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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

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«…y enseñorearás la tierra»: Archivo personal


Pese a que la temperatura sigue siendo baja, apenas quedan restos de hielo en el asfalto y, desaparecida la niebla, la conducción resulta fácil. En menos de treinta y cinco minutos están en el comedor de Pili desayunando por segunda vez mientras Calatrava, el marido, sentado en el sofá, se aplica en la documentación que le han entregado con el resultado de la última revisión de la granja y las mejoras que ha de llevar a cabo para su tramitación definitiva. “Pero no me vais a multar, ¿no?”, pregunta. “No, hombre. Nosotros no multamos. Solo comprobamos las instalaciones y el estado de los animales. Tú limítate a cumplir los protocolos que te hemos indicado para que en la próxima inspección esté todo conforme”, le explica Manuel Antonio.

La pareja lleva alrededor de año y medio con la granja de bovino, adquirida a la misma vez que la casa y el terreno por un precio ventajoso debido a las prisas del anterior propietario y su esposa, carentes de hijos, por acogerse a una jubilación libre de cargas  en la Residencia para Mayores de Grañén. “Muchos días pienso que todo esto nos queda grande, pero era o invertir aquí o seguir en el paro y con la edad de mi marido no era plan”, confiesa Pili, que es enfermera en el Centro de Salud Comarcal. “Bueno, todo es ponerse”, la anima la veterinaria. “Lo importante era que os adaptaseis y lo habéis conseguido, y mira que el campo y la ganadería son duros…” La mujer se empeña en enseñarles la casa, a la que no han tenido que hacer reforma alguna. Como la mayoría de las viviendas de este y el resto de pueblos de colonización de las comarcas de la Hoya y Monegros, es de planta única y cediendo una gran parte de los metros cuadrados habitables al patio y al corral, dividido este en un jardín, pequeño pero coqueto, y un gallinero.

Visto un pueblo, vistos todos. El arquitecto que los ideó no tuvo que pensar mucho. Todos estos pueblos de colonización son iguales, lo mismo las casas que las escuelas y las iglesias”, dice la mujer cuando acompaña a los visitantes hasta el coche. “A mí no me lo tienes que contar, que me crié en uno con el mismo diseño que este. Mis padres fueron de los primeros colonos en llegar. Les dieron un lote de casa, huerto y un par de mulas y arreando… Bueno, les dieron, no, que lo tuvieron que ir pagando poco a poco. Ni agua corriente ni luz ni más retrete que el corral había cuando nos instalamos… Así que ya ves si conozco el paño”, se sincera Manuel Antonio. “¿Pero tus padres son andaluces o extremeños, de los que trajeron para repoblar…?”, pregunta Pili, sorprendida. “Qué va. Montañeses. Tuvieron que salir a escape del pueblo porque se iba a construir un pantano y los convencieron para que se instalaran en el secarral de Monegros, trabajando una tierra dura y llena de salitre y rezando para que crecieran los pinos de alrededor, porque no había quien aguantara el calor. Ni una puta acequia había entonces. Ahora, en cambio, esto casi es el paraíso”.


Cuando se alejan de la casa, quita la veterinaria una mano del volante y palmea la espalda de su compañero: “A Pili la has dejado alucinada. Creo que hasta te ponía ojitos porque no se imaginaba que también eras ruralita y, encima, de la casta de los colonos”. “Anda, tira para el bar de Martina que como conduces tú me voy a arrear un par de cervezas y, si se tercia, un chupito de lo que sea”.





ANEXO

  1. Instituto Nacional de Colonización.
  2. Pueblos de colonización en los Monegros.

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«La Sierra Niña»: Archivo personal


Traspasa el cierzo helador los desgastados burletes de los ventanales de la veranda que se encara a la sierra nívea y soleada. A los pies, la ciudad, aún con la resaca de la fiesta y el humo de la hoguera de San Vicente prendido en los ropas de sus habitantes, con el sabor de patatas y longaniza en el cielo del paladar y el recuerdo del frío nocturno humedeciéndoles la nariz y raspándoles la garganta.

