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Posts Tagged ‘historias’

“Symbŏlus”: Archivo personal


Pepe el Palista, Jesusito, Patetas Cortas, Carmelo el Royo, José, Bachimaña, Silvestre… De aquellos hombres silenciosos —que no silenciados—, orgullosos obreros con sempiternos efluvios de grasa y lubricante rondándoles los contornos y las manos sementadas de callosidades, solo Bachimaña, viejo y enclaustrado en sí mismo, respira, seguramente sin ser consciente de ello, el aire que las sierras controlan y refrescan mientras, encorvado sobre el andador, recorre con dificultad los apenas seis metros que separan la puerta de la residencia del banco de hierro donde pasa parte de la mañana. Es imposible atisbar, en ese cuerpo castigado por el tiempo y en los grises ojos apagados, al voluntarioso rebelde que logró zafarse, a finales de los sesenta, de la redada de La Secreta en la última reunión clandestina, previa a la huelga, que se iba a celebrar en una iglesia de la capital y que terminó saldándose con la detención de tan solo nueve de los veintitrés obreros convocados. “Fue por la moto de Silvestre”, se congratulaba años después. “Estaba aparcada en la acera que no era y sabíamos qué significaba. Por eso pudimos escapar la mayoría”.

La moto —una Guzzi Hispania de 1955—, al contrario que Bachimaña, resplandece, cuidadosamente restaurada, en el patio de la casa, como homenaje a Silvestre —que llegó a emocionarse cuando su nieta mayor le mostró, como regalo de cumpleaños, el renovado aspecto de la histórica motocicleta que él creía destartalada e irrecuperable por los años de abandono en un corral—. Fue la moto que sirvió de santo y seña para que Bachimaña y otros trabajadores que se dirigían a la ilegal asamblea se libraran de meses o años de presidio, merced a la generosa acción de Silvestre que, aun siendo consciente de la vigilancia policial y de su posible detención, se mantuvo fiel a los principios de la solidaridad obrera, aparcó la moto en el lugar que simbolizaba peligro y se dirigió a la cita sabiendo que, seguramente, eran sus últimos momentos de libertad.

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“Donde se desmorona el tiempo”: Archivo personal


Este verano uno de los entretenimientos de la gente mayor del Barrio ha sido dejarse caer por la espléndidamente reformada Casa Gregorio, cuya fachada, pintada de blanco y con el zócalo en verde lima, nada tiene que ver con la original, de agrietada piedra arenisca, donde vivió la siña Valentina hasta su muerte, en 1982, cuando le quedaban pocos días para cumplir ciento un años. El entierro de la siña Valentina fue de los más atípicos que se han conocido en la localidad; apenas asistieron personas ajenas a la familia de la difunta, en el último acto de un resarcimiento construído de vacíos y silencios que rodeó a la mujer desde el final de la guerra. Porque la siña Valentina, miliciana de la FAI que en la retaguardia de la contienda fue la encargada de suministros del hospital de campaña instalado en la iglesia del Barrio, se convirtió, con el estallido de la paz revanchista, en porfiada colaboradora del nuevo orden y en entusiasta señaladora de cuantos desafectos a la naciente dictadura conocía o imaginaba. Aquella precipitada conversión a la causa fascista de la antigua miliciana libertaria se tradujo en encarcelamientos, multas e incautaciones de bienes que afectaron a muchas familias del Barrio y alrededores; es cierto que no hubo fusilamientos —tampoco mientras las izquierdas gobernaron la localidad durante el conflicto bélico— pero el padecimiento por el (mal) trato recibido hizo germinar la aversión hacia quienes, por su cercanía, las gentes consideraron responsables de la sucesión de injusticias que las asfixiaba. Y Valentina, con su nada ejemplarizante proceder, terminó por convertirse en un fantasma que nadie parecía ver ni oír. Ese vacío prolongado en el tiempo no se extendió al resto de la familia de la siña Valentina —cuyo único hijo se casó con la hija de una de las pocas Casas que no habían sido perjudicadas por sus delaciones— concentrándose exclusivamente en ella, aunque con el devenir de los años las nuevas generaciones, que no habían sufrido las vicisitudes de sus mayores, despejaron el ambiente enrarecido devolviéndole los saludos corteses a la anciana, preguntándole educadamente por su salud y aceptando alguna de aquellas tartas de bizcocho con mermelada que ofrecía a los amigos de sus nietos. Sin embargo, ninguno de aquellos jóvenes —descendientes de las familias agraviadas— que mantenían excelentes relaciones con los nietos de la interfecta, acudieron al funeral ni, por supuesto, quisieron formar parte del exiguo cortejo fúnebre que recorrió andando, como manda la tradición, el Barrio llevando en procesión hasta el cementerio el féretro con los restos mortuorios de la siña Valentina.

