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Posts Tagged ‘gentes’

“Donde el monstruo acecha”: Archivo personal


Al otro lado del muro de sombras esperaba, agazapado, el Ensundiero [*]. O eso contaban, circunspectos, los chicos mayores que habían sobrevivido a la niñez vigilada por el sacamantecas, que aguardaba, inquieto y expectante, allí donde las luces del Barrio sucumbían ante la noche tenebrosa.

El Ensundiero  achaparrado, velludo y cuellicorto  controlaba con sus ojos ambarinos que, a veces, se veían brillar entre la negritud que rodeaba la protectora solidez familiar de las casas los pasos infantiles; relamíase escudriñando los ágiles cuerpecillos que, entre juegos, correteaban hasta casi rozar el entrepaño de penumbra donde agonizaban los destellos de las farolas. Entonces, estiraba sus brazos acercándolos a las tinieblas, arqueaba sus dedos sebosos de uñas largas y sucias y manoteaba al aire a la par que el grito de terror de alguna criatura avizora paralizaba el juego y la chiquillería corría a guarecerse en la plazuela bien iluminada, hasta donde el engendro jamás se había atrevido a avanzar.

Y allí, en la plaza, con las luces reinando sobre la oscuridad, los pequeños disimulaban el miedo y voceaban, desafiantes: “¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero! ¡Hoy no ruedas, Ensundiero!



NOTA

[*] Personaje fantástico que aguardaba a las afueras de los pueblos para atrapar a niños y niñas, quitarles la grasa (ensundia, en aragonés) del cuerpo y engrasar con ella las ruedas de su carro. Es el equivalente del Hombre del Saco y del Coco.

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“Bosque de Sorogain”: Archivo personal


Bosteza tempranamente la tarde. Del otro lado de los cristales de la ventana se abrazan las sombras mientras Sátur unta con queso de puchero las rebanadas de pan dispuestas sobre la enorme mesa que, a modo de tosca isleta, separa la sencilla cocina del zaguán donde, en ordenado caos, se apilan mochilas y tabardos. En el exterior, ladra Polillas, el mastín. Una sola vez; un ladrido bronco, autoritario, que precede a su entrada. Trae entre sus pelos amarilleados una amalgama de olores que se adueñan de la estancia y se entremezclan con la contundencia del queso y los suaves efluvios de las hierbas aromáticas ya resecas que cuelgan de las vigas de madera del techo.

Un par de kilómetros más arriba, la ancestral muga donde Sátur, hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de mugalaris, centra todas sus historias, reales e inventadas, mientras acompaña al grupo de técnicos mediambientales que recorren el valle de Sorogain y observan, huelen y toman muestras atentamente vigilados por el viejo Polillas, inmune a las caricias y llamadas de aquellos a quienes, seguramente, considera intrusos de poco fiar.


Ese mismo día, por la mañana, cuando regresaban de recorrer un tramo del río Erro, señaló Sátur con la cabeza una zona que ya habían transitado en la jornada anterior y dijo: “Ahí fue donde los guardias dieron el alto a los fugados de Segovia y mataron al anarquista”. Y mientras el grupo se detenía mirando el lugar indicado y recomponiendo la escueta información recibida, Sátur siguió adelante escoltado por el perro.

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“Bacanal ventosa”: Archivo personal


Golpeaba, rabioso, el cierzo las gabarderas ateridas que festonean el camino terroso que lleva al antiguo nevero artificial. En el repecho de arriba, cobijadas de la furia del aire tras un solitario farallón, jadeaban, baldadas, las caminantes —apenas una franja de rostros enrojecidos entre gorros bien encajados y tapabocas—.

Bramaba el viento. Aullaba y amenazaba. Aguardaba, embravecido, a sus acorraladas presas.

Cuando, por fin, las figuras femeninas iniciaron, corcovadas, el descenso hacia el abrigo de los muros de las casas, arremetió el vendaval contra sus víctimas, en mortificante zarandeo que las hacía trastabillar, las agrupaba, las alejaba… Mas ellas, con el ánimo engallado, aprovecharon el impulso ventoso para ganar el chaflán de la primera edificación.

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“El influjo de la (perra) Luna”: Archivo personal


Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano”.

Mario Benedetti (1920-2009).- El hombre que aprendió a ladrar, cuento contenido en la obra Despistes y franquezas.

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“Quietudes”: Archivo personal


Muerden los crampones el espeso cobertor de hielo aún aferrado al prado, al pie del tozal donde los troncos de la vetusta cocina de hierro fundido confinada en la Fosqueta fenecen lanzando estelas de humo por la recién estrenada chimenea de sillares rematada con un orejudo conejo de hierro forjado. Tatuadas en la nieve compacta, vienen y van, hasta la orilla del aliviadero congelado del río, huellas de raposo que se adentran más allá de los árboles entre los que resiste el longevo tejo bajo el que, en el otoño de 1940, se suicidó, para no caer en manos de la Guardia Civil, el zapatero Santistebe, enlace de una de las partidas de guerrilleros que se ocultaban en estos parajes. Como los antiguos maquis, invisibles entre la perenne maraña boscosa, quizás observan los huidizos vulpinos el caminar crujiente de las figuras rebozadas en colores que, al descubierto e indiferentes al frío y la aguanieve, recorren las alburas de la tarde sabatina ociosa y encalmada.


