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Posts Tagged ‘historia’

“De humani corporis fabrica”: Archivo personal


En el Archivo Histórico Nacional, entre los expedientes ejecutados por el Santo Oficio, se halla el legajo 234 (exp. 24), en el que se reflejan, de manera harto prolija, las acusaciones, declaraciones y disposiciones judiciales que el Tribunal de la Inquisición de Toledo, presidido por Lope de Mendoza, incoó y ejecutó contra María del Caño y Elena de Céspedes, ambas acusadas de sodomía y profanación del sagrado vínculo matrimonial y, la segunda encausada, además, de usurpación de vestimenta masculina, bigamia, herejía, apostasía y hechicería, cargos que a la rea Elena de Céspedes le acarrearon, en el Año del Señor de 1588, la confiscación de bienes, diez años de trabajo hospitalario sin retribución y doscientos azotes que recibiría, en públicos Autos de Fe, en dos tandas de cien, en las localidades de Yepes y Ciempozuelos. María del Caño, merced a los esfuerzos de Elena para probar su inocencia y desconocimiento, obtuvo, indemne, la libertad, con la prohibición expresa de mantener cualquier tipo de contacto con la condenada.

La extraordinaria y novelesca historia de Elena de Céspedes —mulata y esclava herrada en ambas mejillas, que halló la libertad y el amor transformada en hombre y cuyo empecinamiento vital estuvo a punto de costarle la vida— es la historia de la lucha de un ser humano por vivir y sentir de acuerdo a sus propias convicciones, en una sociedad donde el papel de la mujer carecía de relevancia y su supeditación a los dictados masculinos no se cuestionaba.

Elena, nacida mujer en 1545, pobre y libre —aunque herrada en la adolescencia en el rostro, cual esclava—, originaria y con residencia en tierras granadinas, hija de la esclava africana Francisca y del bien situado comerciante Benito de Medina, en cuya casa laboró como criada hasta matrimoniar obligada con un albañil, Cristóbal Lombarda, que la abandonó, embarazada, a los tres meses de la boda, juró ante el Tribunal de la Inquisición que su condición física de mujer se vio extrañamente mermada tras el nacimiento de su hijo —al que, por no poder alimentar, hubo de dejar con unos panaderos—, notando, tras el parto, que en sus partes femeninas le habían nacido unas excrecencias similares a las que poseen los hombres en las suyas, aunque de tamaño más discreto y que, un tiempo después, notó cómo aquello que podía ser un pene aumentaba de volumen cuando se hallaba junto a mujeres de su gusto, por lo que entendió que podía ser hombre como antes había sido mujer.

Tras una reyerta pública, en la que laceró con un cuchillo a un hombre que se propasó con ella, y pasar un tiempo en la cárcel, Elena decidió fajarse los pechos y vestir de hombre —con el nombre de Eleno de Céspedes—, entendiendo que era la única solución para moverse libremente y establecerse como cirujano, oficio que desempeñó —tras haber sido criada, sastre, calcetera…— el resto de su vida y en el que tuvo ocasión de ejercitarse en la Revuelta de las Alpujarras, donde sirvió diligentemente como soldado y sanador bajo las órdenes de Luis Ponce de León. Por esa época, Elena —ya como Eleno— había tenido contactos carnales satisfactorios con mujeres que, en ningún caso, dudaron de su masculinidad.

El día que Eleno de Céspedes conoció a la joven María del Caño y se enamoró de ella, comenzó la cuenta atrás que daría con sus huesos en la prisión inquisitorial de Ocaña, reo de cargos susceptibles de transportarlo a las hogueras donde se quemaba a quienes se rebelaban contra los sacrosantos preceptos establecidos. Porque Eleno de Céspedes no sólo se enamoró de María del Caño, sino que decidió casarse con ella, circunstancia que llevaba aparejada una obligatoria revisión médica para comprobar que el futuro desposado estaba en posesión de los atributos necesarios para la generación. En el caso de Eleno, el médico que comprobó su masculinidad fue don Francisco Díaz, médico personal de Felipe II, que no encontró impedimento alguno para que se llevara a cabo el matrimonio canónico, a celebrar en Yepes.

