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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

Embarcadero de Sopeira

«Embalse y embarcadero de Sopeira»: Archivo personal


Sentados en el embarcadero de Sopeira, con el Sol invicto calentándoles gorras y espaldas, sumergen los pies desnudos en el embalse. El agua fría les aguijonea las rozaduras como si un ejército de hambrientos pececillos garra-rufa, provistos de imponentes dentaduras, acometieran los magullados terminales de sus piernas, retirándose después, con el festín en las entrañas, a la par que sus víctimas hacen emerger los pies brillantes, rugosos y aliviados, para recorrer, descalzos, la pasarela, regresar junto a las mochilas y trocar las botas de treking por cómodas sandalias de suelas de goma y corcho. “Cada vez que pienso que tenemos que volver andando a Arén, se me doblan las piernas”, confiesa Manuel-Antonio a la entrada del restaurante Casa Pasé de Sopeira. “Bah, no lo pienses… ¿Qué son diez kilómetros con todo lo que hemos trotado entre ayer y hoy?”. “Por eso mismo lo digo, que ya tengo unos años y el cuerpo se resiente. Estoy que no doy más de mí”. “Bueno, mientras comemos, te descansas”.


Habían llegado a Benabarre siete días antes; oficialmente, para una inspección veterinaria de rutina en varias fincas ribagorzanas aragonesas que recorrieron y documentaron cada mañana de los cinco primeros días, en jornadas intensivas que los obligaban a comer a deshora y con escaso margen para el asueto. “El fin de semana, en vez de regresar, podíamos quedarnos y excursionar por la zona, que vosotros la conocéis pero yo no. ¿Os parece…?”, propuso Manuel-Antonio a sus compañeros.

El sábado, nada más despuntar la luz del día, viajaron hasta Montfalcó para iniciar la travesía más larga del Congosto de Mont Rebei, una maravilla natural cuya belleza compensó las durísimas horas de ascensión por entre rocas, pasarelas y un puente colgante abierto a una Naturaleza rocosa excepcional, cincelada por el agua, que puso a prueba su sentido del equilibrio y los dejó tan extenuados que, de vuelta en el coche y apenas terminados los bocadillos que habían llevado, se propusieron echar allí mismo una ligera cabezadita que se convirtió en siesta de más de una hora.

El domingo, tras un temprano desayuno, recogieron los equipajes del hotel de Benabarre y, pese al cansancio por los más de dieciséis kilómetros recorridos a pie el día anterior, se trasladaron a Arén para realizar, de nuevo caminando, parte de la Ruta de los Dinosaurios hasta los yacimientos de Blasi, dirigiéndose después, por el mismo medio de locomoción, al cenobio románico de Santa María y San Pedro de Alaón, cerca de Sopeira, pueblo en el que habían apalabrado la comida y del que, a media tarde, gracias a la amabilidad de unos trabajadores magrebíes que se dirigían a Vielha, salieron en una furgoneta que los depositó al lado mismo de sus propios vehículos, con los que, inmediatamente, emprendieron rumbo a la cotidianidad.

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caserío Aspain-Txiki (Leitza)

«Caserío Aspain-Txiki (Leitza)»: Archivo personal


I

Tarde-noche dominical

Joder, sois la repanocha”, le espeta Asier a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio nada más llegar a la bajera [*] de Zizur donde han quedado para cenar unas pizzas. “Tanto decirme ‘cuando juguéis en Leitza, avisa, que iremos’…” “¿Y no hemos ido, o qué?”, lo interrumpe ella. “Claaaaro, a ver el abetal de Izaieta y a echar unos tragos, porque lo que es al partido ni os habés asomado”. “Bien teníamos que ir a saludar a Carlos y curiosear en los escenarios donde se rodó parte de Ocho apellidos vascos, ¿no?”, apunta Marís. “¿Ah sí….? ¿Y en qué parte del metraje sale el abetal, lista…? Porque, que yo sepa, no…” “Venga, va, que se reseca la masa…”, media uno de los jugadores del C.D. Iruntxiki de Beriáin que se ha sumado a la cena. “Aún nos acusará de ser los culpables de que hayan perdido”, dice por lo bajo Étienne.





