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Archive for the ‘Nada humano me es ajeno’ Category

Inflorescencia entre espinas

«Inflorescencia entre espinas»: Archivo personal


En el uso de la palabra digo,
CULPABLE.
No habrá más silencio
mientras siga tu culpa,
y más tarde, no habrá silencio.

He venido a jurar tu delito
ante el dolor de mis hermanos
vivos enterrados, vivos quemados, vivos muertos…

He venido a entregar mi palabra y mi sangre
donde mi deber es ofrecerla,
a este pueblo mío punzado
de bocas rotas y palabras heridas…

Debes saber, tú, CULPABLE,
artífice de nuestra condena,
que llevo grabada tu culpa
en cada uno de mis fonemas.

Debes saber,
que será legítima mi palabra
allí donde quiera que yo vaya,
porque la voz me ha sido entregada
en nombre de mis ahogados.

A falta de libertad
hemos tallado un lenguaje,
mientras tú nos golpeas,
nosotros cosemos banderas,
mientras tú desgarras nuestros cuerpos
nosotros nos cubrimos de piel nueva,
mientras levantas muros insolentes,
fusilas ojos y gargantas,
a nosotros se nos derrama la voz
entre ríos caudalosos de verdades.

Donde tú dices fuerza,
nosotros libre,
donde dices llanto,
nosotros libre,
donde dices excusa,
nosotros libre,
donde dices violencia,
nosotros libre,
donde dices tuyo…
NOSOTROS ¡SAHARA LIBRE!

En el uso de la palabra digo, denuncio:
CULPABLE.

—Poema En el uso de la palabra, de Salka Embarek, escritora y activista canario-saharahui—

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«De cara a la luz»: Archivo personal


Puño en alto mujeres de Iberia
hacia horizontes preñados de luz,
por rutas ardientes,
los pies en la tierra,
la frente en lo azul.

Afirmando promesas de vida
desafiemos la tradición,
modelemos la arcilla caliente
de un mundo nacido
del dolor.

Que el pasado se hunda en la nada.

¡Qué nos importa el ayer!
Queremos escribir de nuevo
la palabra MUJER.

Adelante, mujeres de Iberia,
con el puño elevado al azul,
por rutas ardientes.
¡Adelante,
de cara a la luz!

Lucía Sánchez Saornil (1895-1970). Himno de Mujeres Libres (versión original). Valencia, 1937—








ANEXO

Lucía Sánchez Saornil; una vida y una obra alternativas a la sociedad de su tiempo, de Luz Sanfeliu Gimeno.

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«Fragmentación»: Archivo personal


Aykut Demir, capitán de un equipo de fútbol de la segunda división turca, hurgó con un simple gesto en la hipocresía de los democráticos gobiernos occidentales al negarse a vestir la camiseta con el lema NO WAR alegando la doble vara de medir los conflictos según su ubicación, como si la raza y la nacionalidad de las víctimas de una guerra, cualquier guerra, determinaran el sufrimiento. “Tiene un careto de yijadista…”, comentaba of the record un periodista deportivo en una tertulia de barra en la que dos o tres clientes, con más vozarrón que cerebro, pedían la expulsión del deslenguado de la liga turca, cuando no colgarlo por sus atributos masculinos del mismo larguero. Ninguno de los lanzadores de espumarajos se planteó hasta qué punto, fuera de cualquier ideología, el futbolista rebelde daba en el centro de ese cristal, unas veces grueso y otras endeble, a cuyo través la sociedad observa los acontecimientos internacionales sobre los que intereses ajenos a la gente de a pie sitúan la lupa, con mayor o menor precisión en función de la respuesta social que se pretende obtener. Otra cosa es que los manipuladores de cupo lo consigan, que no siempre la tergiversación surte el efecto buscado, como lo demuestran las manifestaciones en diferentes puntos de Rusia contra la invasión de Ucrania, que ni las detenciones masivas ni las soflamas belicistas de los medios rusos cercados por la censura han logrado erradicar; o las que tienen lugar en Israel a favor de los palestinos; o aquellas otras que hubo en diversos escenarios europeos contra la guerra de Irak.

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Vivía en la más absoluta pobreza, pero en ella no había nada miserable. Un día en que yo cumplía años, me la encontré en el Coso y la invité a tomar unas gambas a la plancha y una copita de champán en el bar Victoria para celebrarlo; me las vi y me las deseé para pagar, pues no me dejaba. Abundando en lo mismo, un amigo de mi hermano me contó:
Julieta, a veces, venía a pedir a casa; le dabas cincuenta pesetas y luego ella te traía, a lo mejor, una bandeja de pasteles que le había costado cien. Le decíamos:
—Pero, Julieta, ¿por qué haces eso?
Y ella nos respondía:
—Porque os quiero mucho.

