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“Mudéjar. Aljafería de Zaragoza”: Iván Villar


Saraqusta —la actual Zaragoza, llamada por los árabes Ciudad Blanca, por el color de sus edificios— tuvo el privilegio de ser, en fecha imprecisa de la segunda mitad del siglo XI, la cuna de uno de los más brillantes pensadores del medioevo, Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn al Saig ibn Bayya, conocido como Avempace. Perteneciente a una familia de orfebres, fue político, filósofo, astrónomo, botánico, médico, físico, poeta, músico, y aglutinó a su alrededor a un sinnúmero de sabios andalusíes, cristianos y judíos en las frecuentes tertulias que se celebraban en el ornamentado Salón Dorado del espléndido palacio de la Aljafería —centro cultural, político y religioso de la medina— donde se discutían y celebraban todas las artes de la época así como renombradas justas poéticas, actividades clausuradas definitivamente cuando el rey aragonés Alfonso, el Batallador, conquistó, en la primavera de 1118, la taifa saraqustí, que se incorporó, tras siglos de gobierno musulmán, al Reino de Aragón, produciéndose la natural desbandada de la gran mayoría de ilustres que iluminaban con su sapiencia las penumbras peninsulares cada vez más oscurecidas por las guerras.


La toma aragonesa de Saraqusta supuso el fin de la estabilidad multicultural, ajena a cualquier fundamentalismo, en una ciudad que, en el año 714, había pasado de visigoda a musulmana sin derramamiento de sangre. La transformación derivada de la conquista cristiana empezó con la ocupación de los espacios de dominio andalusí por parte de aragoneses, navarros, catalanes, bearneses y aquitanos, quedando los mudéjares en los arrabales y los judíos en sus tradicionales aljamas, en situación precaria pese a las leyes a favor de estas dos comunidades que dictaron los sucesivos monarcas aragoneses, convertidas en papel mojado cuando, a partir del reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, se procedió a la expulsión de los judíos, a la que seguiría, en tiempos de Felipe III, la de los moriscos descendientes de quienes no habían abandonado su ciudad amada cuando fue conquistada por las tropas conjuntas de Aragón y Bearn del Batallador.


Así pues, Ibn Bayya, que había ocupado el cargo de visir del gobernante de la taifa, huyó de la Zaragoza aragonesa en 1118, refugiándose primero en Játiva, donde fue encarcelado, y trasladándose después al sur peninsular, en un periplo que lo llevó por Almería, Sevilla, Granada y Jaén, dejando en todas esas ciudades la huella de sus conocimientos y un puñado de discípulos que propagarían el pensamiento del singular intelectual andalusí, que concibió un sistema astronómico sin epiciclos, con esferas excéntricas a la manera de Ptolomeo, modernizó la medicina, difundió la lógica aristotélica desvinculando la razón de la religión y creó y definió la estructura métrica del zéjel.

Tras abandonar la península Ibérica para instalarse en Orán, marchó posteriormente a Fez, ciudad en la que ejerció como galeno, práctica que le supuso enfrentarse a los médicos de la Corte, que organizaron, en el mes de Ramadán del año cristiano de 1138, su asesinato dándole a probar, tras la puesta del Sol, un guiso de berenjenas envenenadas. La desaparición de Avempace tuvo el efecto contrario al buscado por quienes le dieron muerte, pues su nombre y sus escritos no solo remontaron los tiempos sino que llegó a ser reconocido como el primer filósofo andalusí del racionalismo, el misticismo y el cientifismo, ejerciendo gran influencia en otros pensadores, tanto del ámbito musulmám como del cristiano. De Avempace se conservan en la actualidad ocho manuscritos distribuidos y guardados en las más importantes bibliotecas del mundo.


Como curiosidad —que no certeza ni refrendo— añadir que algunos estudiosos de música antigua han hecho hincapié en las muchas similitudes existentes entre los compases del actual himno nacional de España y una nubah compuesta por el sabio andalusí Avempace, concluyendo los musicólogos que tal vez no sea disparatado aventurar que el himno español proceda de la primitiva composición musical del gran erudito de la Edad Media.

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“Back Closet”: Siff Skovenborg


