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Posts Tagged ‘Guerra Civil’

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“Entre libros”: Archivo personal


El cadáver yacía en la cuneta. Uno más arrojado, cual despojo, en los Tiempos Oscuros. Mujer. Aún joven. Con las ropas sucias y ajadas y un rictus final de desesperanza en el rostro que, en vida, gozó de la hermosura que rutila en los tiempos exultantes. La hallaron la mañana del 18 de agosto de 1936, cerca de Rábade, expuesta por la furia asesina al empacho de los insectos y a la luz solar amortiguada por la neblina.

Se llamaba Juana y tenía 31 años que se vaciaron de sueños días antes de que dos disparos le arrebataran de las entrañas el acerico de dolor que la consumía desde el asesinato de su marido y la pérdida, allá en la cárcel, de su hijo nonato, apenas un reguero de sangre y tejidos que truncaron los últimos destellos de futuros felices.


Qué lejos aquella cuneta ominosa del día, seis años atrás, en el que ingresó, por concurso oposición, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con la juvenil mirada dejando entrever el brillo de las ideas que, valoradas, puso en practica en la Biblioteca Nacional y el Ateneo de Madrid, primer centro español en implementar la Clasificación Decimal Universal en la organización de la bien dotada biblioteca que daba fama y empaque a sus instalaciones. Pese a su juventud, el entusiasmo, el conocimiento y laboriosidad de Juana hicieron posible su nombramiento como bibliotecaria-jefa de la Universidad Central —cargo que, por primera vez ocupaba una mujer—; bajo sus directrices se realizó el traslado de los volúmenes que conformarían posteriormente la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Fue, además, una de las fundadoras de la Asociación de Bibliotecarios y Bibliógrafos de España, cuya primera acción fue crear un servicio circulante de libros, a modo de experiencia piloto, entre los pacientes del Hospital Clínico de Madrid, evitando, aconsejaba Juana, “toda lectura que pueda preocuparles, entristecerles o, simplemente, aburrirles”. Como miembro de la Asociación, apremió a las autoridades de la República para que se dignificara la profesión de bibliotecario, se extendiera por España una red de Bibliotecas de acceso libre para la ciudadanía —como continuidad del proceso de alfabetización que se había puesto en marcha en pueblos y ciudades— y se renovasen los fondos bibliográficos de las ya existentes.


Se llamaba Juana. Juana María Clara Capdevielle San Martín. Era una mujer culta, feminista, libertaria, pedagoga, bibliotecaria, articulista, conferenciante; una mente inquieta abatida por la sinrazón y sepultada en la desmemoria durante setenta años.

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“La pajarica ferrosa”: Archivo personal


«[…]Hacia 1920 ganó Acín en Madrid por oposición la plaza de profesor de Dibujo de la Normal de Huesca.

[…]Como en la adjudicación de plazas del profesorado pueden elegir los que tienen los primeros números y Acín estaba clasificado después de tales primeros números, generalmente paniaguados y pelotilleros, temía que los clasificados en lugar preferente eligieran la plaza de Huesca y le dejaran sin ella. Su interés era quedarse de profesor en Huesca, donde tenía mucha vida de relación y amistades arraigadas, además de estar allí su madre y contar con la poca trepidación de la ciudad para trabajar con algún sosiego.

En los pasillos de la mansión destinada a cobijar a los opositores había una pequeña revolución.[…]

Yo puedo elegir tal y tal plaza  dijo uno de los primeros lugares de la clasificación. Entre otras plazas puedo elegir Huesca. ¿Qué tal será Huesca?

—Una calamidad  contestó Acín. Allí hay cuatro meses al año de nieve, y la ciudad vive en invierno metida en su capote blanco. Además, bajan los lobos del Pirineo y entran por las calles, comiéndose a las criaturas. Hay que organizar batidas muy serias… Un abuelo mío…

Lo que deseaba Ramón era que nadie quisiera ir a Huesca para que al llegarle el turno a él la plaza le cayera en las manos.

Así fue. Hizo colaborar a los lobos y a la nieve en su designio, consiguiendo el triunfo, quedándose finalmente en la ciudad sertoriana gracias a la ingeniosa manera de movilizar la fauna del Pirineo y las ráfagas de nieve.».-  Felipe Aláiz: Vida y muerte de Ramón Acín, editado en París en 1937.


Noventa y dos años de niñeces oscenses contempladas por ellas… Ellas, las Pajaritas  las Pajaricas de Ramón—  forja blanqueada, ternura erguida en la ciudad que amó  devoto cofrade de la militancia anarquista, de la libertad…—.  Huesca, casa y tumba del maestro.

Aladas Pajaricas que trinaron, en herrumbroso susurro, el nombre del artista asesinado.

Ramón, Ramón—, le decían al cierzo que despeinaba las peripuestas ramas de las coníferas.