Junto a la aislada edificación, en el cobertizo abierto, blanquea la leña apilada y expuesta al tiempo; una quebradiza capa de hielo recubre el antiguo abrevadero de las caballerías sobre el que apenas una hora antes encontraron un acentor muerto. En el depósito anejo a la pared sur, el agua se ha solidificado en feo mazacote que han roto a martillazos hasta conseguir que el líquido se deslizara por la cañería y cayera en la pileta esmaltada de la cocina, entre silbantes sacudidas del grifo.

Sucumbe el día, sin preámbulos, al otro lado de la ventana de la bien pertrechada borda rehabilitada de la pardina Foncillas, con la quietud glacial anunciando el dorondón. Las brasas que languidecen tras la portilla de la vieja cocina de fundición todavía reparten sus ardores por el edificio de piedra de interiores estucados; en una esquina de la gruesa plancha de metal negro, alejado de la boca de alimentación, gorgotea, hirviente y olvidado, el café de puchero.

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“Yaiza y el muñeco de nieve”: Archivo personal


Las carcajadas del hombre sentado en el banco, de espaldas al río, cascabelean en la calle Baja. Yaiza, la perrilla añosa de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, atada con la correa al semidesnudo seto de aligustres que delimita los bordes de la suave pendiente, interrumpe los ladridos que lanza al muñeco de nieve y tira de la correa para acercarse hasta el banco y probar las caricias de las manos enguantadas del anciano, que la retienen sin dejar de reír.

¿Qué tal planta [*], siño Miguel?”, pregunta la veterinaria, que llega con un pan de moños precariamente envuelto en papel marrón. “Voy marchando, chiqueta. Esta perra tuya la ha tomado con el moñaco. A saber qué sentencias le estará diciendo”.

Otilia, la panadera, va cargando la furgoneta con cestones de barras y panes para el reparto diario en las localidades vecinas. “¡Vais a coger un pasmo!”, les grita a las dos adolescentes que toman el Sol tumbadas sobre una exigua loneta, un par de metros a la derecha del hombre del banco.

En la costana del otro lado, por el camino que baja hasta el río, se deslizan en trineo un grupo de chiquillos gritones hacia los que corre Yaiza una vez libre de la atadura que la limitaba.

Refulge el Sol y minimiza los dos grados bajo cero que presiden la mañana mientras Lurditas, la alguacila, se dirige con el tractor, al que se le ha acoplado una pala, hacia el desvío que une el Barrio con la localidad más próxima, para adecentar el asfaltado que ha de recorrer Otilia con su cargamento de pan.



NOTA

[*] Fórmula de cortesía utilizada en el Alto Aragón, equivalente a ¿Cómo está usted? / ¿Cómo se encuentra de salud?.

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“Formigal”: Archivo personal


Hasta que, allá por los años ochenta, no introdujo el Ministerio de Educación las Jornadas de Esquí Escolar, todas las criaturas del Barrio, con escasísimas excepciones, aprendían a esquiar en el Tozal de Berches, una pendiente ancha, limpia y de dificultad media, que terminaba en las ondulaciones del prado Gabarre, utilizado como pista de iniciación. El Tío Inazio, el del molino de aceite, era el voluntario y paciente instructor de aquellas camadas infantiles que, sin bastones y con los esquís en cuña, se deslizaban, cada vez con mejor destreza, sobre aquella nieve grumosa que solía vestir la sierra desde mediados de diciembre.

Cuando la escuela del Barrio se integró en el programa oficial de Esquí Escolar ofertado por el Gobierno de Aragón, las tres aulas rurales se desplazaban, durante una semana, a la residencia estudiantil de Búbal, un pueblo abandonado del valle de Tena, expropiado durante el franquismo para construir un embalse, y que se hallaba en proceso de rehabilitación; desde allí, a primera hora de la mañana, un autobús trasladaba a los jovencísimos cursillistas hasta las cercanas pistas de la estación de Formigal, donde monitores profesionales se hacían cargo de las evoluciones en la nieve de aquella chiquillería retozona e incansable que disfrutaba ascendiendo en el arrastre o montándose en el telesilla en busca de cotas más altas desde las que descender, con brío, emulando a los esquiadores experimentados. A las dos y media de la tarde regresaban a la residencia para comer y, tras un corto recreo, comenzaban los talleres diversos (repaso escolar, cocina, música, dramatización…) que se desarrollaban por la tarde en las instalaciones educativas de Búbal.

