Feeds:
Entradas
Comentarios

Florescencia

«Almendrera con la nieve de Guara al fondo»: Archivo personal


Alzan los inocentes almendros sus viejas ramas trajeadas de primavera a los limpios azules de la atmósfera radiante y despejada de cirros errabundos.

Deambula, galbanoso, el cierzo ligeramente entibiado entre la urdimbre sedosa de tímidas pentapétalas ajenas al invierno insumiso que, desde la cúspide nívea del tozal soberano, organiza los restos de su tropa de escarcha.

Lunae dies

«Luna»: Fra


El sol, los árboles, la sed;
al norte, Argel. – MAX AUB


La enfermera regresa sonriente. “Te ha bajado el azúcar a ciento veintidós. Hoy no te pondremos la insulina”, comunica.
Sobre la mesita rodante, la bandeja con la cena. A la derecha, en un bol con tapa gris, el puré de verduras; a la izquierda, un plato con pescado al vapor; en la parte delantera, un yogur natural.
Al otro lado de los ventanales herméticos, la luna rutilante y tan baja que se perfila un mágico relieve de cordilleras agrisadas.
En la mesilla, dos botellas grandes de agua Vittel montan guardia ante tres o cuatro periódicos cuidadosamente apilados. Sobre ellos, un libro forrado en blanco manoseado, con los bordes de las hojas amarillentos y el nombre Max Aub escrito cuidadosamente a mano, con rotulador grueso y verde, en la parte inferior de la cubierta.
Toses, carraspeos, frufrú de ropa de cama, crujidos, susurros, pasos sigilosos y semioscuridad vigilada por las mortecinas luces de emergencia.
Dos puertas más allá de la habitación donde sisea el oxígeno recorriendo la cánula que une la pared con las fosas nasales del paciente, parpadean los fluorescentes recién encendidos y renacen, setenta y dos años después, los poemas de  Max Aub de entre las ajadas hojas de esquinas combadas.


La luna  llena luna, luna llena—  se contonea en el cielo de Djelfa proyectando su silueta sobre el basto tejido de la tienda marabout que oficia de celda en la Nada del escritor perseguido. Entre sudores y escalofríos, ladeado en la esterilla que moldea el pedregoso relieve del suelo, se le agrupan a Max Aub, en aquel tenebroso comienzo de 1942, las palabras en renglones, dibujando poemas que sobrevuelan la cárcel colonial francesa y se posan, de nuevo, en el hombre apresado.


El hombre es como la tierra:
sementera,
cementerio,
sin frontera.- MAX AUB


Max Aub estuvo recluido en el campo de concentración francés de Djelfa (Argelia) desde el 28 de noviembre de 1941 al 18 de mayo de 1942, hasta que su buen amigo y ángel tutelar de los expatriados españoles, el Cónsul General de México en Marsella, Gilberto Bosques, consiguió, mediante subterfugios, su liberación. El cónsul Bosques, hombre de izquierdas cuyo altruismo le costó, a él mismo y su familia, la libertad, creó una red de ayuda a los perseguidos por los nazis que estuvo activa desde 1939 a 1943 en Marsella, con dos centros de acogida en los castillos de La Reynarde y Montgrand que Bosques convirtió en territorio mexicano y donde cientos de personas de distintas nacionalidades y creencias consiguieron eludir los campos de concentración y obtener documentación y pasajes para cruzar el océano hacia México y otros países de acogida.

«Las razzias casi cotidianas, recordaría Gilberto Bosques muchos años después, eran comunes y corrientes en la Francia de Pétain, y ya no se diga en la Alemania de Hitler. Les tenían echado el ojo a determinados intelectuales a los que la Gestapo no dejaba tranquilos. Aprehenderlos, deportarlos y exterminarlos en los campos de concentración en Alemania era una sola acción. […] A otro que saqué varias veces de un campo de concentración, primero en Vernet, luego en otro cuyo nombre se me escapa, fue Max Aub. Yo lo sacaba y lo volvían a meter a otro, hasta que lo enviaron a un campo de concentración en África, Djelfa. Max Aub jamás se quejaba, todo lo tomaba con filosofía. Hasta fui a África y volví a sacarlo. Escribió un libro, me lo dedicó y me dio el manuscrito: Diario de Djelfa.»


