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Posts Tagged ‘música’

“De asueto”: Archivo personal


Mientras los debutantes The Luperzios se afanan, con desastrosos resultados, en amenizar con su música desacompasada el tramo vespertino de la fiesta del camping, la mayoría de los asistentes forman corrillos convenientemente alejados de los bafles, hurgan en el puesto de venta de camisetas, carteles y libros —agotándose los siete ejemplares expuestos de Altasu. El Caso Alsasua— o se instalan, con sus bebidas, en los bancos del porche cubierto que se halla al lado de la casilla de recepción. Solamente mam’zelle Valvanera —“Los pobrecicos tocan de pena, pero bien hay que darles una oportunidad”, comenta— y Agnès Hummel, sentadas las dos en sendas sillas de plástico junto a tres o cuatro niños bailones, parecen atender a los cinco músicos adolescentes que desgranan y destrozan a Kortatu, Subterranean Kids, Eskorbuto, Barricada y La Polla, construyendo unos acordes tan irreconocibles que únicamente se sabe a qué históricos del punk, rock y hardcore remedan porque así lo dice el cartel anunciador de la entrada.

La melé ácrata comenzó pasadas las dos y media de la tarde del sábado, con el menú vegetariano elaborado por Mª Ríos, chef oficiosa del gastropub Mia-te tú, cuyos responsables son, también, los encargados del camping (abierto de abril a octubre), centro de actividades senderistas y barranquismo.

Ensalada de tomate rosa con olivas negras y tostada con queso de cabra, risotto de boletus y marcaspone, pimientos del piquillo rellenos de pisto y carne de soja y, de postre, tartaleta de frutas con helado; agua de Veri, vino del Somontano, pan, café o infusión. A 15 euros por persona; con degustación libre de cerveza, pacharán y anís de Colungo, todas bebidas de factura casera.

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“Rojo”: Anztowa


A Juana Mari —vieja compañera de colegio de Agnès Hummel y abuela de Gorka— la conocieron personalmente durante las fiestas de San Fermín, la noche del concierto de los raperos granadinos Ayax y Prok en la plaza de los Fueros, al que la señora se empeñó en acudir, situándose a pie de escenario, porque, dijo, quería entender “de qué va eso del hip hop”. “Si no reparamos en el salto generacional, no hay tanta diferencia entre lo que denuncian esos jovencitos y lo que defendía el querido Jean”, les explicaba al día siguiente a María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, en referencia al cantautor Jean Ferrat, con el que compartió, junto con Agnès, militancia en el Partido Comunista Francés y una firme amistad. “Los intereses sociales son los mismos en cualquier época”, proseguía. ”Los problemas del mundo no se solucionan a corto plazo sino cuando varias generaciones asumen que existen y establecen pautas para resolverlos”. Y recordaba a su padre, natural del valle de Salazar, que, apenas veinteañero, se exilió a Francia y se enroló en las milicias comunistas de la Resistencia Interior Francesa, colaborando con la cédula de inmigrantes que capitaneaba el irreductible luchador de origen armenio Missak Manouchian, detenido por colaboracionistas franceses y entregado a la Gestapo, que lo fusiló, junto con veintiún camaradas, el 21 de febrero de 1944. El padre de Juana Mari evitó la detención, tortura y muerte “por una minucia”, recordaba su hija: Había sufrido graves heridas en una pierna en el último acto de sabotaje llevado a cabo por el grupo de Manouchian. La minucia le supuso la amputación de la pierna por debajo de la rodilla pero lo salvó de una muerte certera. De su padre, que fue condecorado tras el fin de la guerra, heredó Juana Mari, nacida en 1946, el tesón en la lucha por la libertad y una militancia comunista de carácter antisoviético que la llevó a recorrer la misma senda del malogrado Jean Ferrat y la exquisita Agnès.



L’Affiche Rouge es una canción de Léo Ferré con letra del poeta Louis Aragon, que homenajea al grupo de resistentes extranjeros del grupo de Manouchian. Está basada en el deleznable y famoso Cartel Rojo distribuído por los nazis y los colaboracionistas franceses para denigrar, presentándolos como vulgares terroristas, a los veintitrés resistentes asesinados por la Gestapo. En el libelo, que los nazis colocaron en muchas poblaciones de la Francia de Vichy, manos anónimas añadieron un “Muertos por Francia”, convirtiendo así el intento de vejar a los luchadores extranjeros en homenaje público póstumo.

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“Pecado capital”: Archivo personal


Poco antes de las siete de la tarde, cuando el grupo se dirigía al Mia-te tú, empezó a helar en el Barrio con tal eficiencia que los dispersos hierbajos de la umbría del callizo donde se ubica el gastropub brillaban ya, hermoseados de perlas, bajo la luminaria anodizada del vial.

