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Posts Tagged ‘naturaleza’

“Aire”: Archivo personal


Bajan hasta la poza por el solaniello[*] mientras el Sol matinal despereza sus candentes ballestas luminosas. Van en serpenteante fila, con los ojos entretenidos ora en el pronunciado desnivel arcilloso, ora en el arbolado de ribera que oculta el suave y umbrío meandro del río. Desde mitad de la pendiente ya se escuchan las voces y risas de los bañistas más madrugadores que, minutos antes, han saltado la coqueta valla protectora de madera y atajado, como ahora ellas, por el abrupto terraplén que convierte, a quienes por él se aventuran cargados con las bolsas de playa, en contumaces transgresores e imprudentes equilibristas en la casi vertical ladera.


Hace algunos años, cuando todavía no se había colocado el vallado, ese mismo terraplén lo remontaba Talito —único hijo de Presen, la del Invernadero—, cabalgando la Honda que le habían regalado sus padres por aprobar la Selectividad y vitoreado por algunas de las que hoy descienden, a pie, por el mismo declive para llegar hasta la poza. Presen se angustiaba cuando veía a su hijo caracolear por cualquier montículo en los aledaños del Barrio con aquella elegante moto azul y plata: “Este hijo se me mata cualquier día”, decía. Pero no fue el motocross sino una leucemia diagnosticada demasiado tarde la que frustró el futuro de Talito recién cumplidos los diecinueve años.


A media mañana arde bajo los pies desnudos la lustrosa laja que los bañistas utilizan como trampolín y las tupidas copas de los árboles apenas contienen el implacable avance del Sol que destella y agujerea la espesura en pos de los cuerpos húmedos que retozan y se distienden, prófugos de la quemazón, a la orilla del río.


[*] En aragonés, ladera orientada al sur.

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“La picaraza en el cañizal”: Archivo personal


Ronda Bruja, la picaraza, los establos de la yeguada donde comparece, engreída y soberana, cuando Juaquín de [Casa] Foncillas, su valedor, trajina entre los equinos. Acude el ave, chillona y de vuelo desacompasado, al cobijo del hombre que, cinco años atrás, la recogiera, de polluelo, de un nido destrozado y la criara en el granero de las pacas de forraje y paja, donde un jaulón sin puerta le sigue sirviendo de acomodo a su capricho. Bruja es lista, provocadora y con unas dosis de mala sombra que parecen imposibles en un animal de cerebro tan diminuto. Mayoral, el mastín viejo, que la tiene calada, intenta mantenerla alejada de lo que él considera sus dominios, lanzándole secos ladridos a los que ella responde con gritos que semejan carcajadas, ora desde el techado, ora desde la valla o del bamboleante jaulón. Cuando la presencia de Juaquín contiene el instinto del inmenso y normalmente apacible Mayoral, Bruja abandona las alturas y brinca en el suelo, sabedora de que el hombre cercenará cualquier iniciativa agresiva de Mayoral o de los otros dos canes que celan la yeguada. El hombre la mima, le da de su propia mano trocitos de hígado de pollo mezclados con arroz y galletas y ella, ladina y zalamera, cuando ya ha dado cuenta del contenido depositado en la mano, le grita, con inteligible pronunciación que asombra a cualquiera que la escucha —salvo al propio Juaquín, que se pasó horas y más horas enseñándole—: “¡Bruuuuja! ¡Bruuuuja!“. Y se aleja volando hacia donde pulula el grupo de picarazas con las que hace migas. O se posa, ufana, en el cañizal de A zequieta, desde donde avista y controla el ir y venir de animales y humanos.

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“Tiempo de langostos”: Archivo personal


Ascienden las caminantes hasta el Barrio atajando por la brecha que saja la vertical del congosto formando un sendero estrecho —poblado de cascajos— que termina cerca de la parte trasera del bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, que las ha observado desde las cristaleras del mirador, las recibe con un “Vais a matar a Mam’zelle[1] haciéndola ir por el derrubio“, que no recibe más respuesta que una sonrisa de la aludida mientras el sexteto desfila hacia una de las mesas que Josefo, el camarero, está terminando de montar en el exterior, bajo el emparrado.

