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Subsistencia

«Ausencias»: Archivo personal


Oroel


Sueñan las cuerdas rotas del violín melodías en clave de luna y enfilan las corcheas, vestidas de atrapasueños, los renglones de la noche; se ovilla el insomnio en el rincón donde reside el aliento perturbador de la soledad y se embozan las desdichas entre los pliegues de las sábanas planchadas del altillo.

Tú, ignara vencedora, duermes entre acordes jamás tensados que el arco ejecuta en el aire manso que te ciñe y libera.


[…y yo arrullo los bordes llagados de tu corazón].


En feudo de Náyades

«En el azud»: Archivo personal


Planean sobre las aguas enturbiadas del azud tres azulones nativos; los dos machos persiguen, en batiente cortejo, a la hembra de plumaje moteado, que grazna en tonos graves y ásperos revolviéndose, altanera, contra los pretendientes volanderos que la compelen, con sus apremiantes ¡quek-ek-ek!, para el apareamiento. Ella los rechaza y amonesta; apresura su vuelo y desciende hasta desaparecer tras los carrizos que crecen a uno y otro lado del aliviadero. Los repudiados galanes revolotean confundidos unos minutos, desisten y amaran en el azud, inmutables ante los gritos amenazantes de Ludivina y Moisés, los cisnes negros soberanos del agua embalsada y sus orillas.

Se apacigua el azud y regresan, solapados, los sonidos habituales que el aire frío lleva y trae a los tímpanos del observador yacente. Vigilan los cisnes, silenciosos y quietos, la travesía náutica de sus adversarios y arrecia el cierzo bamboleando las hojas del libro que reposa sobre la esterilla desde la que el visitante, ladeado, deja vagar su mirada para después retomar la lectura y sumirse, entre las páginas de Lágrimas en los tejados, en las crudas vivencias del abuelo Antón, asediado por el Alzheimer, con las bombas de Bielsa atronando y devastando, a pedazos atemporales, el escondrijo de sus recuerdos.

En la floresta que ribetea las aguas ondulantes murmuran, agitadas, hojuelas y brácteas que, desprendidas, revolotean, caen al suelo y se deslizan bailoteando en anárquica coreografía. Marchan los azulones, se relajan los cisnes y recoge el lector la novela de Sandra Araguás y la esterilla para emprender el regreso allá donde el adobe y el hormigón se confabulan.

Despertares

«En las alturas»: Archivo personal


Unos minutos antes de las ocho de la mañana, con el desayuno en la mesa y las huellas del gaudeamus de la noche delineadas en los rostros, se filtran desde la calle las voces de los Auroros de Zizur, que entonan laudes a la virgen del Pilar enardeciendo a Cirilo, el canario de la señora Auxiliadora, que desde la galería contigua une sus gorjeos al concierto callejero despejando definitivamente al amodorrado cuarteto del tercero derecha. La gente de las viviendas que dan a la plaza, asomada a ventanas y voladizos, aplaude a los esforzados cantores que, tras un par de bises, saludan y se trasladan a otra parte de la urbanización, a recordar con sus tonadas mañaneras la festividad religiosa del calendario. Cirilo, espoleado ahora por los gorriones del arbolado, eleva todavía más la intensidad de sus trinos y ladra Yaiza, imcontenible, no se sabe si para mandar callar a la avecilla enjaulada del tercero izquierda o para unirse, con sus toscos gañidos, al improvisado coro alado que han dejado atrás los Auroros en su actuación itinerante.

Una hora después, sobre los campos y las colinas que se atisban entre las dos torres de viviendas de enfrente, un globo aerostático se desliza con lentitud señorial por un mar invertido, descampado, sosegado y seco.

«Haunted House. Huesca 2008»: BTOY


Según recoge el Atlas de las Lenguas del Mundo de la UNESCO, la lengua aragonesa se halla en inminente peligro de desaparición; no obstante, los trece concejales de la Triderecha oscense, con la connivencia del PSOE, la han dado ya por muerta y olvidada en las gavias de la historia de la capital altoaragonesa, haciendo valer sus votos mayoritarios para desterrar al vertedero correspondiente los carteles que, desde hace un año, proclamaban, en las entradas a la ciudad, el orgullo por esa desahuciada lengua todavía sobreviviente en la urbe, con más de mil hablantes bilingües, más de dos millares que la comprenden aunque no la usen habitualmente y una gran mayoría que se expresa en castellano entremezclando palabras del vocabulario de la fabla —Huesca está reconocida como localidad con influencia del aragonés somontanés—.

