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Posts Tagged ‘tradiciones’

“La patria en los zapatos”: Archivo personal

 

Cimbrea el viento los viejos cipreses y acicala la lluvia las primorosas copas de almendros, litoneros, robles y pinos, encharcando santolinas y bojes y formando un barrillo que se adhiere a las deportivas de las jaraneras pandillas que, embozadas en lenes y coloristas chubasqueros ya calados, recogen, sin prisas pese al aguacero, los restos de los festines en la ladera norte del cerro de San Jorge, la familiar colina en la que, desde hace siglos, se festeja la capitulación de la invicta ciudad sarracena de Wasqa a cuyos ejércitos, unidos a los castellanos, vencieran las tropas aragonesas de Pedro I en 1096, en la batalla que la historia llamaría de los llanos del Alcoraz y donde el mágico caballero Jorge, cabalgando por la atmósfera, decantó la victoria, dicen, hacia el expansivo ejército aragonés, obligando a la ciudad de las cien torres a abrir los preciados portalones de sus inexpugnables murallas a aquellas huestes de cristianos montañeses que durante tantos años venían codiciándola. Y así fue como el antiguo poblado de Bolskan, que los romanos celebraron como Osca para pasar a ser bastión de Al-Ándalus del Norte durante cuatro siglos con el nombre de Wasqa, convirtióse en la Huesca aragonesa sin perder jamás la memoria de los pobladores que la habitaron a lo largo de la historia.


Hoy, 23 de abril —Día de Aragón— como en el canto de La Tronada, llueve.


Dondiniar es un vocablo aragonés que significa vagar, merodear, ir de un sitio a otro.

 

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“Donde la pasiflora”: Archivo personal


Cuando Emil, que está colocando la contraventana de la falsa[1], las ve venir, a pasitos cortos y trabajosamente, por el camino que sale desde el Barrio, explota, malhumorado: “Hala, que ya tenemos visita… ¡Hasta los cojones me tienen esas viejas!”. “Hombre, Emil, que te van a oír”, le advierte Iliane. “¡Pues que me oigan y vayan a dar ‘cariño’ a otra parte!” Y es que, desde la segunda quincena de agosto, cuando empezaron las obras de remodelación en Casa Colasa, el hogar donde nació, vivió y murió la señora Benita, tía abuela de Emil, las amigas de la difunta han tomado por costumbre incluir en sus paseos la antigua casa de la fallecida para “vigilar que Emilín”, que así lo llaman ellas, Emilín, “no haga algún estropicio”.


Emilín, hijo, ¿no pensarás quitar las piedras del muro…? Que allí dejaba crecer Benita, que en gloria esté, gordolobos y ombligos de Venus
Emilín, hijo, ya puedes meter en vereda la pasiflora, que decía Benita, que en gloria esté, que se extendía mucho y no dejaba crecer las dulcámaras y las gatuñas del camino…
Emilín, hijo, ¿no irás a tirar esa palangana…? Que Benita, que en gloria esté, ponía allí en remojo las amapolas para las infusiones…

Y Emil, al que las dos añosas mujeres importunan, soportando, cada fin de semana de trabajo en la casa, el continuo bombardeo de consejos y recomendaciones. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo; y hasta algunos días entre semana —cuando decide adelantar faena en solitario para no abusar de los amigos y amigas que renuncian al ocio de fin de semana para ayudarle—, Angelita y María Blanca, las comadres de la señora Benita, muy atentas a las ideas y venidas del nuevo dueño de Casa Colasa, se presentan en la obra, siempre vigilantes para que la esencia del lugar permanezca inmutable.


Emilín, hijo, acuérdate que el Mueso no puede salir de la casa. ¿Te acuerdas, verdad…? Tú eres ahora el depositario….” Porque, claro, por encima de cualquier otra circunstancia, está el Mueso, controvertida reliquia y casi olvidada leyenda que, antaño, convirtiera Casa Colasa en centro seudorreligioso del Barrio y aun de la comarca.


La historia —o la leyenda— del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso[2] en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba —A Saleta O Mueso, se la llamaba— donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte. Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto alternativo para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.- Leyenda ya explicada en Ex umbra in Solem.


[1] En aragonés, desván, buhardilla, trastero.
[2] Id, mordisco.

