piensa el solitario andarín en Sanchicorrota, el molinero de Cascante convertido en bandolero allá por el siglo XV, que encontró refugio en las grutas horadadas millones de años atrás por el agua, desaparecida ya de este paisaje´de aspecto lunar en donde, perseguido como prófugo de la justicia por doscientos caballeros al servicio de Juan II de Aragón y Navarra, a quien el bandolero traía de cabeza, se acuchilló a sí mismo el corazón para no darles el gusto a sus enemigos de prenderlo vivo ni vejarlo públicamente. Y aunque su cadáver fue expuesto en Tudela como escarnio y aviso a los aldeanos que lo habían protegido, su nombre y sus acciones permanecieron en la memoria colectiva del pueblo llano con admiración y respeto. Cinco siglos después, otro hombre, Honorino Arteta, protagonizaría en esta misma depresión de las Bardenas Reales, reino de Sanchicorrota, una increíble gesta, desconocida durante décadas, convirtiéndose en el único superviviente y testigo de la matanza de Valcaldera.

El 23 agosto de 1936, Honorino y otros cincuenta y dos presos republicanos fueron trasladados en autobús de la cárcel de Pamplona a las Bardenas, cerca de la localidad de Cadreita, con la excusa de ser liberados pero, en realidad, para ser pasados por las armas. Dada la orden de fuego, Arteta, herido en las piernas pero decidido a luchar por su vida, consiguió huir junto a dos compañeros que no tuvieron su suerte y, alcanzados, fueron rematados allí mismo por los pistoleros falangistas. Honorino, pese a sus heridas, puso tierra de por medio y, en penosísimas condiciones físicas, con la ropa hecha jirones, descalzo y con alguna ayuda prestada por pastores y campesinos bardeneros que compartieron su comida con él y no lo delataron, se mantuvo escondido cerca de tres meses en las Bardenas Reales hasta que decidió poner rumbo a la frontera francesa. Ayudado por un grupo de cazadores franceses, recaló en el hospital de Mauléon-Licharre y, tras recuperarse, se trasladó a Barcelona para ponerse al servicio de la República. Combatió con la Columna Ascaso en la ofensiva contra Huesca, con la idea de continuar hasta Pamplona una vez conquistada a los fascistas la ciudad oscense. Al fracasar la toma de la capital del Alto Aragón y disolverse la Columna, regresó a Francia, país en el que permaneció exiliado hasta su muerte, en 1978.



Chasca la tierra hollada. El cabezo de Castildetierra contempla, desde su cúspide de arenisca compactada, al caminante que, tras dar cuenta de un bocadillo y vaciar un botellín de agua sentado a la sombra de una covacha en forma de hornacina, se yergue y vuelve a ponerse en marcha, sin prisas, con el Sol otoñal destelleando en las chapas que ornamentan su gorra naranja.

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«Con la primera luz del día»: Archivo personal


Enlazan con el desvío a velocidad moderada, con la lección de prudencia bien aprendida desde aquella vez que, acelerados, acabaron con las dos ruedas delanteras del Land Rover lamidas por las aguas rebosantes del canal y el susto crepitándoles en los esternones. Cuando Pablo, el de la grúa, los remolcó hasta el taller de Ventura y marcharon al bar porque el mecánico les dijo que aquello era “poca cosa y en un par de horas os lo dejo listo”, la socarronería lugareña acompañó a los pinchos de tortilla y los cafés que Martina, la dueña, no les cobró, tal vez compadecida del pitorreo de que fueron objeto. Tardaron más de medio año en volver a pisar el bar de Martina, el mismo tiempo que estuvieron evitando el camino del canal, pero no hubo más remedio que retomarlo cuando la carretera comarcal estuvo en obras hasta bien entrado el otoño y el desvío del canal, con el asfalto fulgurante e inseguro de las primeras heladas, se convirtió en el único paso viable para acceder a las distintas granjas que les correspondía visitar.


