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Posts Tagged ‘anarquismo’

“Versión de ‘Las Pajaritas‘ de R. Acín”: Archivo personal


«…cuando yo tenía la edad que ahora tú tienes, junto con Samblancat y otros amigos sacamos en Barcelona, allá por el año 1913, una publicación intitulada ‘La Ira’. Ya puedes deducir por el simbolismo de esta palabra cual sería el contenido de nuestro anhelado periódico, del que nos servíamos para poner en la picota injusticias, abusos y cuantos males sociales llegaban a nuestros oídos; pero no es de esto de lo que hoy me reprocho. Me entristece, eso sí, el recuerdo de aquel lenguaje; un lenguaje insultante, impregnado de agresividad y casi en los lindes de lo grosero y soez algunas veces. Equivocadamente creíamos en nuestro «sublime» papel de agitadores cuando sólo éramos pobres seres agitados por un impulso incontrolado que restaba valor informativo al mensaje y descalificaba a quienes lo emitían. Te cuento esto por si de algo puede servirte el fruto de mis experiencias y reflexiones; porque aun admitiendo que pueda ser cierto lo de que ‘nadie escarmienta en cabeza ajena’, he pensado que tratándose de un joven inquieto como tú, deseoso de ver incrementado el nivel cívico y cultural de su pueblo y que al mismo tiempo participa con ilusión en el proyecto libertario, entenderá a la perfección que con nuestra expresión violenta e incongruente, lo que conseguíamos era asustar a la gente y suscitar su rechazo hacia los ideales de liberación y de solidaridad humana que decíamos defender. A mí me parece que es más rentable y a la vez susceptible de aportarnos íntima satisfacción, intentar atraernos a las gentes por la fuerza de nuestros razonamientos, y que expuestos con ademán seguro y resuelto pero exento de nerviosismos y estridencias y permaneciendo abiertos siempre al diálogo con todo el mundo, nos harán acreedores a la confianza y respeto de quienes no nos comprenden todavía y habremos ganado la batalla al egoísmo y a la indiferencia que predominan por doquier».- RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Palabras dirigidas, en 1931, a su joven correligionario FÉLIX CARRASQUER LAUNED (1905-1993).


Ante la tumba donde el maestro Acín, vejado y fusilado, duerme para la Historia junto a Conchita, su compañera martirizada y asesinada, y Sol y Katia, las hijas sobrevivientes obligadas a retener las lágrimas durante décadas desgarradoras, se detiene el caminante libertario acribillado por la lluvia que descarga su incruenta ira sobre lápidas, monolitos y ramos decaídos. Brava, oscurece la tormenta el recinto mortuorio y apremia a los deudos tardanos, que reculan, ágiles, hacia el lodazal del aparcamiento. Permanece el caminante, a modo de estela funérea latiente, ante la losa sepulcral hasta que la encargada del camposanto, cubierta con un chubasquero amarillo con franjas grises, vocea: “¡Oye, que tengo que cerrar!”, y lo devuelve al presente y a la lluvia; a sus ropas empapadas y al frío que le recorre la epidermis y lo estremece. “Ya voy. Perdona…”, musita; y camina hacia el exterior tras la mujer.

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“Periferias”: Archivo personal


Regresó el frío asido al oleaje del cierzo, barriendo la modorra gatuna de los tejados. Vino para quedarse y reinar en galerías y alcobas, patios, fresqueras y en los cuerpos, livianos de ropajes, que prenden cerillas en un fajo de periódicos y astillas bajo los troncos gruesos o trajinan, con la torpeza en los dedos, sobre la esperanzadora ruedecilla del termostato para conjurar la glacial superficie de los radiadores.

[…]

Domingo de urnas hambrientas, ilusiones y hastío.

[…]

Saltan, impacientes y gráciles, los gorriones pedigüeños que aguardan a los viejos fumadores que mojan madalenas en el café con leche en las mesas exteriores de la cafetería, sombreadas por las nubes de estorninos ruidosos en compacta cabalgata hacia el extrarradio vegetal.

