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Archive for the ‘El gato en la atalaya’ Category

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“Entre pastos”: Archivo personal


Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera [*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.



NOTA

[*] En Arag., cañada.

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“A zequieta”: Archivo personal


Las útimas borrajas, lechugas y verduras tardanas de la temporada, a la derecha. En el centro, henchidos calabacines y níveas cebollas babosas. Detrás, hacia la izquierda, creciendo todavía, patatas, judías, tomates, pimientos, berenjenas, melones, sandías…

Asoman, al fondo, las primeras matas del tradicional plantío de albahaca junto a dos zonas rectangulares y despejadas que pronto acogerán la siguiente tanda de moradores vegetales. Y rodeándolo todo, en jugoso cercado, dos cerezos, tres manzanos, dos albergeros, una higuera y dos olivos más que centenarios recién trasplantados.

Acarician el Sol, el agua y las manos entusiastas la tierra bendecida con la vida.


A medio kilómetro de la pendiente del basón [*] y con la primera sección paralela al azud del río, discurre la acequia de Fontolla  familiarmente llamada A zequieta—  que, “de toda la vida”, en palabras de la gente mayor, ha regado los huertos de la zona baja del Barrio. El primitivo canal de riego aparece ya con ese nombre, a zequieta Fontolla, en la documentación que, sobre una disputa por lindes allá por el siglo XVIII, se conserva en el Ayuntamiento. Modernizada y ensanchada la estructura, A zequieta conserva la mayor parte de su antiguo curso y sus brazales, con todas las boqueras  salvo las dos que sirven de aliviadero  controladas por un ordenador  que también regula el aforo hídrico para mantener la cota-caudal requerida en cada tramo—  instalado en la denominada Caseta del Agua y alimentado por energía fotovoltaica.



NOTA

[*] En aragonés, balsa, charca.

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“La crecida”: Archivo personal


Tras la tormenta, bajaba el agua, despendolada, por el arroyuelo que ejerce de aliviadero de las crecidas del río, convirtiendo en barrizal intransitable el atajo que acorta el camino a los huertos del sur del Barrio y parte de la pista ancestral de tierra que el vecindario de la urbanización acostumbra a utilizar para acceder a la carretera asfaltada. A las siete de la mañana se había producido en la hondonada un atasco de vehículos entre quienes se dirigían a la ciudad, empecinados en mantener una ruta que, con cuatro gotas, deriva en lodazal. “Mira que son cabezones…”, decía Lurditas, la alguacila, en el bar del Salón Social. “El Rafael despotricándome por teléfono para que fuera a remolcarlo con el tractor… ¡Las narices! Como si no tuviera otro quehacer que resolver las gilipolleces de algunos… ¿No tienen la carretera del desvío…? Pues que la utilicen, que para eso está”.

Antes del mediodía, ya se rumoreaba en el pueblo que Rafael de [Casa] Artero y María Petra, la alcaldesa, habían tenido —en las oficinas donde ella trabaja— un durísimo enfrentamiento verbal a propósito de la actitud de la alguacila, exigiendo Rafael que en el siguiente pleno se tratara de la idoneidad de Lurditas para el puesto que ocupa como contratada laboral del Ayuntamiento. En el Barrio, donde Lurditas es muy apreciada y Rafael apenas tiene valedores, las andanadas del hombre, que incluso dejó en el mostrador del bar del Salón Social un pliego de recogida de firmas contra la trabajadora, apenas ocuparon unos minutos de charla de café y un repiqueteo de carcajadas.

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“En el corazón del monte, II”: Archivo personal


Siete u ocho gotas desprendidas, acaso por azar, de un nimbo ceniciento con pretensiones de nubarrón saludan el regreso de las paseantes que cruzan la gravera en dirección al Barrio. Arriba, en el Campete Blasito, verdea el serpol a ambos lados del senderillo que antaño llevaba a los arnales [FOTO] donde las abejetas cumplían su ciclo productivo estimuladas por las floridas esencias nectarinas que proclaman, aun hoy, el estallido de la primavera. Cerca de allí, bajo las viejas carrascas que otean el río, armaba el señor Anselmo, con cañizos y barro, las arnas [1] troncocónicas que apreciaban las abejas y encandilaban a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, entre efluvios de romero y la voz aguardentosa del hombre de manos artesanas narrando las innumerables vicisitudes de sus siempre presentes y admirados compañeros muertos. “Gitaneta”, le decía a la pequeña, “acuérdate de estos nombres… Alaiz, Samblancat, Maurín”, y enlazaba la anécdota de Ramón Acín dándole a Luis Buñuel el dinero ganado en la lotería para que pudiera realizar la película Las Hurdes, con la emotiva historia del tenor valenciano Lizondo entonando el Adiós a la vida de la ópera Tosca en el momento de ser pasado por las armas en Zaragoza.