Ramón, Ramón—, cuchicheaban a gorriones, jilgueros y lechuzas.

Remontan, ellas, Pajaricas de tantas infancias  en alado sueño—  un vuelo imposible hasta el homenajeado portal de Casa Ena, palacio de risas y penúltima estancia del horror avecinado; reculan, empujadas por el viento, hacia las afueras, hasta el camposanto donde memorizaron las revocadas tapias cada bala asesina y asiéntanse sobre el bajorrelieve ideado y esculpido por el propio Acín para el osario del cementerio oscense y que hoy señala su propia tumba.

Bajan la cabeza, quejumbrosas, las Pajaricas. Lagrimean sus compactos cuerpos dejando un rastro de orín y cardenillo en el pétreo cobertor del último lecho del maestro.


El 6 de agosto de 1936 fue vejado y asesinado el maestro Ramón Acín Aquilué. En la ciudad que tanto quería. El 23 de agosto pereció asesinada su esposa y amiga, Concha Monrás Casas, en una brutal saca que cercenó las vidas, en circunstancias horrendas, de cerca de un centenar de oscenses.





ANEXOS

  1. Huesca fue Granada: La muerte de Ramón Acín, de Víctor Juan.
  2. Hasta más allá de la muerte: El proceso de responsabilidades políticas contra Ramón Acín y Conchita Monrás en la Huesca de la Guerra Civil, de Nicolás Sesma Landrín.

NOTA

Edición actualizada de un artículo publicado en esta bitácora el día 23 de agosto de 2013.

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“Sombras en la pared”: Archivo personal


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Los recuerdos que atesora del padre muerto lo conforman los artículos, cartas y libros que el celebrado autor dejó como legado  humilde y vago legado en aquel 1950, año de su muerte—  en manos de su editor, en tanto la tuberculosis sitiaba sus últimas semanas de vida; lejos del hijo, de aquel hijo tan ansiado por Eileen, su esposa, y él mismo; aquel a quien, angustiados ante la imposibilidad de engendrar un hijo biológico, habían adoptado en 1944.

Aquel deseado bebé de cuatro semanas recibió el nombre de Richard. Richard Horatio Blair, hijo de Eileen Maud Blair, née O’Shaughnessy, y Eric Arthur Blair, conocido como George Orwell (1903-1950).

Cuando Richard apenas tenía un año, falleció Eileen a consecuencia de las complicaciones derivadas de una operación de histerectomía. Orwell, cuya salud ya era precaria, pasó a ocuparse de su hijo  ayudado por unos parientes—  instalándose ambos en una granja de la isla de Jura, en Escocia, donde los recuerdos del Richard adulto le retrotraen a una infancia que él describe como “libre y maravillosa”, en contacto con la naturaleza y en compañía de un padre con el que compartía excursiones y cuya metodología pedagógica era la del aprendizaje a partir de los errores.

En 1949, tres meses antes de morir, Orwell contrajo matrimonio con Sonia Brownell, que se ocuparía del pequeño Richard y del legado de Orwell a la muerte del escritor. Pese al auge de la literatura orwelliana, ni Sonia Blair ni Richard, el hijo del escritor, gozarían de una economía saneada en los siguientes años. A la muerte de Sonia, en 1980, Richard se hizo cargo de todo lo concerniente a su padre, contando, posteriormente, con el apoyo de la Orwell Society, organización creada para promover el conocimiento del pensamiento y la obra del escritor.


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Los orwellianos que se acercan a las históricas trincheras del Saso de Loporzano y Tierz, tan cerca  ay, tan cerca, tan cerca—  de aquella Huesca que las milicias republicanas del POUM soñaban con arrebatar, a sangre, fuego y muerte, de las zarpas de los involucionistas, no dejan de recordar aquella sugestiva ilusión, reflejada por Orwell en Homenaje a Cataluña, que impulsaba a aquellos hombres sucios, heridos, maltrechos:

«A cuatro kilómetros de nuestras nuevas trincheras, Huesca brillaba, pequeña y clara, como una ciudad de casa de muñecas. Meses atrás, cuando se tomó Siétamo, el general que mandaba las tropas del gobierno dijo alegremente:
      Mañana tomaremos café en Huesca.
No tardó en demostrarse que se equivocaba. Había habido sangrientos ataques, pero la ciudad no caía, y “mañana tomaremos café en Huesca” se había convertido en una broma habitual en todo el ejército. Si alguna vez vuelvo a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca».


Orwell dejó España en 1937, con la ciudad de Huesca cerrada a sus anhelos. Setenta y ocho años después, el 17 de mayo de 2015, Richard Horatio Blair, su hijo, ingeniero jubilado con residencia en el condado de Warwickshire, entró en la ciudad abierta, pequeña, luminosa y, tal vez con el primer sorbo de café, volvió a ver a su padre, al padre siempre joven de su niñez en la granja de Escocia, y gritó su pensamiento: “Va por ti, papá. ¡Salud!”.

