«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit
En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.
¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?
Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.
La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».
—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.
Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…
—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.
Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.




Muy interesante. Te mando un beso.
Otro beso y gracias por pasarte.
¡Qué historias tan interesantes! Lo del gato disecado me dio hasta repeluz. ¡Miau!
Es que un gato en esas condiciones es para tener pesadillas.
Saludos, Teresa.
Casi me alegra saber que Rodrigo terminó casándose con Mariíca, siempre es bonito que triunfe el amor pese a contratiempos o zancadillas familiares. Lo del interior de la casa en penumbra, lo entiendo y lo comparto con respeto a sus moradores de otros tiempos, porque yo también he visitado alguna vez, casas de singular oscuridad, con su misterio (a menudo inventado) y todo. Pero lo del minino disecado con sus cojoncillos incluidos, me da cierto repelús, porque no me han gustado nunca los animales disecados o esas cabezas de toro o de ciervo que hay en algunas casas de campo españolas. Un abrazo y salud.
Ignoro hasta qué punto es cierta la historia de los amantes grausinos, pero forma parte de la villa y, cuando hicieron obras en la casa-palacio, pusieron mucho esmero en trabajar sobre las letras de los dinteles para que la gente siguiera leyendo el mensaje y dedujera qué pone en realidad. Lo del gato disecado (del que cuento lo que me han relatado porque jamás estuve en el interior original de la casa) es aberrante; nunca entenderé a quienes gozan mirando esas cáscaras de animales y conviviendo con ellas.
Salud y otro abrazo.
No me ha costado leer las dos frases en el dintel, está interesante. Del gato Lalo estoy de acuerdo con lo dicho por todos.
Las letras se combinan de tal manera que no resulta difícil hacer las dos lecturas. Pobre Lalo, qué mal destino postmortem.
Estoy recordando que en otra ocasión que mencionaste a Joaquín Costa, ya me pregunté la razón de que aquí tengamos una calle muy céntrica dedicada a él y estuve buscando alguna relación suya con Granada, pero no la encontré, lo mismo que ahora tampoco la he encontrado. ¿Conoces tú alguna?
En cuanto a la historia de los enamorados, parece que en cada ciudad y cada pueblo hay una historia, tradición o leyenda semejante, que alguna termina buen como esa y otras son auténticas tragedias como la de la Casa de Castril
https://el-macasar.blogspot.com/2011/10/casa-de-castril.html?m=1#comment-form
Costa aprobó oposiciones a Notario y su primer despacho lo montó en Granada (después lo haría en Jaén, cuya plaza ganó con el nº 1 de España, pero, ignoro las razones, prefirió, primero, ejercer en Granada); esa es la relación, aunque imagino que el hecho de tener una calle allí se debe, sobre todo, a que fue uno de los librepensadores más importantes, amén de trabajador infatigable y perpetuo estudioso que trabajó por y para España, primero, y para Aragón, con toda su pasión, después. Uno de los hombres más preclaros y de privilegiada mente que ha dado nuestro país, además de progresista que creyó y luchó para modernizar España.
No había leído tu artículo sobre Elvira y el paje. Muy triste.
La casa decorada de la fotografía es preciosa 😍 pero el gato embalsamado me daría miedo 😨
Gros bisous, Mirada.
La plaza donde se halla el edificio de la imagen es una auténtica exposición de joyas arquitectónicas del siglo XVI, a cual más admirable. Puedes recorrerla virtualmente aquí.
(El gato no estaba embalsamado –embaumé– sino disecado –disséqué-).
Un abrazo.
Hasta ahora no había podido ver la plaza y menos mal que no me la he perdido, pues es una preciosidad, tiene un encanto inigualable. Y que bien conservadas están todas las casas, sin nada que las haya cambiado. Difícil habrá sido evitar el letrero de un establecimiento, una alarma, un anuncio…
Al estar declarada Bien de Interés Cultural, se presta mucha atención a que no haya elementos distorsionantes.
