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«Back Closet»: Siff Skovenborg


«El Rey Alfonso, […] ,a todos y cada uno de sus nobles, amados y fieles nuestros y sendos gobernadores, justicias, subvengueros, alcaldes, tenientes de alcalde y otros cualesquiera oficiales y súbditos nuestros, e incluso a cualquier guarda de puertos y cosas vedadas en cualquier parte de nuestros reinos y tierras, al cual o a los cuales la presente sea presentada, o a los lugartenientes de aquellos, salud y dilección. Como nuestro amado y devoto don Juan de Egipto Menor, que con nuestro permiso irá a diversas partes, entiende que debe pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido, a vosotros y cada uno de vosotros os decimos y mandamos expresamente y desde cierto conocimiento, bajo pena de nuestra ira e indignación, que el mencionado don Juan de Egipto y los que con él irán y lo acompañarán, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, alforjas y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, sean dejados ir, estar y pasar por cualquier ciudad, villa, lugar y otras partes de nuestro señorío a salvo y con seguridad, siendo apartadas toda contradicción, impedimento o contraste. Proveyendo y dando a aquellos pasaje seguro y siendo conducidos cuando el mencionado don Juan lo requiera a través del presente salvoconducto nuestro, el cual queremos que lleve durante tres meses del día de la presente contando hacia adelante. Entregada en Zaragoza con nuestro sello el día doce de enero del año del nacimiento de nuestro Señor 1425. Rey Alfonso.»
—Documento extendido, en calidad de salvoconducto, por Alfonso V de Aragón para que el gitano Juan de Egipto Menor y sus gentes puedan viajar libremente por los territorios de la Corona—


El 12 de enero de 1425 quedó documentada, con parabienes incluidos, la entrada de los primeros gitanos en los territorios de la Corona de Aragón. Apenas ochenta y cinco años después, en 1510, los Fueros del Reino recogían idénticas medidas represoras que las promulgadas por la Pragmática de 1499 de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: «Se les concede un plazo de sesenta días para salir del reino y a los que sean hallados se les castigará con cien azotes y destierro a perpetuidad; la segunda vez se les cortarán las orejas, permanecerán sesenta días encadenados y sufrirán destierro. Los apresados por tercera vez pasarán a ser esclavos por el resto de su vida».

A partir de esa fecha —y con brevísimoss períodos de tutelaje paternalista por parte de los gobernantes— comienza la represión brutal contra un grupo que se ve obligado a sobrevivir en una sociedad hostil, en absoluto diferenciada de las que acogen al resto de los gitanos extendidos, desde las regiones hindúes de Punjab y Sinth —de las que eran originarios—, por toda Europa.


«Tomo consciencia de los siglos recorridos y me digo: No han podido con nosotros. Aquí estamos. Aquí seguimos tirando los unos, los conscientes, de los otros, los resignados. Aquí y allá, aun desde el silencio, seguimos elevando la voz, no para quejarnos, únicamente, de las injusticias del pasado y del presente, sino para demostrar que nuestro empuje es también necesario en las sociedades donde nos hallamos integrados. Para que tanto sufrimiento de los nuestros no haya sido vano».- Barsaly H. (1938-1999), activista gitano.


NOTA

Sastipen thaj mestipen es una expresión en rromanés que significa Salud y libertad.

«La espiral (blanca) del tiempo»: Archivo personal


1

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como
  un campo de urces.
En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal
  donde habita el invierno.
Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los
  guerreros más viejos.
En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los
  signos del suicidio:
globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que se
  espesa en mi rostro.


2

No existe otra espiral que el bramido del tiempo.
Amasar la memoria es bondad de alfareros, lentitud de veranos en
  fabulación.
Las grosellas derraman granates en la nieve y los silencios más antiguos
  en humo y humildad se desvanecen.
¿Dónde encontrar ahora el amargor del muérdago y el agua?
¿Dónde la ocultación de las leyendas y los bardos?


3

Este es un paisaje de miradas de nata y tejados helados. Es un paisaje
  helado e indestructible.
Los niños muertos juegan junto al molino con cuévanos vacíos y
  varas de avellano.
Coronan de laurel y de nieve sus cabezas mientras, tras los marzales,
  aúllan a la luna, dolor del amarillo.
¡Dolor del amarillo! Hay en la noche cánticos sagrados y láminas de
  plata y hogueras rumorosas como lenguas de escarcha.
Como si todo fuera igual. Como si no hubieran pasado tantos años.


