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Archive for 27 julio 2021

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“Bañistas en Eforie. Mar Negro”: Archivo personal


De regreso a Tulcea desde Sulina, donde las grisáceas y amarronadas, que no azules, aguas del Danubio se unen al mar Negro, se despidieron de quienes, por recomendación del profesor Tarlós, que se ocupó de todos los permisos, fueron sus amables anfitriones y diligentes guías durante tres días y dos noches en el fascinante minicrucero fluvial por los canales del delta del Danubio: los Patzaichin, una familia de lipoveni orgullosa de aquellos ancestros rusos que, tres siglos atrás y huyendo de la persecución político-religiosa de la Iglesia Ortodoxa Rusa oficial, recalaron en las últimas tierras que acompañan, en el final de su épico curso, a uno de los más grandes y rememorados ríos europeos, cuyos sedimentos han conformado un impresionante y extenso humedal de vegetación ecléctica con una singular diversidad faunística que ha convertido estos parajes en Reserva de la Biosfera y Patrimonio Natural de la Humanidad.

Por estas tierras danubianas anduvieron las legiones de Trajano, conquistador de la Dacia, como recuerda el Tropaeum Traiani, erigido para conmemorar la victoria del emperador hispanorromano sobre Decébalo, rey de los dacios.

En el autobús a Constanța recordaba Iliane, entre risas, lo comentado por Igor Patzaichin, el guía más joven: “Rumanía es un pez encajonado con la cara mirando a Hungría y el culo en el mar Negro. Si observáis el mapa comprobaréis que no me lo invento”.

Rumanía es un pez… y en su aleta caudal inferior se halla una ciudad de historia cautivadora, Constanța, mosaico de civilizaciones y culturas, la Tomis griega del litoral del Ponto Euxino (mar Negro) de la antigüedad a cuyo puerto arribaron, según la mitología, Jasón y los Argonautas tras conseguir en la Cólquide el vellocino de oro. Convertida en ciudad romana, fue el lugar donde el emperador Augusto desterró al poeta Ovidio. Aquí, en Tomis / Constanța, vivió y murió el autor del Ars amatoria y su espíritu, dicen, vaga por la ciudad a falta de la tumba jamás hallada a la que añadir el epitafio que el poeta latino dejó escrito en su obra Tristia para que su esposa se encargara de hacerlo cincelar en su estela funeraria y que, con escasas variaciones, puede leerse en el pedestal de la estatua que, en su memoria, se levantó, en el siglo XIX, en la plaza de Constanța que lleva el nombre del literato:

HIC EGO QUI IACEO TENERORVM LVSOR AMORVM
INGENIO PERII NASO POETA MEO
AT TIBI QVI TRANSIS NE SIT GRAVE QVISQVIS AMASTI
DICERE NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT

Yo, que aquí yazgo, soy Nasón,
poeta que canté los tiernos amores y morí por mi propio ingenio.
A ti, quien seas, que pasas por aquí, a ti que has amado también,
que no te sea molesto decir que los huesos de Nasón descansen en paz.

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“Aísa”: Archivo personal


Anochece en estos Valles Tranquilos del Biello Aragón [*].

Bajo el balcón de barandilla ornamentada que preside la fachada de la casa se distinguen en la penumbra las margaritas y tusilagos que crecen junto al portalón rojizo de la entrada, con sus piedrecitas blanqueadas delimitando el espacio y el farolillo que hay a la izquierda de la aldaba dejando caer su brillo desteñido sobre el metal bruñido del buzón. Resuenan pasos en el empedrado de la calle en pendiente, pero no se ve a nadie. “Es el fantasma del rey Batallador vigilando los sueños”, dice la pequeña Jenabou, que no ha dejado de fantasear sobre el monarca navarroaragonés desde la visita a la ermita de San Esteban, donde el futuro soberano fue educado. “O igual marcha a la cascada de Sibiscal a darse un baño bajo la Luna… Bueno, no, que era un rey de otros tiempos y entonces no estaba de moda quitarse la roña, ¿no, mamá…? Para ser un rey guerrero era bien poquita cosa… Uno con sesenta y dos dijeron que le medía el esqueleto, ¿no? En unos meses le paso hasta yo. ¿Sabéis…? Cuando volvamos a casa podríamos parar en San Pedro el Viejo y volver a ver las tumbas del Batallador y del Monje”. “¿Para presentarles tus respetos y hacerles una reverencia?”, bromea Étienne. “Bah, no… Es que me gustan esos claustros y siempre encuentro algo interesante en los relieves de las columnas”.