A las siete y seis de la mañana, con la luz natural aún entre tinieblas, recalan en el bar de Martina cuando la mujer acaba de encender la cafetera y las luces interiores. “Si tenéis tiempo, voy a freír unos buñuelos y os los pongo para que os los llevéis”, les dice. Buena gente, Martina; más cerca de los sesenta que de los cincuenta, desparejada, afable y muy trabajadora. La mujer de Andrés, el tozinaire [1], les contó que Martina anduvo ennoviada cerca de quince años con uno del pueblo, “el más gandul de la redolada”, les explicaba, al que ella terminó dando puerta “y andan los dos solteros, cada uno en su casa, ella muy apañada con el bar y a él bien se le vale de su cuñada, que le hace la comida y le lava la ropa, inútil de él”. Y todo ello lo recitaba, como si nada, mientras Manuel-Antonio, chapoteando en mierda, sujetaba como podía a una cerda descomunal a la que la veterinaria palpaba las ubres, bulbosas e infectadas, sin que la escena, nada propicia para confidencias, detuviera el parloteo de la mujer.


Regresan a la carretera con el aroma anisado de los buñuelos impregnando agradablemente el vehículo y el escarceo de la lluvia, finísima, apenas dejando huella en el parabrisas. A un lado y otro del camino, los campos de cultivo, frutos del empeño por convertir el desierto en inusitado vergel, alternan con achaparradas ripas [2], farallones de arenisca, secarrales pedregosos y pequeños agrupamientos de sabinas albares que, en época romana, eran tan abundantes y oscurecían tanto el paisaje que estas tierras, presididas por la sierra de Alcubierre, fueron llamadas Montes Negros, entorno, en el siglo XIX, de las correrías de Mariano Gavín Suñén, el bandido Cucaracha, realidad transformada en mito, héroe de los monegrinos pobres y terror de los pudientes, idealizado robinhood de este territorio estepario donde se rodaron Jamón, jamón y La marcha verde, y en el que, a menos de diez kilómetros del desvío del canal por donde transita el Land Rover, se levantan, entre dunas, jaimas bereberes junto a las que pasean, indolentes, cuatro o cinco camellos para alborozo de los turistas.







NOTAS
[1] En arag., criador de cerdos.
[2] En arag., cerro terroso.

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«Dedo de Yenefrito»: Archivo personal


Pasan once minutos de las ocho y media de la mañana y el peculiar Tren de Alta Montaña El Sarrio inicia la ascensión de la pista forestal que conducirá a los once pasajeros, distribuidos en los dos vagones abiertos, de Panticosa al valle de la Ripera. “Es una pasada, mamá. Antes pensaba que el mejor tren de montaña era el de Artouste, pero me encanta este”, se entusiasma Jenabou, a la que el madrugón  —lleva en danza desde las cinco y media de la mañana—  no parece haberle afectado. El tractor reconvertido en locomotora serpentea lentamente por el camino de tierra, salvando el desnivel de más de mil quinientos metros de altitud, mientras se revela a los ojos del fascinado grupo un entorno resguardado de las ansias aniquiladoras humanas. Pura naturaleza del Pirineo axial, con espectaculares formaciones magmáticas a cuyos pies se extiende una frondosa flora donde los tímidos sarrios, junto a corzos y nutrias fluviales, tienen su edénico hogar.

Jenabou mira a su alrededor con ojos brillantes, palmotea, señala, conjetura qué animales observarán, ocultos en las vaguadas, el traqueteo del tren, y agradece el día soleado y con escasas nubes que le permite abarcar con la vista tan excepcional paisaje. Tras cincuenta y cuatro minutos de maravilloso recorrido, el tren arriba a las bifurcaciones senderistas que parten de la Ripera, un valle de origen glaciar en el que hace millones de años tuvo lugar una legendaria batalla entre los gigantes pétreos que, en la actualidad, inmóviles, presiden y dominan Panticosa y sus alrededores.


