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Posts Tagged ‘tradiciones’

“Fascinación”: Archivo personal


Aguardan desde la noche, inmaculadas e impecablemente planchadas, las prendas albas  camisetas, pantalones, leggins—  formadas, cual escuadrón impoluto, en los respaldos de sillas y sillones; en el suelo laminado, dibujando una perfecta línea horizontal, deportivas y alpargatas con sus cintas verdes extendidas; en la mesita acristalada, las pañoletas triangulares reciben en su tejido esmeralda los primeros rayos del día.

La casa clarea; la gente despierta. La mampara de la ducha resiste los embates del agua y se apelotonan, en ordenado caos, los cuerpos que van y vienen de las habitaciones al baño y del baño al salón hasta despejar respaldos, suelo y mesita de las vestimentas de la fiesta.

Se vacía la casa. Queda, en el aire, el aroma a champú, a leche corporal, a colonia de moras… Y a albahaca.

[…]

El ambiente callejero viste de blanco y verde. En las atestadas terrazas comparten espacio gastronómico tazones de leche, cafés, carajillos, chupitos de pacharán, botas de vino, porrones de cerveza, jarras de sangría y calimocho, latas de refresco, cruasanes tostados untados con mantequilla y mermelada, huevos fritos, raciones de caracoles, longaniza, panceta y jamón y un variado etcétera de alimentos engullidos entre risas, charangas y voces, en placentero alboroto colectivo que, a las once y media de la mañana, asciende las espectaculares costanillas que desembocan en la plaza del Ayuntamiento.

[…]

Clama la plaza. Trompetas, trompetillas y bombos compiten con el griterío humano que ahuyenta a los gorriones que habitan en los árboles. Revolotea, agitada, Lorenza, la cigüeña añosa que tiene su nido en la catedral. Entonces, a las doce en punto, estalla el chupinazo y se eleva entre nubes de pólvora acompañado de un rugido humano que se expande y zarandea los sentidos.

Empieza la fiesta.

Anotaciones del 9 de agosto de 2019. Cuando nos creíamos a salvo de virus globales—.

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“Entre pastos”: Archivo personal


Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera [*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.



NOTA

[*] En Arag., cañada.

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“Con los mallos al fondo”: Archivo personal


En la ruta de la Galliguera, en pleno Reino de los Mallos, se halla la torre donde nació y vive Mariliena, profesora de música jubilada y directora, durante muchos años, de la rondalla que agrupaba a personas del Barrio y sus alrededores.

En un paraje donde los cerezos en flor brindan su belleza y su aroma y los caballones del huerto parecen trazados con regla, se levanta, construido con sillares, un edificio extenso de planta y media rodeado de un encalado paramento de mampostería cuya poca altura no opaca la visión del precioso jardín interior, con arriates de petunias coloridas, margaritas y kalanchoes y, en el centro, junto a un banco pétreo, un olivo de tronco grueso y retorcido que ya formaba parte del paisaje mucho tiempo antes de construirse la casa. A la izquierda de la puerta principal, sobre losetas de pizarra, una mesa circular de cristal templado y fuertes patas de hierro en cuyo centro está encajado un parasol abierto y, rodeándola, Mariliena y sus invitados dando cuenta de una fuente de apañadijo que acompaña a los bocados de albóndigas de ternera, boletus y foie, con exquisita salsa de cebolla, que la anfitriona ha preparado para agasajar a sus visitantes.

Pero, sin duda, lo más apreciado del lugar del convite es su panorámica, con los mallos, a lo lejos, imponiendo sus extraordinarias hechuras en la vieja sierra prepirenaica, en el mismo lugar donde asegura la leyenda que la Giganta Hilandera, rechazada por las gentes, clavó las inmensas moles rocosas para esconderse entre ellas y aislarse de los humanos que la malquerían. Allí sigue, dicen, hila que te hila, inclinándose alguna que otra vez hacia el río Gállego para mojar el peine que desenreda sus cabellos canosos y el lino con el que lleva cientos de años entreteniendo su obligada soledad.


