Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Alto Aragón’

«De los días desgarrados»: Archivo personal


Minutos antes de las diez nos parábamos en el lugar de la cita con Durruti. Salió de la casilla de camineros a recibirnos y nos estrechó la mano sin aspavientos, con aire campechano; cambió unas palabras afectuosas con Timoteo y se dirigió a mí diciéndome:
—Bueno, ya estás aquí. Ahora dime con claridad si deseas quedarte o prefieres volverte a casa.
Eludí una respuesta concreta para que adelantara su opinión y me limité a decirle empleando el tuteo, como era costumbre entre aquella gente:
—Eso depende de lo que tú decidas; creo que no me corresponde a mí la resolución.
—Déjate de retóricas. Aquí estamos para hablar claro y voy a serlo contigo: si te vas, cualquier grupo incontrolado te matará antes o después, pues ya sé por Callén que andan tras de ti; si te quedas en la Columna, yo respondo de tu seguridad. Timoteo me ha dicho que quiere protegerte y nuestra amistad es tan grande que sus deseos son los míos. Y aún te diré más: si te quedas me harás un gran favor, pues te encargarías de llevar la estadística y todo el papeleo del personal, que ahora anda de esas maneras por falta de gente capacitada. Ahora bien: yo exijo lealtad y sé castigar a los que se descarrían. No va contigo la advertencia, porque Timoteo no me recomendaría nunca a un sospechoso, pero bueno será que lo tengas en cuenta, si te quedas con nosotros.
—Está bien —le dije decidido—. Me quedo aquí y espero que no tengas nada que reprocharme; procuraré corresponder a tu generosidad.
—Pues no hablemos más. Escribe a tu familia diciéndole donde estás y que estén tranquilos.
Esta es la verdad de cómo conocí a Durruti y de cómo y por qué ingresé en su Columna. Todo lo demás que se haya dicho o se diga en tomo a este hecho no son más que fantasías.

Fragmento del capítulo X del libro Yo fui secretario de Durruti. Memorias de un cura aragonés en las filas anarquistas, versión del original escrito por mosén Jesús Arnal Pena entre 1969 y 1971 y del que se publicaron tres ediciones, revisadas, en 1972 (Edicions Mirador del Pirineu, Andorra la Vella), 1995 (Mira Editores, Zaragoza) y 1997 (Editorial Pagés, Lleida, traducida al catalán).


Cuando Timoteo Callén, responsable del Comité Local de la FAI en la localidad de Candasnos (Huesca), decidió avalar a su amigo de la niñez, el sacerdote Jesús Arnal, y encargarle su protección a Buenaventura Durruti, no imaginaba que su decisión iba a componer una de las historias más insólitas de la recién comenzada guerra (in)civil ni que, años después, terminada la contienda, aquel curilla sería su salvoconducto para no perder la libertad ni la vida.

Mosén Jesús Arnal Pena (1904-1971), párroco de la localidad altoaragonesa de Aguinaliu, huyó, en un primer momento, al monte al iniciarse la guerra, cuando las localidades próximas a su parroquia se convirtieron en bastiones republicanos con nulas simpatías por el clero. Decidido a conservar la vida, guardó su sotana y emprendió viaje hacia su lugar de nacimiento, Candasnos, vestido de civil y con cierto aire de miliciano. En Candasnos, donde era muy conocido, solicitó la ayuda de Timoteo, su leal amigo de la infancia, miembro de la CNT y autoridad relevante en la localidad, que no dudó en prestársela, convirtiéndose en su defensor en el remedo de juicio popular al que mosén Jesús fue sometido en el balcón principal del Ayuntamiento y del que, el fiel Timoteo, logró sacarlo indemne. aunque, para evitar males futuros, no encontró mejor solución para el sacerdote que encomendar su salvaguarda a Buenaventura Durruti, una de las figuras más sobresalientes del anarquismo español que, por amistad con Timoteo Callén, aceptó llevar consigo al cura de pueblo como escribiente y ayudante personal.

