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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

“En el azud”: Archivo personal


Se hunde la tierra, impregnada todavía de las humedades noctámbulas, bajo los pies desprotegidos que trepan por la leve inclinación del terraplén que apuntala el muro septentrional del azud, al otro lado de la pedrera del barranco donde una tupida maraña de ramajes conforman la falsa cueva que utilizan los murciélagos como reposadero diurno. Elévanse enredados barzales que se dejan caer, indolentes, sobre el agua quieta y parda que espera, gélida, en la penumbra impuesta por un Sol perezoso que remolonea sobre el tozal.

A la derecha, el sauce solitario y erguido marcando el recoveco que, junto a su tronco, abre la floresta al arrojado madrugador que se desliza, entre arañazos de zarzas, hacia el agua.

Se paraliza la sangre y se arquea el corazón con las primeras brazadas; lacera el agua los poros y baquetea los músculos mientras la voluntad impele el cuerpo entre el congelado fluido y huyen los insectos zapateros a la orilla. Cientos, miles de púas parecen aguijonear las células humanas en cada avance. Y, de repente, retoma la sangre el recorrido; el corazón, su cadencia; se hacen las brazadas menos agresivas y acuna el agua coloreada por el Sol el cuerpo desnudo y distendido.

En el azud, amanece.

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“La trocha”: Archivo personal


Acarrean las piernas, vigorosas peanas, los cuerpos bamboleantes, con las mochilas formando jorobas palmeadas por la fronda que asiste, prieta y engallada, al desfile de bípedos sudorosos con destino a algún incógnito claro que el laberinto boscoso persiste en descaminar.

Se entremete el Sol, vivaracho, por los intersticios del ramaje que amuralla el trazado y acuden en tropel los insectos a tentar las expuestas pieles humanas pegajosas.

Cerca, susurra el agua. La escuchan y se les embalan, animosas, las malparadas extremidades persiguiendo el sonido.

Se abre, por fin, la trocha en abanico y aflora el anhelado espacio de hierba rala con dos matas de rúcula silvestre erguidas a orillas del río.

Se acomodan los cuerpos, agalbanados, sobre el áspero camastro de gramen. Van cayendo, en revoltijo, chirucas y calcetines.

Bailotean los pies, sumergidos en el agua, y se relamen, ocultas, las hormigas soñando con el festín que aguarda en los macutos.

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“Sendero boscoso”: Archivo personal


¿Os parece que subamos hasta donde se reunían las brujas…?”, propone la señorita Valvanera, la vieja maestra, cuando el grupo se acerca al bosquecillo de carrascas que indica el comienzo de la pista que serpentea hacia la cima del Puntón de Asba, en la sierra de Guara. “¿Subimos andando o montadas en escobas?”, bromea Jenabou, sudorosa ya por los seis kilómetros ascendentes recorridos a pie desde donde quedó aparcado el monovolumen.

Al final del repecho, con los bojes tintados de verde y los arbustos espinosos a la espalda, muestra la cima el tesoro de sus vistas, con las crestas de los montes empinadas hacia el cielo blanquecino ligeramente coloreado por la luz solar; a los pies y en las laderas, las masas arbóreas —quejigos, carrascas y pinos silvestres— de la selva de Almazorre y, más allá, invisibles entre el paisaje y notarios de la presencia humana en Guara desde tiempos remotos, los dólmenes de la Caseta de las Balanzas, Pueyoril y la Capilleta, así como los agrestes recovecos con grabados de icnitas que guardan treinta millones de años de historia fosilizada.


En ese mismo tozal, tuteladas por la noche, pactaron con el Ejército de las Tinieblas, dicen, Dominica la Coja, Tía Eduvigis, Reineta y otras mujeres que, en algunos casos, pagaron con la denuncia, la tortura, el encierro y hasta la hoguera o la horca la osadía de sentirse singulares depositarias de la ciencia de la Sierra de Guara, confinadas, bajo tormento, a sus escobas voladoras y a los irreales encuentros lascivos con demonios priápicos para exclusivo goce auditivo de inquisidores ignorantes y rijosos.


¿Cuántos kilómetros hemos caminado…? Me duele todo”, se queja Agnès Hummel cuando, ya en el vehículo, dejan atrás Adahuesca.