Casados Eleno y María en 1586, parecía que la felicidad sería vitalicia, mas no duró sino un año. El 17 de julio de 1587, un hombre —se cree que el mismo al que había acuchillado años atrás en Granada— la reconoció y la denunció a las autoridades civiles bajo la acusación de “mujer que iba vestida de hombre y convivía en aparente matrimonio con otra mujer”, delito que atrajo al Santo Oficio toledano, que encarceló al matrimonio, hizo revisar a Eleno por el galeno real y otros doctores designados, que confirmaron —retractándose esta vez don Francisco Díaz de su primigenia opinión— que se trataba de una fémina, y enjuició a ambas dictando la ya conocida sentencia.

En su descargo, Elena alegó que aquellos atributos que el médico de Felipe II había confirmado, en la primera revisión, como masculinos, los había ido perdiendo a trozos putrefactos debido a un cáncer, raspándose ella misma, por sus conocimientos de cirujano, los restos adheridos a la carne y sin conocimiento de su esposa María de Caño, con la que hacía unos meses que no intimaba.


En 1589, se pierde para siempre la pista de Elena/Eleno de Céspedes y de su amada María del Caño, aunque se cree que los servicios hospitalarios a los que fue condenada atrajeron infinidad de pacientes pobres, dada su generosidad y buen hacer. O eso asegura Agustín Sánchez Vidal en su novela Esclava de nadie, ganadora, en 2011, del Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, en la que, con la minuciosidad acostumbrada, el autor recrea la vida de la impetuosa Elena de Céspedes a partir de la documentación archivada sobre su juicio y condena.

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“Parque Miguel Servet: El quiosco en otoño”: Archivo personal


Cuando el caminante se detiene en lo alto de la pendiente suenan en los auriculares prendidos a sus orejas las voces conjuntadas de David Bowie y Freddie Mercury…Pressure pushing down on me…— e inicia un descenso suave, con las deportivas rozando levemente el conocido empedrado y los ojos fijos en la abertura final de la costanilla, allí donde, muchos siglos atrás, estuvo una de las puertas —de las nueve, diez…o más, que no hay acuerdo entre los estudiosos— de la muralla, la que se conoció como Puerta Nueva, desaparecida definitivamente en el siglo XVIII, cuando se construyó, en sobrio ladrillo, la iglesia de San Vicente el Real, tras la demolición del templo románico que, en el siglo XIII y con el nombre de San Vicente el Bajo[*], se había levantado en el lugar donde se cree nació el hijo de Enola y Eutiquio, conocido como Vicente de Huesca o San Vicente Mártir, patrón pequeño de la ciudad y en cuya festividad, el 22 de enero, se prende una gran hoguera y se reparten patatas asadas.

La Compañía, que así es como se conoce popularmente en Huesca a la iglesia de San Vicente el Real, por haber pertenecido a los jesuitas a partir del siglo XVII, brinda su monumental mole —de fachada de ladrillo caravista, con una estatua de piedra del santo en una hornacina situada sobre el portalón de acceso— a la antigua vía romana que atraviesa, a los pies del Casco Histórico, la ciudad. El Coso, que así se llama tal vía, hoy en día peatonal, ha sido, a lo largo de la historia, la gran calle central de la urbe, dividida en dos tramos: El Coso Alto y el Coso Bajo, llamados Cosos de Galán y García Hernández, durante la II República, en recuerdo a los capitanes rebelados contra la monarquía, fusilados en las inmediaciones de Huesca y cuyas tumbas en el cementerio de la localidad siguen siendo muy visitadas.

Supera el caminante el desnivel de la costanilla de Lastanosa y dobla la esquina del templo deteniéndose para contemplar los edificios que apuntan, desde el otro lado de la estrecha calle peatonal, a la vieja iglesia jesuita. Allí enfrente, encarada a San Vicente el Real, estuvo situada la casa-palacio de los Lastanosa, con el más fantástico de los jardines de la época, que llegó a fascinar al mismísimo Felipe IV. Creado bajo los auspicios y la refinada imaginación de Vicencio Juan de Lastanosa, insigne erudito del siglo XVII, mecenas, político, escritor, alquimista, obsesivo jardinero y amante del exotismo; minucioso coleccionista, su biblioteca de más de siete mil volúmenes fue reverenciada por Quevedo, Baltasar Gracián y otros ilustres de la época, que recorrieron las armoniosas estancias del palacete recreándose en los preciados objetos cuidadosamente expuestos en ellas: antigüedades, armas, instrumentos científicos, artilugios, pinturas, esculturas, tapices, monedas, mapas, fósiles… Pero, sobre todo, esos increíbles y portentosos jardines en los que a la abundante vegetación, traída de todo el orbe, se sumaba un completo zoológico (cebras, tigres y otros mamíferos exóticos, avestruces, aves canoras…), un espectacular laberinto esmeradamente geometrizado, caminos de rosaledas y tulipanes, templetes marmolados y zonas acuáticas que incluían fuentes ornamentadas con elementos mitológicos, un embarcadero y un soberbio estanque.