Cuenta la leyenda que, cuando las montañas pirenaicas tenían vida, dos familias de gigantes rocosos que se erguían sobre el balneario de Panticosa se disputaban el gobierno del lugar. La del Garmo Negro, que pasaba de los tres mil metros de altura, pretendía que la del Garmo Blanco, que no llegaba a esas dimensiones, acatara las órdenes de quien lo rebasaba en alzada, en contencioso que provocaba continuos rifirrafes de los que ni una familia ni otra salía victoriosa. Y aconteció que Argualas, hija menor del Garmo Negro, y Yenefrito, primogénito del Garmo Blanco, se enamoraron y decidieron huir al Rincón del Verde, en el valle de la Ripera, para vivir su amor lejos del enfrentamiento de sus parientes. Cuando la familia del Garmo Negro descubrió la defección de Argualas, marchó en su busca para darle su merecido a Yenefrito, en cuya defensa acudió la familia del Garmo Blanco. La batalla entre ambas familias fue pavorosa, como lo prueba la geomorfología actual del valle de la Ripera. La superioridad del Garmo Negro decantó la victoria y Yenefrito cayó herido de muerte. Antes de fenecer sepultado por la furia pétrea rival y, todavía agonizante en brazos de su amada Argualas, le prometió a esta que la esperaría siempre, alzando uno de sus dedos como símbolo del voto realizado. Y cuando los colosos de piedra perdieron la facultad de la vida y el movimiento, en Panticosa quedaron —montañas majestuosas e inertes para la eternidad— el Garmo Negro, Argualas y el Garmo Blanco. Y en el valle de la Ripera, el dedo de Yenefrito sobresaliendo de su propio túmulo.


Apeados del tren en el corazón del valle de la Ripera, les aguardan, todavía, algo más de cuatro horas de ruta pedestre en desnivel sinuoso, con el pico Tendeñera vigilando los pasos humanos y su coquetuela cascada haciendo de avanzadilla visual de todos los tesoros con los que toparse, entre ellos, el propio dedo de Yenefrito, cuyo avistamiento agiliza la marcha de Jenabou junto a un eufórico “¡Ya lo veo, mamá! ¡Ahí está Yenefrito!”. “Eh, eh, ve con cuidado, que te puedes resbalar y caer por la escarpadura”, le previene su madre. “Es grandioso, mamá, y aunque su historia sea un cuento chino yo me imagino su corazón debajo de mis pies, latiendo una chispita con el recuerdo de Argualas”. “Cuando volvamos hacia Panticosa, te señalaré dónde está el pico Argualas”, le dice Étienne. “¿Pero existe un pico Argualas?”, pregunta, sorprendida, la niña. “Por supuesto. Igual que existen los dos picos Garmos. Ahora los veremos”.

Hacen una parada en el ibón de Catieras y dan cuenta de los bocadillos que portaban en las mochilas mientras va agrisándose el cielo y se ven obligados a emprender el regreso a Panticosa entre pequeñas rachas de aire que vaticinan la llegada de la tormenta. La meteorología parece compadecerse de los andarines porque, pese a la amenazante tonalidad del cielo, la tromba de agua y granizo no se desata hasta que llegan al aparcamiento donde, a primera hora de la mañana, dejaron el coche.





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«Vida»: Archivo personal


Tornar a La Guarguera es atrapar retazos de los domingos veraniegos de la niñez en aquel automóvil de segunda mano que traqueteaba por el viejo puerto de Monrepós para detenerse en el horno de pan de Lanave, a por aquellas hogazas que acompañaban las costillas de ternasco deliciosamente turradas en la parrilla puesta sobre las brasas de la hoguera, cercada y bien dispuesta en el pedregal, a escasos pasos del río. Aún persiste en la memoria el aroma ahumado de la carne y el campanilleo de las risas juveniles por aquellas pistas de tierra y matorrales que sobrevolaban oropéndolas, zorzales, alcaudones, pardillos y algún martín pescador pendiente de los cangrejos, barbos y renacuajos que traveseaban, ajenos al peligro, entre las aguas, cerca del tejo abatido por un rayo.

Tornar a La Guarguera es volver a Aineto, aquel pueblo abandonado, como la mayoría de los que se localizan en esa zona, en el que, a principios de los ochenta, se establecieron un grupo de jóvenes de diversa procedencia que, con dos herramientas imprescindibles, ilusión y esfuerzo, lo reconstruyeron y lo devolvieron a la vida, siendo hoy en día la localidad más dinámica de La Guarguera, olvidadas ya las precarias condiciones en las que se vieron obligados a vivir aquellos primeros años.

