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Posts Tagged ‘Navarra’

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«Calle Redín»: Archivo personal


Dejan los Limones negros de Javier Valenzuela el Tánger nocturno desde el que se avistan las luces de Tarifa para recorrer   —livianos, en un bolsillo lateral de la mochila—  el viejo bastión pamplonés del Redín, la parte más antigua de la muralla abaluartada de la ciudad.

Celebra, sonoro, el empedrado el ascenso por la calle donde los cordeleros domaban el esparto y transformaban el cáñamo en cuerdas de distintos grosores al son del trajín de los peregrinos en ruta a Compostela que accedían a la villa fortificada por el portal de Francia [FOTO] para recalar en los chacolines, las tabernas de mesas lacradas por el vino agrio derramado en los innumerables trasiegos.

Se acomodan los paseantes actuales en el mirador [FOTO], allí donde el frío sigue batallando sobre la soledad de la terraza del mesón del Caballo Blanco [FOTO], falso enclave medieval construido en 1961 con los restos del derribo del palacio de Aguerre y la bóveda gótica de la que fuera la famosa taberna de Culoancho, guardando en sus hechuras la esencia de aquella Pamplona guerrera y defensiva, pero acogedora, del siglo XVI.


Y, entonces, la casa natal del tío Sabas, que me habéis dicho, ¿está por aquí?”, pregunta Pilar-Carmen, impaciente, rompiendo el hechizo. “¿De Sabicas? Está cerca, detrás de la catedral. Ahora mismo vamos”, dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Deshacen el camino andado. En el banco del mirador, los Limones negros de Javier Valenzuela —concienzudamente olvidados—  aguardan que algún otro amante de los libros los haga suyos.

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«Balsa de Guenduláin»: Archivo personal


De camino hacia el despoblado de Guenduláin, recuerda Iliane aquel día de hace quince o dieciséis años, cuando las hermanas Cristea y ella hicieron borota [*] en el instituto y marcharon con las bicis, sin un destino fijado, por aquel sendero de tierra que las condujo, entre arbustos y hierbajos selváticos, a las orillas de la balsa de Guenduláin, en medio de un paraje fantasmal y solitario por el que, con cierta congoja, transitaron hasta llegar a dos edificaciones en ruinas, lienzos de grafiteros, donde Madalina creyó advertir unas sombras. No solo no se acercaron sino que dieron media vuelta, con el miedo asido a los esternones y la sensación de hallarse entre presencias malignas que las perseguían, invisibles, como si de un mal sueño se tratara.

De aquella extraña aventura les quedó la vaga impresión de haber hecho el ridículo ante sí mismas, amén de unas punzantes agujetas en muslos y pantorrillas y, meses después, el primer premio en el III Concurso de Relatos en Euskera del Instituto, obtenido por Camelia Cristea, con una narración de tintes góticos sobre una supuesta Dama de Guenduláin que habitaba en la balsa y se alimentaba de las almas de los incautos que se atrevían a acceder hasta sus dominios. “Nunca pensamos que volveríamos”, confiesa Iliane.

Parece como si aquí se hubiera detenido el tiempo. Está igual que entonces, y la balsa sigue semejándose a la charca del ogro Shrek”, afirma Camelia.

La vegetación, teñida de otoño, se alza, profusa, alrededor del agua y a cada lado del camino hasta llegar frente a las ruinas, tristes ruinas, de lo que siglos atrás fueron la iglesia de San Andrés [FOTO], construida en el siglo XVI, y el castillo palacio del Señor de Ayanz [FOTO], ambos edificios dejados a su albedrío, sucios de grafitis en sus partes inferiores pero todavía, en su alzada, mostrando la grandeza de su pasado.

En ese castillo palacio de finales del siglo XV que cualquier observador intuye majestuoso en origen pese a su tremendo deterioro, nació Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), representante, con todos los honores, del hombre renacentista por excelencia y precursor de grandes inventos, como la mismísima máquina de vapor, el aire acondicionado, el traje de buzo y el submarino, entre otros. Fue, además, militar, pintor, cosmógrafo, científico y músico. Sus restos reposan, sin lápida, en la Capilla del Socorro de la Catedral de Murcia, ciudad de la que fue Regidor por nombramiento del rey Felipe II, a cuyo servicio había entrado, con apenas catorce años, en calidad de paje.








