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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

La espiral del tiempo

“Espiral del tiempo”: Archivo personal


El 10 de julio de 1878, Sindulfo García, sabio zaragozano de unos cincuenta años y doctor en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, presentó ante eminencias científicas de todo el mundo congregadas en la Exposición Universal de París, su inmensa, extraordinaria y revolucionaria máquina calculada para volar hacia atrás en el tiempo, expuesta, para la admiración del gentío, en el Campo de Marte y dispuesta, a mayor  gloria de la ciencia y del propio don Sindulfo, para emprender inmediatamente tan novedosa gesta.


Así se resumen los primeros capítulos de El Anacronópete [*], una extraña, humorística e interesante novela —con ilustraciones de Francisco Gómez Soler—, que empezó esbozándose como zarzuela, salida de la imaginación y la ironía de Enrique Gaspar, un diplomático y escritor que, sin proponérselo, se convirtió con esta novela en el precursor de las exitosas obras de ciencia-ficción Mirando hacia atrás 2000-1887, de E. Bellamy, publicada en 1888, y La máquina del Tiempo, de H.G. Wells, publicada en 1895.

La obra de Gaspar, cuyo primer borrador terminó en 1881, pretendía, en principio, ser un libreto musical en tres actos, pero la imposibilidad de encontrar un espacio lo suficientemente amplio para su representación, obligó al autor a mantenerla dentro de la narrativa, dividiéndola en veinte capítulos y publicándola como novela, con escaso éxito, en 1887.


En medio de una multitud expectante ante el prodigio que se avecinaba, don Sindulfo y sus acompañantes (su ayudante Benjamín, su sobrina Clarita, la criada de la joven, un grupo de meretrices comisionadas por el Ayuntamiento parisino para que el retroceso en el tiempo las regenerara moralmente y, como polizones, Luis, Capitán de Húsares enamorado de Clarita, y sus diecisiete compañeros de armas) se instalaron en el Anacronópete y “no habría transcurrido un cuarto de hora, cuando un murmullo de dos millones de almas onduló en el espacio. El Anacronópete se elevaba con la majestad de un montgolfier. Nadie aplaudía, porque no había mano que no estuviese provista de algún aparato óptico; pero el entusiasmo se traducía en ese silencio más penetrante que el ruido mismo. Llegado a la zona en que debía tener lugar el viaje, el monstruo, reducido al tamaño de un astro, se paró como si se orientara. De repente estalló un grito en la multitud. Aquel punto, bañado por un sol canicular, había desaparecido en el firmamento con la brusca rapidez con que la estrella errática pasa a nuestros ojos de la luz a las tinieblas.”

Tetuán, 1860; Granada, 1492; Rávena, 696; China Imperial, 220; destrucción de Pompeya; el diluvio; el Génesis… Los navegantes iban y venían por la historia sin que la aceleración temporal hiciera mella en sus organismos merced al fluido que, en previsión de males mayores, les había hecho tomar don Sindulfo, y que evitaba que sus cuerpos involucionaran, salvo en el caso de las mujeres de vida alegre, a las que no se había suministrado el elixir; cuarentonas al subirse en la máquina del tiempo, se convirtieron, en uno de los regresos de repostaje a París, en jovencitas impúberes que ni siquiera fueron reconocidas por sus clientes habituales.

Pero conforme el Anacronópete marchaba, incólume, hacia el Principio de los Tiempos, se destacaba la locura del sabio zaragozano que, enamorado secretamente de su sobrina Clarita, buscaba un lugar donde a las mujeres no se les concediera su voluntad y así  matrimoniar con la jovencita, obsesión que le arrebató las últimas luces apurando hasta la debacle aquella máquina que con tanto esfuerzo y mimo había creado.


No quiso Enrique Gaspar que sus lectores quedaran con un regusto amargo tras la explosión final del Anacronópete y convirtió en sueño de don Sindulfo García  mientras asistía a una representación teatral de una obra de Julio Verne—  las aventuras relatadas y la máquina misma, para que triunfara el amor entre Clarita y el Capitán de Húsares.