II

Seis días antes. Fragmento de una conversación del Grupo de WhatsApp

Maria Petra: Mam’zelle [**] está que trina porque llevas dos ensayos perdidos de don Perlimplín y Emil está hasta los güevos de sustituirte. Como no aparezcas el finde…
Asier: Nah. Tampoco. Jugamos en Leitza contra el Aurrera.
La veterinaria: En Leitza???? Ah, pues iremos. ¿No te dije que si nos avisabas con tiempo iríamos…? Tenemos en ese pueblo un amiguete.
Asier: Vendréis al partido de fútbol…? En serio…?
Marís: M’apunto.
María Petra: Qué rabiaaaa… No puedo ir por el teatro. Me fastidia porque hace tiempos que no veo a Carlos.
Étienne: Puf, no sé, creo que tengo el traje de cheerleader en la tintorería, jajaja.
María Petra: Cuando lo recojas nos haces en privado un desfile, que estarás de un monín…
María Petra: Asier, llama a Mam’zelle cagando leches y le cuentas que te pierdes otro ensayo.
Asier: Ok.
Asier: Lo de Leitza, qué? Confirmáis?
La veterinaria: Sí. Yo iré.
Marís: Sí, sí. También. Tengo ganas de ver a Carlos y a su mujer.
Étienne: ¿A qué hora jugáis?





III

De lo que, tras poner en común los recuerdos de las protagonistas, podría ser el prólogo aunque se halle al final

Sucedió un verano. Tendríamos diecinueve o veinte años y nunca habíamos oído hablar de Leitza. Tampoco imaginábamos que, tiempo después, el nombre de la villa Navarra lo recordaríamos unido a una cazuela de conejo guisado y a un autoestopista”, comienzan.

Pero pongámonos en el contexto: Julio, un mediodía tórrido, tres chicas despreocupadas rumbo a los Sanfermines en un Peugeot 205 de tres puertas, escuchando a Reincidentes en el radiocasete y con los estómagos azuzados por el olorcillo grato que se extendía desde los asientos traseros, donde el contenido de una cazuela alta (de esas esmaltadas en rojo y con el interior azul claro) que Marís sujetaba entre los pies, aguardaba el momento del asalto. “Lo hemos hablado muchas veces y siempre con la misma conclusión: Jamás nos ha sabido tan sabroso un guiso como aquel preparado por la madre de Marís y que, en un principio, nos negamos a aceptar”.

—¿Pero, Isabel, cómo pretendes que nos llevemos eso? ¡Que nos vamos de Sanfermines!
—Ah, ¿es que en Sanfermines se ayuna…? Cuando paréis a medio camino y os lo comáis, me lo agradeceréis.

Se detuvieron en Puente la Reina de Jaca, estacionaron el coche bajo la única sombra que encontraron en el animado aparcamiento junto a la Nacional 240, compraron bebidas en el bar y se dispusieron ya no a comer, sino a zampar. “Entonces los vimos. Dos chicos vestidos con ropas militares haciendo autoestop”.

Los soldados se fijaron en el vehículo con matrícula de Navarra y decidieron probar suerte y acercarse a preguntar a sus ocupantes si iban a Pamplona o sus inmediaciones. Carlos y Miguel Ángel, eran sus nombres. Uno de Leitza (Navarra), el otro de Celorio (Asturias), ambos de permiso del servicio militar que prestaban en Jaca. “Imposible olvidar sus caras de asombro cuando nos descubrieron sentadas en el suelo, con la cazuela en medio, las barbillas y las manos pringadas de salsa, hincando el diente a las piezas de conejo y mojando pan como si lleváramos días de hambre atrasada”. A los cinco minutos, los desconocidos se habían unido al banquete y asegurado el viaje a Pamplona. En el caso de Carlos, hasta la misma puerta de su casa en Leitza.

De Miguel Ángel no volvimos a saber una vez que se espaciaron, hasta desaparecer, las comunicaciones que intercambiábamos”. Con Carlos, por el contrario, nunca han dejado de mantener el contacto desde aquel lejano mediodía caluroso en Puente la Reina de Jaca.








NOTAS

[*] Local comercial en desuso, a pie de calle, que se alquila como lugar de ocio privado. Son tradicionales, entre la gente joven, especialmente en Navarra y La Rioja. A las bajeras se las conoce, también, como piperos.
[**] Apelativo referido a la señorita Valvanera, maestra jubilada y directora del Grupo de Teatro.