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“Río Guatizalema”: Archivo personal


Siete kilómetros abajo, por rutas casi imposibles donde se entrecruzan rocas de arenisca, huertos, acequias colmadas y barzales, llegan los senderistas a orillas del río Guatizalema, aguas calladas que avanzan lentamente acompañando los pies desnudos reafirmados entre guijarros que, apenas a diez pasos, se agitan y se hunden engullidos por la poza.

Wādī Salama [1], llamose el río cuando formaba parte de la kūrah [2] de Wasqa, en la al-Tagr al-Aqsa [3] de Al-Ándalus del Norte; Matapanizos, le decían, furiosos, los agricultores ribereños de La Hoya cuando el estiaje disminuía tanto el humilde caudal que asfixiábanse, deshidratados, los sedientos campos y huertos de sus orillas.


A la izquierda, entre las suaves lomas, se avista la línea de trincheras onduladas excavadas por el Ejército Republicano en la ofensiva a la ciudad de Huesca, con la peana pétrea desde donde José, el Nene, con una ametralladora Hotchkiss recalibrada a 7 mm, mantuvo a raya a un grupo de fascistas cuando el cerco a la capital altoaragonesa fue roto y las tropas de Franco tomaron, uno a uno, los pueblos de los alrededores, fieles a la República. Agotada la munición y gravemente herido, el Nene se deslizó hasta el Guatizalema y, arrastrándose por la orilla, consiguió llegar a una caseta de pastor donde fue encontrado por una cuadrilla de milicianos con los que, monte a través, y en condiciones espantosas, logró cruzar las líneas enemigas, siendo evacuado a un hospital de campaña. Refugiado en Francia, fue uno de los españoles que entraron, como libertadores, en París, ciudad en la que falleció, a la edad de treinta y siete años, a mediados de los años cincuenta.


Baja el Guatizalema, tranquilo y sin pretensiones, desde la Sierra Gabardiella, bordeado su último trecho de carrizos, matojos, gramas y erizones, embarrancándose, embalsándose y abriéndose, con sus aguas casi siempre mansas serpenteando hasta el tumultuoso Alcanadre, que lo acoge para recorrer juntos el tramo que desagua en el Cinca y, después, en el Ebro.

Queda lejos muy, muy lejos el mar.







NOTAS

[1] Literalmente, “Cauce o valle de los Salama”, en referencia al linaje Banu Salama, gobernadores de Wasqa (Huesca).
[2] División territorial de Al-Ándalus.
[3] Literalmente, “Marca o frontera extrema”. Era el nombre que recibían las divisiones administrativas y militares de Al-Ándalus del Norte.

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“Mediterraneus”: Archivo personal


Entre el 4 y el 11 de julio de 1937 tuvo lugar en España el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en el que el Olimpo literario antifascista de la época celebró  en Valencia, Madrid y Barcelona  diferentes reuniones y ponencias para difundir su inquebrantable apoyo a la República sacudida por un año de guerra cuyo final y posteriores consecuencias ninguno de los afamados conferenciantes podía intuir.

A Barcelona acudió un joven Octavio Paz (1914-1998), recién casado con Elena Garro (1916-1998); en su carpeta llevaba un desgarrador poema escrito días antes, cuando le llegó el doloroso rumor de la muerte, en el frente de Aragón, de su amigo del alma José Bosch.


José Juan Bosch Fontseré, el amigo de Paz, nacido en Sant Feliu de Codines, en 1910, llegó a México con su familia en 1913. Instalaronse los Bosch en Iztapalapa, donde el padre, que había militado en España en la CNT, puso un establecimiento de venta de leche.

En 1929, un ya beligerante José Bosch, coincide con Octavio Paz en el mismo centro de estudios, compartiendo pupitre y una naciente amistad. “A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios. Yo le prestaba libros de literatura -novelas, poesía- y unas cuantas obras de autores socialistas que había encontrado entre los libros de mi padre”, escribiría Paz años después.

Bosch se convierte en indiscutible líder estudiantil, promotor de huelgas y altercados con las autoridades educativas. En 1930, una protesta universitaria, encabezada por José Bosch, contra el gobierno mexicano —aprovechando la visita de unos estudiantes de Oklahoma— tuvo como consecuencia la expulsión del país del joven anarquista, que acabaría dando tumbos por España  de donde también fue expulsado—  Francia, Alemania y Argentina, dejando a su paso su impronta ácrata. Finalmente, y gracias a la mediación de su padre desde México, José Bosch consiguió que las autoridades españolas revocasen su expulsión. Al iniciarse la guerra (in)civil, no tuvo dudas y se alistó en las milicias del POUM.


