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Posts Tagged ‘historias’

“Formigal”: Archivo personal


Hasta que, allá por los años ochenta, no introdujo el Ministerio de Educación las Jornadas de Esquí Escolar, todas las criaturas del Barrio, con escasísimas excepciones, aprendían a esquiar en el Tozal de Berches, una pendiente ancha, limpia y de dificultad media, que terminaba en las ondulaciones del prado Gabarre, utilizado como pista de iniciación. El Tío Inazio, el del molino de aceite, era el voluntario y paciente instructor de aquellas camadas infantiles que, sin bastones y con los esquís en cuña, se deslizaban, cada vez con mejor destreza, sobre aquella nieve grumosa que solía vestir la sierra desde mediados de diciembre.

Cuando la escuela del Barrio se integró en el programa oficial de Esquí Escolar ofertado por el Gobierno de Aragón, las tres aulas rurales se desplazaban, durante una semana, a la residencia estudiantil de Búbal, un pueblo abandonado del valle de Tena, expropiado durante el franquismo para construir un embalse, y que se hallaba en proceso de rehabilitación; desde allí, a primera hora de la mañana, un autobús trasladaba a los jovencísimos cursillistas hasta las cercanas pistas de la estación de Formigal, donde monitores profesionales se hacían cargo de las evoluciones en la nieve de aquella chiquillería retozona e incansable que disfrutaba ascendiendo en el arrastre o montándose en el telesilla en busca de cotas más altas desde las que descender, con brío, emulando a los esquiadores experimentados. A las dos y media de la tarde regresaban a la residencia para comer y, tras un corto recreo, comenzaban los talleres diversos (repaso escolar, cocina, música, dramatización…) que se desarrollaban por la tarde en las instalaciones educativas de Búbal.

Aquella semana mágica e intensa finalizaba con la entrega de diplomas de la Escuela de Esquí de Formigal y una gran fiesta de despedida la última noche de estancia en Búbal. De esas vivencias, compartidas por el alumnado y sus tres maestras, quedó un entrañable recuerdo que se reaviva cada invierno regresando a los emotivos parajes de aquellos inolvidables días grabados en la memoria de los adultos que los disfrutaron en la infancia.

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“A ras de suelo”: Archivo personal


Clareaba la aurora las calvas calizas de los conglomerados de aluviales y acariciaba la luz al guardián Pisón, señorial gigante durmiente, mientras los caminantes tomaban la ruta del este, por la senda viciada donde cientos de pisadas añejas condenaron a la vegetación a retirarse bordeando una estrecha franja terrosa y agrietada que se perdía ladera arriba, entre los bojedales. A lo lejos, peña Gratal, donde el amanecer fosforescente parecía haber prendido una indiscreta hoguera anaranjada a semejanza de aquellas otras que hace más de ochenta años encendían los republicanos huidos durante los primeros meses de guerra para indicar a las gentes de los pueblos vencidos de la sierra que “la llama de la esperanza era más poderosa que el rugido de las pistolas sanguinarias que dejaban un rastro de cadáveres jóvenes y viejos, maniatados, en campos, barrancos y cunetas“. Así, al menos, lo había relatado Mariano Constante en aquella charla extraordinaria que fue a dar en la Escueleta Vieja del Barrio —hará más de veinte años— y en la que el grupo que subía hace unas semanas, con el frescor del alba, por el angosto sendero, supo, por primera vez, por boca del viejo orador exiliado, de la existencia de Ambrosio Pargada.


Nació Ambrosio en el singularísimo pueblo de Riglos  donde reinan los mallos—  allá por 1909, apegado, desde niño, a una sierra que amaba y conocía como una prolongación de su propia casa. Solitario y poco dado a palabrerías, se dedicaba a cultivar las buenas hectáreas de tierra de la familia, a cuidar del ganado y a la caza, afición ésta que le costaría la pérdida del brazo derecho al explotar la escopeta que manejaba. Fue, desde entonces, el Manco de Riglos. Y así pasaría a la historia de la guerrilla.

