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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

“A ras de suelo”: Archivo personal


Clareaba la aurora las calvas calizas de los conglomerados de aluviales y acariciaba la luz al guardián Pisón, señorial gigante durmiente, mientras los caminantes tomaban la ruta del este, por la senda viciada donde cientos de pisadas añejas condenaron a la vegetación a retirarse bordeando una estrecha franja terrosa y agrietada que se perdía ladera arriba, entre los bojedales. A lo lejos, peña Gratal, donde el amanecer fosforescente parecía haber prendido una indiscreta hoguera anaranjada a semejanza de aquellas otras que hace más de ochenta años encendían los republicanos huidos durante los primeros meses de guerra para indicar a las gentes de los pueblos vencidos de la sierra que “la llama de la esperanza era más poderosa que el rugido de las pistolas sanguinarias que dejaban un rastro de cadáveres jóvenes y viejos, maniatados, en campos, barrancos y cunetas“. Así, al menos, lo había relatado Mariano Constante en aquella charla extraordinaria que fue a dar en la Escueleta Vieja del Barrio —hará más de veinte años— y en la que el grupo que subía hace unas semanas, con el frescor del alba, por el angosto sendero, supo, por primera vez, por boca del viejo orador exiliado, de la existencia de Ambrosio Pargada.


Nació Ambrosio en el singularísimo pueblo de Riglos  donde reinan los mallos—  allá por 1909, apegado, desde niño, a una sierra que amaba y conocía como una prolongación de su propia casa. Solitario y poco dado a palabrerías, se dedicaba a cultivar las buenas hectáreas de tierra de la familia, a cuidar del ganado y a la caza, afición ésta que le costaría la pérdida del brazo derecho al explotar la escopeta que manejaba. Fue, desde entonces, el Manco de Riglos. Y así pasaría a la historia de la guerrilla.

De conocidas convicciones libertarias, colaboró, como la mayoría de los anarquistas de Huesca, en la Sublevación de Jaca de 1930. Cuando estalló la Guerra (In)civil, hizo creer a todos que había marchado a luchar con el ejército republicano mientras se ocultaba en la sierra y se dedicaba a guiar a fugitivos hasta las zonas que no habían conquistado los sublevados. Pero siempre regresaba, a escondidas, a Riglos, a su casa, burlando las patrullas falangistas y, en ocasiones, hasta enfrentándose a ellas con un arrojo que sus conocidos tildaban de locura.

Al alargarse la guerra se enroló en la Columna Roja y Negra y, finalizada la contienda, regresó a su pueblo. Fiel a sí mismo, siguió ayudando a quienes se adentraban en la sierra para, montaña a través, llegar a Francia. Pero fue detenido en 1944 y encerrado en la prisión de la vecina localidad de Ayerbe donde, conocedor de que iba a ser fusilado, protagonizó una increíble fuga rompiendo el enrejado de la ventana de su celda y ganando, de un salto, la calle. Marchó a la Sierra de Guara, su conocido y seguro refugio, y, aun manteniendo su independencia y soledad, colaboró con los Grupos de Acción Anarquista. Finalmente decidió pasar a Francia sufriendo, durante la durísima marcha, una caída por un barranco y fracturándose una pierna. Del respeto que se tenía, dentro del maquis, por el Manco de Riglos es suficiente prueba que, imposibilitado para seguir el viaje por su propio pie, fuera transportado hasta el vecino país en una camilla por seis guerrilleros que representaban a cada uno de los grupos con quienes había cooperado Ambrosio Pargada desde 1936.

En Francia, el Manco de Riglos fue atendido de sus heridas en la Colonia de Aymare [*], colectividad fundada por anarquistas españoles cerca de Le Vigan; allí residió hasta mediados de los años sesenta.

Ambrosio Pargada, el Manco de Riglos, falleció en el hospital psiquiátrico de Leynes (Francia) en junio de 1974.


Seis horas de marcha ininterrumpida, con el Sol otoñal refulgiendo en los claros, los rostros aguados y los pies, cada vez más grávidos, arrastrando todas las piedras de la pendiente. Deteníase el grupo de excursionistas en el carrascal, cerca del destartalado puente próximo a la carretera. En el obsoleto poste de luz, ligeramente inclinado, un viejo ejemplar oscuro de águila ratonera manteníase erguido, indolente, aparentemente ajeno a los intrusos que, sentados a la sombra de una encina, lo contemplaban mientras engullían, con indisimulada avidez, los bocadillos.