La luna  llena luna, luna llena—  va difuminándose, en ese martes de febrero de 2014, entre los destellos anaranjados de la aurora. Toses, carraspeos, voces, pasos, timbres. El hospital se despereza y en la salita  —dos puertas más allá de la habitación donde sisea el oxígeno—  alguien recoge el libro manoseado de bordes amarillentos y, con él bajo el brazo, accede al activo pasillo donde las auxiliares comienzan a repartir las bandejas del desayuno.




ANEXO

La princesa guisante

«Izas Olivar Sarasa, la princesa guisante«


«Hay un columpio en la luna; un tobogán irisado y, en un banco de polvo cósmico colorado, la mochila descosida de Dora la exploradora. A la izquierda, junto a un cráter, un telescopio chiquito con aromas a canela y una princesa durmiente con la gorra ladeada y las manos, pequeñajas, en pintura de catorce colorines  embadurnadas…»


Los primeros síntomas de la repentina y extraña enfermedad de Izas  —hasta ese momento, una niña sanísima—  se manifestaron en octubre de 2011. Ya no hubo tregua. Médicos, peregrinaciones hospitalarias, diagnósticos variados y erróneos. Dolor, esperanza, angustia, desesperación, rabia. A finales de diciembre se le pone, por fin, nombre a la sintomatología: Izas padece Gliomatosis Cerebri Infantil, un cáncer cerebral muy agresivo, una enfermedad rara, de baja prevalencia  y, como consecuencia, apenas investigada—  y para la que no existe ningún tratamiento curativo. Izas, la pequeña princesa guisante, fallece el 1 de febrero de 2012, a la edad de tres años. Año y medio después, Mónica y Jorge, abatidos madre y padre, crean en Huesca la Asociación Izas, la princesa guisante para el fomento de la investigación de la Gliomatosis Cerebri Infantil. «Esta es nuestra manera de seguir abrazando a Izas, de seguir dándole la mano, de luchar desde ella, con ella, para el resto».

A finales de enero de 2014, la asociación oscense firmó un convenio con la asociación francesa Franck, un rayon de soleil y el hospital Sant Joan de Déu de Barcelona para llevar a cabo un proyecto de investigación  —con un presupuesto inicial, cofinanciado por ambas asociaciones,  de 23000 euros ampliables—  que posibilite el estudio epidemiológico, la obtención de muestras de tejidos de pacientes infectados, la secuenciación genómica y la publicación de una guía médica pàra su correcto diagnóstico. Las primeras conclusiones se expondrán en el I Congreso Internacional sobre Gliomatosis Cerebri Infantil que las dos asociaciones tienen previsto financiar y celebrar en París en diciembre de este año.


Jorge y Mónica, imparables en su lucha para hacer visible la enfermedad y abrir una puerta a la esperanza, organizaron el pasado viernes en la plaza de Navarra de Huesca un flashmob bajo el lema «Todos somos raros, todos somos únicos«, con la intervención de más de dos mil seiscientos niños y niñas de los centros educativos de la ciudad que bailaron, al unísono, una coreografía previamente ensayada en cada colegio con la música de la canción de Marisol  «Tengo el corazón contento”.

«Raindrops are falling on my head, they keep falling»: Maysoun Samham


¿Pero quién narices dijo que sólo iban a caer cuatro gotas?”, protesta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio corriendo hacia los soportales de la Place aux Herbes de Uzès, donde se van concentrando algunos viandantes mientras la lluvia se recrea sobre Agnès Hummel y la señorita Valvanera que caminan, despreocupadamente, por entre los árboles desnudos. “Qué pachorra tienen”, murmura la veterinaria.

Cuando, por fin, el monovolumen enfila la carretera de Remoulins continua lloviendo con intermitencias durante diez kilómetros más hasta que, cerca ya de Vers-Pont-du-Gard, en el desvío jalonado de matorrales que lleva a la casa de Corito Larrauri, el temporal acuoso se detiene abruptamente.

[Corito Larrauri es menuda y aparenta menos edad de la que afirma tener. Pelo corto con mechas caoba. Exageradamente impecable en su vestimenta. Anarquista. Viuda desde hace apenas un lustro. Cocinera, hasta su jubilación, en la residencia para personas mayores de Toulouse donde ahora trabaja la Hermana Marilís. Y, por encima de todo, confidente de una de las residentes más peculiares: Caroline Brigliozzi.]


Caroline Brigliozzi  nacida en Marsella, a principios del siglo XX—  fue enlace y colaboradora del servicio secreto británico desde 1940 a 1943 en la Organización Pat O’Leary. Su misión consistía, además de esconder a los perseguidos por los nazis, en hacer llegar fondos a la Red Ponzán, formada por anarquistas españoles.