NOTA

[*] En Navarra, se denomina hacer borota al acto de saltarse las clases, hacer novillos.

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«Otoño en la Charca»: Archivo personal


Presta el Sol sus destellos, que no su calidez, a los contados paseantes que peregrinan por el Anillo Verde de Zizur, hostigados por ráfagas intermitentes de aire frígido que se entremete, malicioso, por los intersticios de las prendas.

Marca el termómetro cuatro grados.

Por el camino del campo de fútbol llegan, pedaleando, Iliane y las hermanas Cristea, con los botellines de agua, los hojaldres rellenos de chistorra, la caja de garroticos y los cafés prometidos anidados, entre bolsas, en los cestos de las bicicletas, sobre los que se lanzan, como náufragos famélicos y sedientos, quienes aguardaban en el banco más próximo a la Charca. Apenas un hilillo humeante se desprende de los vasos al despojarlos de sus tapas herméticas, extremadamente tibia ya la bebida, ardiente apenas ocho minutos antes.

Ofrecen garroticos al lector del periódico del banco contiguo, a cuyo lado, acurrucado junto a una novela de Antonio Tabucchi, dormita un pequinés orondo y malcarado enfundado en un jerseicillo verde, y a la mujer que realiza estiramientos en el vallado que delimita el agua.

Se habla de las previsiones meteorológicas, de los incivilizados que han esparcido basura junto a la lagunilla, enmugreciendo un entorno de postal de otoño; de la hermana de la mujer de los estiramientos, a la que tironearon el bolso por la travesía del pinar; de los cólicos del pequinés, “tan cariñoso como era y le han agriado el carácter”, y de la observancia de la norma de los conductores y conductoras de la villavesa [*], que no dejan subir pasajeros sin mascarilla aunque diluvie.

Veinticinco minutos después, cuando los dos extraños y el perro abandonan las inmediaciones de la Charca, verbaliza Madalina Cristea: “Ni el culo me noto del rato que he estado sentada en el suelo escuchando desahogos”.

Marca el termómetro siete grados.








NOTA

[*] Popularmente, nombre que reciben los autobuses urbanos de Pamplona.

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«Senderistas»: Archivo personal


Aprovechaba el Sol las zonas despejadas de arbolado para mostrar los últimos lances de su apenas ardiente poderío y laminar las envalentonadas dermis de los senderistas  —jóvenes y no tanto—  que apuraban el primer tramo del trayecto hasta Zulueta, buscando un otero con vistas al valle donde darse un respiro y acometer el tentempié que aguardaba, apretado, en las mochilas. “¡Allí!”, gritó alguien, señalando el suave promomtorio que se advertía a la izquierda de la senda que, a pocos metros, jalonaban, holgadas, las coníferas. Se sentaron, risueños y parlanchines, entre piedras y pinazas, sobre la tierra seca y agrietada.

Abajo, majestuoso en su anacronismo, el dieciochesco acueducto de Noáin [FOTO], modesto pariente neoclásico de aquellos de factura romana que alzaron los invasores venidos del Lacio sobre la Iberia antigua; convertido este, como aquellos, en joya arquitectónica restaurada y relevado, muchos años atrás, de su crucial servicio primigenio como abastecedor del agua de todas las fuentes públicas de Pamplona desde el manantial de Subiza, en las entrañas de la Sierra del Perdón.


Declarado Patrimonio Histórico, como Bien de Interés Cultural, en 1992 y tenaz sobreviviente a la reestructuración brusca del paisaje —en 1931, un constructor llegó a hacer una oferta de compra para derribarlo—, ni el abandono al que fue condenado durante años ni el ferrocarril ni la autopista ni las avenidas del río, que le cercenaron algún elemento, lograron desmoronar irremediablemente su probada solidez, conservando intactos 92 de los 97 arcos de piedra y ladrillo —de 18 metros de alzada los mayores— que lo componían cuando entró en uso el 29 de junio de 1790.

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Cabezo Castildetierra

«Cabezo de Castildetierra»: Archivo personal


Cruje la tierra hendida. Suenan bajo los pies la arcilla desmigajada y el polvo de lutitas del desierto bardenero. Se recrea la brisa invisible en el suelo poblado de margas en este territorio baldío donde destacan, singulares, los elevados cabezos desteñidos, imponentes formaciones esculpidas por el viento y los embates del agua, que recorren los ojos ávidos del caminante plantado en medio de la nada, custodiado por escorpiones ocultos y el vuelo circular de las rapaces.