El interior de la torre de Mariliena podría considerarse un museo etnográfico, con los antiguos aperos del campo, rutilantes, adosados a las paredes del patio; los rosetones con complicados dibujos de los que penden arañas de luz; las altas camas con sus escaleritas de madera y los lustrosos lavamanos dispuestos en los dormitorios, y, sobre todo, el oratorio que se abre a la derecha de la entrada, que los abuelos de la actual dueña de la casa mandaron construir para Carmen, su nuera y madre de Mariliena, unos meses antes de que ella naciera y en el que, dentro de una gran hornacina con trazas de cueva, se encuentra una talla policromada de la Virgen de la Liena con el Niño Jesús, con un pajarillo en una mano, sentado sobre sus rodillas.

Explica Mariliena que a Carmen, su madre, se le habían malogrado cuatro embarazos en los primeros ocho años de casada. Una de las mujeres de un pueblo vecino, que faenaba en la casa, le habló de una virgen milagrera, protectora de embarazos y alumbramientos, y aun de las cosechas, que, en tiempos remotos, había hecho su aparición en una cueva próxima a Murillo de Gállego, y de la que eran muy devotas las mujeres que buscaban ser madres.

Cuando Carmen, embarazada por quinta vez, comentó en familia los prodigios relacionados con aquella virgen, sus suegros no albergaron ninguna duda. Se hicieron con los servicios de un artesano imaginero que, tomando como modelo la talla antigua que presidía la ermita, hizo una réplica preciosa de la misma que se colocó en la concavidad preparada en el oratorio, del que únicamente la sacaron para transportarla a la habitación de Carmen, por expreso deseo de esta, en el momento del parto.

Recién nacida su hija y antes de cortarle el cordón umbilical, Carmen se volvió hacia la talla de la virgen y le dijo: “Se va a llamar como tú”. Y aquella recién nacida, a la que se dio el agua de socorro por lo que pudiera pasar, fue inscrita como María de la Liena, siendo, quizás, una de las primeras niñas del comienzo de la posguerra que recibió tan singular nombre —liena es un vocablo aragonés que significa losa—, que llevan, también, su hija y la mayor de sus nietas.

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“Donde el monstruo acecha”: Archivo personal


Al otro lado del muro de sombras esperaba, agazapado, el Ensundiero [*]. O eso contaban, circunspectos, los chicos mayores que habían sobrevivido a la niñez vigilada por el sacamantecas, que aguardaba, inquieto y expectante, allí donde las luces del Barrio sucumbían ante la noche tenebrosa.

El Ensundiero  achaparrado, velludo y cuellicorto  controlaba con sus ojos ambarinos que, a veces, se veían brillar entre la negritud que rodeaba la protectora solidez familiar de las casas los pasos infantiles; relamíase escudriñando los ágiles cuerpecillos que, entre juegos, correteaban hasta casi rozar el entrepaño de penumbra donde agonizaban los destellos de las farolas. Entonces, estiraba sus brazos acercándolos a las tinieblas, arqueaba sus dedos sebosos de uñas largas y sucias y manoteaba al aire a la par que el grito de terror de alguna criatura avizora paralizaba el juego y la chiquillería corría a guarecerse en la plazuela bien iluminada, hasta donde el engendro jamás se había atrevido a avanzar.

Y allí, en la plaza, con las luces reinando sobre la oscuridad, los pequeños disimulaban el miedo y voceaban, desafiantes: “¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero!



NOTA

[*] Personaje fantástico que aguardaba a las afueras de los pueblos para atrapar a niños y niñas, quitarles la grasa (ensundia, en aragonés) del cuerpo y engrasar con ella las ruedas de su carro. Es el equivalente del Hombre del Saco y del Coco.