[*] «El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su nombre a tres voces griegas: Ana, que significa hacia atrás; crono, el tiempo, y petes, el que vuela, justificando así su misión de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra —si tiene con qué aquel día— y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América. Su motor es la electricidad, fluido al que la ciencia no había podido hacer viajar aún sin conductores por más que estuviese cerca de conseguirlo —y que yo he logrado someter dominando su velocidad—. Es decir, que lo mismo puedo dar en un segundo, como locomoción media, dos vueltas al mundo con mi aparato, que hacerlo andar a paso de carreta, subirlo, bajarlo o pararlo en seco». Cap. III, pág. 27.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 3 de enero de 2018.

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“El influjo de la (perra) Luna”: Archivo personal


Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano”.

Mario Benedetti (1920-2009).- El hombre que aprendió a ladrar, cuento contenido en la obra Despistes y franquezas.

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Ramón J. Sender, Los Ángeles, 1968

“Ramón J. Sender. Los Ángeles, 1968”: Carlos Fontseré


A finales de los años setenta, el nombre de Ramón J. Sender (1901-1982) comenzó a sonar como Nobel de Literatura en puertas. Su extraordinaria dedicación literaria, su buen hacer y los distintos géneros que abarcaba su extensa producción tenían la solvencia suficiente para que su candidatura lograra alzarse con el premio más importante del panorama literario mundial. No era, según parece, un reconocimiento que le importara mucho al escritor exiliado, e incluso había llegado a afirmar que “los aragoneses no pedimos aquello que no deseamos”.

En mayo de 1979, a raíz de un simposio sobre la figura de Sender que se celebró en Nueva York, José Alcalá aragonés, como el propio Sender, integrante del Spanish Institute neoyorkino, propuso presentar al ilustre transterrado como candidato al premio literario de la Academia Sueca, esta vez con los parabienes del propio Sender que, abrumado por los aplausos de los participantes en el simposio, expresó que “no hace falta que me lo den los suecos porque me lo acaban de dar ustedes y eso me basta, pero, si me lo dan, destinaré su importe en efectivo a los dos pueblos de mi infancia, Chalamera y Alcolea, para que sus chicos tengan mejores escuelas que las que había en mi tiempo”.

A la propuesta de José Alcalá, que se hizo efectiva por escrito, se sumaron cuatrocientos profesores del continente americano, el gobierno de Aragón, las Diputaciones Provinciales de Zaragoza, Huesca y Teruel, junto a sus Ayuntamientos, y la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, no así el organismo que más podía influir en la concesión del premio, porque la Academia de la Lengua Española no solo no se adhirió a la petición sino que mantuvo un silencio tan indiferente que devino en despreciativo, anulando con ello cualquier posibilidad de que el autor aragonés recibiera el galardón internacional. La campaña de desprestigio contra Sender, iniciada tiempo atrás por Camilo José Cela (1916-2002), había dado sus frutos.

En 1974, cinco años antes de que la Academia negara su apoyo a la candidatura de Sender al Nobel, el intrigante Cela había invitado al literato aragonés a su casa de Mallorca. Pese a las pocas simpatías que le tenía al autor gallego  a quien en alguna ocasión se había referido como “el idota ese—,  Ramón J. Sender había aceptado para intentar negociar la publicación de las novelas que no habían pasado la censura española, conocedor como era de la influencia de Cela en el mercado literario español y su cercanía a los tejemanejes del poder franquista. Ignoraba Sender, poseedor de un carácter brusco pero alejado de cualquier maquinación, que se le había preparado una vulgar encerrona, una bien tejida tela de araña en la que haría las veces de mosca.

La trampa contra Sender, de la que ya le habían advertido algunas voces amigas sin que el aragonés les diera crédito, se llevó a cabo con luz y taquígrafos, en una cena donde, además del invitado y su acompañante, se hallaban presentes Rosario Conde, entonces esposa de Cela, él mismo, conocidos de ambos escritores, dos o tres editores y algunos periodistas. El método fue sencillo. Bastaba con llenar continuamente la copa de Sender  que era asmático, estaba medicado y había tenido problemas con el alcohol—  en brindis muy bien calculados, e ir derivando la conversación hacia aquellos vericuetos que harían aflorar el carácter iracundo de Ramón J. Sender, como así sucedió, montándose una gresca que, según había planeado Cela, trascendió a todos los círculos literarios y políticos del país y que el mismo Sender relataría, quitándole importancia, a la poetisa Julia Uceda:

«Lo de Cela fue un incidente idiota. Estábamos en la mesa unas quince personas, discutíamos de política, y él dijo: ‘Ojalá entren cuanto antes en Madrid los tanques rusos’. Yo le dije:
—Entraron ya en 1936 y los recibí yo, ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco, a quien tú pediste humildemente que te nombrara delator de la policía. De la policía que mató a mi mujer y a mi hermano.
Luego tiré el mantel hacia arriba y volaron platos, floreros, cirios, hubo duchas de caldo gallego para casi todos los invitados y la pobre y anciana mujer de Cela se desmayó. Es lo único que sentí. Cela vino hacia mí y le dije:
—Cuidado, porque voy a romperte la cabeza y no tienes otra.
Era ya de noche y me fui a dormir. Al día siguiente me fui al hotel Valparaíso que, por cierto, es estupendo.
Yo había ido a su casa porque me lo había pedido de rodillas aquí, en San Diego.
En definitiva, no fue nada. Yo, pasado el incidente, no le tengo inquina y supongo que él tampoco. En todo caso, me da lo mismo».

Pero la inquina, pese a negarla Sender, fue mutua, y de aquel incidente, cuidadosamente programado, haría uso Camilo José Cela para boicotear cualquier acercamiento de Sender a un premio, el Nobel, al que Cela aspiraba ya entonces y que podía retrasarse o no llegarle nunca si otro escritor de origen español se alzaba con el mismo. Su labor de zapa fue tan exitosa que no solo consiguió que la Academia Española de la Lengua denegara su apoyo a la candidatura de Sender sino que, por fin, en 1989, Camilo José Cela  renombrado escritor, censor puntilloso al servicio del fascismo, experto en expeler ventosidades y en absorber por vía anal varios litros de agua—  fue galardonado con el premio Nobel de Literatura.

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“De los días desgarrados”: Archivo personal


Minutos antes de las diez nos parábamos en el lugar de la cita con Durruti. Salió de la casilla de camineros a recibirnos y nos estrechó la mano sin aspavientos, con aire campechano; cambió unas palabras afectuosas con Timoteo y se dirigió a mí diciéndome:
—Bueno, ya estás aquí. Ahora dime con claridad si deseas quedarte o prefieres volverte a casa.
Eludí una respuesta concreta para que adelantara su opinión y me limité a decirle empleando el tuteo, como era costumbre entre aquella gente:
—Eso depende de lo que tú decidas; creo que no me corresponde a mí la resolución.
—Déjate de retóricas. Aquí estamos para hablar claro y voy a serlo contigo: si te vas, cualquier grupo incontrolado te matará antes o después, pues ya sé por Callén que andan tras de ti; si te quedas en la Columna, yo respondo de tu seguridad. Timoteo me ha dicho que quiere protegerte y nuestra amistad es tan grande que sus deseos son los míos. Y aún te diré más: si te quedas me harás un gran favor, pues te encargarías de llevar la estadística y todo el papeleo del personal, que ahora anda de esas maneras por falta de gente capacitada. Ahora bien: yo exijo lealtad y sé castigar a los que se descarrían. No va contigo la advertencia, porque Timoteo no me recomendaría nunca a un sospechoso, pero bueno será que lo tengas en cuenta, si te quedas con nosotros.
—Está bien —le dije decidido—. Me quedo aquí y espero que no tengas nada que reprocharme; procuraré corresponder a tu generosidad.
—Pues no hablemos más. Escribe a tu familia diciéndole donde estás y que estén tranquilos.
Esta es la verdad de cómo conocí a Durruti y de cómo y por qué ingresé en su Columna. Todo lo demás que se haya dicho o se diga en tomo a este hecho no son más que fantasías.

Fragmento del capítulo X del libro Yo fui secretario de Durruti. Memorias de un cura aragonés en las filas anarquistas, versión del original escrito por mosén Jesús Arnal Pena entre 1969 y 1971 y del que se publicaron tres ediciones, revisadas, en 1972 (Edicions Mirador del Pirineu, Andorra la Vella), 1995 (Mira Editores, Zaragoza) y 1997 (Editorial Pagés, Lleida, traducida al catalán).


Cuando Timoteo Callén, responsable del Comité Local de la FAI en la localidad de Candasnos (Huesca), decidió avalar a su amigo de la niñez, el sacerdote Jesús Arnal, y encargarle su protección a Buenaventura Durruti, no imaginaba que su decisión iba a componer una de las historias más insólitas de la recién comenzada guerra (in)civil ni que, años después, terminada la contienda, aquel curilla sería su salvoconducto para no perder la libertad ni la vida.