Así era Julieta: generosa en extremo, inteligente, siempre de buen humor y, sobre todo, buena. Yo, por aquel entonces, aún no había visto sus cuadros, ni recuerdo que Julieta me hubiera hablado nunca de ellos.

—Fragmento de Julia Aguilar, Always (1899-1979). Rebelde y artista, libro de Antonio Abarca Anoro y Antonio Buil Sillés, editado en diciembre de 2014 en Barbastro (Huesca) por Liberalitas Iulia, S.C.—


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Julieta. Ficha policial. Madrid, 1933

El 26 de febrero de 1979, en la Casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Barbastro, concluyó el periplo vital de Juliana Mariana Juana Aguilar Cosculluela, llamada Julieta Always, mujer tan barbastrense como cosmopolita, a la que sus paisanos todavía recuerdan repartiendo periódicos con un séquito de felinos callejeros que la acompañaban en su pulular cotidiano por la ciudad del Vero. La loca de los gatos  —como algunos la denominaban—  y madura okupa de edificios abandonados, había nacido en 1899 en la capital del Somontano, en el seno de una familia con recursos. En Huesca inició estudios de Magisterio y fue alumna de Ramón Acín. Sin concluir el grado de maestra, regresó a Barbastro, a la fonda que regentaban sus progenitores, abandonando de nuevo la casa familiar para iniciar una singular travesía que la llevó a Barcelona y Madrid, ciudad esta última en la que su hermosura y desparpajo cautivaron a Miguel Primo de Rivera, con el que anduvo en amoríos. Acusada de estafa por marcharse sin pagar la cuenta del hotel madrileño en el que se alojaba, recaló en París, donde se ganó el sustento como modelo de pintores y escultores y fue bailarina en los míticos Folies Bergère y Moulin Rouge hasta que, en 1940, tras ser detenida por robo en las Galerías Lafayette, fue deportada a España, residiendo una temporada en Madrid y regresando, después, a su ciudad natal tras más de veinte años de ausencia.

Pobre de solemnidad, su vida en Barbastro  —entre la incomprensión y, muchas veces, la burla de sus convecinos—  se centró en los gatos, que la adoraban, y la pintura. Un centenar de cuadros, próximos al arte naïf, fueron el equipaje que la acompañó de un edificio a otro, siempre ocultos de las miradas ajenas hasta que, en los años sesenta, el pintor catalán Modest Cuixart, que la conoció casualmente al sufrir una avería su vehículo en Barbastro e interesarse ella por las circunstancias, descubrió sus telas en el mísero lugar donde habitaba con sus gatos y la retrató en un lienzo titulado La bruixa de Barbastro, obra que, en 1976, haría emerger de su ostracismo la historia y, sobre todo, el arte pictórico de Julieta Always, la ya provecta pintora de pinceladas ingenuas y existencia transgresora y extravagante que, de repente, se vio asediada por la fama y el reconocimiento.


Fue entonces, Julieta, cuando el periodista llegó al asilo. Había visto, en la exposición de aquel famoso pintor, el cuadro de la ‘bruja de Barbastro’, y él le contó lo poco que sabía de tu historia y lo mucho que vio en tu pintura. Y el periodista quiso conocer tus cuadros, conocerte a ti, inabarcable, alucinada y lúcida, esquiva más de lo real que de los sueños, sorda ya, según el que habla o la fuerza con que suenan en tu oído esas trompetas invisibles, y sucedió, después, lo que ya sabes, el rescate de tu obra, la seria y solemne exposición de los cuadros que habían vivido en la calle, entre ruinas y desvanes, ratones y gatos, indiferencia y sonrisas, ¡cosas de Julieta! Todo llega, incluso lo inesperado por el común descrédito de los finales felices que han entrado en ese reino de hadas y fantasías del que, tarde o temprano, alguien nos expulsa sin contemplaciones.

—Fragmento del relato biográfico Julieta de los Espíritus, del libro Tres mujeres, de Ana María Navales, publicado en 1995.—

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«Postales desde el Norte»: Archivo personal


Mañana, hijo mío, todo será distinto.
Se marchará la angustia por la puerta del fondo
que han de cerrar, por siempre, las manos de hombres nuevos.