Piensa el solitario andarín en Sanchicorrota, el molinero de Cascante convertido en bandolero allá por el siglo XV, que encontró refugio en las grutas horadadas millones de años atrás por el agua, desaparecida ya de este paisaje´de aspecto lunar en donde, perseguido como prófugo de la justicia por doscientos caballeros al servicio de Juan II de Aragón y Navarra, a quien el bandolero traía de cabeza, se acuchilló a sí mismo el corazón para no darles el gusto a sus enemigos de prenderlo vivo ni vejarlo públicamente. Y aunque su cadáver fue expuesto en Tudela como escarnio y aviso a los aldeanos que lo habían protegido, su nombre y sus acciones permanecieron en la memoria colectiva del pueblo llano con admiración y respeto. Cinco siglos después, otro hombre, Honorino Arteta, protagonizaría en esta misma depresión de las Bardenas Reales, reino de Sanchicorrota, una increíble gesta, desconocida durante décadas, convirtiéndose en el único superviviente y testigo de la matanza de Valcaldera.

El 23 agosto de 1936, Honorino y otros cincuenta y dos presos republicanos fueron trasladados en autobús de la cárcel de Pamplona a las Bardenas, cerca de la localidad de Cadreita, con la excusa de ser liberados pero, en realidad, para ser pasados por las armas. Dada la orden de fuego, Arteta, herido en las piernas pero decidido a luchar por su vida, consiguió huir junto a dos compañeros que no tuvieron su suerte y, alcanzados, fueron rematados allí mismo por los pistoleros falangistas. Honorino, pese a sus heridas, puso tierra de por medio y, en penosísimas condiciones físicas, con la ropa hecha jirones, descalzo y con alguna ayuda prestada por pastores y campesinos bardeneros que compartieron su comida con él y no lo delataron, se mantuvo escondido cerca de tres meses en las Bardenas Reales hasta que decidió poner rumbo a la frontera francesa. Ayudado por un grupo de cazadores franceses, recaló en el hospital de Mauléon-Licharre y, tras recuperarse, se trasladó a Barcelona para ponerse al servicio de la República. Combatió con la Columna Ascaso en la ofensiva contra Huesca, con la idea de continuar hasta Pamplona una vez conquistada a los fascistas la ciudad oscense. Al fracasar la toma de la capital del Alto Aragón y disolverse la Columna, regresó a Francia, país en el que permaneció exiliado hasta su muerte, en 1978.



Chasca la tierra hollada. El cabezo de Castildetierra contempla, desde su cúspide de arenisca compactada, al caminante que, tras dar cuenta de un bocadillo y vaciar un botellín de agua sentado a la sombra de una covacha en forma de hornacina, se yergue y vuelve a ponerse en marcha, sin prisas, con el Sol otoñal destelleando en las chapas que ornamentan su gorra naranja.

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«Donde florecen los geranios»: Archivo personal


En junio se (nos) fue Josefina (1929-2022), tenaz combatiente contra el olvido, hermana chica de Maravillas Lamberto Yoldi, la niña de catorce años a la que unos monstruos disfrazados de seres humanos violaron, tirotearon y quemaron aquel agosto navarro de 1936, continuación del horror que se desencadenó en España a partir del 18 de julio. Siete años tenía Josefina, la más pequeña de las tres hermanas, cuando aquellos hombres (dos guardias civiles, un camisa azul y el hijo del churrero del pueblo) se presentaron en la casa de Larraga para llevarse a Vicente, el padre, al que Maravillas, la hija mayor, se empeñó en acompañar porque, según les dijeron, solo se trataba de “hacer una corta declaración en el Ayuntamiento”.

Aquel 15 de agosto, día de la Virgen, a la pequeña Josefina Lamberto se le echó la madurez encima sepultando risas y juegos, rellenando los huecos de una vida anterior con las humillaciones y desprecios que terminaron de desdibujar cualquier atisbo de los tiempos felices. Vacía por dentro, maltratada en los centros de Auxilio Social donde fueron recogidas ella y una hermana de diez años mientras su madre pedía limosna por las calles de Pamplona, y con el recuerdo indeleble de la última vez que vio con vida a su padre y a su hermana mayor   —de los que conocía su horrendo final merced a las jactancias públicas de sus asesinos—, entró como novicia en una orden religosa donde las vejaciones, la soledad y el preceptivo silencio avivaron las tragedias pasadas fijándolas dolorosamente en su día a día. Tras dar tumbos por diversos cenobios europeos de su congregación y pasar catorce años de destierro encubierto en Pakistán, regresó a Navarra y, en 1996, tras cuarenta y seis años de monja, abandonó definitivamente los hábitos.