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“Casa Chira. Vişeu de Sus”: Archivo personal

 

Cuando le preguntan a la pequeña Jenabou qué le ha gustado más de sus vacaciones en Maramureș, responde, sin titubeos, que los paseos en carro tirado por imponentes pero dóciles búfalos de agua dirigidos por el amable Petre, el recorrido en el tren maderero Mocănița por el valle del río Vaser y la pequeña fiesta en la aldea de Plopiș donde ejerció de jurado en el concurso de pintura rápida y dirigió unas palabras en rumano a las personas asistentes asegurando que no le importaría vivir allí porque “…sunt tot atâția munți ca în țara mea“(sic)[*].

Y he hecho un amigo para siempre, siempre”, se regodea recordando a Petre, el joven trabajador de la granja de búfalos de Andrei, el Ucraniano. Petre, que rezuma bondad y alegría, se halla más cerca de los treinta que de los veinte, tiene síndrome de Down y una extraordinaria sintonía con los animales, a los que cuida con devoción. Andrei, pese al apelativo de Ucraniano, es bucarestino, nacido en la década de los cincuenta. Hijo de un preboste del régimen comunista, mantuvo una ideología sin fisuras hasta 1985, cuando el poeta y disidente Gheorghe Emil Ursu, al que admiraba y con el que participaba en tertulias literarias, fue detenido, encarcelado y apaleado hasta la muerte por supuestos presos comandados por la Securitate. Ese aciago 17 de noviembre de 1985, confiesa, sus convicciones hicieron agua. Participó en una manifestación de protesta en la que se pedían responsabilidades por la muerte de Ursu y fue arrestado y recluido, en durísimas condiciones, durante seis meses, en la prisión de Jilava, la misma en la que había sido asesinado Gheorghe Ursu. En junio de 1986, pese a hallarse en libertad (muy) vigilada, pudo abandonar subrepticiamente Bucarest para instalarse en la región de Maramureș, donde consiguió empleo en la serrería de Vișeu de Sus con documentación falsa que lo acreditaba como procedente de la vecina Ucrania, república que por entonces pertenecía a la Unión Soviética. Sólo regresó a la capital para el entierro de su padre —su madre falleció cuando era niño—, unos meses después del fusilamiento del matrimonio Ceaușescu.


[*] …hay tantas montañas como en mi tierra“.

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“Rojo”: Anztowa


A Juana Mari —vieja compañera de colegio de Agnès Hummel y abuela de Gorka— la conocieron personalmente durante las fiestas de San Fermín, la noche del concierto de los raperos granadinos Ayax y Prok en la plaza de los Fueros, al que la señora se empeñó en acudir, situándose a pie de escenario, porque, dijo, quería entender “de qué va eso del hip hop”. “Si no reparamos en el salto generacional, no hay tanta diferencia entre lo que denuncian esos jovencitos y lo que defendía el querido Jean”, les explicaba al día siguiente a María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, en referencia al cantautor Jean Ferrat, con el que compartió, junto con Agnès, militancia en el Partido Comunista Francés y una firme amistad. “Los intereses sociales son los mismos en cualquier época”, proseguía. ”Los problemas del mundo no se solucionan a corto plazo sino cuando varias generaciones asumen que existen y establecen pautas para resolverlos”. Y recordaba a su padre, natural del valle de Salazar, que, apenas veinteañero, se exilió a Francia y se enroló en las milicias comunistas de la Resistencia Interior Francesa, colaborando con la cédula de inmigrantes que capitaneaba el irreductible luchador de origen armenio Missak Manouchian, detenido por colaboracionistas franceses y entregado a la Gestapo, que lo fusiló, junto con veintiún camaradas, el 21 de febrero de 1944. El padre de Juana Mari evitó la detención, tortura y muerte “por una minucia”, recordaba su hija: Había sufrido graves heridas en una pierna en el último acto de sabotaje llevado a cabo por el grupo de Manouchian. La minucia le supuso la amputación de la pierna por debajo de la rodilla pero lo salvó de una muerte certera. De su padre, que fue condecorado tras el fin de la guerra, heredó Juana Mari, nacida en 1946, el tesón en la lucha por la libertad y una militancia comunista de carácter antisoviético que la llevó a recorrer la misma senda del malogrado Jean Ferrat y la exquisita Agnès.



