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Tradiciones

«Tradiciones»: Archivo personal


En la zona porticada de la plaza recrean las Tejedoras pretéritos de dedales e hilaturas. Sobre el tapete de las mesas y el respaldo de las sillas de anea, las telas: linos, muselinas, cuadrillés, tafetanes, rasos, y, protegida por un inmaculado papel cebolla, una añosa pieza de seda natural enrollada en un tubo de cartón. Encima de los alféizares de los ventanales de la abadía aguardan su relleno colorista —a manos de la ilusionada chiquillería— los tejidos de cañamazo tensados en los bastidores. En la mesa de las bolilleras, la señora Miguela de [Casa] Puimedón, la más veterana, enseña a un grupo de adolescentes de ambos sexos cómo se construye el mundillo [*] tradicional, con el interior compuesto de paja firmemente apretada a golpes de palo. “¿Lo habéis entendido?”, pregunta. “Poneos por parejas y a la faena”. Cerca, en una mesita baja, ha instalado Emil su baúl de carpintería con los bolillos de boj ya cortados a los que va dando forma bordeándolos a navaja bajo el escrutinio del señor Vicente, antiguo tallador de madera vencido por la artrosis.

Trepan por las telas los dedos de muchachos y muchachas creando caminos hilados en los que se entremezclan débiles rastros de sudor. Dos pequeñas aprendizas de encajeras concitan la atención de los mirones por su habilidad al entrecruzar sus bolillos pintados de colores formando, con los hilos, una urdimbre perfecta sobre el patrón. Van y vienen las artesanas experimentadas entre los corrillos donde los más jóvenes del Barrio ensayan —con agujas de plástico endurecido— sus primeras puntadas, ensimismados los ojos en los lances de sus propias manos que, como por ensalmo, van perdiendo la torpeza inicial.

Cuando las palmadas de las Tejedoras señalan el final del taller al aire libre, asoma un gesto de fastidio en algunos rostros infantiles que se transforma en sonrisa conforme ven acercarse a Josefo con dos cubos cargados de helados.







NOTA

[*] Almohadilla cilíndrica que se utiliza como soporte para el encaje de bolillos.

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caserío Aspain-Txiki (Leitza)

«Caserío Aspain-Txiki (Leitza)»: Archivo personal


I

Tarde-noche dominical

Joder, sois la repanocha”, le espeta Asier a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio nada más llegar a la bajera [*] de Zizur donde han quedado para cenar unas pizzas. “Tanto decirme ‘cuando juguéis en Leitza, avisa, que iremos’…” “¿Y no hemos ido, o qué?”, lo interrumpe ella. “Claaaaro, a ver el abetal de Izaieta y a echar unos tragos, porque lo que es al partido ni os habés asomado”. “Bien teníamos que ir a saludar a Carlos y curiosear en los escenarios donde se rodó parte de Ocho apellidos vascos, ¿no?”, apunta Marís. “¿Ah sí….? ¿Y en qué parte del metraje sale el abetal, lista…? Porque, que yo sepa, no…” “Venga, va, que se reseca la masa…”, media uno de los jugadores del C.D. Iruntxiki de Beriáin que se ha sumado a la cena. “Aún nos acusará de ser los culpables de que hayan perdido”, dice por lo bajo Étienne.





II

Seis días antes. Fragmento de una conversación del Grupo de WhatsApp

Maria Petra: Mam’zelle [**] está que trina porque llevas dos ensayos perdidos de don Perlimplín y Emil está hasta los güevos de sustituirte. Como no aparezcas el finde…
Asier: Nah. Tampoco. Jugamos en Leitza contra el Aurrera.
La veterinaria: En Leitza???? Ah, pues iremos. ¿No te dije que si nos avisabas con tiempo iríamos…? Tenemos en ese pueblo un amiguete.
Asier: Vendréis al partido de fútbol…? En serio…?
Marís: M’apunto.
María Petra: Qué rabiaaaa… No puedo ir por el teatro. Me fastidia porque hace tiempos que no veo a Carlos.
Étienne: Puf, no sé, creo que tengo el traje de cheerleader en la tintorería, jajaja.
María Petra: Cuando lo recojas nos haces en privado un desfile, que estarás de un monín…
María Petra: Asier, llama a Mam’zelle cagando leches y le cuentas que te pierdes otro ensayo.
Asier: Ok.
Asier: Lo de Leitza, qué? Confirmáis?
La veterinaria: Sí. Yo iré.
Marís: Sí, sí. También. Tengo ganas de ver a Carlos y a su mujer.
Étienne: ¿A qué hora jugáis?