Tornar a La Guarguera es recorrer con la vista la piedra enfoscada que conforma el Molino Escartín, antiguo molino harinero que da nombre al lugar. Junto a él, en 1937, instaló el ejército republicano un hospital de campaña para atender a los heridos en los combates contra los fascistas cerca de Sabiñánigo. Dos campos próximos sirvieron de cementerio que acogió los cuerpos de setenta y dos combatientes republicanos fallecidos. Dicho camposanto improvisado no solo fue preservado en décadas posteriores por los propietarios de las parcelas que, por respeto a los allí enterrados, jamás las laboraron, sino que gracias a ello los dos terrenos, hoy limpios y señaladas sus tumbas, forman parte de los Lugares de Memoria aragoneses.


De esa misma pedanía donde se halla el cementerio es originaria la familia de los conocidos hermanos oscenses Escartín Otín —uno de ellos, Michel, fue profesor de Historia del que suscribe y, ya jubilado, imparte cursos en la Universidad de la Experiencia; otro, Carlos, preside el Círculo Republicano de Huesca y otro más, Santiago, da nombre a un Centro Cívico oscense—, descendientes de los propietarios del molino, que, como se decía en Huesca, entre la malevolencia y la admiración, “llevan el republicanismo en vena”, afirmación que puede darse por cierta porque pasaron del franquismo a la democracia sin variar sus convicciones, leales a una idea que obligó a Jesús, otro de los hermanos Escartín, por entonces de poco más de veinte años, a salir subrepticiamente de Huesca, junto con otros dos jóvenes, y exilarse en Francia, allá por junio de 1975, eludiendo la redada llevada a cabo en la ciudad y saldada con la detención de treinta y cinco personas antifranquistas, de las que trece fueron encarceladas en la prisión de Torrero de Zaragoza, no recobrando la libertad hasta la amnistía que hubo tras la muerte del dictador.


Pero, sobre todo, tornar a La Guarguera es seguir el curso de apenas 40 kilómetros del río que le da nombre, el Guarga, y dejarse lamer por las limpísimas aguas que recorren ese valle trazado en cuestas donde crecen bojes, álamos, fresnos, chopos, pinos, que sirven de hábitat oculto a víboras, gatos monteses, corzos, jabalíes…


[…]


Tornar a La Guarguera, tenderse en la tierra, recrearse en los sonidos vivos del entorno y dejar fluir los recuerdos.



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Embarcadero de Sopeira

«Embalse y embarcadero de Sopeira»: Archivo personal


Sentados en el embarcadero de Sopeira, con el Sol invicto calentándoles gorras y espaldas, sumergen los pies desnudos en el embalse. El agua fría les aguijonea las rozaduras como si un ejército de hambrientos pececillos garra-rufa, provistos de imponentes dentaduras, acometieran los magullados terminales de sus piernas, retirándose después, con el festín en las entrañas, a la par que sus víctimas hacen emerger los pies brillantes, rugosos y aliviados, para recorrer, descalzos, la pasarela, regresar junto a las mochilas y trocar las botas de treking por cómodas sandalias de suelas de goma y corcho. “Cada vez que pienso que tenemos que volver andando a Arén, se me doblan las piernas”, confiesa Manuel-Antonio a la entrada del restaurante Casa Pasé de Sopeira. “Bah, no lo pienses… ¿Qué son diez kilómetros con todo lo que hemos trotado entre ayer y hoy?”. “Por eso mismo lo digo, que ya tengo unos años y el cuerpo se resiente. Estoy que no doy más de mí”. “Bueno, mientras comemos, te descansas”.


Habían llegado a Benabarre siete días antes; oficialmente, para una inspección veterinaria de rutina en varias fincas ribagorzanas aragonesas que recorrieron y documentaron cada mañana de los cinco primeros días, en jornadas intensivas que los obligaban a comer a deshora y con escaso margen para el asueto. “El fin de semana, en vez de regresar, podíamos quedarnos y excursionar por la zona, que vosotros la conocéis pero yo no. ¿Os parece…?”, propuso Manuel-Antonio a sus compañeros.