«El Rey Alfonso, […] ,a todos y cada uno de sus nobles, amados y fieles nuestros y sendos gobernadores, justicias, subvengueros, alcaldes, tenientes de alcalde y otros cualesquiera oficiales y súbditos nuestros, e incluso a cualquier guarda de puertos y cosas vedadas en cualquier parte de nuestros reinos y tierras, al cual o a los cuales la presente sea presentada, o a los lugartenientes de aquellos, salud y dilección. Como nuestro amado y devoto don Juan de Egipto Menor, que con nuestro permiso irá a diversas partes, entiende que debe pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido, a vosotros y cada uno de vosotros os decimos y mandamos expresamente y desde cierto conocimiento, bajo pena de nuestra ira e indignación, que el mencionado don Juan de Egipto y los que con él irán y lo acompañarán, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, alforjas y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, sean dejados ir, estar y pasar por cualquier ciudad, villa, lugar y otras partes de nuestro señorío a salvo y con seguridad, siendo apartadas toda contradicción, impedimento o contraste. Proveyendo y dando a aquellos pasaje seguro y siendo conducidos cuando el mencionado don Juan lo requiera a través del presente salvoconducto nuestro, el cual queremos que lleve durante tres meses del día de la presente contando hacia adelante. Entregada en Zaragoza con nuestro sello el día doce de enero del año del nacimiento de nuestro Señor 1425. Rey Alfonso.»
—Documento extendido, en calidad de salvoconducto, por Alfonso V de Aragón para que el gitano Juan de Egipto Menor y sus gentes puedan viajar libremente por los territorios de la Corona—


El 12 de enero de 1425 quedó documentada, con parabienes incluidos, la entrada de los primeros gitanos en los territorios de la Corona de Aragón. Apenas ochenta y cinco años después, en 1510, los Fueros del Reino recogían idénticas medidas represoras que las promulgadas por la Pragmática de 1499 de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: «Se les concede un plazo de sesenta días para salir del reino y a los que sean hallados se les castigará con cien azotes y destierro a perpetuidad; la segunda vez se les cortarán las orejas, permanecerán sesenta días encadenados y sufrirán destierro. Los apresados por tercera vez pasarán a ser esclavos por el resto de su vida».

A partir de esa fecha —y con brevísimoss períodos de tutelaje paternalista por parte de los gobernantes— comienza la represión brutal contra un grupo que se ve obligado a sobrevivir en una sociedad hostil, en absoluto diferenciada de las que acogen al resto de los gitanos extendidos, desde las regiones hindúes de Punjab y Sinth —de las que eran originarios—, por toda Europa.


«Tomo consciencia de los siglos recorridos y me digo: No han podido con nosotros. Aquí estamos. Aquí seguimos tirando los unos, los conscientes, de los otros, los resignados. Aquí y allá, aun desde el silencio, seguimos elevando la voz, no para quejarnos, únicamente, de las injusticias del pasado y del presente, sino para demostrar que nuestro empuje es también necesario en las sociedades donde nos hallamos integrados. Para que tanto sufrimiento de los nuestros no haya sido vano».- Barsaly H. (1938-1999), activista gitano.


NOTA

Sastipen thaj mestipen es una expresión en rromanés que significa Salud y libertad.

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“La ciudad a pie de sierra”: Archivo personal


«El autorretrato de cada pueblo no está construido con piedras, sino con palabras habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él. La imagen que el pueblo hace de sí mismo es el sentido de su existencia».- John Berger


Hoy hace once años que nos abandonó definitivamente, dejándonos huérfanos de tanto, Manuel Benito Moliner (1958-2010), gran persona, médico, articulista, investigador etnológico y perseverante escrutador de la historia de Huesca, ciudad en la que nació y a la que amó y que, según sus propias palabras, “me ha sido esquiva y se ha mostrado conmigo altanera, yéndose con el primero que le soltaba un tópico”. Dos años antes de morir publicó Huesca: Álbum de adioses —cuya segunda parte vio la luz cuando ya había fallecido su autor—, un exquisito y evocador paseo literario por la historia de la ciudad a través de los edificios oscenses que las arremetidas del tiempo, la incuria y las especulaciones urbanísticas derruyeron y de los que únicamente un puñado de fotografías pobladas de grises y algunos cuadros de época han dejado constancia para el recuerdo y la rabiosa vergüenza ante los desmanes cometidos. “Quizá”, escribía Manolo Benito en el prefacio, “[la ciudad] al verse y leer su historia y los sentimientos que despierta, me mire a los ojos con sus cuencas de eterno escombro y me guiñe su última almena”. Y así, esa Huesqueta  término que, dicen, inventó un zaragozano para señalar el sempiterno ruralismo de la ciudad altoaragonesa, pero que los oscenses transformaron, con orgullo, en vocablo identitario  se muestra imperecedera y entrañable en la escritura de Manuel Benito, que recompone templos y hospitales, casonas y teatros, plazas, cárceles y fuentes, devolviéndolos, entre imágenes y palabras, a sus hechuras y emplazamientos y desempolvando viejas anécdotas e historias de gentes que dejaron su huella, e incluso su tragedia, en la ciudad provinciana.


Pero la ciudad, admirado Manolo, aunque tú ya no podrás comprobarlo, mostró, por fin, reciprocidad a tus amorosos desvelos, y allí están, soberbios, los edificios rehabilitados del que fuera antiguo matadero de principios del siglo XX, con sus fachadas con toques mudéjares y modernistas, el mismo viejo matadero que un día soñaste adecuar y convertir en museo vivo de etnografía y emblema de la cultura, y que lleva, desde hace cuatro años y con justicia, tu nombre: Centro Cultural Manuel Benito Moliner.