Quince, treinta, cien gotas persiguen el andarín compás de las mujeres cuando dejan atrás el invernadero y llegan junto al orgulloso y altivo Torrollón [2] de tantas andanzas infantiles. Apenas son las nueve de una mañana agrisada cuando, ligeramente humedecidos los cabellos bajo las capuchas, toman asiento alrededor de su mesa de siempre del bar del Salón Social y sale Olarieta  —delantal a cuadros rojos y verdes—  con una bandeja de tostadas de tomate rallado, jamón y huevo a la plancha que liberan atrayentes emanaciones.






NOTAS

[1] En arag., colmenas.
[2] Id, formación rocosa de arenisca erosionada que semeja una torre solitaria en medio del paisaje.

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“Castillo de Montearagón (detalle)”: Archivo personal


Discurre el primer tramo del Camino Viejo entre las naves del polígono industrial, bajo un Sol que, a las nueve de la mañana, apenas despunta desde el cielo azul desvaído que surcan, en vuelo atropellado desde el oeste, bandadas de estorninos. Yace un gato muerto en el último metro de arcén, antes de que el asfalto retorne a ser sendero terroso y solitario jalonado de hierbas bien nutridas, con el familiar recorte de la sierra amurallando el norte y la silueta de arenisca del castillo  —bajel varado—  agrandándose conforme los pasos se encaminan a la última morada de Javier Tomeo (1932-2013).


Fue una tarde de mayo  —o de junio—  de hace doce  —o trece—  años. En la Feria del Libro. Tarde recalentada, como agosteña. El autor, momentáneamente solo, muy serio y, quizás, aburrido, en una caseta sobre la que desparramaba el Sol su potencial soberbia. Ella y él acercándose, sacando de la bolsa de tela los tres libros manoseados y depositándolos en el mostrador. Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes. Cuentos perversos. El gallitigre. “Estos libros ya tienen años”, dijo el autor. Sonreía. No les preguntó sus nombres ni a quién o quiénes querían que los dedicara. Escribió: “Con gratitud”. Exactamente lo mismo en los tres libros. Debajo, su firma. Les tendió los libros uno a uno, muy, muy despacio, casi reteniéndolos. Hubo un atisbo de sonrisa y un leve encogimiento de hombros cuando se acercó un periodista de Radio Huesca y le ayudó a colocarse unos inmensos cascos. Ella y él se despidieron del autor con un movimiento de ojos y marcharon con la gratitud escrita de Javier Tomeo y un tropel de preguntas retenidas en las comisuras de los labios.


El firme del sendero va suavizándose, reblandeciéndose cerca del barranco donde los cuatro pilares del acueducto del siglo XVIII preceden a otra joya hidráulica de origen romano [FOTO] datada en el siglo II d.C. que pervivió oculta cientos de años en el fundus que, otrora, quizás fuera miliario de la vía Osca-Ilerda y que, hoy, pies nuevos hollan dejando sobre el limo  —en dirección a Quicena, donde Tomeo reposa—  caducas huellas sin historia.


Van pasando los años, pero los paisajes, en líneas generales, permanecen fieles a sí mismos. Ahí continúan pues, invariables, ocupando todo el horizonte, el enorme lomo de la Sierra de Guara, el Tajo de Roldán y, escorado hacia la izquierda, el pico de Gratal. Más cerca, casi al alcance de la mano, está ya el castillo de Montearagón, nuestro castillo de Montearagón, resistiéndose heroicamente a convertirse en un informe montón de piedras. Hoy, como ayer, sus entrañables ruinas continúan presidiendo el Somontano y, vistas desde lejos, conservan incluso la misma silueta que tenían varios lustros atrás. – Javier Tomeo Estallo.

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“Aroma a canela”: Archivo personal


Vagabundean los efluvios de los alhelíes alrededor de las mesas de la terraza del bar del Salón Social, entremezclándose con el aroma a canela de las torrijas que la atenta Olarieta, cocinera y regente del establecimiento, va repartiendo entre la clientela —autóctona y forastera— que disfruta del primer domingo de una primavera tímida y ventosa.