Fue cofundadora de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra y a la tarea del No Olvido dedicó los siguientes años de su vida. Charlas en colegios, conferencias y el voluntariado en un comedor social navarro se convirtieron en el mejor placebo para seguir adelante y exorcizar sus propios demonios. Batalladora hasta el último suspiro, Josefina Lamberto Yoldi, entrañable florecica, fue un ejemplo de dignidad, fortaleza y entrega al prójimo y a la causa de la Memoria Histórica.

En 2020, se estrenó el documental Florecica, de Virginia Senosiain y Juan Luis Napal, donde se narran las penurias vividas por Josefina, su hermana Pilar y la madre de ambas tras el asesinato del padre y la hermana mayor.





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SantestebanDoneztebe

«Paseo por Santesteban/Doneztebe»: Archivo personal


En el escaso cuarto de hora que se tarda en recorrer la carretera que une Elizondo con Santesteban, el río Baztán pierde su nombre para tomar el de Bidasoa, en su inexorable curso que lo aleja de los Pirineos para conducirlo al Cantábrico, por la bahía de Txingudi, acompañado de las últimas lamias que Marcel asegura haber contemplado desde el puente elizondarra de Txokoto y hasta secándose los cabellos al aire entre los alisos del Señorío de Bértiz. Marcel es baztanés, nacido en Ziga, orgulloso de sus orígenes agotes, aquella comunidad maldita y despreciada que la Iglesia Católica consideraba compuesta por herejes y, como tales, perseguidos, no siendo tenidos por navarros hasta el siglo XVII, pero siempre con el estigma que los señalaba como diferentes, impíos y reos del Averno, salvo que pagaran unos buenos dineros para la salvación de sus almas.

Del pasado, de lo sobrehumano y lo terrenal, disertaba Marcel ante su pequeño y atento auditorio de comensales en el restaurante de Santesteban, entre bocados de cogollos de Tudela con ventresca de atún y anchoas, cocochas de bacalao en salsa y pastel vasco, dejando para la sobremesa de los cafés el motivo real de la reunión. “Entonces, ¿qué…? ¿os alquilo una o dos autocaravanas…? Ya las habéis visto. Impecables, casi, casi, a estrenar, a buen precio y con opción de compra…”, les decía, cambiando de tercio y regresando a su papel de comercial zalamero. “Ostras, Marcel, ¿te has tirado todo el rollo de los agotes por las autocaravanas…? “, bromeaba la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “No, mujer… Las historias del Baztán son gratis pero tengo que saber hoy mismo si tenéis intención de coger uno o los dos vehículos. O ninguno… Si marcháis a eso de los castillos del Loira la segunda quincena…” “Lo hemos hablado y vamos a alquilar las dos. A eso hemos venido, a rellenar los papeles”, intervenía Emil.


Hacen el camino a la inversa, dejando a la espalda el Alto Bidasoa, y vuelve el río Baztán a recuperar su nombre, a discurrir, gozoso, por el valle encantado donde moran seres protectores y maléficos entre bosques, grutas, palacios, iglesias y caseríos, allí donde la imaginación se desboca y danza al compás del gorgoteo del agua.

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«Calle Navarrería»: Archivo personal


Arrecia el cansancio. O a ello han apelado Agnès Hummel y la señorita Valvanera para declinar el almuerzo grupal, en la bajera de Zizur, con pintxos de la vermutería Río, a cambio de pasar la mañana en la piscina de la casa unifamiliar que la hija de Juana Mari tiene en Villava, a pocos kilómetros de Pamplona.

En la Navarrería, a las diez de la mañana, ya no cabe un cuerpo más; hay tanta aglomeración que se podría incluso tentar al sueño sin perder la verticalidad ni desplomarse sobre el pavimento que las brigadas municipales han desinfectado pocas horas antes y por el que miles de pies restriegan la suela de las zapatillas (¡ay, de quienes cometan el error de calzar sandalias!) cientos de veces pisoteadas.