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Cementerio de Jaca

«Cementerio de Jaca»: Archivo personal


Por la carretera de la Guarguera, entre caminos de tierra que baña, culebreando, el Alcanadre  —el río que labró impresionantes cañones en la sierra de Guara—  se llega a Matidero, una localidad semidespoblada donde, hasta 1987, se erguía un impresionante olmo de 27 metros de altura catalogado como el más grande de Aragón. Pero, además, Matidero fue el lugar de nacimiento, a principios del siglo XX, de María Cadena, una enfermera republicana que, al finalizar la guerra (in)civil huyó a Francia, país en el que se casó con un compatriota y donde trabajó y residió hasta 1968, cuando su marido y ella, ya jubilados y con pocas probabilidades de ser represaliados tardíos del franquismo, regresaron a España instalándose en Jaca, ciudad pirenaica en la que María falleció en 1980. Y es, precisamente, en el cementerio de Jaca, en la pared de nichos en la que reposa —tras la lápida que lleva su nombre, María Cadena de Camazón— esta superviviente de dos guerras, donde termina una historia singular, un thriller de espías protagonizado por un hombre  —el marido de María—  que, desde 1982, comparte lecho mortuorio con ella pero cuya identidad no figura en el cubículo funerario que resguarda sus restos, como si la reserva que el matemático y extraordinario criptoanalista Antonio Camazón hizo de toda su vida hubiera querido preservarla hasta el final de los tiempos.


Faustino Antonio Camazón Valentín (1901-1982), vallisoletano, antiguo comisario y analista de la Policía Criminal Republicana, matemático, ensayista, criptógrafo y políglota, figura en la historia oculta de los Servicios Secretos como uno de los avezados analistas que, durante la II Guerra Mundial y como integrante del llamado Equipo D, desencriptó y descifró el funcionamiento de la famosa máquina Enigma, la joya de las comunicaciones secretas de la Alemania nazi, cuya inviolabilidad quedaría en entredicho al ser descifrados sus códigos por el grupo de criptógrafos de diferentes países (los había ingleses, polacos, franceses y otros seis republicanos españoles, además de Camazón) de los que únicamente trascendió a la opinión pública el nombre de Alan Turing (1912-1954)  —al que primero honraron y luego arrastraron por el fango por su homosexualidad—  con el que Camazón y sus compañeros trabajaron, codo con codo, día y noche, desde distintas ubicaciones secretas de Francia, Norte de África e Inglaterra, hasta desentrañar los secretos de la codificación alemana.

Los buenos resultados del trabajo del Equipo D fueron claves para la derrota nazi y posibilitaron que, terminada la contienda mundial, los Servicios Secretos norteamericanos tentaran a Antonio Camazón para trasladarse a Estados Unidos, propuesta que no aceptó el vallisoletano señalando que tenía una deuda con los franceses —que lo habían sacado del campo de concentración donde fue recluido tras salir de España— por haberle dado la oportunidad de desarrollar sus aptitudes en la causa de la liberación de Europa del fascismo. Fiel a su palabra, trabajó para el Deuxième Bureau de Charles de Gaulle hasta 1968, año en el que él y su esposa se trasladaron a Jaca con el estatus de pensionistas de la República Francesa, llevando la misma vida discreta que en el país vecino.

Coleccionista de libros diversos en diferentes idiomas, Antonio Camazón atesoró más de ochocientos (el más antiguo, de 1817), escritos en ciento cincuenta lenguas distintas  —algunas en peligro de desaparición—  que, en 1984, se vendieron a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, usándose el dinero recibido para pagar la boda de un familiar del matrimonio Camazón-Cadena. La colección, que actualmente forma parte del fondo de la Biblioteca María Moliner, es conocida como «La biblioteca del espía».


En 2019, el director andaluz Jorge Laplace realizó el documental Equipo D: los códigos olvidados, resaltando el papel de los criptógrafos españoles en la guerra que los Servicios Secretos Aliados libraron contra los de Alemania.





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«Ruinas de Escó»: Archivo personal


Antes de dirigirse al valle, remolonearon entre las ruinas de Tiermas y Escó, aun cercadas por la bruma que parecía proyectarse, lánguida, desde las aguas del embalse de Yesa. AnsorenaAnso—, viejo compañero de estudios de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, zascandileó entre los casas derrumbadas de la callejuela en pendiente de Escó que hizo las veces de la bombardeada y destruida Gernika en la película homónima de Koldo Serra. “¿Así que decís que este pueblo pertenece a Zaragoza aunque esté en la comarca de la Jacetania de Huesca?”, preguntó, a gritos, encaramado a una de las ventanas abierta a la nada. ”Lo decimos nosotras y lo dice el mapa, Anso. ¿O no has visto el cartel de señalización antes de llegar al pantano? Venga, vente con la mochila y saca el termo, que como te descalabres nos sentará mal la cafeína”.