Satur, el chapista jubilado, se acomoda en una de las desgastadas sillas y, sin alharacas de mago, llueven de sus manos cientos de granos de alpiste que el cierzo arremolina y los gorriones, apelotonados, degustan, indiferentes al tránsito humano que enfila, sin apresurarse, hacia el colegio electoral, pasadas las nueve y media.

En la mesa del viejo Satur, junto al café con leche y el platito de las madalenas, una hogaza de pan de chapata asomando de su bolsa de papel, un paquete de Ducados con un mechero de propaganda y una edición de bolsillo, muy manoseada, de Diario para los que creen en la gente, de Francisco Candel.

[…]

Domingo de urnas hambrientas, ilusiones, hastío y viejos anarquistas que fuman y conversan entre lanzadas de frío y gorriones nunca suficientemente saciados.

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“Quietud”: Archivo personal


Desayunan entre aromas, retiñidos y bisbiseos, concentrados en los líquidos y viandas que sus estómagos acogen con complacencia antes del comienzo de una jornada laboriosa. Sobre la mesa, una fotografía; fue tomada, les han dicho, en 1979, en un descanso del baile de las fiestas de la localidad, el año que la Corporación Municipal contrató a la orquesta Osca, grupo musical muy reputado entonces en la provincia. En la imagen, una atractiva y jovencísima Olarieta posa junto al elegante y maduro señor Anselmo, el Anarquista, y, en medio de los dos, uno de los músicos, muy sonriente, vestido con una suerte de mono azul cielo con mangas de volantes en las que, pese al tono mate de la fotografía, resaltan infinidad de brillos. “¿No reconoces al músico, Gorka?”, pregunta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Y ante el gesto de extrañeza del hombre que la acompaña, añade: “Pues me han contado que fue tu brigada en el cuartel y el director de la banda militar en la que tocabas los platillos”. “¡No jodas! ¿Es Sampériz?” “Ese mismo”. “Muy buena gente, el tío”, suspira Gorka, que durante su servicio militar voluntario se ocupaba de la puesta a punto del coche del brigada Sampériz amén de hacer uso subrepticio del vehículo para pasear a su colección de novietas.


José Luis Sampériz Morera, músico militar, integrante de la afamada orquesta Osca y director de la Banda de Música oscense, nacido en 1934 y fallecido en 2011, fue, además, sobrino carnal de dos grandes intelectuales de ideas anarquistas, los hermanos José y Cosme Sampériz Janín. José[*], escritor, periodista e integrante del Comité Ejecutivo de la CNT, se refugió en Francia tras la guerra española, alistándose en la 118 Compagnie de Travailleurs Étrangers; fue apresado por los nazis en Dunkerque y llevado al campo de concentración de Mauthausen. El 26 de septiembre de 1941, enfermo y extenuado, falleció en Gusen, en un anexo del campo de exterminio. Su hermano Cosme, pedagogo vanguardista, fue asesinado, el 8 de mayo de 1937, en un enfrentamiento con colectivistas libertarios, que lo acusaron de haberse adscrito a la ideología comunista, siendo arrojado su cuerpo al río Cinca. Otro hermano, Ricardo Sampériz Janín, murió a consecuencia de un bombardeo. José Luis, el sobrino músico y militar, nunca olvidó a sus tíos, a quienes llegó a conocer de niño, ni las huellas que la guerra (in)civil dejó en su familia; fue, como dicen quienes le trataron, un hombre bueno a quien Huesca recuerda con el apelativo que se le dio como director y compositor de la Banda de Música: Maestro Sampériz.


NOTA

[*] En 1998 se publicó el libro José Sampériz Janín (1910-1941). Un intelectual de Candasnos asesinado por los nazis, escrito por Valeriano C. Labara Ballestar.