Se rinden al sosiego las voces nocharniegas en el último tramo sabatino, en la habitación abuhardillada desde cuya ventana encarada al norte se adivina la mole del monte Aspe, a cuyos pies nace el río Estarrún, que discurre suavemente por el valle de Aísa hasta diluir sus aguas en las del brioso río Aragón y marchar con él a tierras navarras para engrandecer el caudal del padre Ebro.

Jenabou duerme.



NOTA

[*] Se conoce como Biello (Viejo) Aragón al territorio pirenaico donde empezó a forjarse el Reyno.

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Nidos

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“Cigüeñas”: Luis Mateo Doblado


Baña la luz el monolito de aristas irregulares que contiene la arqueta con las cenizas entremezcladas de la abuela Nené y el abuelo Lájos, en la zona del jardín donde maman Malika cultiva sus plantas de temporada, frente a la colina de Saint-Nazaire, con la catedral dominando callejas, parques y avenidas.

Al otro lado de los setos que delimitan el minúsculo verdor de la trasera de la casa, se yergue, veterano y destartalado, el Árbol de las Cigüeñas, con su sempiterno nido oscilante que las aves reconstruyen a mediados de marzo y deshabitan en octubre para jolgorio de gorriones y palomas que se apelotonan en él despreciando la estabilidad de otros árboles cercanos y frondosos. “Ese nido es un peligro. Debemos avisar para que lo retiren”, le dice, una vez más, madame Lerner, la vecina, a maman Malika. Y juntas contemplan el alto nidal pero no hacen nada.

Cerca de la estela funeraria, Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, subidos en sendos taburetes, repintan de verde bosque los postigos de la puertaventana del salón comedor. En el interior, a la derecha de la puertaventana, en una vitrina esquinera, luce, abrillantado en su soporte, el viejo violín de arce del abuelo Lájos con el arco de Pernambuco recostado sobre la balda acristalada.

Mirando al jardín —en los dos butacones de florecillas lilas, junto a la mesita redonda baja donde reposa la pecera de las tortugas— se sentaban los abuelos, con las manos entrelazadas y en silencio. A veces, el abuelo tomaba su violín y tocaba una y otra vez sus csárdás mientras la abuela Nené seguía el ritmo con las palmas y los nietos más jóvenes y alguno de los bisnietos danzaban en el vestíbulo procurando hacer el mínimo ruido para no desbaratar aquel momento mágico e íntimo que se desarrollaba en el salón. Entonces el abuelo Lájos se desprendía de la barbada que protegía su cuello del roce de la madera del instrumento y, sin dejar de tocar, se encaminaba al vestíbulo y, rodeado de la chiquillería, desgranaba rápidos compases en pizzicato que hacían vibrar suelos, paredes y objetos hasta que maman Malika aparecía y fingía quejarse de semejante algazara. “Papá, descansa un poco. Y vosotros id a jugar por ahí y no molestéis a los abuelos, que sois peor que un terremoto”.


Envejecieron los hijos y crecieron los nietos; llegaron los bisnietos y hasta dos tataranietos. Y se desperdigaron. Acabose la trashumancia de los meses laboriosos de antaño que culminaba con la rentrée a la casa de Béziers, tantas veces ampliada y remodelada para acomodar a la incrementada tropa de mocosos y mocosas.
Quedose el pasado tenebroso al otro lado de las memorias y se instaló, sin ángulos oscuros, la dicha en los rincones donde todavía moran, lozanos, los recuerdos.

Y, de vez en cuando, vuelven, también, la música, los juegos y las risas. Como regresan las cigüeñas a su árbol en el jardín contiguo a aquel donde reposan, en unión eterna, Nené y Lájos

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