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Posts Tagged ‘primavera’

«Puerta de Tiananmén»: Archivo personal

 

En Pekín nos recibieron la lluvia, miles de cámaras de videovigilancia y reconocimiento facial, dos tuk tuk —mototaxis de tres ruedas protegidos con un toldo— y Xu Min, guía e intérprete. “Podéis llamarme Iris”, nos dijo. Como habíamos explicado en la agencia que no importaba que los guías se expresaran en inglés, nos sorprendió que todos los intérpretes asignados —uno por cada una de las cuatro ciudades planificadas en la ruta— hablaran español. Un buen español, además, considerando que jamás habían salido de China para probar sus habilidades lingüísticas en entornos de habla hispana.

A las cámaras —se calcula que hay 700 millones en todo el país— terminamos por acostumbrarnos. Las había a cientos en todos los sitios: calles, tiendas, monumentos, restaurantes, bares, zonas turísticas, puestos callejeros, transporte público, hoteles… Tantas cámaras como policías; estos, nos pedían el pasaporte, con amabilidad pero firmeza, varias veces en un mismo lugar, tanto cuando entrábamos en la zona como mientras  la recorríamos o la abandonábamos para visitar otra. También nos curtimos en ello y nuestra agilidad para sacar el documento, presentarlo y guardarlo era digna de la más ejercitada de las prestidigitadoras.

A lo que no nos hicimos fue a los gargajos, esa inveterada costumbre china de sorber el humor espeso de las vías respiratorias y escupirlo al suelo. Piluca, que desarrolló gran habilidad detectando escupidores potenciales, nos mantuvo en vilo una tarde-noche disertando sobre lo que ella llamó «el suelo microbiano de Beijing y su incidencia en la salud»; teniendo en cuenta que en la capital china viven cerca de 22.000.000 de personas que abarrotan todos los ambientes, no es para desdeñar, así que las sandalias traídas permanecieron en el fondo de las maletas hasta el regreso. No obstante lo anterior, es justo señalar que la limpieza de los espacios públicos era constante y meticulosa.

 
 

«Hutong tradicional»: Archivo personal

 

Aquella lluviosa tarde, la primera en Beijing, recorrimos con Iris varios hutongs; son callejones de las zonas más antiguas de la ciudad, en las que permanece la esencia del viejo Pekín, discreto y alejado de los grandes edificios y las modernas estaciones. Allí se concentran tiendecitas, puestos de comidas, polvorientos y saturados bazares y, por supuesto, domicilios particulares de una planta.

Muchos de estos callejones fueron demolidos a mayor gloria de las Olimpiadas de Pekín de 2008 y sus moradores trasladados a edificios  de varias alturas, en esa implacable «limpieza definitiva» de lugares que no se quieren mostrar y que es común a todas las ciudades que han organizado los Juegos Olímpicos.

En un puesto callejero de uno de los encantadores hutongs que fueron respetados, hicimos nuestra primera comida china en Beijing, gambas con cebolla verde y cacahuetes con salsa kung pao [FOTO], y fingimos ignorancia cuando Iris nos descubrió que las multinacionales KFC, McDonalds y Burger King tienen amplísimos espacios en la China moderna. “¿Qué nos cuentas? ¿Que la China del Gran Timonel se ha rendido al imperio americano?”.

Y fue en ese momento, en tanto Marís escenificaba su falsa indignación, cuando nos percatamos de las numerosas personas congregadas frente a nosotros, escudriñándonos y enfocándonos con los móviles. “Sois occidentales, sois distintos y a la gente le llamáis la atención”, nos explicó Iris. “Vayáis donde vayáis os tomarán fotos, vídeos y os pedirán selfis que subirán a nuestras redes, diferentes de las vuestras. Los occidentales sois una atracción en mi país”. En lenguaje coloquial, a los turistas y residentes extranjeros los denominan laowais, palabra equivalente a guiris.

 
 

«Puerta Quinian, entrada al Templo del Cielo»: Archivo personal

 

La lluvia nos concedió una tregua la mañana que tomamos el metro para visitar el recinto sagrado del Templo del Cielo, construido en el siglo XV. Es una maravilla no solo por ese colorido temático —en este caso, cielo y tierra [FOTO]—, que es una marca de las edificaciones chinas, sino por su arquitectura y el uso ingenioso de algunos principios científicos y geométricos.