De todos esos prodigios nacidos de la avidez de conocimiento y la vasta fortuna de Vicencio Juan de Lastanosa, nada queda. Su legado se dispersó con su muerte; la casa-palacio fue desmantelada en el siglo XIX y de aquellos originales jardines sólo resta el terreno que, siglos después, conformaría parte del actual Parque Miguel Servet.


Suspira el caminante. Desaparece de su visión interior el suntuoso edificio cuya descripción, a fuerza de leer tantas veces, es capaz de reconstruir en sus figuraciones y encamina sus pasos hacia los veladores del bar abierto junto a la farmacia que guarda, por ubicación, algo de esa esencia Lastanosa que ha ocupado sus pensamientos durante unos minutos. Frente al caminante, relajado ante su café, vela el edificio consagrado a Vicente de Huesca.


[*] En contraposición a la iglesia de San Vicente el Alto, ya desaparecida, que se construyó en el entorno de la Catedral, en el mismo lugar donde en la época de la Wasqa musulmana se ubicaba la mezquita de Ibn Atalib.

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“La patria en los zapatos”: Archivo personal

 

Cimbrea el viento los viejos cipreses y acicala la lluvia las primorosas copas de almendros, litoneros, robles y pinos, encharcando santolinas y bojes y formando un barrillo que se adhiere a las deportivas de las jaraneras pandillas que, embozadas en lenes y coloristas chubasqueros ya calados, recogen, sin prisas pese al aguacero, los restos de los festines en la ladera norte del cerro de San Jorge, la familiar colina en la que, desde hace siglos, se festeja la capitulación de la invicta ciudad sarracena de Wasqa a cuyos ejércitos, unidos a los castellanos, vencieran las tropas aragonesas de Pedro I en 1096, en la batalla que la historia llamaría de los llanos del Alcoraz y donde el mágico caballero Jorge, cabalgando por la atmósfera, decantó la victoria, dicen, hacia el expansivo ejército aragonés, obligando a la ciudad de las cien torres a abrir los preciados portalones de sus inexpugnables murallas a aquellas huestes de cristianos montañeses que durante tantos años venían codiciándola. Y así fue como el antiguo poblado de Bolskan, que los romanos celebraron como Osca para pasar a ser bastión de Al-Ándalus del Norte durante cuatro siglos con el nombre de Wasqa, convirtióse en la Huesca aragonesa sin perder jamás la memoria de los pobladores que la habitaron a lo largo de la historia.


Hoy, 23 de abril —Día de Aragón— como en el canto de La Tronada, llueve.


Dondiniar es un vocablo aragonés que significa vagar, merodear, ir de un sitio a otro.

 

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“Reflection in puddle”: Eugene Romanenko


Esta vez no habrá escapadas emotivas”, dice el profesor Tarlós cuando el grupo aborda la mashruska[1] que une Chișinău con Tiraspol. “Visitaremos la destilería, comeremos, daremos un pequeño paseo por la ciudad y regresaremos dentro del cómputo de tiempo que nos dan para estar en el territorio”. Territory, lo llama. No country, state o nation. Territory. Transnistria. La rebelde Transnistria independizada unilateralmente de la República de Moldavia y autoproclamada República Moldava Pridnestroviana; rumanizada la Moldavia reconocida internacionalmente; profundamente rusa e ignorada la otra, la separatista y eslava Transnistria. Y, entre ambas, una guerra civil felizmente corta pero, aún así, cruenta, y un conflicto territorial largo y, aparentemente, irresoluble.

En la frontera —porque la RM Pridnestroviana tiene instalada su propia frontera, tanto en la parte que linda con Ucrania como en la de la oficial República de Moldavia— los guardias eslavos de Transnistria recogen los pasaportes que, en bloque, les entrega el conductor de la mashruska. Enseguida sube un agente y se dirige, en ruso, al profesor Tarlós y su grupo, preguntándoles si se trata de una visita turística. “De estudios”, responde el profesor, también en ruso. “Estamos invitados a la destilería Kvint de Tiraspol”. En un ticket-visado entregado a cada miembro del grupo se les concede una estancia de veinticuatro horas en la República Moldava Pridnestroviana a partir de ese mismo momento, con la aclaración verbal, en inglés, de uno de los agentes, de que si, por cualquier circunstancia, se prolongara la visita están obligados a acudir a la oficina de registros para solicitar una prórroga de estancia y comunicar su lugar de alojamiento. “Y si no, nos mandan al gulag”, murmura entre dientes Monique, una ingeniera agrónoma marsellesa, sin perder la sonrisa.