III

De lo que, tras poner en común los recuerdos de las protagonistas, podría ser el prólogo aunque se halle al final

Sucedió un verano. Tendríamos diecinueve o veinte años y nunca habíamos oído hablar de Leitza. Tampoco imaginábamos que, tiempo después, el nombre de la villa Navarra lo recordaríamos unido a una cazuela de conejo guisado y a un autoestopista”, comienzan.

Pero pongámonos en el contexto: Julio, un mediodía tórrido, tres chicas despreocupadas rumbo a los Sanfermines en un Peugeot 205 de tres puertas, escuchando a Reincidentes en el radiocasete y con los estómagos azuzados por el olorcillo grato que se extendía desde los asientos traseros, donde el contenido de una cazuela alta (de esas esmaltadas en rojo y con el interior azul claro) que Marís sujetaba entre los pies, aguardaba el momento del asalto. “Lo hemos hablado muchas veces y siempre con la misma conclusión: Jamás nos ha sabido tan sabroso un guiso como aquel preparado por la madre de Marís y que, en un principio, nos negamos a aceptar”.

—¿Pero, Isabel, cómo pretendes que nos llevemos eso? ¡Que nos vamos de Sanfermines!
—Ah, ¿es que en Sanfermines se ayuna…? Cuando paréis a medio camino y os lo comáis, me lo agradeceréis.

Se detuvieron en Puente la Reina de Jaca, estacionaron el coche bajo la única sombra que encontraron en el animado aparcamiento junto a la Nacional 240, compraron bebidas en el bar y se dispusieron ya no a comer, sino a zampar. “Entonces los vimos. Dos chicos vestidos con ropas militares haciendo autoestop”.

Los soldados se fijaron en el vehículo con matrícula de Navarra y decidieron probar suerte y acercarse a preguntar a sus ocupantes si iban a Pamplona o sus inmediaciones. Carlos y Miguel Ángel, eran sus nombres. Uno de Leitza (Navarra), el otro de Celorio (Asturias), ambos de permiso del servicio militar que prestaban en Jaca. “Imposible olvidar sus caras de asombro cuando nos descubrieron sentadas en el suelo, con la cazuela en medio, las barbillas y las manos pringadas de salsa, hincando el diente a las piezas de conejo y mojando pan como si lleváramos días de hambre atrasada”. A los cinco minutos, los desconocidos se habían unido al banquete y asegurado el viaje a Pamplona. En el caso de Carlos, hasta la misma puerta de su casa en Leitza.

De Miguel Ángel no volvimos a saber una vez que se espaciaron, hasta desaparecer, las comunicaciones que intercambiábamos”. Con Carlos, por el contrario, nunca han dejado de mantener el contacto desde aquel lejano mediodía caluroso en Puente la Reina de Jaca.








NOTAS

[*] Local comercial en desuso, a pie de calle, que se alquila como lugar de ocio privado. Son tradicionales, entre la gente joven, especialmente en Navarra y La Rioja. A las bajeras se las conoce, también, como piperos.
[**] Apelativo referido a la señorita Valvanera, maestra jubilada y directora del Grupo de Teatro.

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«Ruinas de Escó»: Archivo personal


Antes de dirigirse al valle, remolonearon entre las ruinas de Tiermas y Escó, aun cercadas por la bruma que parecía proyectarse, lánguida, desde las aguas del embalse de Yesa. AnsorenaAnso—, viejo compañero de estudios de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, zascandileó entre los casas derrumbadas de la callejuela en pendiente de Escó que hizo las veces de la bombardeada y destruida Gernika en la película homónima de Koldo Serra. “¿Así que decís que este pueblo pertenece a Zaragoza aunque esté en la comarca de la Jacetania de Huesca?”, preguntó, a gritos, encaramado a una de las ventanas abierta a la nada. ”Lo decimos nosotras y lo dice el mapa, Anso. ¿O no has visto el cartel de señalización antes de llegar al pantano? Venga, vente con la mochila y saca el termo, que como te descalabres nos sentará mal la cafeína”.

