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Posts Tagged ‘represión’

“In memoriam”: Archivo personal


…y allí, en la Sierra de Urbasa —donde los familiares quebrantahuesos derrotan al aire— recrea el cerebro, a menos de tres palmos del corazón acongojado, la angustiosa subida de los prisioneros, el aterrador sonido de las armas y el espantoso alarido de los moribundos arrojados al corazón de la sima…

…allí, al sur, en el mirador que dicen balcón de Pilatos, donde un oleaje de fresnos, hayas, olmos, mecen sus copas y graznan los cuervos mientras remontan los alimoches los más de novecientos metros de cortada en anfiteatro…

…y ella, con los pies tanteando el reborde pétreo del abismo y los ojos encharcados y salinos, fingiendo otear el mágico nacedero del río Urederra

…ella, cerrando, al fin, los ojos para abrirlos de nuevo y sentir sus lágrimas deslizarse, alígeras, hasta el mentón para impulsarse y fenecer entre las manos apretadas contra las rodillas.


En la Nada Infinita recita Pablo Neruda su Canto XII.

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“Waiting”: Archivo personal


(…)

Loco —Nuestro anarquista, en pleno rapto… (ya veremos luego cómo encontrar entre todos un motivo más verosímil para ese gesto insensato)… se levanta de un salto, toma carrerilla… Un momento… ¿Quién le sirvió de estribo?

Comisario —¿De estribo?

Loco —Sí, ¿quién de ustedes se colocó junto a la ventana, con las manos cruzadas a la altura del vientre, así, para que él apoyara el pie, y ¡zas!, tomara impulso para volar por encima del parapeto?

Comisario —Pero, ¿qué está diciendo, señor juez, no pensará que nosotros…?

Loco —No, por favor, no se altere, simplemente preguntaba… Es que, al ser un salto  tan grande con tan poca carrerilla, sin ayuda de nadie… pues no quisiera que alguien dudara…

Comisario —No hay nada que dudar, señor juez, se lo aseguro. ¡Lo hizo todo solo!

Loco —¿No había ni una de esas tarimas de competición?

Comisario —No

Loco —¿El saltarín llevaba zapatos con tacón elástico?

Comisario —No, nada de tacones.

Loco —Bien, así que tenemos, por un lado, un hombre de 1.60 escasos, solo, sin ayuda, ni escalera… Por otro, media docena de policías que, pese a encontrarse a pocos metros, uno incluso junto a la ventana, no llegan a tiempo de intervenir…

Comisario —Es que fue tan repentino…

Agente —No se figura lo ágil que era ese demonio, por poco no consigo sujetarle el pie.

Loco —Oh, ya ven, mi técnica de provocación funciona… ¿Le sujetó del pie?

Agente —Sí, pero me quedé con el zapato en la mano, y él se cayó.

Loco —No importa. Lo importante es que se quedara el zapato. El zapato es la prueba irrefutable de su voluntad de salvarle.

(…)

Dario Fo: MUERTE ACCIDENTAL DE UN ANARQUISTA.


Entre el bosque de pináculos y agujas neogóticas que conforman el tejado marmóreo del Duomo milanés, las voces de sorpresa y admiración ascendían hasta rozar el nubarrón adiposo que pendía sobre la Madonnina, cuyas hechuras de cobre recubiertas de oro lanzaban destellos con cada suave salpicadura de lluvia que, pausada y silenciosamente, descendía de la agrisada bóveda celeste.

Desde el húmedo otero abarcaban los ojos el mapa pétreo de la ciudad, con el inconfundible trazado de la Galleria Vittorio Enmanuelle que guarda, bajo su acristalada cúpula, el mosaico del toro sobre cuyos desdibujados testículos hacen girar los talones quienes, buscando o no la suerte que la leyenda atribuye a dicha acción, atraviesan la ruta de establecimientos carísimos que comunica la plaza de la catedral con la del Scala.

De regreso de Santa Maria Delle Grazie, con la decepción cincelada en los rostros ante la imposibilidad de ver el soberbio Cenacolo del maestro Leonardo, la llovizna se cargó de reproches.


Si ya os dije que cerraban a las siete…

Vamos mañana, a primera hora.

