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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

Empezando el día

«Empezando el día»: Archivo personal


J’écoute en soupirant la pluie qui ruisselle
frappant doucement sur mes carreaux…


Llama insistentemente la lluvia en los cristales y sus acuosos nudillos dejan un rastro de burbujas amorfas deslizantes que siluetea, del otro lado de la ventana, Agnès Hummel mientras canta, en intermitente sucesión de susurros, el viejo ritmo de Sylvie Vartan.

La sala de estar de la sexta planta del hospital huele al dulzón cappuccino recién derramado en el dispensador de la máquina expendedora de bebidas calientes. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio recoge pausadamente con un pañuelo de papel el líquido depositado en la rejilla; la señorita Valvanera lee a Max Blecher sentada junto a la mesa naranja próxima a la puerta.

Ocupando la pared coloreada en salmón y amarillo que se halla frente a la ventana en la que se apoya Agnès, el fragmento de un poema de Agustín García Calvo —en forma de caligrama mural, con los versos componiendo ondulaciones— engrandece el recogido espacio donde la aparente despreocupación enmascara la incertidumbre en tanto aguardan la reunión con el neumólogo.


Al otro lado del pasillo que recorren las auxiliares repartiendo las bandejas con el desayuno de los pacientes, yace, monitorizada en una habitación con visitas restringidas, la Hermana Marilís.

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«Pasajul Victoriei (Bucarest)»: Archivo personal


Bajaba, renqueante, el señor Pedro de [Casa] Berches por el Pinar de la Fontaneta, apoyada la mano izquierda en su bastón de boj y la derecha en un viejísimo paraguas de pastor que, tiempos atrás, trocó su negritud original por un gris apelmazado y con manchurrones de óxido. “¿Qué, siño Pedro, lloverá…?”, le preguntaba, con indisimulada chanza, el paseante mañanero. “San Úrbez te oiga”, respondía el viejo mentando al santo de Nocito cuya momia, quemada por exaltados republicanos al inicio de la guerra (in)civil, fue, durante once siglos, reclamo de lluvias y opíparas cosechas y del que las gentes de la sierra siguen siendo devotas y pedigüeñas del icor celestial, ampliando las suplicaciones —por si un solo santo no fuera suficiente— al venerable titular de la ermita románica de San Martín de la Choca, de quien se cuenta que, hace años, hartos en Lecina de hacerle rogativas en vano, lo castigaron arrojando su talla al camino por donde la procesionaban, cayendo a los pocos minutos una tromba de agua fenomenal, con el subsiguiente desagravio al pobre santo embarrado, que recogieron, limpiaron y depositaron de nuevo en la ermita como si nada hubiera sucedido.


El señor Pedro —cuya casa es la actual depositaria de la arqueta que contiene un trozo de la rodilla de San Úrbez que un pastor le arrancó al cuerpo incorrupto del santo de un mordisco— tiene, como la mayoría de las personas añosas de la sierra de Guara, una religiosidad trufada de supercherías a la que añade el rito de portar, cuando arrecia la sequía, un destartalado paraguas por la circunvalación de los huertos y campos de cultivo, tal vez convencido de la atracción que puede llegar a ejercer el artilugio en las impolutas masas atmosféricas bañadas por la luminosidad solar.


¿No hay miedo, pues, a que me chipie [*], siño Pedro?”, le insistía, jocoso, el caminante. Y sonreía el viejo alejándose despacio en dirección al Barrio.








NOTA

[*] En aragonés, el verbo chipiar(se) significa mojarse, calarse.

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«Dedo de Yenefrito»: Archivo personal


Pasan once minutos de las ocho y media de la mañana y el peculiar Tren de Alta Montaña El Sarrio inicia la ascensión de la pista forestal que conducirá a los once pasajeros, distribuidos en los dos vagones abiertos, de Panticosa al valle de la Ripera. “Es una pasada, mamá. Antes pensaba que el mejor tren de montaña era el de Artouste, pero me encanta este”, se entusiasma Jenabou, a la que el madrugón  —lleva en danza desde las cinco y media de la mañana—  no parece haberle afectado. El tractor reconvertido en locomotora serpentea lentamente por el camino de tierra, salvando el desnivel de más de mil quinientos metros de altitud, mientras se revela a los ojos del fascinado grupo un entorno resguardado de las ansias aniquiladoras humanas. Pura naturaleza del Pirineo axial, con espectaculares formaciones magmáticas a cuyos pies se extiende una frondosa flora donde los tímidos sarrios, junto a corzos y nutrias fluviales, tienen su edénico hogar.