De conocidas convicciones libertarias, colaboró, como la mayoría de los anarquistas de Huesca, en la Sublevación de Jaca de 1930. Cuando estalló la Guerra (In)civil, hizo creer a todos que había marchado a luchar con el ejército republicano mientras se ocultaba en la sierra y se dedicaba a guiar a fugitivos hasta las zonas que no habían conquistado los sublevados. Pero siempre regresaba, a escondidas, a Riglos, a su casa, burlando las patrullas falangistas y, en ocasiones, hasta enfrentándose a ellas con un arrojo que sus conocidos tildaban de locura.

Al alargarse la guerra se enroló en la Columna Roja y Negra y, finalizada la contienda, regresó a su pueblo. Fiel a sí mismo, siguió ayudando a quienes se adentraban en la sierra para, montaña a través, llegar a Francia. Pero fue detenido en 1944 y encerrado en la prisión de la vecina localidad de Ayerbe donde, conocedor de que iba a ser fusilado, protagonizó una increíble fuga rompiendo el enrejado de la ventana de su celda y ganando, de un salto, la calle. Marchó a la Sierra de Guara, su conocido y seguro refugio, y, aun manteniendo su independencia y soledad, colaboró con los Grupos de Acción Anarquista. Finalmente decidió pasar a Francia sufriendo, durante la durísima marcha, una caída por un barranco y fracturándose una pierna. Del respeto que se tenía, dentro del maquis, por el Manco de Riglos es suficiente prueba que, imposibilitado para seguir el viaje por su propio pie, fuera transportado hasta el vecino país en una camilla por seis guerrilleros que representaban a cada uno de los grupos con quienes había cooperado Ambrosio Pargada desde 1936.

En Francia, el Manco de Riglos fue atendido de sus heridas en la Colonia de Aymare [*], colectividad fundada por anarquistas españoles cerca de Le Vigan; allí residió hasta mediados de los años sesenta.

Ambrosio Pargada, el Manco de Riglos, falleció en el hospital psiquiátrico de Leynes (Francia) en junio de 1974.


Seis horas de marcha ininterrumpida, con el Sol otoñal refulgiendo en los claros, los rostros aguados y los pies, cada vez más grávidos, arrastrando todas las piedras de la pendiente. Deteníase el grupo de excursionistas en el carrascal, cerca del destartalado puente próximo a la carretera. En el obsoleto poste de luz, ligeramente inclinado, un viejo ejemplar oscuro de águila ratonera manteníase erguido, indolente, aparentemente ajeno a los intrusos que, sentados a la sombra de una encina, lo contemplaban mientras engullían, con indisimulada avidez, los bocadillos.






APÉNDICE

[*] La Colonia Aymare de Ancianos y Mutilados de la Revolución Española fue una propiedad formada por 120 hectáreas de terreno y un castillo en ruinas situada cerca de la población de Le Vigan (Francia), comprada en 1939 por la Sociedad Internacional Antifascista y el Movimiento Libertario Español para atender a refugiados españoles ancianos, mutilados de guerra y enfermos de todas las edades.

Con la ocupación alemana y el establecimiento del Gobierno de Vichy, en cuya área de influencia se encontraba Aymare, funcionó, también, como refugio para perseguidos de cualquier nacionalidad y, en 1948, pasó a ser una Colectividad Agrícola Anarquista basada en el autoabastecimiento y la autosuficiencia.

En 1967, tras veintiocho años de existencia, la Colectividad de Anarquistas Españoles de Aymare fue, finalmente, desmantelada y vendida. Sus actuales propietarios rehicieron el antiguo castillo que daba nombre a la propiedad y lo convirtieron en un resort de lujo.