En el Altar del Cielo, que es una plataforma redonda escalonada y vallada en su base, hay una piedra central, la Piedra del Corazón del cielo [FOTO], donde un susurro emitido desde cualquier punto se escucha como un grito; lo mismo sucede si una persona se coloca sobre ella y habla en voz baja: su voz se magnifica y se escucha nítidamente desde lejos.

El Salón de la Oración por la Buena Cosecha [FOTO], al que los emperadores se retiraban para invocar a las divinidades, está construido según la creencia antigua de que el cielo era redondo y la tierra cuadrada, por eso el palacio, circular, está asentado sobre un cuadrilátero. Como curiosidad, ninguna de las edificaciones se encuentra sujeta con clavos metálicos, sino mediante ensamblaje de piezas entrelazadas, que oponían mayor resistencia a los terremotos y, al no corroerse, duraban más tiempo.

En el jardín del Templo se pueden contemplar las Siete Piedras de las Estrellas [FOTO], que, en realidad, son ocho. Colocadas en el siglo XVI, las siete más grandes representaban la unión y armonía chinas bajo el mandato imperial y, la séptima, la unidad familiar con el emperador.

 
 

«Lamasterio Yonghe»: Archivo personal

 

Esta lamasería fue, en origen, residencia imperial hasta transformarse en templo budista de la secta del Sombrero Amarillo, en el siglo XVIII. Posee distintas salas con preciosos techos artesonados [FOTO]; en una de ellas se encuentra la estatua en bronce dorado del fundador de la secta, Tsong Khapa [FOTO]. Pero la figura más extraordinaria es la de Maitreya, el Buda del futuro, que simboliza la felicidad y la prosperidad; en el Pabellón de la Felicidad Infinita está representado a lo grande: una estatua de 26 metros de altura —ocho de ellos cimentados bajo tierra— tallada en una sola pieza de madera de sándalo [FOTO].

La lamasería está activa y nos encontramos con varios monjes; a ninguno de ellos parecía molestarle la riada de personas —eso, sí, silenciosas— que atestaban cada estancia y el exterior, donde la lluvia había arreciado y el bosque de paraguas iba creciendo. “Se nos va a olvidar que también existe el Sol”, bromeó Yoly mientras volvían a revisarnos los pasaportes a la salida.

Cuando subimos a un tuk tuk para dirigirnos a otra parte de la ciudad, una muchacha en vespa, cargada con toda la parafernalia posible [FOTO], nos confirmó que estábamos en un mundo ajeno al nuestro.

Abril 2026
(continuará)

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«Teatro Grande de Pompeya»: Archivo personal

 

Mirando al noroeste desde el Parque Arqueológico de Pompeya, apenas a 9 km en línea recta, los 1281 m del monte Vesubio [FOTO] no despiertan inquietud. Un monte. Solo parece un monte más, salvo que su altura se corresponde con el cono del estratovolcán, su cumbre es un cráter de 450 m de diámetro y, pese a que su última erupción importante se remonta a 1944, se trata de un volcán en estado de latencia que, en 1995, 1996 y 2013, volvió a dar señales de actividad mediante sismos de menor magnitud y fumarolas.

—También sería mala potra que le diera hoy por sacar la lava a tomar el aire  —comenta Jenabou, que ha mostrado interés en subir al Vesubio tras la visita a Pompeya.

—Bah, con lo monitoreado que está, no hay peligro. Con más de tres meses de anticipación, los vulcanólogos saben hasta la hora exacta de cualquier estallido  —señala Marís—. Es el volcán más vigilado del mundo.

—¿Cuántas personas han dicho que vivían cerca del Vesubio…? ¿Tres millones en toda el área de Nápoles…? Pues seguro que las autoridades han planificado con todo detalle una evacuación ordenada  —asegura Yoly.

Sentadas en el suelo, junto a Piluca, Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, contemplan el ir y venir de los visitantes por el Foro y el Templo de Apolo [FOTO].

