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Posts Tagged ‘primavera’

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“Rojeces”: Archivo personal

 

Suben por el ribazo exageradamente distanciados los unos de los otros, embozados y en silencio, con el mismo sigilo de antaño, cuando, apenas rozando la adolescencia, rehuían al señor Rufino, el viejo cascarrabias de Casa Zerigüel, que dormitaba apoyado en el muro de piedras del huerto y se despabilaba, no bien percibía sus risas contenidas al otro lado del herbaje, para lanzarles toda suerte de improperios, a los que respondían con idéntica crudeza pero en voz muy baja, para evitar que los oídos del hombre recibieran el aluvión de lindezas y se precipitara hacia el pueblo, a incordiar todavía más a sus familias añadiendo los agravios verbales a las acostumbradas quejas que terminaban con la misma advertencia: “Si no los atáis corto y los cojo enredando en el pasto, les rompo el bastón en las costillas. Avisáus quedáis”. Y las madres y padres asentían sin hacer ningún comentario, porque el señor Rufino, desde que, según se decía en el Barrio, le había dado un mal aire, habíase vuelto intratable y cualquier tentativa de razonar con él era inútil.

Más de treinta años lleva Rufino de [Casa] Zerigüel muerto y enterrado y todavía lo recuerdan mientras depositan las mochilas en lo alto de la pendiente, sobre la tierra humedecida por la lluvia del día anterior, y dejan resbalar las miradas por el campo que las caprichosas semillas de las amapolas tomaron este año para su acomodo, embelleciéndolo; el mismo campo por el que, muchos años atrás, dejaban rodar los cuerpos, inmunes entonces al dolor y las magulladoras de los guijarros ocultos y dispersos entre el forraje, en carrera sin reglas y cuya meta se hallaba al final del suave desnivel del otro lado, a escaso metro y medio del lugar donde el señor Rufino aguardaba, sin dejar de maldecirles, con el grueso bastón en alto, dispuesto a cumplir una amenaza que, por la torpeza propia de la edad del hombre y la ligereza juvenil de sus escurridizas víctimas para esquivar las arremetidas, nunca se hizo efectiva.

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“Calma”: Archivo personal


De vez en cuando, se presenta María Blanca, la vecina, con algún guiso. “Como siempre hago de más y este hombre me come muy poco…”, explica. El hombre en cuestión es su marido, el señor Paco, tan taciturno como su mujer expresiva, del que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio no recuerda haberle escuchado más de media docena de palabras desde que se arregló con él para alquilar la casa y el terreno adyacente. Se lo decía Emil entonces: “Con Paco no tendrás ningún problema aunque prendas fuego a la casa, pero cuídate de la lengua de María Blanca”. Y lo cierto es que la mujer no anda escasa de generosidad verbal, de tal manera que, cuando a alguien le interesa que algo se sepa desde el Camino del Cementerio hasta el ruinoso ventorrillo de la carretera vieja, solo tiene que susurrárselo, como si de un gran secreto se tratara, a María Blanca y ya se encarga ella de que corra la voz; buena es. Pero esa afición al chismorreo desmedido no hace sombra a otras habilidades que posee y que comparte con idéntico desprendimiento. Porque lo mismo que narra, al detalle, la última bronca entre la de la Casa de Turismo Rural y el vivalavirgen (sic) del marido —“que está enredado con la rumana que limpia en el bar del Salón Social, por si no lo sabías”—, prepara una cazuela de albóndigas de bacalao, “que sé que os gustan”, para surtir a dos o tres casas, o cose una réplica de una espectacular colcha de patchwork para regalársela a una visita que elogió el color y las texturas de la que luce en la alcoba matrimonial. O, tras un “estas plantas las tienes pachuchas”, se pasa media mañana en jardín ajeno, trajinando en las macetas, trasplantando y renovando el sustrato —todo ello sin dejar de parlotear— hasta que, tras componer el paisajismo a su gusto, se acuerda de que tiene casa propia y un marido achacoso al que dejó limpiando judías verdes o rotulando tarros de mermeladas caseras en la mesa de la cocina, sin más compañía que Melitón, el canario.