Mosén Jesús Arnal Pena (1904-1971), párroco de la localidad altoaragonesa de Aguinaliu, huyó, en un primer momento, al monte al iniciarse la guerra, cuando las localidades próximas a su parroquia se convirtieron en bastiones republicanos con nulas simpatías por el clero. Decidido a conservar la vida, guardó su sotana y emprendió viaje hacia su lugar de nacimiento, Candasnos, vestido de civil y con cierto aire de miliciano. En Candasnos, donde era muy conocido, solicitó la ayuda de Timoteo, su leal amigo de la infancia, miembro de la CNT y autoridad relevante en la localidad, que no dudó en prestársela, convirtiéndose en su defensor en el remedo de juicio popular al que mosén Jesús fue sometido en el balcón principal del Ayuntamiento y del que, el fiel Timoteo, logró sacarlo indemne. aunque, para evitar males futuros, no encontró mejor solución para el sacerdote que encomendar su salvaguarda a Buenaventura Durruti, una de las figuras más sobresalientes del anarquismo español que, por amistad con Timoteo Callén, aceptó llevar consigo al cura de pueblo como escribiente y ayudante personal.

Integrado mosén Jesús en la Columna Durruti, se dedicó a llevar la contabilidad, el registro de los suministros y cuantas tareas, todas ajenas al ministerio sacerdotal, le encomendó su nuevo empleador. Cuando Durruti fue herido, no se sabe si accidentalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el 19 de noviembre de 1936, sin que el auxilio médico pudiera evitar su muerte a las cuatro de la mañana del día siguiente, mosén Jesús se hizo cargo del fusil naranjero del dirigente ácrata, que portaría, sin hacer uso de él, el resto de la guerra, siempre acompañando a sus compañeros de la Columna anarquista que, respetando los deseos del fallecido libertarrio, siguieron protegiendo entre sus filas al clérigo altoaragonés.

Sabiendo que la guerra estaba ya perdida, el grupo de milicianos y mosén Jesús decidieron pasar a Francia, en cuya frontera los gendarmes franceses obligaron al sacerdote a desprenderse del fusil naranjero. Jesús Arnal, que consideraba no tener cuentas pendientes con los vencedores de la guerra, regresó a España, entregándose a las nuevas autoridades que, tras un somero interrogatorio, lo dejaron en libertad, incorporándose un tiempo después, bajo vigilancia de las autoridades eclesiásticas, a su labor sacerdotal. Su último destino fue la localidad oscense de Ballobar, donde falleció el 8 de diciembre de 1971. Fue siempre defensor de la honestidad de Buenaventura Durruti, hombre al que respetaba y para el que solo tuvo palabras de agradecimiento hasta el final.


Aquella mañana había entrado Durruti en mi despacho y con semblante jovial me mostró un paquete que llevaba en las manos, diciéndome:
—Jesús: prepárate a recibir una sorpresa. Te traigo un regalo.
—¿Un regalo? ¿Y a qué viene eso?
—Bueno, eso tú lo juzgarás… ¡Anda, ábrelo!
¡Cuál sería mi asombro al encontrarme con una espléndida Biblia en latín! Me quedé pasmado, sin poder articular palabra y empecé a hojearla, sin creerme todavía que Durruti fuera capaz de un gesto semejante. Lo miré en silencio, con aire de agradecimiento y él, también impresionado por mi reacción, me dijo:
—En cuanto la vi, me acordé de ti y me dije: “esto para Jesús, que le hará ilusión” pero, la verdad, no creí que fuera tan importante para ti.
—Lo es, Ventura, y mucho; no por la Biblia en sí —con ser importante—, sino por cuanto significa tu gesto. No puedes imaginar cómo te lo agradezco.
(Op, Cit.)


NOTA

El título, Disciplina clericalis, se ha tomado prestado del de una colección de cuentos ejemplarizantes escritos en latín por el judío converso Pedro Alfonso de Huesca en el siglo XII.