Caroline era la antítesis de las espías cinematográficas: Cuarentona, gruesa, no excesivamente agraciada físicamente… Poseía, en cambio, una esmerada educación y era de maneras exquisitas, políglota y aparentemente ajena, públicamente, a cualquier veleidad ideológica. Trabajaba como secretaria de un hombre de negocios en buena sintonía con los nazis y esta circunstancia le permitía  desplazarse de un lugar a otro sin levantar sospechas.

El primer contacto de Brigliozzi con las redes de evasión fue a través del militar Ian Garrow, a quien conoció casualmente, y al que ayudó a ocultar a algunos militares británicos en la propia empresa para la que trabajaba. Posteriormente, cuando la Gestapo tuvo conocimiento de la existencia del grupo, iba y venía a Lisboa para recibir órdenes directas y trasladar documentos. Fue en Lisboa donde supo de la detención del anarquista aragonés y miembro de la Red Ponzán Agustín Remiro por parte de la Policía Política Portuguesa y su posterior entrega a España. Al igual que Remiro, Caroline Brigliozzi fue consciente de la escasa consideración que el servicio secreto británico tenía por sus agentes de otras nacionalidades y puso sobre aviso a los miembros de la Red Ponzán para que extremaran las precauciones. Ella misma se mantuvo todavía más alerta desde entonces, cambiando de ubicación constantemente y negándose a decir a sus superiores ingleses los diferentes lugares donde ocultaba a los evadidos y las rutas que ella misma buscaba para sacarlos de Francia. En 1943, cuando la Gestapo se presentó en la empresa interesándose por ella, consiguió huir a través de una galería y cortó cualquier tipo de relación con el servicio secreto británico.

Después de la guerra trabajó como traductora en una editorial. Nunca se casó y apenas hizo vida social. Cuatro años antes de morir se trasladó a la residencia de mayores en cuyas cocinas trabajaba Corito Larrauri; la condición de hija de exiliados y anarquista de la entonces joven Corito la acercó a la ex-agente. Caroline Brigliozzi falleció a mediados de febrero de 1979.


[Sobre la mesa de la cocina, la última fotografía de Caroline y Corito juntas. Grande la una, pequeña la otra. Ambas sonrientes. “Tres días después, murió mientras dormía”, suspira Corito.]


A la mañana siguiente, con cielo despejado, Corito Larrauri —la sonrisa bordeada de rojo cereza— acompaña al grupo a visitar el majestuoso Pont du Gard.

Orache

«Sin título»: Pablo Segura


Las vetustas estufas de la Escueleta Vieja, colmadas de biomasa, enrojecen sus cuerpos ferrosos acorralados entre rejillas de latón mientras las Tejedoras[*] decoran la amplia estancia que antaño fuera la Saleta de Gimnasia. Los dos plintos y el potro de cuero desgastado y recosido en los bordes son ahora, merced a las virtuosas manos de Oroel y Rosa-Ana, las maestras, tres asimétricas camellas cuellicortas y con picudas jorobas que parecen contemplar, con sus surrealistas ojos bajo sobresalientes pestañas embadurnadas de purpurina, el recién montado escenario en forma de jaima que será el espacio principal de la representación  en adaptación libérrima—  de Las tres Reinas Magas de Gloria Fuertes.

Humean, sobre las bocas candentes de las recuperadas antiguallas, las peroletas con el hervido eucalipto que aromatiza y humidifica el ambiente mientras en la estufa más grande, con sus seis patas forjadas a modo de pezuñas, se recalienta, en un perolón ennegrecido, el poncho revitalizante que sobró de la noche anterior.
Se empañan los cristales entre los poderosos listones de madera ligeramente astillados por el paso del tiempo, y el mercurio del añoso termómetro que un día compartió pared con el crucifijo desterrado asciende lentamente por encima de los veinte grados.

A las once y media de la mañana, cuando las criaturas que intervienen en la representación comienzan el último ensayo general, las mujeres se sientan junto a las espalderas que ofician de muro de Gaza. En el exterior escarchado que enmarca la Escueleta Vieja sobrevuela, glacial, la niebla acompañada de aguanieve.