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“Colores del día naciente”: Archivo personal

 

Rellena la luz de estridencias cromáticas el hueco de la noche desterrada y siluetea las formas estáticas —agrupadas y dispersas— cubiertas con livianos pañolones oscuros que la claridad arranca no bien el Sol termina de asomar, envanecido, entre las almenas melladas del torreón ruinoso que se avista, como bajel encallado, en medio de un mar de carrascas. Danzan los pies en la engañosa soledad del último repecho conquistado por brotes de hierba rala, levemente tocada por el rocío nocturno. Cuando, en zancada postrera, accede el caminante al pelado copete donde, en ocasiones, huelgan las aves, se agitan, incómodos, los dos buitres leonados; se yerguen —inmensos— al borde mismo de la cornisa, sacudiendo los escasos plumones de las gorgueras y, silenciosos, con los picos ganchudos encarados al abismo y las alas desplegadas en arco, inician un vuelo lento y en espiral, advirtiendo, por fin, la abundante carroña recién esparcida al pie del despeñadero.

 

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“Que por mayo era”: Archivo personal

 

Más de medio Barrio tiene ya apalabrada cita en Maruja, la peluquería; ni en los primeros tiempos de apertura del sencillo negocio contó con clientela tan ávida de poner la parte superior de su cuerpo en manos ajenas. Maruja fue una de las bachilleras de la señorita Valvanera, la vieja maestra, y una de las primeras universitarias becadas de la localidad. Maruja estudió Filosofía y Letras, pero una apoplejía sufrida por su madre la ató irremediablemente al pueblo. Realista ante la situación familiar, completó unos cursos de peluquería y estética, reformó y convirtió la cuadra de las dos vacas que ya no tenían en centro de sus actividades y se consagró a domar y recortar el pelo del vecindario con la misma dedicación que había invertido en sus estudios. Fueron buenos años aquellos, recuerda; era la única peluquería de los alrededores y quien más y quien menos iba a Maruja —así se decía y se continúa diciendo: “Voy a Maruja”—. Hombres y mujeres. Pequeños y mayores. Hasta que la gente joven se decantó por los más innovadores establecimientos de la ciudad y solo la mayoría añosa mantuvo su pelo en manos de Maruja y su hija María José, que empezó ayudando a su madre a lavar cabezas y terminó quedándose al frente de la peluquería cuando se jubiló la titular, circunstancia que no varió la percepción de la clientela fiel, que, pese al cambio, siguió «yendo a Maruja» —no a María José—, a veces únicamente para charlar, como antaño, y estar al día de «los avatares cotidianos locales», que así bautizó María José, tan socarrona como su progenitora, los cotilleos de las vecinas entre lavados y marcados, permanentes, recortes de puntas, mascarillas capilares, manicuras, depilaciones faciales y ojeadas al Hola.

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“Pitote”: Archivo personal


Escala Pitote, con su cuerpecillo gordezuelo todavía con pelusa, los libros extendidos en la alfombra, dejando una hilera de desechos orgánicos encima de Carmen Sarmiento, Salvador Pániker y Javier Tomeo; ronronea Kuro, desmadejado y babeante, entre los cojines que cubren el baúl; se alza Yaiza, la perra, sobre sus patas traseras intentando alcanzar con la lengua los restos del chocolate cocido adheridos al borde del tazón; imita Camila, la cardelina, los gorjeos de Melitón, el canario cuya jaula saca cada mañana María Blanca al alféizar de la ventana de su cocina. Pasan las nubes, albas y mansas. Chapotea Pitote en la pequeña bañera de plástico que Étienne, a instancias de Jenabou, le instaló en el patio. Los gatos que rondan por el tejadillo del anexo observan al patito con escaso aprecio e instintos contenidos, quizás recordando los gruñidos de la perra, siempre acogedora y vigilante, cuando acortaron distancias con Pitote, al otro lado de la barbacana, y se vieron obligados a guardar para mejor ocasión las uñas y las intenciones. A Pitote lo trajo, aun no hace un mes, Slavomir, uno de los esquiladores polacos que viven en la antigua granja de Casa Zerigüel. “Por donde el agua”, dijo que lo había encontrado. Pero no hubo manera de localizar algún grupo de ánades que pudieran haber perdido un polluelo ni tampoco echaron en falta ningún animal en la única casa del pueblo donde crían patos.