En la zona más baja, donde una franja de arenilla de color plomizo marcaba el nivel máximo de las aguas embalsadas, se sentaron sobre los anoraks, con los vasos de café entre las manos y el tupper con las torrijas de Yolanda en equilibrio sobre dos piedras. En el horizonte ligeramente nublado se dibujaban las sierras de Leyre y Santo Domingo asomadas a las aguas quietas y acorraladas cuya humedad se prendió en las ropas de los visitantes que, medio acostados y en silencio, contemplaban ese falso mar que oculta algunos tramos del Camino de Santiago.


Treinta y cinco minutos después, contorneando las sinuosidades de la carretera que se adentra en el valle del Roncal y dejando atrás las localidades aragonesas de Sigüés y Salvatierra de Esca, recalaron en la casa de Luis  —otro compañero de la facultad de Veterinaria—, en la villa navarra de Burgui, una población que, como todas las del valle, abunda en parajes de extraordinaria y abrupta belleza y cuyo casco urbano, de piso empedrado y tradicionales casonas, recorrieron con avidez, como si fuera su primera visita, antes de volver a la entrada del municipio, junto al restaurado y robusto puente romano-medieval por cuyos cuatro arcos discurre el Esca, el rio que, a pocos kilómetros de allí, fue excavando y cincelando durante miles de años la roca caliza dando lugar a una foz despampanante ante la que los ojos viajeros se achicaron deslumbrados.

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IEra de Escartín

«El patio de recreo»: Archivo personal


Apenas un cuarto de arco iris se proyecta sobre el lecho herbáceo de la antigua pardina Gabarre, allí donde la memoria colectiva evoca a mosén Demetrio —el pastor de almas del Barrio en las tres primeras décadas del siglo pasado— arrodillado en el desaparecido esconjuradero, con o forniello —una cruz procesionaria ennegrecida— a la derecha y elevando la voz hasta la afonía —al son del bandeo de las campanas de todas las localidades de la redolada— con la rogativa a las santas Nunilo y Alodia, suplicando protección contra la furia meteorológica para finalizar, puesto en pie, con una letanía de imprecaciones hacia los entes maléficos y el invariable imperativo tres veces repetido: “Au d’astí, au d’astí, au d’astí![1], preludio, tal vez, de una calma anhelada tras las durísimas embestidas de los fenómenos atmosféricos.

En una única piedra grisácea —resto, se dice, de aquel mágico templete desmoronado sesenta o setenta años atrás y que resiste a modo de islote irregular perdido entre un mar de tallos flexibles que aromatizan el terreno cercano a la paridera— se hallan acumulados los vestigios de tormentas, rayos, culebrinas, ventiscas, vendavales y pedregadas [2] que bruxas y diaples [3], disfrazados de nubarrones temibles, descargaron sobre los campos y pueblos montañeses en constante pulso entre las fuerzas del Mal y las fuerzas humanas, aunadas estas últimas con las santas protectoras en la sencilla construcción desde donde las palabras del cura rural acuchillaban las sombras para que, a través de la herida, entraran los rayos del Sol y distribuyeran sus serenas caricias.

Au d’astí, au d’astí, au d’astí!


Meterete, la cigüeña residente, camina, señorial, por la pardina humedecida en la que pasta el vacuno, atenta al devenir de las bêtes sur l’herbe y los ratones de campo que asoman sus ojuelos a la gozosa claridad de la mañana.







NOTAS

[1] En aragonés, ¡Fuera de aquí, fuera de aquí, fuera de aquí!.
[2] Id., granizadas.
[3] Id., brujas y diablos.

.

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«Entre ramajes»: Archivo personal


Antes de las ocho de la mañana, los españoles e italianos alojados en el hotel Ibis Paris Porte d’Orléans, en Montrouge, ya han tomado ruidosamente el comedor: La muchachada de Bolonia, en viaje pedagógico, hace acopio, en sus mochilas y bolsas, de panecillos, fiambres y bollería expuestos en el buffet; el grupo de talludos turistas madrileños, llegados la tarde anterior, se abre paso entre la impaciencia juvenil para acceder a las cafeteras y jarritas de leche; Étienne e Iliane, bien posicionados ante el mostrador de los desayunos, van llenando de viandas cuatro platos mientras la veterinaria y Asier se proveen de mantequilla, mermelada, azucarillos y una cafetera de cerámica que, dados su peso y temperatura, está hasta los bordes de café muy caliente. “Si son capaces de comerse todo lo que se han llevado…”, dice Agustín, uno de los madrileños, señalando a los estudiantes que, bien aprovisionados, se dirigen fuera del hotel. “Nosotros vamos ahora a Versailles”, explica. “¿Y vosotros…?” “Nos quedamos en Montrouge”, le responde Étienne.