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“El Batallador y la Ansotana”: Archivo personal


Cuando, por una esquina, aparece ella, l’Agüeleta, vara en mano, retorna la niñez en esa repetitiva coplilla, provocativa, zumbona y añosa, de cada festejo laurentino: “¡Agüeleeeta, cabeza de mosqueeeta!”. Y ella, la cabezona de pañolón negro, corre, bamboleante, hacia las voces, agitando su vara contra la chiquillería que huye, entre chillidos y risas, y se esconde tras las distorsionadas figuras macrocéfalas del Agüelo, el Negrico, el Inglés y el Señorito, ágiles cabezudos que preceden, junto a los saltarines Caballicos, a las colosales —entre 4’30 y 4’60 metros— efigies de los gigantes: La Ansotana, la Fragatina, Pedro I y Alfonso el Batallador.

Desde 1663, e ininterrumpidamente, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos recorre el agosto festivo de la ciudad moviéndose a los sones de las gaitas, seguida e incitada por un público incansable que roza los ropajes que visten las familiares figuras y valora el esfuerzo y el entusiasmo de los miembros de la Comunidad Gitana de Huesca que, desde hace más de cuarenta años, ejercen de porteadores oficiales.

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“Noche fogatera”: Archivo personal

 

A las ocho en punto, tres toques de campana fueron la señal para el encendido de las dos hogueras; la de la plaza de la Iglesia, monumental; la llamada Hoguereta de los Jóvenes, en la replaceta de abajo, más recogida, y, ambas, con leña de carrasca, olibera y caxico[1] que prendieron, majestuosas, con llamas que el cierzo, suave mas persistente, ondulaba y disociaba en anaranjadas lenguas que pugnaban por escalar las sombras y vencer al frío.
Sobre las brasas oscurecíanse las patatas, crepitaban las chullas[2] de tocino blanco y enrojecían las longanizas abiertas mientras las gentes, con los rostros ligeramente sonrosados por los vaivenes acalorados de la lumbre y los efluvios del vino cosechero, rodeaban, parlanchinas e impacientes, los ancestrales círculos purificadores.


[1] En aragonés, roble quejigo.
[2] Id, loncha, filete.

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“Pitanza”: Archivo personal


A las diez de la mañana del día anterior a la Nochebuena, ya estaba el bar del Salón Social con el aforo tomado por parroquianos, turistas y las dos parejas finalistas del Campeonato de Guiñote, con Josefo atendiendo a los habituales acodados en la barra y Olarieta yendo y viniendo, con las bandejas de cazuelitas de lasaña de verduras en imposible equilibrio, entre el personal aposentado alrededor de las mesas, y parte de los miembros de la Charangueta Fara amenizando, en el exterior, a quienes, en la Terraceta de los Fumetas, desafiaban la brisa gélida de la sierra entre rayos solares desdibujados e ineficientes.

Al otro lado de la calle, las encargadas del Mercadillo de los Encantes bailoteaban al ritmo de la música mientras montaban los caballetes para los distintos puestos y organizaban ropas de segunda y hasta tercera mano, restos de vajillas añosas, viejos pucheros de barro cocido, aguamaniles, baúles y un sinfín de objetos y trastos de antigüedad indefinida rescatados de falsas[*] y graneros y adecentados y pulidos a beneficio de Luis, el exmosén, y sus causas solidarias en México, país en el que vive y trabaja entre las personas más necesitadas, tras abandonar el sacerdocio y hacer suya la reflexión del exjesuita Freixedo: “Si ese Dios es mi padre, a mí que me borre de la lista de sus hijos”.


[*] En aragonés, desván, buhardilla.

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“Colores”: Archivo personal


Recién amanecido, se interna el trío por el hayedo. Lola Haas, que se halla de visita desde el martes, como invitada de la señorita Valvanera, la vieja maestra, protesta por el frío matutino y la humedad de sus pies enfundados en unas zapatillas de loneta. “Te dije que ese calzado no era adecuado…”, le sermonea la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Atraviesan el campo de almendros recién vareados que abarca desde el desnivel de la pardina[1] de arriba hasta los límites de las vides del saso[2] y suben, por un repecho resbaladizo, hasta el mirador donde la sierra, todavía veteada de verano, alza sus crestas a la neblina horadada por los rayos solares. “No creo que me acostumbrara a la vida rural”, asegura Lola, sentada sobre una soleada laja cuarteada y a prudente distancia de la pendiente yerma del barranco.


