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Posts Tagged ‘feminismo’

«Ambrosía»: Archivo personal

 

La última de las charlas programadas en el Barrio con motivo de las Jornadas del 8 de Marzo —bajo el lema Mujeres en lucha—, tuvo como protagonistas a las libertarias ucranianas Marusya Nikiforova (1885-1919) y Halyna Kuzmenko (1896-1978).

La peculiaridad de la disertación sobre las activistas de Ucrania, se hallaba, sobre todo, en su ponente: Maruja, la peluquera —así quiso constar en la cartelería—, una mujer muy apreciada en la localidad y por cuyas manos han pasado, si no todas, la mayoría de las cabezas del vecindario, tanto de hombres como de mujeres.

Maruja, militante del Partido Feminista desde 1980, es licenciada en Filosofía y Letras y, siquiera novel como conferenciante, se manejó con tal desenvoltura que, incluso quienes concurrieron con el único objeto de chafardear, quedaron atrapados por su acertada exposición y el acompañamiento de Pilar-Carmen musicando en directo, con su flauta travesera, las imágenes temáticas que se iban proyectando en una gran pantalla.

Finalizada la conferencia, la oradora y un pequeño grupo de asistentes a la charla se dirigieron al bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, les había preparado un gustoso risotto de calabaza con albóndigas de confit de pato.

Entre bocado y bocado, se improvisó un coloquio —en el que participaron todas las personas presentes en el establecimiento— sobre la Revolución Makhnovista y la Colectividad Libre de Makhnovia, lideradas por el ucraniano Néstor Makhnó (1889-1934), uno de los libertarios más singulares y recordados. Con una milicia —el Ejército Negro— formada, en su mayoría, por campesinado, se enfrentó al Ejército Blanco de los terratenientes pro-zaristas y se alió con el Ejército Rojo de los bolcheviques, hasta la retirada de Rusia de la Gran Guerra, para frenar el avance de las tropas imperiales alemanas por Ucrania.

La coalición entre las huestes libertarias de Makhnovia y las comunistas de Lenin y Trotski se mantuvo unos meses durante la contienda civil rusa. Sin embargo, ante las disimilitudes conceptuales entre marxismo y anarquismo y la pretensión bolchevique de gobernar en Ucrania e imponer a los makhnovistas el estatalismo, la burocracia, el autoritarismo y la jerarquía de partido, los ácratas colectivistas del Ejército Negro se rebelaron y combatieron a los invasores leninistas del Ejército Rojo para expulsarlos del país y del Territorio Libre de Makhnovia, pero fueron derrotados y, en la práctica, aniquilados en 1921.

 

EPÍLOGO: Néstor Makhnó lograría huir con su esposa, Halyna Kuzmenko, a Francia. En la capital francesa, a finales de los años 20, lo conocieron dos anarquistas españoles recién liberados de la prisión parisina de La Conciergerie: Buenaventura Durruti (1896-1936) y Francisco Ascaso (1901-1936).

 

Himno-homenaje a la Revolución Makhnovista, con letra del anarquista francés, de origen español, Étienne Roda-Gil:

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«Muralismo público: La Luz de la Esperanza»: Archivo personal

 

El pasado 20 de febrero, la Fundación Andaluza de Memoria y Cultura, en la celebración de la XII edición de los Premios García Caparrós —evento que se organiza anualmente en memoria del joven Manuel José García Caparrós, de dieciocho años, asesinado por disparos de la policía en 1977, durante una manifestación andalucista—,  otorgó uno de sus galardones a la escritora Antonina Rodrigo García, de 91 años, feminista, anarquista e infatigable investigadora histórica que, con su bien documentada escritura, ha dado voz y luz a mujeres silenciadas, ninguneadas y enterradas bajo los escombros de una España falsamente cimentada en la virilidad y el fascismo.

 
LA ANTIFASCISTA

Nacida en 1935, en el Albayzín granadino, de familia humilde y formación autodidacta, Antonina Rodrigo es una de las mayores expertas en dos renombradas personalidades de cuna granadina: Mariana Pineda y Federico García Lorca. Comenzó su trayectoria literaria publicando cuentos en prensa falangista hasta que, a partir de 1960, surgiría la Antonina investigadora que empezaría a tirar del hilo de la historia emborronada por el franquismo y a tejer, con tesón y minuciosidad, los relatos veraces de las vivencias de aquellos y aquellas a quienes la dictadura les había arrebatado incluso la existencia pública, maltratándolos u ocultando sus logros, y, en caso de concederles el derecho a ser mencionados y mencionadas, convirtiendo sus escuetas biografías oficiales en una concatenación de arbitrariedades ajenas a la realidad.

