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En suelo duendo

«Calabaza»: Archivo personal


Se desprenden, ansiosos y grávidos, los últimos tomates, con la rosada tez labrada de cicatrices tenues y se agitan, impacientes, las judías rampantes; runrunean entre los dedos las postreras acelgas y lombardas soslayadas en la canasta donde yacen, turgentes y bruñidos, los calabacines.


(Ya marcha, con el canastón colmado, la hortelana).


Palpitan las vetas afligidas del huerto eventualmente vaciado; se estremecen los sedimentos del coluvión anhelosos de semillas, codiciosos de planteles y raíces…

Se enardece la tierra, esperanzada y lienta, entre ensueños de golpes de azada que la abren, fustigan, oxigenan y aparejan.

Indicios

«Entretiempos»: Archivo personal


A la umbría del viejo tapial que acorrala los huertos de abajo se acercó el Otoño, aun antes de que las últimas lluvias veraniegas liberaran al Sol de su oficio. Un cobertor de hojas azafranadas desciende, en tupida catarata, hasta la desigual trocha perlada de huellas humanas firmemente asentadas en el barro, que hoy acoge, mullidor, las del caminante despreocupado que transita con las pantorrillas desnudas moteadas de lodo y El niño asombrado, de Antonio Rabinad, bien resguardado en el holgado bolsillo pectoral del chubasquero.


[Hace una semana —o dos, o tres; o las que fueran— alguien depositó en el cajón de ejemplares usados de la Biblioteca tres libros ajados de un mismo autor, que nuevas manos asearon y recompusieron, forraron, registraron, tejuelaron y colocaron en el estante correspondiente. Quedó Rabinad —gorra marinera y pañuelo rojo al cuello— acomodado y expectante, con su maravillosa y sencilla locuacidad larvada entre las cubiertas, rozando a su amigo y prologuista Vázquez Montalbán. Tal vez, cuando la oscuridad se adueña de la Biblioteca, monta, como en vida, su puesto ambulante de libros de viejo y descienden, en tropel, de los anaqueles los literatos muertos para rebuscar, entre volúmenes de muchas manos, antiguas historias amorosamente tatuadas en papel.]


Cerca del hayedo, donde la discreta calidez solar apenas ha logrado volatilizar la humedad de la hierba, se aposenta el solitario transeúnte con Rabinad entre los dedos y los aromas herbáceos endulzando el oxígeno.
Y lee.
Y escucha.
Y comprende.
Y vibra.
Y se solivianta.
Y se atribula.
Y se enternece.
Y sigue leyendo.
Lee hasta que una nube dominical, transformada en imponente dama moñuda con un bien diseñado guardainfante, atrapa al Sol entre sus grises y se aquieta, amenazadora, convertida al instante en masa deforme que otras nubes alargan y rebasan.

Entonces, justamente entonces, retumba el primer trueno.


«Y pienso en el niño que era yo. Que ya no soy yo. Me vuelvo y le veo como dentro de una esfera luminosa, intraspasable; vaso de cristal límpido en el que cualquier hecho actual, el pormenor más insignificante, puede despertar un eco, un reflejo; yo lo estoy viendo, y él no puede verme a mí. ¿Desde dónde me miraría?

Y siento una gran lástima por él, por ese niño que no ha muerto, pero que ya no vive, y que descansa —¡al fin!— en su limbo natural, en ese paraíso intermedio de la nostalgia».- Antonio Rabinad.

Días de infancia II

Puericia

«Puericia»: Archivo personal

 

En la vieja cochera del Ayuntamiento —una nave de paredes de hormigón y tejado en forma de uralita que en el pueblo llaman la Estalabartería[1]— se acumulan, sellados por el polvo del tiempo, un sinfín de objetos y cachivaches de propiedad municipal; algunos ven la luz una vez al año, en cualquiera de los festejos que se celebran; otros, condenados al olvido, permanecen, avejentados e inútiles, a la espera de que alguna obra de teatro o el mercadillo de antigüedades los rescate de entre la mugre que los circunda; los de madera, infestados de xilófagos, terminan astillados alimentando, junto con hatillos de ramas secas, las hogueras vivificadoras y purificantes que se levantan en el Barrio, entre Año Nuevo y Carnaval, como tributo ancestral a los viejos ritos paganos.