NOTA

Urbs Victrix Osca, Huesca, Ciudad Victoriosa, fue el nombre que dieron los romanos a la ciudad prerromana de Bolskan, actual Huesca.

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“La nieve de la memoria”: Archivo personal


En recuerdo de la Sublevación Republicana de Jaca (1930).


Lo único que lamento es no haber podido salvarte a ti, Ángel“, fueron las sentidas palabras del capitán Fermín Galán Rodríguez a su compañero de sublevación e infortunio, el también capitán Ángel García Hernández.

El Tribunal Militar acababa de dictar sentencia en el Acuartelamiento Pedro I de Huesca; en la misma se condenaba a ambos reos a ser pasados por las armas, por rebelión militar y sedición. Apenas unas horas después, en el polvorín del Camino Viejo de Fornillos, los dos Capitanes de Invierno —que así serían llamados—, separados unos diez metros el uno del otro, se enfrentaban, a cara descubierta, a los dos pelotones de ejecución.
¡Viva la República!
¡Viva la Libertad!

Sobre las tres y diez de la tarde del domingo, 14 de diciembre de 1930, el último proyectil que impactó en cada uno de los dos cuerpos inmolados ponía un falso punto final al sueño republicano de los dos capitanes, al de los setecientos efectivos, militares y civiles, que, a su mando, habían iniciado la marcha desde Jaca a Huesca por carretera y ferrocarril, y al de la ciudadanía que aborrecía la institución monárquica.

La aventura republicana, comenzada en Jaca a las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1930, apenas había durado treinta horas.

Cuatro meses después de los fusilamientos, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la II República Española. En el cementerio de Huesca, la hornacina de García Hernández  —en la parte católica—  y la tumba de Galán  —en la civil—, quedaron cubiertas por las flores que manos republicanas unieron a las depositadas por la esposa y la hija del primero y la madre y los hermanos del segundo.








NOTAS

  • En marzo de 1931 el Consejo Supremo de Ejército y Marina concedió a Carolina Carabias Castro, viuda del capitán Ángel García Hernández, una pensión de mil quinientas pesetas con efectos retroactivos.
  • Tanto la viuda de Ángel García como María Jesús Rodríguez Castañeda, madre de Fermín Galán, se significaron en la petición del indulto para el resto de los implicados en la Sublevación Republicana de Jaca, así como en la organización de actos para recabar ayuda para las familias de los soldados muertos en la confrontación.
  • Las familias de los capitanes fusilados fueron extraordinariamente consideradas públicamente tras la proclamación de la II República, no obstante, el gobierno no quiso atender la petición de traslado de los restos de los dos militares a Madrid ni se avino a depurar responsabilidades por las irregularidades que se dieron en el juicio que terminó con el fusilamiento de Galán y García Hernández.
  • El capitán José María Vallés Foradada, defensor de Galán y García Hernández, fue el encargado de deponer y detener, el 20 de julio de 1936, al alcalde democrático de Huesca, Mariano Carderera, que sería posteriormente fusilado. El capitán Vallés, posicionado junto a quienes se alzaron contra la II República, ofició de alcalde de la ciudad hasta diciembre de 1936.
  • La tumba del capitán Galán fue violentada por elementos fascistas tras estallar la Guerra (In)civil y no sería restaurada hasta los años sesenta.
  • El artista ácrata Ramón Acín Aquilué, amigo de Galán e implicado, también, en la asonada republicana, diseñó en 1932 un monumento conmemorativo que, con el título Mártires de la Libertad, iba a ser instalado en las escalinatas del emblemático paseo jacetano que hoy se llama de la Constitución. Nunca pudo llevarse a cabo. Acín, que proyectaba construirlo en el otoño de 1936, fue fusilado por los fascistas ese mismo verano. La maqueta en cartón [FOTO] del proyecto desapareció tras el asesinato del escultor oscense.







ANEXO


NOTA

Una primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 12 de diciembre de 2010.

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“Mientras la ciudad duerme”: Archivo personal


(…) Que por largo discurso de años (el rey) ha procurado la conversión de los Christianos Nuevos deste Reyno, haviéndoseles concedido Editos de gracia y otras muchas diligencias que con ellos se han hecho para instruyrlos en nuestra Santa Fe, y lo poco que ha aprovechado, pues cresciendo en su obstinación y dureza han tratado de conspirar contra su Real Corona (…) solicitando el socorro del Turco y de otros Príncipes, de quien se prometían ayuda (…). Y aunque por muy doctos y santos hombres se le avía representado la mala vida de los dichos Moriscos y quan offendido tenían a nuestro Señor, y que en consecuencia estava su Magestad obligado al remedio, assigurándole que podía sin escrúpulo castigarlos en las vidas y haziendas, porque la notoriedad y continuación de sus delictos y la pravedad y atrocidad dellos los tenían convencidos de hereges, apóstatas y proditores de lesa Magestad, divina y humana, y que por lo dicho podía proceder contra ellos con el rigor que sus culpas merecían. Pero que desseando su salvación, procuró reduzirlos por medios suaves y blandos, y aviendo entendido que no han sido de provecho, antes bien, que se preparavan para los susodichos y mayores daños (…), la razón de bueno y cristiano gobierno obligava en conciencia a su Magestad a expeler de sus Reynos y Repúblicas personas tan escandalosas, dañosas y peligrosas a los buenos súbditos, a su Estado y sobre todo de tanta offensa y deservicio de Dios nuestro Señor (…).- Extracto del “bando que el Excelentissimo Señor don Gastón de Moncada, marqués de Aytona, Lugarteniente y Capitán General en el presente Reyno de Aragon, ha mandado publicar, en nombre de la Magestad Catholica del Rey don Felipe Tercero Nuestro Señor, para la expulsión de los moriscos de dicho Reyno”.