…y todo por el Pinelli ese… Tiene narices. La lápida de un anarquista que se puede ver a cualquier hora contra una obra de arte… Quien os entienda que os compre.

Que iremos mañana, pesada.


A poca distancia del Duomo, en la Piazza Fontana, una placa colocada en 1979 sobre la pared de la Banca Nazionale dell’Agricoltura, recuerda a las diecisiete víctimas mortales del atentado neofascista perpetrado el 12 de diciembre de 1969 y que, durante años, se atribuyó a grupos anarquistas. Otra placa, situada en los jardines del Palazzo del Capitano di Giustizia, recuerda a Giuseppe Pinelli, el anarquista italiano acusado falsamente como autor del atentado y que falleció al ser arrojado desde la cuarta planta de la prefectura policial donde estaba siendo torturado e interrogado por los hombres del comisario Luigi Calabresi. Pese a las pruebas forenses que indicaban lo contrario, la justicia determinó que no había motivos para inculpar a los policías encargados de la custodia de Pinelli.

En 2007 el Vaticano inició un expediente de beatificación del condecorado comisario Luigi Calabresi, asesinado en 1972 por un grupo de extrema izquierda.


Septiembre, 2016

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“Ruinas sobre lienzo rojo”: Archivo personal


…y allí, en la estantería del centro, se expondrán las novelas de supervivencia de Eduardo”, dice Elvira, la bibliotecaria de turno de esta quincena, señalando los anaqueles de pladur recién pintados en ocre para la exposición que, bajo el lema Novelas de quiosco, está preparando la Asociación de Mujeres en la Sala Pepito de Blanquiador.

Novelas de supervivencia. Así las llamó el señor Anselmo cuando, unos meses antes de fallecer, decidió donar su autodenominada Biblioteca Anarquista a la Asociación de Cultura Popular. Una vez en la sede, al sacar los libros que el buen hombre, gentilmente, había empaquetado en diversas cajas, se descubrieron, además de los volúmenes prometidos, ochenta y cinco novelitas de las conocidas vulgarmente como policíacas y del Oeste, cuyos autores respondían a nombres como Anthony Lancaster, Edward Goodman, Eddy Thorny, Charles G. Brown… Al tratar de devolvérselas, en la creencia de que se trataba de un error, el señor Anselmo dijo muy serio: “No, no. También forman parte de mi fondo anarquista. Son las novelas de supervivencia de Eduardo de Guzmán”.


Eduardo de Guzmán (1908-1991), periodista libertario detenido en Alicante al final de la Guerra (In)civil, huésped del horror en los campos de concentración de Los Almendros y Albatera, en los centros de interrogatorio de Madrid y en las prisiones de Yeserías y Santa Rita, fue condenado a muerte e indultado un tiempo después. Inhabilitado a perpetuidad para el ejercicio de su profesión —que no retomaría hasta la Transición—, se ganó la vida durante la mayor parte de los años del franquismo como escritor de novelas de quiosco y traductor. Fallecido en 1991, su trilogía sobre la guerra, los campos de concentración y las cárceles es el impactante testimonio, junto al resto de su obra, de quien, en palabras de su editor, “nos dejó el ejemplo de una vida íntegra, dedicada a hacer mejor nuestra sociedad”.


No opinaba igual el catedrático de Ciencias Políticas Antonio Elorza, que, algunos años después de la muerte de Eduardo de Guzmán, publicó un artículo en el diario El País sobre la supuesta —según él— connivencia entre el periodismo de izquierdas de los años treinta y la derecha carpetovetónica para atizar [sic] a los gobiernos de la República. Así, tras prácticamente acusar a Ramón J. Sénder de ir contra el gobierno de Azaña por hacer una serie de reportajes sobre la matanza de anarquistas en Casas Viejas, dirigió sus acusaciones hacia el periódico en el que Eduardo de Guzmán ejerció de redactor-jefe: “Otro tanto sucedía con el diario izquierdista La Tierra, en cuyas páginas colaboraban anarcosindicalistas y comunistas cargando un día tras otro contra el régimen, debidamente subvencionados por la derecha monárquica para tan santa labor.”

