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Archive for abril 2026

«Paseeen y veaaan…»: Archivo personal

 

De la suma ignorancia del fascio sudeuropeo hay un descacharrante ejemplo en aquella imagen carnavalera del de Amurrio asomando el careto por una ventana, con un morrión del siglo XVI encasquetado en la testa. Pretendía significar que allí estaba él para iniciar la Reconquista de España, cual reencarnación de don Pelayo. El despiporre fue general; no solo hizo el ridículo, como tiene por costumbre, sino que mostró en público cuan mermados estaban sus conocimientos históricos. Estos días, con la desfachatez que lo caracteriza, ha exhibido que su desinformación jurídica va pareja a la de la historia. Se saca del magín de los cortapegas un remedo de las polvorientas Leyes de Nuremberg, cambia la palabra judíos por migrantes y lo presenta como edicto original que dos baldragas del PP, María Guardiola y Jorge Azcón, se han apresurado a hacer suyo para continuar colmando con sus posaderas los sillones presidenciales de sus respectivos territorios. No parece que el aragonés y la extremeña estén al tanto de la existencia de la Declaración de los Derechos Humanos ni de las leyes españolas y europeas que blindan la dignidad e integridad de las personas contra majaderías supremacistas como las que pretenden perpetrar bajo los auspicios del aporófobo Abascal, al que ni dios hacía caso en sus veleidades nazis hasta tropezar con este dúo de necios útiles, que consideran escoria a quienes, pobres y llegados de otros países, buscan en España una oportunidad. A Guardiola y a Azcón les espera un ejercicio de gobierno muy entretenido, con las ciudadanías extremeña y aragonesa en la calle, llamándoles lo que son; el funcionariado negándose a discriminar a las personas por su origen; idas y venidas a los Tribunales y declaraciones de estos desalmados y sus cómplices negando la xenofobia institucional que exudan. Incluso, sea cual sea el veredicto judicial, el puesto estelar en la Historia de la Infamia lo tienen asegurado.

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«Pancarta»: Archivo personal

 

Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la II República, todavía coleaba en Aragón la fracasada Sublevación Republicana de diciembre de 1930, con el recuerdo de la Marcha por la Libertad que, desde aquella Jaca entusiasta, se dirigió, por carretera y ferrocarril, a Huesca hasta ser detenida por las tropas monárquicas en las inmediaciones de la ciudad altoaragonesa y terminar, menos de día y medio después, con los fusilamientos de Fermín Galán y Ángel García Hernández, la aprehensión de buena parte de los partícipes y la desbandada del resto.

En Huesca, el 14 de abril de 1931 —apenas cuatro meses después del sofocado intento de suprimir la Monarquía— tuvo dos lugares emblemáticos: El cementerio donde fueron inhumados los capitanes fusilados de la sublevación jacetana, cuyas tumbas se cubrieron con flores, y la casa del ausente Ramón Acín Aquilué, a la que muchos oscenses acudieron en efusiva manifestación como reconocimiento al intelectual anarcosindicalista cuya implicación en los sucesos de diciembre le había obligado a expatriarse a Francia. En la ciudad se esperaba, con expectación, el regreso de Acín de su exilio parisino, que no se produciría hasta el día 26, sobre las ocho de la noche, cuando, en compañía de su amigo, el periodista ácrata José Jarné [*], arribó en automóvil a su ciudad natal.

Narraba el periódico El Ideal de Aragón que «el recibimiento que les dispensó el pueblo oscense fue entusiasta en extremo. […] Fueron llevados en hombros por la multitud que les vitoreaba sin cesar, dirigiéndose la manifestación al domicilio social de la Agrupación Republicana, en donde les recibió la Junta Directiva, el Gobernador Civil y el Alcalde». Pero tanto Acín como Jarné compartían la misma reserva del periódico anarquista Solidaridad Obrera que, un día después de ser aclamada la recién nacida II República, había tomado posiciones expresando que «si la República ha de consolidarse será, indudablemente, contando con la organización obrera, de lo contrario, no será», idea que ya había expuesto el propio Acín, en un artículo de 27 de abril de 1927, en el que criticaba el republicanismo mitinero y demagogo de Alejandro Lerroux, por considerar que el líder del Partido Republicano Radical solo pretendía cambiarle el nombre a la forma de gobierno —ignorando las demandas sociolaborales— y así conformar una República predominantemente burguesa:

 

Ha hablado de nuevo Lerroux predicando la república, pero los trabajadores ya saben de sobra que la tal república no significa un escalón más para la emancipación del proletariado, sino que es el mismo escalón de la monarquía pintarrajeada de colorado.

