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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

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«Bajo la roca»: Archivo personal


Aves, pasos y respetuosos cuchicheos rasgan el bucólico silencio del abierto y gélido claustro románico techado por la mole desnuda de la roca aferrada al Monte Pano, que contempla los artísticos capiteles que manos humanas convirtieron en Biblia petrificada y glorificada por siglos de lluvia, nieve y hielo.

El oxígeno huele a bosque, a moho, a plumas humedecidas, a agua terrosa, a hierba con esencias afrutadas…

La historia empuja los pies hacia la Sala de los Concilios, revolotea por la iglesia mozárabe y asciende hasta los panteones donde los despojos de monjes, guerreros, notables y reyes hallaron su postrer cobijo en este soberbio símbolo del Biello (Viejo) Aragón que es el Monasterio Bajo de San Juan de la Peña.


[…]


De regreso del Monasterio Alto, cuya carretera en pendiente han salvado a pie, desdeñando el bus lanzadera que comunica las dos edificaciones, Agnès Hummel, la Hermana Marilís y la señorita Valvanera recorren en el vehículo de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio los cinco kilómetros que separan el antiguo cenobio cluniacense —refugio primigenio del Grial— de la localidad de Santa Cruz de la Serós.

Déjanos junto al cementerio —pide la señorita Valvanera a la conductora.

Y ya en el interior, las tres junto al ciprés arrinconado, a pocos pasos del portalón de hierro, erguidas frente a la losa marmórea que recuerda a Zeika, Evaristo y Lorenza, elévase al cielo pirenaico la limpia voz de la Hermana Marilís entonando la Internacional Anarquista.


Zeika Sonia Viñuales Sarsa —doctora en Farmacia, conferenciante y articulista—, la niña cuya fotografía fue el santo y seña de los miembros de la organización antinazi Red de Evasión Ponzán, conoció el exilio y los campos de concentración aun antes de cumplir su primer año de vida. Hija de los pedagogos libertarios aragoneses Evaristo Viñuales Larroy y Lorenza Sarsa Hernández, dedicó buena parte de su existencia a defender la memoria y el ideario de sus progenitores. Nacida en Barcelona, en 1938, y fallecida en Toulouse, en 2009, quiso que sus cenizas fueran esparcidas en la localidad donde su padre había pasado su infancia, en la zona del camposanto en la que se hallan enterrados los restos del abuelo, también maestro, y las cenizas de su propia madre, Lorenza, junto con un puñado de arena de la playa de Alicante, escenario del suicidio desesperado de Evaristo, su padre.


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«Tiempo detenido»: Archivo personal


¿Y si preguntamos en las oficinas..?”, sugería Étienne, impaciente, tras más de una hora deambulando por el Cementerio de Torrero, en Zaragoza. “Estas no son trazas de buscar un nicho… ¡Si han pasado casi treinta años! Y no me vengáis con encontrar puntos de referencia ni zarandajas… Ha pasado demasiado tiempo para que recordéis el lugar exacto. A Maíto solo lo localizaremos si alguien nos indica dónde está enterrado. Vosotras veréis…

Mario, Maíto, de dieciocho años, compañero de pandilla y novio in péctore de María Petra, se mató en Monrepós, al derrapar su moto y golpearse contra un quitamiedos, cuando se dirigía a un viejo despoblado donde el resto de sus amigas y amigos trabajaban como voluntarios en la reconstrucción de una vivienda. Tardaron un día en enterarse del accidente porque el pueblo carecía de teléfono y asistieron, todavía estupefactos, a un desgarrador entierro en medio de una soleada y vistosa primavera que parecía querer homenajear al joven fallecido.

Desde la sencilla lápida de vetas marrones y blancas del nicho. un sonriente Maíto, con el flequillo desigual y la media melena castaña enmarcándole el rostro, contemplaba a sus visitantes, congelados sus rasgos en aquella adolescencia detenida en el tiempo que un día compartieron.


[…]


…y en el centro del cementerio, el mausoleo de Joaquín Costa con el epitafio compuesto por Silvio Kossti sobre mármol blanco:

Aragón a Joaquín Costa.
Nuevo Moisés
de una España en éxodo.
Con la vara de su verbo inflamado
alumbró la fuente de las aguas vivas
en el desierto estéril.
Concibió leyes para conducir a su pueblo
a la tierra prometida.
No legisló.


