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Posts Tagged ‘naturaleza’

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“Muralla rocosa de Finestres”: Archivo personal


A media mañana ardía el sendero y hasta las matas de hierbas se apelmazaban, agobiadas, aun antes de que las suelas las apretaran contra el firme rocoso que zigzaguea, ondulante, encajonado entre los espectaculares estratos verticales del Cretáceo que amurallan el desigual recorrido, con sus picudas crestas escaladas a modo de almenas. Seguían los senderistas, con los poros sudorosos y el cansancio acumulado en las articulaciones, una marcha lenta y silente, deshaciendo, sin pausas, lo andado y mirando, con ansia, las aguas de Canelles que se mostraban, tentadoras, por entre las aberturas de los murallones calizos. Cuando apenas veinte minutos después, aligerados de ropa, hundieron los cuerpos enrojecidos por el Sol cerca de la orilla, celebraron con aguadillas y risas el alivio, dejaron que el frío cenagoso del fondo del embalse les inundara de brío el cerebro y, chorreando, se tendieron en la hierba rala, frente a las fascinantes Roques de la Vila, dejando que el Sol reptara por epidermis y cabellos para, todavía mojados, trepar por el desnivel y retomar el camino de regreso hasta los vehículos aparcados a siete kilómetros del caprichoso escenario pétreo.

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“De ensueños y cerezas”: Archivo personal


Se recrea el viento en las hojas de la acacia y el murmullo desciende por los surcos del tronco para guarecerse en los relajados tímpanos de quien yace, en plácida duermevela, sobre la tumbona apenas protegida del desvaído Sol. Dos abejas curiosas dibujan una ligera sombra en movimiento sobre el rostro distendido mientras se dirigen, en pausado vuelo, hacia las rizadas gitanillas floridas que se agrupan a pocos centímetros de la mano que sobresale del ángulo obtuso formado por el respaldo y el reposabrazos.

Regala la brisa suaves ráfagas de tomillo y lirios en atomizados aromas que cosquillean las fosas nasales y alientan al cerebro a bosquejar, con el pincel de la memoria, el paisaje que asoma al otro lado de los ojos entrecerrados.

Una diminuta araña recién aterrizada sobre un mechón de pelo que lame el tronco del arbusto, corretea, veloz, por el lóbulo de la oreja y el cuello y se detiene, confusa, en uno de los pliegues del suéter para, a continuación, dirigirse al codo y descender hasta una jardinera de extendidas petunias rosadas a cuyos pies se halla un libro que rozan, sin advertirlo, las yemas de los dedos de la mano que, apenas unos segundos antes, lo asía con firmeza.


Desde el roble enraizado entre el jardín y el camino, vozna, insidiosa, Bruja, la picaraza, dispersando a los insaciables gorriones panzudos que aletean sobre las abandonadas cerezas de la barbacana.


La lectora somnolienta, desbaratado su reposo, se despereza.

 

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“Ánade en el Lavador”: Archivo personal

 

Algunos de los patos estacionales que anidaban en la floresta próxima al meandro y se solazaban en aguas del azud, han recalado en el primitivo Lavador [*] público cercano al ventorrillo en ruinas, expulsados —según contaba Lurditas, la alguacila— por Moisés y Ludivina, la pareja de cisnes negros que, desde hace algún tiempo, residen permanentemente junto a la represa. “Por cada año que pasa, más mala hostia gastan esos cisnes tuyos”, se quejaba Lurditas a Andresa, quien, en el mes de enero, cedió al Barrio la propiedad de las aves que, en opinión de algunos vecinos, se han adueñado por completo del rebalse y sus orillas, hasta el punto de reprender ocasionalmente, con resoplidos nada amistosos, a algunas de las contadísimas personas del Barrio que acostumbran a bañarse en la que fuera balsa de riego, actualmente en desuso.

En el obsoleto Lavador, amplio y poco profundo, nadaban —entre paredes algosas recubiertas de una importante colonia de sanguijuelas— diferentes anátidas que, de vez en cuando, contaban con algún espectador de paso contemplando con lástima sus incómodas evoluciones en la superficie densa y pestilente. Lurditas, convertida en voluntariosa defensora de las ánades desalojadas del azud y receptiva a las sugerencias de los paseantes, acondicionó con presteza el desidioso pilón vaciándole el agua pútrida, desinfectando el interior del receptáculo, recomponiendo el drenaje y el caño que recibe el agua canalizada desde el manantial, desbrozando los contornos y transformándolo en un remedo de estanque de bordes holgados y ligeramente oblicuos. “Pero ya os digo que se trata de un apaño transitorio”, explicaba, recién iniciado el verano, en la reunión de la Junta Vecinal. “Estos patos del Lavador tienen su sitio en el humedal, y si los cisnes no saben compartir el espacio ni cuando no incuban, habrá que ir pensando en otras soluciones”.



NOTA

[*] Forma utilizada en el Barrio para referirse al lavadero.

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“Naturaleza”: Archivo personal


Ella, la culebra. Al pie de la costana de acceso al viejo molino de aceite. Arqueada e inmóvil. Casi mimetizada entre el mantillo. Sin duda advertida por sus precisos receptores térmicos de las inquietantes morfologías vivas que se arriman, silentes, calibrándole las brillantes escamas dorsales atravesadas por dos líneas longitudinales oscuras. Quietud. Un tenue giro de cabeza. Los ojos globosos y renegridos del ofidio se miden con las atentas pupilas humanas que parecen absorberlo. Súbitamente, alzando apenas unos milímetros la zona ventral clareada y chascando contra el suelo la parte inferior de su anatomía, la huida. Ágil y flexible. Abarquillando el cuerpo en bucles acompasados para, en escasos segundos, desaparecer entre la urdimbre de zarzas desbordantes que cubren los sillares del murete de contención.