Antonio Elorza fue contundentemente respondido por Carmen Bueno (1918-2010), viuda de Eduardo de Guzmán, en carta enviada al periódico que había publicado el artículo, donde desmontó con datos incuestionables las aseveraciones del catedrático, que para ella entraban “en el terreno de la calumnia” contra su marido y las personas que “trabajaron en La Tierra y cuyos familiares sobreviven hoy.”




ANEXO

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“Aflicción II”: Archivo personal


El 17 de agosto de 1963 se daba cumplimiento a la sentencia que condenaba a ser ajusticiados, mediante garrote vil, a Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez, acusados de la colocación de dos artefactos, en diferentes ubicaciones del Ministerio de la Gobernación, que habían explotado el 29 de julio de 1963 con resultado de cuantiosos destrozos y una treintena de heridos de diversa consideración.

En la sentencia se alegaba que “había quedado probada” la pertenencia de los acusados a las Juventudes Libertarias y se relataban las idas y venidas de ambos hombres hasta el momento del atentado, “de cuya autoría no existía la menor duda, tanto por las pesquisas llevadas a cabo como por la actitud y la militancia de los reos” (sic). Que los dos libertarios apresados el 31 de julio, juzgados y condenados en procedimiento sumarísimo, fueran ajenos al delito por el que se les iba a ajusticiar, carecía de importancia para quienes habían hecho de la represión y la muerte bandera de su proceder.

Transcurridos diecisiete días desde la detención, el deceso por traumatismo bulbar —como así constaba en el certificado forense— ponía un aparente punto final a un suceso que tuvo escaso eco en la sociedad española de la época.

Treinta y tres años después de la ejecución de Francisco Granados y Joaquín Delgado, dos hombres entrados en años —ciudadanos franceses de origen español— se autoinculpaban públicamente de la colocación de los explosivos, presentando las mismas pruebas que, en su día, poseyó el Tribunal que juzgó y condenó a Granados y Delgado; pruebas que entonces ya exculpaban a los condenados del delito de atentado y que los jueces togados de la justicia franquista prefirieron obviar al objeto —es de suponer— de que la muerte de los dos anarquistas sirviera de escarmiento y macabra advertencia a cuantos pretendieran quebrar los vitoreados Años de Paz de los que alardeaba el régimen.

En la década de los años noventa, promulgada una ley que otorgaba una indemnización a las personas represaliadas por el franquismo o, en su defecto, a sus familias, Pilar Vaquerizo, viuda de Francisco Granados, presentó una solicitud para acogerse a dicha ley. La pensión le fue denegada.
La Ley 46/1997 de 15 de octubre especifica, con mucha asepsia, que tienen derecho a la indemnización correspondiente aquellas personas —o sus herederos— que hubieran sufrido privación de libertad en establecimientos penitenciarios durante tres o más años. De Granados y Delgado, su compañero de infortunio, sólo se podían acreditar diecisiete días de encarcelamiento. “No ha, por tanto, lugar a la percepción de ninguna cantidad” (sic).





POST SCRIPTUM

  • El 3 de febrero de 1998, las familias de Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez presentaron en el Registro General del Tribunal Supremo, recurso de revisión contra la sentencia dictada el 13 de agosto de 1963. La Sala de lo Militar denegó la autorización para interponer dicho recurso en Auto de 3 de marzo de 1999. Solicitado el amparo del Tribunal Constitucional, éste declaró nulo el Auto anterior obligando al Tribunal Supremo, en sentencia de 13 de julio de 2004, a continuar con las diligencias para revisar las condenas a muerte

  • Pese a la anulación de facto dictada por el Constitucional, el 18 de diciembre de 2006, tres de los cinco magistrados de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, denegaron, por segunda vez, autorización para interponer recurso extraordinario de revisión de las condenas a muerte, alegando que las confesiones realizadas años después por los autores reconocidos de los atentados, así como las declaraciones de los testigos presentadas por las familias para dar curso a la revisión, “carecían de credibilidad y resultaban incongruentes” (sic).




ANEXO


NOTA

La primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 31 de octubre de 2011.