Manuel Bescós Almudévar, alias Silvio Kossti, costista hasta en su seudónimo; un tipo inteligente, leal a sus amigos, republicano confeso, incisivo articulista, escritor polémico, furibundo anticlerical, alcalde de Huesca durante cuatro meses y escasamente conocido hoy en día por los oscenses, ya sea con su nombre real o con el seudónimo que utilizó porque, según le escribió a Costa, “tengo tres hermanos bastante imbéciles como para hacerme desear el perder de vista el apellido”.

Kossti, que murió con poco más de sesenta años, fue autor de unos Epigramas tan provocativos que él mismo decidió retirar su publicación convencido del perjuicio que podían suponer para sus hijos, que estudiaban en academias militares. Ya en 1909 su novela Las tardes del sanatorio supuso un escándalo que él ya presuponía cuando, hablándole a su admirado Costa de su proyecto novelístico, expresaba que su pretensión era “rascar de la mentalidad española el fraile que la mayoría lleva dentro”. Su propósito tuvo cumplida respuesta eclesiástica; los obispos de Huesca y Jaca y el arzobispo de Zaragoza reprobaron Las tardes del sanatorio. Tras el escándalo, circularon por la capital oscense dimes, diretes y anécdotas chispeantes como la de que el mastín que acompañaba a Kossti en sus paseos tenía por costumbre entrar en la iglesia de San Lorenzo a echar una meadita en las esquinas de los confesionarios…

Dícese, no obstante, que Manuel Bescós arrepintióse de sus ataques a la iglesia y, momentos antes de su muerte, accedió a recibir la extremaunción y a ser enterrado como buen católico. “Descansó al morir”, es el epitafio de Silvio Kossti grabado en su nicho del cementerio de Huesca. Junto al epitafio, un bajorrelieve realizado por uno de sus grandes amigos, Ramón Acín Aquilué, del que fue testigo en su boda con Conchita Monrás.

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Puente Acella Landa sobre el Sadar

«Puente de Acella Landa»: Archivo personal


Otoña la mañana y cosquillea el frío el endeble parapeto de ropa del paseante ensimismado que se acerca a la orilla del discreto Sadar. Remolonea el agua, discurriendo hacia el río Elorz, a la sombra del único arco del puente de Acella Landa, testigo, desde el medioevo, de la tradición peregrina a Santiago de Compostela siguiendo la ruta del transitado Camino Francés.

Va consumiéndose el tiempo y se amansa el frío. Mira el paseante la hora; se acomoda en el suelo con Magda Szabó sobre sus rodillas. Asoma, chismoso, por la abertura de una de las cajas anideras distribuidas en los árboles, un agateador que parece evaluar, intranquilo, al lector sedente que lo observa a hurtadillas.

Islotes humanos hollan la hierba humedecida que se extiende por las inmediaciones del campus. Se expanden voces y carreras y tremolan, jubilosos, los arces y chopos que acompañan la lenta marcha del escaso caudal del río Sadar entre la Arrosadía y Etxabakoitz.

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Ilustración de Nataliya Vaitkevich


«Jeanette Alcoriza me regaló un piano que colocamos en el vestíbulo. Cuando venían amigos franceses cantábamos La Marsellesa. Todos los días me sentaba a tocar. La música subía por el vestíbulo y llenaba la casa.

Meses después, durante una cena, ya en la madrugada y con bastantes copas encima, Cotito, el hijo de los Mantecón, propuso a Luis:

—Te cambio el piano por tres botellas de champaña.

Me reí ante la incongruencia de la propuesta, pero Luis contestó:

Hecho.

Cerraron el trato con un apretón de manos. Pensé que ahí quedaría, que era una broma. A la mañana siguiente sonó el timbre: era Cotito con un camión de mudanza y las tres botellas de champaña. No quise ver cómo se llevó mi piano. Me quedé furiosa por no atreverme a decir: ‘Este piano es mío y no sale de aquí.’ Por supuesto, guardé silencio.

A Luis le remordió la conciencia. Poco después me compró una máquina de tejer y me dio dinero para los aditamentos. También me regaló un acordeón alemán, muy fino, que aún conservo».- Fragmento de MEMORIAS DE UNA MUJER SIN PIANO, de Jeanne Rucar de Buñuel, transcritas por Marisol Martín del Canpo.