Han recorrido las bien trazadas calles de la ciudad [FOTO] [FOTO], con sus buenas aceras a uno y otro lado del empedrado de las calzadas; en algunos tramos, han descubierto las rodadas de los carros que circularon por ellas dos mil años atrás. Les han llamado la atención las piedras pasaderas puestas en hilera en la calzada, al inicio o final de las vías. Algo más alzadas del suelo y con espacio entre ellas para que cupieran las ruedas de los carretones, sirvieron a los antiguos residentes para cruzar la calle sin mojarse los pies, en caso de haberse acumulado agua en la calzada.

Han transitado por el cardo —calle principal de orientación norte-sur— y el decumano —calle principal de orientación este-oeste— que se cruzan en el Foro, donde han visitado el macellum —el mercado—, que mantiene, incluso, un mostrador expositivo; han accedido, también, a varias domus —casas— de personas pudientes en cuyas zonas interiores los murales pintados en las paredes casi no han perdido su color primigenio.

No han quedado fuera de su itinerario ninguno de los dos Teatros; ni los Templos dedicados a dioses y diosas (Júpiter Meliquios, Apolo, Isis, Fortuna Augusta…); ni la Necrópolis, situada en las afueras, en la Via delle Tombe; ni las Termas, muy bien distribuidas, con zonas separadas para cada sexo; ni la Palestra, el campo de entrenamiento deportivo para jóvenes y gladiadores.

Entre los lugares más curiosos que han visitado se encuentran el Thermopolium, un establecimiento público de comida y bebida, donde todavía se conservan las vasijas de las viandas que, incrustadas en el mostrador, preservaban mejor los alimentos, y el Lupanar, en el que prestaban servicios esclavos de ambos sexos y que se halla profusamente decorado con pinturas de erotismo subido, además de algunos grafitis con mensajes picantes.

Sin embargo, lo más impactante, por su crudeza, han sido los calcos de las víctimas del Vesubio.

 

«Calco de una víctima de la erupción del Vesubio»: Archivo personal

 

Fue Piluca quien, tras regresar del Huerto de los Fugitivos, en el que yacen trece calcos de yeso de un grupo de personas de distintas edades, que perecieron tratando de escapar, expresó en voz alta aquello que sus acompañantes también pensaban pero no decían:

—A mí esto me puede. Llamadlo escrúpulo, si queréis, pero no me va esta exposición morbosa del sufrimiento, se trate de gente del siglo I o de anteayer.

 

En 1863, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli, director, por entonces, de las excavaciones de Pompeya, ideó y realizó los primeros calcos de víctimas solidificadas con ceniza y lava, introduciendo yeso alabastrino líquido en las cavidades interiores. Al compactarse el yeso y despojarlo de la cobertura de desechos volcánicos, se mostraba, con todo su realismo, el último instante de vida de aquellos pobres desgraciados.

Este método permitía también preservar los restos óseos y, con los avances tecnológicos actuales, realizar tomografías computarizadas, radiografías y estudios de ADN que han aportado nuevos datos sobre varias de las víctimas (edad, sexo) y la relación de parentesco entre algunas de ellas.

No hay duda de que, bajo los amasijos volcánicos que envolvían a quienes perecieron, el proceso de putrefacción siguió su curso, de tal manera que, dentro de los moldes de yeso endurecido que se exhiben, los despojos humanos —o animales, que también hay calcos de algunos [FOTO]— quedan limitados a la osamenta y los dientes.

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«Cueva Turrutuerta»: Archivo personal

 

—No podéis dejar de ver la melena de la anjana —les dice la señora de Soba en cuya casa pernoctaron.

La niebla, convertida en telaraña densa y alargada, aunque horadada aquí y allá, impide una óptima visión del prodigio: los cerca de setenta metros de salto del río Asón, precipitándose desde su nacedero por un portillo en la roca, semejando la cabellera fúlgida de la lamia legendaria que, arrebujada en su invisibilidad, vela por el entorno salvaje que tanto ama.

—Apenas se ve la cascada… Y, para colmo, está empezando a llover. ¿O es aguanieve…? —se lamenta Jenabou—. No nos echamos atrás, ¿verdad?