Reirá el campesino sobre la tierra suya
(pequeña, pero suya),
florecida en los besos de su trabajo alegre.

No serán prostitutas las hijas del obrero
ni las del campesino
(pan y vestido habrá de su trabajo honrado).

Se acabarán las lágrimas del hogar proletario.
Tu reirás contento, con la risa que lleven
las vías asfaltadas, las aguas de los ríos,
los caminos rurales…

Mañana, hijo mío, todo será distinto:
sin látigo, ni cárcel, ni bala de fusil
que reprima la idea.

Caminarás por las calles de todas las ciudades,
en tus manos las manos de tus hijos,
como yo no lo pude hacer contigo.

No encerrará la cárcel tus años juveniles
como encierra los míos
ni morirás en el exilio,
temblorosos los ojos,
anhelando el paisaje de la patria,
como murió mi padre.

Mañana, hijo mío, todo será distinto.

Edwin Castro Rodríguez [*], diciembre de 1959—.


NOTA

[*] Edwin Castro Rodríguez fue un poeta y guerrillero del Frente Sandinista nicaragüense detenido el 12 de octubre de 1956 bajo la acusación de complicidad en el asesinato del general y candidato del Partido Liberal, Anastasio Somoza García. Preso en condiciones terribles en la cárcel de la Aviación de Managua, murió tiroteado, junto con otros compañeros, el 18 de mayo de 1960, en aplicación de la muy conveniente Ley de Fugas.

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Enterrar y callar, grabado de Goya

«Enterrar y callar»: Francisco de Goya y Lucientes


Si han muerto entre centellas fementidas
inmolados por cráteres de acero,
ahogados por un río de caballos,
aplastados por saurios maquinales,
degollados por láminas de forja,
triturados por hélices conscientes,
quemados por un fuego dirigido,
¿enterrar y callar?

Si han caído de espaldas en el fango
con un hoyo violeta en la garganta,
si buitres de madera y aluminio
desde el más alto azul les dieron muerte,
si el aire que bebieron sus pulmones
fue un resuello de nube ponzoñosa,
si así murieron sin haber vivido,
¿enterrar y callar?

Si las voces de mando los mandaron
deliberadamente hacia el abismo,
si humedeció sus áridos cadáveres
el llanto encubridor de los hisopos,
si su sangre de jóvenes, su sangre
fue tan sólo guarismo de un contrato,
si las brujas cabalgan en sus huesos,
¿enterrar y callar?

Enterrar y gritar.


Enterrar y callar, título de un grabado de la serie Los Desastres de la guerra, de Francisco de Goya (1746-1828), y del poema del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985)—.

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«Entre libros»: Archivo personal


El cadáver yacía en la cuneta. Uno más arrojado, cual despojo, en los Tiempos Oscuros. Mujer. Aún joven. Con las ropas sucias y ajadas y un rictus final de desesperanza en el rostro que, en vida, gozó de la hermosura que rutila en los tiempos exultantes. La hallaron la mañana del 18 de agosto de 1936, cerca de Rábade, expuesta por la furia asesina al empacho de los insectos y a la luz solar amortiguada por la neblina.

Se llamaba Juana y tenía 31 años que se vaciaron de sueños días antes de que dos disparos le arrebataran de las entrañas el acerico de dolor que la consumía desde el asesinato de su marido y la pérdida, allá en la cárcel, de su hijo nonato, apenas un reguero de sangre y tejidos que truncaron los últimos destellos de futuros felices.


Qué lejos aquella cuneta ominosa del día, seis años atrás, en el que ingresó, por concurso oposición, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con la juvenil mirada dejando entrever el brillo de las ideas que, valoradas, puso en practica en la Biblioteca Nacional y el Ateneo de Madrid, primer centro español en implementar la Clasificación Decimal Universal en la organización de la bien dotada biblioteca que daba fama y empaque a sus instalaciones. Pese a su juventud, el entusiasmo, el conocimiento y laboriosidad de Juana hicieron posible su nombramiento como bibliotecaria-jefa de la Universidad Central —cargo que, por primera vez ocupaba una mujer—; bajo sus directrices se realizó el traslado de los volúmenes que conformarían posteriormente la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Fue, además, una de las fundadoras de la Asociación de Bibliotecarios y Bibliógrafos de España, cuya primera acción fue crear un servicio circulante de libros, a modo de experiencia piloto, entre los pacientes del Hospital Clínico de Madrid, evitando, aconsejaba Juana, “toda lectura que pueda preocuparles, entristecerles o, simplemente, aburrirles”. Como miembro de la Asociación, apremió a las autoridades de la República para que se dignificara la profesión de bibliotecario, se extendiera por España una red de Bibliotecas de acceso libre para la ciudadanía —como continuidad del proceso de alfabetización que se había puesto en marcha en pueblos y ciudades— y se renovasen los fondos bibliográficos de las ya existentes.