[…] Saben de sobra los trabajadores, que la república no es sustancialmente distinta de la monarquía. La república no pasa de ser una monarquía con un rey menos que las monarquías; la monarquía no pasa de ser una república con un rey más que las repúblicas. Allí tenemos la muestra en la más flamante de las repúblicas: los Estados Unidos. No tienen ciertamente el rey coronado de los pueblos viejos y legendarios, pero tienen los reyes del acero y los reyes del petróleo y los reyes del cobre y cien y cien reyes ciñendo su corona de poderío, explotando el sudor y la vida de millones y millones de trabajadores. Las repúblicas burguesas, incapaces de derribar los monarcas que reinan sobre el dolor y la miseria, engañaron a los trabajadores destronando los reyes que ingenuamente dícense descendientes de la Divinidad, más decorativos, menos crueles, con serlo mucho, que los reyes del cuero, los reyes del hierro y de la sal.

[…] De nuevo ha venido Lerroux, como hace veinte años, a que nos calemos el gorro frigio, pero hoy no encuentra un dios que se lo cale; están en quiebra las boinerías, las coronerías, las morrionerías, las gorrofrigerías (pasen las palabrejas) porque estamos en tiempos de llevar la cabeza despejada y libre, sin enseñas carnavalescas, distintivos de la misma farsa y disfraces del mismo baile.

Los trabajadores saben de sobra que igual matan las balas en los campos de batalla y en las rúas y en las Ramblas al son de la Marsellesa que al son de la Marcha Real.

El que más y el que menos, hoy, sabe que la república no puede hacer más sino secularizar los camposantos, y a las gentes de ahora, don Alejandro, luego de muertos, tanto nos da que se nos coman nuestras flacas carnes cucos bendecidos o cucos sin bendecir.

(27-4-1927)

 

Aquello que malpensaba Acín, cuatro años antes de la II República, se mantenía vivo en la CNT y su órgano de expresión, Solidaridad Obrera, un día después de que la tricolor ondeara en España, siendo premonitoria, a tenor de lo que sucedería pasados cinco años, una declaración de intenciones que resumía el ideario anarcosindicalista ante la nueva forma de gobierno: «No nos entusiasma una República burguesa, pero no consentiremos una nueva dictadura». Como señala el profesor Julián Vadillo Muñoz al analizar la postura anarcosindicalista, «cuando el 18 de julio de 1936 los militares dieron un golpe de Estado contra la República, en los locales de la CNT y sus militantes retumbó nuevamente aquel editorial del 15 de abril de 1931: no permitir una nueva dictadura. Y aunque la dictadura llegó tras la cruenta guerra, la CNT no dudó en renunciar a gran parte de sus ideales históricos para conseguir una victoria que la historia le negó. Aquellos ministros, alcaldes, concejales, militares, policías, carabineros, etc., que colaboraron con las instituciones republicanas no querían una dictadura. Y aunque lucharon por una revolución social y un modelo político distinto, también lo hicieron por una República que ellos ayudaron a conseguir».

 

 
 
 

[*] José Jarné Peiré, natural de Jaca, fue fusilado en Zaragoza en septiembre de 1936, acusado de pertenecer a la logia masónica Triángulo Joaquín Costa de Huesca.


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 13 de abril de 2021.

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«Teatro Grande de Pompeya»: Archivo personal

 

Mirando al noroeste desde el Parque Arqueológico de Pompeya, apenas a 9 km en línea recta, los 1281 m del monte Vesubio [FOTO] no despiertan inquietud. Un monte. Solo parece un monte más, salvo que su altura se corresponde con el cono del estratovolcán, su cumbre es un cráter de 450 m de diámetro y, pese a que su última erupción importante se remonta a 1944, se trata de un volcán en estado de latencia que, en 1995, 1996 y 2013, volvió a dar señales de actividad mediante sismos de menor magnitud y fumarolas.

—También sería mala potra que le diera hoy por sacar la lava a tomar el aire  —comenta Jenabou, que ha mostrado interés en subir al Vesubio tras la visita a Pompeya.

—Bah, con lo monitoreado que está, no hay peligro. Con más de tres meses de anticipación, los vulcanólogos saben hasta la hora exacta de cualquier estallido  —señala Marís—. Es el volcán más vigilado del mundo.