APÉNDICE

[*] La Colonia Aymare de Ancianos y Mutilados de la Revolución Española fue una propiedad formada por 120 hectáreas de terreno y un castillo en ruinas situada cerca de la población de Le Vigan (Francia), comprada en 1939 por la Sociedad Internacional Antifascista y el Movimiento Libertario Español para atender a refugiados españoles ancianos, mutilados de guerra y enfermos de todas las edades.

Con la ocupación alemana y el establecimiento del Gobierno de Vichy, en cuya área de influencia se encontraba Aymare, funcionó, también, como refugio para perseguidos de cualquier nacionalidad y, en 1948, pasó a ser una Colectividad Agrícola Anarquista basada en el autoabastecimiento y la autosuficiencia.

En 1967, tras veintiocho años de existencia, la Colectividad de Anarquistas Españoles de Aymare fue, finalmente, desmantelada y vendida. Sus actuales propietarios rehicieron el antiguo castillo que daba nombre a la propiedad y lo convirtieron en un resort de lujo.

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“La casilla”: Archivo personal


Cuando en 2007 entró en servicio la variante ferroviaria de la línea Zaragoza-Canfranc y se sacó la vía de la zona sur del casco urbano de Huesca, se acometió el derribo de las viejas casillas adyacentes a los pasos a nivel con barreras; la automatización de estas había dejado, años ha, en desuso aquellas familiares edificaciones levantadas con idéntico patrón que, en algunos casos, habían sido vivienda de los guardavías pero que, deshabitadas, se habían transformado en ruinosas construcciones que el tiempo y la desidia desmoronaban ante la indiferencia de los munícipes y algunas protestas de la ciudadanía.

Mejor suerte corrió la casilla próxima al cerro de San Jorge, en la ruta que lleva a la ermita de Loreto y que, durante años, fue el lugar de trabajo de la señora Nieves, la guardabarreras, que hizo de ella un lugar acogedor con su jardincito vallado y aquellas galletas de nata que la buena mujer ofrecía a las criaturas que se acercaban para saludar el paso del tren e inventar retahílas que musicaba el traqueteo rítmico del automotor. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, cantaban los niños. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, repetía el tren, que parecía carcajearse cuando el improvisado coro infantil apostado en el puente recitaba: ¿Por dónde pasa el tren? / ¡Por la vía! / ¡Anda, burrico, que ya lo sabía!

Algunos de aquellos niños y niñas son los adultos que muchas mañanas festivas caminan junto a la casilla rehabilitada y recorren la ruta del ferrocarril convertida en sendero cubierto de gravilla que la señora Nieves nunca pudo ver porque falleció muchos años antes. Son las mismas niñas y los mismos niños que, ya adolescentes y jubilada la guardabarreras, la visitaban en su casa, donde nunca faltaban las sabrosas galletas ni las rosas que aromaron la vieja casilla. Y aún hoy, tantos años después, recuerdan a Pocholín, el jilguero lugano de la ferroviaria emérita, que, cuando escuchaba a lo lejos el silbido del tren avisando de su inminente entrada en la ciudad, gorjeaba y se volteaba en su jaula mientras a los labios de las jóvenes visitas retornaba aquel Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro de la niñez.

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“Torreón del Amparo (Huesca)”: Archivo personal


Con la ciudad todavía aletargada y la prisa escondida, bajo los libros, en la mochila de piel oscura, emprende el caminante la lenta circunvalación de lo que antaño fuera la firme muralla. La de las noventa y nueve torres, o tal vez cien… La inexpugnable. La de los 1.938 metros perimetrales. La que durante siglos categorizó como invicta la ciudad protegida.


Desfallece la historia en los viejos sillares a tizón mandados construir por el valí de Wasqa, Amrus Ibn Umar, en el siglo IX y que, aun hoy, sustentan las paredes remozadas de las casas y las toneladas de tierra de los antiguos huertos. Y desafiando la indiferencia, el paso del tiempo y las fechorías urbanísticas, el superviviente torreón románico del Amparo, tozudamente erguido frente al río sobre su planta cuadrada, con las ménsulas de las desaparecidas almenas transformadas en reposadero de palomas cagonas.
Unos metros más al este, resistiendo como el solitario torreón, el arco adintelado en ladrillo —flanqueado por un cubo arquitectónico moderna y dolorosamente repintado— del último de los cuatro portones principales de entrada a la ciudad, la puerta de Montearagón [FOTO], sencilla y cariñosamente conocida como la Porteta, único vestigio de las cuatro aberturas señoriales las otras eran la Sicarta, la Alquibla y la Ramián que miraban a los cuatro puntos cardinales y permitían o cerraban, junto a otras tres puertas secundarias, el acceso a la ciudad que fuera disputada joya de los tuyibíes y muladíes descendientes de los Banu Salama, los Banu Sabrit y los Banu Amrus.