Jeanne era bellísima pero eso no se podía decir delante de Luis porque se lo llevaban los demonios”, aseguraba Julio Alejandro, coguionista, amigo y contertulio en la casa mexicana de Luis Buñuel donde el celoso cineasta reinaba instalado permanentemente en el apacible y doméstico trono que bruñía con silenciosa delicadeza Jeanne Rucar. Jeanne Rucar de Buñuel, como ella se llamaba a sí misma y firmaba en todos los documentos.

Jeanne Rucar, hermosa y dotada de un exquisita sensibilidad artística, amante esposa —y tan desconocida— de Buñuel, había nacido en Francia, cerca de Lille, el 29 de febrero de 1908, en el seno de una familia de recursos mermados cuya situación pasaría a ser boyante tras la I Guerra Mundial. Es entonces cuando Jeanne descubre sus dotes para la música, la danza y el deporte. La nueva economía familiar le permite recibir lecciones de piano y ballet y clases de gimnasia; como gimnasta artística participó en los Juegos Olímpicos de 1924, donde obtuvo la medalla de bronce. Un año después conoció al que sería el hombre de su vida. «Yo conocí a Luis por mediación de Joaquín Peinado, de Manolo Ángeles Ortiz y de Paquito García Lorca, en el año de 1925. Acababa de llegar a París, no sé si a trabajar, pero sí a emborracharse y a bailar. Bueno, bailar no bailó porque no sabía, pero a divertirse, sí

Jeanne y Luis vivieron durante ocho años un noviazgo a la antigua usanza; en su transcurso, Buñuel daría muestras del machismo y los celos que presidirían, a partir de entonces, la vida de la pareja. Prohibió a Jeanne hacer gimnasia y ballet por considerar vergonzoso que se exhibiera ligera de ropa; también se negó a que continuara las clases de piano porque no soportaba que tocara para otro hombre. Muchos años después, en una entrevista, el director cinematográfico reconocería que, pese a considerar a las mujeres «siempre superiores al hombre«, él prefería que la suya permaneciera en casa «con la pata ligeramente rota«. Sorprendentemente, Jeanne, mujer cultivada que había gozado de relativa libertad hasta ennoviarse con el cineasta, renunció, por amor, a sus aficiones y sueños y accedió a ser, exclusivamente, la abnegada novia primero y esposa después, de Luis Buñuel.

Se casaron en 1934 y, por deseo de Luis, no se avisó a la familia. En París nació el primer hijo, Juan Luis; el segundo, Rafael, en Estados Unidos. A Jeanne le hubiera gustado tener una hija, pero el planificador Buñuel consideró que dos hijos eran suficientes y Jeanne, siempre obediente, jamás le planteó su deseo de aumentar la familia.

Instalados en México a partir de 1946, Jeanne continuó siendo la mujer relegada, con horario restringido para salir fuera de la casa y cuyos únicos desvelos se remitían a ocuparse del hogar y del bienestar de su marido y sus hijos. «Yo no podía recibir a nadie. Luis, como buen español, me escondía de todo aquel que no fuera paisano suyo. Yo era su consentida, la niña que tenía aparte, y me guardaba así. Nunca me hablaba de política; nunca me hablaba de nada: la casa, los niños y nada más […] Él era gentil conmigo, me cuidaba, me supo amar. Nunca pensé en divorciarme… Era celoso, dominante… pero también tierno, con sentido del humor y alegría

Jeanne Rucar Lefevre y Luis Buñuel Portolés se mantuvieron unidos casi sesenta años, hasta la muerte de él, el 29 de julio de 1983.  Ella, la mujer que amó pero con la que no compartió ni ideas ni sueños ni decisiones, le sobrevivió, todavía, once años. Siete años después de la muerte de su marido, Jeanne Rucar de Buñuel dictó un libro de memorias a la escritora mexicana Marisol Martín del Campo. Se trata de un libro ameno y lleno de anécdotas donde se desgrana la vida privada de un hombre al que cuesta reconocer como el moderno, transgresor, revolucionario y anarquista director de cine Luis Buñuel.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 6 de octubre de 2013.

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Venecia

«Panorama desde el puente»: Archivo personal


A las siete de la mañana los visitantes ya se hallan degustando los alimentos del buffet. Finas lonchas de York gelatinoso acompañadas de queso tierno, huevos duros y panecillos blancos, tostadas con el sello del grill grabado en las dos caras, mantequilla, mermelada de frambuesa, zumos de melocotón y naranja y tres tazas generosas de café, una de ellas con una nube diminuta de leche.