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“La casilla”: Archivo personal


Cuando en 2007 entró en servicio la variante ferroviaria de la línea Zaragoza-Canfranc y se sacó la vía de la zona sur del casco urbano de Huesca, se acometió el derribo de las viejas casillas adyacentes a los pasos a nivel con barreras; la automatización de estas había dejado, años ha, en desuso aquellas familiares edificaciones levantadas con idéntico patrón que, en algunos casos, habían sido vivienda de los guardavías pero que, deshabitadas, se habían transformado en ruinosas construcciones que el tiempo y la desidia desmoronaban ante la indiferencia de los munícipes y algunas protestas de la ciudadanía.

Mejor suerte corrió la casilla próxima al cerro de San Jorge, en la ruta que lleva a la ermita de Loreto y que, durante años, fue el lugar de trabajo de la señora Nieves, la guardabarreras, que hizo de ella un lugar acogedor con su jardincito vallado y aquellas galletas de nata que la buena mujer ofrecía a las criaturas que se acercaban para saludar el paso del tren e inventar retahílas que musicaba el traqueteo rítmico del automotor. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, cantaban los niños. Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro, repetía el tren, que parecía carcajearse cuando el improvisado coro infantil apostado en el puente recitaba: ¿Por dónde pasa el tren? / ¡Por la vía! / ¡Anda, burrico, que ya lo sabía!

Algunos de aquellos niños y niñas son los adultos que muchas mañanas festivas caminan junto a la casilla rehabilitada y recorren la ruta del ferrocarril convertida en sendero cubierto de gravilla que la señora Nieves nunca pudo ver porque falleció muchos años antes. Son las mismas niñas y los mismos niños que, ya adolescentes y jubilada la guardabarreras, la visitaban en su casa, donde nunca faltaban las sabrosas galletas ni las rosas que aromaron la vieja casilla. Y aún hoy, tantos años después, recuerdan a Pocholín, el jilguero lugano de la ferroviaria emérita, que, cuando escuchaba a lo lejos el silbido del tren avisando de su inminente entrada en la ciudad, gorjeaba y se volteaba en su jaula mientras a los labios de las jóvenes visitas retornaba aquel Can-fra-ne-ro, e-ro, e-ro, e-ro de la niñez.

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“Trees in mist / Árboles en la niebla”: Aztlek


Antes de que la boira tome posiciones en cada rincón del Barrio, se la ve, vestida de gallinazo [1], sobre la pardina Furtasantos [2], envolviendo las ruinas de piedra toba de la que un día fuera Casa Cucharero, junto a la peligrosa bajante [3] que desemboca en el río, escenario, tantos inviernos níveos, de trepidantes y prohibidos descensos —sobre sacos de plástico, a modo de trineos— que, en la mayoría de las ocasiones, terminaban con magulladuras y, de ciento a viento, alguna brecha o un hueso roto. El Gran Esbarizaculos [4], llamaba la chiquillería, con respeto, a tan atrayente como temida ladera. Fuera del alcance de las miradas adultas y contraviniendo cualquier proscripción, las criaturas se deslizaban boca abajo, entre punzadas de euforia y miedo, con el rostro congestionado y la lengua adherida al cielo del paladar, encaradas hacia la orilla del río, que parecía alzar unos imaginarios brazos pedregosos anunciando el batacazo; solo la pericia del ‘conductor’ y sus buenos reflejos para rodar hacia un lado segundos antes del ‘aterrizaje’, impedían que el divertimento tuviera consecuencias desastrosas.







NOTAS

[1] En aragonés, niebla calima.

[2] Id., Furtasantos significa, literalmente, “ladrón de santos”. Parece ser que el nombre de la pardina hace referencia a un pastor de Casa Cucharero que era natural de Javierrelatre, localidad cuyos habitantes reciben ese apodo. Según cuenta la leyenda, los vecinos de Javierrelatre querían llevar a su pueblo una imagen de la Virgen de los Ríos encontrada en un monte de la vecina localidad de Aquilué, pero cada vez que la cogían para llevársela, los aprendices de ladrones se dormían. La Virgen, naturalmente, se quedó en territorio de Aquilué, pero ello no evitó que los de Javierrelatre fueran llamados, a partir de entonces, furtasantos.