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“De asueto”: Archivo personal


Mientras los debutantes The Luperzios se afanan, con desastrosos resultados, en amenizar con su música desacompasada el tramo vespertino de la fiesta del camping, la mayoría de los asistentes forman corrillos convenientemente alejados de los bafles, hurgan en el puesto de venta de camisetas, carteles y libros —agotándose los siete ejemplares expuestos de Altasu. El Caso Alsasua— o se instalan, con sus bebidas, en los bancos del porche cubierto que se halla al lado de la casilla de recepción. Solamente mam’zelle Valvanera —“Los pobrecicos tocan de pena, pero bien hay que darles una oportunidad”, comenta— y Agnès Hummel, sentadas las dos en sendas sillas de plástico junto a tres o cuatro niños bailones, parecen atender a los cinco músicos adolescentes que desgranan y destrozan a Kortatu, Subterranean Kids, Eskorbuto, Barricada y La Polla, construyendo unos acordes tan irreconocibles que únicamente se sabe a qué históricos del punk, rock y hardcore remedan porque así lo dice el cartel anunciador de la entrada.

La melé ácrata comenzó pasadas las dos y media de la tarde del sábado, con el menú vegetariano elaborado por Mª Ríos, chef oficiosa del gastropub Mia-te tú, cuyos responsables son, también, los encargados del camping (abierto de abril a octubre), centro de actividades senderistas y barranquismo.

Ensalada de tomate rosa con olivas negras y tostada con queso de cabra, risotto de boletus y marcaspone, pimientos del piquillo rellenos de pisto y carne de soja y, de postre, tartaleta de frutas con helado; agua de Veri, vino del Somontano, pan, café o infusión. A 15 euros por persona; con degustación libre de cerveza, pacharán y anís de Colungo, todas bebidas de factura casera.

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“Rojo”: Anztowa


A Juana Mari —vieja compañera de colegio de Agnès Hummel y abuela de Gorka— la conocieron personalmente durante las fiestas de San Fermín, la noche del concierto de los raperos granadinos Ayax y Prok en la plaza de los Fueros, al que la señora se empeñó en acudir, situándose a pie de escenario, porque, dijo, quería entender “de qué va eso del hip hop”. “Si no reparamos en el salto generacional, no hay tanta diferencia entre lo que denuncian esos jovencitos y lo que defendía el querido Jean”, les explicaba al día siguiente a María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, en referencia al cantautor Jean Ferrat, con el que compartió, junto con Agnès, militancia en el Partido Comunista Francés y una firme amistad. “Los intereses sociales son los mismos en cualquier época”, proseguía. ”Los problemas del mundo no se solucionan a corto plazo sino cuando varias generaciones asumen que existen y establecen pautas para resolverlos”. Y recordaba a su padre, natural del valle de Salazar, que, apenas veinteañero, se exilió a Francia y se enroló en las milicias comunistas de la Resistencia Interior Francesa, colaborando con la cédula de inmigrantes que capitaneaba el irreductible luchador de origen armenio Missak Manouchian, detenido por colaboracionistas franceses y entregado a la Gestapo, que lo fusiló, junto con veintiún camaradas, el 21 de febrero de 1944. El padre de Juana Mari evitó la detención, tortura y muerte “por una minucia”, recordaba su hija: Había sufrido graves heridas en una pierna en el último acto de sabotaje llevado a cabo por el grupo de Manouchian. La minucia le supuso la amputación de la pierna por debajo de la rodilla pero lo salvó de una muerte certera. De su padre, que fue condecorado tras el fin de la guerra, heredó Juana Mari, nacida en 1946, el tesón en la lucha por la libertad y una militancia comunista de carácter antisoviético que la llevó a recorrer la misma senda del malogrado Jean Ferrat y la exquisita Agnès.



NOTA

L’Affiche Rouge es una canción de Léo Ferré con letra del poeta Louis Aragon, que homenajea al grupo de resistentes extranjeros del grupo de Manouchian. Está basada en el deleznable y famoso Cartel Rojo distribuído por los nazis y los colaboracionistas franceses para denigrar, presentándolos como vulgares terroristas, a los veintitrés resistentes asesinados por la Gestapo. En el libelo, que los nazis colocaron en muchas poblaciones de la Francia de Vichy, manos anónimas añadieron un “Muertos por Francia”, convirtiendo así el intento de vejar a los luchadores extranjeros en homenaje público póstumo.

