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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

“Canfranc”: Archivo personal


El 18 de julio de 1928 el rey Alfonso XIII de España y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue, inauguraban la Estación Internacional de Canfranc, en el paraje de los Pirineos oscenses conocido como Los Arañones, entre las fortificaciones de Coll de Ladrones y Torreta de Fusileros.

La extraordinaria estación era el culmen del viejo proyecto de 1853 para unir, mediante trazado ferroviario, Zaragoza (España) y Pau (Francia). Las obras de la línea comenzaron en 1882 y, con grandes dificultades económicas y topográficas, se consiguió que, en 1898, se realizara el primer trayecto desde Zaragoza a Jaca, tardándose todavía treinta años en completar los veintiún agrestes y últimos kilómetros del tendido ferroviario entre Jaca y la frontera francesa, donde la fastuosa estación en tierras aragonesas habría de dar la bienvenida a viajeros de uno y otro lado de los Pirineos, en una medición de fuerzas hispanofrancesas algo descompensadas, pues las locomotoras de la parte española funcionaban con carbón y las de la parte francesa eran eléctricas.

El complejo ferroviario, con su impresionante edificio principal a tres alturas, de 246 metros de largo y estilo modernista, con un fabuloso vestíbulo y profusión de elementos arquitectónicos y decorativos en madera, hierro, cemento, acero, piedra y cristal, con pilastras clasicistas a modo de sujeción ornamental, constaba de 300 ventanas y 156 puertas, bajo una espectacular cubierta curva de pizarra con cimborrio achatado y cuatro pináculos que destacaban su aspecto imponente y, en cierta manera, surrealista, en medio de un paisaje de alta montaña. Dos pasos subterráneos, varios muelles, un hotel y un depósito de máquinas completaban el conjunto de la que se consideraba una de las estaciones ferroviarias más grandes y hermosas de Europa.

El tránsito de pasajeros y mercancías entre España y Francia alcanzó tintes novelescos durante la II Guerra Mundial, convirtiéndose la estación en centro de fugas, contrabando, espionaje e intersección genuina para la ayuda mutua entre los golpistas vencedores de la Guerra (In)civil Española y los jerarcas del III Reich, a quienes los primeros proveyeron de volframio a cambio del oro pagado por los segundos, oro que, al parecer, procedía del expolio a los judíos detenidos en los ignominiosos campos de la muerte diseminados por la Europa dominada por el nacional-socialismo.

Terminada la contienda, la línea francoespañola se mantuvo (excepto en el período 1945-1949, de mayores desavenencias políticas entre los dos gobiernos) hasta que, en 1970, el derrumbe del puente de L’Estanguet, cerca de Bedous (Francia), al paso de un tren de mercancías, decidió a las autoridades francesas a cancelar las vías que se unían a las españolas.

La estación transpirenaica de Canfranc, declarada Monumento histórico-artístico, quedó relegada al olvido y su esplendor de antaño sucumbió, durante décadas, ante la desidia de los gobernantes, el expolio y las duras condiciones meteorológicas de la zona.


En el año 2005, el Gobierno de Aragón y el Ministerio de Fomento alcanzaron un acuerdo económico para iniciar las tareas de remodelación, que convertirían el inmueble ferroviario en… hotel de lujo, con unas características diferentes a aquellas que le dieron la categoría de Bien de Interés Cultural de Aragón. Posteriormente, el organismo aragonés renunciaría a adecuar la antaño hermosa estación en hospedería de alto copete, no sin antes haber despilfarrado grandes cantidades de dinero público en la propuesta inicial, como denunció en su momento la Asociación Pública para la defensa del Patrimonio Aragonés.

En enero de 2013, la compra definitiva de la Estación Internacional de Canfranc por parte del Gobierno de Aragón, abrió, por fin, nuevas vías a la rehabilitación, por fases, de todos los edificios que componen el conjunto ferroviario, así como de los diferentes elementos, locomotoras y antiguos vagones que formaron parte de tan singular e histórico enclave vergonzosamente abandonado.



EPÍLOGO

…y en Canfranc para un rato / junto a la vía, / que se rompe a pedazos / en su agonía“, cantaba, mientras crecíamos en edad y consciencia, el admirado y vindicativo cantautor y literato aragonés Joaquín Carbonell, que la Covid, ¡maldita sea!, nos arrebató ayer mismo.
Gracias por tanto, querido Joaquín.


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ANEXO

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“Aurora de sueños”: Archivo personal

 

Guiado siempre de un entusiasmo objetivo, sentía en mi trayectoria revolucionaria el intenso dolor de que al pueblo, precisamente a mi pueblo —la tierra aragonesa donde mis energías adquirieron desde la niñez la savia anarquista—, se arrebatase sin más ni más el fuero de su autonomía, tan difícilmente alcanzado a fuerza de sangre, de tesón combativo, de fervor revolucionario….- JOAQUÍN ASCASO. Primer —y, hasta la fecha, único— presidente anarcosindicalista y republicano de la historia de Aragón.

 

A Joaquín Ascaso Budría (1906-1977), el “albañil y anarquista”, como él se definía, que presidía el Consejo de Aragón, lo detuvieron el 19 de agosto de 1937 junto con algunos de los consejeros que componían el efímero ente aragonés. Era la respuesta del gobierno republicano a los discolos libertarios que habían ninguneado la autoridad gubernamental. Las Colectividades Agrarias aragonesas serían destruídas por las tropas republicanas al mando de Enrique Líster. Fusilamientos sumarísimos y detenciones masivas frenaron el sueño revolucionario de quienes, durante casi un año, mostraron al mundo que las utopías no eran un fantasma improbable en la fantasía de los desheredados. Fue, lo que Ascaso y sus compañeros llamaron, en sintonía con el inolvidable Joaquín Costa, “el turno del pueblo“.

El Consejillo de Caspe —como así denominaba al independiente y rebelde Consejo de Aragón, con furiosa sorna, Manuel Azaña— nacido el 6 de octubre de 1936, y defenestrado vía decreto y manu militari entre el 10 y el 19 de agosto de 1937, fue el único e insólito experimento de gobierno anarquista de la historia; un islote independiente de autogestión donde cientos de personas repartidas en más de 400 colectividades desarrollaron un sueño igualitario que, tras el final de la guerra, fue sepultado, con igual afán, por vencedores y vencidos.

Joaquín Ascaso fue acusado, a conveniencia del Frente Popular y con la siempre eficiente propaganda comunista, de ladrón y traidor a la causa republicana. Cuestionado por sus compañeros libertarios, era consciente del precio que iba a pagar por su osadía. “Lo procesaron por causas ficticias, nunca justificadas, las autoridades gubernamentales. Su propia organización aragonesa le hizo el vacío. Y de ahí la salida. En Francia vivió muchas penalidades. Las autoridades francesas lo amenazaron con devolverlo a Franco o a sus propios compañeros. Antes que hubiese sucedido nada de eso, se habría suicidado con un disparo de pistola. Finalmente, consiguió embarcar hacia Uruguay, gracias a un feliz contacto en Francia, y se estableció en Venezuela. Estuvo también en Chile, pero vivió dos etapas de su existencia auténticamente miserables; trabajó de albañil, de conserje, en el transporte, conduciendo camiones. Nunca logró remontar el vuelo ni dejó de ser un transterrado. Finalmente sus amigos tuvieron que pagar su entierro”, cuenta el historiador Alejandro R. Díez Torre, editor de las Memorias que Ascaso escribió antes de salir de España.

 

En Zaragoza, en el barrio donde nació Joaquín Ascaso Budría, se alza un monolito con la leyenda: «Los vecinos de Torrero, al anarcosindicalista Joaquín Ascaso, presidente del Consejo de Aragón. Octubre 1936- Agosto 1937».




ANEXO

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“Los girasoles de la calle Saguesgaña”: Archivo personal


Cuenta una leyenda navarra que “un peregrino que hacía el Camino de Santiago llegó, sediento, cerca del Alto del Perdón buscando una fuente donde saciarse y, hete aquí, que encontrose con el diablo, que había tomado la forma de un guapo doncel. El joven se comprometió a indicarle la ubicación de la fuente si el peregrino se avenía a negar a Dios, oponiéndose a ello el romero. Entonces, ofertole el demonio señalarle la fuente si negaba a la Virgen, con idéntico resultado. Finalmente, asegurole que le daría un trago de agua si renegaba del apóstol Santiago. Como el peregrino se mantenía firme en sus negativas, el diantre, rabioso, desapareció tras una nube de azufre y quien se hizo presente ante el piadoso y casi moribundo peregrino fue el mismísimo apóstol, que le ayudó a llegar hasta la oculta fuente, ofreciéndole su propia vieira para que bebiese de ella“.

Único elemento tangible de la fábula religiosa del pasado, la fuente de Reniega —que por ese nombre es conocida, aunque se la rebautizó más adelante como fuente de Gambellacos— sigue proporcionando su agua a cuantas personas, devotas o no, amplían sus paseos por ese monte, situado a unos trece kilómetros del centro de Pamplona.


I

Los caminantes rebasan la comitiva peregrina que Vicente Galbete esculpió en chapa en el Alto del Perdón, desafiando al viento que se regodea en las quietas figuras metálicas —en perpetua e imposible marcha por el llamado Camino Francés— antes de ser absorbida su energía cinética por los aerogeneradores del Parque Eólico, que se yerguen, descomunales, en la sierra que, con presteza, descienden los paseantes en dirección a Zizur Nagusia.

Seis kilómetros —o acaso siete— con el Sol y el viento, tenaces, campando por el sendero en pendiente, a cuya mitad los andarines aceleran el ritmo hasta salvar la ladera y asentar los pies en el asfalto llano que, continuándolo poco más de medio kilómetro hacia el oeste, bordea los inspiradores campos de girasoles que la brisa, ya apenas brava, acuna, dispersando cortas nubecillas de avispas que cabriolan sobre el atrayente amarillo de las lígulas.


II

En el segundo piso de la vivienda de la calle Saguesgaña, el agua de la ducha y la prisa recorren los cuerpos. Zumba el viejo aparato de aire acondicionado y acallan las risas los timbrazos del interfono.

Retoman la calle, hidratados y lustrosos, los andariegos, con pasos cortos y apaciguados, y contonea el viento los tallos híspidos de los mirabeles, como suaves adioses.

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“Aguas mansas”: Archivo personal


En la vieja carretera del puerto de montaña de Monrepós, el túnel de la Manzaneda abría sus oscuras fauces para que, viniendo desde la vertiente sur, el viajero que atravesaba sus ochocientos metros de longitud se detuviera a la salida, en una zona más amplia del arcén, a beber del agua fresca y limpia del manantial canalizado que daba nombre al túnel. «Si bebes de esta agua, volverás a estas montañas. Tu alma quedará impregnada con la esencia del monte y permanecerá para siempre en tu corazón», rezaba la leyenda que presidía la fuente de la Manzaneda, hoy destruida. Certera predicción. Siempre se regresa. Por otro firme y otro trazado carretero. Pero se vuelve. Y quien recorrió ese extraordinario puerto por la antigua ruta inaugurada en la posguerra, con sus trescientas curvas, sus rampas y su trepidante rasante final, guarda en la memoria esa obsoleta calzada que, pese a su peligrosa estrechez y falta de visibilidad, tenía alma, como si todos los espíritus de la Naturaleza y de los humanos cuyo futuro se perdió entre esas ondulaciones estuvieran allí, velando el que fuera tortuoso trayecto —actualmente reconvertido en la Autovía Mudéjar (tramo Zaragoza-Huesca-Jaca)— por el que los viajeros se aventuraban, hasta hace muy pocos años, para desembocar en el Alto Pirineo.

Pero las peripecias en el viejo trazado de Monrepós, en su cara sur, empezaban unos kilómetros antes de arribar a los pies del puerto, en la pintoresca, angosta y sinuosa carretera, hoy en desuso, del congosto del río Isuela, colmados sus escasos cuatro kilómetros de cortos túneles excavados en la roca viva, apuntalando la ladera por la que se deslizaban piedras de diferentes tamaños que terminaban en la calzada de pavimento maltrecho y, en ocasiones, llegaban a golpear a los vehículos —encajonados entre la montaña y el río— que circulaban por ella. Era el único camino viable —hasta la construcción de la variante— por el que se subía desde Huesca al muy apreciado pantano de Arguis y a las lejanas estaciones de esquí.

Antes de llegar a la presa del embalse de Arguis, una brecha abierta en la roca, junto al cauce del río, y en la que pocos automovilistas reparan, señala sutilmente la entrada a la cueva de san Climén, legendaria madriguera de O Fotronero, un gigante comeniños de la mitología altoaragonesa con el que los pastores veteranos asustaban a los jóvenes repatanes [1] para que estos les pagaran el poncho que trasegaban en el mesón de Arguis, cuando bajaban los rebaños a tierras llanas. Para hacer más creíble la añagaza, uno de los pastores se deslizaba hasta la cueva —que posee una acústica extraordinaria— y desde allí aullaba y despotricaba, con voz cavernosa, a los repatanes más remisos que, aterrorizados, sufragaban sin rechistar cuanto consumían los mayores —acción que por estos lugares se conoce como pagar la manta—. A algunos muchachos les daba tal pavor que O Fotronero los devorase, que, pese a haber pagado la manta, cuando pasaban cerca de la cueva se cubrían con pieles de mardano [2] y se ponían a caminar a cuatro patas, entre el ganado, para que el gigantón no se apercibiera de su presencia.


Atardece en Arguis. Recogen los excursionistas toallas y neveras de camping, fiambreras, vasos, platos, cubiertos… Desmontan y pliegan mesas y sillas. En las aguas quietas, despejadas de intrusos, nadan madrillas y barbos culirroyos y asoman los eslizones entre las piedras. Retorna el paraje a su silvestre esencia y otean ansiosos los abejarucos, entre fresnos, sauces y abedules, el vuelo incesante de los insectos. Va dejando el día su última luz sobre las cimas y se alejan los sonidos humanos envueltos en plástico, hule, vidrio, aluminio y acero.


NOTAS

[1] En aragonés, se llamaba repatán al joven, casi niño, aprendiz de pastor.
[2] Id., carnero.

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“Tiempo decolorado”: Archivo personal

 

«A medida que me acerco a mi último suspiro pienso en una broma final. Llamo a todos mis amigos, ateos consumados como yo, para que se reúnan tristemente en torno a mi lecho de muerte. Llamo a un cura y, para horror de todos, me confieso, pido absolución por mis pecados y recibo la extremaunción. Y luego me muero».- Luis Buñuel (1900-1983), en su libro de memorias Mi último suspiro.

En 1982, un año antes de la muerte de Luis Buñuel, se publicó Mi último suspiro, el interesante libro de memorias del genio de Calanda que transcribió el guionista Jean-Claude Carrière a partir de las muchas conversaciones que hubo entre ambos a lo largo de dieciocho años. En él —entre alguna boutade, tres o cuatro mentirijillas y el olvido, consciente o no, de algunos buenos amigos mexicanos— aparece dibujado, más que el cineasta, el personaje contradictorio que el propio Buñuel moldeó a lo largo de los años: transgresor, incongrente, tradicional, moderno, anarquista, pacato, gamberro, respetuoso, irreverente, reflexivo, socarrón, atento, burlón, familiar, brusco, amoral, moralista y ateo irredento jugando al escondite con Dios. Fue Buñuel tan inclasificable, poco convencional y laberíntico que incluso sus cenizas llevan casi cuatro décadas en paradero cuestionado, circunstancia que algunos achacan a una broma póstuma ideada por él mismo en connivencia con algunos de sus más leales afines.

Don Luis, que falleció en México, el 29 de julio de 1983, fulminado por una insuficiencia cardíaca, hepática y renal derivada del cáncer que padecía, fue incinerado inmediatamente en el crematorio de la funeraria Gayosso de Félix Cuevas y sus cenizas entregadas, como es natural, a su viuda, Jeanne Rucar (1908-1994), que dispuso una mínima parte de las mismas para ser esparcidas en el Desierto de los Leones, un parque nacional cercano a la capital mexicana por el que solía pasear su marido, pero se negó a dar cualquier información sobre el destino del resto, haciendo posible que se creara un entramado digno de formar parte del argumentario surrealista del imaginativo y chancero director.

Un sacerdote dominico, Julián Pablo Fernández (1937-2018), amigo y contertulio del bajoaragonés —depositario, además, durante más de dos años, de la urna funeraria del cineasta, hasta que la reclamó la viuda—, afirmó, en sendas entrevistas realizadas en 2004 y 2012, tener en su poder la mayor parte de los restos de la cremación escondidos en la parroquia del Centro Universitario Cultural de México D.F., donde ejercía su ministerio, no descartando, aseguraba, que, en un futuro no muy lejano, la arqueta cineraria de Buñuel pudiera exponerse en una capilla para ser… ¡¡venerada por los fieles!! Estrambótico destino —en caso de ser ciertas las afirmaciones del eclesiástico— para un ateo militante, pero suprema socarronería para quien fuera, además de extraordinario director cinematográfico, amigo de pergeñar chanzas.

El padre Julián ha dicho recientemente que él conserva los restos de mi padre. Que están en una capilla […] de la capital mexicana. Pero no puede ser. Mi hermano Juan Luis, mi primo Pedro Christian García-Buñuel y yo esparcimos esas cenizas en 1997 en el Monte Tolocha, en Calanda. Y así lo queremos hacer constar en un documento firmado“, fue la respuesta de Rafael Buñuel, hijo menor de Luis, a las declaraciones del dominico, poniendo fin a veintinueve años de hermetismo en relación al destino de los restos fúnebres del insigne cineasta. En una carta enviada a un periódico español en 2012, los hijos de Buñuel explicaban que su madre, Jeanne Rucar, poco antes de fallecer en 1994, había entregado las cenizas a su hijo Rafael, transportándolas éste a Los Ángeles en una caja de cartón cuyo contenido real no se declaró “para evitar problemas en la aduana“; la misma caja de cartón que tres años después llevaron, según la misiva rubricada, a Calanda para que el polvo buñueliano, transcurridos catorce años de la muerte e incineración de Buñuel, se depositara en la tierra que fue su cuna y de la que nunca renegó. Que fueran o no las cenizas originales o que una parte de ellas las retuviera el padre Julián, son cuestiones que es poco probable que se resuelvan algún día. Sólo los actores principales —en su mayoría, fallecidos— de este sainete póstumo, tan buñuelesco, conocen la verdad.

 

«[…] me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme a un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba».- Op. cit.

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“Calma”: Archivo personal


y… ahí está el chilindrón. Una fuente de barro vidriado color miel de monte, llena casi hasta el borde. Piezas de pollo reventando de dorado color, el color de los adobes a medio cocer. Escandalizando la ternura de la salsa, muda, asustada de verse retratada, el verde quemado y el rojo perdido de los pimientos que el fuego apaga y suaviza. Cerca, el porrón de vidrio verdinoso con los púrpuras del vino en su interior. Más atrás, sobre el color poniente de una ventana, un cántaro exuda una esperanza de frescor de pozo, de acequia, de manantial, venero que descubre misterios encendidos entre arenas y piedras de más abajo, mucho más abajo del camino y la mies. Yo pienso que Goya no se hubiera negado a pintar así mi chilindrón”.- Julio Alejandro.


Sobre el cojín bordado de petunias que cubre el asiento de anea del sillón, el libro abierto; no importa en qué página porque todas las que se suceden en Breviario de los chilindrones son troneras abiertas a paisajes, aromas y sabores tejidos en la memoria aragonesa del viajero, dramaturgo, guionista, novelista, poeta, profesor universitario, anticuario, decorador, director artístico, gastrónomo y marino que fue Julio Alejandro, el hombre que entendió y extendió el surrealismo buñueliano en los elaborados guiones de Abismos de pasión, Viridiana, Nazarin, Simón del desierto, Tristana y en la dirección artística de El ángel exterminador.


La vida de Julio Alejandro conforma un extenso e involuntario guión en una sucesión de imágenes cinematográficas que abarcan todos los géneros posibles. Ayudante del que fuera ministro de Marina y luego Presidente del Consejo de Ministros de la República, José Giral, fue perseguido por los dos bandos al estallar la guerra (in)civil y tuvo que huir a Francia ayudado por Indalecio Prieto. Posteriormente, en 1939, se traslada a Lisboa y después a Filipinas, donde será azuzado por japoneses y americanos. Operado de apendicitis, sin anestesia y en condiciones higiénicas espantosas, terminará internado en un campo de concentración bajo mando norteamericano; desde allí, y gracias a un visado proporcionado por el cónsul español, se enrola como friegaplatos en un barco y recala en EEUU para proseguir viaje a México, Chile y Argentina. Consigue regresar a España a finales de los cuarenta y estrena algunas exitosas obras teatrales que la crítica atribuye al entonces exiliado Alejandro Casona; desengañado, marcha a México donde, en 1953, se encuentra con Luis Buñuel, con el que trabajará en algunas de sus películas.


Llevan las palabras el ulular del viento del Moncayo que el cierzo de las sierras de Gratal y Guara celebran y acompañan mientras vuelan las nubes adiposas hasta la mar dilecta para depositar el eco entre las caracolas volteadas en el espumoso oleaje.

Huesca. Chimillas. Bulbuente. San Sebastián. Madrid. Alhucemas. Shangai. Toulouse. Lisboa. Manila. San Diego. Santiago de Chile. Buenos Aires. México. Jávea…  Geografía vital de azares, penurias, dichas, combates, pasiones, escrituras, amigos, regresos, reconocimientos, muerte.


Julio Alejandro Castro CardúsJulio Alejandro, para el mundo cinematográfico— nació en Huesca, el 27 de febrero de 1906. Apasionado de la poesía y el mar y reconocido como un extraordinario guionista cinematográfico  —labor a la que se dedicó en México durante 35 años—,  falleció en Jávea, el 22 de septiembre de 1995, en su casita frente al mar, mientras tomaba café y charlaba con sus amigos. “Soy aragonés y, por tanto, español; vivo en México, y por encima de todas esas cosas soy poeta; después, escritor de teatro; después, escritor de cine; después, escritor para televisión, y después, nada…”, dijo de sí mismo. Sus cenizas fueron esparcidas cerca del monasterio de Veruela, como era su deseo. Una de sus hermanas, la monja teresiana Carmen Castro Cardús  —nacida en Huesca, en 1910 y fallecida en Madrid en 1948—,  fue la directora de la prisión de mujeres de Ventas donde estuvieron encarceladas —hasta su fusilamiento, el 5 de agosto de 1939— las conocidas como Las Trece Rosas.



A Julio Castro
Desde las altas tierras donde nace
un largo río, de la triste Iberia,
del ancho promontorio de Occidente
—vasta lira, hacia el mar, de sol y piedra—,
con el milagro de tu verso, he visto
mi infancia marinera,
que yo también, de niño, ser quería
pastor de olas, capitán de estrellas.

[…]

Dios a tu copla y a tu barco guarde
seguro el ritmo, firmes las cuadernas,
y que del mar y del olvido triunfen,
poeta y capitán, nave y poema.

—Fragmentos del poema dedicado por Antonio Machado, su padrino literario, a Julio Alejandro

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“Trasfondo”: Archivo personal


(Aproximación a Agustín Gómez-Arcos tras la relectura de su novela Un pájaro quemado vivo).


A mediados de los sesenta, Antonio Duque, actor zaragozano, propuso a su amigo, el escritor almeriense Agustín Gómez-Arcos (1933-1998), al que había conocido, tiempo atrás, en el Café Gijón, aventurarse en un Londres alejado, política y culturalmente, del Madrid en el que convivían y se asfixiaban. Treintañeros, indomables y luchadores, vivieron durante dos años su aventura londinense para retornar, en 1968, al continente. A Paris, sueños de libertad.

Hice todas esas cosas que hay que hacer para sobrevivir […] fregar platos, limpiar casas, fregar escaleras, dar clases de español a veces”, confesaría después Agustín Gómez-Arcos, cuando ya era un reputado escritor español en lengua francesa. Dos veces finalista en el Premio Goncourt de Novela, no tenía inconveniente en asegurar que los premios literarios “son un negocio inventado con el consenso de todas las partes interesadas”.

Siempre fue un outsider que no aprovechó su éxito, pero a pesar de la parte cínica y la mala leche, le hubiera gustado ser reconocido en España”, diría Antonio Duque, su amigo durante cuarenta años y el albacea poético que conservó, con mimo, los cuadernos con poemas escritos por Gómez-Arcos en los años cincuenta y setenta, que serían publicados, como emotivo homenaje, tras la muerte de su autor.

En un dúplex alquilado cerca de Montmartre  —barrio en el que vivió y en cuyo cementerio descansan sus restos—  escribió —a mano, siempre a mano— el autoexiliado autor sus novelas-recordatorio de una posguerra que llevó siempre cosida a la memoria. “Nací en 1933 y los tres años de la guerra civil son el principio de mi memoria, muy dura. En Enix, comía migas de salvado, como los cerdos. Iba a los montes a arrancar esparto durante doce o catorce horas […]. Pero eso lo he transformado en memoria para novelas. En mis novelas siempre sale Almería, irremediablemente, aunque salga como otra ciudad. Mi tema sempiterno ha sido la miseria, porque la miseria es mi recuerdo. Mi infancia y la vida de mi familia está recogida en el libro El niño pan, que es un libro de lectura en los liceos de Francia.” Y fue precisamente la publicación en castellano de El niño pan el detonante de un conato de estallido en Enix, su lugar de nacimiento, donde unos años antes, se había renombrado una calle como “de Agustín Gómez-Arcos” y se había colocado una placa de recuerdo en la casa natal. Nombres, motes, gentes y sucesos expuestos, sin tapujos, en una novela de corte autobiográfico donde realidad y ficción parecían aunadas para remover conciencias y reabrir las viejas cicatrices, ofendieron a algunos habitantes de la localidad que, en 2008, pretendieron desterrar de Enix el recuerdo de su Hijo Predilecto, Agustín Gómez-Arcos, diez años después de su muerte.


Yacen los huesos del autor emigrado, cuasi apátrida, tan reverenciado en un país como desconocido en otro  —”Soy una especie de fantasma en este país”—, en la necrópolis parisina de los artistas. Y vive todavía en la memoria de Antonio Duque, compañero en el campo de batalla de la existencia, que evoca al amigo como “un lobo solitario, con alma de anarquista, cuya ternura le concernía al silencio antes que a la palabra”.




POST SCRIPTUM

  • Algunos de los entrecomillados están entresacados del libro Agustín Gómez-Arcos, un hombre libre, publicado por el Instituto de Estudios Almerienses.

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“Epí ta metá ta physiká”: Archivo personal


La mañana del 23 de junio de 1959, recién llegado el verano, cinco meses y algunos días después de la elección de De Gaulle como Presidente de la V República, Le Petit Marbeuf, una modesta Sala Cinematográfica parisina, descorría el telón que protegía su impoluta pantalla para que un reducido grupo de cinéfilos asistiera al primer pase de la película  J’irai cracher sur vos tombes / Escupiré sobre vuestra tumba, basada en el libro homónimo de Boris Vian cuya publicación, trece años antes, había levantado una gran polvareda en las mentes biempensantes de la sociedad francesa y llevado a las autoridades de la República a prohibirlo por pornográfico e inmoral, condenándose, asimismo, al autor —que lo había firmado bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, atribuyéndose únicamente la traducción— por ultraje a los muertos.

Entre los asistentes a la primicia, el propio Boris Vian, buscando pasar desapercibido dadas las pésimas relaciones que había mantenido con el productor y el director de la película, que no habían dudado en expulsarle del proyecto por sus personalísimas ideas para convertir en guión la novela, de cuyos derechos ya no gozaba por haberlos vendido para su adaptación cinematográfica.

Y finalizada la proyección, una vez encendidas las luces de la sala, la tragedia: Boris Vian, novelista, dramaturgo, poeta, músico, cantante, inventor,  ingeniero, antimilitarista, ateo, irónico, crítico y comisionado del estrambótico Colegio de la Patafísica, yacía muerto en su butaca. Su maltrecho corazón había sucumbido a un ataque cardíaco. Tenía treinta y nueve años.

 

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“Al borde del camino”: Archivo personal

 

Bajo el puente, el antiguo trazado de la vía del Canfranero transformado en camino de gravilla; en la hondonada, la ciudad provinciana, con las torres de la catedral dominándola en su atalaya; de frente, ya visible desde la carretera limpia de arbolado, a media hora de tranquilos pasos, el santuario. Carretera parcheada, campos de trigo y matorrales dispersos. Un desagradable olor a pollos hacinados cabalga en la brisa acalorada que recorre el camino. Dos perros se desgañitan, furiosos y amenazantes, al otro lado de la verja de la torre [*]. Un par de curvas más allá, los juncos y las zarzas de la acequia invadida por cangrejos rojos. Unas zancadas más  apretado el paso y contenida la respiración para contrarrestar el hedor putrefacto que emana de entre las hierbas del arcén—  y el desvío al santuario-ermita de Loreto [FOTO].

 

Refiere la historia que los habitantes de la prerromana Bolskan celebraban en el poblado de Lur el culto al dios Lug, divinidad luminosa festejada en el estío. Y fue allí, en el viejo Lur, convertido siglos después en fundus romano denominado Lauret o Loret, dependiente de Osca, donde la tradición asegura que nació, en el siglo III, Lorenzo, hijo de Paciencia y Orencio, ricos labradores, y hermano gemelo de Orencio.

Señálese que esta tradición de la oscensidad de Lorenzo dimana de las primeras estrofas del Martirio de San Lorenzo, poema narrativo medieval compuesto por Gonzalo de Berceo, en el que se hace referencia a Huesca como cuna del mártir. Posteriormente, ante la necesidad de ubicar convenientemente al personaje, los hagiógrafos hallaron en el poblado de Lauret o Loret, enclave del antiguo culto pagano al Sol y la Luz, el lugar idóneo de nacimiento, añadiéndole, además, una santa familia y hasta el detalle de un hermano gemelo con el que, si nos atenemos escrupulosamente a la cronología, se lleva dos siglos de diferencia.

En el décimo día del mes de agosto del año 258, Lorenzo, que vivía en Roma y era diácono del Papa Sixto II, fue ejecutado por negarse a entregar lo que los romanos consideraban tesoros de la Iglesia. El martirologio católico asegura que fue asado, literalmente, en una parrilla, circunstancia que contradice el Edicto del emperador Valeriano, que ordenaba ejecuciones rápidas e inmediatas de obispos, diáconos y presbíteros cristianos, como así sucedió con el propio Sixto II, que murió decapitado.

Sea como fuese, Lorenzo, nacido en Lauret o Loret, terminó siendo San Lorenzo y, según se cuenta, ya en el siglo XI, en el que había sido poblado prerromano de Lur dedicado al dios Lug, se ubicó un pequeño oratorio que honraba al santo oscense, afirmación peregrina porque, en aquella época, tanto Loreto como las localidades adyacentes estaban habitadas por musulmanes de Huesca obligados a vivir extramuros de la urbe y es poco probable que los devotos cristianos eligieran ese lugar para dar rienda suelta a su fervor por un santo del que, entonces, si algún pormenor se sabía no era el de su origen. Cuéntase, también, que un siglo más tarde nació la primera cofradía en honor al santo y que, en el siglo XIII, el sencillo oratorio fue embellecido y ampliado, lo cual resulta asombroso y hasta fantástico dado que no se documentó la adscripción de San Lorenzo con Loreto, su supuesta cuna, hasta el siglo XIV.

El espaldarazo definitivo al diácono de la parrilla fue la victoria hispana en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, en cuya memoria se levantó el monasterio de El Escorial. Parece ser que, en primera instancia, se pensó edificarlo en Huesca, pero la idea se abandonó “por la mala calidad de la piedra del entorno oscense” (sic). No obstante, diez años después de la construcción madrileña, se puso la primera piedra del santuario oscense actual, de formas neoclásicas con fachada herreriana, que fue inaugurado en 1777.

En 1936, durante el asedio a la ciudad de Huesca —en manos de los fascistas— por parte del ejército leal a la República, el santuario de Loreto fue sede de la Columna Garibaldi, formada por brigadistas italianos, que denominaron al santuario Castillo Errico Malatesta, como queda constancia, todavía, en sus muros [FOTO]. Hasta hace algunos años, la CNT de Huesca celebraba, cada Primero de Mayo, una comida campestre —en recuerdo de los libertarios de la Garibaldi— frente a la fachada del templo que preside una estatua —defenestrada durante el asedio a la ciudad— del tan querido como ilusorio patrono oscense.

 

El Camino Viejo de Loreto, en paralelo a la carretera seguida a la ida, estrecha su pendiente pedregosa. Un avispero gordezuelo y grisáceo cuelga entre las zarzas tapizadas de telaraña. En lo alto del desnivel, cuando ya se avistan las edificaciones urbanas, un pequeño monumento [FOTO], antaño cubierto de piedras, señala el lugar donde la madre de los gemelos Lorenzo y Orencio aguardaba cada dia a sus hijos, que llegaban del colegio desde Osca. El camino baja, recto y polvoriento, encajonado entre torres, chalés, matorrales y campos. Duele ya el sol, certero e implacable, a las doce en punto del mediodía dominical en la ciudad de Huesca.


NOTA

[*] Nombre que se da en Aragón a las casas de campo de las zonas llanas.

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“Claroscuros”: Archivo personal


En 1992 se estrenó, en la Filmoteca de Zaragoza, la película Carne de fieras, un ingenuo folletín cuyo metraje fue reconstruido y montado cincuenta y seis años después de su filmación, tras haber sido comprados los cuarenta y dos rollos originales en el Rastro madrileño por el coleccionista zaragozano Raúl Tartaj [*]. La película, filmada en Madrid entre el 16 de julio y el 26 de septiembre de 1936, estaba firmada por Armand Guerra, un cineasta anarquista de nombre real José María Estivalis Calvo, cuya obra y trayectoria vital fueron descubriéndose conforme los esforzados montadores, Ferrán Alberich y Ana Marquesán, avanzaban en la tarea.


José Estivalis falleció en una calle de París, el 10 de marzo de 1939, cuando, al parecer, se dirigía a una embajada a solicitar nuevos documentos de identidad  los suyos habían quedado atrás, entre España y los sucesivos campos de concentración franceses de los que escapó. La obra de este tipógrafo, traductor, escritor, conferenciante y cineasta que, por diversas fuentes, se cree fue prolífica, se perdió entre bombardeos, intolerancia, oscurantismo y miedo —su compañera, Isabel Anglada Sovelino, hizo desaparecer los escritos de Estivalis cuando los nazis ocuparon Francia—, quedando como única muestra de su quehacer cinematográfico la celulosa salvada de entre los estrambóticos objetos de un mercadillo.


Pero si la historia del rodaje  con la sublevación del 18 de julio de por medio—  y la aparición, tantos años después, de la película conforman una sucesión de situaciones rocambolescas  Armand continuó, pese a la guerra, con la película porque de ella dependía el sustento de varias personas—  no lo son menos las vicisitudes posteriores de las dos protagonistas femeninas del film que algunos tildan de maldito.

Tina de Jarque, bellezón moreno de la época y una de las vedettes más internacionales de la década de los años veinte, políglota, cantatriz, musa erótica y con distinguidas relaciones vía tálamo, desapareció misteriosamente en 1937. Cuéntase que, detenida por un grupo de anarquistas, convenció a uno de sus guardianes para huir juntos  y con un respetabilísimo botín en dinero y joyas—  siendo interceptados en Alicante, donde se les pierde la pista. Parece ser que, terminada la contienda, algún familiar presentó denuncia por su desaparición y posible asesinato a manos de milicianos anarquistas, pero, dada la personalidad poco convencional de la actriz para la instaurada moralidad posbélica, la Causa General archivó el caso y Tina de Jarque quedó en el olvido. Se cree que, acusada de robo y espionaje, fue fusilada junto a las personas que la acompañaban y enterrada anónimamente en el camposanto valenciano.

De otra de las protagonistas, la artista circense y actriz de varietés Marlène Grey, que encandiló y escandalizó al Madrid de preguerra con sus actuaciones desnuda, entre leones, en el Teatro Maravillas, se dice que murió en 1939 en Marsella a causa de las heridas que le produjo uno de los leones del show, circunstancia que contradice otra versión que la sitúa, con su espectáculo, en el Magreb, en las postrimerías de los años cuarenta.

Del resto del reparto y el equipo técnico se sabe que algunos, como Alfredo Corcuera, se exiliaron y otros tuvieron que rendir cuentas de su ideología al terminar la guerra, como el actor y cantante zaragozano Antonio Galán, el albaceteño Tomás Duch  director de fotografía que se vio obligado a trabajar en la década de los cuarenta, por caridad,  sin figurar en los títulos de crédito—  y el compositor Andrés Rojas, autor de la música original que, pese a no ser nunca grabada, fue reconstruida por el músico Pedro Navarrete a partir de las anotaciones y partituras del propio Rojas cedidas por sus herederos a la Filmoteca de Zaragoza. Pablo Álvarez Rubio, protagonista masculino de Carne de fieras e indiscutible galán en las proyecciones cinematográficas de la República, continuó trabajando tras la guerra, aunque en papeles muy reducidos. Falleció en 1983.

Del pequeño actor que interpretaba a Perragorda, el niño colillero de la película, jamás se supo.




ANEXO


NOTA

[*] Raúl Tartaj, que fue representante del cantante argentino Carlos Acuña y actor ocasional, llegó a atesorar 1.950 películas en su colección. Esos fondos cinematográficos, entre los que se encontraba Carne de fieras, los vendió, en 1991, a la Filmoteca de Zaragoza. Raúl Tartaj falleció en 2007.

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