Acude a la memoria sosegada del caminante aquel rebelde épico, Bahlul Ibn Marzuq, que se alzó contra el gobierno central de Al-Ándalus, instigó la revuelta popular en Saraqusta y Wasqa y se autoproclamó cabecilla de un efímero reino independiente que llegó a ser reconocido por el mismísimo Carlomagno.

Piedras. Historia. Sombras que danzan entre las hierbas que se abren paso por las grietas del tiempo.

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“Castillo abadía de Loarre”: Archivo personal


Una lanzada entre los ojos, a través de la abertura del yelmo, terminó con la vida y el reinado de Ramiro I, primer monarca de Aragón. El deceso está datado en la villa de Graus, el 8 de mayo de 1063 ó 1064, en plena batalla entre las tropas aragonesas y las del rey Al-Muqtadir de Saraqusta, que combatía contra el de Aragón con la ayuda del rey Fernando I, conde de Castilla y rey de León —hermano de Ramiro—, cuyo hijo, Sancho, se hallaba al frente del ejército castellanoleonés.

A Ramiro I de Aragón, la historiografía lo ha señalado como hijo ilegítimo de Sancho el Mayor de Navarra, condición que resaltan la mayoría de sus biógrafos. con la excepción, entre otros, de Antonio Durán Gudiol, que achaca a la animosidad castellana de la época y a las tensas relaciones fraternas de los hijos del rey navarro —que llegaron a enfrentarse en el campo de batalla en diversas ocasiones— la atribución de bastardía. Así, Durán Gudiol determina que Ramiro, nacido en 1020, fue el menor de los hijos varones del rey navarro Sancho el Mayor y su legítima esposa Munia de Castilla, mientras quienes defienden la ilegitimidad del aragonés dan como probable fecha de nacimiento el año 1006 y como madre a Sancha de Aibar, noble dama y amante del rey pamplonés antes de su matrimonio con Munia.

Francisco Bautista, estudioso de las Crónicas Najerense [*] y Silense, asevera que, amén de los pertinentes ajustes de cuentas castellano-leoneses con los reyes de Aragón, la supuesta ilegitimidad de Ramiro I suponía una circunstancia muy conveniente a las aspiraciones de Alfonso VII de León y Castilla que, como descendiente de Sancho el Mayor, pretendía hacerse con las tierras aragonesas que antaño habían formado parte de los feudos navarros, sobre todo, teniendo en cuenta que el rey aragonés —que también lo era de Pamplona— Alfonso el Batallador, nieto de Ramiro I, había muerto sin descendencia y había legado, en su testamento, sus feudos “a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa […], dono a Santa María de Nájera y a San Millán […], dono también a San Jaime de Galicia […], dono también a San Juan de la Peña […] y también para después de mi muerte dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén […] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna…

Obviamente, los nobles aragoneses se apresuraron a incumplir tan estrambótico testamento y sería un hermano del Batallador quien ceñiría la corona, evitando cualquier posible reclamación castellano-leonesa. Habrían de transcurrir unos siglos hasta que una dinastía castellana, la de los Trastámara, sentara sus reales posaderas en el trono por el que tantos suspiraron.






NOTA

[*] La Crónica Najerense cuenta que a Ramiro, supuesto bastardo del rey Sancho, se le otorgaron las tierras aragonesas por su gallardía en la defensa de la virtud de la reina doña Munia, esposa de su padre, a quien sus propios hijos acusaron de adulterio:

“[…]Que hijo mas verdadero reparó la honra mía
Doyle el Reyno de Aragón para después de mi vida.
Luego el Rey hizo lo mismo porque muy bien le quería.
Assí fue Rey don Ramiro, por su bondad y valía
De los Reynos de Aragón, donde mucho lo querían[…]”

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“Bajo el embozo”: Archivo personal


De parte y por mandamiento de los Illustres señores Justicia, Prior y Jurados de la ciudad de Huesca se intima, notifica y manda a qualesquiera personas, de qualquiere calidad y condición que sean, que hubieren entrado y estén en la presente ciudad de otros lugares en donde vivían y tenían su habitación, por razón de la fuga que hicieron por el contagio, se salgan de la presente ciudad dentro de quatro horas contaderas de la publicación del presente pregón. En otra manera, lo contrario haciendo, incurra e incurran por cada una perssona en pena de quinientos sueldos jaquesses (…) hasta pena de muerte inclusive.