Aguarda Benito Pérez Galdós (1843-1920) en el cálido interior de la vivienda, en la mesa plegable, entre la cafetera de aluminio y las tazas desparejadas de loza y cristal, mientras la señorita Valvanera va sugiriendo los nombres del elenco actoral del Barrio que podría interpretar los papeles principales de Los condenados, la obra galdosiana que se desarrolla en la villa de Ansó y ha sido adaptada por Mercedes para ser representada el 23 de abril. “Galdós no quiso dejar nada al azar”, explica la directora del Grupo de Teatro blandiendo las Memorias de un desmemoriado que ha recogido de la mesa. “En julio de 1894 llegó en tren a Jaca para viajar desde allí hacia Ansó”.


«Salimos de Jaca mi amigo y yo una mañana en carretela tirada por cuatro caballos y recorriendo un país de lozana vegetación, pasamos muy cerca de San Juan de la Peña, cuna de la nacionalidad aragonesa, y después de mediodía llegamos a un lugar llamado Biniés, donde mi amigo mandó hacer alto para que yo admirase un soberbio nogal, que era sin disputa el más colosal que en España existía […]. Hubiera yo deseado permanecer allí largo rato gozando en la contemplación de aquella maravilla; pero el descanso para los viajeros y para las caballerías había de ser más adelante, en un sitio llamado La Pardina, donde nos tenían preparada la comida para nosotros y el pienso para el ganado. Emprendimos la marcha por la empinada carretera que culebrea a la orilla derecha del Veral. Reposamos una hora, y luego seguimos nuestro camino, extasiados ante el magnífico espectáculo que por todas partes se nos ofrecía. Aquí, espesas masas de vegetación, allá ingentes rocas, en el fondo del río, a trechos turbado por cascadas espumosas, a trechos manso, permitiendo ver en su cristal las plateadas truchas. A medida que avanzábamos, el paisaje era más grandioso y los picachos más imponentes por su extraña forma y aterradora grandeza. Tras larga caminata, llegamos a un sitio donde termina la carretera». [*]


Recorridos a pie los últimos kilómetros, Galdós y su amigo jacetano arribaron a la villa de Ansó, alojándose en una de las mejores casas y dando frecuentes paseos por la localidad, conociendo a sus gentes y sus tradiciones y embebiéndose de los extraordinarios paisajes circundantes y sus leyendas.


«Pasados no sé cuántos días en aquella deliciosa ociosidad, partí para volverme a Madrid. Mi amigo me llevó en su coche desde Ansó a Canal de Berdún, donde tomé la diligencia que diariamente hacía el trayecto desde Jaca a Pamplona. Llevaba yo un recuerdo gratísimo del vecindario ansotano, y singularmente de la generosa familia que me había dado hospitalidad, colmándome de finas atenciones. En el largo camino no cesaba de pensar en mis Condenados, entreteniéndome en modelar las figuras de Salomé, Santamona, José León y Paternoy. Y eso lo imaginaba sin perder el compás de la rondalla que el mayoral cantaba con voz clara y perfecta entonación. De tal modo se fundían y compenetraban mis Condenados y la rondalla, que, cuando estrené la obra en Madrid, la música y mi drama reaparecieron en dulce maridaje». [*]


El 11 de diciembre de 1894 se estrenaría la obra ansotana de Galdós en el madrileño Teatro de la Comedia sin el menor éxito. No fue hasta su reestreno en el Teatro Español, en abril de 1915, cuando Los condenados obtendría el aplauso y el reconocimiento del público y la crítica. “En nuestro caso”, interviene Mercedes, “solo tendremos una oportunidad de quedar bien”.







NOTA

[*] Fragmento de Memorias de un desmemoriado, de Benito Pérez Galdós.