[…]

Julio LLamazares. Fragmentos de Memoria de la nieve.

Urbs Victrix

«La ciudad a pie de sierra»: Archivo personal


«El autorretrato de cada pueblo no está construido con piedras, sino con palabras habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él. La imagen que el pueblo hace de sí mismo es el sentido de su existencia».- John Berger


Hoy hace once años que nos abandonó definitivamente, dejándonos huérfanos de tanto, Manuel Benito Moliner (1958-2010), gran persona, médico, articulista, investigador etnológico y perseverante escrutador de la historia de Huesca, ciudad en la que nació y a la que amó y que, según sus propias palabras, “me ha sido esquiva y se ha mostrado conmigo altanera, yéndose con el primero que le soltaba un tópico”. Dos años antes de morir publicó Huesca: Álbum de adioses —cuya segunda parte vio la luz cuando ya había fallecido su autor—, un exquisito y evocador paseo literario por la historia de la ciudad a través de los edificios oscenses que las arremetidas del tiempo, la incuria y las especulaciones urbanísticas derruyeron y de los que únicamente un puñado de fotografías pobladas de grises y algunos cuadros de época han dejado constancia para el recuerdo y la rabiosa vergüenza ante los desmanes cometidos. “Quizá”, escribía Manolo Benito en el prefacio, “[la ciudad] al verse y leer su historia y los sentimientos que despierta, me mire a los ojos con sus cuencas de eterno escombro y me guiñe su última almena”. Y así, esa Huesqueta  término que, dicen, inventó un zaragozano para señalar el sempiterno ruralismo de la ciudad altoaragonesa, pero que los oscenses transformaron, con orgullo, en vocablo identitario  se muestra imperecedera y entrañable en la escritura de Manuel Benito, que recompone templos y hospitales, casonas y teatros, plazas, cárceles y fuentes, devolviéndolos, entre imágenes y palabras, a sus hechuras y emplazamientos y desempolvando viejas anécdotas e historias de gentes que dejaron su huella, e incluso su tragedia, en la ciudad provinciana.


Pero la ciudad, admirado Manolo, aunque tú ya no podrás comprobarlo, mostró, por fin, reciprocidad a tus amorosos desvelos, y allí están, soberbios, los edificios rehabilitados del que fuera antiguo matadero de principios del siglo XX, con sus fachadas con toques mudéjares y modernistas, el mismo viejo matadero que un día soñaste adecuar y convertir en museo vivo de etnografía y emblema de la cultura, y que lleva, desde hace cuatro años y con justicia, tu nombre: Centro Cultural Manuel Benito Moliner.


NOTA

Urbs Victrix Osca, Huesca, Ciudad Victoriosa, fue el nombre que dieron los romanos a la ciudad prerromana de Bolskan, actual Huesca.

«Formigal»: Archivo personal


Hasta que, allá por los años ochenta, no introdujo el Ministerio de Educación las Jornadas de Esquí Escolar, todas las criaturas del Barrio, con escasísimas excepciones, aprendían a esquiar en el Tozal de Berches, una pendiente ancha, limpia y de dificultad media, que terminaba en las ondulaciones del prado Gabarre, utilizado como pista de iniciación. El Tío Inazio, el del molino de aceite, era el voluntario y paciente instructor de aquellas camadas infantiles que, sin bastones y con los esquís en cuña, se deslizaban, cada vez con mejor destreza, sobre aquella nieve grumosa que solía vestir la sierra desde mediados de diciembre.

Cuando la escuela del Barrio se integró en el programa oficial de Esquí Escolar ofertado por el Gobierno de Aragón, las tres aulas rurales se desplazaban, durante una semana, a la residencia estudiantil de Búbal, un pueblo abandonado del valle de Tena, expropiado durante el franquismo para construir un embalse, y que se hallaba en proceso de rehabilitación; desde allí, a primera hora de la mañana, un autobús trasladaba a los jovencísimos cursillistas hasta las cercanas pistas de la estación de Formigal, donde monitores profesionales se hacían cargo de las evoluciones en la nieve de aquella chiquillería retozona e incansable que disfrutaba ascendiendo en el arrastre o montándose en el telesilla en busca de cotas más altas desde las que descender, con brío, emulando a los esquiadores experimentados. A las dos y media de la tarde regresaban a la residencia para comer y, tras un corto recreo, comenzaban los talleres diversos (repaso escolar, cocina, música, dramatización…) que se desarrollaban por la tarde en las instalaciones educativas de Búbal.