En la zona más baja, donde una franja de arenilla de color plomizo marcaba el nivel máximo de las aguas embalsadas, se sentaron sobre los anoraks, con los vasos de café entre las manos y el tupper con las torrijas de Yolanda en equilibrio sobre dos piedras. En el horizonte ligeramente nublado se dibujaban las sierras de Leyre y Santo Domingo asomadas a las aguas quietas y acorraladas cuya humedad se prendió en las ropas de los visitantes que, medio acostados y en silencio, contemplaban ese falso mar que oculta algunos tramos del Camino de Santiago.


Treinta y cinco minutos después, contorneando las sinuosidades de la carretera que se adentra en el valle del Roncal y dejando atrás las localidades aragonesas de Sigüés y Salvatierra de Esca, recalaron en la casa de Luis  —otro compañero de la facultad de Veterinaria—, en la villa navarra de Burgui, una población que, como todas las del valle, abunda en parajes de extraordinaria y abrupta belleza y cuyo casco urbano, de piso empedrado y tradicionales casonas, recorrieron con avidez, como si fuera su primera visita, antes de volver a la entrada del municipio, junto al restaurado y robusto puente romano-medieval por cuyos cuatro arcos discurre el Esca, el rio que, a pocos kilómetros de allí, fue excavando y cincelando durante miles de años la roca caliza dando lugar a una foz despampanante ante la que los ojos viajeros se achicaron deslumbrados.

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«Entre ramajes»: Archivo personal


Antes de las ocho de la mañana, los españoles e italianos alojados en el hotel Ibis Paris Porte d’Orléans, en Montrouge, ya han tomado ruidosamente el comedor: La muchachada de Bolonia, en viaje pedagógico, hace acopio, en sus mochilas y bolsas, de panecillos, fiambres y bollería expuestos en el buffet; el grupo de talludos turistas madrileños, llegados la tarde anterior, se abre paso entre la impaciencia juvenil para acceder a las cafeteras y jarritas de leche; Étienne e Iliane, bien posicionados ante el mostrador de los desayunos, van llenando de viandas cuatro platos mientras la veterinaria y Asier se proveen de mantequilla, mermelada, azucarillos y una cafetera de cerámica que, dados su peso y temperatura, está hasta los bordes de café muy caliente. “Si son capaces de comerse todo lo que se han llevado…”, dice Agustín, uno de los madrileños, señalando a los estudiantes que, bien aprovisionados, se dirigen fuera del hotel. “Nosotros vamos ahora a Versailles”, explica. “¿Y vosotros…?” “Nos quedamos en Montrouge”, le responde Étienne.


[…]

El cementerio de Montrouge huele a lavanda y a piedra de cantería. La lápida de Emilieta es verde, con el nombre de ella grabado en filigrana plateada y, junto a la jardinera con petunias, la pequeña reproducción de la pirámide de 545 prismas pétreos escalonados (el mismo número que las personas fusiladas en Huesca) del Parque Mártires de la Libertad, donde, en 2014, el nombre de su padre, asesinado por fascistas oscenses cuando Emilieta apenas contaba dos años, fue rescatado, junto con otros, por la memoria renacida, y leído, con voz susurrante, por una de las nietas, aferrada al atril y al recuerdo de su madre, hija del homenajeado. “Qué injustas han sido la vida y la muerte con mamá”, repetía. “Tenía que haber estado aquí y ser ella la que nombrara a los cuatro vientos a su padre… Con cuánto orgullo lo hubiera hecho”.


[…]

A las siete y media de la tarde apenas quedan huecos en el restaurante más económico de la parisina calle de Rivoli, donde algunos de los estudiantes de Bolonia, compañeros de alojamiento en Montrouge, les hacen sitio mientras deciden qué plato combinado elegir. Terminan pidiendo, al unísono, por iniciativa de la veterinaria, bœuf bourguignon.

Es, para los jóvenes boloñeses, la última noche en París, mientras que el grupo navarroaragonés se quedará un día más para visitar, con la incansable Lola Haas, el Centro Pompidou.

