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Posts Tagged ‘tradiciones’

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“Aguas mansas”: Archivo personal


En la vieja carretera del puerto de montaña de Monrepós, el túnel de la Manzaneda abría sus oscuras fauces para que, viniendo desde la vertiente sur, el viajero que atravesaba sus ochocientos metros de longitud se detuviera a la salida, en una zona más amplia del arcén, a beber del agua fresca y limpia del manantial canalizado que daba nombre al túnel. «Si bebes de esta agua, volverás a estas montañas. Tu alma quedará impregnada con la esencia del monte y permanecerá para siempre en tu corazón», rezaba la leyenda que presidía la fuente de la Manzaneda, hoy destruida. Certera predicción. Siempre se regresa. Por otro firme y otro trazado carretero. Pero se vuelve. Y quien recorrió ese extraordinario puerto por la antigua ruta inaugurada en la posguerra, con sus trescientas curvas, sus rampas y su trepidante rasante final, guarda en la memoria esa obsoleta calzada que, pese a su peligrosa estrechez y falta de visibilidad, tenía alma, como si todos los espíritus de la Naturaleza y de los humanos cuyo futuro se perdió entre esas ondulaciones estuvieran allí, velando el que fuera tortuoso trayecto —actualmente reconvertido en la Autovía Mudéjar (tramo Zaragoza-Huesca-Jaca)— por el que los viajeros se aventuraban, hasta hace muy pocos años, para desembocar en el Alto Pirineo.

Pero las peripecias en el viejo trazado de Monrepós, en su cara sur, empezaban unos kilómetros antes de arribar a los pies del puerto, en la pintoresca, angosta y sinuosa carretera, hoy en desuso, del congosto del río Isuela, colmados sus escasos cuatro kilómetros de cortos túneles excavados en la roca viva, apuntalando la ladera por la que se deslizaban piedras de diferentes tamaños que terminaban en la calzada de pavimento maltrecho y, en ocasiones, llegaban a golpear a los vehículos —encajonados entre la montaña y el río— que circulaban por ella. Era el único camino viable —hasta la construcción de la variante— por el que se subía desde Huesca al muy apreciado pantano de Arguis y a las lejanas estaciones de esquí.

Antes de llegar a la presa del embalse de Arguis, una brecha abierta en la roca, junto al cauce del río, y en la que pocos automovilistas reparan, señala sutilmente la entrada a la cueva de san Climén, legendaria madriguera de O Fotronero, un gigante comeniños de la mitología altoaragonesa con el que los pastores veteranos asustaban a los jóvenes repatanes [1] para que estos les pagaran el poncho que trasegaban en el mesón de Arguis, cuando bajaban los rebaños a tierras llanas. Para hacer más creíble la añagaza, uno de los pastores se deslizaba hasta la cueva —que posee una acústica extraordinaria— y desde allí aullaba y despotricaba, con voz cavernosa, a los repatanes más remisos que, aterrorizados, sufragaban sin rechistar cuanto consumían los mayores —acción que por estos lugares se conoce como pagar la manta—. A algunos muchachos les daba tal pavor que O Fotronero los devorase, que, pese a haber pagado la manta, cuando pasaban cerca de la cueva se cubrían con pieles de mardano [2] y se ponían a caminar a cuatro patas, entre el ganado, para que el gigantón no se apercibiera de su presencia.


Atardece en Arguis. Recogen los excursionistas toallas y neveras de camping, fiambreras, vasos, platos, cubiertos… Desmontan y pliegan mesas y sillas. En las aguas quietas, despejadas de intrusos, nadan madrillas y barbos culirroyos y asoman los eslizones entre las piedras. Retorna el paraje a su silvestre esencia y otean ansiosos los abejarucos, entre fresnos, sauces y abedules, el vuelo incesante de los insectos. Va dejando el día su última luz sobre las cimas y se alejan los sonidos humanos envueltos en plástico, hule, vidrio, aluminio y acero.


NOTAS

[1] En aragonés, se llamaba repatán al joven, casi niño, aprendiz de pastor.
[2] Id., carnero.