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“Les feuilles rouges”: Archivo personal


Iliane entra, vocinglera, en la Biblioteca: “¿Pero a qué alma de cántaro se le ha ocurrido colocar a mi Canek junto al Che Guevara?”. Remarca ese “mi” con cierta fiereza posesiva, acentuando exageradamente la vocal mientras arranca, mas que coge, los dos libros de la estantería y los traslada al otro lado de la sala. “Mi Canek va en la zona de los anarquistas. A ver si nos vamos enterando”. Y sitúa 33 revoluciones y el primer volumen de Diario sin motocicleta entre un ajado libro de Emmett Grogan y El arroyo de Élisée Reclus. “Aquí están mejor”, dice. “Luego me ocuparé de colgar su fotografía”.

Canek Sánchez Guevara, peregrino existencial y disidente de realidades impostadas, huyó de ese Olimpo de Privilegiados donde la Cuba castrista acomodaba a los descendientes de sus Gloriosos Revolucionarios.
Nació en La Habana, el 22 de mayo de 1974, hijo de Hilda Guevara Gadea —hija, a su vez, de Ernesto “Che” Guevara y su primera esposa— y de Alberto Sánchez Hernández que, en 1972, formó parte del comando de la Liga de Comunistas Armados de Monterrey que secuestró y desvió a Cuba el vuelo 705 de Mexicana de Aviación. Alejado del fervor revolucionario de su padre y su famoso abuelo, empeñó sus energías en luchar contra cualquier imposición. En Cuba, formó parte de un grupo de punk-rock cuyos miembros eran considerados por las autoridades “jóvenes alienados por el imperialismo que querían destruir las instituciones de la isla”. Plasmó sus observaciones de esa época en la novela 33 revoluciones, que su padre se encargó de publicar como homenaje póstumo.

A los veintidós años, tras la muerte de su madre, Canek se marchó de Cuba. Aferrado a su mochila, su ordenador y su curiosidad, fue un errabundo militante y con sentimientos apátridas, amén de lector y escritor compulsivo que rellenaba cuartillas y más cuartillas con sus impresiones —que, a modo de crónicas, se fueron publicando en los diarios Milenio y Le Nouvel Observateur— ante el espectáculo de la vida que observaba en cada rincón que se convertía, momentáneamente, en su hogar. Sus experiencias viajeras por Europa y América se recogieron posteriormente en cuatro volúmenes, editados en España por Pepitas de Calabaza, bajo el título Diario sin motocicleta, juego de palabras que hace referencia al libro de viajes de su abuelo llevado a la pantalla grande como Diarios de motocicleta

El 21 de enero de 2015 la vida de Canek Sánchez Guevara se extinguió en la mesa de operaciones de un hospital de Ciudad de México, mientras se le sometía a una cirugía cardíaca. Tenía cuarenta años.

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“Donde la vista alcanza”: Gorka Zarranz Fanlo


[…]Al igual que cuestionar la nación no implica negar su existencia, cuestionar el nacionalismo tampoco significa menospreciar la importancia del sentimiento de pertenencia a una comunidad. Es obvio que el vínculo comunitario es fundamental, y que vivir en un mismo lugar, compartir una lengua, tener experiencias comunes, desarrolla relaciones solidarias, y crea un sentimiento de comunidad que se inscribe, muy profundamente, en nuestra subjetividad, y que moviliza intensamente toda nuestra afectividad. En cierto sentido somos la lengua que hablamos y la cultura que nos impregna, sin embargo, no hay razón alguna para ir más allá de ese simple reconocimiento.
El hecho de que pertenezcamos a una determinada cultura no implica que debamos identificarnos con ella asumiendo de paso su trasfondo patriarcal, homófobo y racista. El hecho de que nos haya tocado hablar una lengua no significa que tengamos que batallar para que se preserve y a ser posible se extienda, salvo que seamos nacionalistas.