Aquel julio de 1937, en Barcelona, con su Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón temblándole entre las manos, se dispuso el poeta a leer su homenaje al amigo fallecido. Entonces, al levantar la cabeza, cuando, en palabras del propio Paz, “dirigí la vista hacia el público: allí en primera fila estaba José Bosch”. Los ojos de ambos se encontraron unos segundos. Había asombro en los de Paz y súplica en la mirada de Bosch, que abandonó la sala rápidamente. Cuando, acabado el acto, Octavio Paz y Elena Garro se dirigieron al exterior, un nervioso José Bosch interceptó al poeta; le contó que los comunistas estaban masacrando a anarquistas y poumistas, que su vida corría peligro y que necesitaba urgentemente que le gestionara un pasaporte mexicano para salir del país. Paz recordaría que “le dije que esa misma semana me iría de España. Me contestó: Dame el número de tu teléfono, te llamaré mañana por la mañana”. La llamada no se produjo.

Jamás volvieron a verse ni a comunicarse.


José Juan Bosch Fontseré sobrevivió a la razzia comunista, a la guerra y al franquismo. Vivió en distintos países europeos y acabó instalándose, como anticuario, en Barcelona. Nunca corroboró o desmintió lo sucedido aquel día de 1937 en su encuentro con el poeta mexicano ni quiso saber nada de él en años posteriores. Según confesó a su familia, consideraba a Octavio Paztraidor y delator“, pero no se avino a explicarles el motivo de tales acusaciones.

Falleció el 8 de noviembre de 1998 en el geriátrico de Palafolls.


«Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo».

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“De los días desgarrados”: Archivo personal


Minutos antes de las diez nos parábamos en el lugar de la cita con Durruti. Salió de la casilla de camineros a recibirnos y nos estrechó la mano sin aspavientos, con aire campechano; cambió unas palabras afectuosas con Timoteo y se dirigió a mí diciéndome:
—Bueno, ya estás aquí. Ahora dime con claridad si deseas quedarte o prefieres volverte a casa.
Eludí una respuesta concreta para que adelantara su opinión y me limité a decirle empleando el tuteo, como era costumbre entre aquella gente:
—Eso depende de lo que tú decidas; creo que no me corresponde a mí la resolución.
—Déjate de retóricas. Aquí estamos para hablar claro y voy a serlo contigo: si te vas, cualquier grupo incontrolado te matará antes o después, pues ya sé por Callén que andan tras de ti; si te quedas en la Columna, yo respondo de tu seguridad. Timoteo me ha dicho que quiere protegerte y nuestra amistad es tan grande que sus deseos son los míos. Y aún te diré más: si te quedas me harás un gran favor, pues te encargarías de llevar la estadística y todo el papeleo del personal, que ahora anda de esas maneras por falta de gente capacitada. Ahora bien: yo exijo lealtad y sé castigar a los que se descarrían. No va contigo la advertencia, porque Timoteo no me recomendaría nunca a un sospechoso, pero bueno será que lo tengas en cuenta, si te quedas con nosotros.
—Está bien —le dije decidido—. Me quedo aquí y espero que no tengas nada que reprocharme; procuraré corresponder a tu generosidad.
—Pues no hablemos más. Escribe a tu familia diciéndole donde estás y que estén tranquilos.
Esta es la verdad de cómo conocí a Durruti y de cómo y por qué ingresé en su Columna. Todo lo demás que se haya dicho o se diga en tomo a este hecho no son más que fantasías.

Fragmento del capítulo X del libro Yo fui secretario de Durruti. Memorias de un cura aragonés en las filas anarquistas, versión del original escrito por mosén Jesús Arnal Pena entre 1969 y 1971 y del que se publicaron tres ediciones, revisadas, en 1972 (Edicions Mirador del Pirineu, Andorra la Vella), 1995 (Mira Editores, Zaragoza) y 1997 (Editorial Pagés, Lleida, traducida al catalán).


Cuando Timoteo Callén, responsable del Comité Local de la FAI en la localidad de Candasnos (Huesca), decidió avalar a su amigo de la niñez, el sacerdote Jesús Arnal, y encargarle su protección a Buenaventura Durruti, no imaginaba que su decisión iba a componer una de las historias más insólitas de la recién comenzada guerra (in)civil ni que, años después, terminada la contienda, aquel curilla sería su salvoconducto para no perder la libertad ni la vida.

Mosén Jesús Arnal Pena (1904-1971), párroco de la localidad altoaragonesa de Aguinaliu, huyó, en un primer momento, al monte al iniciarse la guerra, cuando las localidades próximas a su parroquia se convirtieron en bastiones republicanos con nulas simpatías por el clero. Decidido a conservar la vida, guardó su sotana y emprendió viaje hacia su lugar de nacimiento, Candasnos, vestido de civil y con cierto aire de miliciano. En Candasnos, donde era muy conocido, solicitó la ayuda de Timoteo, su leal amigo de la infancia, miembro de la CNT y autoridad relevante en la localidad, que no dudó en prestársela, convirtiéndose en su defensor en el remedo de juicio popular al que mosén Jesús fue sometido en el balcón principal del Ayuntamiento y del que, el fiel Timoteo, logró sacarlo indemne. aunque, para evitar males futuros, no encontró mejor solución para el sacerdote que encomendar su salvaguarda a Buenaventura Durruti, una de las figuras más sobresalientes del anarquismo español que, por amistad con Timoteo Callén, aceptó llevar consigo al cura de pueblo como escribiente y ayudante personal.