Las pinceladas de ambientación soviética de la capital moldava, Chișinău, adquieren unos trazos bastante gruesos en Tiraspol, la capital de la RM Pridnestroviana, con la desmesurada estatua de Lenin que, a modo de elevado cancerbero, se alza ante el parlamento de Transnistria; o los repetidos murales donde el Che Guevara, tocado con su gorra roja ladeada, taladra con la mirada a quienes transitan junto a los muros pintados de héroes —Yuri Gagarin incluido— que se asoman a unas calles limpias y con apenas tráfico, álbumes de una época sobrepasada.

Entre tanto memorial, tanto cemento y tanta herrumbre del pasado; ¿a que no hay la mínima alusión a los gitanos que deportaron y dejaron morir de hambre rodeados de alambradas en Transnistria?¿y a los judíos…?”, le pregunta la veterinaria a Stefan Tarlós, en un aparte, durante la degustación de brandis en la Kvint. “De eso no culpes a los rusos. Fue Antonescu. Fuimos nosotros, los rumanos, quienes lo hicimos”, responde él. Y añade mientras se lleva la copa a los labios y finge beber: “Pero no se te ocurra preguntarles a estos porque es posible que te manden a Soroca[2] de una patada en el culo”.



Dos días después, y mientras el avión que la transporta de Bucarest a Barcelona consigue que las dos repúblicas enfrentadas se pierdan en la distancia, retoma la veterinaria la lectura de Negro y rojo, el libro de Ioan T. Morar que, de manera novelada, cuenta la historia de los crímenes cometidos por el ejército rumano en Odesa y la deportación de los gitanos a Transnistria durante la Segunda Guerra Mundial.


[…]No hubo ninguna lucha contra el enemigo, aunque eso fue lo que les dijeron, que había que aniquilar al enemigo, y a los soldados les extrañó ver que ante ellos no había ningún enemigo terrible, ningún civil armado, sino tan solo una población descompuesta, paralizada por el miedo e incapaz de toda respuesta. La única arma de aquel extraño enemigo eran sus lamentos, sus gritos y alaridos a los que se unía la inútil invocación a la compasión[…].- Negro y rojo. Fragmento de la novela de Ioan T. Morar, traducida del rumano por Joaquín Garrigós.


[1] En Moldavia, autobús.
[2] Ciudad moldava donde habitan muchos gitanos.

 

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“Memoria doliente”: Archivo personal


Se emplearon a fondo, según refiere el hijo de un testigo: “El 23 de agosto los enterradores no daban abasto para transportar gente con carretillas hasta la fosa que habían excavado. La sangre lo empapaba todo. Cuando estaba cargando a un hombre, el enterrador se dio cuenta de que todavía estaba vivo, y se lo dijo a un oficial de la Guardia Civil que estaba de vigilancia en el cementerio. El guardia le contestó: ‘Esto lo arreglo yo enseguida’. Cogió la pala del enterrador y a golpes le machacó la cabeza al moribundo y de este modo lo remató”.- Los ‘buenos vecinos’ de Huesca, de Víctor Pardo Lancina.

Despierta la ciudad y retrocede, agónico, el tiempo consumido aleteando sobre los viejos edificios que la memoria aprendida recoloca y tiñe de blanco roto, azabache y grises. Ascienden las emociones por la empalizada de los recuerdos susurrando los nombres de todas y cada una de las martirizadas víctimas de aquel horrendo festín de odio y sangre cuyo hedor se cuela por las rendijas del tiempo transcurrido.


«Yo, que a menudo me siento abrumado en medio de tanto dolor, en nombre de las víctimas, sobre todo de las que todavía permanecen en las cunetas o en anónimas fosas comunes, deseo que mientras los muertos no tengan una lápida en la que poder leer su nombre, los verdugos tampoco puedan descansar en paz».- Víctor Pardo Lancina, periodista y escritor oscense, en el capítulo, Escenas de un guión inacabado, del libro colectivo, publicado en 2004, Literatura, cine y Guerra Civil.