A las nueve, la concentración humana  reforzada por dos ruidosas pandillas llegadas de la localidad vecina—  sobrepasó el aforo del local y parte de la clientela se aposentó, chupitos y botellines en ristre, en el bordillo de la acera, haciendo hora para degustar los Especiales de las Diez, que es así como llama la parroquia del Mia-te tú a los tentempiés que Arturo y Alberto  con el admirado refuerzo culinario de Mª Ríos—  sirven a partir de esa hora y que son devorados, con procaz apetito, no bien van depositándose los platos sobre la barra.

Cerca de la medianoche, con el local algo aligerado de humanidad, se atenuaron las luces y se encendió un pequeño foco apuntando a la tarima esquinera  allí donde quienes lo desean pueden exponer cada viernes su entusiasmo vocal e instrumental—  para iluminar a las decididas Iliane y Pilar-Carmen que, emulando a Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, interpretaron, con supremo histrionismo y trocando el piano de Liliana por un par de guitarras, algunos números del irreverente, crítico, transgresor y sarcástico Cabaret Incómodo de las mencionadas artistas y activistas argentinomexicanas.

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“Bar”: Archivo personal

 

La sobrecogedora voz de Dolores O’Riordan ameniza un desayuno/almuerzo tardío en el atestado bar arrebujado, como todo el Barrio, en la niebla. Por las puertas acristaladas que dan al patio exterior, donde se halla la carpa semicubierta que reúne a fumadoras y fumadores, se cuelan hilillos húmedos de frío que alivian, momentáneamente, a la clientela acalorada próxima al hogar colmado de gruesos troncos incandescentes. En uno de los laterales empedrados de la campana de la chimenea, un enorme y novísimo calendario de pared ilustrado con una brillante fotografía del Ciervo de Chimiachas ocupa el espacio que durante un año acomodó a otro de tamaño parejo con la imagen del Monte de Sevil como reclamo visual; ambas imágenes pertenecen al archivo fotográfico sobre la Sierra de Guara que el inolvidable monsieur Lussot —fallecido en enero de 2016— cedió generosamente a la Asociación de Mujeres del Barrio; algunas de las fotografías del archivo, convenientemente digitalizadas y organizadas por temas, son proyectadas al final de la visita al Museo de la Escueleta Vieja donde, además, se exhibe, en exposición permanente, la colección Rostros en el Tiempo, que recoge diferentes imágenes realizadas por el fotógrafo galo a las gentes del Barrio a lo largo de cuarenta y cinco años.


Fly Through es el título de una canción de No Baggage, el último álbum como solista de la cantante irlandesa Dolores O’Riordan.

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“Al son”: Archivo personal

 

Finalizado el ensayo en el nuevo local que la directora ha alquilado en Iturrama, regresan a Zizur, ya oscurecido el día, en la villavesa[*], con los estuches de los instrumentos incomodando al resto de viajeros que comparten, comprimidos, el atestado espacio del vehículo. Recién apeados y cuando la conductora del autobús se dispone a maniobrar para continuar la marcha, torna Madalina y golpea el cristal de la puerta delantera. “¿Me abres, que he perdido una cosa?”, le grita a la choferesa, que se encoge de hombros y continúa su ruta, sorteando los vehículos aparcados, hacia la rotonda. “¿Y ahora qué pasa? ¿Qué es eso que has perdido?”, se interesa Iliane. “Mi castaña. Se me ha debido de caer en el bus”. Étienne y las chicas disimulan sus sonrisas mientras Madalina lanza improperios en rumano contra la conductora huída. “Chica, que ya conseguirás otra. Ni que tuviera magia…”, interviene la veterinaria. “Tú no lo entiendes… Esa castaña que llevaba en el bolsillo me traía suerte. Me vigorizaba el codo…” “Que sí, que sí. Que era de Indias y que tenía propiedades curativas… Ya me sé la historia de memoria”, se burla Iliane. “Mañana le pillo una a mi madre, que tiene tres muy sobadas en la mesilla, y vas a rasgar la guitarra sin acordarte de que tienes codo”.

Más tarde, en la bajera, con el recientemente fallecido Ricardo Cantalapiedra desgranando sus combativas e irónicas letras, comparten Étienne, Iliane, la veterinaria, Camelia y Madalina los tuppers que Livia, la madre de Camelia y Madalina Cristea, les ha dejado con su exquisita ensaladilla biof y sus deliciosos mici.


[*] Pop., autobús urbano de Pamplona.

