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«Teatro Grande de Pompeya»: Archivo personal

 

Mirando al noroeste desde el Parque Arqueológico de Pompeya, apenas a 9 km en línea recta, los 1281 m del monte Vesubio [FOTO] no despiertan inquietud. Un monte. Solo parece un monte más, salvo que su altura se corresponde con el cono del estratovolcán, su cumbre es un cráter de 450 m de diámetro y, pese a que su última erupción importante se remonta a 1944, se trata de un volcán en estado de latencia que, en 1995, 1996 y 2013, volvió a dar señales de actividad mediante sismos de menor magnitud y fumarolas.

—También sería mala potra que le diera hoy por sacar la lava a tomar el aire  —comenta Jenabou, que ha mostrado interés en subir al Vesubio tras la visita a Pompeya.

—Bah, con lo monitoreado que está, no hay peligro. Con más de tres meses de anticipación, los vulcanólogos saben hasta la hora exacta de cualquier estallido  —señala Marís—. Es el volcán más vigilado del mundo.

—¿Cuántas personas han dicho que vivían cerca del Vesubio…? ¿Tres millones en toda el área de Nápoles…? Pues seguro que las autoridades han planificado con todo detalle una evacuación ordenada  —asegura Yoly.

Sentadas en el suelo, junto a Piluca, Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, contemplan el ir y venir de los visitantes por el Foro y el Templo de Apolo [FOTO].

Han recorrido las bien trazadas calles de la ciudad [FOTO] [FOTO], con sus buenas aceras a uno y otro lado del empedrado de las calzadas; en algunos tramos, han descubierto las rodadas de los carros que circularon por ellas dos mil años atrás. Les han llamado la atención las piedras pasaderas puestas en hilera en la calzada, al inicio o final de las vías. Algo más alzadas del suelo y con espacio entre ellas para que cupieran las ruedas de los carretones, sirvieron a los antiguos residentes para cruzar la calle sin mojarse los pies, en caso de haberse acumulado agua en la calzada.

Han transitado por el cardo —calle principal de orientación norte-sur— y el decumano —calle principal de orientación este-oeste— que se cruzan en el Foro, donde han visitado el macellum —el mercado—, que mantiene, incluso, un mostrador expositivo; han accedido, también, a varias domus —casas— de personas pudientes en cuyas zonas interiores los murales pintados en las paredes casi no han perdido su color primigenio.

No han quedado fuera de su itinerario ninguno de los dos Teatros; ni los Templos dedicados a dioses y diosas (Júpiter Meliquios, Apolo, Isis, Fortuna Augusta…); ni la Necrópolis, situada en las afueras, en la Via delle Tombe; ni las Termas, muy bien distribuidas, con zonas separadas para cada sexo; ni la Palestra, el campo de entrenamiento deportivo para jóvenes y gladiadores.

Entre los lugares más curiosos que han visitado se encuentran el Thermopolium, un establecimiento público de comida y bebida, donde todavía se conservan las vasijas de las viandas que, incrustadas en el mostrador, preservaban mejor los alimentos, y el Lupanar, en el que prestaban servicios esclavos de ambos sexos y que se halla profusamente decorado con pinturas de erotismo subido, además de algunos grafitis con mensajes picantes.

Sin embargo, lo más impactante, por su crudeza, han sido los calcos de las víctimas del Vesubio.

 

«Calco de una víctima de la erupción del Vesubio»: Archivo personal

 

Fue Piluca quien, tras regresar del Huerto de los Fugitivos, en el que yacen trece calcos de yeso de un grupo de personas de distintas edades, que perecieron tratando de escapar, expresó en voz alta aquello que sus acompañantes también pensaban pero no decían:

—A mí esto me puede. Llamadlo escrúpulo, si queréis, pero no me va esta exposición morbosa del sufrimiento, se trate de gente del siglo I o de anteayer.