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«Desdibujando»: Archivo personal


Extracto de un borrador (desestimado) para una carta (no remitida) a Francisco Javier Lambán Montañés


[…] No sería de recibo, siendo usted presidente del Gobierno de Aragón, que le atribuyera la condición de cantamañanas. O de lerdo. Acepte, en cambio, que lo denomine, en el tema que nos ocupa, cándido. Porque muy ingenuo ha de ser su excelentísima para pretender una candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno, a medias con Catalunya, sin ser consciente de cuál será la función que le tiene reservada el Govern del territorio vecino: encargado de llevar el botijo con el agua de Vichy. Al molt honorable Pere Aragonés (qué penitencia llevar ese apellido) le importan usted y este territorio lo que una boñiga de vaca del valle de Hecho; y señalo una zona pirenaica aragonesa porque hasta las cagarrutas de las ovejas que pastan en el leridano valle de Bohí tienen más relevancia para don Pere que los y las mindundis que habitamos en este otro lado. Deje, pues, que organicen las Olimpiadas Blancas a su antojo y en exclusiva, sin el concurso de Aragón; que se apañen con Andorra, Francia o con Sudáfrica, mismamente. Deje que figuren, se regodeen siendo el centro de atención y se endeuden. Dedíquese usted a cuidar su salud, a trabajar por el bienestar de aragoneses y aragonesas y a salvaguardar nuestros montes de innecesarios impactos ambientales. Ni usted ni la ciudadanía a la que representa necesitamos alharacas ni ejercer de comparsa pisoteada a mayor gloria de las ínfulas vecinas. Sabemos quiénes somos y de dónde procedemos. Hacia dónde nos encaminemos dependerá de nuestras propias decisiones. Hágame caso, don Javier. Ondee su orgullo y mande a su homólogo catalán a escaparrar [*]. Y, si es preciso, envíe en la misma dirección al Comité Olímpico Español en pleno. […]



NOTA

[*] En aragonés, mandar a alguien a escaparrar es mandarlo a tomar viento.

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«Apacibilidad»: Archivo personal


De regreso del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria, en Bescós de Garcipollera, cuando el todoterreno dejaba tras de sí el camino asfaltado para internarse por la pista de tierra, apareció el ciervo. En una secuencia de escasos segundos, volantazo, frenada, el chasquido seco del cuerpo del venado al ser golpeado por un lateral del vehículo, los gritos de Tatyana y la huida, espantada y tambaleante, del animal monte arriba, sin rastros de sangre que indicaran a los ocupantes del coche el estado del cérvido atropellado. Remontaron a pie la ruta de escape cerca de media hora sin atisbar ninguna señal. “Es probable que él sí nos esté viendo. Puede que el golpe no haya sido grave y, si nos ha detectado, solo consigamos que se estrese más”. “¿Nos vamos, pues? Si no te importa, conduce tú, que se me ha puesto mal temple. No solo por el ciervo… que también hemos estado a punto de estrellarnos contra los pinos”. Momentos después, abandonaron el valle de la Garcipollera en dirección a Jaca.


En la Garcipollera, cuya denominación medieval, de etimología latina, alude a las humildes cebollas  —Vallis Caepullaria, el Valle Cebollero—, susurran las piedras supervivientes de los pueblos deshabitados. A raíz de la construcción del embalse de Yesa, a finales de los años cincuenta, y para prevenir que el arrastre de sedimentos colmatase el pantano, los habitantes del valle fueron obligados a desalojar sus núcleos poblacionales y fértiles campos, que pasaron a ser propiedad de Patrimonio Forestal del Estado para su reforestación. Aquellas gentes que, durante siglos, poblaron las tierras bañadas por el río Ijuel, fueron sustituidas por ciervos y pináceas que, junto a ardillas, pájaros carpinteros, tejones, zorros, pueblan en abundancia los montes, prados y veredas recorridas, en el buen tiempo, por algunos turistas, maravillados ante la belleza del entorno, que se dirigen a visitar esa joya del románico aragonés del siglo XI que es la iglesia de Santa María de Iguácel, antiguo monasterio benedictino, meta de tantas peregrinaciones pasadas.