Jenabou mira a su alrededor con ojos brillantes, palmotea, señala, conjetura qué animales observarán, ocultos en las vaguadas, el traqueteo del tren, y agradece el día soleado y con escasas nubes que le permite abarcar con la vista tan excepcional paisaje. Tras cincuenta y cuatro minutos de maravilloso recorrido, el tren arriba a las bifurcaciones senderistas que parten de la Ripera, un valle de origen glaciar en el que hace millones de años tuvo lugar una legendaria batalla entre los gigantes pétreos que, en la actualidad, inmóviles, presiden y dominan Panticosa y sus alrededores.


Cuenta la leyenda que, cuando las montañas pirenaicas tenían vida, dos familias de gigantes rocosos que se erguían sobre el balneario de Panticosa se disputaban el gobierno del lugar. La del Garmo Negro, que pasaba de los tres mil metros de altura, pretendía que la del Garmo Blanco, que no llegaba a esas dimensiones, acatara las órdenes de quien lo rebasaba en alzada, en contencioso que provocaba continuos rifirrafes de los que ni una familia ni otra salía victoriosa. Y aconteció que Argualas, hija menor del Garmo Negro, y Yenefrito, primogénito del Garmo Blanco, se enamoraron y decidieron huir al Rincón del Verde, en el valle de la Ripera, para vivir su amor lejos del enfrentamiento de sus parientes. Cuando la familia del Garmo Negro descubrió la defección de Argualas, marchó en su busca para darle su merecido a Yenefrito, en cuya defensa acudió la familia del Garmo Blanco. La batalla entre ambas familias fue pavorosa, como lo prueba la geomorfología actual del valle de la Ripera. La superioridad del Garmo Negro decantó la victoria y Yenefrito cayó herido de muerte. Antes de fenecer sepultado por la furia pétrea rival y, todavía agonizante en brazos de su amada Argualas, le prometió a esta que la esperaría siempre, alzando uno de sus dedos como símbolo del voto realizado. Y cuando los colosos de piedra perdieron la facultad de la vida y el movimiento, en Panticosa quedaron —montañas majestuosas e inertes para la eternidad— el Garmo Negro, Argualas y el Garmo Blanco. Y en el valle de la Ripera, el dedo de Yenefrito sobresaliendo de su propio túmulo.


Apeados del tren en el corazón del valle de la Ripera, les aguardan, todavía, algo más de cuatro horas de ruta pedestre en desnivel sinuoso, con el pico Tendeñera vigilando los pasos humanos y su coquetuela cascada haciendo de avanzadilla visual de todos los tesoros con los que toparse, entre ellos, el propio dedo de Yenefrito, cuyo avistamiento agiliza la marcha de Jenabou junto a un eufórico “¡Ya lo veo, mamá! ¡Ahí está Yenefrito!”. “Eh, eh, ve con cuidado, que te puedes resbalar y caer por la escarpadura”, le previene su madre. “Es grandioso, mamá, y aunque su historia sea un cuento chino yo me imagino su corazón debajo de mis pies, latiendo una chispita con el recuerdo de Argualas”. “Cuando volvamos hacia Panticosa, te señalaré dónde está el pico Argualas”, le dice Étienne. “¿Pero existe un pico Argualas?”, pregunta, sorprendida, la niña. “Por supuesto. Igual que existen los dos picos Garmos. Ahora los veremos”.

Hacen una parada en el ibón de Catieras y dan cuenta de los bocadillos que portaban en las mochilas mientras va agrisándose el cielo y se ven obligados a emprender el regreso a Panticosa entre pequeñas rachas de aire que vaticinan la llegada de la tormenta. La meteorología parece compadecerse de los andarines porque, pese a la amenazante tonalidad del cielo, la tromba de agua y granizo no se desata hasta que llegan al aparcamiento donde, a primera hora de la mañana, dejaron el coche.