Duerme la ciudad y marcha el paseante por la callejuela en pendiente dedicada a Ramiro el Monje y que, desde siempre, ha sido denominada la Correría; se detiene en el último tramo y contempla el final de la cuesta. Cierra los ojos unos instantes y cree escuchar un vocerío que procede de abajo, allí donde estuvo la Alquibla, una de las cuatro puertas de la vieja ciudad amurallada. Extramuros, la Morería, con los tenderetes mudéjares rozando el portalón que comunicaba a los cristianos conquistadores con los musulmanes oscenses desalojados del recinto protegido donde, como símbolo de su derrota, se alzaba, en lo más alto, la Católica Catedral que, durante cientos de años, fue la Gran Mezquita de la Wasqa sarracena.

Aljamas Reales, consideraron los monarcas aragoneses los barrios de la Morería y la Judería levantados a los pies de las murallas; Aljamas Reales con cuyos impuestos se pagaron guerras, monasterios, atavíos y fruslerías de las consortes reales aragonesas a quienes sus egregios esposos concedieron, en tiempos de paz, la prerrogativa de incluir en su peculio los sueldos jaqueses que moros y judíos estaban obligados a pagar a la Corona.

La aparente convivencia bien delimitada entre unos y otros  con los conatos habituales de agresión entre los miembros de las tres comunidades que, pese a todo, compartían cierto relajo en el trato en las Tahurerías—  sufrió un primer sobresalto con el Decreto de Expulsión de los Judíos que el propio Fernando el Católico  olvidada la tradicional protección que los monarcas aragoneses habían dado a las comunidades no cristianas de sus territorios—  se encargó de rubricar en 1492 y que sirvió de aviso a los mudéjares aragoneses, a quienes Carlos V, nieto del catolicísimo Fernando, obligaría, mediante la Pragmática de conversión forzosa, a elegir entre el bautismo o la expulsión en 1526.

Ochenta y cuatro años más conseguirían permanecer los mudéjares, convertidos en moriscos, en las afueras de esa Huesca que era su ciudad y la de sus antepasados. El 29 de mayo de 1610, y como consecuencia de la Rebelión de las Alpujarras y el temor a que los moriscos españoles terminaran aliándose con el Imperio Turco-otomano, fueron conminados a dirigirse fuera de territorio español. Se calcula en cerca de 60.000 los expulsados en Aragón  entre un 15% y un 20% de la población aragonesa.


Cuando el paseante retoma su camino por el empedrado de la Correría para alcanzar la inexistente puerta de la Alquibla, percibe, más en su imaginación que en su bulbo olfatorio, el aroma a albahaca; esa albahaca que los moriscos cultivaban en las huertas de la Morería y que, siglos después, sigue siendo enseña y fragancia de la ciudad que dejaron atrás.

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“A ras de suelo”: Archivo personal


Clareaba la aurora las calvas calizas de los conglomerados de aluviales y acariciaba la luz al guardián Pisón, señorial gigante durmiente, mientras los caminantes tomaban la ruta del este, por la senda viciada donde cientos de pisadas añejas condenaron a la vegetación a retirarse bordeando una estrecha franja terrosa y agrietada que se perdía ladera arriba, entre los bojedales. A lo lejos, peña Gratal, donde el amanecer fosforescente parecía haber prendido una indiscreta hoguera anaranjada a semejanza de aquellas otras que hace más de ochenta años encendían los republicanos huidos durante los primeros meses de guerra para indicar a las gentes de los pueblos vencidos de la sierra que “la llama de la esperanza era más poderosa que el rugido de las pistolas sanguinarias que dejaban un rastro de cadáveres jóvenes y viejos, maniatados, en campos, barrancos y cunetas“. Así, al menos, lo había relatado Mariano Constante en aquella charla extraordinaria que fue a dar en la Escueleta Vieja del Barrio —hará más de veinte años— y en la que el grupo que subía hace unas semanas, con el frescor del alba, por el angosto sendero, supo, por primera vez, por boca del viejo orador exiliado, de la existencia de Ambrosio Pargada.