El sábado, nada más despuntar la luz del día, viajaron hasta Montfalcó para iniciar la travesía más larga del Congosto de Mont Rebei, una maravilla natural cuya belleza compensó las durísimas horas de ascensión por entre rocas, pasarelas y un puente colgante abierto a una Naturaleza rocosa excepcional, cincelada por el agua, que puso a prueba su sentido del equilibrio y los dejó tan extenuados que, de vuelta en el coche y apenas terminados los bocadillos que habían llevado, se propusieron echar allí mismo una ligera cabezadita que se convirtió en siesta de más de una hora.

El domingo, tras un temprano desayuno, recogieron los equipajes del hotel de Benabarre y, pese al cansancio por los más de dieciséis kilómetros recorridos a pie el día anterior, se trasladaron a Arén para realizar, de nuevo caminando, parte de la Ruta de los Dinosaurios hasta los yacimientos de Blasi, dirigiéndose después, por el mismo medio de locomoción, al cenobio románico de Santa María y San Pedro de Alaón, cerca de Sopeira, pueblo en el que habían apalabrado la comida y del que, a media tarde, gracias a la amabilidad de unos trabajadores magrebíes que se dirigían a Vielha, salieron en una furgoneta que los depositó al lado mismo de sus propios vehículos, con los que, inmediatamente, emprendieron rumbo a la cotidianidad.

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«Ruinas de Escó»: Archivo personal


Antes de dirigirse al valle, remolonearon entre las ruinas de Tiermas y Escó, aun cercadas por la bruma que parecía proyectarse, lánguida, desde las aguas del embalse de Yesa. AnsorenaAnso—, viejo compañero de estudios de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, zascandileó entre los casas derrumbadas de la callejuela en pendiente de Escó que hizo las veces de la bombardeada y destruida Gernika en la película homónima de Koldo Serra. “¿Así que decís que este pueblo pertenece a Zaragoza aunque esté en la comarca de la Jacetania de Huesca?”, preguntó, a gritos, encaramado a una de las ventanas abierta a la nada. ”Lo decimos nosotras y lo dice el mapa, Anso. ¿O no has visto el cartel de señalización antes de llegar al pantano? Venga, vente con la mochila y saca el termo, que como te descalabres nos sentará mal la cafeína”.

En la zona más baja, donde una franja de arenilla de color plomizo marcaba el nivel máximo de las aguas embalsadas, se sentaron sobre los anoraks, con los vasos de café entre las manos y el tupper con las torrijas de Yolanda en equilibrio sobre dos piedras. En el horizonte ligeramente nublado se dibujaban las sierras de Leyre y Santo Domingo asomadas a las aguas quietas y acorraladas cuya humedad se prendió en las ropas de los visitantes que, medio acostados y en silencio, contemplaban ese falso mar que oculta algunos tramos del Camino de Santiago.


Treinta y cinco minutos después, contorneando las sinuosidades de la carretera que se adentra en el valle del Roncal y dejando atrás las localidades aragonesas de Sigüés y Salvatierra de Esca, recalaron en la casa de Luis  —otro compañero de la facultad de Veterinaria—, en la villa navarra de Burgui, una población que, como todas las del valle, abunda en parajes de extraordinaria y abrupta belleza y cuyo casco urbano, de piso empedrado y tradicionales casonas, recorrieron con avidez, como si fuera su primera visita, antes de volver a la entrada del municipio, junto al restaurado y robusto puente romano-medieval por cuyos cuatro arcos discurre el Esca, el rio que, a pocos kilómetros de allí, fue excavando y cincelando durante miles de años la roca caliza dando lugar a una foz despampanante ante la que los ojos viajeros se achicaron deslumbrados.

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«Apacibilidad»: Archivo personal


De regreso del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria, en Bescós de Garcipollera, cuando el todoterreno dejaba tras de sí el camino asfaltado para internarse por la pista de tierra, apareció el ciervo. En una secuencia de escasos segundos, volantazo, frenada, el chasquido seco del cuerpo del venado al ser golpeado por un lateral del vehículo, los gritos de Tatyana y la huida, espantada y tambaleante, del animal monte arriba, sin rastros de sangre que indicaran a los ocupantes del coche el estado del cérvido atropellado. Remontaron a pie la ruta de escape cerca de media hora sin atisbar ninguna señal. “Es probable que él sí nos esté viendo. Puede que el golpe no haya sido grave y, si nos ha detectado, solo consigamos que se estrese más”. “¿Nos vamos, pues? Si no te importa, conduce tú, que se me ha puesto mal temple. No solo por el ciervo… que también hemos estado a punto de estrellarnos contra los pinos”. Momentos después, abandonaron el valle de la Garcipollera en dirección a Jaca.