Años atrás, la Estalabartería fue acomodo secreto de la chiquillería del Barrio, un grupillo de criaturas movidas, de entre seis y diez años, que pretendían emular a la chavalería que las precedía en edad y que poseían sus propios refugios en casetas de huerto, buhardillas y cualquier habitáculo con cuatro paredes y techo, que acondicionaban a su albedrío y donde se reunían para Sus Cosas. En aquellas Sus Cosas, las niñas y niños de menor edad no tenían cabida. “Que os piréis”, era el recibimiento que daban a la pandilla infantil capitaneada por María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio —entonces niñas que no superaban los ocho o nueve años— cuando pretendían que les dejaran formar parte de aquellos corrillos.

Nadie recuerda de quién fue la idea de tomar posesión de la Estalabartería aquel verano, forzando, sin llegar a romperla, la diminuta ventana que se abría a bastante más de metro y medio del suelo —las otras se hallaban a una altura considerable— y a la que accedieron empujando trabajosamente contra el hormigón un destartalado aladro[2] de peligrosas rejas oxidadas en el que se subían y desde el que se impulsaban hasta el estrecho alféizar alzando en el aire a los niños más pequeños y dejándolos caer al interior de la vieja cochera, sobre las cajas de madera que contenían las luces que iluminaban el Barrio en Navidad. El Club, que así lo llamaron, se mantuvo en aquel singular escondite hasta bien entrado el otoño, cuando un vecino descubrió a la grey infantil encaramándose a la ventana y dio aviso al alcalde. El rapapolvo de la autoridad fue de campeonato, aunque mucho menor del que recibieron por parte de sus familias, con alguna azotaina incluida.

Años después, olvidado el incidente de la Estalabartería, algunas de las niñas del Club, ya adolescentes, protagonizarían otra ocupación, menos inocente pero igualmente ingeniosa, que, de vez en cuando, se desempolva en la localidad para incidir, de forma malintencionada, en las antiguas fechorías consumadas por la alcaldesa y sus amigas.


NOTAS

[1] En arag., un estalabarte es un armatoste, un cachivache; una estalabartería sería, figuradamente, el lugar donde se almacenan estalabartes.
[2] En arag., arado.

Clandestinos

«Symbŏlus»: Archivo personal


Pepe el Palista, Jesusito, Patetas Cortas, Carmelo el Royo, José, Bachimaña, Silvestre… De aquellos hombres silenciosos —que no silenciados—, orgullosos obreros con sempiternos efluvios de grasa y lubricante rondándoles los contornos y las manos sementadas de callosidades, solo Bachimaña, viejo y enclaustrado en sí mismo, respira, seguramente sin ser consciente de ello, el aire que las sierras controlan y refrescan mientras, encorvado sobre el andador, recorre con dificultad los apenas seis metros que separan la puerta de la residencia del banco de hierro donde pasa parte de la mañana. Es imposible atisbar, en ese cuerpo castigado por el tiempo y en los grises ojos apagados, al voluntarioso rebelde que logró zafarse, a finales de los sesenta, de la redada de La Secreta en la última reunión clandestina, previa a la huelga, que se iba a celebrar en una iglesia de la capital y que terminó saldándose con la detención de tan solo nueve de los veintitrés obreros convocados. “Fue por la moto de Silvestre”, se congratulaba años después. “Estaba aparcada en la acera que no era y sabíamos qué significaba. Por eso pudimos escapar la mayoría”.

La moto —una Guzzi Hispania de 1955—, al contrario que Bachimaña, resplandece, cuidadosamente restaurada, en el patio de la casa, como homenaje a Silvestre —que llegó a emocionarse cuando su nieta mayor le mostró, como regalo de cumpleaños, el renovado aspecto de la histórica motocicleta que él creía destartalada e irrecuperable por los años de abandono en un corral—. Fue la moto que sirvió de santo y seña para que Bachimaña y otros trabajadores que se dirigían a la ilegal asamblea se libraran de meses o años de presidio, merced a la generosa acción de Silvestre que, aun siendo consciente de la vigilancia policial y de su posible detención, se mantuvo fiel a los principios de la solidaridad obrera, aparcó la moto en el lugar que simbolizaba peligro y se dirigió a la cita sabiendo que, seguramente, eran sus últimos momentos de libertad.