Protegidos con los anoraks, aguardan a que se amanse la meteorología. Dícenle adiós al Asón —el río principal con menor longitud de la península—, que encauza sus aguas al encuentro de las de su afluente, el Gándara, para derramarlas en el Cantábrico, y reanudan el itinerario —unos nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta— por uno de los senderos del macizo de origen glaciar donde se asienta el Parque Natural de los Collados del Asón.

 

En este elíseo kárstico que la naturaleza ha pavimentado con lapiaces calizos y morrenas, concurren encinas, hayas, abedules y pastos; cabañas pasiegas aisladas y, algunas, cuasi ruinosas [FOTO]; grutas cuya oscuridad convierte en inabarcables y donde colonias de murciélagos suspendidos como estalactitas, se agitan levemente ante los haces de las linternas, que se apresuran a apagar los sigilosos intrusos humanos; gradas que parecen talladas con formones, con sus pequeños alféizares tapizados de musgo resbaloso, y espectaculares farallones formando laberintos [FOTO], que angostan el sendero hasta obligar a andarines y andarinas a contorsionarse, por las estrechuras de los intersticios que separan unas moles de otras, para continuar la marcha.

Cientos de cavidades subterráneas encubiertas y varios pozos verticales, imponen a los senderistas circunscribir la caminata por las zonas marcadas por hitos —ahí donde todavía son visibles—. Van salvando los pies escarpados desniveles, aglomeraciones de rocas filosas y accidentadas pendientes térreas bajo una bóveda de nubes gordezuelas y cenicientas que, de tanto en cuanto, dejan un generoso hueco a la luz solar. Y, como colofón, antes de regresar al lugar de inicio de la ruta, el picón del Fraile (1625 m) [FOTO], el monte más alto de los Collados del Asón, en cuya cumbre calcárea avistan la inaccesible base militar del Escuadrón de Vigilancia Aérea nº 12.

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«As crabetas/Las cabritas»: Archivo personal


I

Aun antes de culminar por segunda vez el repecho que asciende desde el río a la trocha, entrevió la sombra de las rapaces necrófagas en el farallón, planeando, en vuelo silencioso, sobre la angostura pedregosa del cauce fluvial, atraídas por el cadáver, todavía caliente, del desgraciado muflón recién despeñado. Minutos antes, lo había visto precipitarse del remate del peñasco vertical, entre una lluvia de rocas de distintos tamaños que golpearon con estrépito el suelo de la hondonada y quedaron como ofrendas al animal quebrado. Él, que acababa de llegar jadeante al antepecho que se abría al barranco, volvió a descender raudo, arrastrando culo y piernas por los guijarros y matorrales de la pendiente, suplicando a la Madre Naturaleza que el muflón careciera de cualquier atisbo de vida para no verse en la obligación de rematarlo. Sintió en sus manos la tibieza de aquel cuerpo roto bajo los mechones lanosos; le acarició el hocico y pasó los dedos por la cornamenta desencajada y, cuando se separó del animal muerto, vio la sangre que le empapaba los vaqueros en la parte de las rodillas.


II

Apoyado en el pretil, con los restos del muflón visibles veinte o treinta metros por debajo, contempló los círculos señalizadores de los cuatro buitres leonados con sus dos metros de alas tensadas, elegantes y pacientes bajo el Sol que metalizaba sus cuerpos y engrandecía sus siluetas reflejadas en el roquedo. Cerró los ojos a la luminosidad que, a ratos, los cegaba y, al abrirlos de nuevo, las vio: Tres cabras asilvestradas lo observaban desde la cornisa del escarpe enfrentado. Quietas, curiosas, atentas. Tal vez testigos de la mortal caída y de las caricias humanas junto al lecho del río. Escasamente tuvo tiempo de retener la imagen en el móvil, con el Sol distorsionando la panorámica, antes de desaparecer las cimarronas por el lado oculto de la escarpadura.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

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«A la sombra del brezo»: Archivo personal