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“Donde reina el olvido”: Archivo personal


Siguiendo un desvío en la N-240 que une Huesca con la sin par Navarra, ocultas a los ojos de quienes bordean el río Gállego y se rinden ante la espectacularidad rojiza de los mallos de Riglos [FOTO], otras moles hermanas [FOTO] se yerguen, con impresionante, caprichosa y parda galanura, sobre el empinado trazado de la localidad de Agüero, antigua capital del medieval y singular Reino de los Mallos que recibiera como dote la reina Berta de su “muy amado esposo“, el rey de Aragón y Pamplona, Pedro I.

Y en ese lugar, siglos después de perderse el rastro de la reina que gobernó un reino dentro de otro, nacería, el 9 de febrero de 1912, Ángel Fuertes Vidosa, uno de los ocho hijos de los tenderos del pueblo. Moriría treinta y seis años después, el 26 de mayo de 1948, lejos de su  localidad natal y de las siluetas legendarias de los farallones agüeranos, en la Masía dels Guimerans, en  Portell de Morella (Castellón), en desigual lucha contra la Guardia Civil.


Ángel Fuertes Vidosa, maestro con plaza en propiedad en Liesa (Huesca) cuando estalló la Guerra (In)civil, miembro de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza y militante del Partido Comunista, se exilió a Francia en 1939 y participó activamente como resistente contra la ocupación alemana, siendo condecorado con la Cruz de Guerra. Responsable del Estado Mayor de la Agrupación de Guerrilleros Españoles, creada para luchar contra el nazismo, tuvo a su mando las brigadas de Carcasonne y Toulouse. Regresó a Aragón clandestinamente en 1944, para reorganizar el Partido Comunista y formar guerrilleros capaces de enfrentarse contra las fuerzas represivas de la dictadura. Los familiares paisajes de las sierras cercanas a Agüero, donde arraiga y crece la humilde literesa, fueron el escenario  de los grupos de instrucción de los maquis a sus órdenes.

En 1946, reunido con otros compañeros en una cueva de Camarena de la Sierra (Teruel), participó en la fundación de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), formada por varias partidas que tuvieron en jaque a la Guardia Civil en diversos puntos de las geografías aragonesa, castellana, catalana y levantina hasta 1952. El nombramiento, en 1947, del coronel Manuel Pizarro Cenjor como gobernador civil de Teruel y jefe de la 5ª Región Militar, marcaría un punto de inflexión  en las actuaciones de la AGLA. La represión del coronel —más tarde general— Pizarro contra los “forajidos y sus cómplices” (sic) se tradujo en detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones sumarísimas que mermaron la capacidad de acción de la guerrilla.

La captura y ejecución de Vicente Galarza, jefe de la AGLA, obligó a Ángel Fuertes a asumir el mando de la agrupación hasta su propia muerte y la de tres de sus hombres en la masía donde se ocultaban. La delación del masovero que suministraba víveres a los guerrilleros, propició que la Guardia Civil montara un operativo en torno a la casa que no dejaba ninguna ruta de escape a los refugiados. Hora y media, dicen, que duró la refriega. Ángel Fuertes Vidosa, el maestro de Agüero, todavía tuvo la sangre fría de destruir algunos documentos comprometedores, además de todo el papel moneda que portaba, antes de morir. Solamente Manuel Torres, un joven guerrillero de veinte años, sobrevivió al ataque.


En el año 2003, el escritor Jorge Cortés Pellicer (Zaragoza, 1953) publicó La savia de la literesa, una excelente, intensa y bien documentada novela donde, además de narrarse los hechos más destacados de la biografía de Ángel Fuertes Vidosa —desde septiembre de 1944 hasta su muerte en la provincia de Castellón—, se realiza una extraordinaria y minuciosa aproximación a las vivencias, inquietudes y circunstancias de los hombres y mujeres que soñaron con transformar el curso de la historia de España y pagaron su osadía con la tortura, la cárcel, la muerte y el silencio.


NOTA

Un esbozo de este artículo se publicó por primera vez en esta bitácora el día 26 de mayo de 2012.

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Susie Holderfield: Dearly Departed

“Dearly Departed”:  Susie Holderfield


Reconstrucción de los hechos ocurridos en la primavera de 1949, en un pueblo de la Hoya de Huesca, a partir de los recuerdos de la señora Isabel P.N., que contaba, por aquel entonces, catorce años.