Afirman, con vergonzante ligereza, los ediles de la Triderecha de Huesca, que el castellano —español, dicen ellos— es la única lengua vehicular de la muy española población oscense, como si el uso de una lengua distinta a la castellana —en este caso la fabla aragonesa— fuera marchamo de sedición y estandarte triunfal del separatismo.

Miente la Triderecha y mienten y desbarran los amplificadores mediáticos que retransmiten sus falsedades y se mofan de “esa jerigonza del español mal hablado que utilizan los incultos y la aviesa izquierda nacionalista”. Les molesta y abochorna que, pese a los esfuerzos que han hecho por erradicarla, la lengua de nuestros mayores sea reivindicada por quienes nos resistimos a dejarla fenecer, por quienes la conservamos y utilizamos con pundonor y la transmitimos a nuestros descendientes en magno intento de contribuir a su perduración. Porque el aragonés —la lengua que algunas personas oscenses aprendimos aun antes de conocer el castellano— forma parte de nuestro Patrimonio Cultural.




NOTAS

En suelo duendo

«Calabaza»: Archivo personal


Se desprenden, ansiosos y grávidos, los últimos tomates, con la rosada tez labrada de cicatrices tenues y se agitan, impacientes, las judías rampantes; runrunean entre los dedos las postreras acelgas y lombardas soslayadas en la canasta donde yacen, turgentes y bruñidos, los calabacines.


(Ya marcha, con el canastón colmado, la hortelana).


Palpitan las vetas afligidas del huerto eventualmente vaciado; se estremecen los sedimentos del coluvión anhelosos de semillas, codiciosos de planteles y raíces…

Se enardece la tierra, esperanzada y lienta, entre ensueños de golpes de azada que la abren, fustigan, oxigenan y aparejan.

Indicios

«Entretiempos»: Archivo personal


A la umbría del viejo tapial que acorrala los huertos de abajo se acercó el Otoño, aun antes de que las últimas lluvias veraniegas liberaran al Sol de su oficio. Un cobertor de hojas azafranadas desciende, en tupida catarata, hasta la desigual trocha perlada de huellas humanas firmemente asentadas en el barro, que hoy acoge, mullidor, las del caminante despreocupado que transita con las pantorrillas desnudas moteadas de lodo y El niño asombrado, de Antonio Rabinad, bien resguardado en el holgado bolsillo pectoral del chubasquero.


[Hace una semana —o dos, o tres; o las que fueran— alguien depositó en el cajón de ejemplares usados de la Biblioteca tres libros ajados de un mismo autor, que nuevas manos asearon y recompusieron, forraron, registraron, tejuelaron y colocaron en el estante correspondiente. Quedó Rabinad —gorra marinera y pañuelo rojo al cuello— acomodado y expectante, con su maravillosa y sencilla locuacidad larvada entre las cubiertas, rozando a su amigo y prologuista Vázquez Montalbán. Tal vez, cuando la oscuridad se adueña de la Biblioteca, monta, como en vida, su puesto ambulante de libros de viejo y descienden, en tropel, de los anaqueles los literatos muertos para rebuscar, entre volúmenes de muchas manos, antiguas historias amorosamente tatuadas en papel.]


Cerca del hayedo, donde la discreta calidez solar apenas ha logrado volatilizar la humedad de la hierba, se aposenta el solitario transeúnte con Rabinad entre los dedos y los aromas herbáceos endulzando el oxígeno.
Y lee.
Y escucha.
Y comprende.
Y vibra.
Y se solivianta.
Y se atribula.
Y se enternece.
Y sigue leyendo.
Lee hasta que una nube dominical, transformada en imponente dama moñuda con un bien diseñado guardainfante, atrapa al Sol entre sus grises y se aquieta, amenazadora, convertida al instante en masa deforme que otras nubes alargan y rebasan.

Entonces, justamente entonces, retumba el primer trueno.


«Y pienso en el niño que era yo. Que ya no soy yo. Me vuelvo y le veo como dentro de una esfera luminosa, intraspasable; vaso de cristal límpido en el que cualquier hecho actual, el pormenor más insignificante, puede despertar un eco, un reflejo; yo lo estoy viendo, y él no puede verme a mí. ¿Desde dónde me miraría?

Y siento una gran lástima por él, por ese niño que no ha muerto, pero que ya no vive, y que descansa —¡al fin!— en su limbo natural, en ese paraíso intermedio de la nostalgia».- Antonio Rabinad.