Hundíanse los pasos del caminante en el huello arenoso marcando fugaces relieves en la ribera dorada que alcanzaban las olas mediterráneas lamiendo con sus blondas de espuma los pies en movimiento. Alejado del agua, tejía el artesano cambrilense las ramitas de brezo expuestas en brazadas junto al taburete a ras de suelo que le servía de asiento. Domaban las manos vezadas el ramaje; lo estrujaban, alisaban, entretejían, lazaban, humedecían. Iba tomando forma el parasol, con la urdimbre  del extensor fija y la contera terminada en escobilla, ante los dos únicos espectadores  —uno, el de más edad, de pie y el caminante acuclillado—  que asistían, atentos y silenciosos, a la diligencia manual del hombre del taburete que, como un actor con mucho recorrido, se embebía en su tarea sin mirar en ninguna ocasión hacia el público. Después, el regreso del caminante a Salou; la arena, la espuma, el mar; el recién recordado “coge pan vienés cuando vuelvas”; el portero del edificio tendiéndole el libro “que se dejó usted anoche en la zona de descanso del hall”; el delicioso aroma a comida que saludó apremiante su bulbo olfativo nada más entrar en el apartamento; el tierno bullicio en el salón comedor; Jenabou tomándole la mano con un “ven, ya verás qué menú más chulo han preparado Agnès y Mam’zelle”. Sobre la mesa, los platos, con la señorial estética de su contenido [FOTO] introduciéndose en su retina y sus efluvios desbordándole aún más las fosas nasales mientras la señorita Valvanera le decía: “A ver si te gusta nuestra versión de los pelmeni”. Y, entre bocado y bocado, el caminante, bogando en la placidez, miraba hacia el balcón para entrever, una vez más, las cabriolas del oleaje.

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«Ártica»: Archivo personal


Desde la debacle, ninguno de los gatos que moran en el huerto de Marís y la veterinaria ha vuelto a arrimarse a la valla de madera que separa sus dominios del terreno colindante, propiedad de una pareja de maestros jubilados que residen en la Urbanización. Los mininos, que habían horadado bajo la cerca un pequeño pasadizo para ir de rondón a incordiar a las gallinas, hurtarles comida y obligar a Manolito, el gallo, a perseguirlos inútilmente, permanecen alejados del que, hasta anteayer, era uno de sus lugares favoritos de recreo. Dice Lucía, la dueña de las aves, que la actitud recelosa de los jóvenes felinos se debe a haber sido testigos de la tragedia que tuvo lugar al otro lado. De lo sucedido cabe suponer que el zorro que venía rondando los últimos meses los corrales del pueblo, logró acceder a la propiedad de Lucía y Pepe por la zona del talud de la acequia, la única parte del recinto donde quedaba un resquicio sin vallar. La certeza es que tres gallinas, de las cinco que vivían allí, fueron encontradas semidevoradas, y Manolito y las otras dos habían desaparecido. Queda constancia, por la cantidad de plumas desperdigadas y los restos orgánicos hallados en la parcela, que tanto el gallo como las titinas —así las llama Lucía— plantaron estéril batalla a su atacante y aunque Pepe, siempre optimista, no descarta que el gallo y las dos gallinas que faltan huyeran por el mismo lugar que usó el depredador para entrar, la posibilidad de que sobrevivieran es remota, más todavía tras asegurar Ezequiel, el viñador, que había visto no un raboso sino dos, macho y hembra, en las cercanías del hayedo, a escasos cincuenta metros de donde se emplaza el gallinero asaltado.

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«El sauce protector»: Archivo personal


Prospera la mañana; luciente, mas agalbanada…

Parlotean, intrigantes, las picarazas a menos de cuatro palmos del colorido tartán donde él, indolente, pretende dormitar distendido a la sombra del ramaje. A pequeñas ráfagas, le llegan las voces de los trabajadores del establo, los bufidos de las yeguas y las risas infantiles de los pequeños jinetes que pasean a lomos de los animales en el cercano picadero.

Cuando la proximidad de la camarilla de urracas  —no menos de diez—   le desborda el índice de histamina y aparece el prurito, arruga la nariz, estira un brazo hacia el botellín de té negro y sorbe el reparador brebaje antihistamínico con cierta desgana; después, lanza piedrecitas contra las aves alborotadoras, que no se dispersan hasta haber dado cuenta del montículo de palomitas de maíz que las mantenía entretenidas. Aún así, regresa Bruja, entre procaz y cariñosa, y se le planta, altanera, en el estómago antes de dirigirse a donde quiera que hayan volado sus compañeras.