Recorren a bandazos las callejuelas tomadas por la jarana y, codazo va, roce viene, llegan a la plaza del Castillo para acceder a la calle San Nicolás, con la gula disimulada bajo las mascarillas y el recuerdo del sabor de las delicias por comer azuzándoles los estómagos.

A las tostas de bacalao y los pintxos de huevo de la vermutería, se unen las especialidades piscícolas preparadas por Livia, la madre de Madalina y Camelia, que aprovecha cualquier oportunidad para ofrecer a las amistades de sus hijas platos de la gastronomía rumana: fingers de pescado con salsa tzatziki y tostas de caballa ahumada, además de servirles chupitos de Palincă, un licor de ciruelas de graduación prohibitiva que elabora artesanalmente la abuela de las hermanas Cristea en su Tulcea natal.

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«Caserío Aspain-Txiki (Leitza)»: Archivo personal


I

Tarde-noche dominical

Joder, sois la repanocha”, le espeta Asier a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio nada más llegar a la bajera [*] de Zizur donde han quedado para cenar unas pizzas. “Tanto decirme ‘cuando juguéis en Leitza, avisa, que iremos’…” “¿Y no hemos ido, o qué?”, lo interrumpe ella. “Claaaaro, a ver el abetal de Izaieta y a echar unos tragos, porque lo que es al partido ni os habés asomado”. “Bien teníamos que ir a saludar a Carlos y curiosear en los escenarios donde se rodó parte de Ocho apellidos vascos, ¿no?”, apunta Marís. “¿Ah sí….? ¿Y en qué parte del metraje sale el abetal, lista…? Porque, que yo sepa, no…” “Venga, va, que se reseca la masa…”, media uno de los jugadores del C.D. Iruntxiki de Beriáin que se ha sumado a la cena. “Aún nos acusará de ser los culpables de que hayan perdido”, dice por lo bajo Étienne.





II

Seis días antes. Fragmento de una conversación del Grupo de WhatsApp

Maria Petra: Mam’zelle [**] está que trina porque llevas dos ensayos perdidos de don Perlimplín y Emil está hasta los güevos de sustituirte. Como no aparezcas el finde…
Asier: Nah. Tampoco. Jugamos en Leitza contra el Aurrera.
La veterinaria: En Leitza???? Ah, pues iremos. ¿No te dije que si nos avisabas con tiempo iríamos…? Tenemos en ese pueblo un amiguete.
Asier: Vendréis al partido de fútbol…? En serio…?
Marís: M’apunto.
María Petra: Qué rabiaaaa… No puedo ir por el teatro. Me fastidia porque hace tiempos que no veo a Carlos.
Étienne: Puf, no sé, creo que tengo el traje de cheerleader en la tintorería, jajaja.
María Petra: Cuando lo recojas nos haces en privado un desfile, que estarás de un monín…
María Petra: Asier, llama a Mam’zelle cagando leches y le cuentas que te pierdes otro ensayo.
Asier: Ok.
Asier: Lo de Leitza, qué? Confirmáis?
La veterinaria: Sí. Yo iré.
Marís: Sí, sí. También. Tengo ganas de ver a Carlos y a su mujer.
Étienne: ¿A qué hora jugáis?





III

De lo que, tras poner en común los recuerdos de las protagonistas, podría ser el prólogo aunque se halle al final

Sucedió un verano. Tendríamos diecinueve o veinte años y nunca habíamos oído hablar de Leitza. Tampoco imaginábamos que, tiempo después, el nombre de la villa Navarra lo recordaríamos unido a una cazuela de conejo guisado y a un autoestopista”, comienzan.

Pero pongámonos en el contexto: Julio, un mediodía tórrido, tres chicas despreocupadas rumbo a los Sanfermines en un Peugeot 205 de tres puertas, escuchando a Reincidentes en el radiocasete y con los estómagos azuzados por el olorcillo grato que se extendía desde los asientos traseros, donde el contenido de una cazuela alta (de esas esmaltadas en rojo y con el interior azul claro) que Marís sujetaba entre los pies, aguardaba el momento del asalto. “Lo hemos hablado muchas veces y siempre con la misma conclusión: Jamás nos ha sabido tan sabroso un guiso como aquel preparado por la madre de Marís y que, en un principio, nos negamos a aceptar”.