Malquerencias

«Donde se desmorona el tiempo»: Archivo personal


Este verano uno de los entretenimientos de la gente mayor del Barrio ha sido dejarse caer por la espléndidamente reformada Casa Gregorio, cuya fachada, pintada de blanco y con el zócalo en verde lima, nada tiene que ver con la original, de agrietada piedra arenisca, donde vivió la siña Valentina hasta su muerte, en 1982, cuando le quedaban pocos días para cumplir ciento un años. El entierro de la siña Valentina fue de los más atípicos que se han conocido en la localidad; apenas asistieron personas ajenas a la familia de la difunta, en el último acto de un resarcimiento construído de vacíos y silencios que rodeó a la mujer desde el final de la guerra. Porque la siña Valentina, miliciana de la FAI que en la retaguardia de la contienda fue la encargada de suministros del hospital de campaña instalado en la iglesia del Barrio, se convirtió, con el estallido de la paz revanchista, en porfiada colaboradora del nuevo orden y en entusiasta señaladora de cuantos desafectos a la naciente dictadura conocía o imaginaba. Aquella precipitada conversión a la causa fascista de la antigua miliciana libertaria se tradujo en encarcelamientos, multas e incautaciones de bienes que afectaron a muchas familias del Barrio y alrededores; es cierto que no hubo fusilamientos —tampoco mientras las izquierdas gobernaron la localidad durante el conflicto bélico— pero el padecimiento por el (mal) trato recibido hizo germinar la aversión hacia quienes, por su cercanía, las gentes consideraron responsables de la sucesión de injusticias que las asfixiaba. Y Valentina, con su nada ejemplarizante proceder, terminó por convertirse en un fantasma que nadie parecía ver ni oír. Ese vacío prolongado en el tiempo no se extendió al resto de la familia de la siña Valentina —cuyo único hijo se casó con la hija de una de las pocas Casas que no habían sido perjudicadas por sus delaciones— concentrándose exclusivamente en ella, aunque con el devenir de los años las nuevas generaciones, que no habían sufrido las vicisitudes de sus mayores, despejaron el ambiente enrarecido devolviéndole los saludos corteses a la anciana, preguntándole educadamente por su salud y aceptando alguna de aquellas tartas de bizcocho con mermelada que ofrecía a los amigos de sus nietos. Sin embargo, ninguno de aquellos jóvenes —descendientes de las familias agraviadas— que mantenían excelentes relaciones con los nietos de la interfecta, acudieron al funeral ni, por supuesto, quisieron formar parte del exiguo cortejo fúnebre que recorrió andando, como manda la tradición, el Barrio llevando en procesión hasta el cementerio el féretro con los restos mortuorios de la siña Valentina.

Melé

«De asueto»: Archivo personal


Mientras los debutantes The Luperzios se afanan, con desastrosos resultados, en amenizar con su música desacompasada el tramo vespertino de la fiesta del camping, la mayoría de los asistentes forman corrillos convenientemente alejados de los bafles, hurgan en el puesto de venta de camisetas, carteles y libros —agotándose los siete ejemplares expuestos de Altasu. El Caso Alsasua— o se instalan, con sus bebidas, en los bancos del porche cubierto que se halla al lado de la casilla de recepción. Solamente mam’zelle Valvanera —“Los pobrecicos tocan de pena, pero bien hay que darles una oportunidad”, comenta— y Agnès Hummel, sentadas las dos en sendas sillas de plástico junto a tres o cuatro niños bailones, parecen atender a los cinco músicos adolescentes que desgranan y destrozan a Kortatu, Subterranean Kids, Eskorbuto, Barricada y La Polla, construyendo unos acordes tan irreconocibles que únicamente se sabe a qué históricos del punk, rock y hardcore remedan porque así lo dice el cartel anunciador de la entrada.

