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Posts Tagged ‘ciudad’

“Receso”: Archivo personal


No osa la penumbra periférica adentrarse en la luminosidad rampante que envuelve la ciudad prenavideña por la que discurre un discreto arroyuelo humano enmascarado que apura las horas entre tentadores escaparates y terrazas medio llenas donde las tertulias desafían los avances del frío.

Nena, ¿te apetece un chocolate con churros?”, pregunta Agnès Hummel a Jenabou. “No. Quiero lo mismo que vosotras”.

La calle es un murmullo que se alza y desciende como si una batuta invisible guiara la cadencia del sonido.

Llega el camarero, ataviado con una liviana camisa negra, con los vasos de panacota con frutos rojos, los distribuye y musita un “que aproveche” mientras se dirige, con la bandeja bajo el brazo, hacia los ocupantes de una de las mesas próximas.

De la juguetería que hay a la vuelta de la esquina sale, de sopetón, un popurrí estridente de villancicos que hacen las veces de banda sonora de paseantes y sedentarios y obligan a elevar las voces de los agrupados en las tres terrazas que se apropian de parte del espacio peatonal.

Acude el camarero a la mesa de las panacotas para realizar el cobro de las consumiciones y, a la par que las mujeres recogen las bolsas y paquetes que habían guardado bajo las sillas, se desliza la niña con los patines en dirección a la cercana plaza.

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“El día naciente”: Archivo personal


La luz amarilla de la única farola indemne —de las ocho dispersas por los aledaños de gravilla de los bloques de edificios— recorta la silueta del hombre viejo del kangal, detenido junto a la fuentecilla inutilizada. Inmóvil entre los claroscuros, semeja una estatua levemente inclinada y de contornos amorfos.

El kangal y Luna, la perra caniche del bloque B, van y vienen entre el cerco de luz y las sombras de la madrugada; se perciben los jadeos del ejemplar grande y los tenues gruñidos de la perrilla que, pese a su pequeño tamaño, quintuplica la edad del perro que la rastrea, retozón, alrededor de los raquíticos troncos de los árboles bisoños que la oscuridad hace invisibles.

Silba el hombre y, al darse la vuelta, advierte la presencia de las dos formas humanas sentadas en el banco, a apenas tres zancadas de él. Retorna a silbar el viejo; un silbido largo, casi un chillido, que atrae al kangal hasta sus piernas. Y, entonces, la luz del amanecer empieza a resquebrajar la negrura de la sierra —entre los dos bloques de pisos encarados al este— amalgamando silenciosos fuegos artificiales que colorean el cielo y abren brechas relucientes en la envoltura lóbrega del parquecillo y los edificios circundantes, exponiendo a cielo abierto las facciones de los ocupantes del banco, a quienes el viejo del kangal reconoce y saluda alzando una mano enguantada para, a continuación, girarse con el perro pegado a él, desandando el camino hasta el bloque C.

Luna, la caniche, erguida junto al banco, contempla la marcha del viejo y el kangal y les lanza un lacónico ladrido.

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