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Archive for the ‘Nada humano me es ajeno’ Category

“En el ángulo del horror”: Archivo personal


Suena una radio… pero tardo en darme cuenta. Solo después percibo que alguien está cantando. Sí, es una radio. Música ligera: cielo, estrellas, corazón, amor… Amor… Tengo una rodilla, solo una, clavada en la espalda… Como si quien está detrás tuviera la otra apoyada en el suelo… Con sus manos sujeta las mías muy fuerte, retorciéndomelas. Especialmente la izquierda. No sé porqué, se me ocurre pensar que quizás es zurdo. Yo… yo no estoy entendiendo nada de lo que me está sucediendo. Siento el espanto de quien está a punto de perder la cabeza, la voz… La palabra.

¡Dios! ¡Qué confusión! ¿Cómo he subido a esta furgoneta? ¿He llegado yo sola moviendo los pies uno detrás de otro a golpe de sus empujones o me han metido ellos, llevándome cogida? No lo sé, no lo sé.

Es el corazón, que me golpea furioso contra las costillas, lo que me impide razonar… Es el dolor en la mano izquierda, que se está haciendo verdaderamente insoportable. ¿Pero por qué me la tuercen tanto?

No intento ningún movimiento. Yo estoy… Estoy como congelada.

Ahora, el que me sujeta por detrás, ya no tiene su rodilla contra mi espalda… Se ha sentado, cómodo… Me sujeta entre sus piernas separadas, como vi, hace años, que sujetaban a los niños cuando les quitaban las anginas. Es la única imagen que me viene a la cabeza.

Pero ¿por qué la radio? ¿Por qué bajan el volumen? Quizás es porque no grito. No hay mucha luz y tampoco mucho espacio… Por eso me tienen medio tumbada. Además del que me sujeta por detrás, hay otros tres.

Los siento tranquilos. Muy seguros. ¿Qué hacen? Encienden un cigarrillo. ¿Fuman? ¿Ahora? ¿Por qué me sujetan así y fuman? Tengo miedo. Va a suceder algo, lo siento… Respiro hondo… Dos, tres veces. No consigo despejarme… Solo tengo miedo…

Uno se mueve, se queda aquí, de pie, delante de mí. El otro se agacha a mi izquierda, el otro a mi derecha. Están pegados a mí. Tengo miedo, va a suceder algo… Lo presiento. Dan una calada profunda en los cigarrillos. Veo la brasa de los cigarrillos cerca de mi cara.

El que me sujeta por detrás, no aumenta la presión, solo ha tensado los músculos… Los siento alrededor de mi cuerpo, como dispuestos a paralizarme.

El primero que se ha movido se arrodilla entre mis piernas, separándomelas.

Es un movimiento preciso, que parece acordado con el que me sujeta por detrás; de hecho, pone sus pies encima de los míos para bloquearme.

Yo tengo subidos los pantalones. ¿Por qué me abren las piernas con los pantalones subidos? Me siento mal, mal, ¡peor que si estuviera desnuda!

De esta sensación me distrae algo que no consigo entender inmediatamente; un calor tenue que va aumentando, hasta volverse insoportable, en el seno izquierdo.

Una punta de quemadura. Los cigarrillos… ¡por eso se pusieron a fumar! Yo no sé qué puede hacer una persona en esta situación. Yo no consigo hacer nada.

Me siento como proyectada fuera, asomada a una ventana, obligada a mirar algo horrible.

Un cigarrillo detrás de otro, por encima del suéter, hasta la piel. Insoportable.

El olor de la lana quemada debe molestar; con una navaja me cortan el suéter de arriba abajo, me cortan el sujetador… También me cortan la piel superficialmente. En el examen médico midieron veintiún centímetros.

El que está arrodillado entre mis piernas, ahora me coge los senos a manos llenas. Las siento gélidas sobre las quemaduras… El que me sujeta por detrás se está excitando, noto como se frota contra mi espalda. Ahora… todos se afanan para desnudarme: solo una pierna, solo un zapato.

Ahora uno entra dentro de mí. Me vienen ganas de vomitar.

Tranquila, debo estar tranquila. Me agarro a los sonidos de la ciudad, a las palabras de las canciones. Debo estar tranquila. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Ya no conozco ninguna palabra… No comprendo ninguna lengua. Soy de piedra. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es el turno del segundo… Un cigarrillo detrás de otro. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. La navaja, que han usado para el suéter, me pasa por la cara una, muchas veces. No siento si me corta o si no me corta. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es el turno del tercero. La sangre de las mejillas me cuela hacia las orejas. “Muévete ¡puta! hazme gozar”. Es horrible sentir cómo dentro de tu tripa gozan las bestias. “Me estoy muriendo (consigo decir), estoy enferma del corazón”.