Un rayo de Sol logra traspasar las hojas protectoras y él retira el brazo de la trayectoria luminosa haciendo caer al cortamininas que, en cosquilleante ascensión desde la muñeca, acababa de coronar la parte interna del codo.

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«De colores…»: Archivo personal


Pese a estar alojadas en el hotel, Agnès Hummel y la señorita Valvanera son las últimas en llegar al restaurante del Yoldi, donde el resto llevan aguardándolas cerca de veinticinco minutos. “Venga, señoras, que ya empezaban a cubrirnos las telarañas del rato que llevamos aquí”, bromea Emil. Hay unanimidad en la elección del menú: Crema de calabaza y hongos [FOTO], rape al horno con almejas y salsa de cigalas [FOTO] y goxua [FOTO]. Van dando cuenta de la comida sin prisas, conversando entre bocado y bocado, en banda sonora de palabras que se entremezclan con los murmullos de los comensales de las otras mesas y el ir y venir de los camareros, tan solícitos como discretos, tomando nota del número de cafés, cortados, infusiones y copas de la sobremesa. En la cabecera, carraspea Yolanda. “A ver, estimadas y estimados… Os agradezco mucho que os hayáis desplazado a Pamplona para compartir esta comida y, bueno, el regalo que me habéis hecho del fin de semana en el spa de Murillo de Gállego es un lujo. Me dan ganas de seguir cumpliendo sesenta los siguientes años que vengan. Aunque lo ideal seria descumplirlos e ir rejuveneciendo, ¿no? Y a ti, Mam’zelle, mi querida maestra, no sabes lo orgullosa que me siento al llegar a esta edad a tu lado…” “Bueno, bueno, bueno, querida Yoli”, la interrumpe  mam’zelle Valvanera. “Espera un momento, que me había guardado para el final un regalito especial… Una tontería que te va a hacer ilusión…”. Y le entrega un paquete que Yolanda abre sin ocultar la impaciencia. Dentro de una colorida bolsa, una sudadera añil decorada con un inmenso corderito lanudo en relieve, con una cinta naranja al cuello de la que cuelga un cascabel plateado. “Pero esto….”, balbuce Yolanda. “Madre mía, Mam’zelle…. El borreguito… La sudadera que vimos ayer en ese escaparate, cuando le comenté a Agnès que los corderos eran mi fetiche desde que pasó aquello… No, si al final acabaré llorando… ¡Gracias!”. Abraza a la vieja maestra y se dirige a los demás: “Cuando era una pequeñaja de cuatro años, allá por el Pleistoceno, en un viaje a Huesca que hicimos toda la escuela para que nos inyectaran no recuerdo qué vacuna, me escapé de Mam’zelle y la tuve en un brete durante horas. Pusieron la ciudad patas arriba, buscándome. Llevaba yo un chaquetón con la figura de un borreguito bordada en un bolsillo y…


Revolotean en la tarde navarra emociones y estampas añejas en tanto va componiendo el cielo tonalidades plomizas que no devienen en lluvia.

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«Apartamento con vistas»: Archivo personal


Guarda el Barrio memoria de lo sobrevenido diecisiete años atrás, cuando se iniciaron las obras de la Urbanización que dinamitaron la buena convivencia y derivaron en actuaciones de la Guardia Civil y el estamento judicial que, a su vez, condujeron al rechazo de buena parte del vecindario hacia el Ayuntamiento en pleno, que había recalificado los terrenos, y, como consecuencia, a la formación de una Agrupación Electoral Independiente que, sin adscribirse a partido alguno, barrió en los siguientes comicios municipales y cuya primera medida consistió en declarar que todo el terreno circundante del núcleo rural mantendría la condición de no urbanizable y que las únicas construcciones legales serían las destinadas, en los huertos particulares, a casetas en las que los metros cuadrados máximos habrían de ser proporcionales a las hectáreas de cultivo efectivo de la parcela, no pudiendo destinarse, en ningún caso, a vivienda permanente. Así mismo, se dictó una norma por la cual las construcciones dentro de la localidad habrían de realizarse en los solares prefijados, con una alzada no superior a tres plantas y, en caso de levantarse en la zona alta, de fachada acorde con el entorno, teniendo preferencia la rehabilitación y reforma de las edificaciones en venta ya existentes.