Nació Ambrosio en el singularísimo pueblo de Riglos  donde reinan los mallos—  allá por 1909, apegado, desde niño, a una sierra que amaba y conocía como una prolongación de su propia casa. Solitario y poco dado a palabrerías, se dedicaba a cultivar las buenas hectáreas de tierra de la familia, a cuidar del ganado y a la caza, afición ésta que le costaría la pérdida del brazo derecho al explotar la escopeta que manejaba. Fue, desde entonces, el Manco de Riglos. Y así pasaría a la historia de la guerrilla.

De conocidas convicciones libertarias, colaboró, como la mayoría de los anarquistas de Huesca, en la Sublevación de Jaca de 1930. Cuando estalló la Guerra (In)civil, hizo creer a todos que había marchado a luchar con el ejército republicano mientras se ocultaba en la sierra y se dedicaba a guiar a fugitivos hasta las zonas que no habían conquistado los sublevados. Pero siempre regresaba, a escondidas, a Riglos, a su casa, burlando las patrullas falangistas y, en ocasiones, hasta enfrentándose a ellas con un arrojo que sus conocidos tildaban de locura.

Al alargarse la guerra se enroló en la Columna Roja y Negra y, finalizada la contienda, regresó a su pueblo. Fiel a sí mismo, siguió ayudando a quienes se adentraban en la sierra para, montaña a través, llegar a Francia. Pero fue detenido en 1944 y encerrado en la prisión de la vecina localidad de Ayerbe donde, conocedor de que iba a ser fusilado, protagonizó una increíble fuga rompiendo el enrejado de la ventana de su celda y ganando, de un salto, la calle. Marchó a la Sierra de Guara, su conocido y seguro refugio, y, aun manteniendo su independencia y soledad, colaboró con los Grupos de Acción Anarquista. Finalmente decidió pasar a Francia sufriendo, durante la durísima marcha, una caída por un barranco y fracturándose una pierna. Del respeto que se tenía, dentro del maquis, por el Manco de Riglos es suficiente prueba que, imposibilitado para seguir el viaje por su propio pie, fuera transportado hasta el vecino país en una camilla por seis guerrilleros que representaban a cada uno de los grupos con quienes había cooperado Ambrosio Pargada desde 1936.

En Francia, el Manco de Riglos fue atendido de sus heridas en la Colonia de Aymare [*], colectividad fundada por anarquistas españoles cerca de Le Vigan; allí residió hasta mediados de los años sesenta.

Ambrosio Pargada, el Manco de Riglos, falleció en el hospital psiquiátrico de Leynes (Francia) en junio de 1974.


Seis horas de marcha ininterrumpida, con el Sol otoñal refulgiendo en los claros, los rostros aguados y los pies, cada vez más grávidos, arrastrando todas las piedras de la pendiente. Deteníase el grupo de excursionistas en el carrascal, cerca del destartalado puente próximo a la carretera. En el obsoleto poste de luz, ligeramente inclinado, un viejo ejemplar oscuro de águila ratonera manteníase erguido, indolente, aparentemente ajeno a los intrusos que, sentados a la sombra de una encina, lo contemplaban mientras engullían, con indisimulada avidez, los bocadillos.






APÉNDICE

[*] La Colonia Aymare de Ancianos y Mutilados de la Revolución Española fue una propiedad formada por 120 hectáreas de terreno y un castillo en ruinas situada cerca de la población de Le Vigan (Francia), comprada en 1939 por la Sociedad Internacional Antifascista y el Movimiento Libertario Español para atender a refugiados españoles ancianos, mutilados de guerra y enfermos de todas las edades.

Con la ocupación alemana y el establecimiento del Gobierno de Vichy, en cuya área de influencia se encontraba Aymare, funcionó, también, como refugio para perseguidos de cualquier nacionalidad y, en 1948, pasó a ser una Colectividad Agrícola Anarquista basada en el autoabastecimiento y la autosuficiencia.

En 1967, tras veintiocho años de existencia, la Colectividad de Anarquistas Españoles de Aymare fue, finalmente, desmantelada y vendida. Sus actuales propietarios rehicieron el antiguo castillo que daba nombre a la propiedad y lo convirtieron en un resort de lujo.

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“Torreón del Amparo (Huesca)”: Archivo personal


Con la ciudad todavía aletargada y la prisa escondida, bajo los libros, en la mochila de piel oscura, emprende el caminante la lenta circunvalación de lo que antaño fuera la firme muralla. La de las noventa y nueve torres, o tal vez cien… La inexpugnable. La de los 1.938 metros perimetrales. La que durante siglos categorizó como invicta la ciudad protegida.