En Memoria, amarga y viva, de los hombres y mujeres que, entre el mediodía y las nueve de la noche, fueron masacrados en Huesca, en la atroz saca del 23 de agosto de 1936.

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“Loarre en el corazón”: Archivo personal


«Para mí Loarre es el refugio oscuro del inconsciente histórico de Aragón. Como hay alguna clase de paralelo entre lo individual y lo colectivo y entre lo actual y lo histórico, para mí Loarre es también mi propio mundo inconsciente, oscuro, profundo y de un gran sentido trascendente. Con ángeles truncados, arcos románicos bajos y curas blasfemos o ascéticos. Búhos nocturnos, golondrinas estivales y murciélagos, y además esos trasgos de la noche eterna todavía sin nombre.
En Loarre se siente uno satisfecho de ser aragonés y orgulloso de un pueblo que haría honor a los pueblos más nobles de Europa
».- Ramón J. Sender.

Encallado en la sierra, entre las grisáceas peñas que disimulan su portentosa presencia a las miradas del llano, álzase el castillo de Loarre, bajel montañés varado donde rompe el oleaje del viento mientras las risas infantiles reverberan entre sus sobrios aparejos de piedra y resucitan, con el sonido de las juguetonas espadas y los graciosos alfanjes de madera, los viejos tiempos, cuando la protectora muralla de ciento setenta y dos metros contenía las escaramuzas sarracenas y cristianas.

Trepan las inquietas piernas infantiles por los veintisiete escalones y el alegre ejército de visitantes se hace fuerte en el mirador de la Sala de la Reina, el puente de la Torre del Homenaje y la Capilla Real, cuyos suntuosos capiteles parecen contemplar, entre las sombras, las idas y venidas de la muchachada que improvisa colosales aventuras bajo los arcos ciegos.

Acaso entre las ventanas ajimezadas y las aspilleras, los espectros de cabecera del bastión aragonés, el conde don Julián y doña Violante de Luna, abandonen sus pesares de siglos y, entre fantasmales sonrisas, observen las corpóreas formas que saquean el silencio y los invocan, con voces entre asustadas y divertidas —“¡Don Julián, don Julián! ¡Doña Violante, doña Violante! ¿Estáis ahí? ¡Salid, que no os vamos a hacer nada!”—, para, a contiinuación, y tras unos segundos de concentrada quietud, salpicada por algún “¡callaos, que si se asustan los fantasmas, no saldrán!”, retornar al pueril jolglorio excursionista, ajeno a la milenaria compostura de la fortaleza que se ensoberbece, magnífica y camuflada, sobre la Hoya.

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“Aquam”: Archivo personal


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils[*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y defendiéndote y defendiéndonos de quienes desde hace treinta y dos años pretenden estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestro presente.

Ríos vivos. Pueblos vivos.



ACTUALIZACIÓN

El día 7 de julio de 2017, la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional —presidida por el magistrado Eduardo Menéndez Rexach— estimó dos recursos presentados por los Ayuntamientos y las asociaciones en contra del pantano de Biscarrués, anulando el proyecto al considerar que el Ministerio de Medio Ambiente español incumplía, como habían denunciado las personas afectadas, los requisitos exigidos por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.


[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

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“White Trees”: Stanley Zimny

 

Como si no hubieran sido suficientes las prebendas y posesiones de que disfrutaban las Órdenes Militares por los servicios prestados, les legó el Batallador el reino con ligereza impropia de un hombre cabal”, argumenta Manuel, andarín, ex-bibliotecario y estudioso de la Historia de Huesca, cuando el exiguo grupo de caminantes echa a andar hacia la alberca de Cortés, con el familiar y modernista puente de San Miguel transformado en kilómetro cero de la marcha.

Pese a la temperatura  cero grados a las siete y trece de la mañana—  Manuel, que en agosto cumplirá setenta y ocho años, únicamente lleva un ligero chubasquero sobre una camiseta de manga larga, finos pantalones de loneta hasta los tobillos y, en los pies, sus sempiternas sandalias de tiras cruzadas y suela neumática; sin calcetines. Como si fuera inmune al frío. Dejando en evidencia a sus acompañantes  —con ropa deportiva térmica—  de los que, por edad, podría ser padre y, en algún caso, abuelo.