L’Affiche Rouge es una canción de Léo Ferré con letra del poeta Louis Aragon, que homenajea al grupo de resistentes extranjeros del grupo de Manouchian. Está basada en el deleznable y famoso Cartel Rojo distribuído por los nazis y los colaboracionistas franceses para denigrar, presentándolos como vulgares terroristas, a los veintitrés resistentes asesinados por la Gestapo. En el libelo, que los nazis colocaron en muchas poblaciones de la Francia de Vichy, manos anónimas añadieron un “Muertos por Francia”, convirtiendo así el intento de vejar a los luchadores extranjeros en homenaje público póstumo.

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“La Escorrentía”: Archivo personal


Los grupos de mochileros y senderistas que acceden al Barrio, desde las diferentes rutas de la sierra, por el camino de la Escorrentía ignoran que ese singular sendero de fina pedriza y sinuoso trazado es, en realidad, un barranco —seco desde hace noventa años— que, en algún momento geológico, formó parte del río que, a pocos metros de desnivel, corre paralelo durante cerca de tres kilómetros.

En ese lecho de guijarros y hierba, bordeado de una inigualable muestra de flora silvestre, pereció ahogado, allá por 1907, el repatán[*] que cuidaba los cordericos de Casa Casimiro —casona ya inexistente cuya ubicación ocupan actualmente los establos de la yeguada de monte de Casa Foncillas—. Una fuerte tormenta abrileña sorprendió a Vicentito —que así se llamaba el repatán, de ocho años— de regreso al Barrio y, según se cree, intentó atajar por la Escorrentía, que apenas llevaba tres palmos de agua, con tan desgraciada suerte que cayó una tromba de agua que arrastró a pastorcillo y corderos barranco adelante; dos días después encontraron el cuerpecito del niño flotando en el río, en la poza del molino, y, junto al pobre muchacho, algunos de los animales que pastoreaba. En una fotografía realizada en 1908 por el reconocido pireneísta francés Lucien Briet desde el altozano del derrubio, se aprecia, junto a la magnificencia acuosa del río, un tramo del barranco de la Escorrentía rebosante de agua, como documento gráfico de lo que un día fue el ahora transitado y seco sendero.

En 1945, cuando hacía años que la Escorrentía no era sino un pedregal olvidado por el agua, el barranco se convirtió, al abrigo de la vegetación, en el lugar donde el entonces joven señor Anselmo, enlace de los guerrilleros de la partida de Villacampa, depositaba —en diversos escondrijos— comida, munición y mensajes para los maquis que operaban en la Sierra de Guara. En una de aquellas peligrosas idas y venidas fue interceptado por una pareja de la Guardia Civil, obligando a uno de los guerrilleros a salir de su escondite y encañonar a los civiles, a los que desarmó dando tiempo a que el señor Anselmo, que conocía a los guardias y pidió que no se les hiciera daño alguno, huyera de allí para terminar echándose al monte, donde permaneció tres años y medio; vana fuga porque, aunque el joven Anselmo no lo supo hasta mucho tiempo después, aquellos guardias imberbes silenciaron el incidente ante sus superiores y nunca se le persiguió.


[*] En arag., niño o joven que ayudaba al pastor adulto.