Aquella mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  —cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores—  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras, mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre los dos carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Solo el señor Agustín —padre de Isabel—, el serio mayoral de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  —según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de varios chatos—  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y las marcaron a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado mayoral, que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por el señor Agustín, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Sólo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó dos días más en ser retirado.

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“Donde el horror”: Archivo personal


“[…]Eduardo Cantos, el ex director de la cárcel, declaró haber estado presente aquel día en el interrogatorio de dos de los reclusos. De dos de los apaleados como Rueda. Y explicó que no se enteró de que les estuvieran pegando porque se encontraba de espaldas y hablando por teléfono. Eso dijo Eduardo Cantos con toda impavidez y sin que le temblara la grasienta papada. Qué apasionante llamada debía de estar realizando, qué espaldas tan impenetrables y graníticas, para que allí, en el morrillo de su corpachón, se estrellaran y perdieran los quejidos, los insultos, los alaridos, el redoble seco de los golpes. Así están todos, sordos y ciegos. Y a su paso van dejando un reguero de sangre […]”- Fragmento del artículo Década, escrito por Rosa Montero y publicado en el periódico El País el 16 de enero de 1988.


Un túnel de cuarenta metros descubierto en la cárcel de Carabanchel la mañana del día 13 de marzo de 1978 determinaría la muerte a golpes —“apalizamiento  generalizado, prolongado, intenso y técnico”, según harían constar los forenses que realizaron la autopsia— de Agustín Rueda Sierra —preso anarquista de 25 años y miembro de la C.O.P.E.L— en algún momento entre las diez y media de la noche del día 13 y las siete de la mañana del día 14. Otros siete presos [1] sufrirían en sus cuerpos la furia inquisidora desatada en aquella mañana carcelaria proemio de la muerte de Agustín Rueda a manos de sus carceleros; siete hombres lacerados que pondrían voz acusadora  al calvario del compañero muerto.

Alfredo Casal Ortega, uno de los compañeros torturados junto a Agustín, recordaba que, en las horas previas a la muerte del joven anarquista, “pedimos a gritos que viniera un médico, pero no obteníamos respuesta. Agustín tenía todo el cuerpo negro de los golpes recibidos. En un momento dado, que yo creo calcular que se correspondía con las dos de la tarde, me empezó a decir que no sentía los pies. Le empecé a realizar masajes para intentar reactivar la circulación sanguínea, pero era inútil, ya que cada vez la insensibilidad iba en aumento y poco a poco dejó de sentir las piernas. Sobre las tres y media, de rodillas para abajo no sentía nada. Fue el momento en que llegaron los dos médicos de la prisión, llamados Barigón y Casas, que entraron en la celda y a los que expliqué los síntomas que padecíamos. Sacaron unas agujas largas y empezaron a clavárselas a Agustín en los pies. No había reacción. Fueron clavándoselas cada vez más arriba y cuando llegaron un poco más arriba de las rodillas dio muestras de sentir los pinchazos. De rodillas hacia abajo no sentía absolutamente nada. Los sanguinarios médicos se incorporaron y uno de ellos le dio una patada en las costillas a Agustín, diciéndole: “Eso es de la humedad del túnel”. Y como vinieron se fueron, dejándonos en las condiciones en que estábamos. Media hora más tarde nos tiraron, a través de los barrotes de la celda, como el que tira cacahuetes a los primates, unas pastillas para el dolor, abandonándonos a nuestra suerte. Agustín fue consciente durante todo ese tiempo de su real situación. En las horas que pasaron me dijo en varias ocasiones que sabía que se estaba muriendo. Tenía mucha sed, por lo que constantemente procuraba darle de beber en su boca y le mojaba los labios constantemente. […]Sobre las 10 de la noche ya apenas podía articular palabra, sentía mucho frío, su mirada cada vez estaba más y más perdida. A eso de las diez y media de esa noche bajaron dos desconocidos acompañados de funcionarios carceleros, abrieron nuestra celda y pusieron a Agustín dentro de unas mantas y se lo llevaron a rastras, como si de un objeto se tratase. Nuestras protestas no sirvieron de nada. Sólo nos dio tiempo a apretarnos las manos. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Jamás olvidaré ese momento”.


Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;

escúchame Felipe; Santiago, entérate:

bajad de esos escaños forrados de papel,

que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Tendido está en el suelo y no contesta ya.