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“Bagatelas”: Archivo personal


La cena comenzó, como la tormenta, a las nueve y media. A la par que las nubes descargaban sobre la carpa una violenta catarata y los relámpagos componían largas estelas luminosas que centelleaban al compás de los truenos, la Charangueta Fara arrancó con la danza de las espadas mientras algunos comensales, de pie junto a las mesas, ondeaban las pañoletas verdes que ornamentaban los respaldos de las sillas y otros, más dispuestos, remedaban el dance entrechocando los cuchillos de la carne y los del pescado. Aún hubo tres bises antes de que los camareros del catering sirvieran los rollitos de lenguado rellenos de langostinos y jugo de cigalas que precedieron a los sorbetes de limón y a las chuletas de ternera lechal con patatas rotas.

Apenas terminadas las namelakas de chocolate y mandarina y servidos cafés y licores, la música de Ixo Rai! señaló el comienzo del baile.

Cuando, pasadas las cinco de la madrugada, los últimos juerguistas daban cuenta del buffet japonés a base de sushi, makis y nigiris y terminaban con los restos de la mesa de encurtidos, una lluvia fina, a modo de sirimiri, servía de sereno colofón de la fiesta.

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“Expo Más Que Libros”: Olga Berrios

 

La idea de desempolvar a Heinrich Böll durante la Semana del Libro en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, se le ocurrió a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio cuando regresaba, con María Petra e Iliane, de recoger a la última del festival Viña Rock. De noche, y con casi quinientos kilómetros por delante, se sucedían música, anécdotas, confesiones, cansancio, asfalto y jolgorio, cuando María Petra, que acababa de ceder el turno de conducción a la veterinaria, empezó a entonar, en su deslucido francés, una versión cuasi rockera de La mer, que llevó a la veterinaria a evocar a Agnès Hummel, cuyo padre, prisionero de los alemanes, tuvo oportunidad de escuchar al autor, Charles Trenet, en directo, en una de aquellas propagandísticas giras organizadas por los nazis en la Francia ocupada. Fue entonces cuando Iliane recordó la primera vez que estuvo en casa de Agnès Hummel, cerca de Uzès. Agnès, que tenía muchos invitados ese fin de semana, había habilitado para Iliane una cama en el estudio, rodeada de estanterías abarrotadas de libros; de madrugada, Iliane se despertó con la sensación de haber escuchado ruidos y, apenas incorporada del colchón hinchable sobre el que dormía, una de las combadas baldas de una estantería cayó con su voluminoso contenido de papel encima del improvisado lecho, aunque sólo uno de los libros golpeó a la muchacha: El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.

 

Y así, durante la Semana del Libro que se celebra en el Barrio del 28 de mayo al 4 de junio, la sección «¡Que rule!», dedicada en exclusiva a rescatar del olvido a un autor y su obra, ha tenido como excelso protagonista al puntilloso y genial autor y Nobel alemán, llamado el alma buena de Colonia.

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“Distensión”: Gorka Zarranz Fanlo


Relajábase la yeguada de [Casa] Foncillas, indiferente a la voz de Melissa Etheridge que parecía llenar el despejado vallecillo circunvalado por arbustos y coníferas. Sólo Caminera, siempre familiar, se acercaba de vez en cuando al grupo humano  semiacostados sus miembros junto a una discreta agrupación de bojes—  para cabecear suavemente a la veterinaria.

Cuando Suzi Quatro tomó el relevo canoro de Etheridge, apareció Gorka, resoplando, con la recia mochila de los almuerzos reparadores. Distribuyó ordenadamente los bocadillos de pan de sésamo colmados de ternasco, lombarda y salsa de yogur y depositó en el centro las gisbergas negras[*], todavía bien frías, que todos se llevaron a los labios con fervorosa ansia.

 

…Y trotó la mañana del viernes, con el sol a cuestas, hacia la tarde.


[*] La Gisberga es una cerveza artesanal elaborada en la comarca oscense del Bajo Cinca. Su nombre es un homenaje a Ermesinda, née Gisberga, primera reina de Aragón por su matrimonio con Ramiro I y madre de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona.

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“Hylotrupes bajulus”: Archivo personal

 

Cuentan que, poco tiempo después de finalizada la segunda Gran Guerra, el comprometido cantante Pete Seeger, actuando en una pequeña sala de un pueblo norteamericano, dedicó la primera canción  la vieja Hold The Fort—  a los anarcosindicalistas wobblies y al Batallón Lincoln. Años después, esa dedicatoria junto con otras actitudes de su vida personal y profesional, servirían como “pruebas incontestables de su antiamericanismo“. Las consecuencias fueron contundentes: encarcelamiento y ostracismo. Porque Hold The Fort, transformada en los años sesenta  en la versión de Seeger—  en un clásico del folk americano, fue, en las primeras décadas del siglo XX, el himno del combativo sindicato IWW, con cuyos miembros las autoridades se ensañaron hasta, en demasiados casos, el asesinato.