 

En 1863, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli, director, por entonces, de las excavaciones de Pompeya, ideó y realizó los primeros calcos de víctimas solidificadas con ceniza y lava, introduciendo yeso alabastrino líquido en las cavidades interiores. Al compactarse el yeso y despojarlo de la cobertura de desechos volcánicos, se mostraba, con todo su realismo, el último instante de vida de aquellos pobres desgraciados.

Este método permitía también preservar los restos óseos y, con los avances tecnológicos actuales, realizar tomografías computarizadas, radiografías y estudios de ADN que han aportado nuevos datos sobre varias de las víctimas (edad, sexo) y la relación de parentesco entre algunas de ellas.

No hay duda de que, bajo los amasijos volcánicos que envolvían a quienes perecieron, el proceso de putrefacción siguió su curso, de tal manera que, dentro de los moldes de yeso endurecido que se exhiben, los despojos humanos —o animales, que también hay calcos de algunos [FOTO]— quedan limitados a la osamenta y los dientes.

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«Basílica del Foro de Pompeya»: Archivo personal

 

Es imposible recorrer el Parque Arqueológico de Pompeya sin que la mente retroceda al pasado; a esa próspera ciudad portuaria —a 25 km de Nápoles— que superaba en mucho los 15000 habitantes, rodeada de tierras fértiles en las que destacaban sus viñedos y sus lujosas villas, algunas de ellas, viviendas vacacionales de acaudaladas familias que, sobre todo, llegaban desde Roma.

Aquel otoño del 79 d.C., año de su sepultamiento, y siendo Tito emperador de Roma, todavía se estaban recuperando los habitantes de Pompeya del terremoto sufrido dieciséis años atrás; muchas de las casas mostraban andamios en sus fachadas y las autoridades habían acometido la reparación de los acueductos que suministraban el agua de boca y la recomposición de las grietas sufridas en el Foro y el Anfiteatro.

A primera hora de la mañana del 24 de octubre —o noviembre, pues no se ha podido precisar—, el Vesubio, considerado un monte sagrado, empezó a dar muestras de inestabilidad. Nadie se preocupó; en esa época se desconocían los volcanes y su estructura y no fue hasta el mediodía —cuando, además de la columna de cenizas y piedra pómez, salieron despedidos del cráter multitud de materiales volcánicos— que muchos de los habitantes entendieron que debían ponerse a salvo.

Al final de la tarde, los ininterrumpidos flujos piroclásticos obstaculizaron todo intento de huida a quienes todavía permanecían en la ciudad. De madrugada, la violencia vesubiana arrasó Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y cualquier signo de vida, afectando también, aunque no con tanta virulencia, a poblaciones próximas. Toneladas de ceniza y lapilli cubrieron, sellaron y preservaron Pompeya y otros puntos durante cientos de años.

 

 

Se calcula que entre 2500 y 3000 personas fallecieron solamente en Pompeya y hasta 16000 en el conjunto de las zonas afectadas; la mayoría de las muertes fueron instantáneas, por exposición a temperaturas de entre 300º y 600º Celsius, y no por asfixia, como se creía. Pese a la devastación, una gran parte de los habitantes de Pompeya consiguió escapar del cataclismo; muchos huyeron campo a través o por mar y se refugiaron en poblaciones más alejadas, en casas de amigos y familiares.

Se sabe que algunos pobladores, que carecían de medios para empezar de cero en otros lugares, regresaron a lo que quedaba de Pompeya y se instalaron en las partes edificadas que sobresalían del compacto lecho de materiales, sobreviviendo gracias al saqueo en las zonas pompeyanas a las que pudieron acceder. Parece ser que esta situación se mantuvo hasta el siglo V. Después, el olvido, pese a que el imaginario colectivo siguió refiriéndose a aquel paraje desolado como La Cività (la ciudad).