Se lo creen. No se lo creen. “Dejémosla bajar. No… Sí…”. Vuela un guantazo entre ellos. Después me apagan un cigarrillo aquí, en el cuello. Ahí creo que es el momento en que pierdo el conocimiento. Siento que me están vistiendo.

Me viste el que me sujetaba por detrás, como si yo fuera una niña pequeña. No sabe qué hacer con los lados de mi suéter cortado. Me los mete en los pantalones y se lamenta porque es el único que no ha hecho el amor conmigo… Perdón, es el único que no se ha abierto los pantalones. Me meten la chaqueta, me rompen las gafas. La furgoneta se detiene un momento para dejarme bajar… y se va.

Me cruzo la chaqueta sobre los senos desnudos. ¿Dónde estoy? En el parque. Me siento mal… me siento mal, como si me fuera a desmayar… y no solo por el dolor en todo el cuerpo, sino por la rabia… por la humillación… por el asco… por los escupitajos que han arrojado a mi cerebro… por el esperma que siento cómo me sale.

Me apoyo en un árbol… Me duelen hasta los cabellos… Me tiraban de ellos para inmovilizarme la cabeza. Me paso la mano por la cara… La tengo llena de sangre. Levanto el cuello de la chaqueta y empiezo a andar. Camino… Camino. No sé durante cuánto tiempo.

No sé dónde ir. A casa no, a casa no.

Al rato, sin siquiera darme cuenta, me encuentro de repente delante del edificio de la Comisaría. Estoy apoyada en la pared de la casa de enfrente. No sé cuánto tiempo llevo mirando a la entrada, a las personas que entran y salen, a los policías con uniforme. Pienso en lo que tendría que afrontar si entrara ahora… Pienso en las preguntas. Pienso en la sorna… Pienso y lo repienso… Al final me decido…

Me voy a casa… Me voy a casa… Los denunciaré mañana.


—Texto del monólogo teatral Lo strupo/La violación, escrito, a partir de un suceso real, por la dramaturga, actriz y activista de izquierdas Franca Rame (1929-2013), en colaboración con su marido, Dario Fo (1926-2016), y traducido del italiano por Antonia Cilla.

Secuestrada el 9 de marzo de 1973, Franca Rame fue vejada, torturada y violada, durante horas, en una furgoneta. Veinticinco años después se supo que el secuestro de Rame, perpetrado por neofascistas, fue ordenado por altos mandos de los carabinieri de la división de Pastrengo, extremo que no se investigó porque ya se había juzgado años atrás a los autores y el delito había prescrito—.




ANEXO

  • Lo strupo, subtitulado en castellano, de Franca Rame.

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“Aflicción II”: Archivo personal


El 17 de agosto de 1963 se daba cumplimiento a la sentencia que condenaba a ser ajusticiados, mediante garrote vil, a Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez, acusados de la colocación de dos artefactos, en diferentes ubicaciones del Ministerio de la Gobernación, que habían explotado el 29 de julio de 1963 con resultado de cuantiosos destrozos y una treintena de heridos de diversa consideración.

En la sentencia se alegaba que “había quedado probada” la pertenencia de los acusados a las Juventudes Libertarias y se relataban las idas y venidas de ambos hombres hasta el momento del atentado, “de cuya autoría no existía la menor duda, tanto por las pesquisas llevadas a cabo como por la actitud y la militancia de los reos” (sic). Que los dos libertarios apresados el 31 de julio, juzgados y condenados en procedimiento sumarísimo, fueran ajenos al delito por el que se les iba a ajusticiar, carecía de importancia para quienes habían hecho de la represión y la muerte bandera de su proceder.

Transcurridos diecisiete días desde la detención, el deceso por traumatismo bulbar —como así constaba en el certificado forense— ponía un aparente punto final a un suceso que tuvo escaso eco en la sociedad española de la época.

Treinta y tres años después de la ejecución de Francisco Granados y Joaquín Delgado, dos hombres entrados en años —ciudadanos franceses de origen español— se autoinculpaban públicamente de la colocación de los explosivos, presentando las mismas pruebas que, en su día, poseyó el Tribunal que juzgó y condenó a Granados y Delgado; pruebas que entonces ya exculpaban a los condenados del delito de atentado y que los jueces togados de la justicia franquista prefirieron obviar al objeto —es de suponer— de que la muerte de los dos anarquistas sirviera de escarmiento y macabra advertencia a cuantos pretendieran quebrar los vitoreados Años de Paz de los que alardeaba el régimen.