Después de detenerse en la panadería de Abiego para comprar dobladillos de chocolate y tortas de cazuela, enfilan por la ruta de Peraltilla, a pocos metros de donde se levantan los veinte monolitos de granito rosado [FOTO] creados en 1995 por Ulrich Rückriem como símbolo de fusión del Arte con la Naturaleza.

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“El árbol y el muro”: Archivo personal


Han vuelto los carbonerillos a ocupar la oquedad del tronco del viejo árbol que inclina sus ramas sobre el muro de la corralaza [1], despreciando la caja de anidación que cuelga, discreta y aún vacía, de la encina que señala la pendiente del barranco.

Entra y sale el carbonero macho de la entraña del árbol en un visto y no visto, atrincherándose en lo alto cuando Jenabou, que sigue sus idas y venidas desde el huerto, prescinde de los prismáticos y se llega hasta el tronco habitado para contemplar, in situ, al pajarillo. “Así solo conseguirás que se asuste”, le advierte Emil, que ha ayudado a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio a preparar el hoyo donde se plantará un brote de secuoya para celebrar el undécimo cumpleaños de la niña. “Dice Mam’zelle [2] que si agarra bien se hará tan vieja como la carrasca de Lecina. Igual entonces anidarán los carboneros del futuro en la secuoya”, reflexiona la pequeña regresando al improvisado observatorio de aves mientras el pájaro, libre de intrusiones, asoma su brillante y negra cabeza de mejillas albas por la abertura y retoma su nervioso vuelo dejando a la hembra al cuidado de la pollada.

Tras los muros de la corralaza, la hierba montaraz cubre los restos desmontados de una cosechadora arrumbada veinte años atrás, cuando el hombre que tenía alquilado el recinto abandonó el negocio de cría de avestruces que mantuvo a la expectativa al Barrio durante los escasos seis meses que duró la estancia de tan extraordinarios ejemplares, macho y hembra, en aquel lugar, para asombro de los adultos y entusiasmo de los más jóvenes que, trepando por el árbol de los pájaros carboneros, se encaramaban al muro para admirar al Vestruzo y la Vestruza —así los llamaron— concitando la atención del macho, que les dedicaba, sentado sobre sus potentes patas, toda la parafernalia sonora y visual del cortejo, acercándose después, con movimientos pausados y elegantes, hasta rozar con el musculoso cuello y la cabeza las piernas colgantes de la chiquillería para recoger en su pico, con golpes secos y no siempre indoloros, las piedrecillas que le ofrecían con las manos abiertas. La hembra, en cambio, se mantenía a distancia y, de vez en cuando, siseaba amenazante obligando a unos y otras a descolgarse con premura de la precaria atalaya.

Pero la buena sintonía entre las gentes del Barrio y el dueño de los avestruces terminó cuando, supuestamente, fueron robados siete de los ocho voluminosos huevos de las últimas puestas, de los que, pese a la denuncia que se interpuso, jamás se supo. El criador de las aves canceló el alquiler y los avestruces fueron trasladados a una granja de la comarca de los Monegros.






NOTAS

[1] En arag., corral grande.
[2] Nombre que dan en el Barrio a la vieja maestra jubilada.

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“Florescencias”: Archivo personal


A finales de marzo encontraron muerto a Nicolás, el búho viejo que llevaba tres décadas acomodado en la falsa [1] de Casa Berches. Lo hallaron entre las almendreras [2] que bordean el camino hacia el Pinar de la Fontaneta, recostado junto a las ramas pobladas de hermosas pentapétalas de uno de los árboles que hunde sus raíces en el mismo borde del canal de riego, en el campo que, desde hacía unos años, se había convertido en su territorio exclusivo de caza, a escasos doscientos metros de la vivienda donde tenía asentado su señorío y de la que, conforme la edad menguaba su fortaleza, cada vez se alejaba menos. De imponente apariencia, era un ave de naturaleza flemática y condescendiente con Mariví, la nuera de los Berches, que, una vez por semana, en horas diurnas, adecentaba la buhardilla y recogía las egagrópilas diseminadas sobre las tablas sin que la rapaz mostrara signos de temor o cólera, no así las dos hembras que, en los últimos tiempos, compartían con Nicolas sus aposentos, que se enervaban ante la presencia humana y a quienes, contrariamente al macho, fue imposible anillar por su actitud huidiza y, en no pocas ocasiones, agresiva. La muerte —por causas naturales, según la necropsia— no mermó la apostura del admirado ejemplar que, mientras vivió, cada tarde, en el ocaso del día, permanecía vigilante y solemne en la tronera de la falsa, erguido su cuerpo de plumaje pardo con reflejos rojizos y vientre leonado, antes de remontar, mayestático, el Barrio bañado en crepúsculo y perderse, en vuelo sigiloso, por el arbolado.







