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Posts Tagged ‘historia’

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«Calle Redín»: Archivo personal


Dejan los Limones negros de Javier Valenzuela el Tánger nocturno desde el que se avistan las luces de Tarifa para recorrer   —livianos, en un bolsillo lateral de la mochila—  el viejo bastión pamplonés del Redín, la parte más antigua de la muralla abaluartada de la ciudad.

Celebra, sonoro, el empedrado el ascenso por la calle donde los cordeleros domaban el esparto y transformaban el cáñamo en cuerdas de distintos grosores al son del trajín de los peregrinos en ruta a Compostela que accedían a la villa fortificada por el portal de Francia [FOTO] para recalar en los chacolines, las tabernas de mesas lacradas por el vino agrio derramado en los innumerables trasiegos.

Se acomodan los paseantes actuales en el mirador [FOTO], allí donde el frío sigue batallando sobre la soledad de la terraza del mesón del Caballo Blanco [FOTO], falso enclave medieval construido en 1961 con los restos del derribo del palacio de Aguerre y la bóveda gótica de la que fuera la famosa taberna de Culoancho, guardando en sus hechuras la esencia de aquella Pamplona guerrera y defensiva, pero acogedora, del siglo XVI.


Y, entonces, la casa natal del tío Sabas, que me habéis dicho, ¿está por aquí?”, pregunta Pilar-Carmen, impaciente, rompiendo el hechizo. “¿De Sabicas? Está cerca, detrás de la catedral. Ahora mismo vamos”, dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Deshacen el camino andado. En el banco del mirador, los Limones negros de Javier Valenzuela —concienzudamente olvidados—  aguardan que algún otro amante de los libros los haga suyos.

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«Los pedigüeños de la playa»: Archivo personal


La vieja Tarraco yergue sus preservadas y majestuosas ruinas ante las que se rinden, admirados, los visitantes este sábado luminoso y nada invernal, con el horario muy ajustado para comenzar la media maratón histórica y sin perder de vista el apacible Mediterráneo que, como en la antigüedad, acaricia la suave arenisca de la urbe que dio nombre a una de las más extensas provincias de la Hispania romana.

Aquí, en la cabecera de la Hispania Citerior Tarraconensis, con los ojos fijos en el graderío tallado en la roca y el olor a mar penetrando en los poros, uno imagina el Anfiteatro [FOTO] rebosante de público asistiendo al cruento espectáculo del martirio del obispo Fructuoso y los diáconos Eulogio y Augurio que, según la audioguía, fueron quemados vivos en la arena el 20 ó 21 de enero del año 259, en tiempos del emperador Valeriano, en el mismo escenario donde los habitantes de la ciudad ligada a los Escipiones disfrutaban, con parejo entusiasmo y separados según su estatus, de luchas entre gladiadores, cacerías y exhibiciones atléticas, protegidas en verano las testas de los asistentes de la molesta radiación solar por una inmensa carpa, el velum, que se desplegaba sobre el graderío para que las largas horas de esparcimiento no derivaran en insolación de la concurrencia.

Más allá de la arena del martirio, el Circo [FOTO], mandado construir por el emperador Domiciano, con buena parte de sus estructuras enterradas entre los cimientos de decadentes edificios decimonónicos, guarda el eco de las bigas y cuadrigas cuyos conductores se jugaban la integridad física en demenciales carreras que comenzaban una vez asomados los carros por las bocas de las bóvedas interiores [FOTO], laberínticos túneles que sostenían las gradas y que, según cuentan, se adentran varios kilómetros por el interior de la ciudad.

Cualquier plaza, paseo o calleja de la antaño llamada Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco guarda sus retazos romanos convivientes con establecimientos hosteleros y comerciales y viviendas que muestran porciones de los antiguos foros, torres y templos, desperdigados y, en muchos casos, transformados y apuntalados por los diversos pueblos que se asentaron en Tarragona tras la decadencia del Imperio. El Casco Viejo aún conserva mil cien metros de la pretérita muralla que expone muchos de sus lienzos bien conservados, vencedores del tiempo, del maltrato y la indiferencia, muestrario, con el resto de las edificaciones, de una época y unos constructores que quisieron renegar de lo efímero.