Integrado mosén Jesús en la Columna Durruti, se dedicó a llevar la contabilidad, el registro de los suministros y cuantas tareas, todas ajenas al ministerio sacerdotal, le encomendó su nuevo empleador. Cuando Durruti fue herido, no se sabe si accidentalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el 19 de noviembre de 1936, sin que el auxilio médico pudiera evitar su muerte a las cuatro de la mañana del día siguiente, mosén Jesús se hizo cargo del fusil naranjero del dirigente ácrata, que portaría, sin hacer uso de él, el resto de la guerra, siempre acompañando a sus compañeros de la Columna anarquista que, respetando los deseos del fallecido libertarrio, siguieron protegiendo entre sus filas al clérigo altoaragonés.

Sabiendo que la guerra estaba ya perdida, el grupo de milicianos y mosén Jesús decidieron pasar a Francia, en cuya frontera los gendarmes franceses obligaron al sacerdote a desprenderse del fusil naranjero. Jesús Arnal, que consideraba no tener cuentas pendientes con los vencedores de la guerra, regresó a España, entregándose a las nuevas autoridades que, tras un somero interrogatorio, lo dejaron en libertad, incorporándose un tiempo después, bajo vigilancia de las autoridades eclesiásticas, a su labor sacerdotal. Su último destino fue la localidad oscense de Ballobar, donde falleció el 8 de diciembre de 1971. Fue siempre defensor de la honestidad de Buenaventura Durruti, hombre al que respetaba y para el que solo tuvo palabras de agradecimiento hasta el final.


Aquella mañana había entrado Durruti en mi despacho y con semblante jovial me mostró un paquete que llevaba en las manos, diciéndome:
—Jesús: prepárate a recibir una sorpresa. Te traigo un regalo.
—¿Un regalo? ¿Y a qué viene eso?
—Bueno, eso tú lo juzgarás… ¡Anda, ábrelo!
¡Cuál sería mi asombro al encontrarme con una espléndida Biblia en latín! Me quedé pasmado, sin poder articular palabra y empecé a hojearla, sin creerme todavía que Durruti fuera capaz de un gesto semejante. Lo miré en silencio, con aire de agradecimiento y él, también impresionado por mi reacción, me dijo:
—En cuanto la vi, me acordé de ti y me dije: “esto para Jesús, que le hará ilusión” pero, la verdad, no creí que fuera tan importante para ti.
—Lo es, Ventura, y mucho; no por la Biblia en sí —con ser importante—, sino por cuanto significa tu gesto. No puedes imaginar cómo te lo agradezco.
(Op, Cit.)


NOTA

El título, Disciplina clericalis, se ha tomado prestado del de una colección de cuentos ejemplarizantes escritos en latín por el judío converso Pedro Alfonso de Huesca en el siglo XII.

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“Catedral de Huesca al cielo”: Kum111


Cuando sobre el mediodía del 26 de agosto de 1937, tropas de la IV Brigada de Navarra y de la italiana División Blindada Littorio, adscritas ambas al ejército sublevado contra la República, entraron victoriosas en la ciudad de Santander, los ecos de la conquista llegaron hasta Huesca, ciudad que había quedado en manos fascistas desde el inicio de la guerra. El jolgorio festivo de los afectos a Franco engalanó momentáneamente la capital oscense y una ruidosa pirotecnia se elevó a las nubes hasta que uno de los cohetes lanzados impactó contra el chapitel de madera emplomada que coronaba la torre del campanario de la magna catedral altoaragonesa, incendiándose y desmoronándose aquel y finalizando así, bruscamente, la celebración.

De tal guisa, con la torre sin remate, conocieron las siguientes generaciones el magnífico templo, relegada al olvido forzado la causa de tan irregular arquitectura. Pero hete aquí que, a mediados de este mes de diciembre, ochenta y tres años después de la accidentada pérdida del elemento ornamental catedralicio, el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Huesca presentó una enmienda a los presupuestos municipales proponiendo que el Consistorio de la ciudad se hiciera cargo de la reconstrucción del desaparecido chapitel que, argumentaba, fue destruido por la artillería republicana en el transcurso de la guerra.