 

«Via delle Tombe, en Pompeya»: Archivo personal

 

En 1442, Alfonso V, monarca de la Corona de Aragón, conquistó Nápoles, uniéndose este territorio a su imperio. A la muerte, en 1516, del último rey de la Corona de Aragón, Fernando II el Católico, sus posesiones, incluida Nápoles, entraron a formar parte del Reino de las Españas.

En 1738 reinaba en España Felipe V y, en Nápoles, su hijo Carlos VII —que después accedería al trono español como Carlos III—; este, decidió construir un palacio cerca de donde se hallaba sepultada la ciudad de Herculano, localización que se conocía —aunque no se pudiera concretar el nombre de la ciudad— porque, años antes, se habían hecho labores de vaciado del terreno para una traída de agua y, en esa tesitura, se habían encontrado estatuas, mármoles y otros objetos valiosos.

Carlos VII contrató a los mejores arquitectos para construir el palacio y, sabiéndose que, en el subsuelo de aquellas tierras, había restos de alguna ciudad, se hizo con los servicios de un ingeniero militar aragonés, el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), para que realizara perforaciones en busca de materiales y elementos artísticos estimables para usarlos en el palacio real en construcción.

El ingeniero Alcubierre, a la vez que trabajaba en el Palacio de Portici, pidió al rey consentimiento para efectuar excavaciones más exhaustivas que una mera perforación. En una época en la que la Arqueología no se había desarrollado por completo como disciplina, Alcubierre consiguió sacar a la luz algunas partes de las ciudades de Herculano y Estabia, emprendiendo, en 1748, las prospecciones en Pompeya, que dieron resultados satisfactorios pero, a la vez, lo enfrentaron con sus subalternos.

Roque Joaquín de Alcubierre no cejó en su empeño de desenterrar Pompeya. Ascendido a mariscal de campo, dirigió las excavaciones hasta su muerte, aunque algunos de sus colaboradores intentaron mantenerlo apartado de las labores de recuperación por la extraordinaria meticulosidad del aragonés en el inventariado de los hallazgos y la indignación que mostraba ante las sospechosas «pérdidas» de objetos, de las que acusaba a quienes trabajaban con él.

Las críticas a su metodología arqueológica por parte de eruditos italianos y alemanes, harían que el nombre de Alcubierre —y su descubrimiento de Pompeya, Herculano y Estabia, además de otros trabajos arqueológicos— fuera, durante años, menospreciado y cayera en injusta olvidanza.

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«Ambrosía»: Archivo personal

 

La última de las charlas programadas en el Barrio con motivo de las Jornadas del 8 de Marzo —bajo el lema Mujeres en lucha—, tuvo como protagonistas a las libertarias ucranianas Marusya Nikiforova (1885-1919) y Halyna Kuzmenko (1896-1978).

La peculiaridad de la disertación sobre las activistas de Ucrania, se hallaba, sobre todo, en su ponente: Maruja, la peluquera —así quiso constar en la cartelería—, una mujer muy apreciada en la localidad y por cuyas manos han pasado, si no todas, la mayoría de las cabezas del vecindario, tanto de hombres como de mujeres.

Maruja, militante del Partido Feminista desde 1980, es licenciada en Filosofía y Letras y, siquiera novel como conferenciante, se manejó con tal desenvoltura que, incluso quienes concurrieron con el único objeto de chafardear, quedaron atrapados por su acertada exposición y el acompañamiento de Pilar-Carmen musicando en directo, con su flauta travesera, las imágenes temáticas que se iban proyectando en una gran pantalla.

Finalizada la conferencia, la oradora y un pequeño grupo de asistentes a la charla se dirigieron al bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, les había preparado un gustoso risotto de calabaza con albóndigas de confit de pato.

Entre bocado y bocado, se improvisó un coloquio —en el que participaron todas las personas presentes en el establecimiento— sobre la Revolución Makhnovista y la Colectividad Libre de Makhnovia, lideradas por el ucraniano Néstor Makhnó (1889-1934), uno de los libertarios más singulares y recordados. Con una milicia —el Ejército Negro— formada, en su mayoría, por campesinado, se enfrentó al Ejército Blanco de los terratenientes pro-zaristas y se alió con el Ejército Rojo de los bolcheviques, hasta la retirada de Rusia de la Gran Guerra, para frenar el avance de las tropas imperiales alemanas por Ucrania.

