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Posts Tagged ‘Sierra de Guara’

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“Naturaleza”: Archivo personal


Ella, la culebra. Al pie de la costana de acceso al viejo molino de aceite. Arqueada e inmóvil. Casi mimetizada entre el mantillo. Sin duda advertida por sus precisos receptores térmicos de las inquietantes morfologías vivas que se arriman, silentes, calibrándole las brillantes escamas dorsales atravesadas por dos líneas longitudinales oscuras. Quietud. Un tenue giro de cabeza. Los ojos globosos y renegridos del ofidio se miden con las atentas pupilas humanas que parecen absorberlo. Súbitamente, alzando apenas unos milímetros la zona ventral clareada y chascando contra el suelo la parte inferior de su anatomía, la huida. Ágil y flexible. Abarquillando el cuerpo en bucles acompasados para, en escasos segundos, desaparecer entre la urdimbre de zarzas desbordantes que cubren los sillares del murete de contención.



Al principio parecía muerta, ¿verdad?”, comenta Jenabou, sentada al borde del azud, con los pies rozando las todavía frías aguas de la orilla y volviendo repetidas veces la cabeza —con más curiosidad que prevención— hacia los arbustos sarmentosos que se extienden por la ladera, casi rozando las paredes del aliviadero de la balsa. “Seguro que nos está vigilando desde su escondrijo y huele que somos inofensivas, ¿verdad, mamá?”. Y, una vez introducida en el agua, tiritando pese al neopreno y con las manos asidas al resalte del tapial, añade: “Si quisiera venirse a vivir al corralito de casa, que ya sé que no, se me ha ocurrido hasta un nombre. ¿Sabes cómo llamaría a la culebra…? Lupercia“.

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“Guara”: Archivo personal


El último rastro de Treseta de [Casa] Cosme se pierde en el cuidado lecho que en el presente acoge el reducido terreno del Parque Infantil, lugar que, pese a su actual función, sigue denominándose, con puntillosa referencia histórica, la Femera [1] Cosme, apelativo que causa estupor en no pocos foranos [2] cuando descubren la alusión escatológica del término.

Teresa Labata Clavería —llamada Treseta de Cosme— fue sanadora, oficio que había aprendido ayudando a su abuela a clasificar distintas plantas del entorno natural. Con apenas dieciséis años, su fama de entendedera [3] hizo que, a la muerte de la abuela, se la reclamara desde diferentes puntos geográficos de la Sierra de Guara para ocuparse de los males físicos de personas y ganado, actividad que, por sí misma, no le reportaba más beneficio que la promesa, por parte de los agradecidos familiares del paciente o de los dueños de los animales, de comprar, cuando hubiera menester, algunas libras del aguardiente que Cosme, el padre de la curandera, fabricaba en un alambique situado a la orilla del río.

Cuentan que fue, precisamente, el rudimentario alambique y el, para algunos, preciado licor que en él se destilaba, los que provocaron la caída en desgracia de la joven ensalmadora.

Los Artero, familia pudiente que consideraba propias las tierras donde se ubicaba la humilde licorería, pretendieron que Cosme Labata pagara un tributo considerable por su actividad o que, en su defecto, traspasara a la familia Artero los secretos del líquido que negociaba. No pudiendo Cosme llevar a efecto la primera propuesta y no aceptando la segunda, los Artero reunieron una partida de aparceros que, de noche, destruyeron el alambique, arrasaron el huerto familiar y prendieron fuego al corral donde Cosme y su hija guardaban algunas gallinas y un par de cabras. Pareciéndoles poca la venganza a los caciques, Treseta de Cosme fue denunciada bajo la acusación de haber vertido alguna ponzoña en los abrevaderos del ganado de la familia Artero. Convocada ante el juez para que diera cuenta de aquello de lo que se la acusaba, la entendedera negó los hechos y la autoridad, temerosa del poder de los Artero, le prohibió ejercer su oficio bajo pena de fuertes sanciones.


Dicen que Treseta de Cosme dejó de recorrer los caminos de Guara con su morral colmado de hierbas curativas. Dicen que enterró el morral de piel de cabra en la femera y, con él, el conocimiento que tanta salud había repartido entre los seres de la sierra. Dicen que, poco tiempo después, un terrorífico brote epidémico de cólera morbo —documentado en 1885— se cebó con la localidad e hirió de muerte muchas casas, entre ellas, la de Cosme Labata; él y su hija Treseta, que anduvo cuidando a sus convecinos, perdieron la vida. Y cuentan que en Casa Artero la enfermedad infecciosa fue especialmente cruel: la abuela, el padre y cuatro, de los cinco hijos,  sucumbieron.