El grupo festonea la orilla derecha del Isuela al ritmo de las zancadas del hombre mayor que, de vez en cuando, reduce la marcha para trazar, señalando con las manos, una línea imaginaria en el paisaje, delimitando las antiguas posesiones eclesiásticas donadas por los sucesivos reyes aragoneses y las heredades de otros prohombres de la Corte medieval en una época donde una de las preocupaciones de los monarcas era mantener el flujo de agua necesario para regar las extensiones de cultivo oscense, ampliando los recursos hídricos que habían dado renombre a la agricultura con la red de acequias construidas cuando la ciudad era gobernada por los sarracenos.

En 1134, en virtud del testamento de Alfonso I el Batallador, los Hospitalarios, los canónigos del Santo Sepulcro y los Templarios se convierten en los herederos del Reyno, no renunciando a los derechos que les correspondían hasta el reinado de Petronila, casada con Ramón Berenguer y constituida ya la Corona de Aragón. A cambio de esa renuncia, las Órdenes Militares recibieron diferentes posesiones en el Reino de Aragón, que fueron incrementando a lo largo de los años. Con la caída de los Templarios, la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén se convirtió en la encomienda con más propiedades en Aragón y Cataluña, creándose la Castellanía de Amposta, desde la que se gobernaban las tierras y haciendas hospitalarias que, además, gozaban de privilegios y exenciones fiscales.

Y esta alberca de Cortés”, señala Manuel aspirando profundamente al detenerse frente a ella, “fue mandada construir a finales del siglo XV por Diomedes de Vilaragut, máxima autoridad de la Castellanía de Amposta, que tenía su sede, por concesión real, en el palacio de la Zuda de Zaragoza. La terminaron de construir allá por 1501 y la calcularon para que pudiera contener medio millón de metros cúbicos de agua. Y aunque el objeto de la misma era la traída de agua a Huesca, los primeros beneficiarios fueron los propios sanjuanistas, cuyas posesiones se extendían por toda esta zona. No eran lerdos, no”. Vuelve a aspirar, como si quisiera absorber todo el oxígeno del entorno.
En el centro de la alberca se mece una solitaria focha mientras lo que parece una cerceta común permanece en el carrizal inundado de la orilla.

 

Se avistan desde el sendero el puente de San Miguel y el torreón del convento de las Miguelas. El Isuela baja silencioso y regresan los paseantes bordeando el cauce.
Son las diez menos veinte de la mañana. En el acceso peatonal del puente se despide y dispersa el grupo. Manuel cruza el paso de cebra, se vuelve a saludar con la mano desde la acera contraria y, a buen ritmo, prosigue su camino por el Paseo de Lucas Mallada.

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“Mientras la ciudad duerme”: Archivo personal

 

(…) Que por largo discurso de años (el rey) ha procurado la conversión de los Christianos Nuevos deste Reyno, haviéndoseles concedido Editos de gracia y otras muchas diligencias que con ellos se han hecho para instruyrlos en nuestra Santa Fe, y lo poco que ha aprovechado, pues cresciendo en su obstinación y dureza han tratado de conspirar contra su Real Corona (…) solicitando el socorro del Turco y de otros Príncipes, de quien se prometían ayuda (…). Y aunque por muy doctos y santos hombres se le avía representado la mala vida de los dichos Moriscos y quan offendido tenían a nuestro Señor, y que en consecuencia estava su Magestad obligado al remedio, assigurándole que podía sin escrúpulo castigarlos en las vidas y haziendas, porque la notoriedad y continuación de sus delictos y la pravedad y atrocidad dellos los tenían convencidos de hereges, apóstatas y proditores de lesa Magestad, divina y humana, y que por lo dicho podía proceder contra ellos con el rigor que sus culpas merecían. Pero que desseando su salvación, procuró reduzirlos por medios suaves y blandos, y aviendo entendido que no han sido de provecho, antes bien, que se preparavan para los susodichos y mayores daños (…), la razón de bueno y cristiano gobierno obligava en conciencia a su Magestad a expeler de sus Reynos y Repúblicas personas tan escandalosas, dañosas y peligrosas a los buenos súbditos, a su Estado y sobre todo de tanta offensa y deservicio de Dios nuestro Señor (…).- Extracto del “bando que el Excelentissimo Señor don Gastón de Moncada, marqués de Aytona, Lugarteniente y Capitán General en el presente Reyno de Aragon, ha mandado publicar, en nombre de la Magestad Catholica del Rey don Felipe Tercero Nuestro Señor, para la expulsión de los moriscos de dicho Reyno”.