Las miradas de la familia de turistas —abuela, madre y un chiquillo de no más de tres años— se centran en Meterete, la cigüeña, que, despreocupada del deambular humano por la plaza, zascandilea bajo el emparrado del jardincillo de la Casa de Turismo Rural. “¿Vive aquí todo el año?”, pregunta la madre forana señalando al ave. “Oh, sí. Por aquí las cigüeñas se ven todo el año. En los nidos de la iglesia hay cuatro parejas viviendo, pero en los alrededores del pueblo hay algunas más. A esa la llamamos Meterete. Es la más vieja de todas”, le explica Olarieta.

Junto a la puerta de la Asociación de Cultura Popular, en cajas multicolores apiladas y colocadas a modo de estanterías, se exhiben los libros de la Biblioteca Infantil al Aire Libre que las criaturas interesadas ojean —respetando la norma de mantener las manos atrás—, solicitándole a Feli, la bibliotecaria de turno, el ejemplar que desean leer. “Feli, dame el de los dragones”. “Feli, que me llevo el libro a mi casa”. “Feli, no veo bien los libros que hay en la caja azul”. “Feli, ¿me atas la zapatilla?”. “Feli, échame más gel”…

Runrún de voces, risas y sonidos familiares. Ir y venir de bicicletas, un par de motos de pequeña cilindrada, pasos —muchos pasos—, algún coche que entra o sale del desvío a la Urbanización y, a lo lejos, los sones de la Charangueta Fara que ensaya sus popurrís en el frontón.

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“O cado rehabilitado”: Archivo personal


«A la Chilina la mataron los Perreques de un macucazo [1]». Así comenzaba la historia que la chiquillería del Barrio le pedía siempre a Agustín de [Casa] El Correo, a veces, en presencia del mismísimo Maximiner, el mayor de los Perreques, que cabeceaba con fingido gesto culpable frente a las miradas reprobadoras de los pequeños oyentes, que no parecían dispuestos a perdonar el suceso acontecido varias décadas atrás, a mediados de los años cuarenta.

Los Perreques y Agustín del Correo no superaban los ocho o nueve años cuando, en una de sus correrías por las inmediaciones del pueblo, encontraron una paniquesa [2] inmóvil, atrapada en un cepo, entre los torrocos [3] del Coto de Arriba. El trío, pese a su fama de ser más malos que una pedregada [4], se compadeció del animal y, con mucho cuidado, regresaron con él al Barrio, quedando bajo la custodia de Agustín, que convirtió una vieja zolle [5] en desuso en cado [6] del mustélido. Durante una semana cuidó de la paniquesa aplicándole, en la herida abierta por el cepo, «trapos empapados en agua de la fuente y un poco del emplasto que me ponía mi madre cuando me dolía la garganta».

Sorprendentemente, la paniquesa, a la que bautizó como Chilina, se recuperó, no se sabe bien si por tan curioso tratamiento veterinario o por la fabulosa dieta de ratones, topillos y avecillas que cazaban los Perreques y el propio Agustín para su nueva amiga.

Cerca de dos meses llevaba Chilina en su novedoso hábitat y, al parecer, «muy a gusto, porque tuvo muchas oportunidades de escaparse y no lo hizo», cuando sucedió la tragedia.

Los Perreques tenían montado, junto con su padre, un pequeño e ilegal negocio de venta de pájaros —codornices, perdices, zorzales, pichones…— que capturaban con besque y en el que Agustín colaboraba a cambio de alguna que otra perrilla gorda. Las pequeñas aves se guardaban, hasta su venta, en una jaula conejera instalada no lejos de la vieja zolle de Chilina. Y ocurrió que, durante las fiestas del pueblo, se despreocuparon, durante dos días, Agustín de la paniquesa y los Perreques de los alados de la conejera. Cuando quisieron enmendar su error, Chilina ya había accedido a la improvisada pajarera; las aves que el animal no se había comido estaban muertas o se habían escapado.

Los Perreques y Agustín encontraron a Chilina en la zolle, todavía con los restos del festín. Y, entonces, uno de los Perreques  nunca precisó Agustín si fue el mayor o el pequeño—  agarró el mango del jadico [7] que servía para apuntalar la puerta de la zolle y asestó un golpe en la cabeza del mustélido; Agustín se interpuso para evitar que siguiera golpeando al animal, pero no fue necesario. Chilina, la paniquesa, estaba muerta.

