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Posts Tagged ‘Barrio’

“La picaraza en el cañizal”: Archivo personal


Ronda Bruja, la picaraza, los establos de la yeguada donde comparece, engreída y soberana, cuando Juaquín de [Casa] Foncillas, su valedor, trajina entre los equinos. Acude el ave, chillona y de vuelo desacompasado, al cobijo del hombre que, cinco años atrás, la recogiera, de polluelo, de un nido destrozado y la criara en el granero de las pacas de forraje y paja, donde un jaulón sin puerta le sigue sirviendo de acomodo a su capricho. Bruja es lista, provocadora y con unas dosis de mala sombra que parecen imposibles en un animal de cerebro tan diminuto. Mayoral, el mastín viejo, que la tiene calada, intenta mantenerla alejada de lo que él considera sus dominios, lanzándole secos ladridos a los que ella responde con gritos que semejan carcajadas, ora desde el techado ora desde la valla o del bamboleante jaulón. Cuando la presencia de Juaquín contiene el instinto del inmenso y normalmente apacible Mayoral, Bruja abandona las alturas y brinca en el suelo, sabedora de que el hombre cercenará cualquier iniciativa agresiva de Mayoral o de los otros dos canes que celan la yeguada. El hombre la mima, le da de su propia mano trocitos de hígado de pollo mezclados con arroz y galletas y ella, ladina y zalamera, cuando ya ha dado cuenta del contenido depositado en la mano, le grita, con inteligible pronunciación que asombra a cualquiera que la escucha —salvo al propio Juaquín, que se pasó horas y más horas enseñándole—: “¡Bruuuuja! ¡Bruuuuja!“. Y se aleja volando hacia donde pulula el grupo de picarazas con las que hace migas. O se posa, ufana, en el cañizal de A zequieta, desde donde avista y controla el ir y venir de animales y humanos.

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“La Escorrentía”: Archivo personal


Los grupos de mochileros y senderistas que acceden al Barrio, desde las diferentes rutas de la sierra, por el camino de la Escorrentía ignoran que ese singular sendero de fina pedriza y sinuoso trazado es, en realidad, un barranco —seco desde hace noventa años— que, en algún momento geológico, formó parte del río que, a pocos metros de desnivel, corre paralelo durante cerca de tres kilómetros.

En ese lecho de guijarros y hierba, bordeado de una inigualable muestra de flora silvestre, pereció ahogado, allá por 1907, el repatán[*] que cuidaba los cordericos de Casa Casimiro —casona ya inexistente cuya ubicación ocupan actualmente los establos de la yeguada de monte de Casa Foncillas—. Una fuerte tormenta abrileña sorprendió a Vicentito —que así se llamaba el repatán, de ocho años— de regreso al Barrio y, según se cree, intentó atajar por la Escorrentía, que apenas llevaba tres palmos de agua, con tan desgraciada suerte que cayó una tromba de agua que arrastró a pastorcillo y corderos barranco adelante; dos días después encontraron el cuerpecito del niño flotando en el río, en la poza del molino, y, junto al pobre muchacho, algunos de los animales que pastoreaba. En una fotografía realizada en 1908 por el reconocido pireneísta francés Lucien Briet desde el altozano del derrubio, se aprecia, junto a la magnificencia acuosa del río, un tramo del barranco de la Escorrentía rebosante de agua, como documento gráfico de lo que un día fue el ahora transitado y seco sendero.

En 1945, cuando hacía años que la Escorrentía no era sino un pedregal olvidado por el agua, el barranco se convirtió, al abrigo de la vegetación, en el lugar donde el entonces joven señor Anselmo, enlace de los guerrilleros de la partida de Villacampa, depositaba —en diversos escondrijos— comida, munición y mensajes para los maquis que operaban en la Sierra de Guara. En una de aquellas peligrosas idas y venidas fue interceptado por una pareja de la Guardia Civil, obligando a uno de los guerrilleros a salir de su escondite y encañonar a los civiles, a los que desarmó dando tiempo a que el señor Anselmo, que conocía a los guardias y pidió que no se les hiciera daño alguno, huyera de allí para terminar echándose al monte, donde permaneció tres años y medio; vana fuga porque, aunque el joven Anselmo no lo supo hasta mucho tiempo después, aquellos guardias imberbes silenciaron el incidente ante sus superiores y nunca se le persiguió.


[*] En arag., niño o joven que ayudaba al pastor adulto.