[3] Id., pendiente muy acentuada.

[4] Id., tobogán.

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“El guardían de los libros”: Archivo personal


«Subíamos a garras templadas [1] por esa costanilla que hay frente al convento de las Miguelas», contaba don Luis Urriens, que en algún momento lejano fue Luisete y Luis hasta anteponer ese don que hacía juego con su estampa, trajeada siempre. «En cuanto veíamos el torreón del Instituto, dependiendo de qué asignatura había a primera hora, se nos ponía el estómago del revés si es que nos tocaba clase con don Basilio, el de los Latines… A mí me subían unos ardores desde las pantorrillas imaginando que, esta vez sí… esta vez el señor Fábregas, el bibliotecario, me había descubierto y me esperaba en el portón de entrada, junto al señor Eutiquio, el bedel, para reclamarme el libro que había escamoteado en sus mismas narices y cuya devolución de tapadillo se ponía más difícil conforme pasaban los días».


En las que fueron insignes dependencias de la aclamada Universidad Sertoriana de Huesca, edificada donde antaño levantose el palacio de los Reyes de Aragón y aun antes la Zuda islámica, se creó, en 1845, el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, heredero de la añeja solemnidad universitaria y del bagaje histórico-artístico que se asentaba intramuros, con su bellísimo patio octogonal parcialmente techado, el Salón del Trono y el único torreón que resistió las embestidas del tiempo, donde se hallaban la cripta, con la Sala en la que la leyenda dice que Ramiro el Monje ordenó construir la campana cuyos repiques se escucharon por todo el Reino, y la Sala de doña Petronila, gabinete principesco y antigua capilla, que devino en extraordinaria biblioteca que albergaba, en aquel año de gracia de 1936 del estudiante de bachillerato Luisete —que no Luis ni don Luis—, cerca de treinta mil volúmenes prensados en recias baldas de descomunales estanterías dispuestas longitudinalmente en ese aposento medieval de semicolumnas románicas adosadas a los muros y ornamentadas con capiteles historiados —la mayoría de temática religiosa— puntillosamente esculpidos, en los que, por aquel entonces, todavía era posible apreciar su delicada policromía.


«Yo no había robado un libro en mi vida. Vamos, ni un libro ni ninguna otra cosa. Si acaso, algún puñao de castañas o un cacillo de melocotón con vino de la fresquera de casa, que robar, robar tampoco es. La cuestión es que a don Basilio, el de los Latines, le dio por apretarnos las clases con párrafos y más párrafos, para traducir del Latín, de La guerra de las Galias… La inquina que le cogimos a Julio César y a su De bello Gallico, y la de reprimendas y suspensos que nos llegaban a cuenta del militar romano… Tú imagínate, entonces, cómo se nos abrió el cielo cuando, de casualidad, ayudando al señor Fábregas, el bibliotecario, a organizar una sección de mamotretos del año catapum, descubrí un libro bastante maltrecho de don José Gil de Goya y Muniain, con la traducción al español de los escritos de Julio César. Aquel libro se me quedó como cosido a la mano, y cuando el señor Fábregas me mandó con unos libros para entregárselos a don Emilio, el catedrático de Ciencias Naturales, aproveché para sacarlo mezclado entre ellos. Bajé por aquellas escaleras estrechas que ni me tocaban los pies en el suelo».

«Madre de mi vida, la de tumbos que dio Goya y Muniain de mano en mano y de casa en casa… Y cuántos “menuda colección de belulos de boina [2] tengo por alumnos” nos ahorramos de boca de don Basilio, que si sospechaba algo, nada dijo. La dificultad vino después, casi terminado el curso y sin ninguna oportunidad de devolver el libro al lugar de donde lo había sacado. No me hubiera costado nada depositarlo disimuladamente en la mesa de estudio para que el bibliotecario lo colocase en su ubicación… O dejarlo entre otros volúmenes confiando en que a nadie le llamara la atención, pero me frenaba la posibilidad de que el bibliotecario descubriera la treta, la comentara con don Basilio y este, con lo taimado que era, cayera en la cuenta de lo que significaba ese libro, precisamente ese libro, en el lugar equivocado… Así que pasaron los días, terminó el curso y el ejemplar siguió en mi poder, quitándome incluso el sueño».