Parlotean las caminantes desparramadas, más que sentadas, en los sillones metálicos y sirve Olarieta rebanadas de pan recién tostado y untado con ajo y aceite como acompañamiento de los tazones de leche y tacitas de café que atestan la mesa de tablero ovalado.

Despierta el Barrio en la avanzadilla cálida del domingo mientras el reloj de la torre campanea ocho veces y el mercurio del termómetro anclado a la pared de piedra del bar señala 9º de temperatura.


En la esquina del muro del almacén, indiferentes a las mujeres que desayunan, una pareja de langostos[2] festeja, en abrazo amoroso, la primavera.


[1] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos y pupilas.
[2] En aragonés, saltamontes.

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“Ludivina en el azud”: Archivo personal


Al final del declive que desciende desde la antigua represa en desuso, donde los chopos blancos se inclinan hacia las varas invernales de los cornejos, tintadas de amarillo y verde, se levanta —camuflada entre arbustos desnudos, con su tejadillo agrisado y sus paredes ocres— la Casita de los Patos, convertida, desde hace cinco años, en morada de Moisés y Ludivina, la pareja de cisnes negros de Casa Urraca que se desplazan, entre siseos y ufanos gruñidos, por las frías aguas del azud compartidas en verano, no sin recelo, con las dos o tres bañistas que se sumergen, desnudas y al alba, en el oculto remanso.

La primitiva Casita de los Patos partió de un proyecto escolar dirigido por la señorita Valvanera hará unos treinta años; se construyó en la escuela del Barrio, con madera de conglomerado y tejado de pizarra —como una cabaña a escala— y el montaje final en la que sería su ubicación costó un esfuerzo físico considerable, por las dificultades de acceso, y un tobillo roto a la maestra, que perdió pie al inicio del talud. Durante varios años las tareas de mantenimiento de la Casita fueron llevadas a cabo, voluntariamente, por quienes participaron en su construcción hasta que, a raíz de instalarse Moisés y Ludivina en el azud, la dueña de las aves empezó a ocuparse, también, del pequeño refugio anexo.

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“Dioseta”: Archivo personal


¿Pero es que esta criatura no calla nunca…? Qué ferfeta[1] es, madre mía”; dice María Petra girándose desde el asiento del copiloto hacia la pequeña. “No, no. Sé hablar hasta buceando. Mira, mira… La carretera vieja del valle de Aquilué ya no se ve… Mamá, ¿se habrán helado los arbustos donde coges los pacharanes?”. “Revivirán, no te preocupes”, responde la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio atenta al último tramo de la transitada carretera que desciende por el puerto de Monrepós. “Mamá, no quiero quedarme en la zona de debutantes. Es un rollo… Quiero subir a esquiar con vosotras más arriba… Cerca de Culibillas. Y me prometiste llegar hasta el ibón”. “La ruta del ibón la haremos en verano”. ”Eso lo dices siempre y lo vamos dejando, lo vamos dejando… ¿Sabes qué estoy pensando…? Que al cerdito que me va a regalar Pablo lo voy a llamar Balaitus, como el dios que se enamoró de Culibillas…”. “No sé si vamos a poder quedarnos con el cerdito…”.  “¿Y por qué no…? Yo lo cuidaré. Me dijo Emil que le construiría una zolleta[2] cerca de la parra… Y el cerdito va a ser mi regalo de cumpleaños. Los regalos de cumpleaños no se devuelven… Pablo me dijo que me lo daría porque sé cuidar muy bien a los animales… Le daré de comer y lo ducharé con la manguera…”. “¿Y cuando estemos fuera de casa varios días seguidos, qué…?”. “Pues… Igual que hacemos con los perros y los gatos. María Petra puede…”. “Eh, eh, eh… A mí no me liéis más con vuestro zoológico”, protesta la aludida.