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«Balsa de Guenduláin»: Archivo personal


De camino hacia el despoblado de Guenduláin, recuerda Iliane aquel día de hace quince o dieciséis años, cuando las hermanas Cristea y ella hicieron borota [*] en el instituto y marcharon con las bicis, sin un destino fijado, por aquel sendero de tierra que las condujo, entre arbustos y hierbajos selváticos, a las orillas de la balsa de Guenduláin, en medio de un paraje fantasmal y solitario por el que, con cierta congoja, transitaron hasta llegar a dos edificaciones en ruinas, lienzos de grafiteros, donde Madalina creyó advertir unas sombras. No solo no se acercaron sino que dieron media vuelta, con el miedo asido a los esternones y la sensación de hallarse entre presencias malignas que las perseguían, invisibles, como si de un mal sueño se tratara.

De aquella extraña aventura les quedó la vaga impresión de haber hecho el ridículo ante sí mismas, amén de unas punzantes agujetas en muslos y pantorrillas y, meses después, el primer premio en el III Concurso de Relatos en Euskera del Instituto, obtenido por Camelia Cristea, con una narración de tintes góticos sobre una supuesta Dama de Guenduláin que habitaba en la balsa y se alimentaba de las almas de los incautos que se atrevían a acceder hasta sus dominios. “Nunca pensamos que volveríamos”, confiesa Iliane.

Parece como si aquí se hubiera detenido el tiempo. Está igual que entonces, y la balsa sigue semejándose a la charca del ogro Shrek”, afirma Camelia.

La vegetación, teñida de otoño, se alza, profusa, alrededor del agua y a cada lado del camino hasta llegar frente a las ruinas, tristes ruinas, de lo que siglos atrás fueron la iglesia de San Andrés [FOTO], construida en el siglo XVI, y el castillo palacio del Señor de Ayanz [FOTO], ambos edificios dejados a su albedrío, sucios de grafitis en sus partes inferiores pero todavía, en su alzada, mostrando la grandeza de su pasado.

En ese castillo palacio de finales del siglo XV que cualquier observador intuye majestuoso en origen pese a su tremendo deterioro, nació Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), representante, con todos los honores, del hombre renacentista por excelencia y precursor de grandes inventos, como la mismísima máquina de vapor, el aire acondicionado, el traje de buzo y el submarino, entre otros. Fue, además, militar, pintor, cosmógrafo, científico y músico. Sus restos reposan, sin lápida, en la Capilla del Socorro de la Catedral de Murcia, ciudad de la que fue Regidor por nombramiento del rey Felipe II, a cuyo servicio había entrado, con apenas catorce años, en calidad de paje.








NOTA

[*] En Navarra, se denomina hacer borota al acto de saltarse las clases, hacer novillos.

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«Entre lo divino y lo terreno»: Archivo personal


A principios del siglo XVII, un número indeterminado de copias de un oscuro manuscrito escrito a finales del siglo XV y culminado en 1507 —donde se hace un prolijo listado de familias judías del Reino de Aragón que optaron por la conversión al catolicismo para evitar que se les aplicara el Decreto de los Reyes Católicos que las condenaba a ser expulsadas de España— adquiere tal relevancia por los datos sensibles que expone y en los que se ven reflejados y señalados linajes aragoneses cuyos miembros ocupan puestos eximios en los estamentos de poder, que la Diputación General del Reino, institución sobreviviente de la antigua Corona de Aragón que ya había examinado el oprobioso manuscrito en 1601, se ve impelida a solicitar, en 1615, amparo a Felipe IV de Castilla (III de Aragón) y a la propia Inquisición para que se censure y prohíba el infamante libelo que amenaza con socavar, como si de una cruzada se tratara, los pilares de la sociedad aragonesa que, a tenor de lo revelado en tales páginas, ostenta tantas máculas e impurezas en sus ancestros  —en su mayoría judeoconversos pero también moriscos—  que, de aplicarse los Estatutos de Limpieza de Sangre, no habría familia ni gremio que se salvara de purgas y anatemas.