Tan falaz afirmación, no se sabe si fruto de la ignorancia o del revisionismo histórico, ha producido más ruido, si cabe, que el cohete desviado que descabezó la vieja torre, y a la indignación, no exenta de chanzas, de quienes conocían la versión real de lo acontecido aquel agosto de 1937, han venido a añadirse las declaraciones del representante de Patrimonio de la Diócesis, que ha desmentido con pruebas documentales que la pérdida del chapitel se debiera a la intervención belicosa republicana sino a la suma de la fatalidad, la imprudencia y la nula destreza de algún falangista metido a pirotécnico chapucero.

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“A ras de suelo”: Archivo personal


Clareaba la aurora las calvas calizas de los conglomerados de aluviales y acariciaba la luz al guardián Pisón, señorial gigante durmiente, mientras los caminantes tomaban la ruta del este, por la senda viciada donde cientos de pisadas añejas condenaron a la vegetación a retirarse bordeando una estrecha franja terrosa y agrietada que se perdía ladera arriba, entre los bojedales. A lo lejos, peña Gratal, donde el amanecer fosforescente parecía haber prendido una indiscreta hoguera anaranjada a semejanza de aquellas otras que hace más de ochenta años encendían los republicanos huidos durante los primeros meses de guerra para indicar a las gentes de los pueblos vencidos de la sierra que “la llama de la esperanza era más poderosa que el rugido de las pistolas sanguinarias que dejaban un rastro de cadáveres jóvenes y viejos, maniatados, en campos, barrancos y cunetas“. Así, al menos, lo había relatado Mariano Constante en aquella charla extraordinaria que fue a dar en la Escueleta Vieja del Barrio —hará más de veinte años— y en la que el grupo que subía hace unas semanas, con el frescor del alba, por el angosto sendero, supo, por primera vez, por boca del viejo orador exiliado, de la existencia de Ambrosio Pargada.


Nació Ambrosio en el singularísimo pueblo de Riglos  donde reinan los mallos—  allá por 1909, apegado, desde niño, a una sierra que amaba y conocía como una prolongación de su propia casa. Solitario y poco dado a palabrerías, se dedicaba a cultivar las buenas hectáreas de tierra de la familia, a cuidar del ganado y a la caza, afición ésta que le costaría la pérdida del brazo derecho al explotar la escopeta que manejaba. Fue, desde entonces, el Manco de Riglos. Y así pasaría a la historia de la guerrilla.

De conocidas convicciones libertarias, colaboró, como la mayoría de los anarquistas de Huesca, en la Sublevación de Jaca de 1930. Cuando estalló la Guerra (In)civil, hizo creer a todos que había marchado a luchar con el ejército republicano mientras se ocultaba en la sierra y se dedicaba a guiar a fugitivos hasta las zonas que no habían conquistado los sublevados. Pero siempre regresaba, a escondidas, a Riglos, a su casa, burlando las patrullas falangistas y, en ocasiones, hasta enfrentándose a ellas con un arrojo que sus conocidos tildaban de locura.

Al alargarse la guerra se enroló en la Columna Roja y Negra y, finalizada la contienda, regresó a su pueblo. Fiel a sí mismo, siguió ayudando a quienes se adentraban en la sierra para, montaña a través, llegar a Francia. Pero fue detenido en 1944 y encerrado en la prisión de la vecina localidad de Ayerbe donde, conocedor de que iba a ser fusilado, protagonizó una increíble fuga rompiendo el enrejado de la ventana de su celda y ganando, de un salto, la calle. Marchó a la Sierra de Guara, su conocido y seguro refugio, y, aun manteniendo su independencia y soledad, colaboró con los Grupos de Acción Anarquista. Finalmente decidió pasar a Francia sufriendo, durante la durísima marcha, una caída por un barranco y fracturándose una pierna. Del respeto que se tenía, dentro del maquis, por el Manco de Riglos es suficiente prueba que, imposibilitado para seguir el viaje por su propio pie, fuera transportado hasta el vecino país en una camilla por seis guerrilleros que representaban a cada uno de los grupos con quienes había cooperado Ambrosio Pargada desde 1936.

En Francia, el Manco de Riglos fue atendido de sus heridas en la Colonia de Aymare [*], colectividad fundada por anarquistas españoles cerca de Le Vigan; allí residió hasta mediados de los años sesenta.

Ambrosio Pargada, el Manco de Riglos, falleció en el hospital psiquiátrico de Leynes (Francia) en junio de 1974.


Seis horas de marcha ininterrumpida, con el Sol otoñal refulgiendo en los claros, los rostros aguados y los pies, cada vez más grávidos, arrastrando todas las piedras de la pendiente. Deteníase el grupo de excursionistas en el carrascal, cerca del destartalado puente próximo a la carretera. En el obsoleto poste de luz, ligeramente inclinado, un viejo ejemplar oscuro de águila ratonera manteníase erguido, indolente, aparentemente ajeno a los intrusos que, sentados a la sombra de una encina, lo contemplaban mientras engullían, con indisimulada avidez, los bocadillos.