En Villanovilla, la única localidad del valle olvidado cuyos habitantes no se resignaron a dejar morir el pueblo y consiguieron mantenerlo intacto aun renunciando al terreno circundante, nació la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, en una casa alejada del actual casco urbano rehabilitado y de la que no resta ni una sola piedra de las que, antaño, componían la vivienda original. A veces, rememora en voz alta el pasado y se recuerda a sí misma, en aquellos inviernos crudos de la niñez, caminando sobre la nieve para ir a la escuela, con Vicencia, la perra perdiguera que siempre la acompañaba, brincando a su alrededor. O viajando en carro a Jaca, con su padre, amenizada la ruta con las historias, apenas comprendidas entonces, que le narraba su progenitor sobre su amigo exiliado Julián Borderas, el sastre que cosió la primera bandera tricolor que ondeó en el Ayuntamiento jacetano cuando en la bella ciudad pirenaica se inició la Sublevación Republicana de 1930 contra la monarquía; la misma bandera que, meses después, se convertiría en enseña oficial de la II República Española.

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«Château de Lourmarin»: Salva Barbera


En el pequeño paraíso de Lourmarin, en cuyos rincones danzan los sueños, se halla la casa que comprara Albert Camus (1913-1960) en 1958 con el cheque que acompañaba el galardón del Premio Nobel de Literatura concedido por la Academia Sueca el 16 de octubre de 1957.

Acostumbrado desde niño a prescindir de tanto y poco dado, ya adulto, a dispendios superfluos, Camus se prendó de la mágica esencia provenzal de Lourmarin y de aquella antigua granja dedicada a la cría de gusanos de seda situada en la calle de la Iglesia  hoy, calle de Albert Camus, que él concibió como cálido hogar de Francine, su mujer, y sus gemelos Catherine y Jean, nacidos en Boulogne-Billancourt en 1945.

De aquella casa amorosamente reconstruida y amueblada, con su original terraza con columnas, sus persianas verdes y su imponente ciprés, salió el reposado escritor hacia París en el Facel-Vega de su amigo Michel Gallimard para encontrar la muerte en la carretera el 4 de enero de 1960.

Cómo lloró Lourmarin, su elíseo, la muerte de su Monsieur Terrasse, apelativo con el que se referían al escritor sus convecinos para proteger la intimidad de la familia Camus de los periodistas y curiosos que acudían a la localidad para importunar al nuevo Premio Nobel francés.

Sus amigos, los futbolistas de Lourmarin, con quienes tantos momentos había compartido, llevaron a hombros el féretro hasta el cementerio, donde una humilde lápida de piedra  cerca de la de su esposa, fallecida en 1979—  señala su tumba. De allí, del rincón funerario que velan el laurel y el romero, quiso exhumarlo Sarkozy, en 2009, para enterrarlo en el parisino Panteón de Ilustres, encontrándose con la oposición de la familia, que se negó al traslado de los restos de Camus de aquel paisaje campestre donde tan feliz había sido en vida.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 5 de enero de 2015.

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«Al otro lado»: Archivo personal


Una voz suena, pero no la entiendo. Me aproximo.

—No tiréis, que soy un legionario. ¡No tiréis! —sigo gritando.

Una patrulla sale. Me reconoce. Entramos. Es un destacamento pequeño de cazadores. No conozco a nadie. El oficial me lleva a su tienda. Con él está el sargento y algunos soldados. Los más, quedan en la puerta. Pero todos callan, todos escuchan.

El teniente me da una copa de cognac. En pocas palabras explico. Me preguntan mucho. Contesto poco. Me preparan cosa caliente de comida. Como con apetito. Tengo sueño, mucho sueño. En una cama que me hacen, de casi un metro de paja bien acondicionada, me acuesto.

El sueño viene cargado de imágenes. El pasado, el presente y el porvenir forman una mezcla confusa e hiriente en medio de la cueva donde todavía creo hallarme. A mi lado, dormida sobre mi brazo, está la joven bella con sus ropas destrozadas y los senos mordidos, sangrantes, al descubierto.

Estoy en el hospital ya repuesto.

El otoño me trae la licencia definitiva de soldado después de cumplidos mis tres años de compromiso.

Me despido de los camaradas. Parto.

Paso por Ceuta. Cruzo el Estrecho. Piso España. Ya estoy otra vez solo. Completamente solo en medio de una civilización exuberante en la que nada tengo. Ni pan siquiera para sustentarme a mi llegada. En la que nada soy más que un despojo que se reincorpora a los despojos. Con dolor y espanto voy penetrando en ella.

Los ojos de mi experiencia me muestran las manifestaciones brutales de la civilización en su vida interna y externa. Y temo a medida que el tren avanza.