La indignación acumulada por la autora ante la tergiversación que había hecho el franquismo de algunas de las figuras más conocidas durante la II República, era tal que, en febrero de 1975, en la entrega del recién creado premio Espejo de España, concedido en esa ocasión a José Luis Vila-San Juan por su ensayo Garcia Lorca asesinado: toda la verdad, Antonina se levantó de su sitio y, señalando a quienes presidían el acto, entre los que se encontraban Manuel Fraga Iribarne, José María de Areilza y Ramón Serrano Suñer —destacadas figuras de la dictadura que habían sido jurados en ese evento— se encaró con ellos y los acusó a gritos de haber asesinado al poeta («¡Ustedes no pueden decir toda la verdad porque ustedes lo saben: ustedes lo asesinaron!»). El escándalo pudo medio taparse en España pero no en el extranjero, y, pese a que Antonina daba por hecho que sería detenida, la editorial Planeta, para la que entonces trabajaba, consiguió evitar que hubiera represalias.

 
 
LA ANARQUISTA

Es curioso como, descontando, por supuesto, a los medios ácratas, el libertarismo de Antonina Rodrigo suele quedar oculto cuando se mencionan su biografía o su producción literaria. Se corrobora y encomia su feminismo pero se pasa de refilón por su militancia anarquista, como si la misma constituyera un baldón, cuando la propia escritora no duda en proclamar su ideario libertario y su defensa y admiración por Federica Montseny, Francisco Ascaso, Lola Iturbe, Francisco Ferrer Guardia, Amparo Poch o el mismo Buenaventura Durruti, al que cada 20 de noviembre homenajeaba en el cementerio de Montjuïc hasta que la merma de su salud y la distancia —trasladó su residencia de Cataluña a Granada— imposibilitaron sus visitas al camposanto. De Durruti, precisamente, comentaba Antonina en una entrevista, que había sido muy criticado por los propios porque, durante los intervalos de tiempo en los que no estaba encarcelado, mientras su mujer ganaba el pan familiar trabajando de acomodadora en un cine, él compatibilizaba las asambleas sindicalistas con sus tareas como amo de casa, actividad esta última de la que se sentía orgulloso porque le permitía pasar un tiempo impagable con su hijita Colette .

 
 
LA FEMINISTA

Contaba Antonina que se desplazó a México —también lo haría a Chile— para documentar una de sus monografías entrevistando a personas que se habían visto obligadas a exiliarse por causa de la guerra (in)civil española, encontrándose con una señora mayor que, al saber el motivo de la visita, exclamó: “¡Ya era hora!”. Sirva la anécdota para ilustrar la metódica investigación de esta mujer incansable, esforzada y tesonera que jamás dejó de acreditar con distintas fuentes sus ensayos y biografías, resaltando, entre sus trabajos, los que ha dedicado a las mujeres, anónimas o no, a las que el fascismo les arrebató todo salvo la dignidad. Mujeres granadinas y españolas; mujeres represaliadas, asesinadas; mujeres del exilio interior y exterior silenciadas. Mujeres republicanas a las que, palabra a palabra, ha logrado rescatar del oprobio y olvido impuestos; mujeres a las que, con inmenso respeto, ha ido biografiando para que el testimonio de sus vidas regresara de los tiempos oscuros.

Margarita Xirgu —Margarita, la Roja—, actriz y directora teatral, que esperó impaciente la muerte del dictador para regresar de su exilio uruguayo, pero a la que la suya propia se lo impidió; María Lejárraga, autora de las obras que su marido, Martínez Sierra, firmaba como propias, y por las que tuvo que luchar para que no le robase, también, los derechos de autoría; Amparo Poch, médica zaragozana, anarquista y feminista, pionera en la divulgación de la sexualidad femenina y cofundadora de la asociación anarcofeminista Mujeres Libres, fallecida en el exilio de Toulouse; Federica Montseny, anarquista que fue ministra de Sanidad en la República; María Teresa Toral, ilustre científica para la que, en 1945, se pedía la pena de muerte y a cuyo juicio oral acudió, para darle su apoyo, Irène Joliot-Curie, premio Nobel de Química… Todas ellas, y otras muchas, a las que Antonina Rodrigo ha dedicado años de su vida para que aquella ignorancia preceptiva que las condenaba al ostracismo, diera paso a la visibilidad y al justo reconocimiento público de la lucha contra el totalitarismo, la férrea voluntad para continuar adelante y la contribución a la sociedad de las féminas antifascistas españolas, cuya valía fue tan encomiable como la de cualquiera de sus compañeros ideológicos en similares circunstancias y tan superior como inalcanzable para los abyectos fascistas que quisieron soterrarlas a perpetuidad en la desmemoria.