ANEXO




NOTAS

[1] En aragonés, estercolero.
[2] Id., forasteros.
[3] Id., mujer sabia.

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“Colores del día naciente”: Archivo personal

 

Rellena la luz de estridencias cromáticas el hueco de la noche desterrada y siluetea las formas estáticas —agrupadas y dispersas— cubiertas con livianos pañolones oscuros que la claridad arranca no bien el Sol termina de asomar, envanecido, entre las almenas melladas del torreón ruinoso que se avista, como bajel encallado, en medio de un mar de carrascas. Danzan los pies en la engañosa soledad del último repecho conquistado por brotes de hierba rala, levemente tocada por el rocío nocturno. Cuando, en zancada postrera, accede el caminante al pelado copete donde, en ocasiones, huelgan las aves, se agitan, incómodos, los dos buitres leonados; se yerguen —inmensos— al borde mismo de la cornisa, sacudiendo los escasos plumones de las gorgueras y, silenciosos, con los picos ganchudos encarados al abismo y las alas desplegadas en arco, inician un vuelo lento y en espiral, advirtiendo, por fin, la abundante carroña recién esparcida al pie del despeñadero.

 

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“Lizer”: Archivo personal


Aguanta Lizer, el apacible poni, la prolongada sesión de cepillado a que lo somete Jenabou, animado por los puñados de zanahorias troceadas que la niña le acerca al hocico de vez en cuando. “Bien guapo has quedado, monín. Quietecito ahora, que te voy a leer una historia”, le dice, y cabecea el pequeño équido, como si la comprendiera, ante el libro de Ana Griott que la niña acerca hasta sus ojos, casi ocultos por el tupé de brillantes y largas crines.

Juaquín de [Casa] Foncillas compró el poni a unos feriantes que se lo ofrecieron a muy buen precio. En la documentación que le entregaron le calculaban a Melaza —que así se llamaba entonces— unos once años y óptimas condiciones de salud certificadas por un veterinario colegiado, aspecto este último que resultó no ser cierto porque, como sospechaba Juaquín y se comprobó días después mediante una ecografía, el animal sufría una fuerte tendinitis, nunca tratada, en las cuatro extremidades, amén de importantes insuficiencias vitamínicas.

Al abuelo Foncillas, el padre de Juaquín, no le gustó el poni, no por el dispendio ni el estado del animal, sino por lo inapropiado de mantener con la yeguada de monte a un equino que, por muy vistoso que fuera, no aportaba nada, según sus palabras, al negocio de la cría caballar. Así que Melaza, renombrado Lizer, se quedó en los establos como un exótico ejemplar al que los contratantes de excursiones por la montaña acariciaban pero que nadie, ni siquiera los niños, podía montar, prohibición de la que quedó exenta, años después, la hija de la veterinaria —la pequeña Jenabou—, nacida el mismo año de la llegada del poni al Barrio, y que goza de la prerrogativa de pasear sobre Lizer, que tiene ya veinte años, por las inmediaciones de los establos de la yeguada.


Discurre la mañana soleada; dormitan los mastines junto al vallado y pastan las yeguas, indolentes, en los islotes de hierba del prado que linda con la acequia; susurra la niña historias de erizos y leones y mece ligeramente la brisa las suaves guedejas de Lizer, inmóvil bajo la encina.

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“Salto de Roldán, puerta de Guara”: Archivo personal


En la lejanía, Sen y Men —también llamadas San Miguel y Amán—, las dos bizarras peñas rojizas, velan el apacible recorrido del río Flumen, su cantero, que las pulió y conformó a su capricho, haciéndolas únicas y bien reconocibles sus perfiles enmarcados en la Sierra de Guara.

Abocado hacia las señoriales moles, cabalgaba raudo, a vida o muerte, el caballero franco Roland, la mítica y templada Durandal al cinto, golpeándole el muslo, y el ágil Veillantif, con las crines apelmazadas por el sudor y las vísceras agitadas, apenas a tres cuerpos del ejército sarraceno de Saraqusta, que perseguía, formando una inmisericorde polvareda, al sobrino del emperador Carlomagno y osado irruptor en la bien protegida Marca que tenía el Califato de Córdoba en el noreste peninsular.