Bonita democracia de porra y de penal;

con leyes en la mano te pueden liquidar.

Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,

lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Agustín por buscarla, miradlo como está. [2]


Diez años después, en 1988, los desalmados inductores y autores [3], por acción u omisión, del asesinato del combativo Agustín fueron juzgados y condenados a cumplir entre dos y diez años de cárcel, pero como el Estado suele ser indulgente con sus fidelísimos servidores, ninguno de ellos pasó entre rejas más de un año.





NOTAS

  • [1] Jorge González, José Luis de la Vega, Juan Antonio Gómez Tovar, Miguel Ángel Melero, Felipe Romero Tejedor, Pedro García Peña y Alfredo Casal Ortega.
  • [2] Letra de una canción compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio.
  • [3] El director de la cárcel Eduardo Cantos, los doctores José María Barigón y José Luis Casas, el subdirector Antonio Rubio y los funcionarios José Luis Rufo, Nemesio López Tapia, José Luis EstebanAlfredo Luis Mallo, Alberto Ricardo Cucufate de Lara, Hermenegildo Pérez, Andrés Benítez y Julián Marcos.

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“La mirada”: Archivo personal


«Cuando habla en tono calmado no se le aprecia mucho el acento francés, ¿verdad?», le cuchichea Iliane a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras Agnès Hummel, apoyada en el atril que la tarima eleva levemente, transmite con su voz —«Vedla. Sentidla. Sabedla y comprendedla y así rozaréis desde el presente su dolor»— las penurias y el desespero de Araceli Zambrano en aquella Francia de ilusiones asesinadas y censuradas cartas que intercambia con el hombre —su amor, su vida, su anhelo— encarcelado por la Gestapo en La Santé. «No retornó la alegría», prosigue Agnès Hummel. «No renació la esperanza. Manuel Muñoz fue entregado por la Gestapo a los hombres de Franco desplazados a París, extraditado a España, sumarísimamente procesado y fusilado el 1 de diciembre de 1942… Rota, Araceli. Inapetente a la vida. Derrumbado su mundo. Pero con ella, su hermana, María Zambrano, que guardó su propia agonía en un arcón arrojado al Sena y dedicó buena parte de su existencia a amar, recomponer, aliviar y cuidar a la marchita e inconsolable Araceli».


[El silencio sustituye cualquier amago de aplauso. Agnès Hummel bebe agua tintada con unas gotitas de güisqui, baja de la tarima y se dirige hacia la docena y media de personas que han asistido a la charla. Entre las manos, el libro Cautivo de la Gestapo, de Fernando Sigler Silvera].



EPÍLOGO: 1947-1991

París. Nueva York. México. La Habana. Puerto Rico. Y, por fin, en 1953, Roma. Juntas siempre. Para siempre. Araceli, María… Y los gatos. Gatos. Muchos gatos. Gatos romanos que acuden a las caricias y a la manduca. Gatos en las alcobas, en el sofá. Gatos que marcan su territorio en las patas de las sillas y los marcos de las puertas. Gatos. Gatos… Y Zampuico, el gato negro de ojos amarillos que las acompañó desde la cadenciosa Cuba a esa Roma felina en la que, cierto día, se internó para no regresar; tal vez marchó a escudriñar de cerca las viejas ruinas de la Ciudad Eterna o se unió a los gatos semiciegos que celan paraísos soterrados.

Gatos. Gatos… Y, con ellos, un abanico de denuncias anónimas que las obligan a cambiar de domicilio para preservar el virreinato félido. Gatos. Gatos… Y más denuncias en las que se escudan las autoridades italianas para expulsar del país a aquella pareja de exiliadas españolas. Doce horas les dan, en 1964, para abandonar, seguidas por sus gatos, esa Roma de espléndidas arquitecturas apenas devoradas por los siglos.

Y, entonces, La Pièce, en el Jura galo. El último refugio fraternal de las expatriadas Zambrano que, como en Roma, sobreviven merced a la generosidad de sus amistades. Allí, en La Pièce, fallecerá Araceli, el 20 de febrero de 1972. María, que retornará a sus itinerancias y sus conferencias por el mundo y será, por fin, reconocida, festejada y galardonada en la democratizada España, seguirá a Araceli, su tan amada hermana pequeña, el 6 de febrero de 1991. Y dicen que, junto a su tumba andaluza, se detienen a maullar los gatos. Quizás, entre los de bruno pelaje, se asomen a las sombras noctívagas unos ojos amarillos.