Al principio parecía muerta, ¿verdad?”, comenta Jenabou, sentada al borde del azud, con los pies rozando las todavía frías aguas de la orilla y volviendo repetidas veces la cabeza —con más curiosidad que prevención— hacia los arbustos sarmentosos que se extienden por la ladera, casi rozando las paredes del aliviadero de la balsa. “Seguro que nos está vigilando desde su escondrijo y huele que somos inofensivas, ¿verdad, mamá?”. Y, una vez introducida en el agua, tiritando pese al neopreno y con las manos asidas al resalte del tapial, añade: “Si quisiera venirse a vivir al corralito de casa, que ya sé que no, se me ha ocurrido hasta un nombre. ¿Sabes cómo llamaría a la culebra…? Lupercia“.

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“Rojeces”: Archivo personal

 

Suben por el ribazo exageradamente distanciados los unos de los otros, embozados y en silencio, con el mismo sigilo de antaño, cuando, apenas rozando la adolescencia, rehuían al señor Rufino, el viejo cascarrabias de Casa Zerigüel, que dormitaba apoyado en el muro de piedras del huerto y se despabilaba, no bien percibía sus risas contenidas al otro lado del herbaje, para lanzarles toda suerte de improperios, a los que respondían con idéntica crudeza pero en voz muy baja, para evitar que los oídos del hombre recibieran el aluvión de lindezas y se precipitara hacia el pueblo, a incordiar todavía más a sus familias añadiendo los agravios verbales a las acostumbradas quejas que terminaban con la misma advertencia: “Si no los atáis corto y los cojo enredando en el pasto, les rompo el bastón en las costillas. Avisáus quedáis”. Y las madres y padres asentían sin hacer ningún comentario, porque el señor Rufino, desde que, según se decía en el Barrio, le había dado un mal aire, habíase vuelto intratable y cualquier tentativa de razonar con él era inútil.

Más de treinta años lleva Rufino de [Casa] Zerigüel muerto y enterrado y todavía lo recuerdan mientras depositan las mochilas en lo alto de la pendiente, sobre la tierra humedecida por la lluvia del día anterior, y dejan resbalar las miradas por el campo que las caprichosas semillas de las amapolas tomaron este año para su acomodo, embelleciéndolo; el mismo campo por el que, muchos años atrás, dejaban rodar los cuerpos, inmunes entonces al dolor y las magulladoras de los guijarros ocultos y dispersos entre el forraje, en carrera sin reglas y cuya meta se hallaba al final del suave desnivel del otro lado, a escaso metro y medio del lugar donde el señor Rufino aguardaba, sin dejar de maldecirles, con el grueso bastón en alto, dispuesto a cumplir una amenaza que, por la torpeza propia de la edad del hombre y la ligereza juvenil de sus escurridizas víctimas para esquivar las arremetidas, nunca se hizo efectiva.

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“Nature 7”: José Luis Ávila Herrera


En la orilla umbría del barranco, al otro lado de la explanada donde el abuelo Lájos trabajaba los cañizos, ponían sus huevos las gallinas —bordes, las adjetivaban sin afán peyorativo, para distinguirlas de aquellas que desarrollaban su ciclo vital en los corrales interiores—.

La chiquillería romaní, que correteaba libremente entre las autocaravanas coloristas y los enhiestos juncos de la ribera, controlaba las idas y venidas de las aves e incursionaba en aquel mágico huerto de huevos blancos y rojizos antes de que la confiada dueña de las gallinas se acercara al improvisado nidal con un cestillo de aros metálicos en el que, compungida, depositaba no más de dos o tres huevos que, más por precaución que por olvido, habían quedado sobre el humedal.

Por la tarde, bajo las lonas que mitigaban el sol desparramado en la explanada, se oía el presuroso choque de las cucharillas en los tazones de porcelana desportillada y, después, el silencio, mientras la grey infantil daba buena cuenta de las deliciosas yemas batidas y parcamente azucaradas.


Susurra el cierzo templado por el Sol entre las trasplantadas oliveras de la antigua explanada  que mira, alcatifada de hierba y oleácea floresta, al viejo barranco de asilvestrada vegetación donde tricotan las arañas viscosos cortinajes polvorientos sobre los exuberantes barzales.

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“Mallos de Riglos”: Fernando Cruz Bello


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils [*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río que lames el Reino de los Mallos e impulsas el futuro de sus gentes. Aquí estamos. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y celebrando contigo la victoria final contra quienes durante más de tres décadas pretendieron estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestros sueños.

Ayer, hoy, siempre: RÍOS VIVOS. PUEBLOS VIVOS.


ANOTACIÓN

[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

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“Colores del día naciente”: Archivo personal

 

Rellena la luz de estridencias cromáticas el hueco de la noche desterrada y siluetea las formas estáticas —agrupadas y dispersas— cubiertas con livianos pañolones oscuros que la claridad arranca no bien el Sol termina de asomar, envanecido, entre las almenas melladas del torreón ruinoso que se avista, como bajel encallado, en medio de un mar de carrascas. Danzan los pies en la engañosa soledad del último repecho conquistado por brotes de hierba rala, levemente tocada por el rocío nocturno. Cuando, en zancada postrera, accede el caminante al pelado copete donde, en ocasiones, huelgan las aves, se agitan, incómodos, los dos buitres leonados; se yerguen —inmensos— al borde mismo de la cornisa, sacudiendo los escasos plumones de las gorgueras y, silenciosos, con los picos ganchudos encarados al abismo y las alas desplegadas en arco, inician un vuelo lento y en espiral, advirtiendo, por fin, la abundante carroña recién esparcida al pie del despeñadero.

 

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“La trocha de las almendreras”: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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