Aquella semana mágica e intensa finalizaba con la entrega de diplomas de la Escuela de Esquí de Formigal y una gran fiesta de despedida la última noche de estancia en Búbal. De esas vivencias, compartidas por el alumnado y sus tres maestras, quedó un entrañable recuerdo que se reaviva cada invierno regresando a los emotivos parajes de aquellos inolvidables días grabados en la memoria de los adultos que los disfrutaron en la infancia.

Excedentes

«Festín»: Archivo personal


¿Qué sobras nos toca comer hoy?”, pregunta Jenabou con cierto retintín. “Nos terminaremos la sopa de pescado y lo que quedó del hojaldre de espinacas. Para mañana, aún tenemos cardo y ternasco”. El frigorífico, transformado en caja fuerte de todos los restos no engullidos en Nochebuena y Navidad, es un muestrario del desenfreno gastronómico de María Blanca, la vecina, que fue la anfitriona navideña —junto con el señor Paco, su marido— de Agnès Hummel, la señorita Valvanera, Étienne, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y la pequeña Jenabou. Siete comensales a la mesa, pero aunque hubieran sido veinte habría habido comida de sobra para completar con el excedente dos o tres fiambreras de más que mediana capacidad. La señorita Valvanera que, como buena montañesa, disfruta entonando estómagos ajenos, disculpaba la bacanal culinaria de la mujer por ser esa su manera, decía, de “darnos las gracias por compartir su mesa”, y tal vez no errara en su barrunto cuando hasta el circunspecto Paco, el marido de María Blanca, un hombre excesivamente callado, se explayó en la cena y la comida contando divertidas anécdotas de los diferentes puestos de la Guardia Civil donde prestó servicio y enseñándole trucos de magia con cartas a Jenabou que, tan encandilada como sincera, le soltó: “Tendrías que ser asi de majo siempre, Paco”.

Requilorio

«Catedral de Huesca al cielo»: Kum111


Cuando sobre el mediodía del 26 de agosto de 1937, tropas de la IV Brigada de Navarra y de la italiana División Blindada Littorio, adscritas ambas al ejército sublevado contra la República, entraron victoriosas en la ciudad de Santander, los ecos de la conquista llegaron hasta Huesca, ciudad que había quedado en manos fascistas desde el inicio de la guerra. El jolgorio festivo de los afectos a Franco engalanó momentáneamente la capital oscense y una ruidosa pirotecnia se elevó a las nubes hasta que uno de los cohetes lanzados impactó contra el chapitel de madera emplomada que coronaba la torre del campanario de la magna catedral altoaragonesa, incendiándose y desmoronándose aquel y finalizando así, bruscamente, la celebración.

De tal guisa, con la torre sin remate, conocieron las siguientes generaciones el magnífico templo, relegada al olvido forzado la causa de tan irregular arquitectura. Pero hete aquí que, a mediados de este mes de diciembre, ochenta y tres años después de la accidentada pérdida del elemento ornamental catedralicio, el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Huesca presentó una enmienda a los presupuestos municipales proponiendo que el Consistorio de la ciudad se hiciera cargo de la reconstrucción del desaparecido chapitel que, argumentaba, fue destruido por la artillería republicana en el transcurso de la guerra.

Tan falaz afirmación, no se sabe si fruto de la ignorancia o del revisionismo histórico, ha producido más ruido, si cabe, que el cohete desviado que descabezó la vieja torre, y a la indignación, no exenta de chanzas, de quienes conocían la versión real de lo acontecido aquel agosto de 1937, han venido a añadirse las declaraciones del representante de Patrimonio de la Diócesis, que ha desmentido con pruebas documentales que la pérdida del chapitel se debiera a la intervención belicosa republicana sino a la suma de la fatalidad, la imprudencia y la nula destreza de algún falangista metido a pirotécnico chapucero.

Yo, mí, me… contigo

«La huella»: Archivo personal


En plenitud de mis facultades, actuando libremente y tras una adecuada reflexión, en base a la normativa vigente declaro que si en el futuro mi salud se deteriora de forma irreversible, hasta el punto de impedirme tomar decisiones sobre los cuidados y el tratamiento que deseo recibir, considero que el mayor beneficio para mí es finalizar mi vida cuanto antes. Por ello, exijo que se respeten mis valores y mi dignidad, de acuerdo con las siguientes instrucciones previas, voluntades anticipadas o testamento vital:

  1. Rechazo todo tratamiento, intervención o procedimiento que contribuya a mantener mi vida: técnicas de soporte vital, fluidos intravenosos, fármacos (incluidos los antibióticos), hidratación o alimentación artificial (por sonda nasogástrica o gastrostomía), marcapasos o desfibrilador. En caso de enfermedad añadida (proceso intercurrente) o daño cerebral con posibilidad de recuperar mi capacidad para expresarme, pero con una vida dependiente, solicito una adecuación del esfuerzo terapéutico que me permita morir con dignidad.
  2. Solicito que se me administren los fármacos adecuados, en las dosis necesarias, para inducirme una sedación paliativa profunda y mantenida hasta mi fallecimiento, un estado en el que, a juicio de mi representante, no exista ningún sufrimiento físico o psíquico, incluso cuando este tratamiento pueda acortar mi vida.
  3. Si por mi deterioro cognitivo necesitara la ayuda de otra persona para beber y/o comer, es mi voluntad renunciar a esa ayuda, por lo que no deseo ser alimentado/a, ni hidratado/a por otras personas, sea con cuchara o por cualquier otro medio, recibiendo los cuidados de confort que alivien los síntomas que pudieran aparecer durante mi proceso de deterioro por inanición y deshidratación (sequedad de boca, intranquilidad, agitación, dolor…), permitiéndome morir en paz.
  4. Si la legislación regula el derecho a morir con dignidad mediante la eutanasia, es mi voluntad no prolongar mi situación de incapacidad y morir de forma rápida e indolora, de conformidad con la regulación establecida al efecto.
  5. Si algún/a profesional responsable de mi asistencia se declarase objetor/a de conciencia con respecto a alguna de estas instrucciones, solicito que sea sustituido/a por otro/a profesional, garantizando así mi derecho a que se respete mi voluntad.

(Extracto del Documento de Voluntades Previas firmado por el titular de esta bitácora en 2009.- Asociación Derecho a Morir Dignamente)


Como dejó escrito el entrañable y recordado profesor Antonio Aramayona, en su adiós postrero: «He procurado a lo largo de mi vida que coincidieran lo que pienso, lo que quiero, lo que hago y lo que debo. Por eso he intentado también que mi vida haya sido digna, libre, valiosa y hermosa. Y así he querido también mi último hálito de vida: digno, libre, hermoso y valioso. Así he querido vivir y así he querido morir.«


17 de diciembre de 2020.- Proposición de Ley sobre la Eutanasia en el Congreso:
198 votos a favor.
138 votos en contra.
2 abstenciones.

Proemio navideño

«Receso»: Archivo personal


No osa la penumbra periférica adentrarse en la luminosidad rampante que envuelve la ciudad prenavideña por la que discurre un discreto arroyuelo humano enmascarado que apura las horas entre tentadores escaparates y terrazas medio llenas donde las tertulias desafían los avances del frío.

Nena, ¿te apetece un chocolate con churros?”, pregunta Agnès Hummel a Jenabou. “No. Quiero lo mismo que vosotras”.

La calle es un murmullo que se alza y desciende como si una batuta invisible guiara la cadencia del sonido.

Llega el camarero, ataviado con una liviana camisa negra, con los vasos de panacota con frutos rojos, los distribuye y musita un “que aproveche” mientras se dirige, con la bandeja bajo el brazo, hacia los ocupantes de una de las mesas próximas.

De la juguetería que hay a la vuelta de la esquina sale, de sopetón, un popurrí estridente de villancicos que hacen las veces de banda sonora de paseantes y sedentarios y obligan a elevar las voces de los agrupados en las tres terrazas que se apropian de parte del espacio peatonal.

Acude el camarero a la mesa de las panacotas para realizar el cobro de las consumiciones y, a la par que las mujeres recogen las bolsas y paquetes que habían guardado bajo las sillas, se desliza la niña con los patines en dirección a la cercana plaza.

«La nieve de la memoria»: Archivo personal


En recuerdo de la Sublevación Republicana de Jaca (1930).


«Lo único que lamento es no haber podido salvarte a ti, Ángel«, fueron las sentidas palabras del capitán Fermín Galán Rodríguez a su compañero de sublevación e infortunio, el también capitán Ángel García Hernández.

El Tribunal Militar acababa de dictar sentencia en el Acuartelamiento Pedro I de Huesca; en la misma se condenaba a ambos reos a ser pasados por las armas, por rebelión militar y sedición. Apenas unas horas después, en el polvorín del Camino Viejo de Fornillos, los dos Capitanes de Invierno —que así serían llamados—, separados unos diez metros el uno del otro, se enfrentaban, a cara descubierta, a los dos pelotones de ejecución.
¡Viva la República!
¡Viva la Libertad!