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“Negrura y claridad”: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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“Primavera”: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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“La trocha de las almendreras”: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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“La picaraza en el cañizal”: Archivo personal


Ronda Bruja, la picaraza, los establos de la yeguada donde comparece, engreída y soberana, cuando Juaquín de [Casa] Foncillas, su valedor, trajina entre los equinos. Acude el ave, chillona y de vuelo desacompasado, al cobijo del hombre que, cinco años atrás, la recogiera, de polluelo, de un nido destrozado y la criara en el granero de las pacas de forraje y paja, donde un jaulón sin puerta le sigue sirviendo de acomodo a su capricho. Bruja es lista, provocadora y con unas dosis de mala sombra que parecen imposibles en un animal de cerebro tan diminuto. Mayoral, el mastín viejo, que la tiene calada, intenta mantenerla alejada de lo que él considera sus dominios, lanzándole secos ladridos a los que ella responde con gritos que semejan carcajadas, ora desde el techado, ora desde la valla o del bamboleante jaulón. Cuando la presencia de Juaquín contiene el instinto del inmenso y normalmente apacible Mayoral, Bruja abandona las alturas y brinca en el suelo, sabedora de que el hombre cercenará cualquier iniciativa agresiva de Mayoral o de los otros dos canes que celan la yeguada. El hombre la mima, le da de su propia mano trocitos de hígado de pollo mezclados con arroz y galletas y ella, ladina y zalamera, cuando ya ha dado cuenta del contenido depositado en la mano, le grita, con inteligible pronunciación que asombra a cualquiera que la escucha —salvo al propio Juaquín, que se pasó horas y más horas enseñándole—: “¡Bruuuuja! ¡Bruuuuja!“. Y se aleja volando hacia donde pulula el grupo de picarazas con las que hace migas. O se posa, ufana, en el cañizal de A zequieta, desde donde avista y controla el ir y venir de animales y humanos.

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“La Escorrentía”: Archivo personal


Los grupos de mochileros y senderistas que acceden al Barrio, desde las diferentes rutas de la sierra, por el camino de la Escorrentía ignoran que ese singular sendero de fina pedriza y sinuoso trazado es, en realidad, un barranco —seco desde hace noventa años— que, en algún momento geológico, formó parte del río que, a pocos metros de desnivel, corre paralelo durante cerca de tres kilómetros.

En ese lecho de guijarros y hierba, bordeado de una inigualable muestra de flora silvestre, pereció ahogado, allá por 1907, el repatán[*] que cuidaba los cordericos de Casa Casimiro —casona ya inexistente cuya ubicación ocupan actualmente los establos de la yeguada de monte de Casa Foncillas—. Una fuerte tormenta abrileña sorprendió a Vicentito —que así se llamaba el repatán, de ocho años— de regreso al Barrio y, según se cree, intentó atajar por la Escorrentía, que apenas llevaba tres palmos de agua, con tan desgraciada suerte que cayó una tromba de agua que arrastró a pastorcillo y corderos barranco adelante; dos días después encontraron el cuerpecito del niño flotando en el río, en la poza del molino, y, junto al pobre muchacho, algunos de los animales que pastoreaba. En una fotografía realizada en 1908 por el reconocido pireneísta francés Lucien Briet desde el altozano del derrubio, se aprecia, junto a la magnificencia acuosa del río, un tramo del barranco de la Escorrentía rebosante de agua, como documento gráfico de lo que un día fue el ahora transitado y seco sendero.

En 1945, cuando hacía años que la Escorrentía no era sino un pedregal olvidado por el agua, el barranco se convirtió, al abrigo de la vegetación, en el lugar donde el entonces joven señor Anselmo, enlace de los guerrilleros de la partida de Villacampa, depositaba —en diversos escondrijos— comida, munición y mensajes para los maquis que operaban en la Sierra de Guara. En una de aquellas peligrosas idas y venidas fue interceptado por una pareja de la Guardia Civil, obligando a uno de los guerrilleros a salir de su escondite y encañonar a los civiles, a los que desarmó dando tiempo a que el señor Anselmo, que conocía a los guardias y pidió que no se les hiciera daño alguno, huyera de allí para terminar echándose al monte, donde permaneció tres años y medio; vana fuga porque, aunque el joven Anselmo no lo supo hasta mucho tiempo después, aquellos guardias imberbes silenciaron el incidente ante sus superiores y nunca se le persiguió.


NOTA

[*] En arag., niño o joven que ayudaba al pastor adulto.

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