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“Tiempo de langostos”: Archivo personal


Ascienden las caminantes hasta el Barrio atajando por la brecha que saja la vertical del congosto formando un sendero estrecho —poblado de cascajos— que termina cerca de la parte trasera del bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, que las ha observado desde las cristaleras del mirador, las recibe con un “Vais a matar a Mam’zelle[1] haciéndola ir por el derrubio“, que no recibe más respuesta que una sonrisa de la aludida mientras el sexteto desfila hacia una de las mesas que Josefo, el camarero, está terminando de montar en el exterior, bajo el emparrado.

Parlotean las caminantes desparramadas, más que sentadas, en los sillones metálicos y sirve Olarieta rebanadas de pan recién tostado y untado con ajo y aceite como acompañamiento de los tazones de leche y tacitas de café que atestan la mesa de tablero ovalado.

Despierta el Barrio en la avanzadilla cálida del domingo mientras el reloj de la torre campanea ocho veces y el mercurio del termómetro anclado a la pared de piedra del bar señala 9º de temperatura.


En la esquina del muro del almacén, indiferentes a las mujeres que desayunan, una pareja de langostos[2] festeja, en abrazo amoroso, la primavera.


[1] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos y pupilas.
[2] En aragonés, saltamontes.

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“Fitizú”: Archivo personal


Cuando, en la tarde del miércoles, comenzó el pleno del Ayuntamiento, había tanto público en la sala que los asistentes en pie doblaban en número a quienes habían podido ocupar una silla. La razón de semejante afluencia no era sino el punto 3 de los asuntos a tratar en la convocatoria, en el apartado de Resoluciones: «Aprobación del levantamiento del reparo de las facturas del área de Medio Ambiente correspondientes al Proyecto Michinos».

El Proyecto Michinos —coordinado por la veterinaria y llevado a cabo hasta hace dos años exclusivamente por iniciativa privada— son un conjunto de protocolos ambientales y sanitarios que suponen el control censal, desparasitación, vacunación y, en último caso, esterilización, de la colonia felina del Barrio, sin distinción entre gatos domésticos o callejeros, por entenderse que todos los miembros de la colonia transitan libremente por la localidad. Al Proyecto se unió, en 2017, el Ayuntamiento del Barrio, que aprobó una subvención anual de 125 euros para la adquisición de medicamentos y material sanitario.

En el pleno extraordinario celebrado en el mes de enero, la Interventora del Ayuntamiento puso reparos no suspensivos a las facturas correspondientes al año 2018 presentadas por la coordinadora del Proyecto, al exceder las mismas del presupuesto destinado por el ente municipal y, aunque fueron aceptadas, se conminó a la responsable del Proyecto a documentar el desfase entre la subvención concedida y los gastos realizados. Al día siguiente del pleno, la veterinaria presentó en el Ayuntamiento un pliego en el que se especificaban las aportaciones privadas recibidas, que se correspondían con la partida de gastos que no cubría la subvención; la documentación fue admitida quedándose en que, en el siguiente pleno, se levantaría el reparo.

A las ocho y diez de la tarde del miércoles, con el punto 3 de la convocatoria aprobado entre aplausos de la concurrencia, y ya en el turno de Ruegos y preguntas, Presen, la del Invernadero, voluntaria del Proyecto Michinos, solicitó al Ayuntamiento que se estudiara la ampliación de la ayuda en función de las necesidades reales que han de cubrirse, petición a la que la presidenta de la corporación respondió con un escueto “Imposible”, que lleva repitiéndose, cual estribillo, pleno tras pleno.

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“Ludivina en el azud”: Archivo personal


Al final del declive que desciende desde la antigua represa en desuso, donde los chopos blancos se inclinan hacia las varas invernales de los cornejos, tintadas de amarillo y verde, se levanta —camuflada entre arbustos desnudos, con su tejadillo agrisado y sus paredes ocres— la Casita de los Patos, convertida, desde hace cinco años, en morada de Moisés y Ludivina, la pareja de cisnes negros de Casa Urraca que se desplazan, entre siseos y ufanos gruñidos, por las frías aguas del azud compartidas en verano, no sin recelo, con las dos o tres bañistas que se sumergen, desnudas y al alba, en el oculto remanso.

