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Posts Tagged ‘animales’

“Bosque de Sorogain”: Archivo personal


Bosteza tempranamente la tarde. Del otro lado de los cristales de la ventana se abrazan las sombras mientras Sátur unta con queso de puchero las rebanadas de pan dispuestas sobre la enorme mesa que, a modo de tosca isleta, separa la sencilla cocina del zaguán donde, en ordenado caos, se apilan mochilas y tabardos. En el exterior, ladra Polillas, el mastín. Una sola vez; un ladrido bronco, autoritario, que precede a su entrada. Trae entre sus pelos amarilleados una amalgama de olores que se adueñan de la estancia y se entremezclan con la contundencia del queso y los suaves efluvios de las hierbas aromáticas ya resecas que cuelgan de las vigas de madera del techo.

Un par de kilómetros más arriba, la ancestral muga donde Sátur, hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de mugalaris, centra todas sus historias, reales e inventadas, mientras acompaña al grupo de técnicos mediambientales que recorren el valle de Sorogain y observan, huelen y toman muestras atentamente vigilados por el viejo Polillas, inmune a las caricias y llamadas de aquellos a quienes, seguramente, considera intrusos de poco fiar.


Ese mismo día, por la mañana, cuando regresaban de recorrer un tramo del río Erro, señaló Sátur con la cabeza una zona que ya habían transitado en la jornada anterior y dijo: “Ahí fue donde los guardias dieron el alto a los fugados de Segovia y mataron al anarquista”. Y mientras el grupo se detenía mirando el lugar indicado y recomponiendo la escueta información recibida, Sátur siguió adelante escoltado por el perro.

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“El influjo de la (perra) Luna”: Archivo personal


Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano”.

Mario Benedetti (1920-2009).- El hombre que aprendió a ladrar, cuento contenido en la obra Despistes y franquezas.

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“Bambuesa y el mar”: Archivo personal


Reculaban las olas, rebaño insurgente, ondulando con sus respingones espinazos los añiles decolorados del piélago…

Retornaban, ebrias de espuma, al aprisco arenoso desde donde Bambuesa, la mansa can de Chira, las contemplaba, embebecida, arrebañando brisas húmedas que expelían adioses de cormoranes expatriados.

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“Quietudes”: Archivo personal


Muerden los crampones el espeso cobertor de hielo aún aferrado al prado, al pie del tozal donde los troncos de la vetusta cocina de hierro fundido confinada en la Fosqueta fenecen lanzando estelas de humo por la recién estrenada chimenea de sillares rematada con un orejudo conejo de hierro forjado. Tatuadas en la nieve compacta, vienen y van, hasta la orilla del aliviadero congelado del río, huellas de raposo que se adentran más allá de los árboles entre los que resiste el longevo tejo bajo el que, en el otoño de 1940, se suicidó, para no caer en manos de la Guardia Civil, el zapatero Santistebe, enlace de una de las partidas de guerrilleros que se ocultaban en estos parajes. Como los antiguos maquis, invisibles entre la perenne maraña boscosa, quizás observan los huidizos vulpinos el caminar crujiente de las figuras rebozadas en colores que, al descubierto e indiferentes al frío y la aguanieve, recorren las alburas de la tarde sabatina ociosa y encalmada.


Junto a la aislada edificación, en el cobertizo abierto, blanquea la leña apilada y expuesta al tiempo; una quebradiza capa de hielo recubre el antiguo abrevadero de las caballerías sobre el que apenas una hora antes encontraron un acentor muerto. En el depósito anejo a la pared sur, el agua se ha solidificado en feo mazacote que han roto a martillazos hasta conseguir que el líquido se deslizara por la cañería y cayera en la pileta esmaltada de la cocina, entre silbantes sacudidas del grifo.

Sucumbe el día, sin preámbulos, al otro lado de la ventana de la bien pertrechada borda rehabilitada de la pardina Foncillas, con la quietud glacial anunciando el dorondón. Las brasas que languidecen tras la portilla de la vieja cocina de fundición todavía reparten sus ardores por el edificio de piedra de interiores estucados; en una esquina de la gruesa plancha de metal negro, alejado de la boca de alimentación, gorgotea, hirviente y olvidado, el café de puchero.