Se llamaba Juana. Juana María Clara Capdevielle San Martín. Era una mujer culta, feminista, libertaria, pedagoga, bibliotecaria, articulista, conferenciante; una mente inquieta abatida por la sinrazón y sepultada en la desmemoria durante setenta años.

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«El Peine del Viento»: Archivo personal


Mi madre, con doce años, entró de mandadera en una de las villas del Antiguo. Estuvo hasta los dieciséis, que se quedó preñada y le dieron puerta. […] Mi hermano nació en Munguía, en casa de mis abuelos paternos, y cuando iba a nacer yo, papá y ella marcharon a Francia. Casi con lo puesto. Así que sí, esta tierra me tira un poco. Será que soy vieja y el pasado es mucho más denso e interesante que lo que me queda”, explica Corito.

Recorren, descalzas y al ritmo que imponen los pasitos cortos y cansados de Corito Larrauri, la orilla despejada de la playa de Ondarreta, bajo el monte Igueldo, hasta el peñón de Loretopea, donde hace un siglo se levantaba la ermita de la Virgen de Loreto y que por extrañas analogías fonológicas alguien tradujo erróneamente como Pico del Loro, denominación que hizo fortuna y sigue siendo la utilizada en castellano para nombrar el saliente rocoso que separa Ondarreta de la playa de la Concha, en el promontorio donde se asienta el Palacio de Miramar.

Las cuatro mujeres se detienen y reculan hacia el otro lado, encaradas al Peine del Viento, circunvalando a quienes, sentados o tumbados en el arenal, observan la lejanía bajo un cielo con retales de nubes blanquecinas entre las que se entrevé el brillo desteñido del Sol.

En la zona más alejada del agua asoman, cual olvidados muñones, los cascotes de las viejas arquitecturas derribadas muchas décadas atrás y que un día se irguieron a orillas del Cantábrico, como la del antiguo penal que, corroído por la humedad y el salitre, fue dinamitado en 1949 y cuyas esquirlas diseminadas resisten, contumaces, el cribado anual que realizan los servicios de mantenimiento. Allí, en el Antiguo, donde nació la primitiva ciudad que tomó el nombre de San Sebastián en el siglo XII.

Philippe, el sobrino de Corito, aguarda, con Étienne, en el aparcamiento próximo a la playa. Junto al vehículo, el grupo se despide de ella con la congoja adherida a la piel, conscientes de que tal vez sea el último encuentro. Lo perciben en sus ojos sombríos, en la fragilidad de ese diminuto cuerpo del que la metástasis se ha apoderado. Lo supieron cuando telefoneó desde Vers-Pont-du-Gard para contarles que iba a viajar a San Sebastián y pedirles que se reunieran con ella. «Por si ya no tenemos ocasión de vernos«, dijo.

Se abrazan las tres, aferradas unas a otras. Corito, Agnès Hummel y la señorita Valvanera. Coetáneas y amigas. “Bueno, tía, tendremos que ir marchando”, musita Philippe. La veterinaria y Étienne rodean con sus brazos a la menuda mujer. “Cualquier fin de semana iremos a verte, Corito”, le dice la veterinaria en tono que quiere ser desenfadado. Y ella asiente y hasta sonríe.

Cuando el coche de tía y sobrino se incorpora al tráfico y se pierde, se quedan Étienne y las mujeres mirando, taciturnos, las olas que rompen en la escollera, a los pies de las esculturas de Chillida.


13 de septiembre de 2021

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«La pajarica ferrosa»: Archivo personal


«[…]Hacia 1920 ganó Acín en Madrid por oposición la plaza de profesor de Dibujo de la Normal de Huesca.

[…]Como en la adjudicación de plazas del profesorado pueden elegir los que tienen los primeros números y Acín estaba clasificado después de tales primeros números, generalmente paniaguados y pelotilleros, temía que los clasificados en lugar preferente eligieran la plaza de Huesca y le dejaran sin ella. Su interés era quedarse de profesor en Huesca, donde tenía mucha vida de relación y amistades arraigadas, además de estar allí su madre y contar con la poca trepidación de la ciudad para trabajar con algún sosiego.