[…]

El cementerio de Montrouge huele a lavanda y a piedra de cantería. La lápida de Emilieta es verde, con el nombre de ella grabado en filigrana plateada y, junto a la jardinera con petunias, la pequeña reproducción de la pirámide de 545 prismas pétreos escalonados (el mismo número que las personas fusiladas en Huesca) del Parque Mártires de la Libertad, donde, en 2014, el nombre de su padre, asesinado por fascistas oscenses cuando Emilieta apenas contaba dos años, fue rescatado, junto con otros, por la memoria renacida, y leído, con voz susurrante, por una de las nietas, aferrada al atril y al recuerdo de su madre, hija del homenajeado. “Qué injustas han sido la vida y la muerte con mamá”, repetía. “Tenía que haber estado aquí y ser ella la que nombrara a los cuatro vientos a su padre… Con cuánto orgullo lo hubiera hecho”.


[…]

A las siete y media de la tarde apenas quedan huecos en el restaurante más económico de la parisina calle de Rivoli, donde algunos de los estudiantes de Bolonia, compañeros de alojamiento en Montrouge, les hacen sitio mientras deciden qué plato combinado elegir. Terminan pidiendo, al unísono, por iniciativa de la veterinaria, bœuf bourguignon.

Es, para los jóvenes boloñeses, la última noche en París, mientras que el grupo navarroaragonés se quedará un día más para visitar, con la incansable Lola Haas, el Centro Pompidou.

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Caminera II

«La mirada de la yegua»: Archivo personal


Mírala, ella, tan mimosa desde que nació…Juaquín de [Casa] Foncillas juguetea con las crines de Caminera, a la que una tendinitis arrastrada desde comienzos de año le ha impedido participar, con sus compañeras de la yeguada de monte, en la excursión contratada por un grupo de navarros para visitar el entorno de la sierra de Sevil, aprovechando un domingo de lluvia arrinconada, en corta tregua, por el Sol. Junto a la valla, en un bol cubierto por un paño, las galletas de avena y zanahoria, las preferidas del animal, horneadas el día anterior por la veterinaria para celebrar los once años recién cumplidos por la hermosa yegua, que cabecea, ávida, con los ollares distendidos por los gratos aromas que advierte, reclamando sus golosinas con suaves resoplidos. “Juaquín, ¿puedo llevarme a Lizer de paseo hasta la ermita…?”, pregunta Jenabou. “Te lo ensillo y paseáis por aquí, que están con los tractores en los campos del camino y ya sabes lo nervioso que se pone con el ruido”. En la pardina de arriba, ladran, desaforados, los perros labradores de Carmelo, el pastor; responden, hoscos, los mastines del establo, con las señoriales cabezas encaradas a la lejanía dominada por el rebaño.

A las once y media, cuando los trabajadores del establo regresan a sus faenas tras el almuerzo, Juaquín y la veterinaria bajan al bar del Salón Social, donde Josefo, el camarero, discurre entre las mesas de la soleada terraza sirviendo pimientos rellenos de huevo y atún, raciones de ajoarriero, bravas y pulpo y tostas cubiertas de mermelada de olivas negras. “Hala, que mañana volverán los chaparrones y habrá que ponerse a cubierto”, advierte uno de los jugadores de guiñote. “Dos meses seguidos tendría que llover”, replica otro.

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«Mascarada»: Archivo personal


Duerme l’Ome Grandizo [1] el sueño riscoso de los dioses pirenaicos, mutado en sierra, la de Guara —la Sierra Niña, que decía Ramón J. Sender, enamorado de sus paisajes y leyendas—, con su humanoide mole yacente perfilada entre la peña de Amán (los pies) y el picón del Mediodía (la cabeza con su picuda nariz).

Duerme el sueño eterno el gigante, aquel que la tradición y el mito hicieron vagar, armado con un astral [2] de piedra y en compañía de un oso, por las fantásticas trochas de ese paisaje fragoso y hechizante de la Bal d’Onsera [3].