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“Quietudes”: Archivo personal


Muerden los crampones el espeso cobertor de hielo aún aferrado al prado, al pie del tozal donde los troncos de la vetusta cocina de hierro fundido confinada en la Fosqueta fenecen lanzando estelas de humo por la recién estrenada chimenea de sillares rematada con un orejudo conejo de hierro forjado. Tatuadas en la nieve compacta, vienen y van, hasta la orilla del aliviadero congelado del río, huellas de raposo que se adentran más allá de los árboles entre los que resiste el longevo tejo bajo el que, en el otoño de 1940, se suicidó, para no caer en manos de la Guardia Civil, el zapatero Santistebe, enlace de una de las partidas de guerrilleros que se ocultaban en estos parajes. Como los antiguos maquis, invisibles entre la perenne maraña boscosa, quizás observan los huidizos vulpinos el caminar crujiente de las figuras rebozadas en colores que, al descubierto e indiferentes al frío y la aguanieve, recorren las alburas de la tarde sabatina ociosa y encalmada.


Junto a la aislada edificación, en el cobertizo abierto, blanquea la leña apilada y expuesta al tiempo; una quebradiza capa de hielo recubre el antiguo abrevadero de las caballerías sobre el que apenas una hora antes encontraron un acentor muerto. En el depósito anejo a la pared sur, el agua se ha solidificado en feo mazacote que han roto a martillazos hasta conseguir que el líquido se deslizara por la cañería y cayera en la pileta esmaltada de la cocina, entre silbantes sacudidas del grifo.

Sucumbe el día, sin preámbulos, al otro lado de la ventana de la bien pertrechada borda rehabilitada de la pardina Foncillas, con la quietud glacial anunciando el dorondón. Las brasas que languidecen tras la portilla de la vieja cocina de fundición todavía reparten sus ardores por el edificio de piedra de interiores estucados; en una esquina de la gruesa plancha de metal negro, alejado de la boca de alimentación, gorgotea, hirviente y olvidado, el café de puchero.

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“Mudéjar. Aljafería de Zaragoza”: Iván Villar


Saraqusta —la actual Zaragoza, llamada por los árabes Ciudad Blanca, por el color de sus edificios— tuvo el privilegio de ser, en fecha imprecisa de la segunda mitad del siglo XI, la cuna de uno de los más brillantes pensadores del medioevo, Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn al Saig ibn Bayya, conocido como Avempace. Perteneciente a una familia de orfebres, fue político, filósofo, astrónomo, botánico, médico, físico, poeta, músico, y aglutinó a su alrededor a un sinnúmero de sabios andalusíes, cristianos y judíos en las frecuentes tertulias que se celebraban en el ornamentado Salón Dorado del espléndido palacio de la Aljafería —centro cultural, político y religioso de la medina— donde se discutían y celebraban todas las artes de la época así como renombradas justas poéticas, actividades clausuradas definitivamente cuando el rey aragonés Alfonso, el Batallador, conquistó, en la primavera de 1118, la taifa saraqustí, que se incorporó, tras siglos de gobierno musulmán, al Reino de Aragón, produciéndose la natural desbandada de la gran mayoría de ilustres que iluminaban con su sapiencia las penumbras peninsulares cada vez más oscurecidas por las guerras.


La toma aragonesa de Saraqusta supuso el fin de la estabilidad multicultural, ajena a cualquier fundamentalismo, en una ciudad que, en el año 714, había pasado de visigoda a musulmana sin derramamiento de sangre. La transformación derivada de la conquista cristiana empezó con la ocupación de los espacios de dominio andalusí por parte de aragoneses, navarros, catalanes, bearneses y aquitanos, quedando los mudéjares en los arrabales y los judíos en sus tradicionales aljamas, en situación precaria pese a las leyes a favor de estas dos comunidades que dictaron los sucesivos monarcas aragoneses, convertidas en papel mojado cuando, a partir del reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, se procedió a la expulsión de los judíos, a la que seguiría, en tiempos de Felipe III, la de los moriscos descendientes de quienes no habían abandonado su ciudad amada cuando fue conquistada por las tropas conjuntas de Aragón y Bearn del Batallador.


Así pues, Ibn Bayya, que había ocupado el cargo de visir del gobernante de la taifa, huyó de la Zaragoza aragonesa en 1118, refugiándose primero en Játiva, donde fue encarcelado, y trasladándose después al sur peninsular, en un periplo que lo llevó por Almería, Sevilla, Granada y Jaén, dejando en todas esas ciudades la huella de sus conocimientos y un puñado de discípulos que propagarían el pensamiento del singular intelectual andalusí, que concibió un sistema astronómico sin epiciclos, con esferas excéntricas a la manera de Ptolomeo, modernizó la medicina, difundió la lógica aristotélica desvinculando la razón de la religión y creó y definió la estructura métrica del zéjel.