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“Al borde del camino”: Archivo personal

 

Bajo el puente, el antiguo trazado de la vía del Canfranero transformado en camino de gravilla; en la hondonada, la ciudad provinciana, con las torres de la catedral dominándola en su atalaya; de frente, ya visible desde la carretera limpia de arbolado, a media hora de tranquilos pasos, el santuario. Carretera parcheada, campos de trigo y matorrales dispersos. Un desagradable olor a pollos hacinados cabalga en la brisa acalorada que recorre el camino. Dos perros se desgañitan, furiosos y amenazantes, al otro lado de la verja de la torre [*]. Un par de curvas más allá, los juncos y las zarzas de la acequia invadida por cangrejos rojos. Unas zancadas más  apretado el paso y contenida la respiración para contrarrestar el hedor putrefacto que emana de entre las hierbas del arcén—  y el desvío al santuario-ermita de Loreto [FOTO].

 

Refiere la historia que los habitantes de la prerromana Bolskan celebraban en el poblado de Lur el culto al dios Lug, divinidad luminosa festejada en el estío. Y fue allí, en el viejo Lur, convertido siglos después en fundus romano denominado Lauret o Loret, dependiente de Osca, donde la tradición asegura que nació, en el siglo III, Lorenzo, hijo de Paciencia y Orencio, ricos labradores, y hermano gemelo de Orencio.

Señálese que esta tradición de la oscensidad de Lorenzo dimana de las primeras estrofas del Martirio de San Lorenzo, poema narrativo medieval compuesto por Gonzalo de Berceo, en el que se hace referencia a Huesca como cuna del mártir. Posteriormente, ante la necesidad de ubicar convenientemente al personaje, los hagiógrafos hallaron en el poblado de Lauret o Loret, enclave del antiguo culto pagano al Sol y la Luz, el lugar idóneo de nacimiento, añadiéndole, además, una santa familia y hasta el detalle de un hermano gemelo con el que, si nos atenemos escrupulosamente a la cronología, se lleva dos siglos de diferencia.

En el décimo día del mes de agosto del año 258, Lorenzo, que vivía en Roma y era diácono del Papa Sixto II, fue ejecutado por negarse a entregar lo que los romanos consideraban tesoros de la Iglesia. El martirologio católico asegura que fue asado, literalmente, en una parrilla, circunstancia que contradice el Edicto del emperador Valeriano, que ordenaba ejecuciones rápidas e inmediatas de obispos, diáconos y presbíteros cristianos, como así sucedió con el propio Sixto II, que murió decapitado.

Sea como fuese, Lorenzo, nacido en Lauret o Loret, terminó siendo San Lorenzo y, según se cuenta, ya en el siglo XI, en el que había sido poblado prerromano de Lur dedicado al dios Lug, se ubicó un pequeño oratorio que honraba al santo oscense, afirmación peregrina porque, en aquella época, tanto Loreto como las localidades adyacentes estaban habitadas por musulmanes de Huesca obligados a vivir extramuros de la urbe y es poco probable que los devotos cristianos eligieran ese lugar para dar rienda suelta a su fervor por un santo del que, entonces, si algún pormenor se sabía no era el de su origen. Cuéntase, también, que un siglo más tarde nació la primera cofradía en honor al santo y que, en el siglo XIII, el sencillo oratorio fue embellecido y ampliado, lo cual resulta asombroso y hasta fantástico dado que no se documentó la adscripción de San Lorenzo con Loreto, su supuesta cuna, hasta el siglo XIV.

El espaldarazo definitivo al diácono de la parrilla fue la victoria hispana en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, en cuya memoria se levantó el monasterio de El Escorial. Parece ser que, en primera instancia, se pensó edificarlo en Huesca, pero la idea se abandonó “por la mala calidad de la piedra del entorno oscense” (sic). No obstante, diez años después de la construcción madrileña, se puso la primera piedra del santuario oscense actual, de formas neoclásicas con fachada herreriana, que fue inaugurado en 1777.