Desfallece la historia en los viejos sillares a tizón mandados construir por el valí de Wasqa, Amrus Ibn Umar, en el siglo IX y que, aun hoy, sustentan las paredes remozadas de las casas y las toneladas de tierra de los antiguos huertos. Y desafiando la indiferencia, el paso del tiempo y las fechorías urbanísticas, el superviviente torreón románico del Amparo, tozudamente erguido frente al río sobre su planta cuadrada, con las ménsulas de las desaparecidas almenas transformadas en reposadero de palomas cagonas.
Unos metros más al este, resistiendo como el solitario torreón, el arco adintelado en ladrillo —flanqueado por un cubo arquitectónico moderna y dolorosamente repintado— del último de los cuatro portones principales de entrada a la ciudad, la puerta de Montearagón [FOTO], sencilla y cariñosamente conocida como la Porteta, único vestigio de las cuatro aberturas señoriales las otras eran la Sicarta, la Alquibla y la Ramián que miraban a los cuatro puntos cardinales y permitían o cerraban, junto a otras tres puertas secundarias, el acceso a la ciudad que fuera disputada joya de los tuyibíes y muladíes descendientes de los Banu Salama, los Banu Sabrit y los Banu Amrus.


Acude a la memoria sosegada del caminante aquel rebelde épico, Bahlul Ibn Marzuq, que se alzó contra el gobierno central de Al-Ándalus, instigó la revuelta popular en Saraqusta y Wasqa y se autoproclamó cabecilla de un efímero reino independiente que llegó a ser reconocido por el mismísimo Carlomagno.

Piedras. Historia. Sombras que danzan entre las hierbas que se abren paso por las grietas del tiempo.

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“Castillo abadía de Loarre”: Archivo personal


Una lanzada entre los ojos, a través de la abertura del yelmo, terminó con la vida y el reinado de Ramiro I, primer monarca de Aragón. El deceso está datado en la villa de Graus, el 8 de mayo de 1063 ó 1064, en plena batalla entre las tropas aragonesas y las del rey Al-Muqtadir de Saraqusta, que combatía contra el de Aragón con la ayuda del rey Fernando I, conde de Castilla y rey de León —hermano de Ramiro—, cuyo hijo, Sancho, se hallaba al frente del ejército castellanoleonés.

A Ramiro I de Aragón, la historiografía lo ha señalado como hijo ilegítimo de Sancho el Mayor de Navarra, condición que resaltan la mayoría de sus biógrafos. con la excepción, entre otros, de Antonio Durán Gudiol, que achaca a la animosidad castellana de la época y a las tensas relaciones fraternas de los hijos del rey navarro —que llegaron a enfrentarse en el campo de batalla en diversas ocasiones— la atribución de bastardía. Así, Durán Gudiol determina que Ramiro, nacido en 1020, fue el menor de los hijos varones del rey navarro Sancho el Mayor y su legítima esposa Munia de Castilla, mientras quienes defienden la ilegitimidad del aragonés dan como probable fecha de nacimiento el año 1006 y como madre a Sancha de Aibar, noble dama y amante del rey pamplonés antes de su matrimonio con Munia.

Francisco Bautista, estudioso de las Crónicas Najerense [*] y Silense, asevera que, amén de los pertinentes ajustes de cuentas castellano-leoneses con los reyes de Aragón, la supuesta ilegitimidad de Ramiro I suponía una circunstancia muy conveniente a las aspiraciones de Alfonso VII de León y Castilla que, como descendiente de Sancho el Mayor, pretendía hacerse con las tierras aragonesas que antaño habían formado parte de los feudos navarros, sobre todo, teniendo en cuenta que el rey aragonés —que también lo era de Pamplona— Alfonso el Batallador, nieto de Ramiro I, había muerto sin descendencia y había legado, en su testamento, sus feudos “a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa […], dono a Santa María de Nájera y a San Millán […], dono también a San Jaime de Galicia […], dono también a San Juan de la Peña […] y también para después de mi muerte dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén […] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna…

Obviamente, los nobles aragoneses se apresuraron a incumplir tan estrambótico testamento y sería un hermano del Batallador quien ceñiría la corona, evitando cualquier posible reclamación castellano-leonesa. Habrían de transcurrir unos siglos hasta que una dinastía castellana, la de los Trastámara, sentara sus reales posaderas en el trono por el que tantos suspiraron.






NOTA

[*] La Crónica Najerense cuenta que a Ramiro, supuesto bastardo del rey Sancho, se le otorgaron las tierras aragonesas por su gallardía en la defensa de la virtud de la reina doña Munia, esposa de su padre, a quien sus propios hijos acusaron de adulterio:

“[…]Que hijo mas verdadero reparó la honra mía
Doyle el Reyno de Aragón para después de mi vida.
Luego el Rey hizo lo mismo porque muy bien le quería.
Assí fue Rey don Ramiro, por su bondad y valía
De los Reynos de Aragón, donde mucho lo querían[…]”

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“Bajo el embozo”: Archivo personal


De parte y por mandamiento de los Illustres señores Justicia, Prior y Jurados de la ciudad de Huesca se intima, notifica y manda a qualesquiera personas, de qualquiere calidad y condición que sean, que hubieren entrado y estén en la presente ciudad de otros lugares en donde vivían y tenían su habitación, por razón de la fuga que hicieron por el contagio, se salgan de la presente ciudad dentro de quatro horas contaderas de la publicación del presente pregón. En otra manera, lo contrario haciendo, incurra e incurran por cada una perssona en pena de quinientos sueldos jaquesses (…) hasta pena de muerte inclusive.