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“Donde la pasiflora”: Archivo personal


Cuando Emil, que está colocando la contraventana de la falsa[1], las ve venir, a pasitos cortos y trabajosamente, por el camino que sale desde el Barrio, explota, malhumorado: “Hala, que ya tenemos visita… ¡Hasta los cojones me tienen esas viejas!”. “Hombre, Emil, que te van a oír”, le advierte Iliane. “¡Pues que me oigan y vayan a dar ‘cariño’ a otra parte!” Y es que, desde la segunda quincena de agosto, cuando empezaron las obras de remodelación en Casa Colasa, el hogar donde nació, vivió y murió la señora Benita, tía abuela de Emil, las amigas de la difunta han tomado por costumbre incluir en sus paseos la antigua casa de la fallecida para “vigilar que Emilín”, que así lo llaman ellas, Emilín, “no haga algún estropicio”.


Emilín, hijo, ¿no pensarás quitar las piedras del muro…? Que allí dejaba crecer Benita, que en gloria esté, gordolobos y ombligos de Venus
Emilín, hijo, ya puedes meter en vereda la pasiflora, que decía Benita, que en gloria esté, que se extendía mucho y no dejaba crecer las dulcámaras y las gatuñas del camino…
Emilín, hijo, ¿no irás a tirar esa palangana…? Que Benita, que en gloria esté, ponía allí en remojo las amapolas para las infusiones…

Y Emil, al que las dos añosas mujeres importunan, soportando, cada fin de semana de trabajo en la casa, el continuo bombardeo de consejos y recomendaciones. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo; y hasta algunos días entre semana —cuando decide adelantar faena en solitario para no abusar de los amigos y amigas que renuncian al ocio de fin de semana para ayudarle—, Angelita y María Blanca, las comadres de la señora Benita, muy atentas a las ideas y venidas del nuevo dueño de Casa Colasa, se presentan en la obra, siempre vigilantes para que la esencia del lugar permanezca inmutable.


Emilín, hijo, acuérdate que el Mueso no puede salir de la casa. ¿Te acuerdas, verdad…? Tú eres ahora el depositario….” Porque, claro, por encima de cualquier otra circunstancia, está el Mueso, controvertida reliquia y casi olvidada leyenda que, antaño, convirtiera Casa Colasa en centro seudorreligioso del Barrio y aun de la comarca.


La historia —o la leyenda— del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso[2] en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba —A Saleta O Mueso, se la llamaba— donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte. Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto alternativo para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.- Leyenda ya explicada en Ex umbra in Solem.


[1] En aragonés, desván, buhardilla, trastero.
[2] Id, mordisco.

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“Agustín del Correo, 1944”: Foto cedida


A finales de julio estuvo de visita en el Barrio el nieto de doña Maravillas, maestra que ejerció en el pueblo en el primer lustro de los años cuarenta.

No imaginaba el buen hombre qué se le avecinaba cuando, recién instalado con su mujer en la Casa de Turismo Rural, le confesó a Conchita, la encargada del establecimiento, que habían decidido pasar un fin de semana en la localidad porque su abuela, Maravillas, había sido maestra allí en la posguerra. A Conchita le faltó tiempo para comentarlo en el bar del Salón Social, donde suele jugar al guiñote el único hermano vivo de los Perreques, antiguos alumnos de doña Maravillas. El menor de los Perreques  81 años muy trabajados—  que,  junto con su hermano mayor y Agustín del Correo, ya fallecidos, habían sido el azote infantil de la profesora, se puso enseguida a disposición del nieto, avisó a tres o cuatro alumnos y alumnas más de doña Maravillas y a las imprescindibles Tejedoras[1] y, en menos de dos horas, ya se había planificado un homenaje póstumo a la maestra en la persona de Jesús, su nieto.

Al día siguiente por la mañana, la Charangueta Fara rondó a los foráneos mientras desayunaban, con parte del ya escaso alumnado de doña Maravillas, en el bar del Salón Social, antes de visitar el Museo de la Escueleta Vieja donde, hasta 1972, se ubicó el recinto escolar.