La coalición entre las huestes libertarias de Makhnovia y las comunistas de Lenin y Trotski se mantuvo unos meses durante la contienda civil rusa. Sin embargo, ante las disimilitudes conceptuales entre marxismo y anarquismo y la pretensión bolchevique de gobernar en Ucrania e imponer a los makhnovistas el estatalismo, la burocracia, el autoritarismo y la jerarquía de partido, los ácratas colectivistas del Ejército Negro se rebelaron y combatieron a los invasores leninistas del Ejército Rojo para expulsarlos del país y del Territorio Libre de Makhnovia, pero fueron derrotados y, en la práctica, aniquilados en 1921.

 

EPÍLOGO: Néstor Makhnó lograría huir con su esposa, Halyna Kuzmenko, a Francia. En la capital francesa, a finales de los años 20, lo conocieron dos anarquistas españoles recién liberados de la prisión parisina de La Conciergerie: Buenaventura Durruti (1896-1936) y Francisco Ascaso (1901-1936).

 

Himno-homenaje a la Revolución Makhnovista, con letra del anarquista francés, de origen español, Étienne Roda-Gil:

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«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit

 

En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.

¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?

 

Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.

 

La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».

—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.

Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…

—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.

Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.

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«Thaumetopoea pityocampa (imagen ampliada)»: Archivo personal

 

Fueron descendiendo, con lentitud y en impecable formación, del castigado cedro; la negra cabeza de una en contacto con el segmento anal de la precedente. Era tal su morosidad, que los ojos avizores que las observaban apenas eran capaces de apreciar su progresión. Habría, grosso modo, tres centenares, calculó Jenabou; un ejército diminuto y disciplinado, armado su dorso con excrecencias peludas en tonos rojizos e impregnadas de alérgenos, que se deslizaba por el jardín de la casa de Mam’zelle —la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio— buscando la ubicación idónea, entre la arenisca y la fina gravilla de los laterales, donde enterrarse y aguardar el momento estacional propicio para mutar de crisálidas a mariposas.

Con parsimonia, torció la oruga guía hacia los setos que se yerguen junto a la empalizada de color pistacho y curvose la procesión de malsanos lepidópteros sin despegarse los unos de los otros, como si, en vez de macroparásitos individuales, se tratara de una famélica e interminable serpiente con dificultades de reptación.

A cautelar distancia de la dañina procesionaria, y con el propósito de preservarse de los filamentos urticantes que, cercanos al medio millón, lanzan al aire cada uno de los minúsculos combatientes, Mam’zelle se enfundó gorra, gafas, y guantes, además de cubrirse la mitad inferior del rostro con un fular y calzarse unas botas de senderismo de suela recia; de tal guisa, se aproximó a la cadena viviente, que continuaba su perezosa marcha prolongándose más conforme alcanzaban el suelo las últimas unidades defoliadoras que se retiraban del árbol.

Jenabou salió del cobertizo con manos, cara, cuello y cabeza bien protegidos y el depósito de la mochila fumigadora conteniendo el mismo bioinsecticida que había visto usar en el pinar a Lurditas, la alguacila, con óptimos resultados. “Se van a enterar estas cabronas”, murmuró, y, con el pulso firme, abrió al máximo la boquilla del tubo de aspersión, apretó el gatillo de la empuñadura y fue rociando sin el menor intervalo la comitiva larvaria. Una pasada, dos, tres, al mismo tiempo que, en la retaguardia, la vieja profesora pateaba con ímpetu la hilera de orugas recién asperjadas por la adolescente.