Aquella semana mágica e intensa finalizaba con la entrega de diplomas de la Escuela de Esquí de Formigal y una gran fiesta de despedida la última noche de estancia en Búbal. De esas vivencias, compartidas por el alumnado y sus tres maestras, quedó un entrañable recuerdo que se reaviva cada invierno regresando a los emotivos parajes de aquellos inolvidables días grabados en la memoria de los adultos que los disfrutaron en la infancia.

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“Festín”: Archivo personal


¿Qué sobras nos toca comer hoy?“, pregunta Jenabou con cierto retintín. “Nos terminaremos la sopa de pescado y lo que quedó del hojaldre de espinacas. Para mañana, aún tenemos cardo y ternasco”. El frigorífico, transformado en caja fuerte de todos los restos no engullidos en Nochebuena y Navidad, es un muestrario del desenfreno gastronómico de María Blanca, la vecina, que fue la anfitriona navideña —junto con el señor Paco, su marido— de Agnès Hummel, la señorita Valvanera, Étienne, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y la pequeña Jenabou. Siete comensales a la mesa, pero aunque hubieran sido veinte habría habido comida de sobra para completar con el excedente dos o tres fiambreras de más que mediana capacidad. La señorita Valvanera que, como buena montañesa, disfruta entonando estómagos ajenos, disculpaba la bacanal culinaria de la mujer por ser esa su manera, decía, de “darnos las gracias por compartir su mesa”, y tal vez no errara en su barrunto cuando hasta el circunspecto Paco, el marido de María Blanca, un hombre excesivamente callado, se explayó en la cena y la comida contando divertidas anécdotas de los diferentes puestos de la Guardia Civil donde prestó servicio y enseñándole trucos de magia con cartas a Jenabou que, tan encandilada como sincera, le soltó: “Tendrías que ser asi de majo siempre, Paco”.

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“Receso”: Archivo personal


No osa la penumbra periférica adentrarse en la luminosidad rampante que envuelve la ciudad prenavideña por la que discurre un discreto arroyuelo humano enmascarado que apura las horas entre tentadores escaparates y terrazas medio llenas donde las tertulias desafían los avances del frío.

Nena, ¿te apetece un chocolate con churros?”, pregunta Agnès Hummel a Jenabou. “No. Quiero lo mismo que vosotras”.

La calle es un murmullo que se alza y desciende como si una batuta invisible guiara la cadencia del sonido.

Llega el camarero, ataviado con una liviana camisa negra, con los vasos de panacota con frutos rojos, los distribuye y musita un “que aproveche” mientras se dirige, con la bandeja bajo el brazo, hacia los ocupantes de una de las mesas próximas.

De la juguetería que hay a la vuelta de la esquina sale, de sopetón, un popurrí estridente de villancicos que hacen las veces de banda sonora de paseantes y sedentarios y obligan a elevar las voces de los agrupados en las tres terrazas que se apropian de parte del espacio peatonal.

Acude el camarero a la mesa de las panacotas para realizar el cobro de las consumiciones y, a la par que las mujeres recogen las bolsas y paquetes que habían guardado bajo las sillas, se desliza la niña con los patines en dirección a la cercana plaza.

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“El día naciente”: Archivo personal


La luz amarilla de la única farola indemne —de las ocho dispersas por los aledaños de gravilla de los bloques de edificios— recorta la silueta del hombre viejo del kangal, detenido junto a la fuentecilla inutilizada. Inmóvil entre los claroscuros, semeja una estatua levemente inclinada y de contornos amorfos.

El kangal y Luna, la perra caniche del bloque B, van y vienen entre el cerco de luz y las sombras de la madrugada; se perciben los jadeos del ejemplar grande y los tenues gruñidos de la perrilla que, pese a su pequeño tamaño, quintuplica la edad del perro que la rastrea, retozón, alrededor de los raquíticos troncos de los árboles bisoños que la oscuridad hace invisibles.

Silba el hombre y, al darse la vuelta, advierte la presencia de las dos formas humanas sentadas en el banco, a apenas tres zancadas de él. Retorna a silbar el viejo; un silbido largo, casi un chillido, que atrae al kangal hasta sus piernas. Y, entonces, la luz del amanecer empieza a resquebrajar la negrura de la sierra —entre los dos bloques de pisos encarados al este— amalgamando silenciosos fuegos artificiales que colorean el cielo y abren brechas relucientes en la envoltura lóbrega del parquecillo y los edificios circundantes, exponiendo a cielo abierto las facciones de los ocupantes del banco, a quienes el viejo del kangal reconoce y saluda alzando una mano enguantada para, a continuación, girarse con el perro pegado a él, desandando el camino hasta el bloque C.

Luna, la caniche, erguida junto al banco, contempla la marcha del viejo y el kangal y les lanza un lacónico ladrido.

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