«No se me ocurría cómo resolver la situación hasta que allá a mediados de julio, haciendo unos recados para mi madre, me encontré en la plaza del Mercado con don Jesús, el farmacéutico, que había sido profesor de Dibujo en el Instituto. “¿Cómo lleva las vacaciones, Urriens?”, preguntó. Y añadió: “Me ha dicho su padre que este curso ha superado usted el Latín…”. Y entonces supe que en aquel hombre, más comprensivo que la media y del que tenía muy buenos recuerdos, estaba la solución a aquello que llevaba dos meses carcomiéndome. Y se lo conté todo, tragándome las lágrimas que se me venían a los ojos… Se lo conté de un tirón, con toda la vergüenza y el remordimiento acumulados. Me escuchó sin dejar de mirarme, sin interrumpirme, sin preguntarme nada… Aún parece que lo veo… Me puso una mano en el hombro y me dijo, lo recuerdo bien: “Pásese por la farmacia esta tarde, Urriens. Y traiga con usted ese dichoso libro, que ya lo reintegraré a su sitio en cuanto tenga ocasión. Reflexione este verano sobre sus propósitos, Urriens, y hablaremos usted y yo de ellos más adelante”. Por la tarde, allí estaba yo, en la rebotica, rojo de vergüenza y tendiéndole el volumen… Él no habló. Le di las gracias, me hizo un gesto de asentimiento y salí. Nunca he olvidado ese catorce de julio de mil novecientos treinta y seis. Nunca he olvidado a don Jesús…». Y, al concluir el relato, le naufragaban los ojos entre lágrimas mientras se llevaba a los labios el vaso de café con leche aquel doce de agosto de 2003, sentados él y yo en la terraza del bar Rugaca.




ADENDA

  • El 18 de julio de 1936 triunfó en Huesca el golpe militar que derivaría en los cruentos años de guerra. Jesús Gascón de Gotor Giménez, nacido en Zaragoza, el 14 de septiembre de 1897, licenciado en Farmacia, profesor auxiliar de Dibujo, vicesecretario del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca y militante de Izquierda Republicana fue detenido por los fascistas el 23 de julio de 1936 y asesinado bárbaramente en la tapia oeste del cementerio municipal, junto con cerca de un centenar de oscenses, el 23 de agosto de 1936.
  • El Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca, donde cursaron estudios Joaquín Costa, Santiago Ramón y Cajal, Ramón Acín Aquilué y otros ilustres personajes, se transformó en cárcel durante la guerra y perdió su condición de centro de enseñanza para convertirse, en 1967, en sede del Museo Provincial; las antiguas estancias del palacio Real (Salón del Trono, Sala de la Campana y Sala de doña Petronila) forman parte del mismo.
  • Los cuantiosos fondos bibliográficos ubicados durante años en la Sala de doña Petronila fueron depositados, tras la (in)civil guerra, en el Colegio Mayor de Santiago y, posteriormente, pasaron a la Biblioteca Pública de Huesca y al Archivo Histórico.
  • En 1951 se inauguró, en el Ensanche de la ciudad, un nuevo y moderno edificio para albergar al alumnado de bachillerato. Al novísimo instituto, heredero del anterior, se le dio el nombre de Instituto de Enseñanza Media Ramón y Cajal.
  • Luisete/Luis/don Luis Urriens es un personaje ficticio sin cuyo concurso esta historia no hubiera sido posible. El resto de personas que se nombran, las localizaciones, descripciones y datos anexos se corresponden con la realidad.






NOTAS

[1] Expresión aragonesa que significa deprisa.

[2] Expresión que se traduce como tontos de remate.