APÉNDICE

[*] La Colonia Aymare de Ancianos y Mutilados de la Revolución Española fue una propiedad formada por 120 hectáreas de terreno y un castillo en ruinas situada cerca de la población de Le Vigan (Francia), comprada en 1939 por la Sociedad Internacional Antifascista y el Movimiento Libertario Español para atender a refugiados españoles ancianos, mutilados de guerra y enfermos de todas las edades.

Con la ocupación alemana y el establecimiento del Gobierno de Vichy, en cuya área de influencia se encontraba Aymare, funcionó, también, como refugio para perseguidos de cualquier nacionalidad y, en 1948, pasó a ser una Colectividad Agrícola Anarquista basada en el autoabastecimiento y la autosuficiencia.

En 1967, tras veintiocho años de existencia, la Colectividad de Anarquistas Españoles de Aymare fue, finalmente, desmantelada y vendida. Sus actuales propietarios rehicieron el antiguo castillo que daba nombre a la propiedad y lo convirtieron en un resort de lujo.

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“El guardían de los libros”: Archivo personal


«Subíamos a garras templadas [1] por esa costanilla que hay frente al convento de las Miguelas», contaba don Luis Urriens, que en algún momento lejano fue Luisete y Luis hasta anteponer ese don que hacía juego con su estampa, trajeada siempre. «En cuanto veíamos el torreón del Instituto, dependiendo de qué asignatura había a primera hora, se nos ponía el estómago del revés si es que nos tocaba clase con don Basilio, el de los Latines… A mí me subían unos ardores desde las pantorrillas imaginando que, esta vez sí… esta vez el señor Fábregas, el bibliotecario, me había descubierto y me esperaba en el portón de entrada, junto al señor Eutiquio, el bedel, para reclamarme el libro que había escamoteado en sus mismas narices y cuya devolución de tapadillo se ponía más difícil conforme pasaban los días».


En las que fueron insignes dependencias de la aclamada Universidad Sertoriana de Huesca, edificada donde antaño levantose el palacio de los Reyes de Aragón y aun antes la Zuda islámica, se creó, en 1845, el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, heredero de la añeja solemnidad universitaria y del bagaje histórico-artístico que se asentaba intramuros, con su bellísimo patio octogonal parcialmente techado, el Salón del Trono y el único torreón que resistió las embestidas del tiempo, donde se hallaban la cripta, con la Sala en la que la leyenda dice que Ramiro el Monje ordenó construir la campana cuyos repiques se escucharon por todo el Reino, y la Sala de doña Petronila, gabinete principesco y antigua capilla, que devino en extraordinaria biblioteca que albergaba, en aquel año de gracia de 1936 del estudiante de bachillerato Luisete —que no Luis ni don Luis—, cerca de treinta mil volúmenes prensados en recias baldas de descomunales estanterías dispuestas longitudinalmente en ese aposento medieval de semicolumnas románicas adosadas a los muros y ornamentadas con capiteles historiados —la mayoría de temática religiosa— puntillosamente esculpidos, en los que, por aquel entonces, todavía era posible apreciar su delicada policromía.


«Yo no había robado un libro en mi vida. Vamos, ni un libro ni ninguna otra cosa. Si acaso, algún puñao de castañas o un cacillo de melocotón con vino de la fresquera de casa, que robar, robar tampoco es. La cuestión es que a don Basilio, el de los Latines, le dio por apretarnos las clases con párrafos y más párrafos, para traducir del Latín, de La guerra de las Galias… La inquina que le cogimos a Julio César y a su De bello Gallico, y la de reprimendas y suspensos que nos llegaban a cuenta del militar romano… Tú imagínate, entonces, cómo se nos abrió el cielo cuando, de casualidad, ayudando al señor Fábregas, el bibliotecario, a organizar una sección de mamotretos del año catapum, descubrí un libro bastante maltrecho de don José Gil de Goya y Muniain, con la traducción al español de los escritos de Julio César. Aquel libro se me quedó como cosido a la mano, y cuando el señor Fábregas me mandó con unos libros para entregárselos a don Emilio, el catedrático de Ciencias Naturales, aproveché para sacarlo mezclado entre ellos. Bajé por aquellas escaleras estrechas que ni me tocaban los pies en el suelo».

«Madre de mi vida, la de tumbos que dio Goya y Muniain de mano en mano y de casa en casa… Y cuántos “menuda colección de belulos de boina [2] tengo por alumnos” nos ahorramos de boca de don Basilio, que si sospechaba algo, nada dijo. La dificultad vino después, casi terminado el curso y sin ninguna oportunidad de devolver el libro al lugar de donde lo había sacado. No me hubiera costado nada depositarlo disimuladamente en la mesa de estudio para que el bibliotecario lo colocase en su ubicación… O dejarlo entre otros volúmenes confiando en que a nadie le llamara la atención, pero me frenaba la posibilidad de que el bibliotecario descubriera la treta, la comentara con don Basilio y este, con lo taimado que era, cayera en la cuenta de lo que significaba ese libro, precisamente ese libro, en el lugar equivocado… Así que pasaron los días, terminó el curso y el ejemplar siguió en mi poder, quitándome incluso el sueño».