Bonjour.

Ella, a la que ya han bautizado como Audrey Hepburn, se detiene, con una sonrisa a medio dibujar, y ladea la cabeza bajo la pamela contemplando cada ángulo del comedor, dirigiéndose después, erguida, hacia una de las mesas bajo los ventanales.

A las ocho, los doce huéspedes del hotel Palladio de Mestre, que forman parte del grupo de turistas de Gabriella, la guía, ya han dado cuenta del primer refrigerio del día y charlan, en dos pequeños grupos, ante la puerta de entrada al hotel mientras esperan la llegada del microbús que los acercará a la dársena para tomar el ferry a Venecia. Audrey pasea y fuma sin integrarse en ninguno de los grupos pero sonriendo cada vez que alguno de sus compañeros  —los tres visitantes, sobre todo—  cruza sus ojos con los suyos.

Gabriella imparte instrucciones en inglés a través de los whispers que cada turista lleva, a modo de audífono, sobre la oreja. “En Piazza San Marco se nos unirá un grupo de españoles. Como sé que entre ustedes hay quienes hablan español [sonrisa cómplice hacia los tres visitantes], les agradecería que colaboraran para que el nuevo grupo pueda seguirnos sin problemas”.

En la piazza la lluvia golpea las losetas de Istria y la fauna humana se cobija bajo los soportales del Palazzo Ducale. Audrey fuma, displicente, ajena a la lluvia que llena de brillos su pamela negra y humedece el raso malva de sus peep-toe-shoes.

Gabriella se mezcla con el gentío guarecido de la lluvia. “Spagna? Spagnolo?“, pregunta a unos y otros. Finalmente, bajo los arcos de las Procuradurías, en el Caffè Florian, localiza al grupo de españoles, que resultan ser dos parejas de más que mediana edad en trance de estupefacción al conocer el monto de la cuenta por tres expressos y un agua mineral que han tomado sentados en la terraza del afamado y antiquísimo café.

Detienen las nubes su maná acuoso y los turistas de Gabriella se agrupan bajo il Campanile para conocer el programa del día. Los ocho ingleses y los cuatro españoles visitarán, con la guía, la basílica y el palazzo; el resto  —los tres visitantes y Audrey—, aprovecharán la mañana libre hasta la hora del almuerzo tardío para acercarse, en la lancha que apalabraron el día anterior, al cementerio de San Michele y a la isla de Murano.

Vamos a llegarnos a Rialto. ¿Viene usted?

Audrey asiente y acomoda el paso de sus preciosos zapatitos al ritmo de las deportivas de sus acompañantes.

Se alejan los nubarrones remontando el Adriático y enciende Audrey su enésimo cigarrillo mientras una gota de agua se desprende de su pamela y resbala, enseñoreada, por uno de sus brazos.

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«Hommage»: Archivo personal


De los nueve años que pasó Elisa en el monasterio de las Clarisas de Bautzen le quedan la capacidad de abstracción, unas habilísimas manos de artista y el apelativo de Hermana Marilís con el que se dirigen a ella quienes la conocen. Añádanse su frugalidad y su pericia para implicar a todos cuantos se cruzan en su camino en las más variopintas causas y se tendrán los apuntes definitivos para conformar el retrato de esta ex-monja que arribó al agnosticismo desde el recogimiento y la deprecación.