Duerme el que fuera celador de la virginidad de las mozas serranas, encriptado en la Naturaleza, con el rostro, en granítica cresta, saludando al viento que, soplando sin interrupción desde los dos inmensos peñascos que forman la Puerta del Cierzo, le canta, provocativamente socarrón:

Junto a l’augua d’abaixo
n’a Bal d’Onsera
a mozeta ha perdiu
o que teneba [4].


Desde el tozal abierto a la laja donde se deposita la comida para los quebrantahuesos, se divisa el ecosistema rupícola de la Bal d’Onsera, con sus agrupaciones de pinos silvestres, sabinas, carrascas y buxos [5], en caprichosa distribución, y el cauce del barranco principal y sus ramales, que serpentean, se unen y se bifurcan, en fascinador congosto, entre matorrales que parecen lanzar sus ramas de una pared rocosa a otra para resguardar el suelo pedregoso de los rayos solares.

Y al fondo de la rambla que las aguas erosionaron, excavada en la roca que se eleva en murallón vertical, la ermita de San Martín, medieval y mágica presencia pétrea protegida por el roquedal del que mana el agua milagrosa y fertilizante, pócima cuasi divina que avivó los vientres secos de reinas, damas, siervas y campesinas durante siglos, en dificultosa romería pedestre entre guijarros resbaladizos, quebradas y riscos.

Cuéntase que, antaño, la bal fue territorio de osos, que encontraban en sus vericuetos idílicos covachos y abrigos para la hibernación. Los sueños úrsidos en la bal eran preludio de nieve y heladas en la Sierra de Guara, que únicamente se atemperaban cuando l’Onso  —el macho más fuerte—  despertaba y reanudaba su actividad. El rito de los habitantes de la Sierra para hacer que el invierno finalizara consistía, pues, en incitar a l’Onso  —mediante gritos, cánticos y repiques de esquillas [6]— a salir de su madriguera para adelantar la llegada del tiempo benigno y calmar, así, la brutalidad de la Naturaleza.


Extinguiéronse los osos de la Bal d’Onsera —o acaso no los hubo jamás, quién sabe— y la pueril argucia de los montañeses para combatir a las fuerzas de la Naturaleza trocóse en lúdicas Carnestolendas que todavía conservan dos elementos del antiguo ritual: El incesante ruido de las esquillas y la degustación colectiva de los crespillos, deliciosos postres hechos con hojas tiernas de borraja bañadas en leche y huevo batido y rebozadas con harina, que se fríen en aceite de oliva y se sirven ligeramente espolvoreadas con azúcar.







NOTAS

[1] En aragonés, gigante.
[2] Id., hacha.
[3] Id., Valle de la Osera.
[4] Id., «Junto al agua de abajo / en el Valle de la Osera, / la muchacha ha perdido / lo que tenía».
[5] Id., bojes.
[6] Id., esquilas, cencerros.

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«El amo del gallinero»: Archivo personal


Cuarenta años atrás, en el callizo de la trasera de la casa abacial que discurre hasta lo que actualmente es el frontón, se hallaba la vivienda de la viuda Vidaurre, un edificio en el presente irreconocible por las importantes reformas que llevaron a cabo quienes lo compraron hace más de dos décadas. La construcción original, de una sola planta y no especialmente destacable, contaba, en un lateral en pendiente, con un amplio corral rodeado de un murete de poca altura donde la señora Otilia, la viuda Vidaurre, criaba conejos, tórtolas, gallinas y un gallo hermosote y cachazudo al que la chiquillería que jugaba en el prado municipal, pegado a la parte posterior de la vivienda, llamaba Perejiles.

El ave, con plumaje negro y anaranjado y una colosal cresta torcida, ascendía hasta la parte superior del cercado y contemplaba, estática e imponente, los juegos infantiles, manteniéndose inmóvil incluso cuando alguna criatura se acercaba para observar con admiración sus magnificos espolones, sin que la proximidad y algún que otro toqueteo perturbaran al animal. No ocurría lo mismo con la dueña del corral. La viuda Vidaurre, arisca y malencarada, solía asomar por el murete y la emprendía a manotazos contra Perejiles hasta obligar al gallo a bajar de su atalaya, a la vez que lanzaba improperios a la gente menuda que, según ella, la incordiaba. «¡Marchad a jugar a la puerta de vuestra casa, cagallones!», vociferaba. A todo ello se unía la requisa de un par de pelotas que habían aterrizado en su corral y que les había devuelto, rajadas e irreparables, con un «así aprenderéis a no molestar».