Tras abandonar la península Ibérica para instalarse en Orán, marchó posteriormente a Fez, ciudad en la que ejerció como galeno, práctica que le supuso enfrentarse a los médicos de la Corte, que organizaron, en el mes de Ramadán del año cristiano de 1138, su asesinato dándole a probar, tras la puesta del Sol, un guiso de berenjenas envenenadas. La desaparición de Avempace tuvo el efecto contrario al buscado por quienes le dieron muerte, pues su nombre y sus escritos no solo remontaron los tiempos sino que llegó a ser reconocido como el primer filósofo andalusí del racionalismo, el misticismo y el cientifismo, ejerciendo gran influencia en otros pensadores, tanto del ámbito musulmám como del cristiano. De Avempace se conservan en la actualidad ocho manuscritos distribuidos y guardados en las más importantes bibliotecas del mundo.


Como curiosidad —que no certeza ni refrendo— añadir que algunos estudiosos de música antigua han hecho hincapié en las muchas similitudes existentes entre los compases del actual himno nacional de España y una nubah compuesta por el sabio andalusí Avempace, concluyendo los musicólogos que tal vez no sea disparatado aventurar que el himno español proceda de la primitiva composición musical del gran erudito de la Edad Media.

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“La espiral (blanca) del tiempo”: Archivo personal


1

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como
  un campo de urces.
En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal
  donde habita el invierno.
Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los
  guerreros más viejos.
En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los
  signos del suicidio:
globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que se
  espesa en mi rostro.


2

No existe otra espiral que el bramido del tiempo.
Amasar la memoria es bondad de alfareros, lentitud de veranos en
  fabulación.
Las grosellas derraman granates en la nieve y los silencios más antiguos
  en humo y humildad se desvanecen.
¿Dónde encontrar ahora el amargor del muérdago y el agua?
¿Dónde la ocultación de las leyendas y los bardos?


3

Este es un paisaje de miradas de nata y tejados helados. Es un paisaje
  helado e indestructible.
Los niños muertos juegan junto al molino con cuévanos vacíos y
  varas de avellano.
Coronan de laurel y de nieve sus cabezas mientras, tras los marzales,
  aúllan a la luna, dolor del amarillo.
¡Dolor del amarillo! Hay en la noche cánticos sagrados y láminas de
  plata y hogueras rumorosas como lenguas de escarcha.
Como si todo fuera igual. Como si no hubieran pasado tantos años.


[…]

Julio LLamazares. Fragmentos de Memoria de la nieve.

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“La ciudad a pie de sierra”: Archivo personal


«El autorretrato de cada pueblo no está construido con piedras, sino con palabras habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él. La imagen que el pueblo hace de sí mismo es el sentido de su existencia».- John Berger


Hoy hace once años que nos abandonó definitivamente, dejándonos huérfanos de tanto, Manuel Benito Moliner (1958-2010), gran persona, médico, articulista, investigador etnológico y perseverante escrutador de la historia de Huesca, ciudad en la que nació y a la que amó y que, según sus propias palabras, “me ha sido esquiva y se ha mostrado conmigo altanera, yéndose con el primero que le soltaba un tópico”. Dos años antes de morir publicó Huesca: Álbum de adioses —cuya segunda parte vio la luz cuando ya había fallecido su autor—, un exquisito y evocador paseo literario por la historia de la ciudad a través de los edificios oscenses que las arremetidas del tiempo, la incuria y las especulaciones urbanísticas derruyeron y de los que únicamente un puñado de fotografías pobladas de grises y algunos cuadros de época han dejado constancia para el recuerdo y la rabiosa vergüenza ante los desmanes cometidos. “Quizá”, escribía Manolo Benito en el prefacio, “[la ciudad] al verse y leer su historia y los sentimientos que despierta, me mire a los ojos con sus cuencas de eterno escombro y me guiñe su última almena”. Y así, esa Huesqueta  término que, dicen, inventó un zaragozano para señalar el sempiterno ruralismo de la ciudad altoaragonesa, pero que los oscenses transformaron, con orgullo, en vocablo identitario  se muestra imperecedera y entrañable en la escritura de Manuel Benito, que recompone templos y hospitales, casonas y teatros, plazas, cárceles y fuentes, devolviéndolos, entre imágenes y palabras, a sus hechuras y emplazamientos y desempolvando viejas anécdotas e historias de gentes que dejaron su huella, e incluso su tragedia, en la ciudad provinciana.


