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Archive for 29 marzo 2020

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“La espectadora”: Archivo personal


Se asientan los días en las expandidas pupilas de los gatos que rondan el fortín y acechan, ávidos de roces, los respiraderos tras los que las figuras humanas exorcizan las horas ensayando rutinas nuevas entre pensamientos viejos por los que levita el domingo, a ratos displicente.

 

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“Primavera”: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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“Donde el horror”: Archivo personal


“[…]Eduardo Cantos, el ex director de la cárcel, declaró haber estado presente aquel día en el interrogatorio de dos de los reclusos. De dos de los apaleados como Rueda. Y explicó que no se enteró de que les estuvieran pegando porque se encontraba de espaldas y hablando por teléfono. Eso dijo Eduardo Cantos con toda impavidez y sin que le temblara la grasienta papada. Qué apasionante llamada debía de estar realizando, qué espaldas tan impenetrables y graníticas, para que allí, en el morrillo de su corpachón, se estrellaran y perdieran los quejidos, los insultos, los alaridos, el redoble seco de los golpes. Así están todos, sordos y ciegos. Y a su paso van dejando un reguero de sangre […]”- Fragmento del artículo Década, escrito por Rosa Montero y publicado en el periódico El País el 16 de enero de 1988.


Un túnel de cuarenta metros descubierto en la cárcel de Carabanchel la mañana del día 13 de marzo de 1978 determinaría la muerte a golpes —“apalizamiento  generalizado, prolongado, intenso y técnico”, según harían constar los forenses que realizaron la autopsia— de Agustín Rueda Sierra —preso anarquista de 25 años y miembro de la C.O.P.E.L— en algún momento entre las diez y media de la noche del día 13 y las siete de la mañana del día 14. Otros siete presos [1] sufrirían en sus cuerpos la furia inquisidora desatada en aquella mañana carcelaria proemio de la muerte de Agustín Rueda a manos de sus carceleros; siete hombres lacerados que pondrían voz acusadora  al calvario del compañero muerto.

Alfredo Casal Ortega, uno de los compañeros torturados junto a Agustín, recordaba que, en las horas previas a la muerte del joven anarquista, “pedimos a gritos que viniera un médico, pero no obteníamos respuesta. Agustín tenía todo el cuerpo negro de los golpes recibidos. En un momento dado, que yo creo calcular que se correspondía con las dos de la tarde, me empezó a decir que no sentía los pies. Le empecé a realizar masajes para intentar reactivar la circulación sanguínea, pero era inútil, ya que cada vez la insensibilidad iba en aumento y poco a poco dejó de sentir las piernas. Sobre las tres y media, de rodillas para abajo no sentía nada. Fue el momento en que llegaron los dos médicos de la prisión, llamados Barigón y Casas, que entraron en la celda y a los que expliqué los síntomas que padecíamos. Sacaron unas agujas largas y empezaron a clavárselas a Agustín en los pies. No había reacción. Fueron clavándoselas cada vez más arriba y cuando llegaron un poco más arriba de las rodillas dio muestras de sentir los pinchazos. De rodillas hacia abajo no sentía absolutamente nada. Los sanguinarios médicos se incorporaron y uno de ellos le dio una patada en las costillas a Agustín, diciéndole: “Eso es de la humedad del túnel”. Y como vinieron se fueron, dejándonos en las condiciones en que estábamos. Media hora más tarde nos tiraron, a través de los barrotes de la celda, como el que tira cacahuetes a los primates, unas pastillas para el dolor, abandonándonos a nuestra suerte. Agustín fue consciente durante todo ese tiempo de su real situación. En las horas que pasaron me dijo en varias ocasiones que sabía que se estaba muriendo. Tenía mucha sed, por lo que constantemente procuraba darle de beber en su boca y le mojaba los labios constantemente. […]Sobre las 10 de la noche ya apenas podía articular palabra, sentía mucho frío, su mirada cada vez estaba más y más perdida. A eso de las diez y media de esa noche bajaron dos desconocidos acompañados de funcionarios carceleros, abrieron nuestra celda y pusieron a Agustín dentro de unas mantas y se lo llevaron a rastras, como si de un objeto se tratase. Nuestras protestas no sirvieron de nada. Sólo nos dio tiempo a apretarnos las manos. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Jamás olvidaré ese momento”.


Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;

escúchame Felipe; Santiago, entérate:

bajad de esos escaños forrados de papel,

que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Tendido está en el suelo y no contesta ya.

Bonita democracia de porra y de penal;

con leyes en la mano te pueden liquidar.

Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,

lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Agustín por buscarla, miradlo como está. [2]


Diez años después, en 1988, los desalmados inductores y autores [3], por acción u omisión, del asesinato del combativo Agustín fueron juzgados y condenados a cumplir entre dos y diez años de cárcel, pero como el Estado suele ser indulgente con sus fidelísimos servidores, ninguno de ellos pasó entre rejas más de un año.





NOTAS

  • [1] Jorge González, José Luis de la Vega, Juan Antonio Gómez Tovar, Miguel Ángel Melero, Felipe Romero Tejedor, Pedro García Peña y Alfredo Casal Ortega.
  • [2] Letra de una canción compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio.
  • [3] El director de la cárcel Eduardo Cantos, los doctores José María Barigón y José Luis Casas, el subdirector Antonio Rubio y los funcionarios José Luis Rufo, Nemesio López Tapia, José Luis EstebanAlfredo Luis Mallo, Alberto Ricardo Cucufate de Lara, Hermenegildo Pérez, Andrés Benítez y Julián Marcos.

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“La trocha de las almendreras”: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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“Pigmentos”: Archivo personal


“[…]Pesaba treinta y cinco kilos cuando murió. Sólo era un esqueleto. Su cuerpo se había consumido en una larga batalla contra la injusticia en el mundo. No recibió más recompensa que una vida cada vez más solitaria y una muerte desamparada”.- Pablo Neruda, sobre el final de su amiga y colaboradora, Nancy Cunard, en su libro de memorias CONFIESO QUE HE VIVIDO.

 

En la urna 9016 del Columbario del cementerio parisino de Père Lachaise reposan las cenizas de Nancy Cunard (1896-1965), poetisa, escritora, editora y periodista, que combinó una vida personal tormentosa —aliñada con alcohol, drogas y desvaríos mentales— con la firme y lúcida defensa de la libertad y la igualdad de los seres humanos.

Nacida en el seno de una noble y acaudalada familia inglesa bien relacionada con la Casa Windsor, fue educada en selectos pensionados del Reino Unido y Europa, desarrollando desde muy joven inquietudes intelectuales que la llevaron a frecuentar lo más granado de la sociedad literaria londinense, colaborando como escritora y editora.

Divorciada de un oficial del Ejército británico con el que estuvo casada apenas dos años, se instaló en la Francia de los felices años veinte, donde se relacionó con la pléyade de artistas del vanguardismo y del surrealismo, creando la editorial Three Mountains Press para promocionar las obras de artistas noveles y editar producciones traducidas al francés de escritores consagrados de Estados Unidos e Inglaterra.

Su agitada experiencia sentimental —Tristan Tzara, Ezra Pound, Ernest Hemingway y Louis Aragon, fueron algunos de los hombres que formaron parte de su vida íntima— derivaría en escándalo de insospechadas proporciones al enamorarse de un hombre de raza negra, el afamado músico de jazz Henry Crowder, a quien conoció en Venecia, en 1928, y con el que viajó a Estados Unidos, de donde sería expulsada por su acendrada defensa de las tesis antirracistas. Crowder sería tambien el detonante del enfrentamiento con su madre, Lady Cunard, que la desheredó —con los parabienes de la aristocracia inglesa, que propuso la expulsión de Inglaterra de la transgresora—   por considerar obscenas las relaciones interraciales.

La respuesta de Nancy Cunard llegó en forma de folleto de treinta páginas  intitulado Black man and whithe ladyship que, según relata  Neruda en sus memorias, podría resumirse así:  “Si usted, blanca Señora, o más bien los suyos, hubieran sido secuestrados, golpeados y encadenados por una tribu más poderosa y luego transportados lejos de Inglaterra para ser vendidos como esclavos, mostrados como ejemplos irrisorios de la fealdad humana, obligados a trabajar a latigazos y mal alimentados… ¿Qué habría subsistido de su raza? Los negros sufrieron éstas y muchas más violencias y crueldades. Después de siglos de sufrimiento, ellos, sin embargo, son los mejores y más elegantes atletas, y han creado una nueva música más universal que ninguna. ¿Podrían ustedes, blancos como lo es usted, haber salido victoriosos de tanta iniquidad? Entonces, ¿quiénes valen más?”.