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“Patetas”: Archivo personal


Yace Patetas, el viejo diablo recién rescatado de las entrañas de la Estalabartería [1] del Ayuntamiento, en la mesa de trabajo del taller de Emil, que se ocupa de su restauración y puesta a punto. Diecisiete años estuvo arrinconado el tradicional cabezudo tras el fallecimiento de Antonier de [Casa] Puimedón, que lo devolvía a la vida cada treinta y uno de octubre en la procesión vespertina de Almetas [2] y Totones [3], entre las disimuladas sonrisas de jóvenes y adultos y el temeroso respeto de la chiquillería, que contemplaba, inquieta, al demonio vestido con largo sayal oscuro, con la amplia capucha enmarcando el brillante rostro colorado de ojos saltones y boca dentona. “Lleva una máscara porque si le vierais la cara que tiene debajo os moriríais del horror”, decían los mayores a los más pequeños. Y se explayaban detallando las características de aquel rostro oculto, sin párpados, nariz ni labios, con el mentón carcomido y las mejillas horadadas supurándole un maloliente y negruzco pus. Pese a la certeza infantil de estar asistiendo a una farsa —reconocían perfectamente en aquellos maliciosos espíritus procesionarios vestidos de blanco a sus jóvenes convecinos— siempre quedaba la duda sobre quién se hallaba bajo el satánico cabezudo, y ese desconocimiento les producía más pavor que si el mismo Belcebú ascendiera del Averno para pasearse, blandiendo la zurriaga, entre las tinieblas del pueblo. Fue la señorita Valvanera, la maestra, quien puso fin a las especulaciones llevando a la escuela el cabezón de Patetas y al propio Antonier de Puimedón, pero ello no impidió que cada treinta y uno de octubre regresara el ancestral recelo ante la presencia de la diabólica figura que, en la celebrada Noche de las Ánimas, guiaba a los espíritus perdularios hasta las inmediaciones del cementerio.





NOTAS

[1] En arag., un estalabarte es un armatoste, un cachivache; una estalabartería sería, figuradamente, el lugar donde se almacenan estalabartes.
[2] En el Alto Aragón, ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[3] Id., ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.

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“Aguas mansas”: Archivo personal


En la vieja carretera del puerto de montaña de Monrepós, el túnel de la Manzaneda abría sus oscuras fauces para que, viniendo desde la vertiente sur, el viajero que atravesaba sus ochocientos metros de longitud se detuviera a la salida, en una zona más amplia del arcén, a beber del agua fresca y limpia del manantial canalizado que daba nombre al túnel. «Si bebes de esta agua, volverás a estas montañas. Tu alma quedará impregnada con la esencia del monte y permanecerá para siempre en tu corazón», rezaba la leyenda que presidía la fuente de la Manzaneda, hoy destruida. Certera predicción. Siempre se regresa. Por otro firme y otro trazado carretero. Pero se vuelve. Y quien recorrió ese extraordinario puerto por la antigua ruta inaugurada en la posguerra, con sus trescientas curvas, sus rampas y su trepidante rasante final, guarda en la memoria esa obsoleta calzada que, pese a su peligrosa estrechez y falta de visibilidad, tenía alma, como si todos los espíritus de la Naturaleza y de los humanos cuyo futuro se perdió entre esas ondulaciones estuvieran allí, velando el que fuera tortuoso trayecto —actualmente reconvertido en la Autovía Mudéjar (tramo Zaragoza-Huesca-Jaca)— por el que los viajeros se aventuraban, hasta hace muy pocos años, para desembocar en el Alto Pirineo.

Pero las peripecias en el viejo trazado de Monrepós, en su cara sur, empezaban unos kilómetros antes de arribar a los pies del puerto, en la pintoresca, angosta y sinuosa carretera, hoy en desuso, del congosto del río Isuela, colmados sus escasos cuatro kilómetros de cortos túneles excavados en la roca viva, apuntalando la ladera por la que se deslizaban piedras de diferentes tamaños que terminaban en la calzada de pavimento maltrecho y, en ocasiones, llegaban a golpear a los vehículos —encajonados entre la montaña y el río— que circulaban por ella. Era el único camino viable —hasta la construcción de la variante— por el que se subía desde Huesca al muy apreciado pantano de Arguis y a las lejanas estaciones de esquí.

Antes de llegar a la presa del embalse de Arguis, una brecha abierta en la roca, junto al cauce del río, y en la que pocos automovilistas reparan, señala sutilmente la entrada a la cueva de san Climén, legendaria madriguera de O Fotronero, un gigante comeniños de la mitología altoaragonesa con el que los pastores veteranos asustaban a los jóvenes repatanes [1] para que estos les pagaran el poncho que trasegaban en el mesón de Arguis, cuando bajaban los rebaños a tierras llanas. Para hacer más creíble la añagaza, uno de los pastores se deslizaba hasta la cueva —que posee una acústica extraordinaria— y desde allí aullaba y despotricaba, con voz cavernosa, a los repatanes más remisos que, aterrorizados, sufragaban sin rechistar cuanto consumían los mayores —acción que por estos lugares se conoce como pagar la manta—. A algunos muchachos les daba tal pavor que O Fotronero los devorase, que, pese a haber pagado la manta, cuando pasaban cerca de la cueva se cubrían con pieles de mardano [2] y se ponían a caminar a cuatro patas, entre el ganado, para que el gigantón no se apercibiera de su presencia.