En la década de los años noventa, promulgada una ley que otorgaba una indemnización a las personas represaliadas por el franquismo o, en su defecto, a sus familias, Pilar Vaquerizo, viuda de Francisco Granados, presentó una solicitud para acogerse a dicha ley. La pensión le fue denegada.
La Ley 46/1997 de 15 de octubre especifica, con mucha asepsia, que tienen derecho a la indemnización correspondiente aquellas personas —o sus herederos— que hubieran sufrido privación de libertad en establecimientos penitenciarios durante tres o más años. De Granados y Delgado, su compañero de infortunio, sólo se podían acreditar diecisiete días de encarcelamiento. “No ha, por tanto, lugar a la percepción de ninguna cantidad” (sic).





POST SCRIPTUM

  • El 3 de febrero de 1998, las familias de Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez presentaron en el Registro General del Tribunal Supremo, recurso de revisión contra la sentencia dictada el 13 de agosto de 1963. La Sala de lo Militar denegó la autorización para interponer dicho recurso en Auto de 3 de marzo de 1999. Solicitado el amparo del Tribunal Constitucional, éste declaró nulo el Auto anterior obligando al Tribunal Supremo, en sentencia de 13 de julio de 2004, a continuar con las diligencias para revisar las condenas a muerte

  • Pese a la anulación de facto dictada por el Constitucional, el 18 de diciembre de 2006, tres de los cinco magistrados de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, denegaron, por segunda vez, autorización para interponer recurso extraordinario de revisión de las condenas a muerte, alegando que las confesiones realizadas años después por los autores reconocidos de los atentados, así como las declaraciones de los testigos presentadas por las familias para dar curso a la revisión, “carecían de credibilidad y resultaban incongruentes” (sic).




ANEXO


NOTA

La primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 31 de octubre de 2011.

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“Ramón Acín. Autorretrato”: Archivo personal


Acín tenía una vocación decidida por lo que en el Alto Aragón llaman risalleta. La risalleta es la media risa. Podríamos decir que es la risa pensada, estilizada, aséptica, racionalizada, no insistente en exceso ni malévola por defecto o superávit. Es un pensamiento dibujado, la boca a medio abrir y en los ojos no siempre malignidad. Tenía Acín una grosura labial que con el bigote corto y negro bajo uno de aquellos sombreros de contrabandista gibraltareño que usaba, le hacía parecer como perfecto guerrillero contra la Aduana, contra los civiles, contra los curas y contra los carabineros. El labio grueso destinado a plegarse con suavidad y malicia bondadosa, le hubiera dado aire a primera vista de mozo de estoques, cantador de flamenco o cura disfrazado si Acín no hubiera amenizado su cara con unas patillas doceañistas y un bigote, no recortado como de cineasta, sino cepilloso, destinado a dar reciedumbre a su estampa.

[…]

Conoció el destierro, la cárcel, la aversión de los peores y la soledad por incomunicación, aun estando muy acompañado. Pero lo que conoció, sobre todo, fue la serenidad y el amor irrefrenable a la eficacia. Dedicado a la enseñanza como a una profunda preocupación, sus discípulos pueden decir que no conocía el dogmatismo ni la testarudez. A los testarudos les daba un baño de familiaridad y les hacía ver que la testarudez puede ser un defecto y también una cualidad excelente si se matiza y se hace educada.

[…]

¡Inolvidable Ramón! Cuando las malditas balas falangistas taladraron su cerebro, entraban en una de las mentes más finas de Europa. Cuando la sed de sangre se sació con la sangre de Acín, la inmunda fiera pudo decir que destrozaba una de las vidas más puras, una de las vidas que latían con más decoro y con más esplendidez.

[…]

Sano como el cierzo de Aragón, animoso y afectivo como pocos; como pocos digno y ferviente sin manotadas fue Acín. Era un valor aragonés no cuadriculado en el regionalismo ni en ningún “ismo” exclusivista. Supo mirar cara a cara a la vida. Heroicamente supo también mirar cara a cara a la muerte. Así era Acín. Su memoria no queda ingrata para nadie. Tuvieron que matarlo gentes de presa, miserables hienas de manotada impune en el minuto del sacrificio. Y se atrevieron a matar también a su compañera. Concha, tan abnegada, tan madre de dos capullos que nacieron y vivieron la niñez junto a sus padres como junto a dos camaradas de confianza y de bondad sin límites.

Se perdieron dos vidas acordes, dos vibraciones que al desaparecer nos han dejado sin dos hermanos en quien confiar. Aquellas balas nos han tocado un poco a los que tanto les queríamos.