En la Place d’Arménie de Toulouse, a pocos metros de la vivienda de la Hermana Marilís, la contemporánea Fontaine Évasion rinde homenaje al Garona y a la histórica aviación de la ciudad que conquistó las rutas celestes. Arturo [Arthur] Saura, autor del monumento, fue un niño del exilio, hijo de republicanos españoles, al que mimó y amó, como si de su propio vástago se tratara, la injustamente olvidada maestra Pilar Ponzán, hermana, amiga y extraordinaria colaboradora de uno de los grandes luchadores por la libertad, el maestro anarquista Paco Ponzán Vidal (1911-1944) —correligionario y discípulo de Ramón Acín (1888-1936) en la Escuela Normal de Huesca— a quien la villa de Toulouse dedicó un Paseo en reconocimiento a su labor en la Red de Evasión Ponzán, cuyos excelentes oficios salvaron la vida de cerca de 3000 personas.
Pilar Ponzán, autora de un imprescindible libro sobre esa época, documentó pacientemente todas las acciones que llevó a cabo el Grupo Ponzán para poner a salvo a perseguidos por la Gestapo —entre ellos, varios aviadores y espías ingleses y de otras nacionalidades que hacían causa común contra el nazismo— con la vana esperanza de que, una vez finalizada la contienda europea, los Aliados ayudaran a los republicanos españoles a derrocar a Franco. No hubo tal correspondencia aunque sí gratitud y nombramientos honoríficos hacia los hermanos Ponzán y los integrantes de su red anarquista por parte de los gobiernos de Francia, Inglaterra y EEUU.
Paco Ponzán que fue, finalmente, detenido por la Gestapo y sabía la suerte que le esperaba, escribió, en un trozo de papel, a modo de emotivo testamento: «Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales [*]». Su deseo nunca se vio cumplido.


La Hermana Marilís, nacida en Oloron-Sainte-Marie y nieta de un anarquista español que colaboró con la Red Ponzán, diseña y borda elementos decorativos sobre cualquier tipo de tejido, actividad que compagina con su oficio de cocinera en una residencia para personas mayores. Su casa, que comparte con un sobrino, profesor universitario, es tan minimalista que se diría una prolongación de la sobria celda de la casa conventual de Bautzen, lugar al que apenas hace referencia cuando sale a colación su estancia en Alemania.


Cada 17 de agosto, la Hermana Marilís viaja hasta la vecina localidad de  Buzet-sur-Tarn para depositar un ramo de flores junto al monolito que recuerda a Francisco Ponzán Vidal y a los cincuenta y dos combatientes contra el nazismo que, como él, fueron ejecutados e incinerados por los nazis en un bosque de las inmediaciones. Es, también, un tributo a su abuelo que, mientras vivió, se mantuvo fiel a la cita con el compañero que pagó con su vida la defensa de sus convicciones.




ANEXO

Francisco Ponzán, el resistente olvidado, documental, con subtítulos en castellano, dirigido por Xavier Montanyà.



NOTA

[*] Evaristo Viñuales (1913-1939) fue maestro, alumno de Acín en la Escuela Normal oscense, cenetista integrante del Consejo de Aragón y comisario de la 28 División. Se suicidó junto a su compañero Máximo Franco (1913-1039) —comandante de la 17 Brigada Mixta— en el puerto de Alicante, en abril de 1939, conscientes ambos de que jamás lograrían embarcar en un improbable buque que los alejara de la represion de los vencedores.

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«Bañistas en Eforie. Mar Negro»: Archivo personal


De regreso a Tulcea desde Sulina, donde las grisáceas y amarronadas, que no azules, aguas del Danubio se unen al mar Negro, se despidieron de quienes, por recomendación del profesor Tarlós, que se ocupó de todos los permisos, fueron sus amables anfitriones y diligentes guías durante tres días y dos noches en el fascinante minicrucero fluvial por los canales del delta del Danubio: los Patzaichin, una familia de lipoveni orgullosa de aquellos ancestros rusos que, tres siglos atrás y huyendo de la persecución político-religiosa de la Iglesia Ortodoxa Rusa oficial, recalaron en las últimas tierras que acompañan, en el final de su épico curso, a uno de los más grandes y rememorados ríos europeos, cuyos sedimentos han conformado un impresionante y extenso humedal de vegetación ecléctica con una singular diversidad faunística que ha convertido estos parajes en Reserva de la Biosfera y Patrimonio Natural de la Humanidad.

Por estas tierras danubianas anduvieron las legiones de Trajano, conquistador de la Dacia, como recuerda el Tropaeum Traiani, erigido para conmemorar la victoria del emperador hispanorromano sobre Decébalo, rey de los dacios.

En el autobús a Constanța recordaba Iliane, entre risas, lo comentado por Igor Patzaichin, el guía más joven: “Rumanía es un pez encajonado con la cara mirando a Hungría y el culo en el mar Negro. Si observáis el mapa comprobaréis que no me lo invento”.