 
 
 

ADENDA

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«La diosa en el Olimpo de lo cotidiano»: Archivo personal


Son femeninos los símbolos de la Revolución Francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la Revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, marchó presa, el Tribunal Revolucionario la sentenció y la guillotina le cortó la cabeza.

Al pie del cadalso, Olympia preguntó:
—Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

No podían. No podían hablar, no podían votar. La Convención, el Parlamento Revolucionario, había clausurado todas las asociaciones políticas femeninas y había prohibido que las mujeres discutieran con los hombres en pie de igualdad.

Las compañeras de la lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por “su antinatural tendencia a la actividad política”. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de Estado.
Y la guillotina volvió a caer.

Olympia, texto perteneciente a la antología Mujeres (2015), de Eduardo Galeano—.


Poco antes de morir, Eduardo Galeano (1940-2015) preparó y revisó el que sería su libro póstumo, Mujeres, una antología de textos desperdigados en sus obras que quiso reunir en un solo volumen y en el que las mujeres, conocidas y anónimas, protagonizan ese universo galeaniano de trazado literario aparentemente simple pero de tal intensidad que se entremete por los ojos y explosiona en el ala cerebral donde se abrazan comprensión y sentimientos. Santas y putas; doctas e ignorantes. Novelistas, poetas, sindicalistas, obreras, pintoras, actrices. Jóvenes y maduras; de perfil público o anónimas viandantes de lo cotidiano; aristócratas y plebeyas. Reales o ficticias. Tan distintas y, a la vez, tan iguales y tenaces dignificando una condición femenina opuesta en significado a la que la sociedad diseñó para ellas. Mujeres que lucharon por ellas y por otras, que se batieron por un mundo justo, que se reivindicaron a sí mismas con sus actos dejando un rastro de integridad, a modo de miguitas, junto a las que no se puede pasar sin percibirlas y admirarlas. Sherezade, Josephine Baker, Teresa de Ávila, Alfonsina Storni, Marilyn Monroe, Juana de Arco, Camille Claudel, Rigoberta Menchú, Frida Kahlo, Rosa Luxemburgo, Juana Inés de la Cruz, Marie Curie, Harriet Tubman, mujeres revolucionarias, antiesclavistas… Mujeres defensoras del feminismo cuando el término carecía de sentido… Todo un retablo de acciones realizadas por mujeres, solas o como colectivo, que fue recuperando durante años el autor uruguayo sin dejar resquicios a la indiferencia.

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10julio1910

«Primera manifestación feminista. Barcelona, 1910»


A las cuatro de la tarde de aquel calurosísimo 10 de julio de 1910, comenzaron a llegar los primeros grupos de mujeres a la barcelonesa plaza de Urquinaona. Habían sido convocadas por la Sociedad Progresiva Femenina, entidad que aglutinaba a diversas asociaciones de ideario feminista que seguían la estela de su fundadora, Ángeles López de Ayala Molero (1856-1926), una intelectual republicana, librepensadora y laicista que, ya en 1891, había constituido, junto con la anarquista Teresa Claramunt Creus (1862-1931) y la espiritista Amalia Domingo Soler (1835-1909), la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, una de las primeras organizaciones feministas de la historia.

A las cuatro y media de la tarde, la riada de manifestantes (se calcula que había más de 20.000) se puso en marcha en dirección al Gobierno Civil, coreando el lema principal que podía leerse en la pancarta-estandarte de color rojo que encabezaba la manifestación: Abajo el clericalismo. Viva la libertad.

Apoyadas por las Juventudes Radicales, que ejercían de cordón de seguridad para evitar incidentes con los viandantes, las mujeres  —algunas portando pequeñas caricaturas de la República dando una patada en el culo de un fraile—  llegaron a su destino. Antes de la alocución de López de Ayala recordando a sus compañeras las razones de la convocatoria y el compromiso personal de las asistentes en la defensa de sus derechos, se entregó en la Secretaría del organismo gubernamental un pliego —refrendado con las firmas de 22.000 mujeres— exigiendo la limitación del poder de la Iglesia Católica. Porque de lo que se trataba era de exponer públicamente el rechazo femenino al dominio eclesiástico en todos los ámbitos de la vida, dejando claro que “las mujeres somos seres humanos con capacidad para pensar por nosotras mismas, tomar nuestras propias decisiones y actuar en consecuencia”.