En 1936, durante el asedio a la ciudad de Huesca —en manos de los fascistas— por parte del ejército leal a la República, el santuario de Loreto fue sede de la Columna Garibaldi, formada por brigadistas italianos, que denominaron al santuario Castillo Errico Malatesta, como queda constancia, todavía, en sus muros [FOTO]. Hasta hace algunos años, la CNT de Huesca celebraba, cada Primero de Mayo, una comida campestre —en recuerdo de los libertarios de la Garibaldi— frente a la fachada del templo que preside una estatua —defenestrada durante el asedio a la ciudad— del tan querido como ilusorio patrono oscense.

 

El Camino Viejo de Loreto, en paralelo a la carretera seguida a la ida, estrecha su pendiente pedregosa. Un avispero gordezuelo y grisáceo cuelga entre las zarzas tapizadas de telaraña. En lo alto del desnivel, cuando ya se avistan las edificaciones urbanas, un pequeño monumento [FOTO], antaño cubierto de piedras, señala el lugar donde la madre de los gemelos Lorenzo y Orencio aguardaba cada dia a sus hijos, que llegaban del colegio desde Osca. El camino baja, recto y polvoriento, encajonado entre torres, chalés, matorrales y campos. Duele ya el sol, certero e implacable, a las doce en punto del mediodía dominical en la ciudad de Huesca.


NOTA

[*] Nombre que se da en Aragón a las casas de campo de las zonas llanas.

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“Flamas”: Archivo personal


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan»[1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos[2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará el próximo fin de semana, como hace cientos de años, la regocijada noche de los pueblos de la sierra de Guara, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.



NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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“La jorguina”: Archivo personal


 

«¡Bruja, rebruja, requetebruja!», salmodiaba la chiquillería que rodeaba al falordiero[1] Agustín del Correo. Cinco veces entonaban la retahíla, que empezaba con un ininteligible bisbiseo hasta convertirse en chillido que Agustín detenía con una palmada. Entonces, sacaba de uno de los bolsillos de la zamarra O Librer[2], un misterioso libro forrado en papel colado gris perla —con incontables lamparones— que contenía, según refería el fabulista, los nombres de todas «as bruxas d’a redolada»[3], sus historias, dichos, pócimas y conjuros secretos. Años después, cuando falleció Agustín y sus entusiastas oyentes ya eran adultos, se descubrió aquel mágico librito en uno de los cajones de la cómoda de su alcoba. Se trataba de la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, de Miguel de Unamuno; actualmente se halla, con el manoseado papel que lo envolvía, en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, en la sección dedicada a brujería y fenómenos sobrenaturales, como póstumo homenaje a quien, indiferente a la historia real relatada por el eminente filósofo bilbaíno, lo convirtió en grimorio.


 

«El último Gran Aquelarre del año tenía lugar en Nochebuena», comenzaba Agustín del Correo, recorriendo con la mirada las caritas de aquel público que nunca se cansaba de escuchar tan repetida historia, a la que el cuentacuentos añadía siempre elementos nuevos. La chavalería, estimulada por la voz de Agustín, creía ver a Tía Eduvigis, la legendaria entendedera[4] del Barrio, aplicándose en rostro y axilas el ungüento de baba de sapo y néctar de amapolas majadas, sacudiendo su rama de sarmiento y subiéndose en ella para remontar, en la fría y oscura tarde noche decembrina, la Sierra de Sevil, sobrevolar el bosque de quejigos de Almazorre y aterrizar en el Puntón de Asba, lugar de encuentro de las brujas de la Sierra de Guara y aun de otras llegadas de localizaciones más alejadas.

Tía Eduvigis, que pasaba por bruja ante las autoridades eclesiásticas, no tenía tal reconocimiento entre las congregadas en Asba. Era, decía Agustín, una visitadora del aquelarre, una mujer sabia cuyos hechizos se concentraban en la magia blanca, pero, tan poderosa, que hasta el mismo diablo, admirado, la requería a su lado para debatir determinadas cuestiones. Las jorguinas la invitaban por el prestigio que suponía su asistencia y para contentar al demonio, que nunca perdía la esperanza de convertirla en leal vasalla.