Si te fijas en una casa con lienzos muy decorados (la que está cerca de la zona de veladores), con figuras y ornamentaciones vegetales y columnas labradas que la sostienen, pues se cuenta que el dueño (Barón de Conca) la mandó decorar para dar gusto a su mujer, que era una señora andaluza.
(Como estuve viviendo en Graus dos meses, por cuestiones laborales, me «empapé» de esa plaza y de la historia de cada edificio).
Muy interesante.
Me imagino el recorrido por esos pueblos y paisajes tan preciosos con un guía turístico inmejorable… Todo un placer.
Y un gran aplauso para Rodrigo. ¡Sí señor!.
Salud
Buen día.
Los poco más de 58 km que hay de Graus a Benasque son un regalo para la vista por el maravilloso paisaje que atraviesan y unos pueblos en los que merece la pena detenerse. Y, siempre con las aguas del río Ésera acompañando.
Salud.
Una mirada: Claro que me he fijado en esa casa y esas pinturas, que me recuerdan algunas de aquí. Sí tienes un rato, lee este artículo que habla de ellas.
https://www.elindependientedegranada.es/ciudadania/coloretes-fachadas-importados-tradicion-renacentista-italiana
Qué maravilla de decoraciones en esos edificios del artículo; es para plantarse delante de cada uno y observar detenidamente cada detalle. Y, llevas razón, algunas de las pinturas de esas fachadas son similares a las de Casa Barón, que, además, es también una construcción renacentista del XVIII. No te puedo decir si la señora para la que se pintó la fachada era granadina (tal vez lo fuera), porque solo ha trascendido que era andaluza y su marido quiso agradarla con esa decoración para compensar lo mal que lo pasaba la mujer porque no se adaptaba al clima.
Amo tu forma de escribir
Toda una declaración.
Gracias!!
Felizmente que o amor venceu.
Não vale a pena contrariar as almas apaixonadas.
Bom fim de semana.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes
Cierto. En muchas ocasiones, el amor vence.
Tu nombre no me es desconocido. Hemos coincidido en algún blog de Blogger; ¿en el de J.P. Alexander?
Muchas gracias, Juvenal, por tu visita y otro abrazo para ti.
Yo podría haber sido uno de esos fotógrafos en mi ansia por tenerlo todo, pero la inscripción no es nada fácil de descifrar. Confío en que el amor fuera más sencillo y directo. En cuanto al gato, y mira que me gustan los animales, dudo que lo hubiera tocado.
En Graus tu cámara apenas te hubiera dejado un rato libre; son tantos los edificios emblemáticos (y fotogénicos) para inmortalizar. La inscripción está realizada de tal manera que, una vez cogido el truco, se leen ambas frases. Lo del gato, desagradable; ni para mirarlo a distancia.
Preciosa y floreada fachada. Si es cierta la historia, buenos reaños los de Rodrigo. Buen tallador el que grabó el mensaje.
No creo que hubiera tocado a Lalo, tanta quietud da que pensar
Buen domingo Una mirada
Un abrazo.
Laura
La historia de Rodrigo y Mariíca no sé hasta qué punto es cierta o si se le ocurrió a alguien y creó leyenda, pero ahí está y resulta agradable. Las letras actuales se tallaron en los años 50 del siglo XX, a semejanza de las que hubo antes.
No conocí al gato disecado pero, según me han contado, solo con verle brillar los ojos daban ganas de echar a correr.
Un abrazo y buena semana.
Unas rutas que seguro me gustaría recorrer. Me sorprende como en distancias relativamente cortas ustedes tienen infinidad de historia, por la profundidad del tiempo cultural transcurrido allí.
Nosotros (perdón, sigo monotemático y egocéntrico) hacemos 300 km de llanura, y vemos pasto, un ombu, vacas, y tal vez alguna historia para contar en los últimos 200 años.
Abrazos, compañero!
Frodo
Quizás, ese vacío histórico de ese periodo argentino precolombino se deba a que, al ser la mayoría de los pueblos originarios nómadas, no tuvieron la necesidad de construcciones sólidas que fomentaran el sedentarismo, que es otra manera de «asentar» y desarrollar una cultura propia.
Más abrazos, amigo Frodo.