A la defensa de la negritud se unió su firme rechazo del fascismo y su simpatía por el republicanismo español, causa en la que se implicó promoviendo colectas y adhesiones favorables de los intelectuales europeos y americanos, ademas de denunciar, en multitud de artículos periodísticos, las condiciones miserables en que vivían los refugiados españoles, hacinados en los campos de internamiento franceses.

Durante la II Guerra Mundial trabajó en Londres, como traductora para la Resistencia Francesa, regresando a Francia una vez finalizada la contienda para continuar ayudando a los exiliados españoles.

Los últimos años de su vida su estado físico y mental sufrió serios quebrantos, en un camino hacia la autodestrucción que ninguno de sus fieles amigos pudo evitar.

 

El 15 de marzo de 1965, Nancy Cunard fue encontrada por la policía semiinconsciente y vestida como una mendiga en una calle parisina. La mujer que había fascinado a Picasso, Huxley, Joyce y Sender, la militante solidaria que fundó y editó,  junto a Neruda, la revista Los poetas del mundo defienden al pueblo español, falleció en el hospital para indigentes de Cochin el 17 de marzo de 1965.

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En hipotético honor e irónica gloria de la Excelentísima Señora doña María Pilar Alía Aguado, senadora electa por Toledo del Partido Popular. Vocal, entre otros cargos senatoriales, de la Comisión de Derechos Sociales. Escandalizada denunciante, en el ágora virtual, del fehaciente adoctrinamiento de género perpetrado en la Escuela Pública por siniestros enseñantes del contubernio anarcomarxista pirenaico.

 

 

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“Lizer”: Archivo personal


Aguanta Lizer, el apacible poni, la prolongada sesión de cepillado a que lo somete Jenabou, animado por los puñados de zanahorias troceadas que la niña le acerca al hocico de vez en cuando. “Bien guapo has quedado, monín. Quietecito ahora, que te voy a leer una historia”, le dice, y cabecea el pequeño équido, como si la comprendiera, ante el libro de Ana Griott que la niña acerca hasta sus ojos, casi ocultos por el tupé de brillantes y largas crines.

Juaquín de [Casa] Foncillas compró el poni a unos feriantes que se lo ofrecieron a muy buen precio. En la documentación que le entregaron le calculaban a Melaza —que así se llamaba entonces— unos once años y óptimas condiciones de salud certificadas por un veterinario colegiado, aspecto este último que resultó no ser cierto porque, como sospechaba Juaquín y se comprobó días después mediante una ecografía, el animal sufría una fuerte tendinitis, nunca tratada, en las cuatro extremidades, amén de importantes insuficiencias vitamínicas.

Al abuelo Foncillas, el padre de Juaquín, no le gustó el poni, no por el dispendio ni el estado del animal, sino por lo inapropiado de mantener con la yeguada de monte a un equino que, por muy vistoso que fuera, no aportaba nada, según sus palabras, al negocio de la cría caballar. Así que Melaza, renombrado Lizer, se quedó en los establos como un exótico ejemplar al que los contratantes de excursiones por la montaña acariciaban pero que nadie, ni siquiera los niños, podía montar, prohibición de la que quedó exenta, años después, la hija de la veterinaria —la pequeña Jenabou—, nacida el mismo año de la llegada del poni al Barrio, y que goza de la prerrogativa de pasear sobre Lizer, que tiene ya veinte años, por las inmediaciones de los establos de la yeguada.


Discurre la mañana soleada; dormitan los mastines junto al vallado y pastan las yeguas, indolentes, en los islotes de hierba del prado que linda con la acequia; susurra la niña historias de erizos y leones y mece ligeramente la brisa las suaves guedejas de Lizer, inmóvil bajo la encina.

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