La melé ácrata comenzó pasadas las dos y media de la tarde del sábado, con el menú vegetariano elaborado por Mª Ríos, chef oficiosa del gastropub Mia-te tú, cuyos responsables son, también, los encargados del camping (abierto de abril a octubre), centro de actividades senderistas y barranquismo.

Ensalada de tomate rosa con olivas negras y tostada con queso de cabra, risotto de boletus y marcaspone, pimientos del piquillo rellenos de pisto y carne de soja y, de postre, tartaleta de frutas con helado; agua de Veri, vino del Somontano, pan, café o infusión. A 15 euros por persona; con degustación libre de cerveza, pacharán y anís de Colungo, todas bebidas de factura casera.

Usanzas

«Bodegueta»: Archivo personal


Antes del almuerzo de trabajo —apalabrado en el bar del Salón Social— al que han invitado a Josetón, el bodeguero, para programar las fechas y turnos de la vendimia, el grupo de Tejedoras[*] que gestiona la Viña del Saso visita el terreno que se extiende, bajo la protección de la meseta pedregosa, desde el límite del término municipal que linda con las tierras de la localidad vecina hasta la barranquera de la Clamor, que desagua en el río. El viñedo, henchido y meticulosamente trazado, semeja un islote de bancales rectangulares, a modo de travesaños, con una extensa franja de sardas en la parte baja, en cuyo centro se abre un camino de tierra áspera y compacta por el que, en unos días, discurrirán tractor y remolque portando los cestones repletos de los preciados racimos de uvas parraletas y moristel.

Josetón, reconocido vitivinicultor que traspasó los menesteres de sus bodegas a sus hijos hace un par de años, es el altruista asesor de las Tejedoras desde hace tres décadas y conocedor, como ningún otro, de las características de la tierra aluvial del Saso, que él sugirió mantener como secano pese a algunas Tejedoras que insistían en transformar en viña de regadío la parte del segundo bancal próximo a la Clamor. Fue también idea suya invertir una parte de campo en la plantación de la casi extinta parraleta y en distribuir los horarios de vendimia manual en función del tipo de uva a recolectar.

El almuerzo resulta amigable y provechoso, regado con una botella de vino del Saso, de buqué afrutado, que Olarieta, la cocinera del bar del Salon Social y miembro de las Asociación de Mujeres, deja como al descuido sobre la mesa, entre el aplauso de las concurrentes y el gesto de satisfecho asentimiento de Josetón.


NOTA

[*] Nombre que se da, en el Barrio, a las miembros de la Asociación de Mujeres.

Compendium

«Casa Chira. Vişeu de Sus»: Archivo personal

 

Cuando le preguntan a la pequeña Jenabou qué le ha gustado más de sus vacaciones en Maramureș, responde, sin titubeos, que los paseos en carro tirado por imponentes pero dóciles búfalos de agua dirigidos por el amable Petre, el recorrido en el tren maderero Mocănița por el valle del río Vaser y la pequeña fiesta en la aldea de Plopiș donde ejerció de jurado en el concurso de pintura rápida y dirigió unas palabras en rumano a las personas asistentes asegurando que no le importaría vivir allí porque “…sunt tot atâția munți ca în țara mea“(sic)[*].