En los pasillos de la mansión destinada a cobijar a los opositores había una pequeña revolución.[…]

Yo puedo elegir tal y tal plaza  dijo uno de los primeros lugares de la clasificación. Entre otras plazas puedo elegir Huesca. ¿Qué tal será Huesca?

—Una calamidad  contestó Acín. Allí hay cuatro meses al año de nieve, y la ciudad vive en invierno metida en su capote blanco. Además, bajan los lobos del Pirineo y entran por las calles, comiéndose a las criaturas. Hay que organizar batidas muy serias… Un abuelo mío…

Lo que deseaba Ramón era que nadie quisiera ir a Huesca para que al llegarle el turno a él la plaza le cayera en las manos.

Así fue. Hizo colaborar a los lobos y a la nieve en su designio, consiguiendo el triunfo, quedándose finalmente en la ciudad sertoriana gracias a la ingeniosa manera de movilizar la fauna del Pirineo y las ráfagas de nieve.».-  Felipe Aláiz: Vida y muerte de Ramón Acín, editado en París en 1937.


Noventa y dos años de niñeces oscenses contempladas por ellas… Ellas, las Pajaritas  las Pajaricas de Ramón—  forja blanqueada, ternura erguida en la ciudad que amó  devoto cofrade de la militancia anarquista, de la libertad…—.  Huesca, casa y tumba del maestro.

Aladas Pajaricas que trinaron, en herrumbroso susurro, el nombre del artista asesinado.

Ramón, Ramón—, le decían al cierzo que despeinaba las peripuestas ramas de las coníferas.

Ramón, Ramón—, cuchicheaban a gorriones, jilgueros y lechuzas.

Remontan, ellas, Pajaricas de tantas infancias  en alado sueño—  un vuelo imposible hasta el homenajeado portal de Casa Ena, palacio de risas y penúltima estancia del horror avecinado; reculan, empujadas por el viento, hacia las afueras, hasta el camposanto donde memorizaron las revocadas tapias cada bala asesina y asiéntanse sobre el bajorrelieve ideado y esculpido por el propio Acín para el osario del cementerio oscense y que hoy señala su propia tumba.

Bajan la cabeza, quejumbrosas, las Pajaricas. Lagrimean sus compactos cuerpos dejando un rastro de orín y cardenillo en el pétreo cobertor del último lecho del maestro.


El 6 de agosto de 1936 fue vejado y asesinado el maestro Ramón Acín Aquilué. En la ciudad que tanto quería. El 23 de agosto pereció asesinada su esposa y amiga, Concha Monrás Casas, en una brutal saca que cercenó las vidas, en circunstancias horrendas, de cerca de un centenar de oscenses.





ANEXOS

  1. Huesca fue Granada: La muerte de Ramón Acín, de Víctor Juan.
  2. Hasta más allá de la muerte: El proceso de responsabilidades políticas contra Ramón Acín y Conchita Monrás en la Huesca de la Guerra Civil, de Nicolás Sesma Landrín.

NOTA

Edición actualizada de un artículo publicado en esta bitácora el día 23 de agosto de 2013.

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«#girasolesparaizarbe»: Matthias Cooper


A Izarbe, que sembró de girasoles, hoy dolientes, su esperanza y la nuestra.


¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla, pero qué injustamente arrebatada!…, clamaba el poeta…

Y así, impotentes, manoteamos en las horas que intuíamos las últimas, comprimiéndolas en la rabia, buscando paralizarlas para que tu aliento y tu pulso aletearan y esa vida por la que batallaste, escudada en la sonrisa, no fuera vencida. Ahora, ya inmortal, lloran los girasoles en el hueco de tu ausencia y tremolan sus hojas absorbiendo del oxígeno tu aroma para mezclarlo con la savia y erguirse, en tu honor, ante un Sol que aún busca tu rostro para esculpir con su luz tu viveza.



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Izarbe Gil Márquez (2000-2021) falleció, dejando inacabada su experiencia, en Zaragoza, el día 13 de mayo, tras guerrear, durante cuatro años, contra el Sarcoma de Ewing.
Su último año de vida fue una lucha sobrecogedora y admirable para hacer visible la enfermedad e impulsar su investigación y tratamiento efectivo.
No logró vencer el mal que la consumía pero su empeño, a través del movimiento virtual #girasolesparaizarbe, ha hecho posible que, tras su muerte, la Asociación de Pacientes con Sarcomas y Tumores Raros haya creado la Beca APSATUR-GIRASOLES PARA IZARBE, para la investigación del Sarcoma de Ewing,  dotada con 25.000 euros.

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