El supuesto autor del manuscrito  —sobre el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, considerando algunos que la autoría es anónima—, Juan de Anquías o Anchías, fue un allegado de la Inquisición que desarrolló su oficio en la Rioja y en las ciudades de Huesca y Lérida, así como en Zaragoza, población que abandonó al declararse la peste para acogerse en Belchite, lugar en el que, según asegura en el prólogo que quizás añadió a posteriori al manuscrito, «deliberé de hacer este sumario por dar luz a los que tuvieran voluntad de no mezclar su sangre limpia con ellos y se sepa de qué generaciones de judíos descienden los siguientes, para que la expulsión general de ellos hecha en España en el año 1492 no quite de la memoria a los que fuesen sus parientes». Parece ser, además, que esta insidiosa advertencia contra los linajes aragoneses de orígenes impuros, guarda relación con el asesinato en Zaragoza de Pedro de Arbués (1441-1485), Inquisidor de Aragón, que fue ejecutado por judeoconversos ante el altar mayor de la Seo zaragozana, dando lugar a una de las represiones más feroces que se recuerdan, a las que el censo de Juan de Anquías o Anchías, aún incompleto entonces pero bien detallado en las filiaciones anotadas, ayudó en la tarea.


El exhorto de los mandatarios aragoneses, dado el descrédito y la deshonra que suponía, pese a haberse redactado un siglo antes, el que ya era llamado Libro Verde de Aragón (en alusión al color de las velas de los Autos de Fe), tuvo cumplida respuesta a favor. En 1620, el Tribunal de la Inquisición decretó la prohibición de tenencia del manuscrito, su lectura, copia y propalación, realizándose, además, en 1622, en la plaza del Mercado de Zaragoza, la quema de cuantas copias del mismo fueron halladas.

El honor aragonés había sido, por fin, purificado por las llamas que, a la vez, habían arrasado con cualquier veleidad familiar pasada.

La celeridad de todas las instancias para deshacerse de un texto que ponía en la picota genealogías de importancia en la nobleza, la política y la membresía eclesiástica aragonesa, e incluso castellana, fue refrendada y alabada por el propio rey Felipe IV, que se dirigió por escrito al Inquisidor General en estos términos: «Por el Consejo de Aragón se me ha representado la diligencia y cuidado que habéis hecho poner en recoger el libro que llaman Verde en aquel Reyno. Agradescoos lo que habéis dispuesto en esto y por ser cosa de la calidad que es y convenir que no quede ni aun rastro del dicho libro, os encargo que hagáis continuar las diligencias tan apretadamente como conviene y lo espero de vuestro mucho celo.—Señalado de Su Majestad en Madrid, a 17 de Noviembre de 1623.—Al Inquisidor General».


En la actualidad, cinco copias del Libro Verde de Aragón   —de distintas épocas y en su mayoría incompletas—  se distribuyen entre el Archivo General de Valencia, el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Colombina de Sevilla, la Bibioteca del Colegio de Abogados de Zaragoza y la Biblioteca Nacional.

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«Parque Miguel Servet: El quiosco en otoño»: Archivo personal


Cuando el caminante se detiene en lo alto de la pendiente, suenan en los auriculares prendidos a sus orejas las voces conjuntadas de David Bowie y Freddie Mercury…Pressure pushing down on me…— e inicia un descenso suave, con las deportivas rozando levemente el conocido empedrado y los ojos fijos en la abertura final de la costanilla [FOTO], allí donde, siglos atrás, estuvo una de las puertas —de las nueve, diez…o más, que no hay acuerdo entre los estudiosos— de la muralla, la que se conoció como Puerta Nueva, desaparecida definitivamente en el siglo XVII, cuando se construyó, en sobrio ladrillo, la iglesia de San Vicente el Real, tras la demolición del templo románico que, en el siglo XIII y con el nombre de San Vicente el Bajo [1], se había levantado en el lugar donde se cree nació el hijo de Enola y Eutiquio, conocido como Vicente de Huesca o San Vicente Mártir, patrón pequeño de la ciudad y en cuya festividad, el 22 de enero, se prende una gran hoguera y se reparte a la ciudadanía longaniza y patatas asadas.


La Compañía, que así es como se conoce popularmente en Huesca a la iglesia de San Vicente el Real, por haber pertenecido a los jesuitas a partir del siglo XVII [2], brinda su monumental mole —de fachada de ladrillo caravista, con una estatua de piedra del santo en una hornacina situada sobre el portalón de acceso— a la antigua vía romana que atraviesa, a los pies del Casco Histórico, la ciudad. El Coso, que así se llama tal vía, hoy en día peatonal, ha sido, a lo largo de la historia, la gran calle central de la urbe, dividida en dos tramos: El Coso Alto y el Coso Bajo, llamados Cosos de Galán y García Hernández, durante la II República, en recuerdo a los capitanes rebelados contra la monarquía, fusilados en las inmediaciones de Huesca y cuyas tumbas en el cementerio de la localidad siguen siendo muy visitadas.