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«Artal»: Archivo personal


Lilit, la robusta felina [*] que comparte hábitat con tres mastines del Pirineo en los establos de la yeguada de monte de [Casa] Foncillas, observa —con mirada avizora—, desde la barbacana que separa el recinto caballar de la pedriza que lleva al azud, las evoluciones de Artal, uno de los gatitos de su camada. Mientras el resto de sus hermanos juguetean a los pies del muro que sirve de otero a su progenitora, él se aventura, a pasitos cortos, hacia las figuras humanas que, acuclilladas a escasa distancia, lo llaman tendiéndole las manos. Lilit, vigilante, tensa la cabeza cuando Jenabou acoge al pequeño Artal entre sus brazos, lo acuesta sobre el hombro y se deja mordisquear la oreja; entretanto, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, sentada en el suelo junto al murete y a la vista de Lilit, deposita entre sus piernas cruzadas la fiambrera con el guiso de pechuga de pollo y zanahorias que los gatitos husmean y van tomando, con delicadeza, de los dedos humanos, rozando suavemente la piel de la veterinaria con sus diminutos dientes de leche. Lilit, ya relajada, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea negra y da su anuencia para que Étienne y Jenabou, que ha dejado a Artal junto a sus hermanos, le acaricien el pecho y el cuello dibujándole surcos en el suave pelaje blanco. Cuando la gata madre ha dado también cuenta de su ración, Jenabou, Étienne y la veterinaria recogen los restos del festín, trasladan a los cachorrillos gatunos al otro lado del valladar y junto a Lilit, que abre camino con sus seis gatitos, se dirigen a los establos donde los imponentes perros mastines —tumbados bajo el porche de la entrada— continúan su sesteo tras echar un rápido y despreocupado vistazo de reconocimiento a los recién llegados.







NOTA

[*] Adscrita, como todos los gatos del Barrio, al Proyecto Michinos.

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Tradiciones

«Tradiciones»: Archivo personal


En la zona porticada de la plaza recrean las Tejedoras pretéritos de dedales e hilaturas. Sobre el tapete de las mesas y el respaldo de las sillas de anea, las telas: linos, muselinas, cuadrillés, tafetanes, rasos, y, protegida por un inmaculado papel cebolla, una añosa pieza de seda natural enrollada en un tubo de cartón. Encima de los alféizares de los ventanales de la abadía aguardan su relleno colorista —a manos de la ilusionada chiquillería— los tejidos de cañamazo tensados en los bastidores. En la mesa de las bolilleras, la señora Miguela de [Casa] Puimedón, la más veterana, enseña a un grupo de adolescentes de ambos sexos cómo se construye el mundillo [*] tradicional, con el interior compuesto de paja firmemente apretada a golpes de palo. “¿Lo habéis entendido?”, pregunta. “Poneos por parejas y a la faena”. Cerca, en una mesita baja, ha instalado Emil su baúl de carpintería con los bolillos de boj ya cortados a los que va dando forma bordeándolos a navaja bajo el escrutinio del señor Vicente, antiguo tallador de madera vencido por la artrosis.

Trepan por las telas los dedos de muchachos y muchachas creando caminos hilados en los que se entremezclan débiles rastros de sudor. Dos pequeñas aprendizas de encajeras concitan la atención de los mirones por su habilidad al entrecruzar sus bolillos pintados de colores formando, con los hilos, una urdimbre perfecta sobre el patrón. Van y vienen las artesanas experimentadas entre los corrillos donde los más jóvenes del Barrio ensayan —con agujas de plástico endurecido— sus primeras puntadas, ensimismados los ojos en los lances de sus propias manos que, como por ensalmo, van perdiendo la torpeza inicial.

Cuando las palmadas de las Tejedoras señalan el final del taller al aire libre, asoma un gesto de fastidio en algunos rostros infantiles que se transforma en sonrisa conforme ven acercarse a Josefo con dos cubos cargados de helados.







NOTA

[*] Almohadilla cilíndrica que se utiliza como soporte para el encaje de bolillos.

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IEra de Escartín

«El patio de recreo»: Archivo personal


Apenas un cuarto de arco iris se proyecta sobre el lecho herbáceo de la antigua pardina Gabarre, allí donde la memoria colectiva evoca a mosén Demetrio —el pastor de almas del Barrio en las tres primeras décadas del siglo pasado— arrodillado en el desaparecido esconjuradero, con o forniello —una cruz procesionaria ennegrecida— a la derecha y elevando la voz hasta la afonía —al son del bandeo de las campanas de todas las localidades de la redolada— con la rogativa a las santas Nunilo y Alodia, suplicando protección contra la furia meteorológica para finalizar, puesto en pie, con una letanía de imprecaciones hacia los entes maléficos y el invariable imperativo tres veces repetido: “Au d’astí, au d’astí, au d’astí![1], preludio, tal vez, de una calma anhelada tras las durísimas embestidas de los fenómenos atmosféricos.