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«Los pedigüeños de la playa»: Archivo personal


La vieja Tarraco yergue sus preservadas y majestuosas ruinas ante las que se rinden, admirados, los visitantes este sábado luminoso y nada invernal, con el horario muy ajustado para comenzar la media maratón histórica y sin perder de vista el apacible Mediterráneo que, como en la antigüedad, acaricia la suave arenisca de la urbe que dio nombre a una de las más extensas provincias de la Hispania romana.

Aquí, en la cabecera de la Hispania Citerior Tarraconensis, con los ojos fijos en el graderío tallado en la roca y el olor a mar penetrando en los poros, uno imagina el Anfiteatro [FOTO] rebosante de público asistiendo al cruento espectáculo del martirio del obispo Fructuoso y los diáconos Eulogio y Augurio que, según la audioguía, fueron quemados vivos en la arena el 20 ó 21 de enero del año 259, en tiempos del emperador Valeriano, en el mismo escenario donde los habitantes de la ciudad ligada a los Escipiones disfrutaban, con parejo entusiasmo y separados según su estatus, de luchas entre gladiadores, cacerías y exhibiciones atléticas, protegidas en verano las testas de los asistentes de la molesta radiación solar por una inmensa carpa, el velum, que se desplegaba sobre el graderío para que las largas horas de esparcimiento no derivaran en insolación de la concurrencia.

Más allá de la arena del martirio, el Circo [FOTO], mandado construir por el emperador Domiciano, con buena parte de sus estructuras enterradas entre los cimientos de decadentes edificios decimonónicos, guarda el eco de las bigas y cuadrigas cuyos conductores se jugaban la integridad física en demenciales carreras que comenzaban una vez asomados los carros por las bocas de las bóvedas interiores [FOTO], laberínticos túneles que sostenían las gradas y que, según cuentan, se adentran varios kilómetros por el interior de la ciudad.

Cualquier plaza, paseo o calleja de la antaño llamada Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco guarda sus retazos romanos convivientes con establecimientos hosteleros y comerciales y viviendas que muestran porciones de los antiguos foros, torres y templos, desperdigados y, en muchos casos, transformados y apuntalados por los diversos pueblos que se asentaron en Tarragona tras la decadencia del Imperio. El Casco Viejo aún conserva mil cien metros de la pretérita muralla que expone muchos de sus lienzos bien conservados, vencedores del tiempo, del maltrato y la indiferencia, muestrario, con el resto de las edificaciones, de una época y unos constructores que quisieron renegar de lo efímero.

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«Balsa de Guenduláin»: Archivo personal


De camino hacia el despoblado de Guenduláin, recuerda Iliane aquel día de hace quince o dieciséis años, cuando las hermanas Cristea y ella hicieron borota [*] en el instituto y marcharon con las bicis, sin un destino fijado, por aquel sendero de tierra que las condujo, entre arbustos y hierbajos selváticos, a las orillas de la balsa de Guenduláin, en medio de un paraje fantasmal y solitario por el que, con cierta congoja, transitaron hasta llegar a dos edificaciones en ruinas, lienzos de grafiteros, donde Madalina creyó advertir unas sombras. No solo no se acercaron sino que dieron media vuelta, con el miedo asido a los esternones y la sensación de hallarse entre presencias malignas que las perseguían, invisibles, como si de un mal sueño se tratara.

De aquella extraña aventura les quedó la vaga impresión de haber hecho el ridículo ante sí mismas, amén de unas punzantes agujetas en muslos y pantorrillas y, meses después, el primer premio en el III Concurso de Relatos en Euskera del Instituto, obtenido por Camelia Cristea, con una narración de tintes góticos sobre una supuesta Dama de Guenduláin que habitaba en la balsa y se alimentaba de las almas de los incautos que se atrevían a acceder hasta sus dominios. “Nunca pensamos que volveríamos”, confiesa Iliane.