Supera el caminante el desnivel de la costanilla de Lastanosa y dobla la esquina del templo deteniéndose para contemplar los edificios que apuntan, desde el otro lado de la estrecha calle peatonal, a la vieja iglesia jesuita. Allí enfrente, encarada a San Vicente el Real, estuvo situada la casa-palacio de los Lastanosa, con el más fantástico de los jardines de la época, que llegó a fascinar al mismísimo Felipe IV. Creado bajo los auspicios y la refinada imaginación de Vincencio Juan de Lastanosa y Baráiz de Vera, insigne erudito del siglo XVII, mecenas, político, escritor, alquimista, obsesivo jardinero y amante del exotismo; minucioso coleccionista, su biblioteca de más de siete mil volúmenes fue reverenciada por Quevedo, Baltasar Gracián y otros ilustres contemporáneos suyos, que recorrieron las armoniosas estancias del palacete recreándose en los preciados objetos cuidadosamente expuestos en ellas: antigüedades, armas, instrumentos científicos, artilugios, pinturas, esculturas, tapices, monedas, mapas, fósiles… Pero, sobre todo, esos increíbles y portentosos jardines en los que a la abundante vegetación, traída de todo el orbe, se sumaba un completo zoológico (cebras, tigres y otros mamíferos exóticos, avestruces, aves canoras…), un espectacular laberinto esmeradamente geometrizado, caminos de rosaledas y tulipanes, templetes marmolados y zonas acuáticas que incluían fuentes ornamentadas con elementos mitológicos, un embarcadero y un soberbio estanque.

De todos esos prodigios nacidos de la avidez de conocimiento y la vasta fortuna de Vincencio Juan de Lastanosa, nada queda. Su legado se dispersó con su muerte; la casa-palacio fue desmantelada en el siglo XIX y de aquellos originales jardines solo resta el terreno que, cedido en 1928, conforma la parte antigua del actual Parque Miguel Servet.


Suspira el caminante. Desaparece de su visión interior el suntuoso edificio cuya descripción, a fuerza de leer tantas veces, es capaz de reconstruir en sus figuraciones —con la estatua de Hércules sujetando la bola del mundo, que el cronista Ustarroz describe y sitúa en el tejado de la casa-palacio— y encamina sus pasos hacia los vacíos veladores del bar abierto junto a la farmacia que guarda, por ubicación, algo de esa esencia Lastanosa que ha ocupado sus pensamientos durante unos minutos. Frente al caminante, relajado ante su café, vela el edificio consagrado a Vicente de Huesca.







NOTAS

[1] En contraposición a la iglesia de San Vicente el Alto, también desaparecida, que se construyó en el entorno de la Catedral, en el mismo lugar donde en la época de la Wasqa musulmana se ubicaba la mezquita de Ibn Atalib.
[2] Desde el año 2019, y tras la marcha de los últimos miembros de la Compañía de Jesús que ejercían su ministerio en la ciudad de Huesca, la iglesia de San Vicente el Real pertenece exclusivamente a la diócesis oscense.

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«Senderistas»: Archivo personal


Aprovechaba el Sol las zonas despejadas de arbolado para mostrar los últimos lances de su apenas ardiente poderío y laminar las envalentonadas dermis de los senderistas  —jóvenes y no tanto—  que apuraban el primer tramo del trayecto hasta Zulueta, buscando un otero con vistas al valle donde darse un respiro y acometer el tentempié que aguardaba, apretado, en las mochilas. “¡Allí!”, gritó alguien, señalando el suave promomtorio que se advertía a la izquierda de la senda que, a pocos metros, jalonaban, holgadas, las coníferas. Se sentaron, risueños y parlanchines, entre piedras y pinazas, sobre la tierra seca y agrietada.

Abajo, majestuoso en su anacronismo, el dieciochesco acueducto de Noáin [FOTO], modesto pariente neoclásico de aquellos de factura romana que alzaron los invasores venidos del Lacio sobre la Iberia antigua; convertido este, como aquellos, en joya arquitectónica restaurada y relevado, muchos años atrás, de su crucial servicio primigenio como abastecedor del agua de todas las fuentes públicas de Pamplona desde el manantial de Subiza, en las entrañas de la Sierra del Perdón.