En 1919, segundo libro de la Trilogía USA, narra el magnífico pero olvidado escritor John Dos Passos la historia del wobbly Wesley Everest. Lo describe como un hombre joven, callado y sonriente, veterano de la I Guerra Mundial y excelente tirador, que recala en la sede del sindicato en Centralia mientras en la calle se celebra el desfile del Armisticio presidido por la Legión Americana, con cuyos miembros los sindicalistas del IWW mantienen constantes enfrentamientos.


«El Día del Armisticio fue frío y crudo; la niebla avanzaba desde Puget Sound y goteaba de las oscuras ramas de los abetos y los relucientes escaparates del pueblo. Warren O. Grimm mandaba la sección Centralia del desfile. Los exsoldados iban de uniforme. Cuando el desfile pasó por delante del local del sindicato sin detenerse, los leñadores que estaban dentro respiraron a gusto. Alguien silbó con los dedos en la boca. Alguien gritó:
—¡Adelante! ¡A por ellos, muchachos!
Y los exsoldados corrieron hacia la sede de los wobblies. Tres hombres echaron la puerta abajo. Un rifle disparó. Los rifles tableteaban en las colinas situadas detrás del pueblo, tronaban en la parte de atrás del local
»


Relata Dos Passos que Wesley Everest se ve obligado a disparar a los asaltantes antes de huir, junto a otros miembros del sindicato, perseguidos por la multitud. «Wesley Everest corrió hacia el río y empezó a vadearlo. Cuando el agua le llegó a la cintura se detuvo y dio media vuelta.
Wesley Everest se volvió para plantar cara, con una extraña sonrisa pacífica, a la multitud que le perseguía. Había perdido el sombrero y le goteaba agua y sudor de los cabellos. Se le echaron encima.
—¡Atrás! -gritó-. Si hay policías en el grupo me entregaré.
La multitud estaba ya sobre él.

[…]Disparó cuatro veces, después se le encasquilló el arma. Manipuló el gatillo y disparó hacia una de las personas que se encontraban en primera fila y la mató. Esa persona era Dale Hubbard, otro exsoldado, sobrino de uno de los grandes madereros de Centralia. Después tiró el arma vacía y empezó a luchar con las manos. La multitud lo apresó. Un hombre le rompió los dientes con la culata de una escopeta. Otro trajo una cuerda. Una mujer se abrió paso a codazos entre la multitud y le puso la cuerda al cuello.
—No tienen agallas para colgar a un hombre en este día -les dijo Wesley Everest.
Lo llevaron a la cárcel y lo lanzaron sobre el piso
[..]»


Pero como “ser rojo en 1919 era peor que ser pacifista o alemán en 1917“, la (desdichada) suerte del aserrador y sindicalista Everest ya estaba sentenciada. Aquella misma noche, la multitud, con la connivencia de las autoridades, asaltó, sin encontrar apenas resistencia, la prisión y se llevó a Wesley Everest, que fue torturado, mutilado, baleado y, finalmente, colgado de un puente en la madrugada del 11 de noviembre de 1919.


«La investigación judicial resultó ser un completo y macabro chiste. El juez del caso concluyó que Wesley Everest había escapado de la prisión, se había dirigido hacia el puente sobre el río Chehails, se había atado una soga al cuello y había saltado. Como la cuerda era demasiado corta, había tenido que saltar de nuevo rompiéndose, en esta ocasión, el cuello; además, se había disparado un tiro.
Tras sentenciar que se trataba de un suicidio, los restos de Everest fueron introducidos en una caja y enterrados.

Nadie sabe dónde está sepultado el cuerpo de Wesley Everest, pero los seis leñadores que apresaron con él fueron inhumados en la penitenciaria de Walla Walla.»

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“Brunch”: Archivo personal

 

Domingo…

En el Mia-te tú suena, durante el almuerzo a puerta cerrada, Adolfo Celdrán. “¿Y eso?”, se interesa Iliane, extrañada. “Gentileza de Mam’zelle[*]”, dice Arturo. “Nos trajo unos discos de vinilo por si nos parecía bien ponerlos. No le íbamos a decir que no”, añade Alberto que, al igual que la mayoría de integrantes del pequeño grupo que monopoliza el bar, fue alumno de la señorita Valvanera.

Miguel Hernández, Antonio Machado y León Felipe, exquisitamente vivos en la voz de Celdrán, acompañan la coca de brandada de bacalao con pulpo y peplum y el coulis frío de cangrejo de río; mientras, en la barra, Arturo y Alberto preparan mojitos de mora ayudados por Étienne.

Al otro lado de la persiana metálica que protege la entrada del Mia-te tú, un cartel escrito a mano y colocado junto al hombro derecho de una repintada Betty Boop, reza: “Abrimos a las cinco”.


[*] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos.

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