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Archive for 31 octubre 2016

“Nubes sobre el cementerio”: Archivo personal


Hay en el hayedo que linda con la parte trasera del cementerio y la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, un sendero  actualmente desdibujado y apenas transitable—  que desciende hasta casi rozar el río y culebrea entre los huertos de la zona baja para ascender de nuevo hacia el viejo molino y unirse al camino meridional que desemboca en el Barrio. Esa senda mortificante es conocida como la Trocha de las Almetas[1]. Por ella vagan, confundidos, los espiritus de aquellos difuntos cuya muerte repentina y/o violenta dejó en suspenso eterno sus rutinas y ocupaciones. Pugnan por regresar al Barrio, se dice, para cumplir con sus tareas inacabadas; como la abuela María de [Casa] Puimedón, fallecida a finales de los años cuarenta, que estuvo cerca de cuatro años recorriendo la trocha desde el cementerio a su casa hasta que Severina, la entendedera[2]  madre de la señora Benita—  descubrió el motivo del pesar de la almeta de María y los familiares de la difunta pusieron remedio.

Se cuenta que María de [Casa] Puimedón recogía su pelo encanecido  que le sobrepasaba la cintura  en un moño que ella misma trenzaba y amoldaba en la nuca. Cada quince días, se descomponía el rodete, peinaba su pelo, lo pringaba con una especie de brillantina y rehacía hábilmente su moño. Para ese menester utilizaba un viejo peine, con algunas púas rotas, que dejaba en una oquedad del patio de la casa.

Aconteció que, regresando un día del huerto, la abuela María sufrió un vahído y cayó en la acequia donde, aunque apenas corría un hilillo de agua, se ahogó. Esa misma noche, mientras velaban el cadáver, empezaron los ruidos en Casa Puimedón. Los siguientes cuatro años las noches se convirtieron en un macabro concierto de golpes, puertas que rechinaban y, en ocasiones, ayes que sobrecogían a la familia. Finalmente, la nuera de la abuela María recurrió a Severina que, tras hacer recordar a los familiares todo lo que había sucedido el día de la muerte de la abuela, averiguó que la intención de la anciana al regresar del huerto era peinar sus guedejas. “¿Y el peine? ¿Dónde está el peine?”, preguntó la entendedera. Entonces la nuera recordó que antes de adecentar a la difunta para el velatorio, había retirado el peine del lugar donde lo dejaba la abuela, guardándolo en el fondo de un cajón. Y no, no había peinado a la difunta; se había limitado a pasarle los dedos por la cabeza y a apretarle el moño.

Severina, que, dicen, era experta en almetas, pidió que volvieran a colocar el peine de la abuela María en la oquedad del patio. Y esa misma noche dejaron de escucharse los fantasmales sonidos.

Señalan las malas lenguas que los habitantes de Casa Puimedón quedaron tan escarmentados por lo acaecido con la abuela María que, desde entonces, cuando hay una muerte en la familia, entierran al deudo descalzo, para dificultar su regreso por la Trocha de las Almetas.


Ya no visitan el Barrio las almetas o, si lo hacen, son tan escrupulosamente discretas que ningún humano ha vuelto a detectar su presencia. Pese a ello, la chiquillería, los jóvenes y los mayores, mantienen dos constantes heredadas de sus antepasados: No acercarse por la trocha los días que preceden al dedicado a los difuntos y depositar una piedrecilla a cada lado del portalón de la entrada al cementerio para que las almetas malévolas —llamadas totones— que esperan una presencia humana para arrastrarla a la muerte, se enganchen en las piedras y no puedan llevar a cabo su siniestra intención.


NOTAS

[1] En arag., almas, ánimas. Espiritus errantes de los difuntos.
[2] Id, mujer sabia. Bruja.

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“Otoño”: Archivo personal

 

Sábado…

Con los chubasqueros veteados de goterones, las botas enlodadas y los rostros encendidos, descienden las caminantes desde la pardina[1] Furtasantos hasta la calleja sombreada de lluvia que se adentra en el Barrio y zigzaguea entre las casas para desembocar en la plazuela donde se ubica el bar del Salón Social. Olarieta, la cocinera y responsable del establecimiento, cabecea tras la barra y dice, socarrona: “Aquí llegan nuestras deportistas pasadas por agua y con más hambre que los pavos de Manolo”. Menos de diez minutos después, ya están las andariegas reunidas en torno a una mesa donde, en apetitoso desorden, humean tazas de café y tazones de leche junto a una fuente de frutas de sartén a donde las manos van y vienen con urgente glotonería.

Cuando, con los estómagos bien cumplidos y las articulaciones algo más reposadas, el grupo se dirige al exterior, retiene Olarieta a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio: “El señor Juan dejó ayer una pozalada[2] de caracoles para ti. Dijo que entre ellos no encontrarías ninguna cabra[3]… Cuando estén bien purgáus, te aviso y, si quieres, os hago un guisote con ajolio[4].”


NOTAS

[1] En Aragón, monte bajo para pastos.
[2] En aragonés, cubo.
[3] Caracol de tamaño más grande con franjas muy marcadas.
[4] En arag., ajoaceite.

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