La primitiva Casita de los Patos partió de un proyecto escolar dirigido por la señorita Valvanera hará unos treinta años; se construyó en la escuela del Barrio, con madera de conglomerado y tejado de pizarra —como una cabaña a escala— y el montaje final en la que sería su ubicación costó un esfuerzo físico considerable, por las dificultades de acceso, y un tobillo roto a la maestra, que perdió pie al inicio del talud. Durante varios años las tareas de mantenimiento de la Casita fueron llevadas a cabo, voluntariamente, por quienes participaron en su construcción hasta que, a raíz de instalarse Moisés y Ludivina en el azud, la dueña de las aves empezó a ocuparse, también, del pequeño refugio anexo.

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“Pecado capital”: Archivo personal


Poco antes de las siete de la tarde, cuando el grupo se dirigía al Mia-te tú, empezó a helar en el Barrio con tal eficiencia que los dispersos hierbajos de la umbría del callizo donde se ubica el gastropub brillaban ya, hermoseados de perlas, bajo la luminaria anodizada del vial.

A las nueve, la concentración humana  reforzada por dos ruidosas pandillas llegadas de la localidad vecina—  sobrepasó el aforo del local y parte de la clientela se aposentó, chupitos y botellines en ristre, en el bordillo de la acera, haciendo hora para degustar los Especiales de las Diez, que es así como llama la parroquia del Mia-te tú a los tentempiés que Arturo y Alberto  con el admirado refuerzo culinario de Mª Ríos—  sirven a partir de esa hora y que son devorados, con procaz apetito, no bien van depositándose los platos sobre la barra.

Cerca de la medianoche, con el local algo aligerado de humanidad, se atenuaron las luces y se encendió un pequeño foco apuntando a la tarima esquinera  allí donde quienes lo desean pueden exponer cada viernes su entusiasmo vocal e instrumental—  para iluminar a las decididas Iliane y Pilar-Carmen que, emulando a Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, interpretaron, con supremo histrionismo y trocando el piano de Liliana por un par de guitarras, algunos números del irreverente, crítico, transgresor y sarcástico Cabaret Incómodo de las mencionadas artistas y activistas argentinomexicanas.

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“Bar”: Archivo personal

 

La sobrecogedora voz de Dolores O’Riordan ameniza un desayuno/almuerzo tardío en el atestado bar arrebujado, como todo el Barrio, en la niebla. Por las puertas acristaladas que dan al patio exterior, donde se halla la carpa semicubierta que reúne a fumadoras y fumadores, se cuelan hilillos húmedos de frío que alivian, momentáneamente, a la clientela acalorada próxima al hogar colmado de gruesos troncos incandescentes. En uno de los laterales empedrados de la campana de la chimenea, un enorme y novísimo calendario de pared ilustrado con una brillante fotografía del Ciervo de Chimiachas ocupa el espacio que durante un año acomodó a otro de tamaño parejo con la imagen del Monte de Sevil como reclamo visual; ambas imágenes pertenecen al archivo fotográfico sobre la Sierra de Guara que el inolvidable monsieur Lussot —fallecido en enero de 2016— cedió generosamente a la Asociación de Mujeres del Barrio; algunas de las fotografías del archivo, convenientemente digitalizadas y organizadas por temas, son proyectadas al final de la visita al Museo de la Escueleta Vieja donde, además, se exhibe, en exposición permanente, la colección Rostros en el Tiempo, que recoge diferentes imágenes realizadas por el fotógrafo galo a las gentes del Barrio a lo largo de cuarenta y cinco años.


Fly Through es el título de una canción de No Baggage, el último álbum como solista de la cantante irlandesa Dolores O’Riordan.

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“Donde la pasiflora”: Archivo personal


Cuando Emil, que está colocando la contraventana de la falsa[1], las ve venir, a pasitos cortos y trabajosamente, por el camino que sale desde el Barrio, explota, malhumorado: “Hala, que ya tenemos visita… ¡Hasta los cojones me tienen esas viejas!”. “Hombre, Emil, que te van a oír”, le advierte Iliane. “¡Pues que me oigan y vayan a dar ‘cariño’ a otra parte!” Y es que, desde la segunda quincena de agosto, cuando empezaron las obras de remodelación en Casa Colasa, el hogar donde nació, vivió y murió la señora Benita, tía abuela de Emil, las amigas de la difunta han tomado por costumbre incluir en sus paseos la antigua casa de la fallecida para “vigilar que Emilín”, que así lo llaman ellas, Emilín, “no haga algún estropicio”.