A Chilina la enterraron en el pedregal del meandro del río. El padre de los Perreques castigó duramente como entonces se castigaba, sin contemplacionesa sus hijos por haber perdido los pájaros, pero ellos nunca le hablaron de la paniquesa que vivió, durante dos meses, en la zolle vieja de Casa El Correo. Pasaron muchos años hasta que Agustín, cuentacuentos oficioso, incorporó la historia de Chilina a sus relatos orales. Fue siempre la más demandada.


Y aún sucede que, en las representaciones callejeras, Chilina, antigua realidad transformada ya en fantasía, regresa.






NOTAS

[1] En arag., golpe en la cabeza.
[2] Id, comadreja.
[3] Id, piedra de tierra.
[4] Id, granizada.
[5] Id, pocilga.
[6] Id, madriguera.
[7] Id, azada pequeña.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 21 de febrero de 2015.

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“Grullas en la alberca”: Centro de Interpretación


Al atardecer, una nube batiente y sonora se entremezcla con los primeros destellos anaranjados del ocaso. Las grullas regresan, menos numerosas que en otras temporadas, con su atronador trompeteo y en indisciplinada formación, a los dormideros próximos a la alberca, donde reposan tras su travesía desde el sur. Descienden apresuradas, indiferentes a quienes, en las cercanías, las contemplan con arrobo. Recorren el entorno conocido con sus pausadas y elegantes zancadas, ojeando el humedal con el buche aún dispuesto para la recena.

Anochece y la algarabía se atenúa. Duermen las aves arrulladas por los quejidos de la tierra avasallada por las pisadas humanas que reculan y se alejan. Rugen los coches e iluminan los faros la vecina sierra que, en pocos días, remontarán los gruidos para sobrevolar las crestas pirenaicas y dirigirse a sus hábitats del norte de Europa y Asia. Marchan los intrusos y los alados huéspedes migrantes de la alberca de Alboré sueñan entre sisones, garcillas bueyerasgangas, gaviotas reidoras, somormujos lavancos, aguiluchos laguneros y algún tímido galápago leproso.

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“Donde el monstruo acecha”: Archivo personal


Al otro lado del muro de sombras esperaba, agazapado, el Ensundiero [*]. O eso contaban, circunspectos, los chicos mayores que habían sobrevivido a la niñez vigilada por el sacamantecas, que aguardaba, inquieto y expectante, allí donde las luces del Barrio sucumbían ante la noche tenebrosa.

El Ensundiero  achaparrado, velludo y cuellicorto  controlaba con sus ojos ambarinos que, a veces, se veían brillar entre la negritud que rodeaba la protectora solidez familiar de las casas los pasos infantiles; relamíase escudriñando los ágiles cuerpecillos que, entre juegos, correteaban hasta casi rozar el entrepaño de penumbra donde agonizaban los destellos de las farolas. Entonces, estiraba sus brazos acercándolos a las tinieblas, arqueaba sus dedos sebosos de uñas largas y sucias y manoteaba al aire a la par que el grito de terror de alguna criatura avizora paralizaba el juego y la chiquillería corría a guarecerse en la plazuela bien iluminada, hasta donde el engendro jamás se había atrevido a avanzar.

Y allí, en la plaza, con las luces reinando sobre la oscuridad, los pequeños disimulaban el miedo y voceaban, desafiantes: “¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero!



NOTA

[*] Personaje fantástico que aguardaba a las afueras de los pueblos para atrapar a niños y niñas, quitarles la grasa (ensundia, en aragonés) del cuerpo y engrasar con ella las ruedas de su carro. Es el equivalente del Hombre del Saco y del Coco.

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“Bacanal ventosa”: Archivo personal


Golpeaba, rabioso, el cierzo las gabarderas ateridas que festonean el camino terroso que lleva al antiguo nevero artificial. En el repecho de arriba, cobijadas de la furia del aire tras un solitario farallón, jadeaban, baldadas, las caminantes —apenas una franja de rostros enrojecidos entre gorros bien encajados y tapabocas—.

Bramaba el viento. Aullaba y amenazaba. Aguardaba, embravecido, a sus acorraladas presas.

Cuando, por fin, las figuras femeninas iniciaron, corcovadas, el descenso hacia el abrigo de los muros de las casas, arremetió el vendaval contra sus víctimas, en mortificante zarandeo que las hacía trastabillar, las agrupaba, las alejaba… Mas ellas, con el ánimo engallado, aprovecharon el impulso ventoso para ganar el chaflán de la primera edificación.

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