Pero la incidencia más espectacular se produjo a raíz de que la viuda Vidaurre arramblara con un maletín de tela lleno de muñecas recortables que una de las niñas más pequeñas había depositado en la hierba, al pie de la valla de piedra. Ante el nuevo abuso, la chiquillería en pleno, sin encomendarse a nadie, entró en acción. Al día siguiente, tras salir de la escuela, los cuatro niños y las siete niñas del grupo regresaron al prado. Mientras unos distraían a la viuda suplicándole la devolución del maletín, otras se subieron al murete, atrajeron a Perejiles, lo metieron en una enorme caja de cartón que había contenido un televisor y, después de gritarle a la dueña del corral que le darían el animal a cambio de los recortables, corrieron con su carga hacia la plaza; tras ellos, con asombrosa ligereza en una persona mayor que se ayudaba de un bastón para caminar, salió la viuda Vidaurre, furibunda, y, algo más retrasado, Lorencito, su hijo cuarentón, que adelantó a la madre en una zancada alcanzando a las cuatro porteadoras en el momento en que, agotadas por la tensión, más que por el peso y la carrera, se detuvieron a tomar aliento cerca de la fuente, en tanto que el resto de la grey infantil se perdía entre los soportales de la iglesia.

A pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerda Marís, entonces de unos ocho o nueve años, que cuando el señor Bartolomé, el cartero, se interpuso para que Lorencito Vidaurre dejara de tirarle con brutalidad de las orejas, no se atrevía ni a tantearse los laterales de la cabeza con las manos por temor a no encontrar nada donde antes había tenido los pabellones auriculares.

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«Flamas»: Archivo personal


San Sebastián, san Blas, san Pablo y san Antón.
pa deschelar a barba empinan o porrón.
¡Que chele fuera!…¡Ba por dentro a prozesión!
¡Dilín-dilón!, ¡Dilín-dilán–dilón!.
Fogueras, trucos, buen tozino y buen porrón…
¡Con istos santos no se aburre aquí ni Dios!.

La Ronda de Boltaña.


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan» [1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián, Babil, Blas o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos [2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará los días venideros, como hace cientos de años, regocijadas noches de muchas localidades del antiguo Reyno d’Aragón, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.


NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

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«Luna vela»: Archivo personal


Rozando el alba se acallaron las voces y las llamas alimentadas de carrasca de la chimenea de la sala de abajo de O Cado acunaron con sus reflejos los rostros de los durmientes. Luis, el exmosén reconvertido en trabajador social en el área zapatista de México, en la colchoneta, frente al cajón de la leña; Iliane, con Luna, en el sofá, junto a las escaleras; María Petra y la veterinaria en los viejos sillones abatibles hallados en la escombrera y reciclados; Étienne y Jenabou acurrucados en sus sacos de dormir, uno a cada lado de la viga maestra forrada de finos listones de cerezo. Los tres restantes, en el piso de arriba, distribuidos en las dos alcobas.



Amanece.

En una mesita desplazada hacia la pared, la novela que protagonizó el libro-fórum de la tarde anterior en la Sala Pepito de Blanquiador de la Asociación de Cultura Popular: Hijos de la niebla, heredaréis la nada, de Luis Bazán Aguerri; sobre ella, El discurso de la servidumbre, de Étienne de La Boétie, un facsímil realizado por Emil con tan escrupulosa fidelidad que incluso emana de él olor a viejo.

Y como adheridas mágicamente a los maderos que enmarcan el artesonado de cañas del techo de la sala de abajo, las conversaciones intercambiadas en la alargada sobremesa de la cena, cuando, en homenaje a Luis, el exmosén, resucitaron la pícara historiografía de mosén Bruno Fierro, el descacharrante cura de Saravillo protagonista de la mazurca de la Ronda de Boltaña; la aventura anarquista de mosén Jesús Arnal, secretario de Buenaventura Durruti; el asesinato a manos de falangistas del comprometido cristiano José Pascual Duaso, el bondadoso párroco de Loscorrales, y todas las historias recordadas, casi a trompicones, sobre personajes altoaragoneses, reales o legendarios, que el polifacético cura Rafa Andolz les relatara a las otrora adolescentes Marís, María Petra y la veterinaria, durante las tres sesiones semanales de estudio de lengua aragonesa. «Habéis tenido el privilegio de aprender nuestra hermosa lengua desde la cuna», les decía. «Usadla y transmitidla para que no muera».

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