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“Patetas”: Archivo personal


Yace Patetas, el viejo diablo recién rescatado de las entrañas de la Estalabartería [1] del Ayuntamiento, en la mesa de trabajo del taller de Emil, que se ocupa de su restauración y puesta a punto. Diecisiete años estuvo arrinconado el tradicional cabezudo tras el fallecimiento de Antonier de [Casa] Puimedón, que lo devolvía a la vida cada treinta y uno de octubre en la procesión vespertina de Almetas [2] y Totones [3], entre las disimuladas sonrisas de jóvenes y adultos y el temeroso respeto de la chiquillería, que contemplaba, inquieta, al demonio vestido con largo sayal oscuro, con la amplia capucha enmarcando el brillante rostro colorado de ojos saltones y boca dentona. “Lleva una máscara porque si le vierais la cara que tiene debajo os moriríais del horror”, decían los mayores a los más pequeños. Y se explayaban detallando las características de aquel rostro oculto, sin párpados, nariz ni labios, con el mentón carcomido y las mejillas horadadas supurándole un maloliente y negruzco pus. Pese a la certeza infantil de estar asistiendo a una farsa —reconocían perfectamente en aquellos maliciosos espíritus procesionarios vestidos de blanco a sus jóvenes convecinos— siempre quedaba la duda sobre quién se hallaba bajo el satánico cabezudo, y ese desconocimiento les producía más pavor que si el mismo Belcebú ascendiera del Averno para pasearse, blandiendo la zurriaga, entre las tinieblas del pueblo. Fue la señorita Valvanera, la maestra, quien puso fin a las especulaciones llevando a la escuela el cabezón de Patetas y al propio Antonier de Puimedón, pero ello no impidió que cada treinta y uno de octubre regresara el ancestral recelo ante la presencia de la diabólica figura que, en la celebrada Noche de las Ánimas, guiaba a los espíritus perdularios hasta las inmediaciones del cementerio.





NOTAS

[1] En arag., un estalabarte es un armatoste, un cachivache; una estalabartería sería, figuradamente, el lugar donde se almacenan estalabartes.
[2] En el Alto Aragón, ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[3] Id., ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.

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“Cae la noche”: Archivo personal


Cierro los ojos, me impulso y vuelo“, decía ella sin levantar la vista del entramado de petit point donde la aguja y el hilo tatuaban marcas coloristas e indoloras.

Mirábala él desde el lado en penumbra de la sala de lectura —en el ángulo oscuro del salón becqueriano— donde se relega a los parroquianos que no forman parte del grupo de tejedoras, y la imaginaba al borde de la cama, preparando su cita con el sueño, apretados los párpados a la realidad circundante y rindiendo la tensión de las mejillas al sopor repentino.

Veíala él difuminarse en el estuco blanqueado de la alcoba para hacerse fugazmente visible en los aleros, donde combaten el frío los gorriones, y ascender hasta los espantabruxas asida a las esporádicas volutas de humo rezagado que el viento conduce hacia la sierra.

Adivinábala él entre los azarollos, jugando al escondite con los mochuelos, lechuzas y murciélagos que ejercen de maestros de ceremonia de los espíritus sonámbulos temporalmente evadidos de la esclavitud cotidiana.

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“La feria, de Ramón Acín”: Archivo personal


Por la mañana, subieron al camión las dos viejas narrias y el lagar pequeño del mosto. “Cuando los restauren, quedarán como nuevos… De exposición”, explicaba María Petra a quienes seguían con la mirada, chispeándoles los recuerdos de niñeces revenidas, el lento descenso del vehículo por el Camino de la Gravera. Quizás, en los recuerdos de aquellos adultos que habían alzado, con esfuerzo, las humildes pero emotivas piezas del pasado hasta la caja del camión, sonara la antigua despertada [*] de la vendimia que aún se entonaba, no sin chocarrería, treinta años atrás:

El rosario de por la mañana
es pa los pobres que no tienen pan,
que los ricos se están en la cama
rascándose a tripa de fartos qu’están
.