Atardece en Arguis. Recogen los excursionistas toallas y neveras de camping, fiambreras, vasos, platos, cubiertos… Desmontan y pliegan mesas y sillas. En las aguas quietas, despejadas de intrusos, nadan madrillas y barbos culirroyos y asoman los eslizones entre las piedras. Retorna el paraje a su silvestre esencia y otean ansiosos los abejarucos, entre fresnos, sauces y abedules, el vuelo incesante de los insectos. Va dejando el día su última luz sobre las cimas y se alejan los sonidos humanos envueltos en plástico, hule, vidrio, aluminio y acero.


NOTAS

[1] En aragonés, se llamaba repatán al joven, casi niño, aprendiz de pastor.
[2] Id., carnero.

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“Al borde del camino”: Archivo personal

 

Bajo el puente, el antiguo trazado de la vía del Canfranero transformado en camino de gravilla; en la hondonada, la ciudad provinciana, con las torres de la catedral dominándola en su atalaya; de frente, ya visible desde la carretera limpia de arbolado, a media hora de tranquilos pasos, el santuario. Carretera parcheada, campos de trigo y matorrales dispersos. Un desagradable olor a pollos hacinados cabalga en la brisa acalorada que recorre el camino. Dos perros se desgañitan, furiosos y amenazantes, al otro lado de la verja de la torre [*]. Un par de curvas más allá, los juncos y las zarzas de la acequia invadida por cangrejos rojos. Unas zancadas más  apretado el paso y contenida la respiración para contrarrestar el hedor putrefacto que emana de entre las hierbas del arcén—  y el desvío al santuario-ermita de Loreto [FOTO].

 

Refiere la historia que los habitantes de la prerromana Bolskan celebraban en el poblado de Lur el culto al dios Lug, divinidad luminosa festejada en el estío. Y fue allí, en el viejo Lur, convertido siglos después en fundus romano denominado Lauret o Loret, dependiente de Osca, donde la tradición asegura que nació, en el siglo III, Lorenzo, hijo de Paciencia y Orencio, ricos labradores, y hermano gemelo de Orencio.

Señálese que esta tradición de la oscensidad de Lorenzo dimana de las primeras estrofas del Martirio de San Lorenzo, poema narrativo medieval compuesto por Gonzalo de Berceo, en el que se hace referencia a Huesca como cuna del mártir. Posteriormente, ante la necesidad de ubicar convenientemente al personaje, los hagiógrafos hallaron en el poblado de Lauret o Loret, enclave del antiguo culto pagano al Sol y la Luz, el lugar idóneo de nacimiento, añadiéndole, además, una santa familia y hasta el detalle de un hermano gemelo con el que, si nos atenemos escrupulosamente a la cronología, se lleva dos siglos de diferencia.

En el décimo día del mes de agosto del año 258, Lorenzo, que vivía en Roma y era diácono del Papa Sixto II, fue ejecutado por negarse a entregar lo que los romanos consideraban tesoros de la Iglesia. El martirologio católico asegura que fue asado, literalmente, en una parrilla, circunstancia que contradice el Edicto del emperador Valeriano, que ordenaba ejecuciones rápidas e inmediatas de obispos, diáconos y presbíteros cristianos, como así sucedió con el propio Sixto II, que murió decapitado.

Sea como fuese, Lorenzo, nacido en Lauret o Loret, terminó siendo San Lorenzo y, según se cuenta, ya en el siglo XI, en el que había sido poblado prerromano de Lur dedicado al dios Lug, se ubicó un pequeño oratorio que honraba al santo oscense, afirmación peregrina porque, en aquella época, tanto Loreto como las localidades adyacentes estaban habitadas por musulmanes de Huesca obligados a vivir extramuros de la urbe y es poco probable que los devotos cristianos eligieran ese lugar para dar rienda suelta a su fervor por un santo del que, entonces, si algún pormenor se sabía no era el de su origen. Cuéntase, también, que un siglo más tarde nació la primera cofradía en honor al santo y que, en el siglo XIII, el sencillo oratorio fue embellecido y ampliado, lo cual resulta asombroso y hasta fantástico dado que no se documentó la adscripción de San Lorenzo con Loreto, su supuesta cuna, hasta el siglo XIV.