NOTA

[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

Sol d’ibierno

«Nieve y una alcantarilla»: Andrea Jara Saavedra


A media mañana llegan los almorzadores al bar del Salón Social; la mayoría pertenecen a la cuadrilla que participó ayer en las batidas de jabalí en el coto de la Pardina de Arriba. Olarieta y Josefo, los encargados del establecimiento, depositan en el expositor huevos benedictinos con salmón, palomas de ensaladilla rusa, paletillas de conejo a la brasa y cazuelitas con estofado de corzo y tortilla de miga con longaniza en salmorrejo, en atrayente festival aromático y visual que despeja cualquier atisbo de somnolencia.

En la galería semiabierta que ilumina, mas no calienta, el Sol de invierno, Agnès Hummel y la señorita Valvanera, literalmente pegadas a la tibia estufa de exterior, departen con Luis, el exmosén, recién llegado de México, que les describe el día a día, no siempre apacible, en Putla Villa de Guerrero, donde trabaja desde finales de julio. “Nunca había oído hablar de los triquis”, dice Agnès Hummel.

Llegan, desde el bar, los sones de los Ixo Rai! desgranando Un país. Suspira la señorita Valvanera y el gélido airecillo que recorre, implacable, la galería, se mezcla con la música y la voz de Luis hablando de triquis, nahuas, mixtecos y el Ejército Zapatista.

Las voces permanentes

Fachada de la Residencia de Niños (Huesca)



Él venía a dolerse de la vida y sus odios,
de la inútil batalla que los hombres urdían,
del feroz llamamiento de los cuerpos helados.

Él no pudo escapar del momento culpable,
como no pudo huir de sus voces escritas.

Casi siempre fue río; raras veces fue mar.
Se perdió por sus pasos entre las cordilleras,
aunque rozó los musgos de la orilla ensombrada
o la rugosa base de un árbol taciturno.

(De Término del aire.- Guillermo Gúdel).


Brilla el balón danzante en la tarde-noche iluminada por los focos en el espléndido campo de fútbol, en la trasera de la Antigua Residencia Provincial de Niños convertida en dependencia del Campus Universitario. Desde el pretil de la carretera del Trasmuro, con la doliente muralla de la vieja Huesca a la espalda, contemplan los escasos y abrigados espectadores las carreras y evoluciones de los contendientes. Más allá, entre la neblina, las mansas aguas del Isuela discurren, en silencio helado, hacia el oeste de la ciudad.

La niebla se cierne sobre los pisos superiores del antiguo orfanato. Tras sus consistentes muros ya no corretea el frío ni se ceba en los cuerpecitos durmientes de los hospicianos ni acallan las monjas, algunas inmisericordes, los llantos sofocados de los más pequeños, tristes sinfonías que invadieron las noches de Guillermo Gúdel y que él, en su vejez, recordaría como si el tiempo transcurrido desde su condición de asilado no hubiera atemperado aquellos nocturnos de desdichas.
Guillermo Gúdel. Poeta. Hombre bueno. Tristeza perenne.


Nació Guillermo Gúdel Martí el 21 de febrero de 1919 en Coscojuela de Fantoba (Huesca), a los pies de la aldea romana de Monte Cillas, paraíso arqueológico entre almendros, vides, frisos y estelas funerarias; agreste paisaje de sueños y poemas. Con tan solo ocho años se quedó sin padre, y la madre, con seis hijos a su cargo y la mente desquiciada, huyó sin rumbo llevándose al pequeño Guillermo y a otros dos hijos, a los que abandonó en Barbastro. Guillermo y sus dos hermanos fueron internados en la Residencia Provincial de Niños de Huesca, donde el poeta pasaría los siguientes nueve años. En Huesca aprendió el oficio de impresor, que sería su sustento en los años venideros.

El estallido de la guerra (in)civil acentuó todavía más ese sentimiento de desdicha que acompañaría su devenir hasta el final. La caída de una bomba en el orfanato, que causó muchas víctimas entre los pequeños allí cobijados, hizo que las autoridades de la ciudad  en manos de los nacionales—  enviaran a algunos huérfanos al Hogar Pignatelli de Zaragoza; entre ellos a Guillermo. En las mismas fechas fue fusilado su íntimo amigo Blasito Montull, también hospiciano, de 16 años, acusado de ser un enlace de las tropas republicanas que asediaban Huesca.

En Zaragoza, sin lograr sobreponerse a los horrores vividos, continuó trabajando de impresor hasta que, en 1938, fue movilizado por los sublevados y enviado al frente de Teruel. Esta circunstancia acentuó el dolor de Guillermo, cuyo hermano había huido de la residencia de Huesca para unirse al ejército republicano. Habrían de pasar casi cuarenta años hasta que Guillermo Gúdel y su hermano  exiliado en Toulouse—  se reencontraran.