«No se me ocurría cómo resolver la situación hasta que allá a mediados de julio, haciendo unos recados para mi madre, me encontré en la plaza del Mercado con don Jesús, el farmacéutico, que había sido profesor de Dibujo en el Instituto. “¿Cómo lleva las vacaciones, Urriens?”, preguntó. Y añadió: “Me ha dicho su padre que este curso ha superado usted el Latín…”. Y entonces supe que en aquel hombre, más comprensivo que la media y del que tenía muy buenos recuerdos, estaba la solución a aquello que llevaba dos meses carcomiéndome. Y se lo conté todo, tragándome las lágrimas que se me venían a los ojos… Se lo conté de un tirón, con toda la vergüenza y el remordimiento acumulados. Me escuchó sin dejar de mirarme, sin interrumpirme, sin preguntarme nada… Aún parece que lo veo… Me puso una mano en el hombro y me dijo, lo recuerdo bien: “Pásese por la farmacia esta tarde, Urriens. Y traiga con usted ese dichoso libro, que ya lo reintegraré a su sitio en cuanto tenga ocasión. Reflexione este verano sobre sus propósitos, Urriens, y hablaremos usted y yo de ellos más adelante”. Por la tarde, allí estaba yo, en la rebotica, rojo de vergüenza y tendiéndole el volumen… Él no habló. Le di las gracias, me hizo un gesto de asentimiento y salí. Nunca he olvidado ese catorce de julio de mil novecientos treinta y seis. Nunca he olvidado a don Jesús…». Y, al concluir el relato, le naufragaban los ojos entre lágrimas mientras se llevaba a los labios el vaso de café con leche aquel doce de agosto de 2003, sentados él y yo en la terraza del bar Rugaca.




ADENDA

  • El 18 de julio de 1936 triunfó en Huesca el golpe militar que derivaría en los cruentos años de guerra. Jesús Gascón de Gotor Giménez, nacido en Zaragoza, el 14 de septiembre de 1897, licenciado en Farmacia, profesor auxiliar de Dibujo, vicesecretario del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca y militante de Izquierda Republicana fue detenido por los fascistas el 23 de julio de 1936 y asesinado bárbaramente en la tapia oeste del cementerio municipal, junto con cerca de un centenar de oscenses, el 23 de agosto de 1936.
  • El Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca, donde cursaron estudios Joaquín Costa, Santiago Ramón y Cajal, Ramón Acín Aquilué y otros ilustres personajes, se transformó en cárcel durante la guerra y perdió su condición de centro de enseñanza para convertirse, en 1967, en sede del Museo Provincial; las antiguas estancias del palacio Real (Salón del Trono, Sala de la Campana y Sala de doña Petronila) forman parte del mismo.
  • Los cuantiosos fondos bibliográficos ubicados durante años en la Sala de doña Petronila fueron depositados, tras la (in)civil guerra, en el Colegio Mayor de Santiago y, posteriormente, pasaron a la Biblioteca Pública de Huesca y al Archivo Histórico.
  • En 1951 se inauguró, en el Ensanche de la ciudad, un nuevo y moderno edificio para albergar al alumnado de bachillerato. Al novísimo instituto, heredero del anterior, se le dio el nombre de Instituto de Enseñanza Media Ramón y Cajal.
  • Luisete/Luis/don Luis Urriens es un personaje ficticio sin cuyo concurso esta historia no hubiera sido posible. El resto de personas que se nombran, las localizaciones, descripciones y datos anexos se corresponden con la realidad.






NOTAS

[1] Expresión aragonesa que significa deprisa.

[2] Expresión que se traduce como tontos de remate.

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“In memoriam”: Archivo personal


…y allí, en la Sierra de Urbasa —donde los familiares quebrantahuesos derrotan al aire— recrea el cerebro, a menos de tres palmos del corazón acongojado, la angustiosa subida de los prisioneros, el aterrador sonido de las armas y el espantoso alarido de los moribundos arrojados al corazón de la sima…

…allí, al sur, en el mirador que dicen balcón de Pilatos, donde un oleaje de fresnos, hayas, olmos, mecen sus copas y graznan los cuervos mientras remontan los alimoches los más de novecientos metros de cortada en anfiteatro…

…y ella, con los pies tanteando el reborde pétreo del abismo y los ojos encharcados y salinos, fingiendo otear el mágico nacedero del río Urederra

…ella, cerrando, al fin, los ojos para abrirlos de nuevo y sentir sus lágrimas deslizarse, alígeras, hasta el mentón para impulsarse y fenecer entre las manos apretadas contra las rodillas.


En la Nada Infinita recita Pablo Neruda su Canto XII.

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