Los detalles de aquellos asesinatos no están aún en nuestra seguridad. Sabemos que los asesinos amenazaron de muerte a Concha en presencia auditiva de Acín y que éste se dio a las zarpas enemigas para salvar a su compañera. Ni aún así pudo salvarla de los impactos.

Ramón Acín [1] era un constructor, un auténtico constructor, siempre con iniciativas en acción y preocupaciones en vilo. Sabía atraer a los perversos con bondad y a los torpes haciéndose en ocasiones el torpe para no malograr con la visión de una excesiva diferencia de calidad que podía incrustarse en la retina ajena, el afán de proselitismo limpio y probo.

Murió de pie como el legendario Enjolras [2] y su vida fue corta, pero llena.

Los que fuimos sus amigos hemos de realizar su pensamiento creando el Museo de los Oficios, inventario popular del trabajo embellecido y de la belleza trabajada y matizada. Y pensar en él, pensar en el maestro bueno que desconocía el desaliento y la doblez. Acín, en su pensamiento y en su obra, es ya nuestro. Siempre será nuestro. Y el día de la victoria tan nuestro como siempre. Seamos dignos de él.

Fragmentos de Vida y muerte de Ramón Acín, ensayo biográfico escrito, en 1937, por Felipe Alaiz de Pablo (1887-1959).


NOTAS

[1] Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Ochenta y cuatro años atrás, tal día como hoy, fue asesinado por los fascistas en la ciudad que tanto amó.

[2] Lider revolucionaro de las barricadas parisinas que aparece en la novela Los miserables, de Victor Hugo.

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“La implacabilidad del tiempo”: Archivo personal

 

Aquel verano viajaron juntas hasta Bielsa, Aurora —sobrina bisnieta de Victorián Lanau, soldado de la División 43ª del Ejército Republicano—, Tatyana e Iliane —nietas de Silvestre, niño de la guerra—  y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, nieta de Nené y Lájos, a quienes Victorián ayudó a cruzar a Francia cuando, junto con otros refugiados, emprendieron una penosa caminata alejándose del horror de lo que más tarde se llamaría la Bolsa de Bielsa.

 

Antonio Beltrán Casaña, llamado L’Esquinazau, jefe y resistente de la infatigable División 43 —”Resistir es vencer“— sitiada en Bielsa por los futuros vencedores de la guerra, escribiría en abril de 1938 una carta al prefecto del departamento de Hautes-Pyrenées para agradecer «la actitud tan llena de humanidad […] para nuestros compatriotas que abandonan sus hogares por millares para buscar refugio y tranquilidad en la República Francesa […] tras vivir días de horror».

Un tipo singular, L’Esquinazau [*]. Trotamundos, guerrillero con Pancho Villa, voluntario en la I Guerra Mundial, amigo y compañero de Fermín Galán en la preparación y desarrollo de la Sublevación de Jaca  —que le valió una condena a muerte conmutada por otra de cárcel que se saldó al proclamarse la II República—  y comunista convencido hasta descubrir, en 1947, la firme mano del estalinismo en la eliminación de los camaradas mal vistos por Moscú. Convertido él mismo en individuo a eliminar, hubo de huir perseguido por la falsa acusación de ser un infiltrado al servicio de los mismos que pretendían su muerte, siendo finalmente detenido por las autoridades francesas  —que dieron crédito al bulo de que se trataba de un peligroso agente comunista—  y deportado a Córcega en 1950.

Tras obtener la libertad, los siguientes diez años viajó a Bélgica, Brasil, Bolivia, Argentina, Inglaterra, Perú  —donde afirmó haberse convertido al catolicismo, impresionado por la licuación milagrosa de la sangre de una santa—  y México, instalándose, con un familiar, en San Luis de Potosí, en un rancho al que llamó Canfranc, en recuerdo de su lugar de nacimiento. Falleció el 6 de agosto de 1960 en el Hospital Español de México, a consecuencia de un cáncer de estómago.

 

Aquel verano, Aurora, Tatyana, Iliane y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recorrieron la historia de la arrasada y reconstruida villa de Bielsa y ascendieron, en paseo aguijoneado por el Sol, un tramo del Puerto Viejo, donde una emotiva placa [FOTO] recuerda a los hombres, mujeres y criaturas que emprendieron el mismo camino entre la primera semana de abril y mediados de junio de 1938, con la mirada al frente y un pedazo de corazón acurrucado entre los recuerdos dejados atrás.



En vez de una flor  —clavel rojo en tu honor—
subiré al Puerto Viejo a dejar mi canción.