Integrado mosén Jesús en la Columna Durruti, se dedicó a llevar la contabilidad, el registro de los suministros y cuantas tareas, todas ajenas al ministerio sacerdotal, le encomendó su nuevo empleador. Cuando Durruti fue herido, no se sabe si accidentalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el 19 de noviembre de 1936, sin que el auxilio médico pudiera evitar su muerte a las cuatro de la mañana del día siguiente, mosén Jesús se hizo cargo del fusil naranjero del dirigente ácrata, que portaría, sin hacer uso de él, el resto de la guerra, siempre acompañando a sus compañeros de la Columna anarquista que, respetando los deseos del fallecido libertario, siguieron protegiendo entre sus filas al clérigo altoaragonés.

Sabiendo que la guerra estaba ya perdida, el grupo de milicianos y mosén Jesús decidieron pasar a Francia, en cuya frontera los gendarmes franceses obligaron al sacerdote a desprenderse del fusil naranjero. Jesús Arnal, que consideraba no tener cuentas pendientes con los vencedores de la guerra, regresó a España, entregándose a las nuevas autoridades que, tras un somero interrogatorio, lo dejaron en libertad, incorporándose un tiempo después, bajo vigilancia de las autoridades eclesiásticas, a su labor sacerdotal. Su último destino fue la localidad oscense de Ballobar, donde falleció el 8 de diciembre de 1971. Fue siempre defensor de la honestidad de Buenaventura Durruti, hombre al que respetaba y para el que solo tuvo palabras de agradecimiento hasta el final.


Aquella mañana había entrado Durruti en mi despacho y con semblante jovial me mostró un paquete que llevaba en las manos, diciéndome:
—Jesús: prepárate a recibir una sorpresa. Te traigo un regalo.
—¿Un regalo? ¿Y a qué viene eso?
—Bueno, eso tú lo juzgarás… ¡Anda, ábrelo!
¡Cuál sería mi asombro al encontrarme con una espléndida Biblia en latín! Me quedé pasmado, sin poder articular palabra y empecé a hojearla, sin creerme todavía que Durruti fuera capaz de un gesto semejante. Lo miré en silencio, con aire de agradecimiento y él, también impresionado por mi reacción, me dijo:
—En cuanto la vi, me acordé de ti y me dije: “esto para Jesús, que le hará ilusión” pero, la verdad, no creí que fuera tan importante para ti.
—Lo es, Ventura, y mucho; no por la Biblia en sí —con ser importante—, sino por cuanto significa tu gesto. No puedes imaginar cómo te lo agradezco.
(Op, Cit.)


NOTA

El título, Disciplina clericalis, se ha tomado prestado del de una colección de cuentos ejemplarizantes escritos en latín por el judío converso Pedro Alfonso de Huesca en el siglo XII.

Read Full Post »

pf_1609759703

«Quietudes»: Archivo personal


Muerden los crampones el espeso cobertor de hielo aún aferrado al prado, al pie del tozal donde los troncos de la vetusta cocina de hierro fundido confinada en la Fosqueta fenecen lanzando estelas de humo por la recién estrenada chimenea de sillares rematada con un orejudo conejo de hierro forjado. Tatuadas en la nieve compacta, vienen y van, hasta la orilla del aliviadero congelado del río, huellas de raposo que se adentran más allá de los árboles entre los que resiste el longevo tejo bajo el que, en el otoño de 1940, se suicidó, para no caer en manos de la Guardia Civil, el zapatero Santistebe, enlace de una de las partidas de guerrilleros que se ocultaban en estos parajes. Como los antiguos maquis, invisibles entre la perenne maraña boscosa, quizás observan los huidizos vulpinos el caminar crujiente de las figuras rebozadas en colores que, al descubierto e indiferentes al frío y la aguanieve, recorren las alburas de la tarde sabatina ociosa y encalmada.


Junto a la aislada edificación, en el cobertizo abierto, blanquea la leña apilada y expuesta al tiempo; una quebradiza capa de hielo recubre el antiguo abrevadero de las caballerías sobre el que apenas una hora antes encontraron un acentor muerto. En el depósito anejo a la pared sur, el agua se ha solidificado en feo mazacote que han roto a martillazos hasta conseguir que el líquido se deslizara por la cañería y cayera en la pileta esmaltada de la cocina, entre silbantes sacudidas del grifo.