28 de febrero de 2026

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«El desfile de los equinoideos»: Archivo personal

 

Aquella mañana de mediados de febrero en la que Mariángel —ayudante de cocina y camarera en el Mia-te tú— acudió al horno de la localidad a recoger los panecillos de chapata —encargados para la comida a puerta cerrada de los vitivinicultores—, coincidió con la vieja Angelines, correveidile oficiosa de cuanto acontece en el pueblo, que aprovechó la circunstancia para traer a colacion el «festín de los vinateros» [sic]. “Alguna mariscada les habrá preparado Mª Ríos, que esos son muy requetefinos y no se contentan con cualquier cosa. Buenos dineros se dejarán en la tragantona”, conjeturaba, mientras Otilia, la panadera, sabedora del percal, le hacía gestos a la joven barista para que se abstuviera de dar explicaciones. Pero Mariángel, tan ingenua ella como malintencionada la anciana, no tuvo inconveniente en presumir, con más candidez que engreimiento, de “unos erizos de mar de color violeta, preciosos y bien vivos” que Mª Ríos había comprado para extraerles las gónadas, aliñarlas y servirlas a los antojadizos comensales con el resto de entrantes.

No habían transcurrido ni quince minutos del regreso de la camarera a sus tareas en el gastrobar, cuando Mª Ríos recibió una llamada telefónica de la profesora de Educación Infantil de la Escuela Rural del Barrio:
—Oye, que me han comentado las madres que tienes erizos de mar vivos. ¿Puedo llevar a mi chiquillería para que los vean? Nada, poco rato. Solo para que sepan cómo son y nos vamos.

Y de esa manera, al mismo tiempo que una cariacontecida Mariángel le relataba a la desconcertada restauradora lo sucedido en la tahona, comenzó el desfile. La bulliciosa chavalería más joven de la escuela con su maestra. Los cuatro abuelos guasones que juegan a las cartas en el bar del Salón Social. Cinco madres que acababan de dejar a su progenie en el colegio y no sabían en qué emplear la mañana. La propia Angelines, con su amiga María Blanca y dos señoras de la Urbanización con las que salen a caminar. Olarieta, cocinera del bar del Salón Social, acompañada de Anca, la trabajadora de la Casa de Turismo Rural. Tres alumnos del Instituto de la capital que se habían tomado el día libre. Un matrimonio mayor que hacía hora para acudir al Consultorio Médico. Lurditas, la alguacila, y los dos peones contratados por el Ayuntamiento para limpiar el perímetro del azud… Todos, por supuesto, a contemplar los violáceos erizos de mar, en tanto que Mª Ríos, iracunda, lidiaba con los intríngulis del menú y Mariángel, lacrimosa, la perseguía —de la despensa a la cocina y de esta al comedor— suplicándole indulgencia por el embolado resultante de su indiscreción.

—¿Y te quieres creer —le contaba Mª Ríos, esa misma noche, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que tuve que sacar a los rezagados a empujones y cerrar la puerta con llave? Y aún protestaban.

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«Tesela y Kuro»: Archivo personal

 

Arrecia la lluvia —como si quisiera compensar la escampada de apenas treinta y cinco minutos— y nos obliga a retornar, recluirnos y apoltronarnos en la casa, alterando nuestras rutinas e interfiriendo en las de los félidos que, habituados a sus horas de conciliábulo sin otra especie que les señale hasta dónde llegan sus dominios gatescos, nos miran de refilón, quizás aguardando que nuestras posaderas y el resto de nuestra masa corpórea abandonen el sofá, se sublimen y desaparezcan por el conducto de ventilación del único cuarto vedado que ellos han invadido en nuestra breve ausencia. Casi puedo percibir el gesto de fastidio de Groschen, tumbado sobre el escabel del sillón del estudio y bien arrimado —demasiado arrimado— a la pajarera rodante de Dashiell, el añoso lugano; este, ajeno a la atmósfera de incomodidad gatuna, no ha parado de imitar el canto de Melitón —el canario de la vecina— desde que nos viera traspasar el umbral del aposento prohibido a los felinos, como si con tan melodioso recibimiento quisiera indicarnos lo placentera que se le hace nuestra presencia, aunque sea a deshoras. Y no es que los mininos Groschen, Tesela y Kuro no nos quieran —que nos distinguen con sus afectos y lo manifiestan, a menudo, hasta el agotamiento— pero son poco proclives a las improvisaciones de sus humanos —Jenabou, la veterinaria y yo—, máxime cuando, como hoy, los pillamos desprevenidos y en una ubicación —la de Dashiell— a la que tienen restringido el acceso si no es en nuestra compañía. Sin embargo… ¿cómo no sentirse fascinado por estos seres autónomos, espabilados e ingeniosos, capaces de invertir el tiempo necesario de ensayo y error hasta doblegar la aparentemente inalcanzable manilla de la puerta cerrada para lograr su propósito?