La tarde del jueves María Petra y la veterinaria llevaron a Lola a la nave del señor Juan a escoscar[3] las almendras recogidas esa misma mañana. Con buena disposición al principio, la francesa no tardó en cansarse de separar, a navaja, las pieles secas amarronadas que envolvían las almendras; otro tanto sucedió cuando, siguiendo el rudimentario proceso de toda la vida, hubo de quebrar con una piedra la cáscara exterior para acceder al fruto. “Esto mismo hacían los que vivían en esas cuevas prehistóricas de más arriba”, ironizó después de haber partido no más de media docena de almendras, convertir la mayoría de los frutos en migajas y lastimarse dos dedos.


Regresan al Barrio por la senda viciada cubierta de diminutos guijarros que bordea el barranco. “Este sendero es más practicable que el otro”, dice Lola. María Petra y la veterinaria se miran y sonríen. Ninguna de ellas le explica que, a menos de cien metros, ese camino accesible termina abruptamente en una leve cortada con cinco anclajes metálicos, a modo de escalones, que han de salvarse para retomar el camino hasta el pueblo.


[1] En Aragón, monte bajo para pastos.
[2] Id, elevación con paredes verticales y cumbre llana que forma una terraza.
[3] En aragonés, limpiar.

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“Bosque de los Olivos”: A.H.


El día de los crespillos, los nietos de Inazio de [Casa] O Medianero  tío Inazio, el del molino de aceite—  empujaron la silla de ruedas del abuelo hasta el porche de la trasera de la iglesia, donde las humildes hojas de las borrajas, mañosamente rebozadas por las afamadas crespilleras, crepitaban en las sartenes exhalando el familiar olor que avanzaba el posterior goce de los paladares impacientes. “Mira, yayo, cómo canta el aceite”, le decía Luisa al hombre inmóvil al que todos los vecinos saludaban y palmeaban suavemente los hombros y las manos. Él alzaba con lentitud la vista sin mirar realmente, alejado sin remedio de aquellas gentes y aquel entorno que, apenas dos años atrás, componían su mundo. Porque el tío Inazio, el del molino de aceite, fue la mayor autoridad en oliberas de la comarca. “Esos empeltres[*] y negrales[*] van a dar la mejor cosecha”, auguraba mientras controlaba que cada recolector vaciara las olivas en el algorín correspondiente. Luego, cuando el antiguo ruejo molturaba los frutos hasta transformarlos en una masa parda y compacta, trasladaba ésta a los serones apilados bajo la prensa de libra que los comprimía —azuzada por la extraordinaria fuerza ejercida por el molinero— hasta que el aceite fluía y se deslizaba, brillante y arrítmico, hacia el canalillo que discurría, inclinado, bajo el torno. Entonces, el tío Inazio recogía los capachos con las olivas prensadas convertidas en cospillo y acariciaba, disimuladamente, la piedra voladora susurrándole: “Bien, bien”.

Canta el aceite en las renegridas sartenes donde bailan los crespillos. Pero el tío Inazio, el del molino de aceite, ausente e inmóvil en su silla de ruedas, ya no sigue el compás.


[*] Variedades de olivo.

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“Pasado”: Archivo personal


Antes de que arreciara la lluvia, la cuchara de la pala cargadora ya había retirado los últimos escombros de la que un día fuera Casa Coscullano, llamada de los Zabacequias, por ser sus moradores, en régimen hereditario, los que, desde tiempos lejanos, controlaban el uso de las acequias comunales y regían los turnos de riego.

El último zabacequias de la casa ahora caída fue Tomasito, que ejerció el cargo cerca de cincuenta años. Dicen quienes lo trataron que era un hombre cabal pero tan bajo y esmirriado que, amén de no apearle del diminutivo del nombre ni en la lápida del nicho donde reposa desde mil novecientos setenta y uno, en las localidades vecinas  que acusaban injustamente al zabacequias de favorecer a sus convecinos del Barrio  lo apodaban O peduco[1] Coscullano.

Tomasito era hijo entenado del anterior zabacequias, un hombretón que matrimonió, ya entrado en años, con una muchacha canaria, madre soltera, que servía en la casa de los Artero, los más ricos del Barrio. Cuentan que el zabacequias viejo quiso a Tomasito como si fuera de su propia sangre y se hacía acompañar por él en sus recorridos por los canales de riego para que aprendiera bien los quehaceres del cargo.