“BAJO DOS TRICOLORES”: La Ronda de Boltaña





ANEXO


NOTA

[*] Al parecer L’Esquinazau era un apodo de familia; según el propio Antonio Beltrán la gente del pueblo empezó a llamar así a un tío suyo que aseguraba estar “esquinazau” (destrozado, baldado) de tanto trabajar.

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“Donde reina el olvido”: Archivo personal


Siguiendo un desvío en la N-240 que une Huesca con la sin par Navarra, ocultas a los ojos de quienes bordean el río Gállego y se rinden ante la espectacularidad rojiza de los mallos de Riglos [FOTO], otras moles hermanas [FOTO] se yerguen, con impresionante, caprichosa y parda galanura, sobre el empinado trazado de la localidad de Agüero, antigua capital del medieval y singular Reino de los Mallos que recibiera como dote la reina Berta de su “muy amado esposo“, el rey de Aragón y Pamplona, Pedro I.

Y en ese lugar, siglos después de perderse el rastro de la reina que gobernó un reino dentro de otro, nacería, el 9 de febrero de 1912, Ángel Fuertes Vidosa, uno de los ocho hijos de los tenderos del pueblo. Moriría treinta y seis años después, el 26 de mayo de 1948, lejos de su  localidad natal y de las siluetas legendarias de los farallones agüeranos, en la Masía dels Guimerans, en  Portell de Morella (Castellón), en desigual lucha contra la Guardia Civil.


Ángel Fuertes Vidosa, maestro con plaza en propiedad en Liesa (Huesca) cuando estalló la Guerra (In)civil, miembro de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza y militante del Partido Comunista, se exilió a Francia en 1939 y participó activamente como resistente contra la ocupación alemana, siendo condecorado con la Cruz de Guerra. Responsable del Estado Mayor de la Agrupación de Guerrilleros Españoles, creada para luchar contra el nazismo, tuvo a su mando las brigadas de Carcasonne y Toulouse. Regresó a Aragón clandestinamente en 1944, para reorganizar el Partido Comunista y formar guerrilleros capaces de enfrentarse contra las fuerzas represivas de la dictadura. Los familiares paisajes de las sierras cercanas a Agüero, donde arraiga y crece la humilde literesa, fueron el escenario  de los grupos de instrucción de los maquis a sus órdenes.

En 1946, reunido con otros compañeros en una cueva de Camarena de la Sierra (Teruel), participó en la fundación de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), formada por varias partidas que tuvieron en jaque a la Guardia Civil en diversos puntos de las geografías aragonesa, castellana, catalana y levantina hasta 1952. El nombramiento, en 1947, del coronel Manuel Pizarro Cenjor como gobernador civil de Teruel y jefe de la 5ª Región Militar, marcaría un punto de inflexión  en las actuaciones de la AGLA. La represión del coronel —más tarde general— Pizarro contra los “forajidos y sus cómplices” (sic) se tradujo en detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones sumarísimas que mermaron la capacidad de acción de la guerrilla.

La captura y ejecución de Vicente Galarza, jefe de la AGLA, obligó a Ángel Fuertes a asumir el mando de la agrupación hasta su propia muerte y la de tres de sus hombres en la masía donde se ocultaban. La delación del masovero que suministraba víveres a los guerrilleros, propició que la Guardia Civil montara un operativo en torno a la casa que no dejaba ninguna ruta de escape a los refugiados. Hora y media, dicen, que duró la refriega. Ángel Fuertes Vidosa, el maestro de Agüero, todavía tuvo la sangre fría de destruir algunos documentos comprometedores, además de todo el papel moneda que portaba, antes de morir. Solamente Manuel Torres, un joven guerrillero de veinte años, sobrevivió al ataque.


En el año 2003, el escritor Jorge Cortés Pellicer (Zaragoza, 1953) publicó La savia de la literesa, una excelente, intensa y bien documentada novela donde, además de narrarse los hechos más destacados de la biografía de Ángel Fuertes Vidosa —desde septiembre de 1944 hasta su muerte en la provincia de Castellón—, se realiza una extraordinaria y minuciosa aproximación a las vivencias, inquietudes y circunstancias de los hombres y mujeres que soñaron con transformar el curso de la historia de España y pagaron su osadía con la tortura, la cárcel, la muerte y el silencio.


NOTA

Un esbozo de este artículo se publicó por primera vez en esta bitácora el día 26 de mayo de 2012.

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“La esencia de las amapolas”: Archivo personal


Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón. Si canto suave o fuerte, canto sin saberlo, como los buenos árboles cuando les sopla el céfiro o les azota el aquilón.

