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Archive for 8 abril 2021

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“Lavanda sobre partituras”: Ylanite Koppens


Don Carmelo, yo no quiero ser modista. Quiero ser maestra.
Vamos, vamos, Adelina… Los estudios de maestra cuestan un dinero que tú no tienes, muchacha. Dime, ¿quién te los va a costear…?
Pues… ¿Usted no podría…?

Y aquel hombre, Carmelo Coiduras, terrateniente y empresario ayerbense propietario del palacio de los Marqueses de Urríes, miró a la jovencita de catorce años, discreta y esforzada, plantada ante él, a finales de los años cincuenta, con la obstinación bailándole en los ojos, y supo que ninguna de sus inversiones iba a ser tan humanamente rentable como la que le proponía, sin subterfugios, aquella gitanilla, huérfana desde los dieciséis meses, que, con ánimo y resolución, había diseñado para sí misma un futuro distinto al que, por tradición y estrato social, le hubiera correspondido.

Siete años después, en 1966, Adelina Jiménez Jiménez, terminados los estudios pagados por su mecenas, obtenía plaza de maestra por concurso-oposición, convirtiéndose en la primera maestra gitana de España. “Mi primer destino fue un pueblo del Pirineo aragonés, en la parte de Aínsa. El domingo me venían a buscar con las bestias al autobús. Los burros cargaban mis maletas y yo andaba 10 kilómetros, un camino angosto que finalizaba en Olsón, donde estaba la escuela“. Tras Olsón, el colegio General Solans de Albalate de Cinca y el colegio Aragón de Monzón, lugares en los que Adelina ejerció su labor y, donde, pese a desencuentros y suspicacias iniciales, pasaría los mejores y más productivos años de su vida. En el año 2007 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo por haber ejercido la enseñanza “a través de una labor implicada en la lucha a favor de la integración igualitaria de las mujeres gitanas”.


Pinta Adelina, entre lecturas y paseos, sueños de cirros coloreados en el cielo montisonense que semejan los retazos de las telas que antaño vendía, de pueblo en pueblo, su abuela, la señora Elodia, la mujer que la crió y alentó y a la que la Adelina niña leía cuentos cada noche llenando la modesta estancia de la casa de Ayerbe de tiernas trovas de esperanza.


NOTA

Hoy, 8 de abril, se celebra el Día Internacional del Pueblo Gitano, en recuerdo del Primer Congreso Mundial Romá que tuvo lugar en Londres el día 8 de abril de 1971.

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“Con los mallos al fondo”: Archivo personal


En la ruta de la Galliguera, en pleno Reino de los Mallos, se halla la torre donde nació y vive Mariliena, profesora de música jubilada y directora, durante muchos años, de la rondalla que agrupaba a personas del Barrio y sus alrededores.

En un paraje donde los cerezos en flor brindan su belleza y su aroma y los caballones del huerto parecen trazados con regla, se levanta, construido con sillares, un edificio extenso de planta y media rodeado de un encalado paramento de mampostería cuya poca altura no opaca la visión del precioso jardín interior, con arriates de petunias coloridas, margaritas y kalanchoes y, en el centro, junto a un banco pétreo, un olivo de tronco grueso y retorcido que ya formaba parte del paisaje mucho tiempo antes de construirse la casa. A la izquierda de la puerta principal, sobre losetas de pizarra, una mesa circular de cristal templado y fuertes patas de hierro en cuyo centro está encajado un parasol abierto y, rodeándola, Mariliena y sus invitados dando cuenta de una fuente de apañadijo que acompaña a los bocados de albóndigas de ternera, boletus y foie, con exquisita salsa de cebolla, que la anfitriona ha preparado para agasajar a sus visitantes.

Pero, sin duda, lo más apreciado del lugar del convite es su panorámica, con los mallos, a lo lejos, imponiendo sus extraordinarias hechuras en la vieja sierra prepirenaica, en el mismo lugar donde asegura la leyenda que la Giganta Hilandera, rechazada por las gentes, clavó las inmensas moles rocosas para esconderse entre ellas y aislarse de los humanos que la malquerían. Allí sigue, dicen, hila que te hila, inclinándose alguna que otra vez hacia el río Gállego para mojar el peine que desenreda sus cabellos canosos y el lino con el que lleva cientos de años entreteniendo su obligada soledad.


El interior de la torre de Mariliena podría considerarse un museo etnográfico, con los antiguos aperos del campo, rutilantes, adosados a las paredes del patio; los rosetones con complicados dibujos de los que penden arañas de luz; las altas camas con sus escaleritas de madera y los lustrosos lavamanos dispuestos en los dormitorios, y, sobre todo, el oratorio que se abre a la derecha de la entrada, que los abuelos de la actual dueña de la casa mandaron construir para Carmen, su nuera y madre de Mariliena, unos meses antes de que ella naciera y en el que, dentro de una gran hornacina con trazas de cueva, se encuentra una talla policromada de la Virgen de la Liena con el Niño Jesús, con un pajarillo en una mano, sentado sobre sus rodillas.

Explica Mariliena que a Carmen, su madre, se le habían malogrado cuatro embarazos en los primeros ocho años de casada. Una de las mujeres de un pueblo vecino, que faenaba en la casa, le habló de una virgen milagrera, protectora de embarazos y alumbramientos, y aun de las cosechas, que, en tiempos remotos, había hecho su aparición en una cueva próxima a Murillo de Gállego, y de la que eran muy devotas las mujeres que buscaban ser madres.

Cuando Carmen, embarazada por quinta vez, comentó en familia los prodigios relacionados con aquella virgen, sus suegros no albergaron ninguna duda. Se hicieron con los servicios de un artesano imaginero que, tomando como modelo la talla antigua que presidía la ermita, hizo una réplica preciosa de la misma que se colocó en la concavidad preparada en el oratorio, del que únicamente la sacaron para transportarla a la habitación de Carmen, por expreso deseo de esta, en el momento del parto.

Recién nacida su hija y antes de cortarle el cordón umbilical, Carmen se volvió hacia la talla de la virgen y le dijo: “Se va a llamar como tú”. Y aquella recién nacida, a la que se dio el agua de socorro por lo que pudiera pasar, fue inscrita como María de la Liena, siendo, quizás, una de las primeras niñas del comienzo de la posguerra que recibió tan singular nombre —liena es un vocablo aragonés que significa losa—, que llevan, también, su hija y la mayor de sus nietas.

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