Emilín, hijo, ¿no pensarás quitar las piedras del muro…? Que allí dejaba crecer Benita, que en gloria esté, gordolobos y ombligos de Venus
Emilín, hijo, ya puedes meter en vereda la pasiflora, que decía Benita, que en gloria esté, que se extendía mucho y no dejaba crecer las dulcámaras y las gatuñas del camino…
Emilín, hijo, ¿no irás a tirar esa palangana…? Que Benita, que en gloria esté, ponía allí en remojo las amapolas para las infusiones…

Y Emil, al que las dos añosas mujeres importunan, soportando, cada fin de semana de trabajo en la casa, el continuo bombardeo de consejos y recomendaciones. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábado y domingo; y hasta algunos días entre semana —cuando decide adelantar faena en solitario para no abusar de los amigos y amigas que renuncian al ocio de fin de semana para ayudarle—, Angelita y María Blanca, las comadres de la señora Benita, muy atentas a las ideas y venidas del nuevo dueño de Casa Colasa, se presentan en la obra, siempre vigilantes para que la esencia del lugar permanezca inmutable.


Emilín, hijo, acuérdate que el Mueso no puede salir de la casa. ¿Te acuerdas, verdad…? Tú eres ahora el depositario….” Porque, claro, por encima de cualquier otra circunstancia, está el Mueso, controvertida reliquia y casi olvidada leyenda que, antaño, convirtiera Casa Colasa en centro seudorreligioso del Barrio y aun de la comarca.


La historia —o la leyenda— del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso[2] en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba —A Saleta O Mueso, se la llamaba— donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte. Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto alternativo para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.- Leyenda ya explicada en Ex umbra in Solem.


[1] En aragonés, desván, buhardilla, trastero.
[2] Id, mordisco.

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“Nidal”: Archivo personal


A primeros de julio regresaron las avispas papeleras al nidal viejo del muro de la solana, vacío desde el otoño y con apenas media carcasa acartonada débilmente sujeta a la pared por un inestable pedúnculo. Apuntalaron y reforzaron la parte superior del avispero y dispusieron, con laboriosa celeridad, nuevas celdillas para las larvas mientras la colonia crecía discretamente bajo la vigilancia de la guardiana, con los anaranjados artejos superiores alerta ante cualquier eventualidad.

Démosles una oportunidad”, pidió María Petra, que estuvo filmando parte del proceso de reconstrucción, a Lurditas, la alguacila, que el verano anterior había querido destruir la Casita de Papel, situada en una zona de difícil acceso, sin ningún resultado.

Y allí siguen, morando a más de seis metros del suelo, diligentes y pacíficas, alejada su acartonada guarida del trasiego humano —y los seres humanos de su poderosa lanceta defensiva—.

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“Tertuliario”: Archivo personal


A finales de mayo se colocó su fotografía en el mural de la biblioteca del Centro de Cultura Popular, bajo el retrato de Soledad Puértolas. La adquisición de sus únicas tres obras publicadas fue un empeño personal de la señorita Valvanera, la vieja maestra, que en la charla introductoria a la tertulia sobre la polifacética artista, la presentó como “la Katharine Hepburn de la posguerra española“, en palabras de Francisco Nieva; una mujer alta y rubia, refinada, inquieta, cosmopolita, actriz, modelo de Balenciaga, pintora naïf, modelista, artesana y, en sus últimos años, escritora. Nacida en Zaragoza, en 1929, fue una niña avispada y creativa que, con pocos años, ayudaba a su madre a construir belenes artesanales, muy apreciados por quienes los compraban por la minuciosidad de los detalles. Sus inquietudes la llevaron a Madrid, donde su tesón y su llamativa belleza la encumbraron en el teatro. Fue amiga de Carmen Martín Gaite y novia de Alfonso Sastre; actriz de carácter y protagonista en el teatro, secundaria en el cine y casi de plantilla en las representaciones televisivas de Estudio 1, donde todavía se la recuerda dando credibilidad a los personajes que interpretaba. Era tan conocido, en el mundillo de la farándula, su peculiar gusto por la estética poco convencional que, en las escenas de la almodovariana Tacones lejanos en las que intervenía, la ambientación y el atrezzo se conformaron con objetos de su propia colección. Falleció en Madrid, con 69 fructíferos años. Su finca de Torrelaguna la legó a la Ciudad-Escuela de los Muchachos.

Se llamaba María Ostalé Visiedo, aunque era conocida por su nombre artístico, Mayrata O’Wisiedo.

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