En Asba, aquellas mujeres, la mayoría añosas y nada atrayentes, se metamorfoseaban en lozanas jovenzuelas que danzaban alrededor del Luzbel adolescente, hermoso, de cuerpo apenas hirsuto y extraordinaria melena caoba que la Luna hacía destellar imprimiendo reflejos en los cuerpos desnudos de las mujeres bailarinas. Solamente los pies del falso Adonis, en forma de pezuña de buco[5], señalaban su condición no humana.

«Nevaba cerca de la medianoche en el Puntón de Asba, entre contorsiones brujeriles, y se despedía la visitadora Tía Eduvigis de sus compañeras y del Patriarca del Averno…». Subida a la rama de sarmiento, la entendedera regresaba al Barrio a la hora exacta de la Misa del Gallo. El vecindario aguardaba; no la veían surcando montículos y tejados pero intuían su presencia. «A las doce, el portalón de la iglesia se abría sin mano humana que lo acompañara y entraba ella, Tia Eduvigis, transmutada en la gata Angunias, un espléndido ejemplar felino de espeso pelaje negro y con una característica inusual: los cuartos traseros y la cola eran tan blancos como la nieve que cubría la localidad. Cuando Angunias se acomodaba, solitaria, al fondo, bajo la pila bautismal, comenzaba la misa…». Nadie miraba atrás, pero a todos, incluido el anciano mosén[6], les reconfortaba saberla allí. Cuando, un tiempo después, Tía Eduvigis fue imputada como Adoradora del Maligno por la Iglesia y realizó el prodigio de su propia desaparición, la gata Angunias se volatilizó con ella. Ninguna de las dos volvió a ser vista jamás.




NOTAS

[1] En aragonés, cuentista, cuentacuentos.
[2] Id., El Librito.
[3] Id., las brujas de los alrededores.
[4] Id., mujer sabia, sanadora, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa y bien documentada entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.
[5] Id., macho cabrío.
[6] Id., sacerdote.

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“El gato de la nigromántica”: Archivo personal


En la antigua Saleta de Gimnasia de la Escueleta Vieja se ultiman, amenizados por el vocerío in crescendo, los preparativos para la Noche de las Ánimas. Sobre los antiguos potro y plinto se apilan, arrugadas a conciencia, las túnicas blancas que vestirán los niños y jóvenes en la procesión de Almetas[1] y Totones[2], que recorrerá las calles del Barrio portando candiles y velas para guiar al público hasta el Salón Multiusos, donde Iliane, transformada en Severina, la entendedera[3], ejercerá de maestra de ceremonias en la representación del Cuento de Marieta, que dramatizará el elenco infantil de la Escuela Rural.

Gritos, carreras y alboroto se congelan con el primer golpe de silbato de María Petra; los jóvenes que desfilarán de Totones abandonan, a regañadientes, los móviles y atienden, al igual que las Almetas, las indicaciones de Mercedes, adaptadora del cuento y autora de la letra de los cánticos que se escucharán en la procesión, a los que han puesto música, más o menos truculenta, las hermanas Cristea.

Murga, la gata, vigila, inmóvil junto al maletín de maquillaje, las evoluciones de Kuro, el único sobreviviente de su camada, que retoza entre los niños, ahora silenciosos, mientras Mercedes reparte las fotocopias del teatrillo a las pequeñas actrices.

Es la hora del penúltimo ensayo general.



NOTAS

Barambán es una palabra usada en la fabla aragonesa para expresar alboroto, jaleo o mucho trabajo.

[1] En el Alto Aragón, las Almetas son las ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[2] En el Alto Aragón, los Totones son las ámimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.
[3] En el Alto Aragón, la entendedera era una mujer sabia, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.