En una única piedra grisácea —resto, se dice, de aquel mágico templete desmoronado sesenta o setenta años atrás y que resiste a modo de islote irregular perdido entre un mar de tallos flexibles que aromatizan el terreno cercano a la paridera— se hallan acumulados los vestigios de tormentas, rayos, culebrinas, ventiscas, vendavales y pedregadas [2] que bruxas y diaples [3], disfrazados de nubarrones temibles, descargaron sobre los campos y pueblos montañeses en constante pulso entre las fuerzas del Mal y las fuerzas humanas, aunadas estas últimas con las santas protectoras en la sencilla construcción desde donde las palabras del cura rural acuchillaban las sombras para que, a través de la herida, entraran los rayos del Sol y distribuyeran sus serenas caricias.

Au d’astí, au d’astí, au d’astí!


Meterete, la cigüeña residente, camina, señorial, por la pardina humedecida en la que pasta el vacuno, atenta al devenir de las bêtes sur l’herbe y los ratones de campo que asoman sus ojuelos a la gozosa claridad de la mañana.







NOTAS

[1] En aragonés, ¡Fuera de aquí, fuera de aquí, fuera de aquí!.
[2] Id., granizadas.
[3] Id., brujas y diablos.

.

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«Mascarada»: Archivo personal


Duerme l’Ome Grandizo [1] el sueño riscoso de los dioses pirenaicos, mutado en sierra, la de Guara —la Sierra Niña, que decía Ramón J. Sender, enamorado de sus paisajes y leyendas—, con su humanoide mole yacente perfilada entre la peña de Amán (los pies) y el picón del Mediodía (la cabeza con su picuda nariz).

Duerme el sueño eterno el gigante, aquel que la tradición y el mito hicieron vagar, armado con un astral [2] de piedra y en compañía de un oso, por las fantásticas trochas de ese paisaje fragoso y hechizante de la Bal d’Onsera [3].

Duerme el que fuera celador de la virginidad de las mozas serranas, encriptado en la Naturaleza, con el rostro, en granítica cresta, saludando al viento que, soplando sin interrupción desde los dos inmensos peñascos que forman la Puerta del Cierzo, le canta, provocativamente socarrón:

Junto a l’augua d’abaixo
n’a Bal d’Onsera
a mozeta ha perdiu
o que teneba [4].


Desde el tozal abierto a la laja donde se deposita la comida para los quebrantahuesos, se divisa el ecosistema rupícola de la Bal d’Onsera, con sus agrupaciones de pinos silvestres, sabinas, carrascas y buxos [5], en caprichosa distribución, y el cauce del barranco principal y sus ramales, que serpentean, se unen y se bifurcan, en fascinador congosto, entre matorrales que parecen lanzar sus ramas de una pared rocosa a otra para resguardar el suelo pedregoso de los rayos solares.

Y al fondo de la rambla que las aguas erosionaron, excavada en la roca que se eleva en murallón vertical, la ermita de San Martín, medieval y mágica presencia pétrea protegida por el roquedal del que mana el agua milagrosa y fertilizante, pócima cuasi divina que avivó los vientres secos de reinas, damas, siervas y campesinas durante siglos, en dificultosa romería pedestre entre guijarros resbaladizos, quebradas y riscos.

Cuéntase que, antaño, la bal fue territorio de osos, que encontraban en sus vericuetos idílicos covachos y abrigos para la hibernación. Los sueños úrsidos en la bal eran preludio de nieve y heladas en la Sierra de Guara, que únicamente se atemperaban cuando l’Onso  —el macho más fuerte—  despertaba y reanudaba su actividad. El rito de los habitantes de la Sierra para hacer que el invierno finalizara consistía, pues, en incitar a l’Onso  —mediante gritos, cánticos y repiques de esquillas [6]— a salir de su madriguera para adelantar la llegada del tiempo benigno y calmar, así, la brutalidad de la Naturaleza.


