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Archive for 29 octubre 2015

“Después de la penumbra”: Archivo personal


Al otro lado del muro de sombras esperaba, agazapado, el Ensundiero[*]. O eso contaban, circunspectos, los chicos mayores que habían sobrevivido a la niñez vigilada por el sacamantecas, que aguardaba, inquieto y expectante, allí donde las luces del Barrio sucumbían ante la noche tenebrosa.

El Ensundiero  achaparrado, velludo y cuellicorto  controlaba con sus ojos ambarinos que, a veces, se veían brillar entre la negritud que rodeaba la protectora solidez familiar de las casas los pasos infantiles; relamíase escudriñando los ágiles cuerpecillos que, entre juegos, correteaban hasta casi rozar el entrepaño de penumbra donde agonizaban los destellos de las farolas. Entonces estiraba sus brazos acercándolos a las tinieblas, arqueaba sus dedos sebosos de uñas largas y sucias y manoteaba al aire a la par que el grito de terror de alguna criatura avizora paralizaba el juego y la chiquillería corría a guarecerse en la plazuela bien iluminada, hasta donde el engendro jamás se había atrevido a avanzar.

Y allí, en la plaza, con las luces reinando sobre la oscuridad, los pequeños disimulaban el miedo y voceaban, desafiantes: “¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero!


NOTA

[*] Personaje fantástico que aguardaba a las afueras de los pueblos para atrapar a niños y niñas, quitarles la grasa (ensundia, en aragonés) del cuerpo y engrasar con ella las ruedas de su carro. Es el equivalente del Hombre del Saco y del Coco.

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“Jardín de José Beulas. Detalle”: Archivo personal


La corredora de fondo entreabre los ojos achicados por la fiebre; un acceso de tos, que sofoca con el rostro hundido en la almohada, le sacude el tronco. Una raya de luminosidad bajo la puerta cerrada de la habitación a oscuras la impulsa fuera de la cama. Tantea con los pies el suelo gélido en busca de las zapatillas, se pone de pie entre toses mal reprimidas y sale al vestíbulo llamando: “¡Abuelo, abuelo! ¿Estás bien?”. El abuelo, sudoroso y jadeante, aferrado a las jambas de la puerta de su dormitorio, con el pijama arrugado y los pies descalzos, responde susurrante: “No, no estoy bien. Llama al médico, al hospital…


Cuando hace trece años la corredora de fondo se fue a vivir con el abuelo, este acababa de enviudar; era, todavía, un hombre relativamente joven, de carácter fuerte  actitud que lo había distanciado de sus hijas, independiente, que acogió de buenas maneras a su joven compañera de piso  estudiante, entonces  en una convivencia, no exenta de afecto, que convenía a ambas partes: El abuelo burlaba la soledad forzosa y la nieta se encontraba con las necesidades básicas cubiertas. Aquella situación idílica de la corredora de fondo  que entraba, salía y tornaba sin otra obligación que avisar al abuelo en caso de no pernoctar en la casa—  finalizó tres o cuatro años después, cuando se reagudizaron los problemas respiratorios del hombre y las llamadas al servicio de urgencias y las hospitalizaciones empezaron a formar parte de las rutinas de la casa. La vida de la corredora de fondo comenzó a girar al ritmo marcado por la salud del abuelo. Viajes suspendidos porque el abuelo no terminaba de recuperarse de una bronquitis. Competiciones anuladas porque el abuelo había sido ingresado en la UCI…


Al abuelo lo bajan en el ascensor, semidesplomado en una exigua silla de ruedas. La corredora de fondo, con los ojos vidriosos por la fiebre, desciende los cinco pisos aferrada a la barandilla, arrastrando el bolso de viaje con los útiles de aseo, algo de ropa interior, el batín y las zapatillas del abuelo. Sobre su hombro, una pequeña mochila conteniendo la documentación médica del hombre, un par de libros, el billetero, el cargador del móvil, el paracetamol y un puñado de caramelos de menta. “Llevas buen trancazo tú”, le dice un enfermero cuando la ambulancia se detiene en el Servicio de Urgencias del hospital.

La corredora de fondo se deja caer en uno de los escasos bancos no ocupados de la sala de espera. Llama por el móvil a su compañera y le advierte que no se encuentra bien y que tampoco hoy acudirá al entrenamiento. “No contéis conmigo mañana. Ni pasado. Estoy en el hospital con el abuelo”. Desecha avisar a su madre y a su tía. Cierra los ojos. Cuando cincuenta minutos después una enfermera va en su busca, la corredora de fondo duerme profundamente acurrucada en el banco y con la cabeza recostada en el bolso de viaje del abuelo.

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“Recreando a Monet”: Archivo personal


Si escribieras sobre él, sólo podrías hacer el retrato de un hombre bueno”. La voz grave de Agnès Hummel tiembla en el auricular, como si una racha de viento hubiera atravesado la línea telefónica imponiendo sus vaivenes.

[…]

Flaco. Siempre flaco. Con un eterno brillo tristón en las pupilas; las líneas del rostro marcadas como costuras; las cánulas portadoras de oxígeno silbando en sus fosas nasales con cada inspiración; la melena agitada, viva; la chaqueta negra cubriéndole un torso de pulmones dolorosamente cansados.

[…]

Otoño en Giverny.

Fuiste a morir en otoño, Leny, entre rojos, marrones, amarillos, naranjas… Fuiste a morir cuando el jardín japonés de Monet se rendía a los ocres y la lluvia estampaba sus brillos perecederos en la vegetación amorosamente dispuesta.

[…]

También yo fui un migrante”, asegurabas cerrando los párpados. Y recordabas la guerra de España. Volvías a tener cuatro años y rememorabas la violenta intrusión de los dos soldados nacionales en la casa de Espinal y la reacción a vida o muerte de tu madre, que se abalanzó fusil en mano contra ellos hasta que dejaron de ser una amenaza. Y la huída. El hambre. El campo de Argelès donde tu padre, aquel gitano republicano y analfabeto, fue separado de la familia por un tiempo hasta lograr reuniros en La Mayenne, donde tu recuerdo pervive en la escuela que hoy lleva tu nombre, el nombre de aquel niño amante de la lectura que, demasiado pobre para comprar libros, los robaba y se embelesaba con aquellas maravillosas historias en papel.

Algún día. Algún día…”, pensabas. El pequeño ladrón de libros se convirtió en soldador; el soldador, en baladista; el baladista, en intérprete comprometido. Nunca olvidaste tus orígenes. Miraste de frente a la Vida y a quienes la pueblan. Socorriste a los desesperados, hiciste causa común con los obreros, con los refugiados; no volviste el rostro ante el dolor ajeno. “Es que no puedo hacer otra cosa”, declarabas cuando algún entrevistador aludía a tu generosidad. “Soy un comunista del alma. Me duele la injusticia. No puedo ser indiferente a los lamentos de otros”.


Joaquín [Leni] Escudero  conocido como Leny Escudero, compositor, intérprete, escritor y actor ocasional, nació en Espinal/Aurizberri (Navarra) el 5 de noviembre de 1932. Falleció en Giverny (Francia) el 9 de Octubre de 2015.

Fue, por encima de cualquier otra circunstancia, un hombre bueno”, repite Agnès.
Suena, de fondo, la inconfundible y exclusiva voz de Leny.

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