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“Versión de ‘Las Pajaritas‘ de R. Acín”: Archivo personal


«…cuando yo tenía la edad que ahora tú tienes, junto con Samblancat y otros amigos sacamos en Barcelona, allá por el año 1913, una publicación intitulada ‘La Ira’. Ya puedes deducir por el simbolismo de esta palabra cual sería el contenido de nuestro anhelado periódico, del que nos servíamos para poner en la picota injusticias, abusos y cuantos males sociales llegaban a nuestros oídos; pero no es de esto de lo que hoy me reprocho. Me entristece, eso sí, el recuerdo de aquel lenguaje; un lenguaje insultante, impregnado de agresividad y casi en los lindes de lo grosero y soez algunas veces. Equivocadamente creíamos en nuestro «sublime» papel de agitadores cuando sólo éramos pobres seres agitados por un impulso incontrolado que restaba valor informativo al mensaje y descalificaba a quienes lo emitían. Te cuento esto por si de algo puede servirte el fruto de mis experiencias y reflexiones; porque aun admitiendo que pueda ser cierto lo de que ‘nadie escarmienta en cabeza ajena’, he pensado que tratándose de un joven inquieto como tú, deseoso de ver incrementado el nivel cívico y cultural de su pueblo y que al mismo tiempo participa con ilusión en el proyecto libertario, entenderá a la perfección que con nuestra expresión violenta e incongruente, lo que conseguíamos era asustar a la gente y suscitar su rechazo hacia los ideales de liberación y de solidaridad humana que decíamos defender. A mí me parece que es más rentable y a la vez susceptible de aportarnos íntima satisfacción, intentar atraernos a las gentes por la fuerza de nuestros razonamientos, y que expuestos con ademán seguro y resuelto pero exento de nerviosismos y estridencias y permaneciendo abiertos siempre al diálogo con todo el mundo, nos harán acreedores a la confianza y respeto de quienes no nos comprenden todavía y habremos ganado la batalla al egoísmo y a la indiferencia que predominan por doquier».- RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Palabras dirigidas, en 1931, a su joven correligionario FÉLIX CARRASQUER LAUNED (1905-1993).


Ante la tumba donde el maestro Acín, vejado y fusilado, duerme para la Historia junto a Conchita, su compañera martirizada y asesinada, y Sol y Katia, las hijas sobrevivientes obligadas a retener las lágrimas durante décadas desgarradoras, se detiene el caminante libertario acribillado por la lluvia que descarga su incruenta ira sobre lápidas, monolitos y ramos decaídos. Brava, oscurece la tormenta el recinto mortuorio y apremia a los deudos tardanos, que reculan, ágiles, hacia el lodazal del aparcamiento. Permanece el caminante, a modo de estela funérea latiente, ante la losa sepulcral hasta que la encargada del camposanto, cubierta con un chubasquero amarillo con franjas grises, vocea: “¡Oye, que tengo que cerrar!”, y lo devuelve al presente y a la lluvia; a sus ropas empapadas y al frío que le recorre la epidermis y lo estremece. “Ya voy. Perdona…”, musita; y camina hacia el exterior tras la mujer.

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“Brotes”: Archivo personal


Cuando Marcelle Haurat regresó a Huesca, en noviembre de 1988, habían transcurrido cincuenta y dos años desde su precipitada marcha de la ciudad donde, según sus palabras, “había pasado los días más felices de mi vida y los momentos más dolorosos”. De la capital altoaragonesa tomada por el fascismo fue rescatada Marcelle —retenida en su propio domicilio por los sublevados contra la Repúbica— por su padre, comandante francés en el puesto fronterizo del Somport, que amenazó a las autoridades con un conflicto internacional si persistían en denegar el permiso para que la joven viuda, de 25 años y nacionalidad francesa, regresara a su país. Allí, en esa Huesca que ella siempre recordaría por su cielo luminoso, se quedaron sus ilusiones. Y su Manuel. Ay, su Manuel… Tan cariñoso, tan guapo, tan culto, tan bondadoso… Su Manuel, aquel joven que, en 1931, había anunciado a la ciudadanía oscense —su querida ciudadanía—, desde el balcón de Ayuntamiento, la proclamación de la II República.