Terminada la guerra, Guillermo retomó la poesía y su oficio y se sumergió en la vida cultural zaragozana.

En 1959 publica sus primeros poemas y participa en las tertulias del Café Niké Parnaso de los poetas zaragozanos—  y, unos años más tarde, dirige la revista Poemas; en esta y otras revistas literarias dará a conocer su obra, donde refleja su filosofía existencialista perlada de sentimientos trágicos y alegrías efímeras que van forjando al ser humano en un entorno no siempre elegido ni asumible.

A lo largo de su vida publicó cerca de cuarenta obras que, en su mayor parte, financió, editó y distribuyó él mismo, dejando incluso una suma de dinero para que, tras su muerte, sus albaceas testamentarios publicaran sus poemas inéditos.


Guillermo Gúdel Martí falleció en Zaragoza, el 10 de abril de 2001. Quienes lo conocieron dicen de él que fue un hombre discreto, callado, pausado y bondadoso que hizo de la poesía su forma de vida.





ANEXO

Eudemonía

«Chester cathedral garden»: Barbara Ainscough


A las doce y diez, en el único descanso desde las ocho de la mañana, Abzeta llega  con sus dos manzanas diminutas comprimidas en la bolsa hermética—  al espacio que, con generosidad y cierta sorna, el personal llama Corner Lunch. Un hornillo, una cafetera, un microondas y un dispensador de agua. Cinco mesas de baratillo con cuatro sillas en cada una donde ya se han instalado las empleadas de la planta baja y dos de los tres de seguridad. En el exterior, al otro lado de la cristalera que ocupa tres cuartos de pared, desafían al frío los trabajadores del laboratorio sentados en el bordillo que delimita el perímetro de césped, con los tuppers sobre las rodillas. Verduritas asadas. Sandwiches de pollo recién calentados en el microondas. Vasitos de caldo que se enfrían antes del tercer sorbo. Abzeta contempla al grupo desde su cálido rincón. Pa Demba, su hermano, con su bata blanca recién estrenada bajo la cazadora, la saluda con un rápido movimiento de cabeza.

A las cinco menos cuarto los viajeros empequeñecen el autobús que une Flint con Chester. Fatoumata, la conductora de origen gambiano, recibe con gesto hosco a Abzeta, Pa Demba y las dos españolas que abordan el transporte con casi cuatro minutos de retraso. “Es la última vez que espero”, dice, muy seria. “Hemos quedado en la brasserie para cenar. A las seis y media”, le susurra Pa Demba.


[…]


El húmedo frío de Chester se acopla a los rostros descubiertos e introduce en las fosas nasales aromas a bosque con un lejano toque marino entre danzas de nubes que deambulan por los dos kilómetros de antiquísima muralla, acarician los tejados colorados de las viviendas, lamen la peculiar arquitectura medieval con decoración victoriana de los Rows y descienden hasta el río Dee y los canales para rozar las estructuras decoloradas de las barcazas. Marchan, después, mullidas, hasta el Puente de Grovesnor y derivan hacia el lado sur del río, donde los romanos, que hicieron de Chester su castrum, dedicaron a la diosa Minerva un pequeño templo.

Una nube pequeña y barrigona se queda rezagada, tal vez contemplando a los esperanzados turistas que recrean la tradición de bajar y subir  dos veces y sin respirar—  los Escalones de los Deseos de la muralla para hacer realidad sueños imposibles.

Aléjanse las nubes y fenece la tarde alrededor del reloj de la Puerta del Este. Las luces de la ciudad guían a los despreocupados viandantes de bufandas y gorros coloristas por el devenir mundano que circunda el pétreo silencio de la catedral. Abzeta, Pa Demba y las dos españolas se reúnen con Fatoumata en el restaurante. El frío se arrellana en los escalones de la entrada, en paciente espera.

Días de infancia I

«All the Time in the World»: Rick Borstelman



Entre los innumerables objetos que habitan muebles y paredes del Cuarto de los Cataticos de la señorita Valvanera, hay una única fotografía; en blanco y negro y enmarcada en madera entintada en azul celeste con passepartout de nubes diminutas. Desde ella, sonríen, minúsculas al pie de la peña de arenisca conocida como el Torrollón, María Petra de [Casa] O Galán y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Nueve años las dos. Los brazos entrelazados sobre los hombros y los ojos fijos en el objetivo del señor Anselmo, el improvisado retratista.