Parece como si aquí se hubiera detenido el tiempo. Está igual que entonces, y la balsa sigue semejándose a la charca del ogro Shrek”, afirma Camelia.

La vegetación, teñida de otoño, se alza, profusa, alrededor del agua y a cada lado del camino hasta llegar frente a las ruinas, tristes ruinas, de lo que siglos atrás fueron la iglesia de San Andrés [FOTO], construida en el siglo XVI, y el castillo palacio del Señor de Ayanz [FOTO], ambos edificios dejados a su albedrío, sucios de grafitis en sus partes inferiores pero todavía, en su alzada, mostrando la grandeza de su pasado.

En ese castillo palacio de finales del siglo XV que cualquier observador intuye majestuoso en origen pese a su tremendo deterioro, nació Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), representante, con todos los honores, del hombre renacentista por excelencia y precursor de grandes inventos, como la mismísima máquina de vapor, el aire acondicionado, el traje de buzo y el submarino, entre otros. Fue, además, militar, pintor, cosmógrafo, científico y músico. Sus restos reposan, sin lápida, en la Capilla del Socorro de la Catedral de Murcia, ciudad de la que fue Regidor por nombramiento del rey Felipe II, a cuyo servicio había entrado, con apenas catorce años, en calidad de paje.








NOTA

[*] En Navarra, se denomina hacer borota al acto de saltarse las clases, hacer novillos.

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«Luminarias»: Archivo personal


A las siete y media de la mañana, cuando ni aun los gatos han abandonado sus cálidos acomodos, llega, pimpante, María Blanca, la vecina, con los menús de Nochebuena y Navidad anotados en una libreta y el listado de las compras por hacer en una hoja suelta. “Para no perder tiempo”, justifica. “He añadido pasas y piñones para los empanadicos. He pensado que, mejor que comprarlos, los hago yo misma, que me cuesta poco”. “Pero si ya se los hemos encargado a la panadera”, protesta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Pues la llamas y le dices que les dé salida, se los quitarán de las manos”.


[…]


Cuando se dirigen al coche, ven al señor Paco, el marido de María Blanca, apostado junto al platanero. “Ya perdonaréis a esta mujer mía. No sé cuántas veces le he dicho que deje de incordiar, pero… ya la conocéis. Lo hace con la mejor intención. Por ayudar y no cargaros con tantas responsabilidades”. “No se preocupe, señor Paco, que ya lo sabemos”, le tranquiliza Étienne, sorprendido por la repentina locuacidad del jubilado. “Usted ocúpese de recoger pasado mañana los cardos en el Invernadero, que nosotros bajamos ahora a Huesca y compraremos las bebidas en el híper, que serán más baratas”. “¿Ya está encargado el medio ternasco?”, se interesa el hombre. “Sí, nos lo traerán el mismo sábado por la mañana. Cinco kilos nos han dicho que pesa”.


[…]


Dejan a maman Malika en la peluquería y a Jenabou en la academia de baile. “Cuando salgas, vete a por la yaya, que te estará esperando. Os vais al restaurante de siempre, que ya llegaremos”. “Y ahora que vais de compras, ¿me miraréis un iPhone no muy caro? Solo pido eso para Papá Noel…”. “Ya veremos”. “Jooooo… Me decís lo mismo desde que empecé en el instituto. Os dije que si os parecía mucho dinero, pagaría la mitad con mis ahorros”. “Pues eso, que ya veremos”. “¿Pero es un ya veremos si sí o un ya veremos si no?”. “Lo sabrás la mañana de Navidad”. “Jooooo…”.