Que la perseverancia en las proclamas de aquellas protagonistas de la primera manifestación feminista de la historia de España tenía más detractores que avalistas lo demuestran los continuos sinsabores padecidos por Ángeles López de Ayala que, además de ser encarcelada en tres ocasiones por la exposición de sus ideas, sufrió diversos atentados contra su integridad y el incendio provocado de su vivienda en Santander. Que en la actualidad, transcurridos ciento catorce años de la histórica marcha, pervivan actitudes patriarcales edulcoradas, cuando no abiertamente sexistas, evidencian que, pese a todo el camino avanzado, resta todavía un buen trecho por desbrozar.

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«El efecto mariposa»: Archivo personal


Sucedió en el juicio contra los entonces presuntos autores  —aquellos a los que se dio en llamar La Manada— de la violación múltiple en Pamplona durante las fiestas de 2016. La defensa presentó un video, realizado por una agencia de detectives, que mostraba a la victima, días después del brutal suceso, “haciendo vida normal”. A saber: No se había cortado las venas ni arrojado por un puente ni se hallaba en estado catatónico, sino que salía a la calle e incluso, ¡oh, dioses!, sonreía. Vamos, que no había sido para tanto, venían a decir, que el papelón de afectada le estaba grande y no seguía el guion de la perfecta damnificada que mandan los cánones. Lo mismo que la señora Hermoso, besada a traición por el presidente gañán de la federación futbolera, que en vez de ir dándose cabezazos por las esquinas y soltando lágrimas de sangre, como exige el morbo,  celebraba el triunfo del equipo femenino sin cortapisas. ¿Con el escándalo en auge y la ínclita sin síntomas de depresión y marcándose un posado en biquini mientras el patán besucón lloraba la pérdida del sueldico y se le hacían canicas los cojones? Hum… Qué cosas, oiga, clamaba la coral de cerriles machos cantores. La que han formado las feministonas por una simple arremetida labial. Esto pasa por darles cancha y no haberlas puesto en su sitio, a ellas y a los pichaflojas que las jalean, cuando empezaron con tanta vindicación y tanta gaita. Un par de bayetas, como las regaladas acertadamente a las señoras por el Ayuntamiento de Albondón, habría que encasquetarles a cada una, como recordatorio de lo que se corresponde con su sexo, y se terminaba la tontería. Que las mujeres, otra cosa no, pero maldad…





MORALEJA: Veintiún siglos oficiales de cerrazón y lo que te rondaré, Casilda.

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«Ellas, imbatibles»: Archivo personal


Miradnos.
Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.

Miradnos.
Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.

Miradnos.
Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos un tropiezo fruto de la zancadilla de otro
que pretende marcar un camino que no existe.
Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a un pájaro a volar.

Miradnos.
Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.

Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.

Miradnos.
Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.

He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.

Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.

Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.
Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.

—Poema SOMOS MUJERES, de Elvira Sastre Sanz, poeta segoviana nacida en 1992—

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«La hojarasca»: Archivo personal


En un recodo del inmueble donde se halla el Centro de Cultura Popular, bajo el voladizo en el que resiste  —cubierto de excrementos de estorninos—  el único banco de piedra salvado de la destrucción, ha ido agrupando el viento las hojas muertas expulsadas de los árboles caducos que exponen sus desnudeces al otoño que asoma, aún tímido, entre los bordes ondulados de la sierra. Ligeramente humedecidas, se amontonan al pie del ajimez abierto de la Biblioteca, donde Presen y Maruja, dos de las Tejedoras [*], andan de limpieza acompañadas por la voz y el piano de la irrepetible transgresora Liliana Felipe, pitorreándose de Freud. Liliana, junto a Jesusa Rodríguez, cuenta con una genuina peña de incondicionales en la Asociación de Mujeres.

¡Las histéricas somos lo máximo!
¡Las histéricas somos lo máximo!
Extraviadas, voyeristas, seductoras, compulsivas…”, se escucha y se expande desde el interior de la Sala de Lectura.


El viandante se acerca a la abertura  deslizándose sobre la hojarasca colorida y resbaladiza. Sonríe, apretando bajo el brazo El baile de las locas, de Victoria Mas, que deposita en el alféizar para luego impulsarse y sentarse a la derecha del libro. Una ráfaga de viento deshace el montículo de hojas. El observador chista a las mujeres entretenidas entre las estanterías, carraspea y une su voz a la de Liliana Felipe:

¡Las histéricas somos lo máximo!
¡Las histéricas somos lo máximo!
Solidarias, fabulosas, planetarias, amorosas…


[…]


Se escabulle la mañana del domingo entre sones y hojas zarandeadas.