Declarado Patrimonio Histórico, como Bien de Interés Cultural, en 1992 y tenaz sobreviviente a la reestructuración brusca del paisaje —en 1931, un constructor llegó a hacer una oferta de compra para derribarlo—, ni el abandono al que fue condenado durante años ni el ferrocarril ni la autopista ni las avenidas del río, que le cercenaron algún elemento, lograron desmoronar irremediablemente su probada solidez, conservando intactos 92 de los 97 arcos de piedra y ladrillo —de 18 metros de alzada los mayores— que lo componían cuando entró en uso el 29 de junio de 1790.

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Cabezo Castildetierra

«Cabezo de Castildetierra»: Archivo personal


Cruje la tierra hendida. Suenan bajo los pies la arcilla desmigajada y el polvo de lutitas del desierto bardenero. Se recrea la brisa invisible en el suelo poblado de margas en este territorio baldío donde destacan, singulares, los elevados cabezos desteñidos, imponentes formaciones esculpidas por el viento y los embates del agua, que recorren los ojos ávidos del caminante plantado en medio de la nada, custodiado por escorpiones ocultos y el vuelo circular de las rapaces.


Piensa el solitario andarín en Sanchicorrota, el molinero de Cascante convertido en bandolero allá por el siglo XV, que encontró refugio en las grutas horadadas millones de años atrás por el agua, desaparecida ya de este paisaje´de aspecto lunar en donde, perseguido como prófugo de la justicia por doscientos caballeros al servicio de Juan II de Aragón y Navarra, a quien el bandolero traía de cabeza, se acuchilló a sí mismo el corazón para no darles el gusto a sus enemigos de prenderlo vivo ni vejarlo públicamente. Y aunque su cadáver fue expuesto en Tudela como escarnio y aviso a los aldeanos que lo habían protegido, su nombre y sus acciones permanecieron en la memoria colectiva del pueblo llano con admiración y respeto. Cinco siglos después, otro hombre, Honorino Arteta, protagonizaría en esta misma depresión de las Bardenas Reales, reino de Sanchicorrota, una increíble gesta, desconocida durante décadas, convirtiéndose en el único superviviente y testigo de la matanza de Valcaldera.

El 23 agosto de 1936, Honorino y otros cincuenta y dos presos republicanos fueron trasladados en autobús de la cárcel de Pamplona a las Bardenas, cerca de la localidad de Cadreita, con la excusa de ser liberados pero, en realidad, para ser pasados por las armas. Dada la orden de fuego, Arteta, herido en las piernas pero decidido a luchar por su vida, consiguió huir junto a dos compañeros que no tuvieron su suerte y, alcanzados, fueron rematados allí mismo por los pistoleros falangistas. Honorino, pese a sus heridas, puso tierra de por medio y, en penosísimas condiciones físicas, con la ropa hecha jirones, descalzo y con alguna ayuda prestada por pastores y campesinos bardeneros que compartieron su comida con él y no lo delataron, se mantuvo escondido cerca de tres meses en las Bardenas Reales hasta que decidió poner rumbo a la frontera francesa. Ayudado por un grupo de cazadores franceses, recaló en el hospital de Mauléon-Licharre y, tras recuperarse, se trasladó a Barcelona para ponerse al servicio de la República. Combatió con la Columna Ascaso en la ofensiva contra Huesca, con la idea de continuar hasta Pamplona una vez conquistada a los fascistas la ciudad oscense. Al fracasar la toma de la capital del Alto Aragón y disolverse la Columna, regresó a Francia, país en el que permaneció exiliado hasta su muerte, en 1978.



Chasca la tierra hollada. El cabezo de Castildetierra contempla, desde su cúspide de arenisca compactada, al caminante que, tras dar cuenta de un bocadillo y vaciar un botellín de agua sentado a la sombra de una covacha en forma de hornacina, se yergue y vuelve a ponerse en marcha, sin prisas, con el Sol otoñal destelleando en las chapas que ornamentan su gorra naranja.

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«Donde ancla la brújula»: Archivo personal


«Para mí no existe la nación sino el territorio, y el mío es Aragón y a él me atengo».- Ramón J. Sender, en el prólogo de Los cinco libros de Ariadna.