Jesús y María Luisa, su mujer, pudieron ojear algunos de los cuadernos, cosidos con cintas y bien conservados, de los años de doña Maravillas en la escuela, así como admirar el restaurado mobiliario escolar de la época y la puntillosa recreación de las dos aulas, la leñera, la letrina, el gimnasio y el despachico. Lo que más asombró a Jesús fue una repisa del despachico con una vara de almendro y un rótulo indicando A BARETA[2] DE DOÑA MARAVILLAS. Relató el pequeño de los Perreques que, dado que tanto él como su hermano y su amigo Agustín del Correo no dejaban de hacer trastadas, el Perreque padre le entregó a la maestra una vara “para que nos diera una buena badejada[3] cuando fuera preciso”, aunque, al parecer, la maestra jamás la utilizó y a bareta terminó ardiendo en la estufa. Cuando, a principios de los ochenta, se creó el museo, alguien recordó la vara de almendro y se colocó, rotulada, una nueva en la repisa donde, durante una temporada, estuvo la original.

El último día de estancia de Jesús y María Luisa en el Barrio, las Tejedoras ofrecieron un almuerzo homenaje a la pareja y a las alumnas y alumnos de doña Maravillas que todavía quedaban en el pueblo; el Perreque menor, en nombre de todos, les entregó una fotografía en blanco y negro de la Escueleta Vieja con una dedicatoria en el reverso firmada por el alumnado vivo de doña Maravillas y un almidonado mantel tú y yo,  con sus dos servilletas, cedido por la señora Engracia, de 83 años, que bordó cuando era niña bajo la supervisión de la abuela de Jesús.


[1] Nombre que se da, en el Barrio, a las miembros de la Asociación de Mujeres.
[2] En aragonés, vara pequeña.
[3] Id, paliza.

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“Paso a paso, la vida”: Archivo personal


El día que inhumaron a Marianito de [Casa] Chapullé, sonó, entre el dolor y la rabia, Jello Biafra desde los bafles situados a pie de calle en el Mia-te tú. Nadie, ni las más quisquillosas vecinas, tuvo arrestos para reconvenir a aquella panda de dolientes pirados, capitaneados por Anaïs, la hija del fallecido, que daban el postrer adiós al amigo ausente. Solo el mosén, contrariado porque la familia le hubiera hurtado un funeral al uso, comentó en el Salón Social que aquella manera estridente de homenajear al finado se asemejaba más a un aquelarre que a una sentida despedida, por muy laica que ésta se pretendiera.

Marianito murió dos días antes de cumplir cincuenta y ocho años; en su casa, como había pedido desde el hospital a su mujer y a su hija cuando supo que su estado era ya irreversible.

A principios de junio, con más fuerza de voluntad que energía, dio una charla sobre la Historia de la Objeción de Conciencia y la Insumisión desde finales de los años setenta hasta la supresión definitiva del Servicio Militar Obligatorio el 1 de enero de 2002. A Marianito de Chapullé, licenciado en Clásicas, que no sólo se negó a hacer la mili sino la Prestación Social Sustitutoria fue el primer y único insumiso del Barriosu postura personal le costó, como a tantos otros, ocho meses de cárcel, la inhabilitación para optar por un empleo público y la injusta etiqueta de inadaptado. Fue reponedor en un supermercado, profesor de Latín y Griego en una academia y, en los últimos años, agroganadero, actividad que, según confesaba, le había dado las mayores satisfacciones. Y, a su lado, siempre, Araceli, profesora de instituto, con la que se ennovió cuando ambos tenían dieciséis años y que compartió idénticas inquietudes y filosofía de vida.

En aquella charla de junio, con el rostro demacrado bajo la barba y la melena agrisada enmarcándole las facciones, habló Marianito de Chapullé de un objetor mítico, el entrañable Pepe Beunza, un joven de buena familia que en 1971 fue condenado por acogerse a la objeción por motivos políticos, pasando tres años y dos meses en diez prisiones diferentes, amén de otros quince meses en un batallón disciplinario de la legión en el Sahara. Beunza, católico, fue galardonado en 1970 con el Premio Internacional Juan XXIII de la Paz. En 1972, el compositor Cristóbal Halffter compuso en su honor una cantata titulada Gaudium et Spes (Beunza), que no pudo estrenarse en España hasta 1977 y en la que se incluían algunas de las frases que Pepe Beunza había leído durante los Consejos de Guerra que le instruyeron. La actitud antimilitarista de Beunza fue el germen del Movimiento por la Objeción de Conciencia y el referente de Marianito de Chapullé cuando, consecuente con sus ideas, se negó a cumplir con el Servicio Militar.