La gran astucia del nacionalismo consiste en equiparar el amor al terruño y el amor a la nación, en trazar una equivalencia entre ellos, y en hacernos creer que constituyen un solo y mismo sentimiento. Sin embargo, el afecto por el nicho que nos ha visto nacer y crecer no es lo mismo que el amor por esa abstracción que es la nación, y extrapolar ese sentimiento a una entidad abstracta lo desvirtúa y lo transforma en otra cosa.
El apego a la tierra natal ni se aprende ni se enseña, simplemente sucede en el roce diario sin que nadie deba incentivarlo ni exaltarlo, mientras que el patriotismo, inseparable del nacionalismo, debe ser elaborado, enseñado e inculcado mediante sofisticadas operaciones de producción simbólica de la realidad nacional y mediante sutiles adoctrinamientos. El nacionalismo debe ser generado y mantenido de forma continuada por un conjunto de dispositivos institucionales dedicados a la producción de subjetividad. Aceptar el nacionalismo, o más aun, impulsarlo, es exactamente lo opuesto a lo que constituye una forma libertaria de habitar el mundo.[…]. – TOMÁS IBÁÑEZ, fragmento del artículo publicado en 2015: El Triángulo de las Bermudas. Independencia, nacionalismo y derecho a decidir.

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“Soledad”: Iris Bajú


«Si hay un espécimen que desmienta todos los malos clichés del anarquista como especie, ése es, sin lugar a dudas, Felipe Alaiz, quien sin dejar de ser fiel al movimiento àcrata a todo lo largo de su medio siglo de vida —discretamente— pública, no se sabe que haya arrojado ninguna bomba, se haya tragado ningún cura, se haya subido a ninguna mesa de café a soliviantar desmelenadamente los ánimos del público ni que se haya jamás rasgado las vestiduras como un energúmeno ante un juez venal o ante un senado hipotecado por el procónsul. Porque a Felipe Alaiz le horrorizaban los ruidos —cuanti más los bombazos—[…] ».- Francisco Carrasquer Launed: La eutrapelia de un aragonés irreductible: Felipe Alaiz.

El 8 de abril de 1959 murió  como consecuencia de una esclerosis pulmonar masiva  en el Hospital Broussais de París,  el olvidado escritor anarquista Felipe Alaiz de Pablo. Falleció igual que había vivido en los últimos años: pobre y solo. Pocos recordaban ya a aquel discretísimo hombre bajito, rechoncho y tocado, casi siempre, con boina. Había nacido setenta y dos años antes en Belver de Cinca (Huesca), hijo de un militar amante de los libros y de ideas liberales  que murió cuando Felipe era un niño—  y de un ama de casa de buena cuna para quien el hijo fue el centro de su universo. Tuvo, además, tres hermanas: Pilar, monja; Clara, maestra, y Mariana, costurera.

Su escasa estatura y sus problemas cardíacos impidieron que fuera piloto o marino, como soñaba el padre; en cambio, pronto destacó por su prodigiosa memoria y sus amplios conocimientos en diferentes campos del saber, fruto, como él mismo reconocía, de su pasión lectora. Pese a su buena aptitud intelectual, no cursó ninguna carrera y empezó a ganarse el sustento escribiendo artículos periodísticos en diversos medios. Influenciado por sus amigos, comenzó a interesarse por la filosofía anarquista que, finalmente, interiorizaría y asumiría manteniéndose fiel a ese ideario hasta el fin de sus días.

En Tarragona convivió con una familia gitana con cuya hija, Carmen, se ennovió formalmente; la cárcel, donde fue internado Alaiz por sus escritos antigubernamentales, y las contínuas idas y venidas del escritor de una ciudad a otra, terminarían separando a la pareja.

Hombre educado, frugal y nada fiestero, le horrorizaban los mítines  charlatanismo mitinero, decía—  y, aunque en alguna ocasión se prestó a dar conferencias, prefería la soledad de su habitáculo y la compañía de sus cuartillas, su pluma y sus libros; esta actitud y su negativa, ya en el exilio, a buscar un trabajo fuera de esas cuatro paredes, dada su maltrecha economía, que le obligaba a pedir dinero prestado para poder comer, le dieron, entre sus compañeros libertarios, fama de vago y sablista, aduciendo él en su descargo que su única habilidad eran las letras, aunque no fueran suficientes para su supervivencia.

