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Theorēma

En hipotético honor e irónica gloria de la Excelentísima Señora doña María Pilar Alía Aguado, senadora electa por Toledo del Partido Popular. Vocal, entre otros cargos senatoriales, de la Comisión de Derechos Sociales. Escandalizada denunciante, en el ágora virtual, del fehaciente adoctrinamiento de género perpetrado en la Escuela Pública por siniestros enseñantes del contubernio anarcomarxista pirenaico.

 

 

Son bonancible

«Lizer»: Archivo personal


Aguanta Lizer, el apacible poni, la prolongada sesión de cepillado a que lo somete Jenabou, animado por los puñados de zanahorias troceadas que la niña le acerca al hocico de vez en cuando. “Bien guapo has quedado, monín. Quietecito ahora, que te voy a leer una historia”, le dice, y cabecea el pequeño équido, como si la comprendiera, ante el libro de Ana Griott que la niña acerca hasta sus ojos, casi ocultos por el tupé de brillantes y largas crines.

Juaquín de [Casa] Foncillas compró el poni a unos feriantes que se lo ofrecieron a muy buen precio. En la documentación que le entregaron le calculaban a Melaza —que así se llamaba entonces— unos once años y óptimas condiciones de salud certificadas por un veterinario colegiado, aspecto este último que resultó no ser cierto porque, como sospechaba Juaquín y se comprobó días después mediante una ecografía, el animal sufría una fuerte tendinitis, nunca tratada, en las cuatro extremidades, amén de importantes insuficiencias vitamínicas.

Al abuelo Foncillas, el padre de Juaquín, no le gustó el poni, no por el dispendio ni el estado del animal, sino por lo inapropiado de mantener con la yeguada de monte a un equino que, por muy vistoso que fuera, no aportaba nada, según sus palabras, al negocio de la cría caballar. Así que Melaza, renombrado Lizer, se quedó en los establos como un exótico ejemplar al que los contratantes de excursiones por la montaña acariciaban pero que nadie, ni siquiera los niños, podía montar, prohibición de la que quedó exenta, años después, la hija de la veterinaria —la pequeña Jenabou—, nacida el mismo año de la llegada del poni al Barrio, y que goza de la prerrogativa de pasear sobre Lizer, que tiene ya veinte años, por las inmediaciones de los establos de la yeguada.


Discurre la mañana soleada; dormitan los mastines junto al vallado y pastan las yeguas, indolentes, en los islotes de hierba del prado que linda con la acequia; susurra la niña historias de erizos y leones y mece ligeramente la brisa las suaves guedejas de Lizer, inmóvil bajo la encina.

«Soledades»: Archivo personal


Se solazan los rayos del Sol refractándose en el charco del camino por donde sus pies, sorprendentemente ágiles, sorteaban las piedras que resbalaban del promontorio donde cada caminante depositaba, a modo de ritual inexplicable, las inanimadas ofrendas del suelo. Ella recogía una de las que se encontraban a los pies del improvisado monumento y la colocaba junto a las otras con parsimonia casi reverencial, como si de una valiosa reliquia se tratara. Después, daba un par de pasos hacia atrás y observaba el conjunto entrecerrando la azulada vivacidad de sus ojos.

Hoy, otros ojos contemplan, entre la neblina de las lágrimas retenidas, la acumulación de piedras. Y, como si no hubieran transcurrido diecisiete inviernos desde la última vez, todavía les parece verla  —a ella, eternamente viva— disponiéndose a cumplir con el ceremonial.


«Mai, mira-me as mans;
as trayo buedas,
lasas d’amar…
Son dos alas
d’un biello pardal
que no puede
sisquiera bolar.

Mai, mira-me os güellos,
n’o zielo perdius
n’un fondo silenzio…
Son dos purnas
chitadas d’o fuego
que no alumbran
ni matan o chelo.

Mai, mira-me l’alma
aflamada de sete,
enxuta d’asperanza…
Ye un campo labrau
an no i crexen qu’allagas
que punchan a bida
dica qu’a matan.

Mai, mira-me a yo.
Me reconoxes, mai?
Fué o tuyo ninon…
Güei so un ome
que no se como so.
Mai, me reconoxes?
Mai, ni sisquiera tú?!!
»[*]

MAI, poema en lengua aragonesa de Ánchel Conte


Interpretación del poema, con música de Gabriel Sopeña, por Olga y los Ministriles:


[*]«Madre, mírame las manos;  las traigo vacías, cansadas de amar… Son dos alas de un viejo gorrión que ni siquiera puede volar.