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“En las alturas”: Archivo personal


Unos minutos antes de las ocho de la mañana, con el desayuno en la mesa y las huellas del gaudeamus de la noche delineadas en los rostros, se filtran desde la calle las voces de los Auroros de Zizur, que entonan laudes a la virgen del Pilar enardeciendo a Cirilo, el canario de la señora Auxiliadora, que desde la galería contigua une sus gorjeos al concierto callejero despejando definitivamente al amodorrado cuarteto del tercero derecha. La gente de las viviendas que dan a la plaza, asomada a ventanas y voladizos, aplaude a los esforzados cantores que, tras un par de bises, saludan y se trasladan a otra parte de la urbanización, a recordar con sus tonadas mañaneras la festividad religiosa del calendario. Cirilo, espoleado ahora por los gorriones del arbolado, eleva todavía más la intensidad de sus trinos y ladra Yaiza, imcontenible, no se sabe si para mandar callar a la avecilla enjaulada del tercero izquierda o para unirse, con sus toscos gañidos, al improvisado coro alado que han dejado atrás los Auroros en su actuación itinerante.

Una hora después, sobre los campos y las colinas que se atisban entre las dos torres de viviendas de enfrente, un globo aerostático se desliza con lentitud señorial por un mar invertido, descampado, sosegado y seco.

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“Bodegueta”: Archivo personal


Antes del almuerzo de trabajo —apalabrado en el bar del Salón Social— al que han invitado a Josetón, el bodeguero, para programar las fechas y turnos de la vendimia, el grupo de Tejedoras[*] que gestiona la Viña del Saso visita el terreno que se extiende, bajo la protección de la meseta pedregosa, desde el límite del término municipal que linda con las tierras de la localidad vecina hasta la barranquera de la Clamor, que desagua en el río. El viñedo, henchido y meticulosamente trazado, semeja un islote de bancales rectangulares, a modo de travesaños, con una extensa franja de sardas en la parte baja, en cuyo centro se abre un camino de tierra áspera y compacta por el que, en unos días, discurrirán tractor y remolque portando los cestones repletos de los preciados racimos de uvas parraletas y moristel.

Josetón, reconocido vitivinicultor que traspasó los menesteres de sus bodegas a sus hijos hace un par de años, es el altruista asesor de las Tejedoras desde hace tres décadas y conocedor, como ningún otro, de las características de la tierra aluvial del Saso, que él sugirió mantener como secano pese a algunas Tejedoras que insistían en transformar en viña de regadío la parte del segundo bancal próximo a la Clamor. Fue también idea suya invertir una parte de campo en la plantación de la casi extinta parraleta y en distribuir los horarios de vendimia manual en función del tipo de uva a recolectar.

El almuerzo resulta amigable y provechoso, regado con una botella de vino del Saso, de buqué afrutado, que Olarieta, la cocinera del bar del Salon Social y miembro de las Asociación de Mujeres, deja como al descuido sobre la mesa, entre el aplauso de las concurrentes y el gesto de satisfecho asentimiento de Josetón.


NOTA

[*] Nombre que se da, en el Barrio, a las miembros de la Asociación de Mujeres.

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“La patria en los zapatos”: Archivo personal

 

Cimbrea el viento los viejos cipreses y acicala la lluvia las primorosas copas de almendros, litoneros, robles y pinos, encharcando santolinas y bojes y formando un barrillo que se adhiere a las deportivas de las jaraneras pandillas que, embozadas en lenes y coloristas chubasqueros ya calados, recogen, sin prisas pese al aguacero, los restos de los festines en la ladera norte del cerro de San Jorge, la familiar colina en la que, desde hace siglos, se festeja la capitulación de la invicta ciudad sarracena de Wasqa a cuyos ejércitos, unidos a los castellanos, vencieran las tropas aragonesas de Pedro I en 1096, en la batalla que la historia llamaría de los llanos del Alcoraz y donde el mágico caballero Jorge, cabalgando por la atmósfera, decantó la victoria, dicen, hacia el expansivo ejército aragonés, obligando a la ciudad de las cien torres a abrir los preciados portalones de sus inexpugnables murallas a aquellas huestes de cristianos montañeses que durante tantos años venían codiciándola. Y así fue como el antiguo poblado de Bolskan, que los romanos celebraron como Osca para pasar a ser bastión de Al-Ándalus del Norte durante cuatro siglos con el nombre de Wasqa, convirtióse en la Huesca aragonesa sin perder jamás la memoria de los pobladores que la habitaron a lo largo de la historia.