Rumanía es un pez… y en su aleta caudal inferior se halla una ciudad de historia cautivadora, Constanța, mosaico de civilizaciones y culturas, la Tomis griega del litoral del Ponto Euxino (mar Negro) de la antigüedad a cuyo puerto arribaron, según la mitología, Jasón y los Argonautas tras conseguir en la Cólquide el vellocino de oro. Convertida en ciudad romana, fue el lugar donde el emperador Augusto desterró al poeta Ovidio. Aquí, en Tomis / Constanța, vivió y murió el autor del Ars amatoria y su espíritu, dicen, vaga por la ciudad a falta de la tumba jamás hallada a la que añadir el epitafio que el poeta latino dejó escrito en su obra Tristia para que su esposa se encargara de hacerlo cincelar en su estela funeraria y que, con escasas variaciones, puede leerse en el pedestal de la estatua que, en su memoria, se levantó, en el siglo XIX, en la plaza de Constanța que lleva el nombre del literato:

HIC EGO QUI IACEO TENERORVM LVSOR AMORVM
INGENIO PERII NASO POETA MEO
AT TIBI QVI TRANSIS NE SIT GRAVE QVISQVIS AMASTI
DICERE NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT

Yo, que aquí yazgo, soy Nasón,
poeta que canté los tiernos amores y morí por mi propio ingenio.
A ti, quien seas, que pasas por aquí, a ti que has amado también,
que no te sea molesto decir que los huesos de Nasón descansen en paz.

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«Aísa»: Archivo personal


Anochece en estos Valles Tranquilos del Biello Aragón [*].

Bajo el balcón de barandilla ornamentada que preside la fachada de la casa se distinguen en la penumbra las margaritas y tusilagos que crecen junto al portalón rojizo de la entrada, con sus piedrecitas blanqueadas delimitando el espacio y el farolillo que hay a la izquierda de la aldaba dejando caer su brillo desteñido sobre el metal bruñido del buzón. Resuenan pasos en el empedrado de la calle en pendiente, pero no se ve a nadie. “Es el fantasma del rey Batallador vigilando los sueños”, dice la pequeña Jenabou, que no ha dejado de fantasear sobre el monarca navarroaragonés desde la visita a la ermita de San Esteban, donde el futuro soberano fue educado. “O igual marcha a la cascada de Sibiscal a darse un baño bajo la Luna… Bueno, no, que era un rey de otros tiempos y entonces no estaba de moda quitarse la roña, ¿no, mamá…? Para ser un rey guerrero era bien poquita cosa… Uno con sesenta y dos dijeron que le medía el esqueleto, ¿no? En unos meses le paso hasta yo. ¿Sabéis…? Cuando volvamos a casa podríamos parar en San Pedro el Viejo y volver a ver las tumbas del Batallador y del Monje”. “¿Para presentarles tus respetos y hacerles una reverencia?”, bromea Étienne. “Bah, no… Es que me gustan esos claustros y siempre encuentro algo interesante en los relieves de las columnas”.

Se rinden al sosiego las voces nocharniegas en el último tramo sabatino, en la habitación abuhardillada desde cuya ventana encarada al norte se adivina la mole del monte Aspe, a cuyos pies nace el río Estarrún, que discurre suavemente por el valle de Aísa hasta diluir sus aguas en las del brioso río Aragón y marchar con él a tierras navarras para engrandecer el caudal del padre Ebro.

Jenabou duerme.



NOTA

[*] Se conoce como Biello (Viejo) Aragón al territorio pirenaico donde empezó a forjarse el Reyno.

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«Embalse de Lanuza»: Archivo personal


Antes de las dos, llegan a Casa Patro, en Tramacastilla, donde han reservado mesa para comer. Lola Haas se desprende, sin disimulo, de las sandalias de plataforma y lee con poco interés los platos anunciados en el menú. “Estoy más cansada que hambrienta, así que comeré lo que pidáis”, dice. “¿Pero estás bien? ¿Has disfrutado del paseo?”, se interesa la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Mucho. Pero no creía que me haríais caminar tanto… Hubiera traído calzado más adecuado”. Un silencio indolente acompaña la sopa de ajo ligeramente coloreada con pimentón a la que siguen las piezas de entrecot de ternera a la brasa y unas buenas raciones de tarta casera de tiramisú que la invitada, aunque tiquismiquis con la repostería de fuera de Francia, alaba.