 

Duerme la ciudad y marcha el paseante por la callejuela en pendiente dedicada a Ramiro el Monje y que, desde siempre, ha sido denominada la Correría; se detiene en el último tramo y contempla el final de la cuesta. Cierra los ojos unos instantes y cree escuchar un vocerío que procede de abajo, allí donde estuvo la Alquibla, una de las cuatro puertas de la vieja ciudad amurallada. Extramuros, la Morería, con los tenderetes mudéjares rozando el portalón que comunicaba a los cristianos conquistadores con los musulmanes oscenses desalojados del recinto protegido donde, como símbolo de su derrota, se alzaba, en lo más alto, la Católica Catedral que, durante cientos de años, fue la Gran Mezquita de la Wasqa sarracena.

Aljamas Reales, consideraron los monarcas aragoneses los barrios de la Morería y la Judería levantados a los pies de las murallas; Aljamas Reales con cuyos impuestos se pagaron guerras, monasterios, atavíos y fruslerías de las consortes reales aragonesas a quienes sus egregios esposos concedieron, en tiempos de paz, la prerrogativa de incluir en su peculio los sueldos jaqueses que moros y judíos estaban obligados a pagar a la Corona.

La aparente convivencia bien delimitada entre unos y otros  con los conatos habituales de agresión entre los miembros de las tres comunidades que, pese a todo, compartían cierto relajo en el trato en las Tahurerías—  sufrió un primer sobresalto con el Decreto de Expulsión de los Judíos que el propio Fernando el Católico  olvidada la tradicional protección que los monarcas aragoneses habían dado a las comunidades no cristianas de sus territorios—  se encargó de rubricar en 1492 y que sirvió de aviso a los mudéjares aragoneses, a quienes Carlos V, nieto del catolicísimo Fernando, obligaría, mediante la Pragmática de conversión forzosa, a elegir entre el bautismo o la expulsión en 1526.

Ochenta y cuatro años más conseguirían permanecer los mudéjares, convertidos en moriscos, en las afueras de esa Huesca que era su ciudad y la de sus antepasados. El 29 de mayo de 1610, y como consecuencia de la Rebelión de las Alpujarras y el temor a que los moriscos españoles terminaran aliándose con el Imperio Turco-otomano, fueron conminados a dirigirse fuera de territorio español. Se calcula en cerca de 60.000 los expulsados en Aragón  entre un 15% y un 20% de la población aragonesa.

 

Cuando el paseante retoma su camino por el empedrado de la Correría para alcanzar la inexistente puerta de la Alquibla, percibe, más en su imaginación que en su bulbo olfatorio, el aroma a albahaca; esa albahaca que los moriscos cultivaban en las huertas de la Morería y que, siglos después, sigue siendo enseña y fragancia de la ciudad que dejaron atrás.

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“Río Guatizalema”: Archivo personal


Siete kilómetros abajo, por sendas imposibles donde se entrecruzan rocas de arenisca, huertos, acequias colmadas y barzales, el Guatizalema; aguas calladas que avanzan lentamente acompañando los pies desnudos reafirmados entre guijarros que, apenas a diez pasos, se agitan y se hunden engullidos por la poza.

Wādī Salama[1], llamóse el río cuando formaba parte de la kora[2] de Wasqa, en la al-Tagr al-Aqsa[3] de Al-Ándalus del Norte; Matapanizos, le decían, furiosos, los agricultores ribereños de La Hoya cuando el estiaje disminuía tanto el humilde caudal que asfixiábanse, deshidratados, los sedientos campos y huertos de sus orillas.

Baja el Guatizalema, tranquilo y sin pretensiones, desde la Sierra Gabardiella, combinando ora escarchadas ora erizones, embarrancándose, embalsándose y abriéndose, con sus aguas casi siempre mansas deslizándose hasta el tumultuoso Alcanadre, que lo acoge para recorrer juntos el tramo que desagua en el Cinca y, después, en el Ebro.

Queda lejos muy, muy lejos el mar.


[1] Literalmente, “Río de los Salama”, en referencia al linaje Banu Salama, gobernadores de Wasqa (Huesca).
[2] División territorial de Al-Ándalus.
[3] Literalmente “Marca o frontera extrema”, que era el nombre que recibían las divisiones administrativas y militares de Al-Ándalus del Norte.

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