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“Yaiza y el muñeco de nieve”: Archivo personal


Las carcajadas del hombre sentado en el banco, de espaldas al río, cascabelean en la calle Baja. Yaiza, la perrilla añosa de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, atada con la correa al semidesnudo seto de aligustres que delimita los bordes de la suave pendiente, interrumpe los ladridos que lanza al muñeco de nieve y tira de la correa para acercarse hasta el banco y probar las caricias de las manos enguantadas del anciano, que la retienen sin dejar de reír.

¿Qué tal planta [*], siño Miguel?”, pregunta la veterinaria, que llega con un pan de moños precariamente envuelto en papel marrón. “Voy marchando, chiqueta. Esta perra tuya la ha tomado con el moñaco. A saber qué sentencias le estará diciendo”.

Otilia, la panadera, va cargando la furgoneta con cestones de barras y panes para el reparto diario en las localidades vecinas. “¡Vais a coger un pasmo!”, les grita a las dos adolescentes que toman el Sol tumbadas sobre una exigua loneta, un par de metros a la derecha del hombre del banco.

En la costana del otro lado, por el camino que baja hasta el río, se deslizan en trineo un grupo de chiquillos gritones hacia los que corre Yaiza una vez libre de la atadura que la limitaba.

Refulge el Sol y minimiza los dos grados bajo cero que presiden la mañana mientras Lurditas, la alguacila, se dirige con el tractor, al que se le ha acoplado una pala, hacia el desvío que une el Barrio con la localidad más próxima, para adecentar el asfaltado que ha de recorrer Otilia con su cargamento de pan.



NOTA

[*] Fórmula de cortesía utilizada en el Alto Aragón, equivalente a ¿Cómo está usted? / ¿Cómo se encuentra de salud?.

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“El día naciente”: Archivo personal


La luz amarilla de la única farola indemne —de las ocho dispersas por los aledaños de gravilla de los bloques de edificios— recorta la silueta del hombre viejo del kangal, detenido junto a la fuentecilla inutilizada. Inmóvil entre los claroscuros, semeja una estatua levemente inclinada y de contornos amorfos.

El kangal y Luna, la perra caniche del bloque B, van y vienen entre el cerco de luz y las sombras de la madrugada; se perciben los jadeos del ejemplar grande y los tenues gruñidos de la perrilla que, pese a su pequeño tamaño, quintuplica la edad del perro que la rastrea, retozón, alrededor de los raquíticos troncos de los árboles bisoños que la oscuridad hace invisibles.

Silba el hombre y, al darse la vuelta, advierte la presencia de las dos formas humanas sentadas en el banco, a apenas tres zancadas de él. Retorna a silbar el viejo; un silbido largo, casi un chillido, que atrae al kangal hasta sus piernas. Y, entonces, la luz del amanecer empieza a resquebrajar la negrura de la sierra —entre los dos bloques de pisos encarados al este— amalgamando silenciosos fuegos artificiales que colorean el cielo y abren brechas relucientes en la envoltura lóbrega del parquecillo y los edificios circundantes, exponiendo a cielo abierto las facciones de los ocupantes del banco, a quienes el viejo del kangal reconoce y saluda alzando una mano enguantada para, a continuación, girarse con el perro pegado a él, desandando el camino hasta el bloque C.

Luna, la caniche, erguida junto al banco, contempla la marcha del viejo y el kangal y les lanza un lacónico ladrido.

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Latidos

“Fear & Confidence”: Archivo personal


El paseante se detiene y el tiempo parece suspendido en la figura quieta cubierta por una capelina oscura que el calabobos madrugador ha ornamentado con diminutos puntos de agua gélida.


Vete. Vete. Vete, susurra el paisaje, convertido en portavoz de la vida oculta.


Un ininterrumpido ectoplasma de dióxido precede a la fantasmal figura que, de nuevo, impulsa sus pies sobre el acolchado suelo que protegen los árboles.


No sigas. Vete. Vete.


Un paso más. Tres. Diez. Cincuenta pasos más y los latidos inaudibles de las energías latentes se ven alterados por un quejido próximo que rompe el ritmo del cuidadoso roce de las botas humanas sobre el lecho de humus.
El paseante se queda quieto, se baja la capucha y ladea la cabeza para localizar la procedencia del lamento. Nada.


Da media vuelta. Vete. Vete.