Hoy, 23 de abril —Día de Aragón— como en el canto de La Tronada, llueve.


NOTA

Dondiniar es un vocablo aragonés que significa vagar, merodear, ir de un sitio a otro.

 

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“Donde la pasiflora”: Archivo personal


Cuando Emil, que está colocando la contraventana de la falsa[1], las ve venir, a pasitos cortos y trabajosamente, por el camino que sale desde el Barrio, explota, malhumorado: “Hala, que ya tenemos visita… ¡Hasta los cojones me tienen esas viejas!”. “Hombre, Emil, que te van a oír”, le advierte Iliane. “¡Pues que me oigan y vayan a dar ‘cariño’ a otra parte!” Y es que, desde la segunda quincena de agosto, cuando empezaron las obras de remodelación en Casa Colasa, el hogar donde nació, vivió y murió la señora Benita, tía abuela de Emil, las amigas de la difunta han tomado por costumbre incluir en sus paseos la antigua casa de la fallecida para “vigilar que Emilín”, que así lo llaman ellas, Emilín, “no haga algún estropicio”.


Emilín, hijo, ¿no pensarás quitar las piedras del muro…? Que allí dejaba crecer Benita, que en gloria esté, gordolobos y ombligos de Venus
Emilín, hijo, ya puedes meter en vereda la pasiflora, que decía Benita, que en gloria esté, que se extendía mucho y no dejaba crecer las dulcámaras y las gatuñas del camino…
Emilín, hijo, ¿no irás a tirar esa palangana…? Que Benita, que en gloria esté, ponía allí en remojo las amapolas para las infusiones…

Y Emil, al que las dos añosas mujeres importunan, soportando, cada fin de semana de trabajo en la casa, el continuo bombardeo de consejos y recomendaciones. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo; y hasta algunos días entre semana —cuando decide adelantar faena en solitario para no abusar de los amigos y amigas que renuncian al ocio de fin de semana para ayudarle—, Angelita y María Blanca, las comadres de la señora Benita, muy atentas a las ideas y venidas del nuevo dueño de Casa Colasa, se presentan en la obra, siempre vigilantes para que la esencia del lugar permanezca inmutable.


Emilín, hijo, acuérdate que el Mueso no puede salir de la casa. ¿Te acuerdas, verdad…? Tú eres ahora el depositario….” Porque, claro, por encima de cualquier otra circunstancia, está el Mueso, controvertida reliquia y casi olvidada leyenda que, antaño, convirtiera Casa Colasa en centro seudorreligioso del Barrio y aun de la comarca.


La historia —o la leyenda— del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso[2] en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba —A Saleta O Mueso, se la llamaba— donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte. Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto alternativo para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.- Leyenda ya explicada en Ex umbra in Solem.


NOTAS

[1] En aragonés, desván, buhardilla, trastero.
[2] Id, mordisco.

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“El Batallador y la Ansotana”: Archivo personal


Cuando, por una esquina, aparece ella, l’Agüeleta, vara en mano, retorna la niñez en esa repetitiva coplilla, provocativa, zumbona y añosa, de cada festejo laurentino: “¡Agüeleeeta, cabeza de mosqueeeta!”. Y ella, la cabezona de pañolón negro, corre, bamboleante, hacia las voces, agitando su vara contra la chiquillería que huye, entre chillidos y risas, y se esconde tras las distorsionadas figuras macrocéfalas del Agüelo, el Negrico, el Inglés y el Señorito, ágiles cabezudos que preceden, junto a los saltarines Caballicos, a las colosales —entre 4’30 y 4’60 metros— efigies de los gigantes: La Ansotana, la Fragatina, Pedro I y Alfonso el Batallador.

Desde 1663, e ininterrumpidamente, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos recorre el agosto festivo de la ciudad moviéndose a los sones de las gaitas, seguida e incitada por un público incansable que roza los ropajes que visten las familiares figuras y valora el esfuerzo y el entusiasmo de los miembros de la Comunidad Gitana de Huesca que, desde hace más de cuarenta años, ejercen de porteadores oficiales.

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