¿Nos haces una foto para regalársela a mam’zelle Valvanera?”, le habían demandado, con pose lastimera, al viejo anarquista. “Como no pinte la cámara…” “Mira, monsieur Lussot nos ha dejado la suya”. Y le mostraron una de las Leicas del itinerante fotoperiodista francés. “Sabía que mentían”, le contaría después el señor Anselmo a la señorita Valvanera. “Las jodidas crías le habían birlado una de las preciadas cámaras al remilgado ese…, así que les hice la fotografía como bien pude, al tuntún, y les dije que yo le devolvería la cámara fotográfica a Lussot… Si les hubiera visto usted las caras… Pero lo peor fue cómo se puso el francés cuando le dije que yo le había tomado prestada la cámara para hacerles una foto a las niñas y regalársela a usted… Me llamó ladrón y me amenazó con dar parte a la guardia civil… No le diga usted que fueron las pequeñas, ande, que no sabe cómo estoy disfrutando con las miradas que me lanza ese pazguato”.

No fue la señorita Valvanera sino las dos niñas quienes, inducidas por ella, fueron a Casa Berches, donde se alojaba monsieur Lussot, a contarle, entre lágrimas, cómo habían entrado, a hurtadillas, en su habitación para coger una de las cámaras, “que pensábamos dejar otra vez en su sitio, de verdad”. Él, conteniendo la ira, sólo acertó a preguntar: “¿Y por qué no me pedisteis a mí que os la hiciera?” “Porque usted sólo retrata paisajes y bichos”, le respondió, compungida, María Petra.

Unas semanas después de la marcha del Barrio de monsieur Lussot, la señorita Valvanera recibió un paquete con la fotografía ya enmarcada y una nota que ella todavía mantiene adherida en el reverso del marco: «De parte de sus traviesas alumnas». Por las mismas fechas, el señor Anselmo fue el destinatario de una carta del mismo remitente. Jamás se supo su contenido, pero en las sucesivas estancias de monsieur Lussot en el Barrio, él y el señor Anselmo compartieron muchos momentos en el bar del Salón Social.

Outcome

«One-Pointed Mind»: Dave Hennessy


«Me llamo Benjamín Serra, tengo dos carreras y un máster y limpio WCs. No, no es broma. Lo hago para pagar el alquiler de mi habitación en Londres.

Trabajo en una famosa cadena de cafeterías en el Reino Unido desde mayo. Y después de cinco meses trabajando allí, hoy, por primera vez, me he visto desde fuera. Me he visto limpiando los aseos. Mi pensamiento ha sido: «Soy Premio Extraordinario de Fin de Carrera en mis dos titulaciones y limpio la MIERDA de otros en un país que no es el mio«. Bueno, también hago cafés, recojo las mesas y friego las tazas.

Y no me avergüenza hacerlo. Limpiar es un trabajo muy digno. Lo que me avergüenza es tener que hacerlo porque nadie me ha dado una oportunidad en España. Como yo hay muchos españoles, sobre todo en Londres. «Sois una plaga«, me dijeron una vez aquí. Y no nos engañemos. No somos jóvenes de aventura para aprender el idioma y vivir nuevas experiencias. Somos INMIGRANTES.

Yo siempre he sido muy orgulloso, no lo voy a negar. Los que me conocéis, lo sabéis. Y me revienta tener que sonreír a algunos clientes que te miran por encima del hombro por el simple hecho de ser barista (aquí lo llaman así). Hay algunos impresentables a los que me entran ganas de sacar mis títulos universitarios y de máster y ponérselos en la cara. Pero realmente no serviría de nada. Parece ser que esos títulos sólo sirven ahora mismo para limpiar la MIERDA que limpio yo en los aseos de la cafetería. Una lástima.

Yo creía que merecía algo mejor después de tanto esfuerzo en mi vida académica. Parece ser que me equivocaba.»


Si ya lo decía en julio del año pasado el exultante ministro Wert, atiborrado de sí mismo:  «El hecho de que haya jóvenes con capacidad y voluntad de movilidad, que dominen idiomas extranjeros, que tengan la voluntad de salir fuera, que quieran ensanchar sus horizontes profesionales, nunca puede considerarse un fenómeno negativo«. Titulémonos, pues. Y emigremos. Todavía quedan en Europa suficientes letrinas para audaces.