—¿Cuántas personas han dicho que vivían cerca del Vesubio…? ¿Tres millones en toda el área de Nápoles…? Pues seguro que las autoridades han planificado con todo detalle una evacuación ordenada  —asegura Yoly.

Sentadas en el suelo, junto a Piluca, Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, contemplan el ir y venir de los visitantes por el Foro y el Templo de Apolo [FOTO].

Han recorrido las bien trazadas calles de la ciudad [FOTO] [FOTO], con sus buenas aceras a uno y otro lado del empedrado de las calzadas; en algunos tramos, han descubierto las rodadas de los carros que circularon por ellas dos mil años atrás. Les han llamado la atención las piedras pasaderas puestas en hilera en la calzada, al inicio o final de las vías. Algo más alzadas del suelo y con espacio entre ellas para que cupieran las ruedas de los carretones, sirvieron a los antiguos residentes para cruzar la calle sin mojarse los pies, en caso de haberse acumulado agua en la calzada.

Han transitado por el cardo —calle principal de orientación norte-sur— y el decumano —calle principal de orientación este-oeste— que se cruzan en el Foro, donde han visitado el macellum —el mercado—, que mantiene, incluso, un mostrador expositivo; han accedido, también, a varias domus —casas— de personas pudientes en cuyas zonas interiores los murales pintados en las paredes casi no han perdido su color primigenio.

No han quedado fuera de su itinerario ninguno de los dos Teatros; ni los Templos dedicados a dioses y diosas (Júpiter Meliquios, Apolo, Isis, Fortuna Augusta…); ni la Necrópolis, situada en las afueras, en la Via delle Tombe; ni las Termas, muy bien distribuidas, con zonas separadas para cada sexo; ni la Palestra, el campo de entrenamiento deportivo para jóvenes y gladiadores.

Entre los lugares más curiosos que han visitado se encuentran el Thermopolium, un establecimiento público de comida y bebida, donde todavía se conservan las vasijas de las viandas que, incrustadas en el mostrador, preservaban mejor los alimentos, y el Lupanar, en el que prestaban servicios esclavos de ambos sexos y que se halla profusamente decorado con pinturas de erotismo subido, además de algunos grafitis con mensajes picantes.

Sin embargo, lo más impactante, por su crudeza, han sido los calcos de las víctimas del Vesubio.

 

«Calco de una víctima de la erupción del Vesubio»: Archivo personal

 

Fue Piluca quien, tras regresar del Huerto de los Fugitivos, en el que yacen trece calcos de yeso de un grupo de personas de distintas edades, que perecieron tratando de escapar, expresó en voz alta aquello que sus acompañantes también pensaban pero no decían:

—A mí esto me puede. Llamadlo escrúpulo, si queréis, pero no me va esta exposición morbosa del sufrimiento, se trate de gente del siglo I o de anteayer.

 

En 1863, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli, director, por entonces, de las excavaciones de Pompeya, ideó y realizó los primeros calcos de víctimas solidificadas con ceniza y lava, introduciendo yeso alabastrino líquido en las cavidades interiores. Al compactarse el yeso y despojarlo de la cobertura de desechos volcánicos, se mostraba, con todo su realismo, el último instante de vida de aquellos pobres desgraciados.

Este método permitía también preservar los restos óseos y, con los avances tecnológicos actuales, realizar tomografías computarizadas, radiografías y estudios de ADN que han aportado nuevos datos sobre varias de las víctimas (edad, sexo) y la relación de parentesco entre algunas de ellas.

No hay duda de que, bajo los amasijos volcánicos que envolvían a quienes perecieron, el proceso de putrefacción siguió su curso, de tal manera que, dentro de los moldes de yeso endurecido que se exhiben, los despojos humanos —o animales, que también hay calcos de algunos [FOTO]— quedan limitados a la osamenta y los dientes.

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«Basílica del Foro de Pompeya»: Archivo personal

 

Es imposible recorrer el Parque Arqueológico de Pompeya sin que la mente retroceda al pasado; a esa próspera ciudad portuaria —a 25 km de Nápoles— que superaba en mucho los 15000 habitantes, rodeada de tierras fértiles en las que destacaban sus viñedos y sus lujosas villas, algunas de ellas, viviendas vacacionales de acaudaladas familias que, sobre todo, llegaban desde Roma.

Aquel otoño del 79 d.C., año de su sepultamiento, y siendo Tito emperador de Roma, todavía se estaban recuperando los habitantes de Pompeya del terremoto sufrido dieciséis años atrás; muchas de las casas mostraban andamios en sus fachadas y las autoridades habían acometido la reparación de los acueductos que suministraban el agua de boca y la recomposición de las grietas sufridas en el Foro y el Anfiteatro.