Y assi mesmo se intima que ciudadano, vecino, habitador, ni persona alguna de qualquiere calidad que sea no puedan salir de la presente ciudad y sus términos, so las mismas penas aplicaderas como las de arriba…

Pregón de Aislamiento. Archivo del Ayuntamiento de Huesca. Libro de Actas de los años 1651-1652—.

Fantasea el trabajador itinerante, que este octubre de 2020 aguarda en su vehículo la aquiescencia de la Policía Local para internarse en la ciudad confinada, con aquellos tiempos viejos de perímetro amurallado y portones reforzados con alamudes, mientras la peste de mitad del siglo XVII, que asoló Europa y provocó la muerte de la cuarta parte de la población oscense, amortajaba el desvalimiento de aquellos cuerpos hacinados en la desesperanza, con los ojos suplicantes mirando a un cielo vacío de dioses clementes y vírgenes protectoras. Una caña de ocho palmos de largo, portada por los viandantes que procedían de las casas sospechosas de pestilencia, marcaba la distancia social conveniente para evitar el contagio en aquellas callejuelas estrechas y empinadas que tan sólo por menester, y siempre esquivando a los convecinos, se recorrían con igual celeridad que miedo, sin estar seguros de si, al regreso, los desconocidos miasmas invisibles ingresarían en el hogar a la vez que el retornado.

Cuatro siglos después, alborea la ciudad confinada invadida de avenidas, rotondas, hormigón, contenedores de reciclado, árboles y alborotadores estorninos, con solitarios transeúntes tempraneros luciendo cambujes de nariz a barbilla y algunas muescas de hastío en la mirada.

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“El guardían de los libros”: Archivo personal


«Subíamos a garras templadas [1] por esa costanilla que hay frente al convento de las Miguelas», contaba don Luis Urriens, que en algún momento lejano fue Luisete y Luis hasta anteponer ese don que hacía juego con su estampa, trajeada siempre. «En cuanto veíamos el torreón del Instituto, dependiendo de qué asignatura había a primera hora, se nos ponía el estómago del revés si es que nos tocaba clase con don Basilio, el de los Latines… A mí me subían unos ardores desde las pantorrillas imaginando que, esta vez sí… esta vez el señor Fábregas, el bibliotecario, me había descubierto y me esperaba en el portón de entrada, junto al señor Eutiquio, el bedel, para reclamarme el libro que había escamoteado en sus mismas narices y cuya devolución de tapadillo se ponía más difícil conforme pasaban los días».


En las que fueron insignes dependencias de la aclamada Universidad Sertoriana de Huesca, edificada donde antaño levantose el palacio de los Reyes de Aragón y aun antes la Zuda islámica, se creó, en 1845, el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, heredero de la añeja solemnidad universitaria y del bagaje histórico-artístico que se asentaba intramuros, con su bellísimo patio octogonal parcialmente techado, el Salón del Trono y el único torreón que resistió las embestidas del tiempo, donde se hallaban la cripta, con la Sala en la que la leyenda dice que Ramiro el Monje ordenó construir la campana cuyos repiques se escucharon por todo el Reino, y la Sala de doña Petronila, gabinete principesco y antigua capilla, que devino en extraordinaria biblioteca que albergaba, en aquel año de gracia de 1936 del estudiante de bachillerato Luisete —que no Luis ni don Luis—, cerca de treinta mil volúmenes prensados en recias baldas de descomunales estanterías dispuestas longitudinalmente en ese aposento medieval de semicolumnas románicas adosadas a los muros y ornamentadas con capiteles historiados —la mayoría de temática religiosa— puntillosamente esculpidos, en los que, por aquel entonces, todavía era posible apreciar su delicada policromía.


«Yo no había robado un libro en mi vida. Vamos, ni un libro ni ninguna otra cosa. Si acaso, algún puñao de castañas o un cacillo de melocotón con vino de la fresquera de casa, que robar, robar tampoco es. La cuestión es que a don Basilio, el de los Latines, le dio por apretarnos las clases con párrafos y más párrafos, para traducir del Latín, de La guerra de las Galias… La inquina que le cogimos a Julio César y a su De bello Gallico, y la de reprimendas y suspensos que nos llegaban a cuenta del militar romano… Tú imagínate, entonces, cómo se nos abrió el cielo cuando, de casualidad, ayudando al señor Fábregas, el bibliotecario, a organizar una sección de mamotretos del año catapum, descubrí un libro bastante maltrecho de don José Gil de Goya y Muniain, con la traducción al español de los escritos de Julio César. Aquel libro se me quedó como cosido a la mano, y cuando el señor Fábregas me mandó con unos libros para entregárselos a don Emilio, el catedrático de Ciencias Naturales, aproveché para sacarlo mezclado entre ellos. Bajé por aquellas escaleras estrechas que ni me tocaban los pies en el suelo».