En la Garcipollera, cuya denominación medieval, de etimología latina, alude a las humildes cebollas  —Vallis Caepullaria, el Valle Cebollero—, susurran las piedras supervivientes de los pueblos deshabitados. A raíz de la construcción del embalse de Yesa, a finales de los años cincuenta, y para prevenir que el arrastre de sedimentos colmatase el pantano, los habitantes del valle fueron obligados a desalojar sus núcleos poblacionales y fértiles campos, que pasaron a ser propiedad de Patrimonio Forestal del Estado para su reforestación. Aquellas gentes que, durante siglos, poblaron las tierras bañadas por el río Ijuel, fueron sustituidas por ciervos y pináceas que, junto a ardillas, pájaros carpinteros, tejones, zorros, pueblan en abundancia los montes, prados y veredas recorridas, en el buen tiempo, por algunos turistas, maravillados ante la belleza del entorno, que se dirigen a visitar esa joya del románico aragonés del siglo XI que es la iglesia de Santa María de Iguácel, antiguo monasterio benedictino, meta de tantas peregrinaciones pasadas.

En Villanovilla, la única localidad del valle olvidado cuyos habitantes no se resignaron a dejar morir el pueblo y consiguieron mantenerlo intacto aun renunciando al terreno circundante, nació la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, en una casa alejada del actual casco urbano rehabilitado y de la que no resta ni una sola piedra de las que, antaño, componían la vivienda original. A veces, rememora en voz alta el pasado y se recuerda a sí misma, en aquellos inviernos crudos de la niñez, caminando sobre la nieve para ir a la escuela, con Vicencia, la perra perdiguera que siempre la acompañaba, brincando a su alrededor. O viajando en carro a Jaca, con su padre, amenizada la ruta con las historias, apenas comprendidas entonces, que le narraba su progenitor sobre su amigo exiliado Julián Borderas, el sastre que cosió la primera bandera tricolor que ondeó en el Ayuntamiento jacetano cuando en la bella ciudad pirenaica se inició la Sublevación Republicana de 1930 contra la monarquía; la misma bandera que, meses después, se convertiría en enseña oficial de la II República Española.

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«Robellones»: Archivo personal


Apenas el alba desveló los familiares recovecos del paisaje, se pusieron en marcha, arropadas con plumíferos, las buscadoras. «Ya podemos darnos prisa, porque a media mañana la boira rozará el suelo», apremió la más veterana.

Cruzaron por la estrecha y húmeda repisa del paramento del azud y descendieron por el aliviadero de la otra orilla para continuar por la pedriza hasta el casetón de herramientas de la hidroeléctrica, a dos kilómetros y medio del Barrio. Treparon por el sendero arcilloso hasta alcanzar el camino de hojarasca que bordea las espectaculares paredes rocosas que encajonan el barranco y salvaron, ya con leve agitación respiratoria, el pronunciado y resbaladizo desnivel que remonta hasta la compacta masa arbórea del Pinar de la Fontaneta, a unos cinco kilómetros empinados desde el azud, donde un discreto túmulo, con la piedra laja cubierta de musgo, abrigó, en tiempos remotos, un manantial  —la fontaneta o fuente pequeña—  considerado de aguas milagreras por creerse que, en lo más profundo, se mantenían latentes los espíritus de las Encantarias. Decíase que una mujer estéril que humedeciera sus partes pudendas con agua de la Fontaneta convertíase en fecunda por mor de las extraordinarias propiedades imbuidas por las ninfas al líquido elemento.


Cuando la niebla, con tintes azulados, descolgóse hasta lamer las abrigadas pantorrillas de las avezadas pesquisidoras, ya alcanzaban ellas —agotadas pero felices— el Barrio, con la cesta desbordada de robellones.

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