Madre, mírame los ojos,  en el cielo perdidos en un hondo silencio… Son dos chispas echadas del fuego que no alumbran ni matan el hielo.

Madre, mírame el alma inflamada de sed, seca de esperanza… Es un campo labrado donde sólo crecen aliagas que pinchan en la vida hasta que la matan.

Madre, mírame a mi. ¿Me reconoces, madre? Fui tu niñito… Hoy soy un hombre que no sé cómo soy. ¿Madre, me reconoces? ¡¡¿Madre, ni siquiera tú?!!.»

Balcón de ensueños

«Titirinuestros»: Archivo personal


Paco Paricio, el Titiritero, cierra la puerta de La Casa de los Títeres tras el eco bullicioso de los últimos visitantes de cinco palmos y tres cuartos que corren —cuesta arriba, cuesta abajo— hacia la curva de acceso al pueblo donde se orillan los autobuses que devuelven a Abizanda la algarabía de otras épocas.

Asoman —en cualquier esquina donde se regodea el zarzagán— la raposa, Dragoncio, Farruco, Lobo, Esmeralda, el bandido Cucaracha y el gato tejadero de las siete costillas quebradas, en pasacalles solo audible para los viejos títeres que, tras la puerta cerrada del museo, retienen en sus cuerpos de trapo, papel maché y madera el impulso de vida recibido de las infantiles manos que, apenas unos horas antes, jugaron a ser dicharacheras comediantes tras un teatrillo repintado.

Paco camina, acariciado a partes iguales por el sol y el cierzo, sabiéndose observado por los invisibles guardianes medievales que, desde el donjón, protegen de los malos espíritus a piedras recicladas y moradores.

Camina Paco con el zurrón de historias trashumantes henchido de recortes de ilusiones. Camina con los ojos cerrados y el espíritu abierto…

¡Cántanos/cuéntanos un cuento, Paco, Titiritero!—, le gritan las carcomas golosas instaladas en el artesonado de los abandonados balcones venidos a menos.

Y en meritorio, pero desafinado, coro de crujidos entonan…


Paco Paricio, Titiritero,
eres más grande que un rascacielos,
siempre jugando con los muñecos,
siempre feliz, siempre dispuesto
a alborotar pueblos enteros…

Paco Paricio, Titiritero,
a los mayores vuelves pequeños,
les quitas años, les quitas peso,
y a los más chicos, con tus enredos,
les vuelves pájaros vivaracheros…

Paco Paricio, Titiritero,
eres el rayo, eres el trueno.[*]



NOTA

[*] De la canción «Paco Paricio«, del disco Titirimundi, del grupo Nuevo Mester de Juglaría.

«La mariposa»: Archivo personal


Por la abertura del lucernario de la galería donde verdean y florecen las plantas de interior, se ha introducido, en vuelo rizado, una pálida mariposa que ha arribado, sin titubeos, a las recién floridas plumas de Santa Teresa, cuyas hojas cuelgan, pródigas, de la olla azulona y descascarillada fijada con mortero en la pared de piedra. En esa galería, construida con tan buen ojo que el sol solo la roza de refilón, hubiera querido despedirse de la vida el señor Anselmo, en el sillón de mimbre donde se sentaba a leer, bajo la fotografía de Joaquín Ascaso, aquellos libros de Eduardo de Guzmán y Ángel María de Lera que conformaban una ínfima parte de su nutrida y ecléctica biblioteca. Pero fue a morir en la cama articulada de un centro hospitalario, lejos de sus plantas y sus colmenas, del huerto y de la rojinegra de colores desvaídos tras años de ondear en el balcón con vistas a la plaza y la iglesia. “Date una vuelta por las flores”, le decía a Martina, la hija de su única hermana. “Que no se me mueran ellas”. Sobrevivieron las plantas al señor Anselmo y aun a la propia Martina, que falleció al año siguiente de dispersar las cenizas de su tío por el hayedo. Otras manos, las de Lorién, el hijo de Martina, tomaron el relevo y las plantas originales y sus esquejes siguieron hermoseando la galería del sillón de mimbre siempre colocado bajo la foto del admirado Ascaso; allí, debajo del lucernario, donde la mariposa inicia otro corto vuelo y acopla su fina probóscide en los róseos pétalos de la exuberante alegría.

Tiempos fragmentados

«Fragmentos»: Archivo personal


En 1918, algunos amigos intelectuales y artistas convencieron a Pio Baroja para que se presentara a diputado por el Partido Radical, pese a las pestes que había echado de Lerroux, a quien consideraba escasamente leído y, como consecuencia, tirando a lerdo.