Sobre las tres y diez de la tarde del domingo, 14 de diciembre de 1930, el último proyectil que impactó en cada uno de los dos cuerpos inmolados ponía un falso punto final al sueño republicano de los dos capitanes, al de los setecientos efectivos, militares y civiles, que, a su mando, habían iniciado la marcha desde Jaca a Huesca por carretera y ferrocarril, y al de la ciudadanía que aborrecía la institución monárquica.

La aventura republicana, comenzada en Jaca a las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1930, apenas había durado treinta horas.

Cuatro meses después de los fusilamientos, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la II República Española. En el cementerio de Huesca, la hornacina de García Hernández  —en la parte católica—  y la tumba de Galán  —en la civil—, quedaron cubiertas por las flores que manos republicanas unieron a las depositadas por la esposa y la hija del primero y la madre y los hermanos del segundo.








NOTAS

  • En marzo de 1931 el Consejo Supremo de Ejército y Marina concedió a Carolina Carabias Castro, viuda del capitán Ángel García Hernández, una pensión de mil quinientas pesetas con efectos retroactivos.
  • Tanto la viuda de Ángel García como María Jesús Rodríguez Castañeda, madre de Fermín Galán, se significaron en la petición del indulto para el resto de los implicados en la Sublevación Republicana de Jaca, así como en la organización de actos para recabar ayuda para las familias de los soldados muertos en la confrontación.
  • Las familias de los capitanes fusilados fueron extraordinariamente consideradas públicamente tras la proclamación de la II República, no obstante, el gobierno no quiso atender la petición de traslado de los restos de los dos militares a Madrid ni se avino a depurar responsabilidades por las irregularidades que se dieron en el juicio que terminó con el fusilamiento de Galán y García Hernández.
  • El capitán José María Vallés Foradada, defensor de Galán y García Hernández, fue el encargado de deponer, el 20 de julio de 1936, al alcalde democrático de Huesca, Mariano Carderera, que sería posteriormente fusilado pese a los esfuerzos del defensor de Galán por salvarle la vida. El capitán Vallés ofició de alcalde de la ciudad tomada por los golpistas hasta diciembre de 1936.
  • La tumba del capitán Galán fue violentada por elementos fascistas tras estallar la Guerra (In)civil y no sería restaurada hasta los años sesenta.
  • El artista ácrata Ramón Acín Aquilué, amigo de Galán e implicado, también, en la asonada republicana, diseñó en 1932 un monumento conmemorativo que, con el título Mártires de la Libertad, iba a ser instalado en las escalinatas del emblemático paseo jacetano que hoy se llama de la Constitución. Nunca pudo llevarse a cabo. Acín, que proyectaba construirlo en el otoño de 1936, fue fusilado por los fascistas ese mismo verano. La maqueta en cartón [FOTO] del proyecto desapareció tras el asesinato del escultor oscense.







ANEXO


NOTA

Una primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 12 de diciembre de 2010.

Panorámica

«Otoño en el valle»: Archivo personal


A través de la neblina que la luz extraviada del Sol va arañando, se vislumbra el perfil de peña Foratata, velamen quieto del valle de Tena, a cuyo pie hormiguean, sendero adelante, los cuatro mochileros en este día calmo, glacial y, a trechos, nebuloso, como a punto de nieve. Baja el río tranquilo, bordeado de otoño invernal, con las aguas limpias mostrando su lecho térreo y las brillantes truchas culebreando entre las piedras. Sisean las ramas desvestidas de los álamos y circundan la trocha los abetos viejos de hojas aplanadas que el viento arrastra hasta la vereda, acolchando los pasos que la recorren. Quizás por esta misma senda paseara sus sueños Fermín Arrudi, aquel gigante de Sallent que recorrió el mundo mostrando su imponente presencia pero que siempre regresaba a su familiar universo pirenaico de crestas montaraces y gentes introvertidas y generosas. De él, de ese gigante bonachón que vivió unas casas más allá, recuerda la señora María Luisa, la anfitriona, aquello que le contaba su abuela, que conoció de niña a Fermín. Y, entre anécdotas, va sirviendo a los agotados andarines colmadas raciones de bisaltos salteados con jamón, mientras en la sartén bailan, exhalando el más delicioso de los aromas, las tortetas negras cortadas en láminas, esperando su turno para ser devoradas con fruición.