A primera hora de la mañana del 24 de octubre —o noviembre, pues no se ha podido precisar—, el Vesubio, considerado un monte sagrado, empezó a dar muestras de inestabilidad. Nadie se preocupó; en esa época se desconocían los volcanes y su estructura y no fue hasta el mediodía —cuando, además de la columna de cenizas y piedra pómez, salieron despedidos del cráter multitud de materiales volcánicos— que muchos de los habitantes entendieron que debían ponerse a salvo.

Al final de la tarde, los ininterrumpidos flujos piroclásticos obstaculizaron todo intento de huida a quienes todavía permanecían en la ciudad. De madrugada, la violencia vesubiana arrasó Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y cualquier signo de vida, afectando también, aunque no con tanta virulencia, a poblaciones próximas. Toneladas de ceniza y lapilli cubrieron, sellaron y preservaron Pompeya y otros puntos durante cientos de años.

 

 

Se calcula que entre 2500 y 3000 personas fallecieron solamente en Pompeya y hasta 16000 en el conjunto de las zonas afectadas; la mayoría de las muertes fueron instantáneas, por exposición a temperaturas de entre 300º y 600º Celsius, y no por asfixia, como se creía. Pese a la devastación, una gran parte de los habitantes de Pompeya consiguió escapar del cataclismo; muchos huyeron campo a través o por mar y se refugiaron en poblaciones más alejadas, en casas de amigos y familiares.

Se sabe que algunos pobladores, que carecían de medios para empezar de cero en otros lugares, regresaron a lo que quedaba de Pompeya y se instalaron en las partes edificadas que sobresalían del compacto lecho de materiales, sobreviviendo gracias al saqueo en las zonas pompeyanas a las que pudieron acceder. Parece ser que esta situación se mantuvo hasta el siglo V. Después, el olvido, pese a que el imaginario colectivo siguió refiriéndose a aquel paraje desolado como La Cività (la ciudad).

 

«Via delle Tombe, en Pompeya»: Archivo personal

 

En 1442, Alfonso V, monarca de la Corona de Aragón, conquistó Nápoles, uniéndose este territorio a su imperio. A la muerte, en 1516, del último rey de la Corona de Aragón, Fernando II el Católico, sus posesiones, incluida Nápoles, entraron a formar parte del Reino de las Españas.

En 1738 reinaba en España Felipe V y, en Nápoles, su hijo Carlos VII —que después accedería al trono español como Carlos III—; este, decidió construir un palacio cerca de donde se hallaba sepultada la ciudad de Herculano, localización que se conocía —aunque no se pudiera concretar el nombre de la ciudad— porque, años antes, se habían hecho labores de vaciado del terreno para una traída de agua y, en esa tesitura, se habían encontrado estatuas, mármoles y otros objetos valiosos.

Carlos VII contrató a los mejores arquitectos para construir el palacio y, sabiéndose que, en el subsuelo de aquellas tierras, había restos de alguna ciudad, se hizo con los servicios de un ingeniero militar aragonés, el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), para que realizara perforaciones en busca de materiales y elementos artísticos estimables para usarlos en el palacio real en construcción.

El ingeniero Alcubierre, a la vez que trabajaba en el Palacio de Portici, pidió al rey consentimiento para efectuar excavaciones más exhaustivas que una mera perforación. En una época en la que la Arqueología no se había desarrollado por completo como disciplina, Alcubierre consiguió sacar a la luz algunas partes de las ciudades de Herculano y Estabia, emprendiendo, en 1748, las prospecciones en Pompeya, que dieron resultados satisfactorios pero, a la vez, lo enfrentaron con sus subalternos.

Roque Joaquín de Alcubierre no cejó en su empeño de desenterrar Pompeya. Ascendido a mariscal de campo, dirigió las excavaciones hasta su muerte, aunque algunos de sus colaboradores intentaron mantenerlo apartado de las labores de recuperación por la extraordinaria meticulosidad del aragonés en el inventariado de los hallazgos y la indignación que mostraba ante las sospechosas «pérdidas» de objetos, de las que acusaba a quienes trabajaban con él.

Las críticas a su metodología arqueológica por parte de eruditos italianos y alemanes, harían que el nombre de Alcubierre —y su descubrimiento de Pompeya, Herculano y Estabia, además de otros trabajos arqueológicos— fuera, durante años, menospreciado y cayera en injusta olvidanza.

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