Sucumbe el día, sin preámbulos, al otro lado de la ventana de la bien pertrechada borda rehabilitada de la pardina Foncillas, con la quietud glacial anunciando el dorondón. Las brasas que languidecen tras la portilla de la vieja cocina de fundición todavía reparten sus ardores por el edificio de piedra de interiores estucados; en una esquina de la gruesa plancha de metal negro, alejado de la boca de alimentación, gorgotea, hirviente y olvidado, el café de puchero.

Read Full Post »

IMG_20180228_192502

«Yaiza y el muñeco de nieve»: Archivo personal


Las carcajadas del hombre sentado en el banco, de espaldas al río, cascabelean en la calle Baja. Yaiza, la perrilla añosa de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, atada con la correa al semidesnudo seto de aligustres que delimita los bordes de la suave pendiente, interrumpe los ladridos que lanza al muñeco de nieve y tira de la correa para acercarse hasta el banco y probar las caricias de las manos enguantadas del anciano, que la retienen sin dejar de reír.

¿Qué tal planta [*], siño Miguel?”, pregunta la veterinaria, que llega con un pan de moños precariamente envuelto en papel marrón. “Voy marchando, chiqueta. Esta perra tuya la ha tomado con el moñaco. A saber qué sentencias le estará diciendo”.

Otilia, la panadera, va cargando la furgoneta con cestones de barras y panes para el reparto diario en las localidades vecinas. “¡Vais a coger un pasmo!”, les grita a las dos adolescentes que toman el Sol tumbadas sobre una exigua loneta, un par de metros a la derecha del hombre del banco.

En la costana del otro lado, por el camino que baja hasta el río, se deslizan en trineo un grupo de chiquillos gritones hacia los que corre Yaiza una vez libre de la atadura que la limitaba.

Refulge el Sol y minimiza los dos grados bajo cero que presiden la mañana mientras Lurditas, la alguacila, se dirige con el tractor, al que se le ha acoplado una pala, hacia el desvío que une el Barrio con la localidad más próxima, para adecentar el asfaltado que ha de recorrer Otilia con su cargamento de pan.



NOTA

[*] Fórmula de cortesía utilizada en el Alto Aragón, equivalente a ¿Cómo está usted? / ¿Cómo se encuentra de salud?.

Read Full Post »

«La ciudad a pie de sierra»: Archivo personal


«El autorretrato de cada pueblo no está construido con piedras, sino con palabras habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él. La imagen que el pueblo hace de sí mismo es el sentido de su existencia».- John Berger


Hoy hace once años que nos abandonó definitivamente, dejándonos huérfanos de tanto, Manuel Benito Moliner (1958-2010), gran persona, médico, articulista, investigador etnológico y perseverante escrutador de la historia de Huesca, ciudad en la que nació y a la que amó y que, según sus propias palabras, “me ha sido esquiva y se ha mostrado conmigo altanera, yéndose con el primero que le soltaba un tópico”. Dos años antes de morir publicó Huesca: Álbum de adioses —cuya segunda parte vio la luz cuando ya había fallecido su autor—, un exquisito y evocador paseo literario por la historia de la ciudad a través de los edificios oscenses que las arremetidas del tiempo, la incuria y las especulaciones urbanísticas derruyeron y de los que únicamente un puñado de fotografías pobladas de grises y algunos cuadros de época han dejado constancia para el recuerdo y la rabiosa vergüenza ante los desmanes cometidos. “Quizá”, escribía Manolo Benito en el prefacio, “[la ciudad] al verse y leer su historia y los sentimientos que despierta, me mire a los ojos con sus cuencas de eterno escombro y me guiñe su última almena”. Y así, esa Huesqueta  término que, dicen, inventó un zaragozano para señalar el sempiterno ruralismo de la ciudad altoaragonesa, pero que los oscenses transformaron, con orgullo, en vocablo identitario  se muestra imperecedera y entrañable en la escritura de Manuel Benito, que recompone templos y hospitales, casonas y teatros, plazas, cárceles y fuentes, devolviéndolos, entre imágenes y palabras, a sus hechuras y emplazamientos y desempolvando viejas anécdotas e historias de gentes que dejaron su huella, e incluso su tragedia, en la ciudad provinciana.