A las diez menos cinco de la mañana el vehículo llega al aparcamiento vigilado por los 2.509 metros de la peña Culibillas, a quien la pequeña lanza un beso que el viento atrapa y transporta, raudo, hasta la grieta donde se agita el corazón de la petrificada diosa del valle de Tena.


[1] En aragonés, cigarra.
[2] Id, dimin. de zolle, pocilga.

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“Fosqueta”: Archivo personal


Los últimos nueve kilómetros, de los veintisiete que separan el Barrio de la pardina Foncillas, transcurren por un camino forestal desnivelado, pedregoso y bordeado de pinos cuyas raíces asoman, como recias serpientes, por entre el piso desigual que el sacudido vehículo recorre entre curvadas pendientes que alternan interminables ascensos y repentinos descensos, en una difícil ruta que termina bruscamente en la misma pardina, donde piedras, raíces y baches desaparecen dejando que las torturadas ruedas del coche se deslicen por una alfombra herbosa hasta llegar a la pavimentada entrada de la fosqueta.


¿Y dices que le han dado un repaso al tejado?
No, no. Lo que digo es que lo averiguaremos cuando llueva.
Pues mejor que llueva poco, porque si tenemos que volver por esa pista y encima embarrada…
No seas agorero.


La fosqueta fue, antaño, paridera y refugio de pastores, hasta que los Foncillas, al convertir el prado en tierra de pastos para su yeguada de monte, la acondicionaron para poder vivir en ella durante los desplazamientos estacionales del ganado. A la sala principal —la única que formó parte de la antigua edificación, con su enorme cocina de leña de hierro fundido— se le añadieron dos anexos; uno, en forma de pasillo, con dos literas de tres plazas cada una y otro, minúsculo, ejerciendo de retrete con ducha.


(…)

Pese a las escasas brasas en el compartimento de combustión, expande la vieja cocina un calorcillo a ratos incómodo que obliga a los cinco ocupantes de la fosqueta a mantener de par en par puerta y ventanas mientras rueda la segunda tanda de cafés y van disminuyendo las tentadoras porciones del empanadico de calabaza que Étienne ha troceado pese a las quejas de la veterinaria: “No lo cortes todo, que no vamos a poder con él”.


La ratonera sigue ahí”, advierte la pequeña Jenabou, dejando los prismáticos sobre la mesa y señalando hacia el poste que se entrevé, a lo lejos, desde la ventana frontal, y donde un águila ratonera lleva cerca de cinco horas posada, muy quieta. “¿Podremos ir después al encinar a ver si está el torcecuello de esta mañana?”, pregunta la niña.


(…)

Agoniza el día, herido por las sombras, dejando un rastro grana en los bordes romos de los montes y avanza la oscuridad por el prado hasta que los ojos apenas son capaces de distinguir las borrosas siluetas de los árboles cercanos —allí donde arenga el arrendajo— que inclinan sus copas sobre la cortada que desemboca en el río.


Bajo la cabeza de la pequeña Jenabou, dormida sobre las piernas de Iliane, asoma una gastada esquina de Los rituales del caos, de Carlos Monsiváis, que la veterinaria no se atreve a recuperar para no romper el plácido reposo de las miembros más jóvenes del grupo.

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“Nidal”: Archivo personal


A primeros de julio regresaron las avispas papeleras al nidal viejo del muro de la solana, vacío desde el otoño y con apenas media carcasa acartonada débilmente sujeta a la pared por un inestable pedúnculo. Apuntalaron y reforzaron la parte superior del avispero y dispusieron, con laboriosa celeridad, nuevas celdillas para las larvas mientras la colonia crecía discretamente bajo la vigilancia de la guardiana, con los anaranjados artejos superiores alerta ante cualquier eventualidad.

Démosles una oportunidad”, pidió María Petra, que estuvo filmando parte del proceso de reconstrucción, a Lurditas, la alguacila, que el verano anterior había querido destruir la Casita de Papel, situada en una zona de difícil acceso, sin ningún resultado.

Y allí siguen, morando a más de seis metros del suelo, diligentes y pacíficas, alejada su acartonada guarida del trasiego humano —y los seres humanos de su poderosa lanceta defensiva—.