Días de infancia II

Puericia

«Puericia»: Archivo personal

 

En la vieja cochera del Ayuntamiento —una nave de paredes de hormigón y tejado en forma de uralita que en el pueblo llaman la Estalabartería[1]— se acumulan, sellados por el polvo del tiempo, un sinfín de objetos y cachivaches de propiedad municipal; algunos ven la luz una vez al año, en cualquiera de los festejos que se celebran; otros, condenados al olvido, permanecen, avejentados e inútiles, a la espera de que alguna obra de teatro o el mercadillo de antigüedades los rescate de entre la mugre que los circunda; los de madera, infestados de xilófagos, terminan astillados alimentando, junto con hatillos de ramas secas, las hogueras vivificadoras y purificantes que se levantan en el Barrio, entre Año Nuevo y Carnaval, como tributo ancestral a los viejos ritos paganos.

Años atrás, la Estalabartería fue acomodo secreto de la chiquillería del Barrio, un grupillo de criaturas movidas, de entre seis y diez años, que pretendían emular a la chavalería que las precedía en edad y que poseían sus propios refugios en casetas de huerto, buhardillas y cualquier habitáculo con cuatro paredes y techo, que acondicionaban a su albedrío y donde se reunían para Sus Cosas. En aquellas Sus Cosas, las niñas y niños de menor edad no tenían cabida. “Que os piréis”, era el recibimiento que daban a la pandilla infantil capitaneada por María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio —entonces niñas que no superaban los ocho o nueve años— cuando pretendían que les dejaran formar parte de aquellos corrillos.

Nadie recuerda de quién fue la idea de tomar posesión de la Estalabartería aquel verano, forzando, sin llegar a romperla, la diminuta ventana que se abría a bastante más de metro y medio del suelo —las otras se hallaban a una altura considerable— y a la que accedieron empujando trabajosamente contra el hormigón un destartalado aladro[2] de peligrosas rejas oxidadas en el que se subían y desde el que se impulsaban hasta el estrecho alféizar alzando en el aire a los niños más pequeños y dejándolos caer al interior de la vieja cochera, sobre las cajas de madera que contenían las luces que iluminaban el Barrio en Navidad. El Club, que así lo llamaron, se mantuvo en aquel singular escondite hasta bien entrado el otoño, cuando un vecino descubrió a la grey infantil encaramándose a la ventana y dio aviso al alcalde. El rapapolvo de la autoridad fue de campeonato, aunque mucho menor del que recibieron por parte de sus familias, con alguna azotaina incluida.

Años después, olvidado el incidente de la Estalabartería, algunas de las niñas del Club, ya adolescentes, protagonizarían otra ocupación, menos inocente pero igualmente ingeniosa, que, de vez en cuando, se desempolva en la localidad para incidir, de forma malintencionada, en las antiguas fechorías consumadas por la alcaldesa y sus amigas.


NOTAS

[1] En arag., un estalabarte es un armatoste, un cachivache; una estalabartería sería, figuradamente, el lugar donde se almacenan estalabartes.
[2] En arag., arado.

Clandestinos

«Symbŏlus»: Archivo personal


Pepe el Palista, Jesusito, Patetas Cortas, Carmelo el Royo, José, Bachimaña, Silvestre… De aquellos hombres silenciosos —que no silenciados—, orgullosos obreros con sempiternos efluvios de grasa y lubricante rondándoles los contornos y las manos sementadas de callosidades, solo Bachimaña, viejo y enclaustrado en sí mismo, respira, seguramente sin ser consciente de ello, el aire que las sierras controlan y refrescan mientras, encorvado sobre el andador, recorre con dificultad los apenas seis metros que separan la puerta de la residencia del banco de hierro donde pasa parte de la mañana. Es imposible atisbar, en ese cuerpo castigado por el tiempo y en los grises ojos apagados, al voluntarioso rebelde que logró zafarse, a finales de los sesenta, de la redada de La Secreta en la última reunión clandestina, previa a la huelga, que se iba a celebrar en una iglesia de la capital y que terminó saldándose con la detención de tan solo nueve de los veintitrés obreros convocados. “Fue por la moto de Silvestre”, se congratulaba años después. “Estaba aparcada en la acera que no era y sabíamos qué significaba. Por eso pudimos escapar la mayoría”.

La moto —una Guzzi Hispania de 1955—, al contrario que Bachimaña, resplandece, cuidadosamente restaurada, en el patio de la casa, como homenaje a Silvestre —que llegó a emocionarse cuando su nieta mayor le mostró, como regalo de cumpleaños, el renovado aspecto de la histórica motocicleta que él creía destartalada e irrecuperable por los años de abandono en un corral—. Fue la moto que sirvió de santo y seña para que Bachimaña y otros trabajadores que se dirigían a la ilegal asamblea se libraran de meses o años de presidio, merced a la generosa acción de Silvestre que, aun siendo consciente de la vigilancia policial y de su posible detención, se mantuvo fiel a los principios de la solidaridad obrera, aparcó la moto en el lugar que simbolizaba peligro y se dirigió a la cita sabiendo que, seguramente, eran sus últimos momentos de libertad.