Pero la ciudad, admirado Manolo, aunque tú ya no podrás comprobarlo, mostró, por fin, reciprocidad a tus amorosos desvelos, y allí están, soberbios, los edificios rehabilitados del que fuera antiguo matadero de principios del siglo XX, con sus fachadas con toques mudéjares y modernistas, el mismo viejo matadero que un día soñaste adecuar y convertir en museo vivo de etnografía y emblema de la cultura, y que lleva, desde hace cuatro años y con justicia, tu nombre: Centro Cultural Manuel Benito Moliner.


NOTA

Urbs Victrix Osca, Huesca, Ciudad Victoriosa, fue el nombre que dieron los romanos a la ciudad prerromana de Bolskan, actual Huesca.

Read Full Post »

«Formigal»: Archivo personal


Hasta que, allá por los años ochenta, no introdujo el Ministerio de Educación las Jornadas de Esquí Escolar, todas las criaturas del Barrio, con escasísimas excepciones, aprendían a esquiar en el Tozal de Berches, una pendiente ancha, limpia y de dificultad media, que terminaba en las ondulaciones del prado Gabarre, utilizado como pista de iniciación. El Tío Inazio, el del molino de aceite, era el voluntario y paciente instructor de aquellas camadas infantiles que, sin bastones y con los esquís en cuña, se deslizaban, cada vez con mejor destreza, sobre aquella nieve grumosa que solía vestir la sierra desde mediados de diciembre.

Cuando la escuela del Barrio se integró en el programa oficial de Esquí Escolar ofertado por el Gobierno de Aragón, las tres aulas rurales se desplazaban, durante una semana, a la residencia estudiantil de Búbal, un pueblo abandonado del valle de Tena, expropiado durante el franquismo para construir un embalse, y que se hallaba en proceso de rehabilitación; desde allí, a primera hora de la mañana, un autobús trasladaba a los jovencísimos cursillistas hasta las cercanas pistas de la estación de Formigal, donde monitores profesionales se hacían cargo de las evoluciones en la nieve de aquella chiquillería retozona e incansable que disfrutaba ascendiendo en el arrastre o montándose en el telesilla en busca de cotas más altas desde las que descender, con brío, emulando a los esquiadores experimentados. A las dos y media de la tarde regresaban a la residencia para comer y, tras un corto recreo, comenzaban los talleres diversos (repaso escolar, cocina, música, dramatización…) que se desarrollaban por la tarde en las instalaciones educativas de Búbal.

Aquella semana mágica e intensa finalizaba con la entrega de diplomas de la Escuela de Esquí de Formigal y una gran fiesta de despedida la última noche de estancia en Búbal. De esas vivencias, compartidas por el alumnado y sus tres maestras, quedó un entrañable recuerdo que se reaviva cada invierno regresando a los emotivos parajes de aquellos inolvidables días grabados en la memoria de los adultos que los disfrutaron en la infancia.

Read Full Post »

«Festín»: Archivo personal


¿Qué sobras nos toca comer hoy?”, pregunta Jenabou con cierto retintín. “Nos terminaremos la sopa de pescado y lo que quedó del hojaldre de espinacas. Para mañana, aún tenemos cardo y ternasco”. El frigorífico, transformado en caja fuerte de todos los restos no engullidos en Nochebuena y Navidad, es un muestrario del desenfreno gastronómico de María Blanca, la vecina, que fue la anfitriona navideña —junto con el señor Paco, su marido— de Agnès Hummel, la señorita Valvanera, Étienne, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y la pequeña Jenabou. Siete comensales a la mesa, pero aunque hubieran sido veinte habría habido comida de sobra para completar con el excedente dos o tres fiambreras de más que mediana capacidad. La señorita Valvanera que, como buena montañesa, disfruta entonando estómagos ajenos, disculpaba la bacanal culinaria de la mujer por ser esa su manera, decía, de “darnos las gracias por compartir su mesa”, y tal vez no errara en su barrunto cuando hasta el circunspecto Paco, el marido de María Blanca, un hombre excesivamente callado, se explayó en la cena y la comida contando divertidas anécdotas de los diferentes puestos de la Guardia Civil donde prestó servicio y enseñándole trucos de magia con cartas a Jenabou que, tan encandilada como sincera, le soltó: “Tendrías que ser asi de majo siempre, Paco”.