Un mes antes de la esperada Fiesteta de la Vendimia, los Foncillas repintaban de rojo los cajoncillos en cuyos toscos bancos laterales se asentaban, gozosos, niños y niñas; tiznaban de negro las pinas y radiales de las ruedas enjabonadas y cubrían con telas chillonas el estrecho pescante desde donde los niños más mayores y experimentados gobernaban las riendas de los dos sosegados y añosos caballos percherones que tiraban, con trotecillo pausado, de las narrias desde el Camino Viejo de los Huertos hasta la plaza y desde esta hasta los aledaños del frontón, donde, bajo una descolorida carpa que alguna vez fue del ejército, se celebraban la comida y la cena de hermandad. Y estaban, cómo no, las ansiadas ferietas, las dos o tres atracciones que montaba el señor Sada, el feriante, casi como un favor especial y sin gran beneficio económico —el uso y disfrute era gratuito para la chiquillería— en el pradillo de la Llaneta, más conocido como “de los Achuchones“, porque los fines de semana siempre había por allí uno o dos coches con parejas en el interior…

Bajo los soportales de la abadía se instalaban los dos lagares; el más pequeño estaba reservado a la grey infantil. Niñas y niños se introducían, por turnos, en la cuba para pisar, con alborozo, las olorosas uvas claras y degustar después, con muchos aspavientos, un pequeño trago del líquido resultante, acción que derivaba, invariablemente, en una letanía de ¡aj!, ¡puaj! y ¡qué asco! para divertimento de los espectadores. Cerca de las cubas hallábase el entarimado de los musicos —pronúnciese a la aragonesa, como palabra llana— y, en el lateral, una larga barra de bar que congregaba tanta feligresía que era un milagro encontrar un hueco libre en ella.

Con el paso de los años, la Fiesteta de la Vendimia fue despojándose de casi toda su parafernalia. Murieron los percherones y se inmovilizaron las narrias; se arrinconó la cuba infantil del mosto, se jubiló el entrañable feriante y se dejaron de contratar orquestas pachangueras. Quedó, como último retal del festejo, la cena popular sabatina de mediados de septiembre y se introdujo, como novedad, el recorrido por las catas que cada año programan las florecientes bodegas de la comarca… Tal vez con la recuperación de esos objetos de pretéritas vendimias festejadas se retome algún día la tradición y corran regueros de mosto por la plaza atestada y vuelvan a rodar, entre el jolgorio infantil, las sencillas y brillantes narrias ascendiendo por la calle Alta.


NOTA

[*] Dícese de la canción de aurora.

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“En el corazón del monte”: Archivo personal


Chicota, no m’encorras o ganau, que s’afogan os corderetes[*]. El vozarrón de Carmelo, el pastor, inunda el claro donde Jenabou retoza junto a los perros labradores y un par de crías del rebaño que pasa los rigores del estío en la zona más alta y fresca de la sierra, compartiendo pastos, por primera vez en muchas décadas, con parte de la yeguada de monte de los Foncillas. Carmelo es el último pastor profesional del Barrio; cincuentón, dicharachero y con un cacumen que contradice cualquier ósmosis genética de un dicho —nada generoso y muy arraigado en la localidad— que tiene como protagonista a su abuelo, también del oficio. «Ser más corto que Josetín Buera», es una máxima popular cuyos dicentes se cuidan de no dejar caer delante de los sucesores del cuitado, que más de alguna riña, y no solo de palabra, ha habido en el bar del Salón Social por lo que los Buera consideran, con toda la razón, burla y afrenta continuada. Se ve que el tal Josetín —a quien únicamente los más añosos habitantes del lugar llegaron a conocer, porque lleva cerca de sesenta años morando en el cementerio— era notorio por su escasez de luces y su ingenuidad y, como consecuencia, diana constante de las bromas —la mayoría pasadas de rosca— del mocerío, muy dado a incordiar, en manada y en cualquier tiempo, al débil. Únase a lo anterior que al cándido Josetín lo enredaron entre unos y otros para casarse con una muchacha de Zaragoza que, según proclamaba la sociedad falócrata, tenía “mucho recorrido” y se comprenderá el retintín local, tan propio de la época, en una comunidad cerrada cuya estrechez de miras se transformó en crueldad, labrando para las siguientes generaciones la frase de marras que aún en la actualidad se sigue utilizando de vez en cuando, siempre fuera del alcance de los oídos de Carmelo y allegados.