Y he hecho un amigo para siempre, siempre”, se regodea recordando a Petre, el joven trabajador de la granja de búfalos de Andrei, el Ucraniano. Petre, que rezuma bondad y alegría, se halla más cerca de los treinta que de los veinte, tiene síndrome de Down y una extraordinaria sintonía con los animales, a los que cuida con devoción. Andrei, pese al apelativo de Ucraniano, es bucarestino, nacido en la década de los cincuenta. Hijo de un preboste del régimen comunista, mantuvo una ideología sin fisuras hasta 1985, cuando el poeta y disidente Gheorghe Emil Ursu, al que admiraba y con el que participaba en tertulias literarias, fue detenido, encarcelado y apaleado hasta la muerte por supuestos presos comandados por la Securitate. Ese aciago 17 de noviembre de 1985, confiesa, sus convicciones hicieron agua. Participó en una manifestación de protesta en la que se pedían responsabilidades por la muerte de Ursu y fue arrestado y recluido, en durísimas condiciones, durante seis meses, en la prisión de Jilava, la misma en la que había sido asesinado Gheorghe Ursu. En junio de 1986, pese a hallarse en libertad (muy) vigilada, pudo abandonar subrepticiamente Bucarest para instalarse en la región de Maramureș, donde consiguió empleo en la serrería de Vișeu de Sus con documentación falsa que lo acreditaba como procedente de la vecina Ucrania, república que por entonces pertenecía a la Unión Soviética. Sólo regresó a la capital para el entierro de su padre —su madre falleció cuando era niño—, unos meses después del fusilamiento del matrimonio Ceaușescu.


NOTA

[*] «…hay tantas montañas como en mi tierra«.

Posrebullicio

«De vicio»: Archivo personal


Deambular. Vagar entre rúas con la historia tendida en los balcones y el pavimento humedecido. Merodear por los recovecos donde se asientan, liberados de la ciudad sitiada por el jolgorio, los gatos parranderos. Callejear para, finalmente, aposentarse y sucumbir al aroma adictivo de los pintxos de huevo del Río que se exhiben, impúdicos y fulgentes, pregonando los placeres que aguardan a quienes horaden su intimidad.

L’Affiche Rouge

«Rojo»: Anztowa


A Juana Mari —vieja compañera de colegio de Agnès Hummel y abuela de Gorka— la conocieron personalmente durante las fiestas de San Fermín, la noche del concierto de los raperos granadinos Ayax y Prok en la plaza de los Fueros, al que la señora se empeñó en acudir, situándose a pie de escenario, porque, dijo, quería entender “de qué va eso del hip hop”. “Si no reparamos en el salto generacional, no hay tanta diferencia entre lo que denuncian esos jovencitos y lo que defendía el querido Jean”, les explicaba al día siguiente a María Petra y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, en referencia al cantautor Jean Ferrat, con el que compartió, junto con Agnès, militancia en el Partido Comunista Francés y una firme amistad. “Los intereses sociales son los mismos en cualquier época”, proseguía. ”Los problemas del mundo no se solucionan a corto plazo sino cuando varias generaciones asumen que existen y establecen pautas para resolverlos”. Y recordaba a su padre, natural del valle de Salazar, que, apenas veinteañero, se exilió a Francia y se enroló en las milicias comunistas de la Resistencia Interior Francesa, colaborando con la cédula de inmigrantes que capitaneaba el irreductible luchador de origen armenio Missak Manouchian, detenido por colaboracionistas franceses y entregado a la Gestapo, que lo fusiló, junto con veintiún camaradas, el 21 de febrero de 1944. El padre de Juana Mari evitó la detención, tortura y muerte “por una minucia”, recordaba su hija: Había sufrido graves heridas en una pierna en el último acto de sabotaje llevado a cabo por el grupo de Manouchian. La minucia le supuso la amputación de la pierna por debajo de la rodilla pero lo salvó de una muerte certera. De su padre, que fue condecorado tras el fin de la guerra, heredó Juana Mari, nacida en 1946, el tesón en la lucha por la libertad y una militancia comunista de carácter antisoviético que la llevó a recorrer la misma senda del malogrado Jean Ferrat y la exquisita Agnès.



NOTA

L’Affiche Rouge es una canción de Léo Ferré con letra del poeta Louis Aragon, que homenajea al grupo de resistentes extranjeros del grupo de Manouchian. Está basada en el deleznable y famoso Cartel Rojo distribuído por los nazis y los colaboracionistas franceses para denigrar, presentándolos como vulgares terroristas, a los veintitrés resistentes asesinados por la Gestapo. En el libelo, que los nazis colocaron en muchas poblaciones de la Francia de Vichy, manos anónimas añadieron un “Muertos por Francia”, convirtiendo así el intento de vejar a los luchadores extranjeros en homenaje público póstumo.