«Madre de mi vida, la de tumbos que dio Goya y Muniain de mano en mano y de casa en casa… Y cuántos “menuda colección de belulos de boina [2] tengo por alumnos” nos ahorramos de boca de don Basilio, que si sospechaba algo, nada dijo. La dificultad vino después, casi terminado el curso y sin ninguna oportunidad de devolver el libro al lugar de donde lo había sacado. No me hubiera costado nada depositarlo disimuladamente en la mesa de estudio para que el bibliotecario lo colocase en su ubicación… O dejarlo entre otros volúmenes confiando en que a nadie le llamara la atención, pero me frenaba la posibilidad de que el bibliotecario descubriera la treta, la comentara con don Basilio y este, con lo taimado que era, cayera en la cuenta de lo que significaba ese libro, precisamente ese libro, en el lugar equivocado… Así que pasaron los días, terminó el curso y el ejemplar siguió en mi poder, quitándome incluso el sueño».

«No se me ocurría cómo resolver la situación hasta que allá a mediados de julio, haciendo unos recados para mi madre, me encontré en la plaza del Mercado con don Jesús, el farmacéutico, que había sido profesor de Dibujo en el Instituto. “¿Cómo lleva las vacaciones, Urriens?”, preguntó. Y añadió: “Me ha dicho su padre que este curso ha superado usted el Latín…”. Y entonces supe que en aquel hombre, más comprensivo que la media y del que tenía muy buenos recuerdos, estaba la solución a aquello que llevaba dos meses carcomiéndome. Y se lo conté todo, tragándome las lágrimas que se me venían a los ojos… Se lo conté de un tirón, con toda la vergüenza y el remordimiento acumulados. Me escuchó sin dejar de mirarme, sin interrumpirme, sin preguntarme nada… Aún parece que lo veo… Me puso una mano en el hombro y me dijo, lo recuerdo bien: “Pásese por la farmacia esta tarde, Urriens. Y traiga con usted ese dichoso libro, que ya lo reintegraré a su sitio en cuanto tenga ocasión. Reflexione este verano sobre sus propósitos, Urriens, y hablaremos usted y yo de ellos más adelante”. Por la tarde, allí estaba yo, en la rebotica, rojo de vergüenza y tendiéndole el volumen… Él no habló. Le di las gracias, me hizo un gesto de asentimiento y salí. Nunca he olvidado ese catorce de julio de mil novecientos treinta y seis. Nunca he olvidado a don Jesús…». Y, al concluir el relato, le naufragaban los ojos entre lágrimas mientras se llevaba a los labios el vaso de café con leche aquel doce de agosto de 2003, sentados él y yo en la terraza del bar Rugaca.




ADENDA

  • El 18 de julio de 1936 triunfó en Huesca el golpe militar que derivaría en los cruentos años de guerra. Jesús Gascón de Gotor Giménez, nacido en Zaragoza, el 14 de septiembre de 1897, licenciado en Farmacia, profesor auxiliar de Dibujo, vicesecretario del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca y militante de Izquierda Republicana fue detenido por los fascistas el 23 de julio de 1936 y asesinado bárbaramente en la tapia oeste del cementerio municipal, junto con cerca de un centenar de oscenses, el 23 de agosto de 1936.
  • El Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca, donde cursaron estudios Joaquín Costa, Santiago Ramón y Cajal, Ramón Acín Aquilué y otros ilustres personajes, se transformó en cárcel durante la guerra y perdió su condición de centro de enseñanza para convertirse, en 1967, en sede del Museo Provincial; las antiguas estancias del palacio Real (Salón del Trono, Sala de la Campana y Sala de doña Petronila) forman parte del mismo.
  • Los cuantiosos fondos bibliográficos ubicados durante años en la Sala de doña Petronila fueron depositados, tras la (in)civil guerra, en el Colegio Mayor de Santiago y, posteriormente, pasaron a la Biblioteca Pública de Huesca y al Archivo Histórico.
  • En 1951 se inauguró, en el Ensanche de la ciudad, un nuevo y moderno edificio para albergar al alumnado de bachillerato. Al novísimo instituto, heredero del anterior, se le dio el nombre de Instituto de Enseñanza Media Ramón y Cajal.
  • Luisete/Luis/don Luis Urriens es un personaje ficticio sin cuyo concurso esta historia no hubiera sido posible. El resto de personas que se nombran, las localizaciones, descripciones y datos anexos se corresponden con la realidad.