NOTA

[*] En aragonés, “Niña, no [persigas] hagas correr al ganado, que se asfixian los corderitos“.

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“La implacabilidad del tiempo”: Archivo personal

 

Aquel verano viajaron juntas hasta Bielsa, Aurora —sobrina bisnieta de Victorián Lanau, soldado de la División 43ª del Ejército Republicano—, Tatyana e Iliane —nietas de Silvestre, niño de la guerra—  y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, nieta de Nené y Lájos, a quienes Victorián ayudó a cruzar a Francia cuando, junto con otros refugiados, emprendieron una penosa caminata alejándose del horror de lo que más tarde se llamaría la Bolsa de Bielsa.

 

Antonio Beltrán Casaña, llamado L’Esquinazau, jefe y resistente de la infatigable División 43 —”Resistir es vencer“— sitiada en Bielsa por los futuros vencedores de la guerra, escribiría en abril de 1938 una carta al prefecto del departamento de Hautes-Pyrenées para agradecer «la actitud tan llena de humanidad […] para nuestros compatriotas que abandonan sus hogares por millares para buscar refugio y tranquilidad en la República Francesa […] tras vivir días de horror».

Un tipo singular, L’Esquinazau [*]. Trotamundos, guerrillero con Pancho Villa, voluntario en la I Guerra Mundial, amigo y compañero de Fermín Galán en la preparación y desarrollo de la Sublevación de Jaca  —que le valió una condena a muerte conmutada por otra de cárcel que se saldó al proclamarse la II República—  y comunista convencido hasta descubrir, en 1947, la firme mano del estalinismo en la eliminación de los camaradas mal vistos por Moscú. Convertido él mismo en individuo a eliminar, hubo de huir perseguido por la falsa acusación de ser un infiltrado al servicio de los mismos que pretendían su muerte, siendo finalmente detenido por las autoridades francesas  —que dieron crédito al bulo de que se trataba de un peligroso agente comunista—  y deportado a Córcega en 1950.

Tras obtener la libertad, los siguientes diez años viajó a Bélgica, Brasil, Bolivia, Argentina, Inglaterra, Perú  —donde afirmó haberse convertido al catolicismo, impresionado por la licuación milagrosa de la sangre de una santa—  y México, instalándose, con un familiar, en San Luis de Potosí, en un rancho al que llamó Canfranc, en recuerdo de su lugar de nacimiento. Falleció el 6 de agosto de 1960 en el Hospital Español de México, a consecuencia de un cáncer de estómago.

 

Aquel verano, Aurora, Tatyana, Iliane y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recorrieron la historia de la arrasada y reconstruida villa de Bielsa y ascendieron, en paseo aguijoneado por el Sol, un tramo del Puerto Viejo, donde una emotiva placa [FOTO] recuerda a los hombres, mujeres y criaturas que emprendieron el mismo camino entre la primera semana de abril y mediados de junio de 1938, con la mirada al frente y un pedazo de corazón acurrucado entre los recuerdos dejados atrás.



En vez de una flor  —clavel rojo en tu honor—
subiré al Puerto Viejo a dejar mi canción.

“BAJO DOS TRICOLORES”: La Ronda de Boltaña





ANEXO


NOTA

[*] Al parecer L’Esquinazau era un apodo de familia; según el propio Antonio Beltrán la gente del pueblo empezó a llamar así a un tío suyo que aseguraba estar “esquinazau” (destrozado, baldado) de tanto trabajar.

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