NOTAS

[1] En aragonés, buhardilla.
[2] Id, almendros.

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“Bosque de Sorogain”: Archivo personal


Bosteza tempranamente la tarde. Del otro lado de los cristales de la ventana se abrazan las sombras mientras Sátur unta con queso de puchero las rebanadas de pan dispuestas sobre la enorme mesa que, a modo de tosca isleta, separa la sencilla cocina del zaguán donde, en ordenado caos, se apilan mochilas y tabardos. En el exterior, ladra Polillas, el mastín. Una sola vez; un ladrido bronco, autoritario, que precede a su entrada. Trae entre sus pelos amarilleados una amalgama de olores que se adueñan de la estancia y se entremezclan con la contundencia del queso y los suaves efluvios de las hierbas aromáticas ya resecas que cuelgan de las vigas de madera del techo.

Un par de kilómetros más arriba, la ancestral muga donde Sátur, hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de mugalaris, centra todas sus historias, reales e inventadas, mientras acompaña al grupo de técnicos mediambientales que recorren el valle de Sorogain y observan, huelen y toman muestras atentamente vigilados por el viejo Polillas, inmune a las caricias y llamadas de aquellos a quienes, seguramente, considera intrusos de poco fiar.


Ese mismo día, por la mañana, cuando regresaban de recorrer un tramo del río Erro, señaló Sátur con la cabeza una zona que ya habían transitado en la jornada anterior y dijo: “Ahí fue donde los guardias dieron el alto a los fugados de Segovia y mataron al anarquista”. Y mientras el grupo se detenía mirando el lugar indicado y recomponiendo la escueta información recibida, Sátur siguió adelante escoltado por el perro.

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“Los murmullos del silencio”: Archivo personal


[…]creo que cada día me gusta más la compañía de un silencio roto sólo de vez en cuando por la fugaz ráfaga del vencejo real, del ladrido lastimero de un zorro, del graznar de las chovas piquirrojas o… por el inconfundible rodar de unas piedras al paso de un grupo de cabras asilvestradas atravesando una pedriza rota en miles de pedazos. Y, aunque la vegetación es 20 años más vieja que cuando la vi por primera vez, apenas uno sabe distinguir su crecimiento en tachos, chinebros y pinarras.

Confieso que estar a solas enfrente de un cortado rocoso leyendo los excrementos de águilas, halcones y buitres, aunque en ello me haya dejado la vista, es. algo tan gratificante como ver a los pájaros de acero (quebrantahuesos) descender a los pedazos de comida que uno les pone al borde de un cantil. Y es que los ojos de estos pájaros, de un impresionante color sangre, llegaron a hechizarme de tal manera que fueron los responsables de que uno eligiera esta intrincada sierra altoaragonesa y no otra plaza cuando aprobó las oposiciones de Agente para la Protección de la Naturaleza. – David Gómez Samitier (1963- 2005), naturalista, fotógrafo y agente forestal.


A poco más de media altura entre el arco superior del espléndido tafoni y la caprichosa cresta del cantil, reposaba, casi mimetizado con la roca parda, un ejemplar de avión roquero que inició un vuelo ascendente menos de un minuto después de la arribada del grupo, sin tiempo para que las cámaras fotográficas retuvieran la imagen del robusto pájaro de manto amarronado y cola recta, apenas ya una masa oscura en las alturas compartidas con las cuarteadas nubes manchadas de sepia. A unos cien metros de la formación geológica —allí donde la música del Alcanadre alcanzaba los oídos—, una rata de agua muerta y aprisionada en el barro ligeramente humedecido parecía señalar la ruta que llevaba hasta una hilera de piedras de tamaño medio que, a modo de resbaladizo puente, facilitaban el cruce —en equilibrios salpicados de goterones de agua— a la otra orilla. Y en el campo de arriba, accesible tras ascender por el desnivel arcilloso, él, el almendro solitario, saludando el esfuerzo con los destellos de despedida del Sol en los matices róseos de sus apresuradas flores de falsa primavera.