Temo llegar a los centros de la vida civilizada. Temo que el tren se detenga. Temo el momento de apearme. El momento de hallarme solo en esta espléndida barbarie organizada.

—Fragmentos finales de La Barbarie Organizada. Novela del Tercio, de Fermín Galán—.


En 1926, mientras cumplía condena en la prisión militar del convento de San Francisco, en Madrid, por su participación en la Sanjuanada, concluyó Fermín Galán Rodríguez (1899-1930) su novela La Barbarie Organizada. Novela del Tercio, cuyas primeras cuartillas había comenzado a escribir en 1923 y que, incluso entrando en la imprenta en 1930, no vería la luz hasta la proclamación de la II República, cuando su figura y la de García Hernández (1900-1930) se convirtieron en mitos republicanos tras ser fusilados ambos capitanes en Huesca como consecuencia del fracaso de la Sublevación Republicana de Jaca de 1930, de la que hoy se cumplen noventa y un años.

Si bien Galán, pese a su pertenencia al estamento militar, ya había expresado su ideario afín al anarquismo en diferentes publicaciones, es en esa ficción, tan dura como breve, donde su voz —a través de su alter ego, Gustavo Pedrol de Nieva, soldado legionario— va desmenuzando los entresijos del poder establecido en esa sibilina organización de la barbarie fundamentada en la concepción de una pirámide social en la que la soldadesca oficia de despojo humano ofrecida en sacrificio para el mantenimiento de una jerarquía en cuya cúspide se asienta la inútil monarquía lisonjeada por los poderes militar y eclesiástico.

La Barbarie Organizada, aun careciendo de la calidad literaria de la senderiana Imán, es un alegato antibelicista, antimonárquico y anticlerical, un cumplido vademécum filosófico de corte anarcoexistencalista que va tejiéndose, renglón a renglón, mientras el lector asiste, horrorizado, a la escenificación de una guerra colonialista, tan salvaje como estéril, que no tiene más coartada que la perpetuación de una sociedad degradada, fieramente injusta, que sirve a los intereses de unos pocos a costa de la desgracia de muchos, en una constante de siglos que rebasa el contexto imperialista expuesto por Fermín Galán y sigue manifestándose en este siglo XXI que nos acoge.

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«Luminosidad»: Archivo personal


«Pero, Cata, si con cinco litros tenemos suficiente». «Cinco para ti y otros cinco para que se los lleves, de mi parte, a tu amiga María Petra. Como siempre». Cata, más encogida y frágil que la última vez que se vieron, tres años atrás, cuando todavía habitaba en la casa de Pamplona, coloca las dos garrafas de aceite en el maletero del monovolumen. «Id con cuidado, que habrá mucho tráfico, y llamadme cuando lleguéis a Huesca, que no me quedaré tranquila hasta saber que estáis bien».

Se alejan del Sur, de la entrañable Cata que abandonó la Chantrea para regresar a Mancha Real, su pueblo andaluz, con su inseparable guardapelo al cuello cayéndole sobre el corazón, en el altar materno donde habita su recordada hija Raquel, cuyos restos reposan en el cementerio de Pamplona junto a los de su padre, fallecido hace tres años. «¿Qué iba a hacer yo sola en Pamplona…? Sin mi marido, sin mi Raquel y con el nieto trabajando en Irlanda… Mis otros hijos están en Granada y Jaén, y en esta casa viví yo hasta que salí para casarme…», explicaba, entre lágrimas.

Quedan atrás los olivos miguelhernandianos  —Jaén, levántate brava…—, los baños árabes jienenses, la esencia nazarí de los magníficos palacios y jardines granadinos, las callejuelas del Albayzín, los piononos de Santa Fe, el otoño calmo. El Sur… La voz de María Berasarte pone banda sonora a unos días, escasos pero ajetreados, retenidos en la memoria mientras pasa Madrid al otro lado de los cristales y ponen rumbo a Zaragoza con el regusto en los labios de la tortilla de patatas consumida en un área de servicio.

Nada más vislumbrarse Huesca, los acoge la niebla y se desliza el vehículo sobre la pátina de escarcha que la gelidez nocturna ha trazado a lo largo de la ruta de la sierra de Guara que conduce al Barrio. Creedence Clearwater Revival rompe el silencio durante los últimos kilómetros.


[…]


Qué lejos ahora (y, sin embargo, qué cerca) el Sur…

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