Amigo de juventud de Joaquín Maurín, Ramón J. Sender  a quien llegó a reprochar sus flirteos con el comunismo—  y, sobre todo, de Ramón Acín  al que adoraba, escribió, tras el asesinato de este último, una conmovedora obra, a modo de semblanza, titulada Vida y muerte de Ramón Acín, donde, en una omnipresente Huesca, Felipe Alaiz describe, con ternura, las vivencias compartidas mientras va trazando la trayectoria vital de Acín hasta su fusilamiento en la misma ciudad que viera nacer y desarrollarse su amistad.

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“Hylotrupes bajulus”: Archivo personal

 

Cuentan que, poco tiempo después de finalizada la segunda Gran Guerra, el comprometido cantante Pete Seeger, actuando en una pequeña sala de un pueblo norteamericano, dedicó la primera canción  la vieja Hold The Fort—  a los anarcosindicalistas wobblies y al Batallón Lincoln. Años después, esa dedicatoria junto con otras actitudes de su vida personal y profesional, servirían como “pruebas incontestables de su antiamericanismo“. Las consecuencias fueron contundentes: encarcelamiento y ostracismo. Porque Hold The Fort, transformada en los años sesenta  en la versión de Seeger—  en un clásico del folk americano, fue, en las primeras décadas del siglo XX, el himno del combativo sindicato IWW, con cuyos miembros las autoridades se ensañaron hasta, en demasiados casos, el asesinato.


En 1919, segundo libro de la Trilogía USA, narra el magnífico pero olvidado escritor John Dos Passos la historia del wobbly Wesley Everest. Lo describe como un hombre joven, callado y sonriente, veterano de la I Guerra Mundial y excelente tirador, que recala en la sede del sindicato en Centralia mientras en la calle se celebra el desfile del Armisticio presidido por la Legión Americana, con cuyos miembros los sindicalistas del IWW mantienen constantes enfrentamientos.


«El Día del Armisticio fue frío y crudo; la niebla avanzaba desde Puget Sound y goteaba de las oscuras ramas de los abetos y los relucientes escaparates del pueblo. Warren O. Grimm mandaba la sección Centralia del desfile. Los exsoldados iban de uniforme. Cuando el desfile pasó por delante del local del sindicato sin detenerse, los leñadores que estaban dentro respiraron a gusto. Alguien silbó con los dedos en la boca. Alguien gritó:
—¡Adelante! ¡A por ellos, muchachos!
Y los exsoldados corrieron hacia la sede de los wobblies. Tres hombres echaron la puerta abajo. Un rifle disparó. Los rifles tableteaban en las colinas situadas detrás del pueblo, tronaban en la parte de atrás del local
»


Relata Dos Passos que Wesley Everest se ve obligado a disparar a los asaltantes antes de huir, junto a otros miembros del sindicato, perseguidos por la multitud. «Wesley Everest corrió hacia el río y empezó a vadearlo. Cuando el agua le llegó a la cintura se detuvo y dio media vuelta.
Wesley Everest se volvió para plantar cara, con una extraña sonrisa pacífica, a la multitud que le perseguía. Había perdido el sombrero y le goteaba agua y sudor de los cabellos. Se le echaron encima.
—¡Atrás! -gritó-. Si hay policías en el grupo me entregaré.
La multitud estaba ya sobre él.

[…]Disparó cuatro veces, después se le encasquilló el arma. Manipuló el gatillo y disparó hacia una de las personas que se encontraban en primera fila y la mató. Esa persona era Dale Hubbard, otro exsoldado, sobrino de uno de los grandes madereros de Centralia. Después tiró el arma vacía y empezó a luchar con las manos. La multitud lo apresó. Un hombre le rompió los dientes con la culata de una escopeta. Otro trajo una cuerda. Una mujer se abrió paso a codazos entre la multitud y le puso la cuerda al cuello.
—No tienen agallas para colgar a un hombre en este día -les dijo Wesley Everest.
Lo llevaron a la cárcel y lo lanzaron sobre el piso
[..]»


Pero como “ser rojo en 1919 era peor que ser pacifista o alemán en 1917“, la (desdichada) suerte del aserrador y sindicalista Everest ya estaba sentenciada. Aquella misma noche, la multitud, con la connivencia de las autoridades, asaltó, sin encontrar apenas resistencia, la prisión y se llevó a Wesley Everest, que fue torturado, mutilado, baleado y, finalmente, colgado de un puente en la madrugada del 11 de noviembre de 1919.