Malquerencias

«Donde se desmorona el tiempo»: Archivo personal


Este verano uno de los entretenimientos de la gente mayor del Barrio ha sido dejarse caer por la espléndidamente reformada Casa Gregorio, cuya fachada, pintada de blanco y con el zócalo en verde lima, nada tiene que ver con la original, de agrietada piedra arenisca, donde vivió la siña Valentina hasta su muerte, en 1982, cuando le quedaban pocos días para cumplir ciento un años. El entierro de la siña Valentina fue de los más atípicos que se han conocido en la localidad; apenas asistieron personas ajenas a la familia de la difunta, en el último acto de un resarcimiento construído de vacíos y silencios que rodeó a la mujer desde el final de la guerra. Porque la siña Valentina, miliciana de la FAI que en la retaguardia de la contienda fue la encargada de suministros del hospital de campaña instalado en la iglesia del Barrio, se convirtió, con el estallido de la paz revanchista, en porfiada colaboradora del nuevo orden y en entusiasta señaladora de cuantos desafectos a la naciente dictadura conocía o imaginaba. Aquella precipitada conversión a la causa fascista de la antigua miliciana libertaria se tradujo en encarcelamientos, multas e incautaciones de bienes que afectaron a muchas familias del Barrio y alrededores; es cierto que no hubo fusilamientos —tampoco mientras las izquierdas gobernaron la localidad durante el conflicto bélico— pero el padecimiento por el (mal) trato recibido hizo germinar la aversión hacia quienes, por su cercanía, las gentes consideraron responsables de la sucesión de injusticias que las asfixiaba. Y Valentina, con su nada ejemplarizante proceder, terminó por convertirse en un fantasma que nadie parecía ver ni oír. Ese vacío prolongado en el tiempo no se extendió al resto de la familia de la siña Valentina —cuyo único hijo se casó con la hija de una de las pocas Casas que no habían sido perjudicadas por sus delaciones— concentrándose exclusivamente en ella, aunque con el devenir de los años las nuevas generaciones, que no habían sufrido las vicisitudes de sus mayores, despejaron el ambiente enrarecido devolviéndole los saludos corteses a la anciana, preguntándole educadamente por su salud y aceptando alguna de aquellas tartas de bizcocho con mermelada que ofrecía a los amigos de sus nietos. Sin embargo, ninguno de aquellos jóvenes —descendientes de las familias agraviadas— que mantenían excelentes relaciones con los nietos de la interfecta, acudieron al funeral ni, por supuesto, quisieron formar parte del exiguo cortejo fúnebre que recorrió andando, como manda la tradición, el Barrio llevando en procesión hasta el cementerio el féretro con los restos mortuorios de la siña Valentina.

Melé

«De asueto»: Archivo personal


Mientras los debutantes The Luperzios se afanan, con desastrosos resultados, en amenizar con su música desacompasada el tramo vespertino de la fiesta del camping, la mayoría de los asistentes forman corrillos convenientemente alejados de los bafles, hurgan en el puesto de venta de camisetas, carteles y libros —agotándose los siete ejemplares expuestos de Altasu. El Caso Alsasua— o se instalan, con sus bebidas, en los bancos del porche cubierto que se halla al lado de la casilla de recepción. Solamente mam’zelle Valvanera —“Los pobrecicos tocan de pena, pero bien hay que darles una oportunidad”, comenta— y Agnès Hummel, sentadas las dos en sendas sillas de plástico junto a tres o cuatro niños bailones, parecen atender a los cinco músicos adolescentes que desgranan y destrozan a Kortatu, Subterranean Kids, Eskorbuto, Barricada y La Polla, construyendo unos acordes tan irreconocibles que únicamente se sabe a qué históricos del punk, rock y hardcore remedan porque así lo dice el cartel anunciador de la entrada.

La melé ácrata comenzó pasadas las dos y media de la tarde del sábado, con el menú vegetariano elaborado por Mª Ríos, chef oficiosa del gastropub Mia-te tú, cuyos responsables son, también, los encargados del camping (abierto de abril a octubre), centro de actividades senderistas y barranquismo.

Ensalada de tomate rosa con olivas negras y tostada con queso de cabra, risotto de boletus y marcaspone, pimientos del piquillo rellenos de pisto y carne de soja y, de postre, tartaleta de frutas con helado; agua de Veri, vino del Somontano, pan, café o infusión. A 15 euros por persona; con degustación libre de cerveza, pacharán y anís de Colungo, todas bebidas de factura casera.