Y assi mesmo se intima que ciudadano, vecino, habitador, ni persona alguna de qualquiere calidad que sea no puedan salir de la presente ciudad y sus términos, so las mismas penas aplicaderas como las de arriba…

Pregón de Aislamiento. Archivo del Ayuntamiento de Huesca. Libro de Actas de los años 1651-1652—.

Fantasea el trabajador itinerante, que este octubre de 2020 aguarda en su vehículo la aquiescencia de la Policía Local para internarse en la ciudad confinada, con aquellos tiempos viejos de perímetro amurallado y portones reforzados con alamudes, mientras la peste de mitad del siglo XVII, que asoló Europa y provocó la muerte de la cuarta parte de la población oscense, amortajaba el desvalimiento de aquellos cuerpos hacinados en la desesperanza, con los ojos suplicantes mirando a un cielo vacío de dioses clementes y vírgenes protectoras. Una caña de ocho palmos de largo, portada por los viandantes que procedían de las casas sospechosas de pestilencia, marcaba la distancia social conveniente para evitar el contagio en aquellas callejuelas estrechas y empinadas que tan sólo por menester, y siempre esquivando a los convecinos, se recorrían con igual celeridad que miedo, sin estar seguros de si, al regreso, los desconocidos miasmas invisibles ingresarían en el hogar a la vez que el retornado.

Cuatro siglos después, alborea la ciudad confinada invadida de avenidas, rotondas, hormigón, contenedores de reciclado, árboles y alborotadores estorninos, con solitarios transeúntes tempraneros luciendo cambujes de nariz a barbilla y algunas muescas de hastío en la mirada.

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“El guardían de los libros”: Archivo personal


«Subíamos a garras templadas [1] por esa costanilla que hay frente al convento de las Miguelas», contaba don Luis Urriens, que en algún momento lejano fue Luisete y Luis hasta anteponer ese don que hacía juego con su estampa, trajeada siempre. «En cuanto veíamos el torreón del Instituto, dependiendo de qué asignatura había a primera hora, se nos ponía el estómago del revés si es que nos tocaba clase con don Basilio, el de los Latines… A mí me subían unos ardores desde las pantorrillas imaginando que, esta vez sí… esta vez el señor Fábregas, el bibliotecario, me había descubierto y me esperaba en el portón de entrada, junto al señor Eutiquio, el bedel, para reclamarme el libro que había escamoteado en sus mismas narices y cuya devolución de tapadillo se ponía más difícil conforme pasaban los días».


En las que fueron insignes dependencias de la aclamada Universidad Sertoriana de Huesca, edificada donde antaño levantose el palacio de los Reyes de Aragón y aun antes la Zuda islámica, se creó, en 1845, el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, heredero de la añeja solemnidad universitaria y del bagaje histórico-artístico que se asentaba intramuros, con su bellísimo patio octogonal parcialmente techado, el Salón del Trono y el único torreón que resistió las embestidas del tiempo, donde se hallaban la cripta, con la Sala en la que la leyenda dice que Ramiro el Monje ordenó construir la campana cuyos repiques se escucharon por todo el Reino, y la Sala de doña Petronila, gabinete principesco y antigua capilla, que devino en extraordinaria biblioteca que albergaba, en aquel año de gracia de 1936 del estudiante de bachillerato Luisete —que no Luis ni don Luis—, cerca de treinta mil volúmenes prensados en recias baldas de descomunales estanterías dispuestas longitudinalmente en ese aposento medieval de semicolumnas románicas adosadas a los muros y ornamentadas con capiteles historiados —la mayoría de temática religiosa— puntillosamente esculpidos, en los que, por aquel entonces, todavía era posible apreciar su delicada policromía.


«Yo no había robado un libro en mi vida. Vamos, ni un libro ni ninguna otra cosa. Si acaso, algún puñao de castañas o un cacillo de melocotón con vino de la fresquera de casa, que robar, robar tampoco es. La cuestión es que a don Basilio, el de los Latines, le dio por apretarnos las clases con párrafos y más párrafos, para traducir del Latín, de La guerra de las Galias… La inquina que le cogimos a Julio César y a su De bello Gallico, y la de reprimendas y suspensos que nos llegaban a cuenta del militar romano… Tú imagínate, entonces, cómo se nos abrió el cielo cuando, de casualidad, ayudando al señor Fábregas, el bibliotecario, a organizar una sección de mamotretos del año catapum, descubrí un libro bastante maltrecho de don José Gil de Goya y Muniain, con la traducción al español de los escritos de Julio César. Aquel libro se me quedó como cosido a la mano, y cuando el señor Fábregas me mandó con unos libros para entregárselos a don Emilio, el catedrático de Ciencias Naturales, aproveché para sacarlo mezclado entre ellos. Bajé por aquellas escaleras estrechas que ni me tocaban los pies en el suelo».