(…)

Tras salvar dos acequias invisibles bajo mantos de hierba, descanso cronometrado junto al carrascal, frente al graderío geológico sobre el que planean los buitres que David Gómez Samitier amara, alimentara y fotografiara en el mismo sendero que lleva su nombre, antes de que un fatal accidente automovilístico cercenara sus sueños, los de su mujer y sus dos hijas.

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“Bambuesa y el mar”: Archivo personal


Reculaban las olas, rebaño insurgente, ondulando con sus respingones espinazos los añiles decolorados del piélago…

Retornaban, ebrias de espuma, al aprisco arenoso desde donde Bambuesa, la mansa can de Chira, las contemplaba, embebecida, arrebañando brisas húmedas que expelían adioses de cormoranes expatriados.

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“Otoño en el valle”: Archivo personal


A través de la neblina que la luz extraviada del Sol va arañando, se vislumbra el perfil de peña Foratata, velamen quieto del valle de Tena, a cuyo pie hormiguean, sendero adelante, los cuatro mochileros en este día calmo, glacial y, a trechos, nebuloso, como a punto de nieve. Baja el río tranquilo, bordeado de otoño invernal, con las aguas limpias mostrando su lecho térreo y las brillantes truchas culebreando entre las piedras. Sisean las ramas desvestidas de los álamos y circundan la trocha los abetos viejos de hojas aplanadas que el viento arrastra hasta la vereda, acolchando los pasos que la recorren. Quizás por esta misma senda paseara sus sueños Fermín Arrudi, aquel gigante de Sallent que recorrió el mundo mostrando su imponente presencia pero que siempre regresaba a su familiar universo pirenaico de crestas montaraces y gentes introvertidas y generosas. De él, de ese gigante bonachón que vivió unas casas más allá, recuerda la señora María Luisa, la anfitriona, aquello que le contaba su abuela, que conoció de niña a Fermín. Y, entre anécdotas, va sirviendo a los agotados andarines colmadas raciones de bisaltos salteados con jamón, mientras en la sartén bailan, exhalando el más delicioso de los aromas, las tortetas negras cortadas en láminas, esperando su turno para ser devoradas con fruición.

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“El día naciente”: Archivo personal


La luz amarilla de la única farola indemne —de las ocho dispersas por los aledaños de gravilla de los bloques de edificios— recorta la silueta del hombre viejo del kangal, detenido junto a la fuentecilla inutilizada. Inmóvil entre los claroscuros, semeja una estatua levemente inclinada y de contornos amorfos.

El kangal y Luna, la perra caniche del bloque B, van y vienen entre el cerco de luz y las sombras de la madrugada; se perciben los jadeos del ejemplar grande y los tenues gruñidos de la perrilla que, pese a su pequeño tamaño, quintuplica la edad del perro que la rastrea, retozón, alrededor de los raquíticos troncos de los árboles bisoños que la oscuridad hace invisibles.

Silba el hombre y, al darse la vuelta, advierte la presencia de las dos formas humanas sentadas en el banco, a apenas tres zancadas de él. Retorna a silbar el viejo; un silbido largo, casi un chillido, que atrae al kangal hasta sus piernas. Y, entonces, la luz del amanecer empieza a resquebrajar la negrura de la sierra —entre los dos bloques de pisos encarados al este— amalgamando silenciosos fuegos artificiales que colorean el cielo y abren brechas relucientes en la envoltura lóbrega del parquecillo y los edificios circundantes, exponiendo a cielo abierto las facciones de los ocupantes del banco, a quienes el viejo del kangal reconoce y saluda alzando una mano enguantada para, a continuación, girarse con el perro pegado a él, desandando el camino hasta el bloque C.

Luna, la caniche, erguida junto al banco, contempla la marcha del viejo y el kangal y les lanza un lacónico ladrido.

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