A la muerte de Tomasito, que no se casó ni tuvo descendencia, el Ayuntamiento convirtió en acequiero  que no en zabacequias, como así consta en el pliego correspondiente—  a un empleado municipal y el primitivo vocablo de origen árabe[2] cayó en desuso. Sólo la casa  hoy un triste hueco en la calle del Zierzo—  se mantuvo fiel a la antigua denominación: Casa de los Zabacequias.


[1] En aragonés, un peduco es un calcetín de lana, pero se aplica, también, figuradamente, a las personas de poca talla.
[2] Sahib al-saqiya, que significa guardián de la acequia.

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“La edad de la inocencia”: Archivo personal


En la década de los sesenta, cuando todavía los aparatos de radiodifusión ocupaban el lugar de honor en los hogares, Radio Zaragoza empezó a emitir un programa navideño que tenía como protagonista al Pájaro Pinzón; se trataba de una avecilla que ejercía de corresponsal de los Reyes Magos en Aragón, observando el comportamiento de la grey infantil y trasladando sus conclusiones semanales a Radio Zaragoza, donde, entre trinos que, naturalmente, sólo podía comprender la locutora, daba cuenta de las buenas acciones de Fulanito y las barrabasadas de Menganita, cuyos nombres terminaban inscribiéndose en sendos libros: el Libro de Oro y el Libro Negro del Carbón.

En el Barrio, la chiquillería escuchaba, no sin cierta aprensión, la retahíla de nombres intercalados en uno u otro libro; en ocasiones, la rabia y la vergüenza se apoderaban de quien se reconocía como el niño que se hacía pipí en la cama o la niña que no ayudaba a su abuela a recoger leña para la estufa; en otras, un niño obediente o una niña estudiosa escuchaban, emocionados, cómo Pinzón, traducido por la presentadora, gorjeaba sus filiaciones escritas en el anhelado Libro de Oro. Ni unos ni otras sabían que era Agustín del Correo, conchabado con las familias, quien ejercía, mediante cartas semanales, de chambelán voluntario de aquel pajarito acusica al que nada se le escapaba. Y, aunque el programa dejó de emitirse, Agustín del Correo mantuvo en activo a Pinzón, atribuyéndole, además, la capacidad de transformarse en cualquier ave que revoloteara o viviera en el Barrio, ya fuera la querida Bascués  la cigüeña vieja, el búho de Casa Berches o cualquiera de los patos que la señora Camila paseaba entre las hierbas del arcén para que se alimentaran de caracolas de tierra.


…y aún sigue Pinzón  sobreviviente al inolvidable Agustín—  instalado en cualquier parte, oteando, desde el primer día de diciembre, a su tercera generación de insaciables pedigüeños infantiles del Barrio.

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“Robellones”: Archivo personal


Apenas el alba desveló los familiares recovecos del paisaje, se pusieron en marcha las muchachas. “Ya podemos darnos prisa, porque a media mañana la niebla rozará el suelo”, apremió Iliane.

Cruzaron por la estrecha y húmeda repisa del paramento del azud y bajaron por el aliviadero de la otra orilla para continuar por la pedriza hasta el casetón de herramientas de la hidroeléctrica, a dos kilómetros y medio del Barrio; treparon por el sendero arcilloso hasta alcanzar el camino de hojarasca que bordea las espectaculares paredes rocosas que encajonan el barranco y salvaron, ya con leve agitación respiratoria, el pronunciado y resbaladizo desnivel que remonta hasta la compacta masa arbórea del Pinar de la Fontaneta, a unos cuatro kilómetros empinados desde el azud. [La denominación fontaneta —fuente pequeña— se debe a un manantial, ahora seco, que, en tiempos, se consideraba de aguas milagreras; decíase que una mujer estéril que humedeciera sus partes pudendas con agua de la fontaneta convertíase en fecunda por mor de las extraordinarias propiedades del líquido elemento.]


Cuando la niebla, con tintes azulados, descolgóse hasta lamer las abrigadas pantorrillas de las muchachas, ya alcanzaban ellas el Barrio; cansadas pero felices, con la cesta bien surtida de robellones.

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