Con Manuel —su Manuel—, al que había conocido en la parte francesa del puerto del Somport, se había casado en 1934 —en Canfranc, por el juzgado, y en la zaragozana iglesia de Santa Engracia, por el rito católico—. “Eran una pareja joven, agradable y cosmopolita”, se decía en Huesca, donde Manuel, que, pese a su juventud, había sido alcalde republicano de la ciudad, era muy apreciado.

Al despacho de Manuel Sender Garcés —exalcalde de Huesca, abogado de 31 años, hermanico (como él decía) del escritor Ramón J. Sender— se acercaron, el 20 de julio de 1936, los guardias de Gobernación a pedirle que se marchara, que huyera, que las cosas se habían puesto muy tensas. “Márchese, don Manuel, por favor. Váyase a Francia. Nosotros diremos que no le hemos encontrado. Pero márchese”. Pero Manuel, administrador de los fondos de la ciudad, se negó a ello. “Vamos, vamos, señores… Yo no he cometido ningún crimen y me debo al Ayuntamiento y a los ciudadanos”.

La última vez que lo vi, ya detenido, fue el 11 de agosto”, recordaba Marcelle en la entrevista que le hizo Luisa Pueyo para el Diario del AltoAragón, en 1988. “El día 13, a la una de la madrugada, lo fusilaron”.


El 13 de agosto de 1936 un camión transportó a cuatro hombres, unidos dos a dos por cordones de alambre, hasta la tapia del cementerio de Huesca. Mariano Carderera Riba, alcalde de la ciudad; Manuel Sender Garcés, exalcalde y concejal; Mariano Santamaría Cabrero, primer teniente de alcalde, y Miguel Saura Serveto, obrero afiliado a la CNT, que había bajado a Huesca desde Benasque para saber el alcance que había tenido en la capital la sublevación fascista; fue elegido al azar, de entre los presos, para ser el fusilado número cuatro, dado que se tenía por costumbre atar a los presos por parejas y los ediles sentenciados solo eran tres.

A la una de la madrugada se produjeron las descargas contra los cuatro hombres. Marcharon los asesinos y quedaron los cadáveres en amasijo para que, con las primeras luces, los enterradores hicieran su trabajo. Pero Mariano Santamaria, gravemente herido, consiguió levantarse y caminar rumbo a la ciudad llamando, angustiosamente, a su esposa. Fue rápidamente interceptado, llevado de nuevo a la tapia de la necrópolis y rematado.

La memoria de los enterradores guardó el lugar donde fueron sepultados aquellos cuatro seres humanos; fue esa memoria la que hizo posible que, cuando en junio de 1974 Ramón J. Sender accedió a dar una conferencia en Huesca, con la condición de que, previamente, se depositara un ramo de flores en la fosa clandestina donde estaba su hermano Manuel, las autoridades franquistas, haciendo de tripas corazón, cumplieran, vencidas y humilladas por el hermano del asesinado, la exigencia.


«Los rifles lo miraban todos secos
—ocho bocas de hierro lo miraban—
y era el hijo de Dios, era mi hermano»
.
Ramón J. Sender (1901-1982).- MONTE ODINA




NOTAS

  • Marcelle Haurat regresó a Hendaye con sus padres; en 1939 contrajo segundas nupcias con un primo lejano, se instaló en Biarritz y tuvo una hija, Madeleine. Regresó varias veces a Huesca a partir de 1988. Mantuvo, hasta su muerte, el contacto con la familia Sender.
  • El 14 de abril de 2003, el Ayuntamiento de Huesca colocó una lápida de respeto en la fosa del cementerio oscense donde yacen los restos de Manuel Sender Garcés y sus tres compañeros de salvaje infortunio. El lugar es conocido como la Tumba de los Ediles.
  • El lugar de un hombre, que da título al presente escrito, se corresponde con el de una magistral novela de Ramón J. Sender cuya primera versión se publicó en México, en 1939. La versión definitiva lo fue en 1958.

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