Read Full Post »

«Catedral de Huesca al cielo»: Kum111


Cuando sobre el mediodía del 26 de agosto de 1937, tropas de la IV Brigada de Navarra y de la italiana División Blindada Littorio, adscritas ambas al ejército sublevado contra la República, entraron victoriosas en la ciudad de Santander, los ecos de la conquista llegaron hasta Huesca, ciudad que había quedado en manos fascistas desde el inicio de la guerra. El jolgorio festivo de los afectos a Franco engalanó momentáneamente la capital oscense y una ruidosa pirotecnia se elevó a las nubes hasta que uno de los cohetes lanzados impactó contra el chapitel de madera emplomada que coronaba la torre del campanario de la magna catedral altoaragonesa, incendiándose y desmoronándose aquel y finalizando así, bruscamente, la celebración.

De tal guisa, con la torre sin remate, conocieron las siguientes generaciones el magnífico templo, relegada al olvido forzado la causa de tan irregular arquitectura. Pero hete aquí que, a mediados de este mes de diciembre, ochenta y tres años después de la accidentada pérdida del elemento ornamental catedralicio, el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Huesca presentó una enmienda a los presupuestos municipales proponiendo que el Consistorio de la ciudad se hiciera cargo de la reconstrucción del desaparecido chapitel que, argumentaba, fue destruido por la artillería republicana en el transcurso de la guerra.

Tan falaz afirmación, no se sabe si fruto de la ignorancia o del revisionismo histórico, ha producido más ruido, si cabe, que el cohete desviado que descabezó la vieja torre, y a la indignación, no exenta de chanzas, de quienes conocían la versión real de lo acontecido aquel agosto de 1937, han venido a añadirse las declaraciones del representante de Patrimonio de la Diócesis, que ha desmentido con pruebas documentales que la pérdida del chapitel se debiera a la intervención belicosa republicana sino a la suma de la fatalidad, la imprudencia y la nula destreza de algún falangista metido a pirotécnico chapucero.

Read Full Post »

«Receso»: Archivo personal


No osa la penumbra periférica adentrarse en la luminosidad rampante que envuelve la ciudad prenavideña por la que discurre un discreto arroyuelo humano enmascarado que apura las horas entre tentadores escaparates y terrazas medio llenas donde las tertulias desafían los avances del frío.

Nena, ¿te apetece un chocolate con churros?”, pregunta Agnès Hummel a Jenabou. “No. Quiero lo mismo que vosotras”.

La calle es un murmullo que se alza y desciende como si una batuta invisible guiara la cadencia del sonido.

Llega el camarero, ataviado con una liviana camisa negra, con los vasos de panacota con frutos rojos, los distribuye y musita un “que aproveche” mientras se dirige, con la bandeja bajo el brazo, hacia los ocupantes de una de las mesas próximas.

De la juguetería que hay a la vuelta de la esquina sale, de sopetón, un popurrí estridente de villancicos que hacen las veces de banda sonora de paseantes y sedentarios y obligan a elevar las voces de los agrupados en las tres terrazas que se apropian de parte del espacio peatonal.

Acude el camarero a la mesa de las panacotas para realizar el cobro de las consumiciones y, a la par que las mujeres recogen las bolsas y paquetes que habían guardado bajo las sillas, se desliza la niña con los patines en dirección a la cercana plaza.

Read Full Post »

«La nieve de la memoria»: Archivo personal


En recuerdo de la Sublevación Republicana de Jaca (1930).


«Lo único que lamento es no haber podido salvarte a ti, Ángel«, fueron las sentidas palabras del capitán Fermín Galán Rodríguez a su compañero de sublevación e infortunio, el también capitán Ángel García Hernández.

El Tribunal Militar acababa de dictar sentencia en el Acuartelamiento Pedro I de Huesca; en la misma se condenaba a ambos reos a ser pasados por las armas, por rebelión militar y sedición. Apenas unas horas después, en el polvorín del Camino Viejo de Fornillos, los dos Capitanes de Invierno —que así serían llamados—, separados unos diez metros el uno del otro, se enfrentaban, a cara descubierta, a los dos pelotones de ejecución.
¡Viva la República!
¡Viva la Libertad!