ANEXO

La Utopía Insumisa de Pepe Beunza, Perico Oliver Olmo, 2003

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“Pasado”: Archivo personal


Antes de que arreciara la lluvia, la cuchara de la pala cargadora ya había retirado los últimos escombros de la que un día fuera Casa Coscullano, llamada de los Zabacequias, por ser sus moradores, en régimen hereditario, los que, desde tiempos lejanos, controlaban el uso de las acequias comunales y regían los turnos de riego.

El último zabacequias de la casa ahora caída fue Tomasito, que ejerció el cargo cerca de cincuenta años. Dicen quienes lo trataron que era un hombre cabal pero tan bajo y esmirriado que, amén de no apearle del diminutivo del nombre ni en la lápida del nicho donde reposa desde mil novecientos setenta y uno, en las localidades vecinas  que acusaban injustamente al zabacequias de favorecer a sus convecinos del Barrio  lo apodaban O peduco[1] Coscullano.

Tomasito era hijo entenado del anterior zabacequias, un hombretón que matrimonió, ya entrado en años, con una muchacha canaria, madre soltera, que servía en la casa de los Artero, los más ricos del Barrio. Cuentan que el zabacequias viejo quiso a Tomasito como si fuera de su propia sangre y se hacía acompañar por él en sus recorridos por los canales de riego para que aprendiera bien los quehaceres del cargo.

A la muerte de Tomasito, que no se casó ni tuvo descendencia, el Ayuntamiento convirtió en acequiero  que no en zabacequias, como así consta en el pliego correspondiente—  a un empleado municipal y el primitivo vocablo de origen árabe[2] cayó en desuso. Sólo la casa  hoy un triste hueco en la calle del Zierzo—  se mantuvo fiel a la antigua denominación: Casa de los Zabacequias.


[1] En aragonés, un peduco es un calcetín de lana, pero se aplica, también, figuradamente, a las personas de poca talla.
[2] Sahib al-saqiya, que significa guardián de la acequia.

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“La edad de la inocencia”: Archivo personal


En la década de los sesenta, cuando todavía los aparatos de radiodifusión ocupaban el lugar de honor en los hogares, Radio Zaragoza empezó a emitir un programa navideño que tenía como protagonista al Pájaro Pinzón; se trataba de una avecilla que ejercía de corresponsal de los Reyes Magos en Aragón, observando el comportamiento de la grey infantil y trasladando sus conclusiones semanales a Radio Zaragoza, donde, entre trinos que, naturalmente, sólo podía comprender la locutora, daba cuenta de las buenas acciones de Fulanito y las barrabasadas de Menganita, cuyos nombres terminaban inscribiéndose en sendos libros: el Libro de Oro y el Libro Negro del Carbón.

En el Barrio, la chiquillería escuchaba, no sin cierta aprensión, la retahíla de nombres intercalados en uno u otro libro; en ocasiones, la rabia y la vergüenza se apoderaban de quien se reconocía como el niño que se hacía pipí en la cama o la niña que no ayudaba a su abuela a recoger leña para la estufa; en otras, un niño obediente o una niña estudiosa escuchaban, emocionados, cómo Pinzón, traducido por la presentadora, gorjeaba sus filiaciones escritas en el anhelado Libro de Oro. Ni unos ni otras sabían que era Agustín del Correo, conchabado con las familias, quien ejercía, mediante cartas semanales, de chambelán voluntario de aquel pajarito acusica al que nada se le escapaba. Y, aunque el programa dejó de emitirse, Agustín del Correo mantuvo en activo a Pinzón, atribuyéndole, además, la capacidad de transformarse en cualquier ave que revoloteara o viviera en el Barrio, ya fuera la querida Bascués  la cigüeña vieja, el búho de Casa Berches o cualquiera de los patos que la señora Camila paseaba entre las hierbas del arcén para que se alimentaran de caracolas de tierra.


…y aún sigue Pinzón  sobreviviente al inolvidable Agustín—  instalado en cualquier parte, oteando, desde el primer día de diciembre, a su tercera generación de insaciables pedigüeños infantiles del Barrio.

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