El espaldarazo definitivo al diácono de la parrilla fue la victoria hispana en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, en cuya memoria se levantó el monasterio de El Escorial. Parece ser que, en primera instancia, se pensó edificarlo en Huesca, pero la idea se abandonó “por la mala calidad de la piedra del entorno oscense” (sic). No obstante, diez años después de la construcción madrileña, se puso la primera piedra del santuario oscense actual, de formas neoclásicas con fachada herreriana, que fue inaugurado en 1777.

En 1936, durante el asedio a la ciudad de Huesca —en manos de los fascistas— por parte del ejército leal a la República, el santuario de Loreto fue sede de la Columna Garibaldi, formada por brigadistas italianos, que denominaron al santuario Castillo Errico Malatesta, como queda constancia, todavía, en sus muros [FOTO]. Hasta hace algunos años, la CNT de Huesca celebraba, cada Primero de Mayo, una comida campestre —en recuerdo de los libertarios de la Garibaldi— frente a la fachada del templo que preside una estatua —defenestrada durante el asedio a la ciudad— del tan querido como ilusorio patrono oscense.

 

El Camino Viejo de Loreto, en paralelo a la carretera seguida a la ida, estrecha su pendiente pedregosa. Un avispero gordezuelo y grisáceo cuelga entre las zarzas tapizadas de telaraña. En lo alto del desnivel, cuando ya se avistan las edificaciones urbanas, un pequeño monumento [FOTO], antaño cubierto de piedras, señala el lugar donde la madre de los gemelos Lorenzo y Orencio aguardaba cada dia a sus hijos, que llegaban del colegio desde Osca. El camino baja, recto y polvoriento, encajonado entre torres, chalés, matorrales y campos. Duele ya el sol, certero e implacable, a las doce en punto del mediodía dominical en la ciudad de Huesca.


NOTA

[*] Nombre que se da en Aragón a las casas de campo de las zonas llanas.

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“Flamas”: Archivo personal


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan»[1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos[2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará el próximo fin de semana, como hace cientos de años, la regocijada noche de los pueblos de la sierra de Guara, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.



NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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“La jorguina”: Archivo personal


 

«¡Bruja, rebruja, requetebruja!», salmodiaba la chiquillería que rodeaba al falordiero[1] Agustín del Correo. Cinco veces entonaban la retahíla, que empezaba con un ininteligible bisbiseo hasta convertirse en chillido que Agustín detenía con una palmada. Entonces, sacaba de uno de los bolsillos de la zamarra O Librer[2], un misterioso libro forrado en papel colado gris perla —con incontables lamparones— que contenía, según refería el fabulista, los nombres de todas «as bruxas d’a redolada»[3], sus historias, dichos, pócimas y conjuros secretos. Años después, cuando falleció Agustín y sus entusiastas oyentes ya eran adultos, se descubrió aquel mágico librito en uno de los cajones de la cómoda de su alcoba. Se trataba de la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, de Miguel de Unamuno; actualmente se halla, con el manoseado papel que lo envolvía, en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, en la sección dedicada a brujería y fenómenos sobrenaturales, como póstumo homenaje a quien, indiferente a la historia real relatada por el eminente filósofo bilbaíno, lo convirtió en grimorio.


 

«El último Gran Aquelarre del año tenía lugar en Nochebuena», comenzaba Agustín del Correo, recorriendo con la mirada las caritas de aquel público que nunca se cansaba de escuchar tan repetida historia, a la que el cuentacuentos añadía siempre elementos nuevos. La chavalería, estimulada por la voz de Agustín, creía ver a Tía Eduvigis, la legendaria entendedera[4] del Barrio, aplicándose en rostro y axilas el ungüento de baba de sapo y néctar de amapolas majadas, sacudiendo su rama de sarmiento y subiéndose en ella para remontar, en la fría y oscura tarde noche decembrina, la Sierra de Sevil, sobrevolar el bosque de quejigos de Almazorre y aterrizar en el Puntón de Asba, lugar de encuentro de las brujas de la Sierra de Guara y aun de otras llegadas de localizaciones más alejadas.