La garlopa recorre la madera en pasadas cortas y ruidosas que dejan al aire las vetas enrojecidas. “Entonces, ¿lo harás?”, vuelve a preguntar la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio al hombre que trabaja, a horcajadas, sobre la tabla que va perdiendo, entre firmes raspados, los últimos vestigios de rugosidad.

Todo el calor vespertino parece acumularse en el pequeño taller en semipenumbra, entre gubias, escofinas y formones. Emil, con las manos desnudas cubiertas de polvo, coge la cartulina que la veterinaria ha dejado sobre el borriquete y contempla, de nuevo, el dibujo. “Puedo trabajarlo en fresno y avejentarlo, si quieres. O darle solo un par de capas de nogalina”. “No, no. No queremos que quede como un escudo antiguo… Yo te puedo ayudar con los realces. Lo que tú quieras… Serrar, barnizar… Y preparar los tintes vegetales si me explicas cómo…

Emil sujeta la cartulina con el escudo del efímero Consejo de Aragón en el tablero de corcho que hay colgado sobre la mesa de herramientas que preside la fresadora. “Cuántos sueños aserrados”, dice.


El 19 de noviembre de 2011, se presentó en Caspe, sede del antiguo Consejo Regional de Aragón durante la Guerra (In)civil, el único vestigio de la enseña que simbolizó la lucha por la libertad en el Aragón republicano: Un banderín, de unos 50×30 centímetros, supuestamente del automóvil utilizado por Joaquín Ascaso Budría, con los colores del Consejo —negro por la CNT, rojo por la UGT y el PCE y morado por la República— y un triángulo lateral con las barras aragonesas. En el centro, el escudo, con sus tres representativos cuarteles territoriales separados por la A de Aragón: Los Pirineos altoaragoneses, el olivo del Bajo Aragón y el Ebro de la provincia de Zaragoza.

«La cadena rota del cuarto cuartel, simboliza al nuevo y libre Aragón. Y coronando el escudo, un sol naciente, emblema del Aragón que brota sobre lo derruido por los enemigos de la libertad». [*]






NOTA

[*] Del periódico «Nuevo Aragón», en su edición del 22 de enero de 1937.

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Cementerio de Jaca

«Cementerio de Jaca»: Archivo personal


Por la carretera de la Guarguera, entre caminos de tierra que baña, culebreando, el Alcanadre  —el río que labró impresionantes cañones en la sierra de Guara—  se llega a Matidero, una localidad semidespoblada donde, hasta 1987, se erguía un impresionante olmo de 27 metros de altura catalogado como el más grande de Aragón. Pero, además, Matidero fue el lugar de nacimiento, a principios del siglo XX, de María Cadena, una enfermera republicana que, al finalizar la guerra (in)civil huyó a Francia, país en el que se casó con un compatriota y donde trabajó y residió hasta 1968, cuando su marido y ella, ya jubilados y con pocas probabilidades de ser represaliados tardíos del franquismo, regresaron a España instalándose en Jaca, ciudad pirenaica en la que María falleció en 1980. Y es, precisamente, en el cementerio de Jaca, en la pared de nichos en la que reposa —tras la lápida que lleva su nombre, María Cadena de Camazón— esta superviviente de dos guerras, donde termina una historia singular, un thriller de espías protagonizado por un hombre  —el marido de María—  que, desde 1982, comparte lecho mortuorio con ella pero cuya identidad no figura en el cubículo funerario que resguarda sus restos, como si la reserva que el matemático y extraordinario criptoanalista Antonio Camazón hizo de toda su vida hubiera querido preservarla hasta el final de los tiempos.


Faustino Antonio Camazón Valentín (1901-1982), vallisoletano, antiguo comisario y analista de la Policía Criminal Republicana, matemático, ensayista, criptógrafo y políglota, figura en la historia oculta de los Servicios Secretos como uno de los avezados analistas que, durante la II Guerra Mundial y como integrante del llamado Equipo D, desencriptó y descifró el funcionamiento de la famosa máquina Enigma, la joya de las comunicaciones secretas de la Alemania nazi, cuya inviolabilidad quedaría en entredicho al ser descifrados sus códigos por el grupo de criptógrafos de diferentes países (los había ingleses, polacos, franceses y otros seis republicanos españoles, además de Camazón) de los que únicamente trascendió a la opinión pública el nombre de Alan Turing (1912-1954)  —al que primero honraron y luego arrastraron por el fango por su homosexualidad—  con el que Camazón y sus compañeros trabajaron, codo con codo, día y noche, desde distintas ubicaciones secretas de Francia, Norte de África e Inglaterra, hasta desentrañar los secretos de la codificación alemana.