«La investigación judicial resultó ser un completo y macabro chiste. El juez del caso concluyó que Wesley Everest había escapado de la prisión, se había dirigido hacia el puente sobre el río Chehails, se había atado una soga al cuello y había saltado. Como la cuerda era demasiado corta, había tenido que saltar de nuevo rompiéndose, en esta ocasión, el cuello; además, se había disparado un tiro.
Tras sentenciar que se trataba de un suicidio, los restos de Everest fueron introducidos en una caja y enterrados.

Nadie sabe dónde está sepultado el cuerpo de Wesley Everest, pero los seis leñadores que apresaron con él fueron inhumados en la penitenciaria de Walla Walla.»

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“Lucernario”: Gorka Zarranz Fanlo


Entre el 4 y el 11 de julio de 1937 tuvo lugar en España el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en el que el Olimpo literario antifascista de la época celebró  en Valencia, Madrid y Barcelona  diferentes reuniones y ponencias para difundir su inquebrantable apoyo a la República sacudida por un año de guerra cuyo final y posteriores consecuencias ninguno de los afamados conferenciantes podía intuir.

A Barcelona acudió un joven Octavio Paz, recién casado con Elena Garro; en su carpeta llevaba un desgarrador poema escrito días antes, cuando le llegó el doloroso rumor de la muerte, en el frente de Aragón, de su amigo del alma José Bosch.


José Juan Bosch Fontseré, el amigo de Paz, nacido en Sant Feliu de Codines, en 1910, llegó a México con su familia en 1913. Instalaronse los Bosch en Iztapalapa, donde el padre, que había militado en España en la CNT, puso un establecimiento de venta de leche.

En 1929, un ya beligerante José Bosch, coincide con Octavio Paz en el mismo centro de estudios, compartiendo pupitre y una naciente amistad. “A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios. Yo le prestaba libros de literatura -novelas, poesía- y unas cuantas obras de autores socialistas que había encontrado entre los libros de mi padre”, escribiría Paz años después.

Bosch se convierte en indiscutible líder estudiantil, promotor de huelgas y altercados con las autoridades educativas. En 1930, una protesta universitaria, encabezada por José Bosch, contra el gobierno mexicano —aprovechando la visita de unos estudiantes de Oklahoma— tuvo como consecuencia la expulsión del país del joven anarquista, que acabaría dando tumbos por España  de donde también fue expulsado—  Francia, Alemania y Argentina, dejando a su paso su impronta ácrata. Finalmente, y gracias a la mediación de su padre desde México, José Bosch consiguió que las autoridades españolas revocasen su expulsión. Al iniciarse la guerra (in)civil, no tuvo dudas y se alistó en las milicias del POUM.


Aquel julio de 1937, en Barcelona, con su Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón temblándole entre las manos, se dispuso el poeta a leer su homenaje al amigo fallecido. Entonces, al levantar la cabeza, cuando, en palabras del propio Paz, “dirigí la vista hacia el público: allí en primera fila estaba José Bosch”. Los ojos de ambos se encontraron unos segundos. Había asombro en los de Paz y súplica en la mirada de Bosch, que abandonó la sala rápidamente. Cuando, acabado el acto, Octavio Paz y Elena Garro se dirigieron al exterior, un nervioso José Bosch interceptó al poeta; le contó que los comunistas estaban masacrando a anarquistas y poumistas, que su vida corría peligro y que necesitaba urgentemente que le gestionara un pasaporte mexicano para salir del país. Paz recordaría que “le dije que esa misma semana me iría de España. Me contestó: Dame el número de tu teléfono, te llamaré mañana por la mañana”. La llamada no se produjo.

Nunca volvieron a verse ni a comunicarse.


José Juan Bosch Fontseré sobrevivió a la razzia comunista, a la guerra y al franquismo. Nunca corroboró o desmintió lo sucedido aquel día de 1937 en su encuentro con el poeta mexicano.

Se cree que falleció en 1991.


«Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.»




BIBLIOGRAFÍA

Octavio Paz: El misterio de la vocación, de Ángel Gilberto Adame López.

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