[…]

Odio todas las cosas, que las cosas todas tienen su lado odioso; las amo a todas, que todas tienen algo que las hace amables. Por eso mi lápiz y mi pluma (los dos torpes, de principiante) se mojan en dos colores: uno rosa, como las mejillas de las adolescentes; el otro negro rojizo, como el color de los ataúdes a medio pudrir y las gangrenosas heridas de puñalada. Si alguna vez hubiese de dibujarme un ex-libris, sería este una chulona tocando unas castañuelas y bailando sobre el agujereado cráneo de un uncido.

El término medio en todo, donde están los horteras, los prácticos, los adaptados, me asquea; si alguna vez dejase de ser revolucionario, con la puntera de la bota metido en la anarquía, sería para irme a un monte, a vivir en una ermita y llamar, como el místico, al agua “hermana agua” y al lobo “hermano lobo” […]. [*]


NOTA

[*] RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Asesinado por los fascistas, el 6 de agosto de 1936, en la ciudad que tanto amó.

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“Donde el horror”: Archivo personal


“[…]Eduardo Cantos, el ex director de la cárcel, declaró haber estado presente aquel día en el interrogatorio de dos de los reclusos. De dos de los apaleados como Rueda. Y explicó que no se enteró de que les estuvieran pegando porque se encontraba de espaldas y hablando por teléfono. Eso dijo Eduardo Cantos con toda impavidez y sin que le temblara la grasienta papada. Qué apasionante llamada debía de estar realizando, qué espaldas tan impenetrables y graníticas, para que allí, en el morrillo de su corpachón, se estrellaran y perdieran los quejidos, los insultos, los alaridos, el redoble seco de los golpes. Así están todos, sordos y ciegos. Y a su paso van dejando un reguero de sangre […]”- Fragmento del artículo Década, escrito por Rosa Montero y publicado en el periódico El País el 16 de enero de 1988.


Un túnel de cuarenta metros descubierto en la cárcel de Carabanchel la mañana del día 13 de marzo de 1978 determinaría la muerte a golpes —“apalizamiento  generalizado, prolongado, intenso y técnico”, según harían constar los forenses que realizaron la autopsia— de Agustín Rueda Sierra —preso anarquista de 25 años y miembro de la C.O.P.E.L— en algún momento entre las diez y media de la noche del día 13 y las siete de la mañana del día 14. Otros siete presos [1] sufrirían en sus cuerpos la furia inquisidora desatada en aquella mañana carcelaria proemio de la muerte de Agustín Rueda a manos de sus carceleros; siete hombres lacerados que pondrían voz acusadora  al calvario del compañero muerto.

Alfredo Casal Ortega, uno de los compañeros torturados junto a Agustín, recordaba que, en las horas previas a la muerte del joven anarquista, “pedimos a gritos que viniera un médico, pero no obteníamos respuesta. Agustín tenía todo el cuerpo negro de los golpes recibidos. En un momento dado, que yo creo calcular que se correspondía con las dos de la tarde, me empezó a decir que no sentía los pies. Le empecé a realizar masajes para intentar reactivar la circulación sanguínea, pero era inútil, ya que cada vez la insensibilidad iba en aumento y poco a poco dejó de sentir las piernas. Sobre las tres y media, de rodillas para abajo no sentía nada. Fue el momento en que llegaron los dos médicos de la prisión, llamados Barigón y Casas, que entraron en la celda y a los que expliqué los síntomas que padecíamos. Sacaron unas agujas largas y empezaron a clavárselas a Agustín en los pies. No había reacción. Fueron clavándoselas cada vez más arriba y cuando llegaron un poco más arriba de las rodillas dio muestras de sentir los pinchazos. De rodillas hacia abajo no sentía absolutamente nada. Los sanguinarios médicos se incorporaron y uno de ellos le dio una patada en las costillas a Agustín, diciéndole: “Eso es de la humedad del túnel”. Y como vinieron se fueron, dejándonos en las condiciones en que estábamos. Media hora más tarde nos tiraron, a través de los barrotes de la celda, como el que tira cacahuetes a los primates, unas pastillas para el dolor, abandonándonos a nuestra suerte. Agustín fue consciente durante todo ese tiempo de su real situación. En las horas que pasaron me dijo en varias ocasiones que sabía que se estaba muriendo. Tenía mucha sed, por lo que constantemente procuraba darle de beber en su boca y le mojaba los labios constantemente. […]Sobre las 10 de la noche ya apenas podía articular palabra, sentía mucho frío, su mirada cada vez estaba más y más perdida. A eso de las diez y media de esa noche bajaron dos desconocidos acompañados de funcionarios carceleros, abrieron nuestra celda y pusieron a Agustín dentro de unas mantas y se lo llevaron a rastras, como si de un objeto se tratase. Nuestras protestas no sirvieron de nada. Sólo nos dio tiempo a apretarnos las manos. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Jamás olvidaré ese momento”.


Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;

escúchame Felipe; Santiago, entérate:

bajad de esos escaños forrados de papel,

que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Tendido está en el suelo y no contesta ya.

Bonita democracia de porra y de penal;

con leyes en la mano te pueden liquidar.

Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,

lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Agustín por buscarla, miradlo como está. [2]


Diez años después, en 1988, los desalmados inductores y autores [3], por acción u omisión, del asesinato del combativo Agustín fueron juzgados y condenados a cumplir entre dos y diez años de cárcel, pero como el Estado suele ser indulgente con sus fidelísimos servidores, ninguno de ellos pasó entre rejas más de un año.





NOTAS

  • [1] Jorge González, José Luis de la Vega, Juan Antonio Gómez Tovar, Miguel Ángel Melero, Felipe Romero Tejedor, Pedro García Peña y Alfredo Casal Ortega.
  • [2] Letra de una canción compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio.
  • [3] El director de la cárcel Eduardo Cantos, los doctores José María Barigón y José Luis Casas, el subdirector Antonio Rubio y los funcionarios José Luis Rufo, Nemesio López Tapia, José Luis EstebanAlfredo Luis Mallo, Alberto Ricardo Cucufate de Lara, Hermenegildo Pérez, Andrés Benítez y Julián Marcos.

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“La mirada”: Archivo personal


«Cuando habla en tono calmado no se le aprecia mucho el acento francés, ¿verdad?», le cuchichea Iliane a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras Agnès Hummel, apoyada en el atril que la tarima eleva levemente, transmite con su voz —«Vedla. Sentidla. Sabedla y comprendedla y así rozaréis desde el presente su dolor»— las penurias y el desespero de Araceli Zambrano en aquella Francia de ilusiones asesinadas y censuradas cartas que intercambia con el hombre —su amor, su vida, su anhelo— encarcelado por la Gestapo en La Santé. «No retornó la alegría», prosigue Agnès Hummel. «No renació la esperanza. Manuel Muñoz fue entregado por la Gestapo a los hombres de Franco desplazados a París, extraditado a España, sumarísimamente procesado y fusilado el 1 de diciembre de 1942… Rota, Araceli. Inapetente a la vida. Derrumbado su mundo. Pero con ella, su hermana, María Zambrano, que guardó su propia agonía en un arcón arrojado al Sena y dedicó buena parte de su existencia a amar, recomponer, aliviar y cuidar a la marchita e inconsolable Araceli».


[El silencio sustituye cualquier amago de aplauso. Agnès Hummel bebe agua tintada con unas gotitas de güisqui, baja de la tarima y se dirige hacia la docena y media de personas que han asistido a la charla. Entre las manos, el libro Cautivo de la Gestapo, de Fernando Sigler Silvera].



EPÍLOGO: 1947-1991

París. Nueva York. México. La Habana. Puerto Rico. Y, por fin, en 1953, Roma. Juntas siempre. Para siempre. Araceli, María… Y los gatos. Gatos. Muchos gatos. Gatos romanos que acuden a las caricias y a la manduca. Gatos en las alcobas, en el sofá. Gatos que marcan su territorio en las patas de las sillas y los marcos de las puertas. Gatos. Gatos… Y Zampuico, el gato negro de ojos amarillos que las acompañó desde la cadenciosa Cuba a esa Roma felina en la que, cierto día, se internó para no regresar; tal vez marchó a escudriñar de cerca las viejas ruinas de la Ciudad Eterna o se unió a los gatos semiciegos que celan paraísos soterrados.

Gatos. Gatos… Y, con ellos, un abanico de denuncias anónimas que las obligan a cambiar de domicilio para preservar el virreinato félido. Gatos. Gatos… Y más denuncias en las que se escudan las autoridades italianas para expulsar del país a aquella pareja de exiliadas españolas. Doce horas les dan, en 1964, para abandonar, seguidas por sus gatos, esa Roma de espléndidas arquitecturas apenas devoradas por los siglos.

Y, entonces, La Pièce, en el Jura galo. El último refugio fraternal de las expatriadas Zambrano que, como en Roma, sobreviven merced a la generosidad de sus amistades. Allí, en La Pièce, fallecerá Araceli, el 20 de febrero de 1972. María, que retornará a sus itinerancias y sus conferencias por el mundo y será, por fin, reconocida, festejada y galardonada en la democratizada España, seguirá a Araceli, su tan amada hermana pequeña, el 6 de febrero de 1991. Y dicen que, junto a su tumba andaluza, se detienen a maullar los gatos. Quizás, entre los de bruno pelaje, se asomen a las sombras noctívagas unos ojos amarillos.