Los buenos resultados del trabajo del Equipo D fueron claves para la derrota nazi y posibilitaron que, terminada la contienda mundial, los Servicios Secretos norteamericanos tentaran a Antonio Camazón para trasladarse a Estados Unidos, propuesta que no aceptó el vallisoletano señalando que tenía una deuda con los franceses —que lo habían sacado del campo de concentración donde fue recluido tras salir de España— por haberle dado la oportunidad de desarrollar sus aptitudes en la causa de la liberación de Europa del fascismo. Fiel a su palabra, trabajó para el Deuxième Bureau de Charles de Gaulle hasta 1968, año en el que él y su esposa se trasladaron a Jaca con el estatus de pensionistas de la República Francesa, llevando la misma vida discreta que en el país vecino.

Coleccionista de libros diversos en diferentes idiomas, Antonio Camazón atesoró más de ochocientos (el más antiguo, de 1817), escritos en ciento cincuenta lenguas distintas  —algunas en peligro de desaparición—  que, en 1984, se vendieron a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, usándose el dinero recibido para pagar la boda de un familiar del matrimonio Camazón-Cadena. La colección, que actualmente forma parte del fondo de la Biblioteca María Moliner, es conocida como «La biblioteca del espía».


En 2019, el director andaluz Jorge Laplace realizó el documental Equipo D: los códigos olvidados, resaltando el papel de los criptógrafos españoles en la guerra que los Servicios Secretos Aliados libraron contra los de Alemania.





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«Bajo la roca»: Archivo personal


Aves, pasos y respetuosos cuchicheos rasgan el bucólico silencio del abierto y gélido claustro románico techado por la mole desnuda de la roca aferrada al Monte Pano, que contempla los artísticos capiteles que manos humanas convirtieron en Biblia petrificada y glorificada por siglos de lluvia, nieve y hielo.

El oxígeno huele a bosque, a moho, a plumas humedecidas, a agua terrosa, a hierba con esencias afrutadas…

La historia empuja los pies hacia la Sala de los Concilios, revolotea por la iglesia mozárabe y asciende hasta los panteones donde los despojos de monjes, guerreros, notables y reyes hallaron su postrer cobijo en este soberbio símbolo del Biello (Viejo) Aragón que es el Monasterio Bajo de San Juan de la Peña.


[…]


De regreso del Monasterio Alto, cuya carretera en pendiente han salvado a pie, desdeñando el bus lanzadera que comunica las dos edificaciones, Agnès Hummel, la Hermana Marilís y la señorita Valvanera recorren en el vehículo de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio los cinco kilómetros que separan el antiguo cenobio cluniacense —refugio primigenio del Grial— de la localidad de Santa Cruz de la Serós.

Déjanos junto al cementerio —pide la señorita Valvanera a la conductora.

Y ya en el interior, las tres junto al ciprés arrinconado, a pocos pasos del portalón de hierro, erguidas frente a la losa marmórea que recuerda a Zeika, Evaristo y Lorenza, elévase al cielo pirenaico la limpia voz de la Hermana Marilís entonando la Internacional Anarquista.


Zeika Sonia Viñuales Sarsa —doctora en Farmacia, conferenciante y articulista—, la niña cuya fotografía fue el santo y seña de los miembros de la organización antinazi Red de Evasión Ponzán, conoció el exilio y los campos de concentración aun antes de cumplir su primer año de vida. Hija de los pedagogos libertarios aragoneses Evaristo Viñuales Larroy y Lorenza Sarsa Hernández, dedicó buena parte de su existencia a defender la memoria y el ideario de sus progenitores. Nacida en Barcelona, en 1938, y fallecida en Toulouse, en 2009, quiso que sus cenizas fueran esparcidas en la localidad donde su padre había pasado su infancia, en la zona del camposanto en la que se hallan enterrados los restos del abuelo, también maestro, y las cenizas de su propia madre, Lorenza, junto con un puñado de arena de la playa de Alicante, escenario del suicidio desesperado de Evaristo, su padre.


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