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«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

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«Ciorbă de fasole»: Archivo personal

 

María Petra, la alcaldesa del Barrio, contempla con cierta aprensión los singulares recipientes de pan que Mariángel, la camarera del Mia-te tú, acaba de colocar delante de cada una de las comensales que comparten la mesa más próxima al aparador. “Pero… ¿y esto…?”, pregunta, recorriendo con la vista los rostros de sus compañeras. “Lo que habéis pedido”, se apresura a responder Mariángel. “La versión original rumana del potaje de alubias que ha preparado Mª Ríos”, explica Marís. “Ciorba de fasole o como quiera que se pronuncie. Si te hubieras molestado en leer la pizarra con el menú del día…”, añade Lurditas, la alguacila. “Anda, ataca ya la sopa que está buenísima”, alienta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Abandonan el comedor para tomar el café en la dependencia que, años ha, fuera garaje y que, al ampliar el restaurante, Mª Ríos y sus socios transmutaron en despensa y bodega. El fortín, lo llaman; un lugar impoluto de paredes encementadas, con estanterías metálicas ancladas en los muros y una vetusta y pesada mesa de madera cuyo tablero veteado refulge siempre como si lo acabaran de encerar. En el fortín, que carece de cualquier fuente de calor, habita, perenne, el frío; incluso en verano.

Jodo, María Petra, ni que fuera una reunión secreta. ¿No nos podías haber citado en un lugar más templado? En el bar, por ejemplo”, se queja Emil, que llega junto a Étienne y Óscar. “¿Con las elecciones aragonesas en marcha y vosotros llenando el pueblo de pasquines insultando a los candidatos? Bastante movida he tenido con Rafael por el cartel que pusisteis en el tablón de anuncios del Ayuntamiento incitando a bajar a Huesca a boicotear el mitin de la ultraderecha”. “Que no fuimos nosotros, joder”. “Bueno, vamos a lo que importa. La leña para las hogueretas del viernes ya está cortada. Alguien tendrá que recogerla con el remolque y apilarla en los soportales de la abadía, para tenerla a mano”. “Yo misma”, se postula Lurditas. “No, tú no, que estás muy liada y tienes que ir a recoger la carne que encargamos. Y vosotras”, señala a Marís y la veterinaria, “¿tenéis inconveniente en revisar los sacos de patatas para asar que nos han traído? Me ha dicho el señor Manuel que, cuando las recogió, algunas no tenían buena pinta. Y… chicos”, se dirige a Emil, Óscar y Étienne, “cuando terminéis con la leña, podéis pasaros por mi casa que, entre los cuatro, limpiaremos y bruñiremos las parrillas, que están ennegrecidas a más y no poder. ¿Os viene bien?”. […]

 

Y así, con el eco de las órdenes de la munícipe y amiga enmascaradas tras un tono afable, el vaho de los alientos componiendo una blanquecina masa anubada y la tibieza del café dejando un ínfimo rastro confortante en los cuerpos destemplados, cada mochuelo regresa a su olivo.

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«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

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