Pero la ciudad, admirado Manolo, aunque tú ya no podrás comprobarlo, mostró, por fin, reciprocidad a tus amorosos desvelos, y allí están, soberbios, los edificios rehabilitados del que fuera antiguo matadero de principios del siglo XX, con sus fachadas con toques mudéjares y modernistas, el mismo viejo matadero que un día soñaste adecuar y convertir en museo vivo de etnografía y emblema de la cultura, y que lleva, desde hace cuatro años y con justicia, tu nombre: Centro Cultural Manuel Benito Moliner.


NOTA

Urbs Victrix Osca, Huesca, Ciudad Victoriosa, fue el nombre que dieron los romanos a la ciudad prerromana de Bolskan, actual Huesca.

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“Catedral de Huesca al cielo”: Kum111


Cuando sobre el mediodía del 26 de agosto de 1937, tropas de la IV Brigada de Navarra y de la italiana División Blindada Littorio, adscritas ambas al ejército sublevado contra la República, entraron victoriosas en la ciudad de Santander, los ecos de la conquista llegaron hasta Huesca, ciudad que había quedado en manos fascistas desde el inicio de la guerra. El jolgorio festivo de los afectos a Franco engalanó momentáneamente la capital oscense y una ruidosa pirotecnia se elevó a las nubes hasta que uno de los cohetes lanzados impactó contra el chapitel de madera emplomada que coronaba la torre del campanario de la magna catedral altoaragonesa, incendiándose y desmoronándose aquel y finalizando así, bruscamente, la celebración.

De tal guisa, con la torre sin remate, conocieron las siguientes generaciones el magnífico templo, relegada al olvido forzado la causa de tan irregular arquitectura. Pero hete aquí que, a mediados de este mes de diciembre, ochenta y tres años después de la accidentada pérdida del elemento ornamental catedralicio, el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Huesca presentó una enmienda a los presupuestos municipales proponiendo que el Consistorio de la ciudad se hiciera cargo de la reconstrucción del desaparecido chapitel que, argumentaba, fue destruido por la artillería republicana en el transcurso de la guerra.

Tan falaz afirmación, no se sabe si fruto de la ignorancia o del revisionismo histórico, ha producido más ruido, si cabe, que el cohete desviado que descabezó la vieja torre, y a la indignación, no exenta de chanzas, de quienes conocían la versión real de lo acontecido aquel agosto de 1937, han venido a añadirse las declaraciones del representante de Patrimonio de la Diócesis, que ha desmentido con pruebas documentales que la pérdida del chapitel se debiera a la intervención belicosa republicana sino a la suma de la fatalidad, la imprudencia y la nula destreza de algún falangista metido a pirotécnico chapucero.

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“Receso”: Archivo personal


No osa la penumbra periférica adentrarse en la luminosidad rampante que envuelve la ciudad prenavideña por la que discurre un discreto arroyuelo humano enmascarado que apura las horas entre tentadores escaparates y terrazas medio llenas donde las tertulias desafían los avances del frío.

Nena, ¿te apetece un chocolate con churros?”, pregunta Agnès Hummel a Jenabou. “No. Quiero lo mismo que vosotras”.

La calle es un murmullo que se alza y desciende como si una batuta invisible guiara la cadencia del sonido.

Llega el camarero, ataviado con una liviana camisa negra, con los vasos de panacota con frutos rojos, los distribuye y musita un “que aproveche” mientras se dirige, con la bandeja bajo el brazo, hacia los ocupantes de una de las mesas próximas.

De la juguetería que hay a la vuelta de la esquina sale, de sopetón, un popurrí estridente de villancicos que hacen las veces de banda sonora de paseantes y sedentarios y obligan a elevar las voces de los agrupados en las tres terrazas que se apropian de parte del espacio peatonal.

Acude el camarero a la mesa de las panacotas para realizar el cobro de las consumiciones y, a la par que las mujeres recogen las bolsas y paquetes que habían guardado bajo las sillas, se desliza la niña con los patines en dirección a la cercana plaza.

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