«Madre de mi vida, la de tumbos que dio Goya y Muniain de mano en mano y de casa en casa… Y cuántos “menuda colección de belulos de boina [2] tengo por alumnos” nos ahorramos de boca de don Basilio, que si sospechaba algo, nada dijo. La dificultad vino después, casi terminado el curso y sin ninguna oportunidad de devolver el libro al lugar de donde lo había sacado. No me hubiera costado nada depositarlo disimuladamente en la mesa de estudio para que el bibliotecario lo colocase en su ubicación… O dejarlo entre otros volúmenes confiando en que a nadie le llamara la atención, pero me frenaba la posibilidad de que el bibliotecario descubriera la treta, la comentara con don Basilio y este, con lo taimado que era, cayera en la cuenta de lo que significaba ese libro, precisamente ese libro, en el lugar equivocado… Así que pasaron los días, terminó el curso y el ejemplar siguió en mi poder, quitándome incluso el sueño».

«No se me ocurría cómo resolver la situación hasta que allá a mediados de julio, haciendo unos recados para mi madre, me encontré en la plaza del Mercado con don Jesús, el farmacéutico, que había sido profesor de Dibujo en el Instituto. “¿Cómo lleva las vacaciones, Urriens?”, preguntó. Y añadió: “Me ha dicho su padre que este curso ha superado usted el Latín…”. Y entonces supe que en aquel hombre, más comprensivo que la media y del que tenía muy buenos recuerdos, estaba la solución a aquello que llevaba dos meses carcomiéndome. Y se lo conté todo, tragándome las lágrimas que se me venían a los ojos… Se lo conté de un tirón, con toda la vergüenza y el remordimiento acumulados. Me escuchó sin dejar de mirarme, sin interrumpirme, sin preguntarme nada… Aún parece que lo veo… Me puso una mano en el hombro y me dijo, lo recuerdo bien: “Pásese por la farmacia esta tarde, Urriens. Y traiga con usted ese dichoso libro, que ya lo reintegraré a su sitio en cuanto tenga ocasión. Reflexione este verano sobre sus propósitos, Urriens, y hablaremos usted y yo de ellos más adelante”. Por la tarde, allí estaba yo, en la rebotica, rojo de vergüenza y tendiéndole el volumen… Él no habló. Le di las gracias, me hizo un gesto de asentimiento y salí. Nunca he olvidado ese catorce de julio de mil novecientos treinta y seis. Nunca he olvidado a don Jesús…». Y, al concluir el relato, le naufragaban los ojos entre lágrimas mientras se llevaba a los labios el vaso de café con leche aquel doce de agosto de 2003, sentados él y yo en la terraza del bar Rugaca.




ADENDA

  • El 18 de julio de 1936 triunfó en Huesca el golpe militar que derivaría en los cruentos años de guerra. Jesús Gascón de Gotor Giménez, nacido en Zaragoza, el 14 de septiembre de 1897, licenciado en Farmacia, profesor auxiliar de Dibujo, vicesecretario del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca y militante de Izquierda Republicana fue detenido por los fascistas el 23 de julio de 1936 y asesinado bárbaramente en la tapia oeste del cementerio municipal, junto con cerca de un centenar de oscenses, el 23 de agosto de 1936.
  • El Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Huesca, donde cursaron estudios Joaquín Costa, Santiago Ramón y Cajal, Ramón Acín Aquilué y otros ilustres personajes, se transformó en cárcel durante la guerra y perdió su condición de centro de enseñanza para convertirse, en 1967, en sede del Museo Provincial; las antiguas estancias del palacio Real (Salón del Trono, Sala de la Campana y Sala de doña Petronila) forman parte del mismo.
  • Los cuantiosos fondos bibliográficos ubicados durante años en la Sala de doña Petronila fueron depositados, tras la (in)civil guerra, en el Colegio Mayor de Santiago y, posteriormente, pasaron a la Biblioteca Pública de Huesca y al Archivo Histórico.
  • En 1951 se inauguró, en el Ensanche de la ciudad, un nuevo y moderno edificio para albergar al alumnado de bachillerato. Al novísimo instituto, heredero del anterior, se le dio el nombre de Instituto de Enseñanza Media Ramón y Cajal.
  • Luisete/Luis/don Luis Urriens es un personaje ficticio sin cuyo concurso esta historia no hubiera sido posible. El resto de personas que se nombran, las localizaciones, descripciones y datos anexos se corresponden con la realidad.






NOTAS

[1] Expresión aragonesa que significa deprisa.

[2] Expresión que se traduce como tontos de remate.

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