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“Yaiza, II”: Archivo personal


Los tres mastines del Pirineo que guardan los establos de la yeguada de [Casa] Foncillas apenas se envaran cuando ven acercarse a la veterinaria y a la perrilla. Las contemplan, muy quietos, durante unos segundos y olisquean al aire cuando ambas traspasan la puerta de la valla metálica. Yaiza, en cambio, se acerca a ellos, altanera, con la acaracolada cola tiesa y una sucesión de gruñidos que los grandes canes ni se molestan en tomar en consideración. Después, la perrilla se acerca, ya distendida, lanza varios ladridos y, con el rabito en inquieto balanceo, brinca ante los hocicos de los molosos y se deja lamer por dos de ellos mientras Mayoral, el más viejo, se tiende, displicente, junto al abrevadero de madera, cierra los ojos y se evade de las evoluciones de la pequeña intrusa de cuatro patas. Cuando las manos de la veterinaria, acuclillada junto a él, le acarician el lomo, Mayoral se estira, lánguido y meloso, vuelve la cabeza un instante y reacomoda su robusto cuerpo en el suelo de tierra salpicado de humildes hierbas.

Desde el establo llama, impaciente, Caminera, la yegua, con un relincho largo que obliga a la veterinaria a erguirse y traspasar, seguida por Yaiza, el vano sin puerta donde el equino, en fase de recuperación de un molesto cólico, espera para su terapéutico paseo matutino.

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“La salamanquesa del jardín”: Archivo personal


En el muro antiguo del jardín viven nuestros geckos”, le explica la pequeña Jenabou, ocho años, a una risueña Ona, diecinueve años, que se esfuerza por asimilar la lengua de su nuevo hábitat. “Bueno, son esgarrarropas[1]. En invierno había cinco hibernando juntas, pero dice mamá que ahora sólo hay tres. Les hemos puesto cerca una bombilla de luz blanca para atraer insectos y que se los coman. Como si fuera un restaurante para geckos, ¿verdad, mamá?”. “Verdad”, corrobora la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. ”Y ahora que ya le has contado a Ona los secretos del jardín, ve a leer o a jugar hasta que sea la hora de la piscina”. “Pero ayer dijiste que iríamos al río, a bucear en la poza…. Y, además, en el río no hay horario y prometiste que nos llevaríamos apañijo[2] y carne empanada y comeríamos allí… Que quiero que Ona vea cómo me tiro desde la roca sin hacer tripada en el agua…


[1] En aragonés, salamanquesas.
[2] Id, ensalada.

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“Nevazo”: Archivo personal


Apenas recorridos tres o cuatro kilómetros desde el túnel transfronterizo, recomenzó a nevar y los copos, que parecían engrosar conforme el monovolumen avanzaba, se mantuvieron constantes hasta las inmediaciones de Saint-Lary, donde empezaron a espaciarse hasta desaparecer, dejando en el aire una gélida estela que transitó el rostro de los viajeros cuando descendieron, notablemente abrigados, del vehículo.

      ¿Cuándo podremos ver a Bingo?, preguntó la pequeña, que todavía recordaba la visita a la Maison de l’Ours del año anterior y su primer contacto con Bingo, un oso pardo cercano a la treintena, criado en cautividad, e hijo de Charlotte, maltratada osa circense, que fue rescatada en 1991, junto con sus hijos, Bingo, Bouba y Apolo, de las penosas condiciones en las que se hallaban. De la familia úrsida inicialmente acogida, solamene sobrevivió Bingo, cuidado por humanos y, debido a ello, incapacitado para subsistir por sí mismo en libertad.


En la casa, Anne-Laure, la dueña —un bellezón de cabellos castaños y enormes ojos color miel— sirve rebosantes platos de garbure a sus huéspedes y en la espartana estancia, caldeada por una enorme chimenea de ladrillos agrisados, sólo se escucha el chisporroteo de las llamas lamiendo los chamuscados tizones y el cantarín roce de los cubiertos en la porcelana.

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