Extinguiéronse los osos de la Bal d’Onsera —o acaso no los hubo jamás, quién sabe— y la pueril argucia de los montañeses para combatir a las fuerzas de la Naturaleza trocóse en lúdicas Carnestolendas que todavía conservan dos elementos del antiguo ritual: El incesante ruido de las esquillas y la degustación colectiva de los crespillos, deliciosos postres hechos con hojas tiernas de borraja bañadas en leche y huevo batido y rebozadas con harina, que se fríen en aceite de oliva y se sirven ligeramente espolvoreadas con azúcar.







NOTAS

[1] En aragonés, gigante.
[2] Id., hacha.
[3] Id., Valle de la Osera.
[4] Id., «Junto al agua de abajo / en el Valle de la Osera, / la muchacha ha perdido / lo que tenía».
[5] Id., bojes.
[6] Id., esquilas, cencerros.

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«Robellones»: Archivo personal


Apenas el alba desveló los familiares recovecos del paisaje, se pusieron en marcha, arropadas con plumíferos, las buscadoras. «Ya podemos darnos prisa, porque a media mañana la boira rozará el suelo», apremió la más veterana.

Cruzaron por la estrecha y húmeda repisa del paramento del azud y descendieron por el aliviadero de la otra orilla para continuar por la pedriza hasta el casetón de herramientas de la hidroeléctrica, a dos kilómetros y medio del Barrio. Treparon por el sendero arcilloso hasta alcanzar el camino de hojarasca que bordea las espectaculares paredes rocosas que encajonan el barranco y salvaron, ya con leve agitación respiratoria, el pronunciado y resbaladizo desnivel que remonta hasta la compacta masa arbórea del Pinar de la Fontaneta, a unos cinco kilómetros empinados desde el azud, donde un discreto túmulo, con la piedra laja cubierta de musgo, abrigó, en tiempos remotos, un manantial  —la fontaneta o fuente pequeña—  considerado de aguas milagreras por creerse que, en lo más profundo, se mantenían latentes los espíritus de las Encantarias. Decíase que una mujer estéril que humedeciera sus partes pudendas con agua de la Fontaneta convertíase en fecunda por mor de las extraordinarias propiedades imbuidas por las ninfas al líquido elemento.


Cuando la niebla, con tintes azulados, descolgóse hasta lamer las abrigadas pantorrillas de las avezadas pesquisidoras, ya alcanzaban ellas —agotadas pero felices— el Barrio, con la cesta desbordada de robellones.

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Cierzo

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«El guardián del río»: Archivo personal


Se amansa el cierzo y tantea, avergonzado, las zarandeadas ramas en cuyas laceraciones se asienta, a modo de apósito, el Sol mañanero, apenas tibio.

Leve vaivén de arbustos exhaustos con tatuajes de rosada que se deshacen en desiguales senderillos lacrimosos.


Asoma el humo sus insolentes grises por entre los sombreretes argamasados de las chimeneas y trota el cierzo por los bucles de leña incinerada componiendo breves estampaciones que se deshacen en rizos imposibles para desaparecer y recomponerse de nuevo entre bocanadas incansables.

Se desbravece el cierzo y, antes de acantonarse en las cumbres, apabulla, retozón,  los flancos de la figura expuesta que, a orillas del río, lanza guijarros escarchados, en sinfonía de chasquidos, contra las turbulencias armiñadas del agua.

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Entorno de Vadiello

«Mallos de Ligüerri, en Vadiello»: Archivo personal


Ramón J. Sender (1901-1982) nunca perdonó a Huesca el asesinato de su amado hermano Manuel que, junto al de su mujer, en Zamora, marcarían su escritura a partir de 1939. Le quedaron, pese a todo, los paisajes altoaragoneses, que añoró y describió en su novelística transformándolos en escenarios cuasi míticos por los que paseaba su espíritu transterrado en aquel San Diego estadounidense en el que era capaz de recrear su idealizada Sierra Niña, como llamaba él a esa Sierra de Guara que sobrevolaba con su pensamiento y su pluma cuando la nostalgia le atormentaba el alma.


Sender fue periodista antes que literato. En 1922, formó parte de la plantilla del periódico La Tierra, órgano de la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón, que había sido fundado en 1921 y del que llegó a ser subdirector. En sus páginas, el joven Sender publicó una colección de artículos sobre leyendas, costumbres y paisajes altoaragoneses que recorría con los ojos ávidos para recoger y transmitir la esencia de los pueblos y enclaves por los que no solo pasaba, sino que se detenía en ellos para conversar con sus gentes.

Uno de los reportajes más leídos fue publicado, en tres tandas, en La Tierra, en 1922, bajo el título Cumplimentando los amables Pirineos (En el cenobio de san Cosme y san Damián), lugar que rememoraría muchos años después, cuando era renombrado novelista con demasiadas vicisitudes entre pecho y espalda: “Yo he pasado en mi juventud no pocos veranos en San Cosme, no muy lejos de Huesca, en la sierra de Guara. Es uno de los cenobios más extraños y hermosos que se pueden imaginar. Esos dos cenobitas mártires de su fe […] tienen un templo bajo una inmensa roca en una caverna natural, con el campanario pegado a esa misma roca, […]. Yo bandeaba las campanas los domingos. Por detrás de la enorme loma rocosa baja el Guatizalema, torrencial. Por encima vuelan las águilas»


[…]Atravesamos por entre colinas esmaltadas de verde. El sol cae a plomo, haciendo más negro el verde oscuro de los romeros y más blanco el gris cenizoso del camino -un buen camino carretero-, que avanza siempre delante de nosotros, sin sombras, sin buscar la protección de los escasos árboles, abriéndose paso entre un mar encrespado de arbustos. A nuestras espaldas se extiende el horizonte, una recta que va a quebrarse sobre los tejados de Ibieca y luego sigue en semicírculo perfecto a esconderse en la montaña. Por parte alguna aparece el verde claro, optimista, de los cuadros de hortelanía, ni el marfil viejo de los trigales, ni las blancas casitas de nacimiento, que ponen generalmente una nota de vida en todos los paisajes muertos. Por eso es más misteriosa la monotonía de estas montañas y más acentuada la desolación de estas crestas eternamente dormidas bajo el sol.

A poco vemos las enormes rocas de San Cosme. Debajo de ellas, nos dicen, está el santuario. La ermita está metida en una caverna primitivamente salvaje. Pronto, muy pronto, llegaremos.

[…]En San Cosme no hay jardines. Las pocas flores que salpican de color sus alrededores nacen en tiestos y crecen junto a la penumbra húmeda de los manantiales, a donde son llevadas por manos piadosas. En la dureza del paisaje son reliquias de feminidad escondidas en un estuche de zarzales junto a la caricia del agua fría, casi helada.

Ramón J. Sender: Cumplimentando los amables Pirineos (En el cenobio de san Cosme y san Damián). Fragmentos de los artículos publicados en el periódico La Tierra en junio de 1922.


Ahí sigue ese abrupto escenario de los recuerdos de Sender presidido por los mallos de Ligüerri, imponentes conglomerados de roca en un paisaje único que, a ratos, sobrecoge, y del que solo el pantano de Vadiello, construido en 1971, lo diferencia del extraordinario marco que el escritor altoaragonés reflejó en sus artículos cien años atrás.

Paisaje somontanés, duro, silencioso, sin más vegetación profusa que la plantada por manos humanas ni más fauna que la habitual tropilla de arácnidos e insectos, los pececillos del embalse y las aves necrófagas y de presa que remontan esa catedral de legendarios crestones pétreos en los que, dicen, se concentran las fuerzas de los entes mágicos de Guara.

No es casual que la ermita de Cosme y Damián, los santos sanadores, se halle en un paraje señalado desde la antigüedad por fenómenos prodigiosos y peregrinaciones paganas para beber y bañarse en el manantial de la vida que la Iglesia Católica reconvirtió en fuente milagrera, convenientemente bendecida, al levantarse, en el mismo lugar donde se celebraban ritos anteriores al cristianismo, la ermita y el cenobio. Llegaban a cientos los romeros pedigüeños de salud y, cuando aseguraban su sanación, donaban su peso en grano a los custodios eclesiásticos, convirtiéndose así aquel singular emplazamiento en tan opimo silo que, cuando las cosechas decrecían en la comarca, se compraba el trigo directamente al cenobio, enriqueciéndose la afamada ermita y los condes de Guara, dueños y señores, aun hoy, de esas tierras.

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