El pintor Miquel Viladrich, buen amigo del vasco, le aconsejó que lo hiciera por la circunscripción de Fraga (Huesca), localidad en la que el artista había montado su morada y su estudio. Hacia allá, pues, emprendió ruta el escritor, el 16 de febrero de 1918, para hacer causa común con su lejano electorado, en compañía, entre otros, de dos anarquistas oscenses y entusiastas barojianos, Felipe Alaiz y Salvador Goñi [*], en un itinerario que resultó entretenido pero asaz fatigoso y, sobre todo, un fiasco político.

A Baroja, que relató sus andanzas aragonesas en el artículo Una excursión electoral, contenido en el volumen Las horas solitarias, el viaje le sirvió, exclusivamente, para conocer y describir el paisaje del llano y algunas gentes del sur de la provincia de Huesca y, mínimamente, la propia capital altoaragonesa, a la que llegó en tren, pernoctando en la tradicional y entonces populosa calle de Ramiro el Monje, en la casa señorial del relevante y adinerado impresor Pérez, cuya hija, Marieta, recordaría muchos años después, en una entrevista, que el escritor tardó mucho en dormirse, maravillado por las pinturas que decoraban el techo de la estancia que le habían asignado.


MarietaMaría Dolores Pérez Barón—, que en plena mocedad destacaría por su afición al deporte al aire libre, su religiosidad y su virtuosismo al piano, fue asesinada el 25 de mayo de 1985, a la edad de ochenta y seis años, en aquella misma mansión cuyos techos admirara el célebre escritor. Musa provinciana del régimen franquista, en los inicios de la democracia había cedido a la Falange Española la primera planta de su magna propiedad —reservándose para ella la parte superior del edificio—. Pereció, cruelmente golpeada y acuchillada, a manos de un falangista al que, según se cuenta, había reprendido por la rotura de una silla ricamente tallada y tapizada, que formaba parte del mobiliario de la planta arrendada a los del yugo y las flechas.



NOTA

[*] Salvador Goñi Marco, nacido en Huesca, en 1894, fue un periodista libertario que dirigió el periódico El Talión y colaboró en distintas publicaciones de izquierda. Figuraba en una lista de masones como miembro de la logia Constancia de Zaragoza. El 19 de octubre de 1936 fue fusilado, junto a otras dos personas de su logia, en la tapia del cementerio de Torrero de Zaragoza. Sus restos se hallan en una fosa común de dicho cementerio.

Entalto

«Al pie del roquedo»: Archivo personal


Tres escalones de sedimentos —caprichosamente compactados y moldeados por centurias de arremetidas hídricas— llevan hasta la base del irregular roquedo calcáreo, de falda cuarteada, que rodean los barranquistas en primavera para acceder a la angostura desde donde se traslucen las pozas desbordadas del río que culebrea entre las rocas.

A escasa distancia de la cima de la masa pétrea, se templa al Sol el óxido acumulado en la escala ferrosa incrustada en la piedra, que facilita, sin apenas vibraciones, el ascenso hasta la cúspide limpia y plana. Jenabou, con las cuerdas del arnés fijadas por su madre a los anclajes del peñasco, saluda, henchida, a maman Malika, que contempla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás, a su hija y su nieta. «¡Descended ya, que me da vértigo veros!», les grita. Y una cascada de risas se precipita, anárquica, por la hollada mole.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

Resonancias

«Celsa»: Archivo personal


Anda revolucionado el Barrio desde que en el último pleno del Ayuntamiento uno de los veraneantes, que reside los fines de semana en un apartamento alquilado en la urbanización, presentó una demanda pública “ante las molestias” [sic] causadas, según él, «por las dos cerdas truferas que viven en la Finqueta«, una parcela que se halla a dos kilómetros y medio del pueblo. Como Pablo e Izan —los dueños de Celsa y Brita, las dos cerdas que protagonizaron el turno de Ruegos y preguntas— no se hallaban en las dependencias municipales, el resto de asistentes, bastante contenidos en el inicio del turno preceptivo, rebatieron con impecables argumentos las palabras de Javier, el denunciante, hasta que una de las vecinas, que se había mantenido en silencio, se puso de pie y lo acusó de haber importunado en varias ocasiones a la hija menor de Pablo para que le dijese el lugar exacto donde se localizaban las trufas silvestres, circunstancia que airó a la concurrencia y devino en improperios, rectificación y salida precipitada de Javier, final abrupto del pleno y la pacificadora alcaldesa, yendo de unas a otros, pidiendo que olvidaran el tema —«Ya está resuelto», decía— y abandonaran el Ayuntamiento. Como en el Barrio cualquier injerencia foránea se considera ataque a la comunidad, el bar del Salón Social se ha convertido, desde hace una semana, en lugar de debate de lo acontecido, con dos posturas enfrentadas: la de quienes consideran que las malas artes de Javier ya fueron suficientemente respondidas y aquella de los que estiman imperdonable —e incluso objeto de algún tipo de sanción— elevar públicamente una denuncia torticera y espuria.