Sobre las tres y diez de la tarde del domingo, 14 de diciembre de 1930, el último proyectil que impactó en cada uno de los dos cuerpos inmolados ponía un falso punto final al sueño republicano de los dos capitanes, al de los setecientos efectivos, militares y civiles, que, a su mando, habían iniciado la marcha desde Jaca a Huesca por carretera y ferrocarril, y al de la ciudadanía que aborrecía la institución monárquica.

La aventura republicana, comenzada en Jaca a las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1930, apenas había durado treinta horas.

Cuatro meses después de los fusilamientos, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la II República Española. En el cementerio de Huesca, la hornacina de García Hernández  —en la parte católica—  y la tumba de Galán  —en la civil—, quedaron cubiertas por las flores que manos republicanas unieron a las depositadas por la esposa y la hija del primero y la madre y los hermanos del segundo.








NOTAS

  • En marzo de 1931 el Consejo Supremo de Ejército y Marina concedió a Carolina Carabias Castro, viuda del capitán Ángel García Hernández, una pensión de mil quinientas pesetas con efectos retroactivos.
  • Tanto la viuda de Ángel García como María Jesús Rodríguez Castañeda, madre de Fermín Galán, se significaron en la petición del indulto para el resto de los implicados en la Sublevación Republicana de Jaca, así como en la organización de actos para recabar ayuda para las familias de los soldados muertos en la confrontación.
  • Las familias de los capitanes fusilados fueron extraordinariamente consideradas públicamente tras la proclamación de la II República, no obstante, el gobierno no quiso atender la petición de traslado de los restos de los dos militares a Madrid ni se avino a depurar responsabilidades por las irregularidades que se dieron en el juicio que terminó con el fusilamiento de Galán y García Hernández.
  • El capitán José María Vallés Foradada, defensor de Galán y García Hernández, fue el encargado de deponer, el 20 de julio de 1936, al alcalde democrático de Huesca, Mariano Carderera, que sería posteriormente fusilado pese a los esfuerzos del defensor de Galán por salvarle la vida. El capitán Vallés ofició de alcalde de la ciudad tomada por los golpistas hasta diciembre de 1936.
  • La tumba del capitán Galán fue violentada por elementos fascistas tras estallar la Guerra (In)civil y no sería restaurada hasta los años sesenta.
  • El artista ácrata Ramón Acín Aquilué, amigo de Galán e implicado, también, en la asonada republicana, diseñó en 1932 un monumento conmemorativo que, con el título Mártires de la Libertad, iba a ser instalado en las escalinatas del emblemático paseo jacetano que hoy se llama de la Constitución. Nunca pudo llevarse a cabo. Acín, que proyectaba construirlo en el otoño de 1936, fue fusilado por los fascistas ese mismo verano. La maqueta en cartón [FOTO] del proyecto desapareció tras el asesinato del escultor oscense.







ANEXO


NOTA

Una primera versión del artículo se publicó en esta bitácora el día 12 de diciembre de 2010.

Read Full Post »

«Otoño en el valle»: Archivo personal


A través de la neblina que la luz extraviada del Sol va arañando, se vislumbra el perfil de peña Foratata, velamen quieto del valle de Tena, a cuyo pie hormiguean, sendero adelante, los cuatro mochileros en este día calmo, glacial y, a trechos, nebuloso, como a punto de nieve. Baja el río tranquilo, bordeado de otoño invernal, con las aguas limpias mostrando su lecho térreo y las brillantes truchas culebreando entre las piedras. Sisean las ramas desvestidas de los álamos y circundan la trocha los abetos viejos de hojas aplanadas que el viento arrastra hasta la vereda, acolchando los pasos que la recorren. Quizás por esta misma senda paseara sus sueños Fermín Arrudi, aquel gigante de Sallent que recorrió el mundo mostrando su imponente presencia pero que siempre regresaba a su familiar universo pirenaico de crestas montaraces y gentes introvertidas y generosas. De él, de ese gigante bonachón que vivió unas casas más allá, recuerda la señora María Luisa, la anfitriona, aquello que le contaba su abuela, que conoció de niña a Fermín. Y, entre anécdotas, va sirviendo a los agotados andarines colmadas raciones de bisaltos salteados con jamón, mientras en la sartén bailan, exhalando el más delicioso de los aromas, las tortetas negras cortadas en láminas, esperando su turno para ser devoradas con fruición.

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »