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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

“Pitote”: Archivo personal


Escala Pitote, con su cuerpecillo gordezuelo todavía con pelusa, los libros extendidos en la alfombra, dejando una hilera de desechos orgánicos encima de Carmen Sarmiento, Salvador Pániker y Javier Tomeo; ronronea Kuro, desmadejado y babeante, entre los cojines que cubren el baúl; se alza Yaiza, la perra, sobre sus patas traseras intentando alcanzar con la lengua los restos del chocolate cocido adheridos al borde del tazón; imita Camila, la cardelina, los gorjeos de Melitón, el canario cuya jaula saca cada mañana María Blanca al alféizar de la ventana de su cocina. Pasan las nubes, albas y mansas. Chapotea Pitote en la pequeña bañera de plástico que Étienne, a instancias de Jenabou, le instaló en el patio. Los gatos que rondan por el tejadillo del anexo observan al patito con escaso aprecio e instintos contenidos, quizás recordando los gruñidos de la perra, siempre acogedora y vigilante, cuando acortaron distancias con Pitote, al otro lado de la barbacana, y se vieron obligados a guardar para mejor ocasión las uñas y las intenciones. A Pitote lo trajo, aun no hace un mes, Slavomir, uno de los esquiladores polacos que viven en la antigua granja de Casa Zerigüel. “Por donde el agua”, dijo que lo había encontrado. Pero no hubo manera de localizar algún grupo de ánades que pudieran haber perdido un polluelo ni tampoco echaron en falta ningún animal en la única casa del pueblo donde crían patos.

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“Primavera”: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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“La trocha de las almendreras”: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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“La mariposa”: Archivo personal


Por la abertura del lucernario de la galería donde verdean y florecen las plantas de interior, se ha introducido, en vuelo rizado, una pálida mariposa que ha arribado, sin titubeos, a las recién floridas plumas de Santa Teresa, cuyas hojas cuelgan, pródigas, de la olla azulona y descascarillada fijada con mortero en la pared de piedra. En esa galería, construida con tan buen ojo que el sol solo la roza de refilón, hubiera querido despedirse de la vida el señor Anselmo, en el sillón de mimbre donde se sentaba a leer, bajo la fotografía de Joaquín Ascaso, aquellos libros de Eduardo de Guzmán y Ángel María de Lera que conformaban una ínfima parte de su nutrida y ecléctica biblioteca. Pero fue a morir en la cama articulada de un centro hospitalario, lejos de sus plantas y sus colmenas, del huerto y de la rojinegra de colores desvaídos tras años de ondear en el balcón con vistas a la plaza y la iglesia. “Date una vuelta por las flores”, le decía a Martina, la hija de su única hermana. “Que no se me mueran ellas”. Sobrevivieron las plantas al señor Anselmo y aun a la propia Martina, que falleció al año siguiente de dispersar las cenizas de su tío por el hayedo. Otras manos, las de Lorién, el hijo de Martina, tomaron el relevo y las plantas originales y sus esquejes siguieron hermoseando la galería del sillón de mimbre siempre colocado bajo la foto del admirado Ascaso; allí, debajo del lucernario, donde la mariposa inicia otro corto vuelo y acopla su fina probóscide en los róseos pétalos de la exuberante alegría.

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“Al pie del roquedo”: Archivo personal


Tres escalones de sedimentos —caprichosamente compactados y moldeados por centurias de arremetidas hídricas— llevan hasta la base del irregular roquedo calcáreo, de falda cuarteada, que rodean los barranquistas en primavera para acceder a la angostura desde donde se traslucen las pozas desbordadas del río que culebrea entre las rocas.

A escasa distancia de la cima de la masa pétrea, se templa al Sol el óxido acumulado en la escala ferrosa incrustada en la piedra, que facilita, sin apenas vibraciones, el ascenso hasta la cúspide limpia y plana. Jenabou, con las cuerdas del arnés fijadas por su madre a los anclajes del peñasco, saluda, henchida, a maman Malika, que contempla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás, a su hija y su nieta. «¡Descended ya, que me da vértigo veros!», les grita. Y una cascada de risas se precipita, anárquica, por la hollada mole.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

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“Atmósferas”: Archivo personal


En tanto aún apacienta —extenuado— el otoño los meses umbríos, sestea —indolente— el invierno, entre pedrizas, barrancos y encinares.

Descienden —rudos y anhelosos— cinco goterones y medio al instante absorbidos por la arcilla meliflua que engrosa las suelas de las botas y obliga a gemelos y sartorios a probar su fortaleza entre las peñas forradas de verdín que acotan las estrecheces de la vereda silvestre.


Dance de cirros que pardean y viran vestidos con tutús blanquecinos bajo el telón añil que los custodia.


Clarea el lomo encrespado de la sierra y se bate el cierzo tibio contra hierbas, ramas y los cuerpos ágiles que, arrebozados en impermeables rojos, azules y anaranjados, incursionan —jadeantes— entre riscos porosos, vigilados por un ejército desmandado de nubes antojadizas.


Bajo el puente, reflejan las aguas mansas —tiernamente acribilladas por la lluvia— las figuras que recobran el aliento inclinadas sobre el pretil.


Al fondo, achaparradas a los pies del farallón donde resisten los buitres, se entrevén las primeras casas.

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Arrebol

“Combustión”: Archivo personal


(Últimas horas del día 31 de diciembre).


Aguados los ojos, arreboladas las mejillas, embadurnados de cacao los labios agrietados, barnizado el frontal de brillantes exudaciones…

(…)

Gorgotea el oxígeno, amilanado, bajo el pecho herido por las toses…

(…)

Infusiones. Balsámicas refriegas. Suero fisiológico. Calditos. Polvos de magia mesurada embutidos en grageas farmacéuticas guerreando a muerte contra el nidal de virus asilvestrados que defienden el territorio invadido…

(…)

Recostado el cuerpo frente a la chimenea —cuya calidez intuye el yacente pero no percibe su arrebujada masa corporal, molida a tiritonas— se escurre la tarde y remite la fiebre mientras las llamas insaciables se relamen y consumen un banquete de troncos orondos y enrojecidos que exhalan suspiros tórridos meciendo la somnolencia del postrado.


(L’añada s’esbafa en a boira, por dezaga d’o mar de zerpetas…)[*]



NOTA

[*] De un poema anónimo en aragonés: “El año se evapora en la niebla, por detrás del mar de vellones de lana….

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“Preludio”: Archivo personal


Se descuelga cansina la niebla desde la gravera, cubriendo el meandro y el hayedo y desplazándose, untuosa, hacia la acequia, donde el cañizal mece la sutil consistencia de los imprudentes bisbitas que apresan los ávidos esmerejones.

Se desvanecen las lomas y las paredes fracturadas de la torre albarrana que, con sus pináculos de cuervos rientes acantonados, cela el congosto y las sensuales curvas de la sierra.

Fenece el sol, llagado por la bruma, y se deslíe el paisaje entre las foscas humedades que lo arropan.

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“Inolvidables”: Archivo personal


El viernes casi todo el vecindario y muchos turistas pasaron por la Sala Pepito de Blanquiador, en el Centro de Cultura Popular, para ver la exposición Con nombre propio, un singular muestrario fotográfico dedicado a los animales que, por diversas razones, dejaron su impronta entre las gentes del Barrio. La idea partió de las maestras de la Escuela Rural que, secundadas por el alumnado, llevaron a cabo un proceso de investigación, recopilación y selección del material aportado por algunas Casas de la localidad.

La muestra se compone de ochenta y siete fotografías de diferentes tamaños, cada una con una leyenda anexa; algunas de las imágenes de mayor valor artístico fueron tomadas por monsieur Lussot, fotógrafo profesional de nacionalidad francesa, ya fallecido; enamorado de la Sierra de Guara, visitaba regularmente estas tierras, que documentó y fotografió y cuyo archivo donó a la Asociación de Mujeres, amén de regalar a muchos particulares —“mis convecinos”, los llamaba él— imágenes de la vida cotidiana del Barrio, incluidos sus animales.

En una de las fotografías de monsieur Lussot, Bascués, la recordada cigüeña cuyo nido ocupa ahora su congénere Meterete, levanta el vuelo desde la margen nevada del río, llevando en su pico dos culebras que parecen retorcerse con el vano afán de liberarse; en otra, realizada en los años ochenta, aparece, señorial, el Bustillo, un galgo que llegó, herido y solitario, al Barrio y terminó ocupando la leñera de la Escuela, convirtiéndose en cariñoso y leal compañero de la chiquillería; tras cinco años de presencia amigable en el recinto escolar, y mientras corría a la par del autobús que llevaba al alumnado camino de la playa, cayó bajo una de las ruedas traseras del vehículo, pereciendo en el acto. Los niños, que fueron testigos del fatal accidente, se negaron a proseguir el viaje y aquella frustrada excursión se transformó en una impresionante jornada de duelo que pocos adultos entendieron. El Bustillo fue enterrado en la rosaleda de la escuela; una enorme piedra arenisca, marcada con un corazón torpemente cincelado y que los años han desdibujado, señala el lugar donde reposan sus restos.

Pero, sin duda, las fotografías que más han emocionado al señor Juan, encargado voluntario de la apertura y cierre de la Sala, han sido las de Zaramandico, el burro que lo acompañó durante cuarenta y dos años y cuyas imágenes —la mayoría aportadas por la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que tanto disfrutó en la niñez de los paseos subida a lomos del animal y que, ya adulta, cuidó de su bienestar y le proporcionó una muerte dulce— presentan diferentes estampas de la vida del equino: engalanado y estiloso durante las fiestas de la localidad; trotando, juguetón, en compañía de la grey infantil; acostado en la hierba de su prado favorito; acompañando a los habitantes del Barrio en una de las manifestaciones de protesta por la reconversión de antiguos campos de cultivo en terreno urbanizable o la última, tomada apenas un mes antes de su muerte, luciendo una inmensa pajarita de terciopelo y posando, muy erguido, a la salida de la ermita, junto a la nieta del señor Juan, vestida de novia, el marido de esta y el orgulloso abuelo y padrino.

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