Diecinueve grados, marca el termómetro; siete más que cuando, horas antes, aparcaban unos kilómetros más arriba para visitar la localidad de Lanuza, con sus coquetos edificios rehabilitados, recorriendo, sin apresurarse, un corto tramo del cautivador entorno del pantano con una Lola remisa a alargar en exceso el trayecto a pie porque, se justificaba, “no he venido preparada para echarme al monte” (sic).

En ese mismo lugar —hoy parcialmente inundado por las aguas embalsadas del río Gállego y escenario del Festival Pirineos Sur— nacieron siglos atrás, para el mundo y la historia, los Lanuza, cuyo cargo hereditario de Justicia Mayor de Aragón —precursor de la figura del Defensor del Pueblo— ostentaron con rectitud hasta que el celo en la defensa de los Fueros aragoneses, por encima de las disposiciones del rey de España, Felipe II, daría con el más joven de ellos, Juan V de Lanuza, en el cadalso, allá en Zaragoza, en 1591, con el hacha mortífera del verdugo separándole la cabeza del cuerpo por mandato real.


En qué mala hora Antonio Pérez, el huido exsecretario del rey español, desempolvó su ascendencia aragonesa para acogerse al derecho de asilo que los Fueros de Aragón contemplaban para cuantos deudos perseguidos lo demandasen. Cuán lejos estaban los Lanuza, padre e hijo, de calibrar las consecuencias que se derivarían de la correcta aplicación de las leyes forales en contra de los mandatos de un Felipe II dispuesto a aprehender, sin importar los costes, a su antiguo secretario de cámara que, pese al feroz despliegue de sus enemigos, salió indemne merced a la protección aragonesa y consiguió ponerse a salvo en Francia. Cómo corrió la sangre por Zaragoza cuando los ejércitos reales cayeron sobre la ciudad y los férreos defensores del Justiciazgo. Con qué ímpetu la venganza soberana se precipitó sobre Juan de Lanuza el Mozo y todos los gentilhombres aragoneses que habían antepuesto, como era su deber, los Fueros representativos del antiguo Reino de Aragón a las exigencias de la Corona de España.

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«La patria en los zapatos, II»: Archivo personal


[…]Al igual que cuestionar la nación no implica negar su existencia, cuestionar el nacionalismo tampoco significa menospreciar la importancia del sentimiento de pertenencia a una comunidad. Es obvio que el vínculo comunitario es fundamental, y que vivir en un mismo lugar, compartir una lengua, tener experiencias comunes, desarrolla relaciones solidarias y crea un sentimiento de comunidad que se inscribe, muy profundamente, en nuestra subjetividad, y que moviliza intensamente toda nuestra afectividad. En cierto sentido somos la lengua que hablamos y la cultura que nos impregna, sin embargo, no hay razón alguna para ir más allá de ese simple reconocimiento.
El hecho de que pertenezcamos a una determinada cultura no implica que debamos identificarnos con ella asumiendo de paso su trasfondo patriarcal, homófobo y racista. El hecho de que nos haya tocado hablar una lengua no significa que tengamos que batallar para que se preserve y a ser posible se extienda, salvo que seamos nacionalistas.

La gran astucia del nacionalismo consiste en equiparar el amor al terruño y el amor a la nación, en trazar una equivalencia entre ellos, y en hacernos creer que constituyen un solo y mismo sentimiento. Sin embargo, el afecto por el nicho que nos ha visto nacer y crecer no es lo mismo que el amor por esa abstracción que es la nación, y extrapolar ese sentimiento a una entidad abstracta lo desvirtúa y lo transforma en otra cosa.
El apego a la tierra natal ni se aprende ni se enseña, simplemente sucede en el roce diario sin que nadie deba incentivarlo ni exaltarlo, mientras que el patriotismo, inseparable del nacionalismo, debe ser elaborado, enseñado e inculcado mediante sofisticadas operaciones de producción simbólica de la realidad nacional y mediante sutiles adoctrinamientos. El nacionalismo debe ser generado y mantenido de forma continuada por un conjunto de dispositivos institucionales dedicados a la producción de subjetividad. Aceptar el nacionalismo, o más aun, impulsarlo, es exactamente lo opuesto a lo que constituye una forma libertaria de habitar el mundo.[…]. – TOMÁS IBÁÑEZ, fragmento del artículo publicado en 2015: El Triángulo de las Bermudas. Independencia, nacionalismo y derecho a decidir.

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