Acorraláronle, por fin, los musulmanes en el promontorio de Men, con el abismo cortándole cualquier asomo de escapatoria. Ya susurraban las aguas del Flumen dolientes cantos funerarios al fondo del despeñadero, cuando el noble guerrero, aferrando con desesperada decisión los correajes del corcel, lo espoleó marcha atrás, hacia el murallón humano que formaban sus acosadores, para, a continuación, dar la vuelta y lanzarse, afianzado en aquel lomo palpitante, hacia el abismo.

Volaron caballo y caballero, como si de un único cuerpo se tratara, en demencial salto por encima del profundo lecho mortuorio que separaba ambas rocas y, ante el asombro de la morisma, aterrizaron los cascos de Veillantif, con un sonido brutal, en la cima de la peña Sen.

Allí mismo, al borde del derrumbadero superado, cayó reventado por el esfuerzo el valeroso caballo, dejando para la posteridad, como recuerdo de su inmortal hazaña, la huella de sus cascos anteriores labrada en el resalte del peñasco.

Llorole y enterrole el caballero mientras las tropas sarracenas de Saraqusta, desde la otra peña, contemplaban, impotentes, al enemigo invicto.

A pie marchó Roland, indemne, hacia Ordesa, para encontrarse con el destino que algún día narrarían los trovadores allende los Pirineos. En la sierra, Sen y Men, notarias de la arriesgada proeza, terminarían aunadas, en la memoria colectiva, con el evocador nombre de Salto de Roldán.

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“Al pie del roquedo”: Archivo personal


Tres escalones de sedimentos —caprichosamente compactados y moldeados por centurias de arremetidas hídricas— llevan hasta la base del irregular roquedo calcáreo, de falda cuarteada, que rodean los barranquistas en primavera para acceder a la angostura desde donde se traslucen las pozas desbordadas del río que culebrea entre las rocas.

A escasa distancia de la cima de la masa pétrea, se templa al Sol el óxido acumulado en la escala ferrosa incrustada en la piedra, que facilita, sin apenas vibraciones, el ascenso hasta la cúspide limpia y plana. Jenabou, con las cuerdas del arnés fijadas por su madre a los anclajes del peñasco, saluda, henchida, a maman Malika, que contempla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás, a su hija y su nieta. «¡Descended ya, que me da vértigo veros!», les grita. Y una cascada de risas se precipita, anárquica, por la hollada mole.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

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“Atmósferas”: Archivo personal


En tanto aún apacienta —extenuado— el otoño los meses umbríos, sestea —indolente— el invierno, entre pedrizas, barrancos y encinares.

Descienden —rudos y anhelosos— cinco goterones y medio al instante absorbidos por la arcilla meliflua que engrosa las suelas de las botas y obliga a gemelos y sartorios a probar su fortaleza entre las peñas forradas de verdín que acotan las estrecheces de la vereda silvestre.


Dance de cirros que pardean y viran vestidos con tutús blanquecinos bajo el telón añil que los custodia.


Clarea el lomo encrespado de la sierra y se bate el cierzo tibio contra hierbas, ramas y los cuerpos ágiles que, arrebozados en impermeables rojos, azules y anaranjados, incursionan —jadeantes— entre riscos porosos, vigilados por un ejército desmandado de nubes antojadizas.


Bajo el puente, reflejan las aguas mansas —tiernamente acribilladas por la lluvia— las figuras que recobran el aliento inclinadas sobre el pretil.


Al fondo, achaparradas a los pies del farallón donde resisten los buitres, se entrevén las primeras casas.

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“Flamas”: Archivo personal


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan»[1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos[2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará el próximo fin de semana, como hace cientos de años, la regocijada noche de los pueblos de la sierra de Guara, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.



NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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“La jorguina”: Archivo personal


 

«¡Bruja, rebruja, requetebruja!», salmodiaba la chiquillería que rodeaba al falordiero[1] Agustín del Correo. Cinco veces entonaban la retahíla, que empezaba con un ininteligible bisbiseo hasta convertirse en chillido que Agustín detenía con una palmada. Entonces, sacaba de uno de los bolsillos de la zamarra O Librer[2], un misterioso libro forrado en papel colado gris perla —con incontables lamparones— que contenía, según refería el fabulista, los nombres de todas «as bruxas d’a redolada»[3], sus historias, dichos, pócimas y conjuros secretos. Años después, cuando falleció Agustín y sus entusiastas oyentes ya eran adultos, se descubrió aquel mágico librito en uno de los cajones de la cómoda de su alcoba. Se trataba de la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, de Miguel de Unamuno; actualmente se halla, con el manoseado papel que lo envolvía, en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, en la sección dedicada a brujería y fenómenos sobrenaturales, como póstumo homenaje a quien, indiferente a la historia real relatada por el eminente filósofo bilbaíno, lo convirtió en grimorio.


 

«El último Gran Aquelarre del año tenía lugar en Nochebuena», comenzaba Agustín del Correo, recorriendo con la mirada las caritas de aquel público que nunca se cansaba de escuchar tan repetida historia, a la que el cuentacuentos añadía siempre elementos nuevos. La chavalería, estimulada por la voz de Agustín, creía ver a Tía Eduvigis, la legendaria entendedera[4] del Barrio, aplicándose en rostro y axilas el ungüento de baba de sapo y néctar de amapolas majadas, sacudiendo su rama de sarmiento y subiéndose en ella para remontar, en la fría y oscura tarde noche decembrina, la Sierra de Sevil, sobrevolar el bosque de quejigos de Almazorre y aterrizar en el Puntón de Asba, lugar de encuentro de las brujas de la Sierra de Guara y aun de otras llegadas de localizaciones más alejadas.

Tía Eduvigis, que pasaba por bruja ante las autoridades eclesiásticas, no tenía tal reconocimiento entre las congregadas en Asba. Era, decía Agustín, una visitadora del aquelarre, una mujer sabia cuyos hechizos se concentraban en la magia blanca, pero, tan poderosa, que hasta el mismo diablo, admirado, la requería a su lado para debatir determinadas cuestiones. Las jorguinas la invitaban por el prestigio que suponía su asistencia y para contentar al demonio, que nunca perdía la esperanza de convertirla en leal vasalla.

En Asba, aquellas mujeres, la mayoría añosas y nada atrayentes, se metamorfoseaban en lozanas jovenzuelas que danzaban alrededor del Luzbel adolescente, hermoso, de cuerpo apenas hirsuto y extraordinaria melena caoba que la Luna hacía destellar imprimiendo reflejos en los cuerpos desnudos de las mujeres bailarinas. Solamente los pies del falso Adonis, en forma de pezuña de buco[5], señalaban su condición no humana.

«Nevaba cerca de la medianoche en el Puntón de Asba, entre contorsiones brujeriles, y se despedía la visitadora Tía Eduvigis de sus compañeras y del Patriarca del Averno…». Subida a la rama de sarmiento, la entendedera regresaba al Barrio a la hora exacta de la Misa del Gallo. El vecindario aguardaba; no la veían surcando montículos y tejados pero intuían su presencia. «A las doce, el portalón de la iglesia se abría sin mano humana que lo acompañara y entraba ella, Tia Eduvigis, transmutada en la gata Angunias, un espléndido ejemplar felino de espeso pelaje negro y con una característica inusual: los cuartos traseros y la cola eran tan blancos como la nieve que cubría la localidad. Cuando Angunias se acomodaba, solitaria, al fondo, bajo la pila bautismal, comenzaba la misa…». Nadie miraba atrás, pero a todos, incluido el anciano mosén[6], les reconfortaba saberla allí. Cuando, un tiempo después, Tía Eduvigis fue imputada como Adoradora del Maligno por la Iglesia y realizó el prodigio de su propia desaparición, la gata Angunias se volatilizó con ella. Ninguna de las dos volvió a ser vista jamás.




NOTAS

[1] En aragonés, cuentista, cuentacuentos.
[2] Id., El Librito.
[3] Id., las brujas de los alrededores.
[4] Id., mujer sabia, sanadora, experta en las fuerzas de la Naturaleza y el mundo de las Ánimas. Las entendederas fueron perseguidas por la Inquisición y catalogadas como brujas. Una famosa y bien documentada entendedera, en las inmediaciones de la Sierra de Guara, fue Dominga Ferrer, conocida como Dominica La Coja, condenada a la hoguera pero fallecida a causa de las torturas a las que fue sometida.
[5] Id., macho cabrío.
[6] Id., sacerdote.

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