[…]


El paseante abandona la atalaya y espera a las dos mujeres en la puerta lateral del edificio. Marcha el trío hacia el bar del Salón Social, con las decimonónicas cobayas humanas del doctor Charcot —recluidas en el ala psiquiátrica para mujeres del hospital de La Salpêtrière— aguardando el escrutinio lector entre las páginas de la novela olvidada en la repisa del ventanal.










NOTA

[*] Nombre que reciben en el Barrio las integrantes de la Asociación de Mujeres.

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«La (in)consistencia de la paja»: Archivo personal


En esta sociedad sobrada de boquirrotos y especímenes humanos con el cerebro en el epidídimo, pretende sentar cátedra de Machote Summa Cum Laude el Excelentísimo Señor Presidente del Consejo Andaluz de Colegios de Médicos, que ha querido resaltar, urbi et orbi, un hecho «insólito» en la historia de la humanidad: Las mujeres poseen la capacidad de quedar embarazadas y parir. !Repámpanos, córcholis y caramba, don Antonio! Ahora me explico por qué, en mis taitantos años de meticulosa contemplación del vuelo de las cigüeñas, jamás observé que pendiera de su pico el consabido pañuelo paquetero en el que  —al decir de mi abuela—  portaban un rorró cagoncete y llorón que, alguna vez, terminó depositado a la vera de mi madre, desplazada al hospital porque, al parecer, tenían en dicho centro un aparcamiento para aves cicónidas en la azotea y una amplia nursery en la segunda planta.

Deshecho el entuerto y asimilado el dato biológico  —que me ha sido confirmado por mi señora madre, que no es experta en Medicina pero sí en parir—, lo que les chirría a mis circunvalaciones cerebrales es la relación que usted establece entre embarazo, parto y crianza y el “agravamiento de la medicina privada” (sic) por el hecho de ejercitarla un número mayor de mujeres que de hombres. En la próxima cena colegial a la que asista, don Antonio, y contemple  —¿aterrorizado, escandalizado, airado…?—  que, como en la que usted relata, “en las mesas por cada ocho o cada diez mujeres había un hombre” (sic), mándelas  a todas a sus casas  —si acaso se lo tolera el organismo que preside y que ya le ha enmendado a usted la plana—   a que redacten la renuncia al puesto para que un macho, un hombre de la enjundia  —amén de testículos—  que usted posee, ocupe el lugar de cada uno de esos… ¿úteros con piernas…? Ellas, al hogar, que alguna lavadora habrá que poner. O, mejor, a la Sanidad Pública, donde se necesitan profesionales sanitarios sin distinción de sexo.

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«De cara a la luz»: Archivo personal


Puño en alto mujeres de Iberia
hacia horizontes preñados de luz,
por rutas ardientes,
los pies en la tierra,
la frente en lo azul.

Afirmando promesas de vida
desafiemos la tradición,
modelemos la arcilla caliente
de un mundo nacido
del dolor.

Que el pasado se hunda en la nada.

¡Qué nos importa el ayer!
Queremos escribir de nuevo
la palabra MUJER.

Adelante, mujeres de Iberia,
con el puño elevado al azul,
por rutas ardientes.
¡Adelante,
de cara a la luz!

Lucía Sánchez Saornil (1895-1970). Himno de Mujeres Libres (versión original). Valencia, 1937—








ANEXO

Lucía Sánchez Saornil; una vida y una obra alternativas a la sociedad de su tiempo, de Luz Sanfeliu Gimeno.

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«De la tenacidad»: Archivo personal


«Perderé, como tú, si se da el caso,
la cabeza pero nunca las alas».

Lucía Sánchez Saornil, en referencia a la Victoria de Samotracia.


La vida por delante…

Detrás, empujando, las cicatrices ajenas que aún supuran el tiempo machacado; los lamentos, el silencio; el feroz cuchillo que recortó las alas; las invisibles cuerdas que amarraron los sueños a la estaca; las reprobaciones, las normas, la sumisión, las conveniencias.

La vida por delante…

De cada mujer, una arenga, un argumento para sumar al propio; un paso firme para encauzar los otros; una mano enlazada a la siguiente.

Todas unas, muchas y distintas. Porque acelera la vida por delante.


«Somos sonámbulas atormentadas por pesadillas,
encerramos nuestra imagen en cuartos selllados, renunciando,
solo cuando quebremos el espejo y recuperemos nuestra imagen,
solo cuando seamos el viento que fluye y canta,
solo en nuestros sueños los huesos pueden ser lanzas,
porque somos reales
y estamos despiertas».

Peggy Kornegger: Anarquismo, la conexión feminista

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