Otro roce. Más pasos. Y de nuevo el sonido ajeno a los murmullos familiares de la floresta.


No sigas. Vete. Vete.


Un paso más. Tres. Diez. Cincuenta pasos más…

Los cuerpos yacen juntos; los dos más pequeños acurrucados contra el grande. La jabalina se estremece al percatarse de la presencia humana que se inclina, con decisión, sobre ella y sus dos jabatos. Pero no hace ningún intento de ataque.
Una de las crías está muerta. La otra, aunque inmóvil, respira pausadamente y no tiene heridas visibles.
El paseante se desprende de la capelina, la restriega con suavidad contra las cerdas de la madre, envuelve el cuerpo del joven bermejo y lo recoge, con dificultad, entre sus brazos. Antes de abandonar el lugar mira de nuevo a la hembra herida de muerte y dice: “Es todo lo que puedo hacer”.


Márchate. Vete. Vete.


Cuando el amanecer termina de desgarrar la niebla, el paseante y su carga de vida ya están de vuelta en el Barrio.

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“Naturaleza”: Archivo personal


Ella, la culebra. Al pie de la costana de acceso al viejo molino de aceite. Arqueada e inmóvil. Casi mimetizada entre el mantillo. Sin duda advertida por sus precisos receptores térmicos de las inquietantes morfologías vivas que se arriman, silentes, calibrándole las brillantes escamas dorsales atravesadas por dos líneas longitudinales oscuras. Quietud. Un tenue giro de cabeza. Los ojos globosos y renegridos del ofidio se miden con las atentas pupilas humanas que parecen absorberlo. Súbitamente, alzando apenas unos milímetros la zona ventral clareada y chascando contra el suelo la parte inferior de su anatomía, la huida. Ágil y flexible. Abarquillando el cuerpo en bucles acompasados para, en escasos segundos, desaparecer entre la urdimbre de zarzas desbordantes que cubren los sillares del murete de contención.



Al principio parecía muerta, ¿verdad?”, comenta Jenabou, sentada al borde del azud, con los pies rozando las todavía frías aguas de la orilla y volviendo repetidas veces la cabeza —con más curiosidad que prevención— hacia los arbustos sarmentosos que se extienden por la ladera, casi rozando las paredes del aliviadero de la balsa. “Seguro que nos está vigilando desde su escondrijo y huele que somos inofensivas, ¿verdad, mamá?”. Y, una vez introducida en el agua, tiritando pese al neopreno y con las manos asidas al resalte del tapial, añade: “Si quisiera venirse a vivir al corralito de casa, que ya sé que no, se me ha ocurrido hasta un nombre. ¿Sabes cómo llamaría a la culebra…? Lupercia“.

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“Pitote”: Archivo personal


Escala Pitote, con su cuerpecillo gordezuelo todavía con pelusa, los libros extendidos en la alfombra, dejando una hilera de desechos orgánicos encima de Carmen Sarmiento, Salvador Pániker y Javier Tomeo; ronronea Kuro, desmadejado y babeante, entre los cojines que cubren el baúl; se alza Yaiza, la perra, sobre sus patas traseras intentando alcanzar con la lengua los restos del chocolate cocido adheridos al borde del tazón; imita Camila, la cardelina, los gorjeos de Melitón, el canario cuya jaula saca cada mañana María Blanca al alféizar de la ventana de su cocina. Pasan las nubes, albas y mansas. Chapotea Pitote en la pequeña bañera de plástico que Étienne, a instancias de Jenabou, le instaló en el patio. Los gatos que rondan por el tejadillo del anexo observan al patito con escaso aprecio e instintos contenidos, quizás recordando los gruñidos de la perra, siempre acogedora y vigilante, cuando acortaron distancias con Pitote, al otro lado de la barbacana, y se vieron obligados a guardar para mejor ocasión las uñas y las intenciones. A Pitote lo trajo, aun no hace un mes, Slavomir, uno de los esquiladores polacos que viven en la antigua granja de Casa Zerigüel. “Por donde el agua”, dijo que lo había encontrado. Pero no hubo manera de localizar algún grupo de ánades que pudieran haber perdido un polluelo ni tampoco echaron en falta ningún animal en la única casa del pueblo donde crían patos.

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“Primavera”: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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