—¿Pero, Isabel, cómo pretendes que nos llevemos eso? ¡Que nos vamos de Sanfermines!
—Ah, ¿es que en Sanfermines se ayuna…? Cuando paréis a medio camino y os lo comáis, me lo agradeceréis.

Se detuvieron en Puente la Reina de Jaca, estacionaron el coche bajo la única sombra que encontraron en el animado aparcamiento junto a la Nacional 240, compraron bebidas en el bar y se dispusieron ya no a comer, sino a zampar. “Entonces los vimos. Dos chicos vestidos con ropas militares haciendo autoestop”.

Los soldados se fijaron en el vehículo con matrícula de Navarra y decidieron probar suerte y acercarse a preguntar a sus ocupantes si iban a Pamplona o sus inmediaciones. Carlos y Miguel Ángel, eran sus nombres. Uno de Leitza (Navarra), el otro de Celorio (Asturias), ambos de permiso del servicio militar que prestaban en Jaca. “Imposible olvidar sus caras de asombro cuando nos descubrieron sentadas en el suelo, con la cazuela en medio, las barbillas y las manos pringadas de salsa, hincando el diente a las piezas de conejo y mojando pan como si lleváramos días de hambre atrasada”. A los cinco minutos, los desconocidos se habían unido al banquete y asegurado el viaje a Pamplona. En el caso de Carlos, hasta la misma puerta de su casa en Leitza.

De Miguel Ángel no volvimos a saber una vez que se espaciaron, hasta desaparecer, las comunicaciones que intercambiábamos”. Con Carlos, por el contrario, nunca han dejado de mantener el contacto desde aquel lejano mediodía caluroso en Puente la Reina de Jaca.








NOTAS

[*] Local comercial en desuso, a pie de calle, que se alquila como lugar de ocio privado. Son tradicionales, entre la gente joven, especialmente en Navarra y La Rioja. A las bajeras se las conoce, también, como piperos.
[**] Apelativo referido a la señorita Valvanera, maestra jubilada y directora del Grupo de Teatro.

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«Ruinas de Escó»: Archivo personal


Antes de dirigirse al valle, remolonearon entre las ruinas de Tiermas y Escó, aun cercadas por la bruma que parecía proyectarse, lánguida, desde las aguas del embalse de Yesa. AnsorenaAnso—, viejo compañero de estudios de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, zascandileó entre los casas derrumbadas de la callejuela en pendiente de Escó que hizo las veces de la bombardeada y destruida Gernika en la película homónima de Koldo Serra. “¿Así que decís que este pueblo pertenece a Zaragoza aunque esté en la comarca de la Jacetania de Huesca?”, preguntó, a gritos, encaramado a una de las ventanas abierta a la nada. ”Lo decimos nosotras y lo dice el mapa, Anso. ¿O no has visto el cartel de señalización antes de llegar al pantano? Venga, vente con la mochila y saca el termo, que como te descalabres nos sentará mal la cafeína”.

En la zona más baja, donde una franja de arenilla de color plomizo marcaba el nivel máximo de las aguas embalsadas, se sentaron sobre los anoraks, con los vasos de café entre las manos y el tupper con las torrijas de Yolanda en equilibrio sobre dos piedras. En el horizonte ligeramente nublado se dibujaban las sierras de Leyre y Santo Domingo asomadas a las aguas quietas y acorraladas cuya humedad se prendió en las ropas de los visitantes que, medio acostados y en silencio, contemplaban ese falso mar que oculta algunos tramos del Camino de Santiago.


Treinta y cinco minutos después, contorneando las sinuosidades de la carretera que se adentra en el valle del Roncal y dejando atrás las localidades aragonesas de Sigüés y Salvatierra de Esca, recalaron en la casa de Luis  —otro compañero de la facultad de Veterinaria—, en la villa navarra de Burgui, una población que, como todas las del valle, abunda en parajes de extraordinaria y abrupta belleza y cuyo casco urbano, de piso empedrado y tradicionales casonas, recorrieron con avidez, como si fuera su primera visita, antes de volver a la entrada del municipio, junto al restaurado y robusto puente romano-medieval por cuyos cuatro arcos discurre el Esca, el rio que, a pocos kilómetros de allí, fue excavando y cincelando durante miles de años la roca caliza dando lugar a una foz despampanante ante la que los ojos viajeros se achicaron deslumbrados.

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