Tía Eduvigis, que pasaba por bruja ante las autoridades eclesiásticas, no tenía tal reconocimiento entre las congregadas en Asba. Era, decía Agustín, una visitadora del aquelarre, una mujer sabia cuyos hechizos se concentraban en la magia blanca, pero, tan poderosa, que hasta el mismo diablo, admirado, la requería a su lado para debatir determinadas cuestiones. Las jorguinas la invitaban por el prestigio que suponía su asistencia y para contentar al demonio, que nunca perdía la esperanza de convertirla en leal vasalla.

En Asba, aquellas mujeres, la mayoría añosas y nada atrayentes, se metamorfoseaban en lozanas jovenzuelas que danzaban alrededor del Luzbel adolescente, hermoso, de cuerpo apenas hirsuto y extraordinaria melena caoba que la Luna hacía destellar imprimiendo reflejos en los cuerpos desnudos de las mujeres bailarinas. Solamente los pies del falso Adonis, en forma de pezuña de buco[5], señalaban su condición no humana.

«Nevaba cerca de la medianoche en el Puntón de Asba, entre contorsiones brujeriles, y se despedía la visitadora Tía Eduvigis de sus compañeras y del Patriarca del Averno…». Subida a la rama de sarmiento, la entendedera regresaba al Barrio a la hora exacta de la Misa del Gallo. El vecindario aguardaba; no la veían surcando montículos y tejados pero intuían su presencia. «A las doce, el portalón de la iglesia se abría sin mano humana que lo acompañara y entraba ella, Tia Eduvigis, transmutada en la gata Angunias, un espléndido ejemplar felino de espeso pelaje negro y con una característica inusual: los cuartos traseros y la cola eran tan blancos como la nieve que cubría la localidad. Cuando Angunias se acomodaba, solitaria, al fondo, bajo la pila bautismal, comenzaba la misa…». Nadie miraba atrás, pero a todos, incluido el anciano mosén[6], les reconfortaba saberla allí. Cuando, un tiempo después, Tía Eduvigis fue imputada como Adoradora del Maligno por la Iglesia y realizó el prodigio de su propia desaparición, la gata Angunias se volatilizó con ella. Ninguna de las dos volvió a ser vista jamás.




NOTAS

[1] En aragonés, cuentista, cuentacuentos.
[2] Id., El Librito.
[3] Id., las brujas de los alrededores.
[4] Id., mujer sabia, sanadora, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa y bien documentada entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.
[5] Id., macho cabrío.
[6] Id., sacerdote.

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“El gato de la nigromántica”: Archivo personal


En la antigua Saleta de Gimnasia de la Escueleta Vieja se ultiman, amenizados por el vocerío in crescendo, los preparativos para la Noche de las Ánimas. Sobre los antiguos potro y plinto se apilan, arrugadas a conciencia, las túnicas blancas que vestirán los niños y jóvenes en la procesión de Almetas[1] y Totones[2], que recorrerá las calles del Barrio portando candiles y velas para guiar al público hasta el Salón Multiusos, donde Iliane, transformada en Severina, la entendedera[3], ejercerá de maestra de ceremonias en la representación del Cuento de Marieta, que dramatizará el elenco infantil de la Escuela Rural.

Gritos, carreras y alboroto se congelan con el primer golpe de silbato de María Petra; los jóvenes que desfilarán de Totones abandonan, a regañadientes, los móviles y atienden, al igual que las Almetas, las indicaciones de Mercedes, adaptadora del cuento y autora de la letra de los cánticos que se escucharán en la procesión, a los que han puesto música, más o menos truculenta, las hermanas Cristea.

Murga, la gata, vigila, inmóvil junto al maletín de maquillaje, las evoluciones de Kuro, el único sobreviviente de su camada, que retoza entre los niños, ahora silenciosos, mientras Mercedes reparte las fotocopias del teatrillo a las pequeñas actrices.

Es la hora del penúltimo ensayo general.



NOTAS

Barambán es una palabra usada en la fabla aragonesa para expresar alboroto, jaleo o mucho trabajo.

[1] En el Alto Aragón, las Almetas son las ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[2] En el Alto Aragón, los Totones son las ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.
[3] En el Alto Aragón, la entendedera era una mujer sabia, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.

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