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“Versión de ‘Las Pajaritas‘ de R. Acín”: Archivo personal


«…cuando yo tenía la edad que ahora tú tienes, junto con Samblancat y otros amigos sacamos en Barcelona, allá por el año 1913, una publicación intitulada ‘La Ira’. Ya puedes deducir por el simbolismo de esta palabra cual sería el contenido de nuestro anhelado periódico, del que nos servíamos para poner en la picota injusticias, abusos y cuantos males sociales llegaban a nuestros oídos; pero no es de esto de lo que hoy me reprocho. Me entristece, eso sí, el recuerdo de aquel lenguaje; un lenguaje insultante, impregnado de agresividad y casi en los lindes de lo grosero y soez algunas veces. Equivocadamente creíamos en nuestro «sublime» papel de agitadores cuando sólo éramos pobres seres agitados por un impulso incontrolado que restaba valor informativo al mensaje y descalificaba a quienes lo emitían. Te cuento esto por si de algo puede servirte el fruto de mis experiencias y reflexiones; porque aun admitiendo que pueda ser cierto lo de que ‘nadie escarmienta en cabeza ajena’, he pensado que tratándose de un joven inquieto como tú, deseoso de ver incrementado el nivel cívico y cultural de su pueblo y que al mismo tiempo participa con ilusión en el proyecto libertario, entenderá a la perfección que con nuestra expresión violenta e incongruente, lo que conseguíamos era asustar a la gente y suscitar su rechazo hacia los ideales de liberación y de solidaridad humana que decíamos defender. A mí me parece que es más rentable y a la vez susceptible de aportarnos íntima satisfacción, intentar atraernos a las gentes por la fuerza de nuestros razonamientos, y que expuestos con ademán seguro y resuelto pero exento de nerviosismos y estridencias y permaneciendo abiertos siempre al diálogo con todo el mundo, nos harán acreedores a la confianza y respeto de quienes no nos comprenden todavía y habremos ganado la batalla al egoísmo y a la indiferencia que predominan por doquier».- RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Palabras dirigidas, en 1931, a su joven correligionario FÉLIX CARRASQUER LAUNED (1905-1993).


Ante la tumba donde el maestro Acín, vejado y fusilado, duerme para la Historia junto a Conchita, su compañera martirizada y asesinada, y Sol y Katia, las hijas sobrevivientes obligadas a retener las lágrimas durante décadas desgarradoras, se detiene el caminante libertario acribillado por la lluvia que descarga su incruenta ira sobre lápidas, monolitos y ramos decaídos. Brava, oscurece la tormenta el recinto mortuorio y apremia a los deudos tardanos, que reculan, ágiles, hacia el lodazal del aparcamiento. Permanece el caminante, a modo de estela funérea latiente, ante la losa sepulcral hasta que la encargada del camposanto, cubierta con un chubasquero amarillo con franjas grises, vocea: “¡Oye, que tengo que cerrar!”, y lo devuelve al presente y a la lluvia; a sus ropas empapadas y al frío que le recorre la epidermis y lo estremece. “Ya voy. Perdona…”, musita; y camina hacia el exterior tras la mujer.

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“¡¡No!!”: Archivo personal


En el Derecho Penal español solo existe la calificación de agresión sexual cuando se demuestra que la satisfacción del ánimo lúbrico [sic] del demandado fue obtenida mediante el uso de la violencia y la intimidación contra la víctima. Cuando no queda probado el ejercicio de la fuerza física o no se determinaron amenazas explícitas o implícitas para doblegar la voluntad de la persona subyugada, aunque esta se halle anulada por la ingestión de cualquier sustancia, el delito, reflejado en el artículo 182 del Código Penal, se rebaja a la calificación de abuso sexual.

Tecnicismos.

La Jurisprudencia, que pese a ser un vocablo de género femenino, tiene ese perfume rancio de los clubes exclusivos donde antaño se reunían caballeros circunspectos a fumarse un buen puro, regodearse con una copa de brandy y leer el periódico, es una ciencia inexacta en lo general y particularmente tiquismiquis a la hora de encarar la sexualidad femenina violentada; con demasiada frecuencia suele alegar algún pero que revierte en detrimento de la demandante de justicia.


«Ius est ars boni et æqui»[*].



A PIE DE CALLE

Más de 40 ciudades se suman a las concentraciones contra la sentencia a La Manada de Manresa


NOTA

[*] «El Derecho es el arte de lo bueno y de lo justo».

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