Siguiendo esas pautas, hace dos semanas se concedió la correspondiente licencia para la reconversión de dos casas adyacentes y sus corrales  —situadas en el último tramo del acceso a la plaza—  en un solo edificio de viviendas de dos alturas con una mínima alzada abuhardillada en la parte superior y dos apartamentos por planta; los del entresuelo, algo más grandes, destinados a vivienda habitual de los propietarios y su hija con su familia y los otros dos para ponerlos en alquiler.

En los bajos del Ayuntamiento, la artífice del proyecto —la hija única del matrimonio propietario, que es arquitecta— mostró en una pantalla, a cuantas personas quisieron asistir, el diseño final en 3D, con cubierta asimétrica a dos aguas, frontispicio de piedra caliza, puerta exterior en madera maciza y ventanas de aluminio oscuro; la parte trasera del edificio, estucada en gris, con dos galerías abiertas en los apartamentos superiores, troneras redondeadas en el desván y, en los pisos inferiores, sendos accesos a un jardín de tamaño mediano rodeado de setos, con una zona de terrazo, cochera con entrada independiente y el anexo para la caldera.

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«Pedregada»: Archivo personal


A poco más de media hora del comienzo de la función, se escucharon los golpes iniciales del granizo sobre el conglomerado de pizarra. Tornose el azul aciano del cielo en índigo mientras cientos de grumos inmisericordes, zigzagueantes y congelados, lapidaban el Barrio en brutal tamborrada durante los primeros diez minutos  quizás once— que, tras un amago de retirada, se repitió, en furibundas tandas de corta duración, hasta que el arcoíris señaló el fin de la tempestad.

Cuando expiró la arremetida atmosférica, el fenomenal cartel enmarcado en listones de cerezo  apenas protegido bajo la marquesina de la entrada—  que anunciaba la obra, ya solo era un guiñapo colgante que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio terminó de desprender entre dicterios dedicados a una fuerza invisible o, quizás, a sí misma, que durante trece años lo había preservado en su embalaje original en forma de tubo.


Ese cartel de 1’30×90 en papel satinado, con un fondo en tonos verdosos y pardos resaltando la imagen de un rinoceronte paticorto con el nombre del dramaturgo franco-rumano impresionado, en letras góticas doradas, en su parte superior, había formado parte de una remesa de cien —editados en Rumanía— que Marie-France Ionesco había obligado a desechar porque el nombre de su padre, Eugène Ionesco, había sido transcrito en su forma rumana —Eugen Ionescu— aquel otoño del año 2009 en que se celebraban diversos actos para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor. Ella misma, cual diosa omnipresente, había supervisado cada evento para evitar que Rumanía, país de origen de su progenitor, ondeara la nacionalidad balcánica del literato en detrimento de la francesa. «Estoy harta de que se exhiban los orígenes de mi padre. Él era francés; escribió en francés y vivió en Francia. Rumanía no tiene derecho a celebrar el centenario de mi padre como si de un compatriota se tratara. Que lo celebren si quieren, sí, pero como autor francés».


Igual tiene arreglo. Lo extendemos y, cuando se seque, se nos ocurrirá algo, le susurró Mercedes, directora de la versión adaptada de Rhinocéros, a la veterinaria, responsable de la iluminación y efectos especiales de la obra, cuando ya la sala empezaba a llenarse de público.




[A las ocho y media de una tarde prematuramente oscurecida, con los restos de la granizada blanqueando calles y jardines, se apagaron las luces, se iluminó la pantalla blanca y se vislumbraron tras ella las siluetas sombreadas de los dos personajes que iniciaban el primer acto. Cerca de la tarima del escenario, fuera de las miradas del público, tres inmensos rinocerontes recortados en grueso cartón ondulado aguardaban, en el suelo, su turno de aparición.]

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