NOTAS

[1] Expresión aragonesa que significa deprisa.

[2] Expresión que se traduce como tontos de remate.

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“Waiting”: Archivo personal


(…)

Loco —Nuestro anarquista, en pleno rapto… (ya veremos luego cómo encontrar entre todos un motivo más verosímil para ese gesto insensato)… se levanta de un salto, toma carrerilla… Un momento… ¿Quién le sirvió de estribo?

Comisario —¿De estribo?

Loco —Sí, ¿quién de ustedes se colocó junto a la ventana, con las manos cruzadas a la altura del vientre, así, para que él apoyara el pie, y ¡zas!, tomara impulso para volar por encima del parapeto?

Comisario —Pero, ¿qué está diciendo, señor juez, no pensará que nosotros…?

Loco —No, por favor, no se altere, simplemente preguntaba… Es que, al ser un salto  tan grande con tan poca carrerilla, sin ayuda de nadie… pues no quisiera que alguien dudara…

Comisario —No hay nada que dudar, señor juez, se lo aseguro. ¡Lo hizo todo solo!

Loco —¿No había ni una de esas tarimas de competición?

Comisario —No

Loco —¿El saltarín llevaba zapatos con tacón elástico?

Comisario —No, nada de tacones.

Loco —Bien, así que tenemos, por un lado, un hombre de 1.60 escasos, solo, sin ayuda, ni escalera… Por otro, media docena de policías que, pese a encontrarse a pocos metros, uno incluso junto a la ventana, no llegan a tiempo de intervenir…

Comisario —Es que fue tan repentino…

Agente —No se figura lo ágil que era ese demonio, por poco no consigo sujetarle el pie.

Loco —Oh, ya ven, mi técnica de provocación funciona… ¿Le sujetó del pie?

Agente —Sí, pero me quedé con el zapato en la mano, y él se cayó.

Loco —No importa. Lo importante es que se quedara el zapato. El zapato es la prueba irrefutable de su voluntad de salvarle.

(…)

Dario Fo: MUERTE ACCIDENTAL DE UN ANARQUISTA.


Entre el bosque de pináculos y agujas neogóticas que conforman el tejado marmóreo del Duomo milanés, las voces de sorpresa y admiración ascendían hasta rozar el nubarrón adiposo que pendía sobre la Madonnina, cuyas hechuras de cobre recubiertas de oro lanzaban destellos con cada suave salpicadura de lluvia que, pausada y silenciosamente, descendía de la agrisada bóveda celeste.

Desde el húmedo otero abarcaban los ojos el mapa pétreo de la ciudad, con el inconfundible trazado de la Galleria Vittorio Enmanuelle que guarda, bajo su acristalada cúpula, el mosaico del toro sobre cuyos desdibujados testículos hacen girar los talones quienes, buscando o no la suerte que la leyenda atribuye a dicha acción, atraviesan la ruta de establecimientos carísimos que comunica la plaza de la catedral con la del Scala.

De regreso de Santa Maria Delle Grazie, con la decepción cincelada en los rostros ante la imposibilidad de ver el soberbio Cenacolo del maestro Leonardo, la llovizna se cargó de reproches.


Si ya os dije que cerraban a las siete…

Vamos mañana, a primera hora.

…y todo por el Pinelli ese… Tiene narices. La lápida de un anarquista que se puede ver a cualquier hora contra una obra de arte… Quien os entienda que os compre.

Que iremos mañana, pesada.


A poca distancia del Duomo, en la Piazza Fontana, una placa colocada en 1979 sobre la pared de la Banca Nazionale dell’Agricoltura, recuerda a las diecisiete víctimas mortales del atentado neofascista perpetrado el 12 de diciembre de 1969 y que, durante años, se atribuyó a grupos anarquistas. Otra placa, situada en los jardines del Palazzo del Capitano di Giustizia, recuerda a Giuseppe Pinelli, el anarquista italiano acusado falsamente como autor del atentado y que falleció al ser arrojado desde la cuarta planta de la prefectura policial donde estaba siendo torturado e interrogado por los hombres del comisario Luigi Calabresi. Pese a las pruebas forenses que indicaban lo contrario, la justicia determinó que no había motivos para inculpar a los policías encargados de la custodia de Pinelli.

En 2007 el Vaticano inició un expediente de beatificación del condecorado comisario Luigi Calabresi, asesinado en 1972 por un grupo de extrema izquierda.


Septiembre, 2016

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“Balcones olvidados”: Archivo personal


A la Excma. Sra. Presidenta se le desmandan los pobres, los descastados que pueblan los arrabales capitalinos y compadrean con moros, sudacas y gitanos. La hez protesta y se amotina, se revuelve contra el orden natural y defenestra la sacrosanta pirámide social que, con tanto mimo, ensalivan y apuntalan la magna regidora y sus conmilitones.



¡A mí la Legión!
Y los Tercios de Flandes y hasta los encapirotados del Ku Klux Klan.


Bandas enmascarilladas agitan su rabia en los barrios bajos, entre bragas de mercadillo y figuritas del oso y el madroño made in China. La Excma. Sra. Presidenta, que ni mea ni caga ni ventosea (con perdón), clama, entre banderas y sutilezas, contra los desagradecidos arrabaleros, terroristas víricos, carne de Cáritas y gueto, que amenazan la aséptica fluidez de los barrios altos, del Madrid genuino y exportable, bastión de la decencia ideológica y del tocomocho de palacete marmolado.



¡A mí la Legión!
Y la Santa Hermandad y hasta la Brigada Político-Social, tan añorada.


Despotrica la turba aviesa, malencarada e infecta, bien dirigida por la izquierda golpista y patibularia, y sueña la Excma. Sra. doña Isabel Natividad Díaz Ayuso, impoluta dama gobernadora, tiempos gloriosos y políticamente encauzados.

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“Canfranc”: Archivo personal


El 18 de julio de 1928 el rey Alfonso XIII de España y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue, inauguraban la Estación Internacional de Canfranc, en el paraje de los Pirineos oscenses conocido como Los Arañones, entre las fortificaciones de Coll de Ladrones y Torreta de Fusileros.

La extraordinaria estación era el culmen del viejo proyecto de 1853 para unir, mediante trazado ferroviario, Zaragoza (España) y Pau (Francia). Las obras de la línea comenzaron en 1882 y, con grandes dificultades económicas y topográficas, se consiguió que, en 1898, se realizara el primer trayecto desde Zaragoza a Jaca, tardándose todavía treinta años en completar los veintiún agrestes y últimos kilómetros del tendido ferroviario entre Jaca y la frontera francesa, donde la fastuosa estación en tierras aragonesas habría de dar la bienvenida a viajeros de uno y otro lado de los Pirineos, en una medición de fuerzas hispanofrancesas algo descompensadas, pues las locomotoras de la parte española funcionaban con carbón y las de la parte francesa eran eléctricas.

El complejo ferroviario, con su impresionante edificio principal a tres alturas, de 246 metros de largo y estilo modernista, con un fabuloso vestíbulo y profusión de elementos arquitectónicos y decorativos en madera, hierro, cemento, acero, piedra y cristal, con pilastras clasicistas a modo de sujeción ornamental, constaba de 300 ventanas y 156 puertas, bajo una espectacular cubierta curva de pizarra con cimborrio achatado y cuatro pináculos que destacaban su aspecto imponente y, en cierta manera, surrealista, en medio de un paisaje de alta montaña. Dos pasos subterráneos, varios muelles, un hotel y un depósito de máquinas completaban el conjunto de la que se consideraba una de las estaciones ferroviarias más grandes y hermosas de Europa.

El tránsito de pasajeros y mercancías entre España y Francia alcanzó tintes novelescos durante la II Guerra Mundial, convirtiéndose la estación en centro de fugas, contrabando, espionaje e intersección genuina para la ayuda mutua entre los golpistas vencedores de la Guerra (In)civil Española y los jerarcas del III Reich, a quienes los primeros proveyeron de volframio a cambio del oro pagado por los segundos, oro que, al parecer, procedía del expolio a los judíos detenidos en los ignominiosos campos de la muerte diseminados por la Europa dominada por el nacional-socialismo.

Terminada la contienda, la línea francoespañola se mantuvo (excepto en el período 1945-1949, de mayores desavenencias políticas entre los dos gobiernos) hasta que, en 1970, el derrumbe del puente de L’Estanguet, cerca de Bedous (Francia), al paso de un tren de mercancías, decidió a las autoridades francesas a cancelar las vías que se unían a las españolas.

La estación transpirenaica de Canfranc, declarada Monumento histórico-artístico, quedó relegada al olvido y su esplendor de antaño sucumbió, durante décadas, ante la desidia de los gobernantes, el expolio y las duras condiciones meteorológicas de la zona.


En el año 2005, el Gobierno de Aragón y el Ministerio de Fomento alcanzaron un acuerdo económico para iniciar las tareas de remodelación, que convertirían el inmueble ferroviario en… hotel de lujo, con unas características diferentes a aquellas que le dieron la categoría de Bien de Interés Cultural de Aragón. Posteriormente, el organismo aragonés renunciaría a adecuar la antaño hermosa estación en hospedería de alto copete, no sin antes haber despilfarrado grandes cantidades de dinero público en la propuesta inicial, como denunció en su momento la Asociación Pública para la defensa del Patrimonio Aragonés.

En enero de 2013, la compra definitiva de la Estación Internacional de Canfranc por parte del Gobierno de Aragón, abrió, por fin, nuevas vías a la rehabilitación, por fases, de todos los edificios que componen el conjunto ferroviario, así como de los diferentes elementos, locomotoras y antiguos vagones que formaron parte de tan singular e histórico enclave vergonzosamente abandonado.



EPÍLOGO

…y en Canfranc para un rato / junto a la vía, / que se rompe a pedazos / en su agonía“, cantaba, mientras crecíamos en edad y consciencia, el admirado y vindicativo cantautor y literato aragonés Joaquín Carbonell, que la Covid, ¡maldita sea!, nos arrebató ayer mismo.
Gracias por tanto, querido Joaquín.


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ANEXO

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“Aurora de sueños”: Archivo personal

 

Guiado siempre de un entusiasmo objetivo, sentía en mi trayectoria revolucionaria el intenso dolor de que al pueblo, precisamente a mi pueblo —la tierra aragonesa donde mis energías adquirieron desde la niñez la savia anarquista—, se arrebatase sin más ni más el fuero de su autonomía, tan difícilmente alcanzado a fuerza de sangre, de tesón combativo, de fervor revolucionario….- JOAQUÍN ASCASO. Primer —y, hasta la fecha, único— presidente anarcosindicalista y republicano de la historia de Aragón.

 

A Joaquín Ascaso Budría (1906-1977), el “albañil y anarquista”, como él se definía, que presidía el Consejo de Aragón, lo detuvieron el 19 de agosto de 1937 junto con algunos de los consejeros que componían el efímero ente aragonés. Era la respuesta del gobierno republicano a los discolos libertarios que habían ninguneado la autoridad gubernamental. Las Colectividades Agrarias aragonesas serían destruídas por las tropas republicanas al mando de Enrique Líster. Fusilamientos sumarísimos y detenciones masivas frenaron el sueño revolucionario de quienes, durante casi un año, mostraron al mundo que las utopías no eran un fantasma improbable en la fantasía de los desheredados. Fue, lo que Ascaso y sus compañeros llamaron, en sintonía con el inolvidable Joaquín Costa, “el turno del pueblo“.

El Consejillo de Caspe —como así denominaba al independiente y rebelde Consejo de Aragón, con furiosa sorna, Manuel Azaña— nacido el 6 de octubre de 1936, y defenestrado vía decreto y manu militari entre el 10 y el 19 de agosto de 1937, fue el único e insólito experimento de gobierno anarquista de la historia; un islote independiente de autogestión donde cientos de personas repartidas en más de 400 colectividades desarrollaron un sueño igualitario que, tras el final de la guerra, fue sepultado, con igual afán, por vencedores y vencidos.

Joaquín Ascaso fue acusado, a conveniencia del Frente Popular y con la siempre eficiente propaganda comunista, de ladrón y traidor a la causa republicana. Cuestionado por sus compañeros libertarios, era consciente del precio que iba a pagar por su osadía. “Lo procesaron por causas ficticias, nunca justificadas, las autoridades gubernamentales. Su propia organización aragonesa le hizo el vacío. Y de ahí la salida. En Francia vivió muchas penalidades. Las autoridades francesas lo amenazaron con devolverlo a Franco o a sus propios compañeros. Antes que hubiese sucedido nada de eso, se habría suicidado con un disparo de pistola. Finalmente, consiguió embarcar hacia Uruguay, gracias a un feliz contacto en Francia, y se estableció en Venezuela. Estuvo también en Chile, pero vivió dos etapas de su existencia auténticamente miserables; trabajó de albañil, de conserje, en el transporte, conduciendo camiones. Nunca logró remontar el vuelo ni dejó de ser un transterrado. Finalmente sus amigos tuvieron que pagar su entierro”, cuenta el historiador Alejandro R. Díez Torre, editor de las Memorias que Ascaso escribió antes de salir de España.

 

En Zaragoza, en el barrio donde nació Joaquín Ascaso Budría, se alza un monolito con la leyenda: «Los vecinos de Torrero, al anarcosindicalista Joaquín Ascaso, presidente del Consejo de Aragón. Octubre 1936- Agosto 1937».




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