Escampada

«Atmósferas»: Archivo personal


En tanto aún apacienta —extenuado— el otoño los meses umbríos, sestea —indolente— el invierno, entre pedrizas, barrancos y encinares.

Descienden —rudos y anhelosos— cinco goterones y medio al instante absorbidos por la arcilla meliflua que engrosa las suelas de las botas y obliga a gemelos y sartorios a probar su fortaleza entre las peñas forradas de verdín que acotan las estrecheces de la vereda silvestre.


Dance de cirros que pardean y viran vestidos con tutús blanquecinos bajo el telón añil que los custodia.


Clarea el lomo encrespado de la sierra y se bate el cierzo tibio contra hierbas, ramas y los cuerpos ágiles que, arrebozados en impermeables rojos, azules y anaranjados, incursionan —jadeantes— entre riscos porosos, vigilados por un ejército desmandado de nubes antojadizas.


Bajo el puente, reflejan las aguas mansas —tiernamente acribilladas por la lluvia— las figuras que recobran el aliento inclinadas sobre el pretil.


Al fondo, achaparradas a los pies del farallón donde resisten los buitres, se entrevén las primeras casas.

Bastardías

«Archīvum»: Archivo personal


Desde que el tedioso escribidor obsesionado con el rojerío trocó su militancia en los GRAPO por la pluma pseudo-histórica, rellenando de abracadabrantes interpretaciones kilómetros de papel, el gremio de los historieteros —que no historiadores— ha alcanzado un notabilísimo incremento, de manera que cualquier zote o catedrático de la trola toma la palabra para aderezar su inepcia y la del prójimo con un serial que hubieran desechado, por esperpéntico, incluso los creadores del Guerrero del Antifaz.

Los perillanes que se dedican a tan innoble labor cuentan con una ventaja exitosa: el desolador y tradicional desconocimiento de la Historia de España, tan pervertida y mal contada por hordas de cronistas rastreros que han deshecho y rehecho el pasado acomodándolo a los vaivenes de las asentaderas del gerifalte de turno. Así, un engominado representante de la rancidez patria, incapaz de distinguir entre almorávides[1], andalusíes[2] y muladíes[3], pongamos por caso, se ha permitido la licencia de entroncar, en la conmemoración de la Toma de Granada, al Dáesh —y a cualquier inmigrante sospechoso de rezarle al ente mahometano— con el antiguo Reino Nazarí, con un desparpajo que proclama o su pertinaz incultura o su vileza.

Y así, décadas y decalustros, purgando la realidad documentada en distintas fuentes, haciendo de la astracanada pasado glorioso y de la fabulación verdad absoluta.

¡Pobre Historia! ¡Cuántas zarpas se prestan a hacerte jirones!


«La Historia oficial ha sido el instrumento para construir la memoria colectiva, pero los hechos que sostienen esa memoria no son analizados ni explicados de la misma manera en cada época. Así, en el siglo XIX el nacionalismo liberal españolista se inventó el término de “Reconquista”, que jamás aparece en los textos de la Edad Media o de la Edad Moderna, para definir el largo periodo de la Historia Medieval en la península Ibérica y dar así la imagen de que España es un país, o al menos la idea y la voluntad de querer serlo, desde los tiempos del caudillo Pelayo, a quien, además, las crónicas del Reino de León y luego toda la Historia oficial le atribuyó la victoria en una batalla, en Covadonga, que jamás existió».JOSÉ LUIS CORRAL LAFUENTE, historiador experto en el Medievo.




NOTAS

[1] Tropas musulmanas que ocuparon Al-Ándalus en el siglo XI.

[2] Habitantes árabes de Al-Ándalus, descendientes de los musulmanes que ocuparon parte de la península Ibérica en el siglo VIII.

[3] Habitantes peninsulares de origen cristiano o judáico que adoptaron la religión, en muchos casos, y las costumbres musulmanas. Algunos de ellos ocuparon altos cargos en las taifas de Al-Ándalus.