[…]


Tras una sobremesa amodorrada, avanza el día entre tiendas, escaparates y deambulaciones. Trae el final de la tarde el relente y las luces navideñas que acompañan el bullicio de las terrazas y el paso desigual de los transeúntes por la calle peatonal del centro, en discreta riada que se bifurca hacia el Casco Viejo y los Porches, donde el belén de la Diputación, vistoso tras la cristalera, concentra una decena de personas. “¿Vamos a por el coche y ya tomaremos un trago en el pueblo?”, pregunta la veterinaria. Unos metros más allá, antes de doblar la esquina del edificio de Hacienda, se detienen ante un violinista callejero que, a punto de guardar el instrumento en su funda, todavía les regala unos alegres sones.

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«Entre lo divino y lo terreno»: Archivo personal


A principios del siglo XVII, un número indeterminado de copias de un oscuro manuscrito escrito a finales del siglo XV y culminado en 1507 —donde se hace un prolijo listado de familias judías del Reino de Aragón que optaron por la conversión al catolicismo para evitar que se les aplicara el Decreto de los Reyes Católicos que las condenaba a ser expulsadas de España— adquiere tal relevancia por los datos sensibles que expone y en los que se ven reflejados y señalados linajes aragoneses cuyos miembros ocupan puestos eximios en los estamentos de poder, que la Diputación General del Reino, institución sobreviviente de la antigua Corona de Aragón que ya había examinado el oprobioso manuscrito en 1601, se ve impelida a solicitar, en 1615, amparo a Felipe IV de Castilla (III de Aragón) y a la propia Inquisición para que se censure y prohíba el infamante libelo que amenaza con socavar, como si de una cruzada se tratara, los pilares de la sociedad aragonesa que, a tenor de lo revelado en tales páginas, ostenta tantas máculas e impurezas en sus ancestros  —en su mayoría judeoconversos pero también moriscos—  que, de aplicarse los Estatutos de Limpieza de Sangre, no habría familia ni gremio que se salvara de purgas y anatemas.


El supuesto autor del manuscrito  —sobre el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, considerando algunos que la autoría es anónima—, Juan de Anquías o Anchías, fue un allegado de la Inquisición que desarrolló su oficio en la Rioja y en las ciudades de Huesca y Lérida, así como en Zaragoza, población que abandonó al declararse la peste para acogerse en Belchite, lugar en el que, según asegura en el prólogo que quizás añadió a posteriori al manuscrito, «deliberé de hacer este sumario por dar luz a los que tuvieran voluntad de no mezclar su sangre limpia con ellos y se sepa de qué generaciones de judíos descienden los siguientes, para que la expulsión general de ellos hecha en España en el año 1492 no quite de la memoria a los que fuesen sus parientes». Parece ser, además, que esta insidiosa advertencia contra los linajes aragoneses de orígenes impuros, guarda relación con el asesinato en Zaragoza de Pedro de Arbués (1441-1485), Inquisidor de Aragón, que fue ejecutado por judeoconversos ante el altar mayor de la Seo zaragozana, dando lugar a una de las represiones más feroces que se recuerdan, a las que el censo de Juan de Anquías o Anchías, aún incompleto entonces pero bien detallado en las filiaciones anotadas, ayudó en la tarea.


El exhorto de los mandatarios aragoneses, dado el descrédito y la deshonra que suponía, pese a haberse redactado un siglo antes, el que ya era llamado Libro Verde de Aragón (en alusión al color de las velas de los Autos de Fe), tuvo cumplida respuesta a favor. En 1620, el Tribunal de la Inquisición decretó la prohibición de tenencia del manuscrito, su lectura, copia y propalación, realizándose, además, en 1622, en la plaza del Mercado de Zaragoza, la quema de cuantas copias del mismo fueron halladas.

El honor aragonés había sido, por fin, purificado por las llamas que, a la vez, habían arrasado con cualquier veleidad familiar pasada.

La celeridad de todas las instancias para deshacerse de un texto que ponía en la picota genealogías de importancia en la nobleza, la política y la membresía eclesiástica aragonesa, e incluso castellana, fue refrendada y alabada por el propio rey Felipe IV, que se dirigió por escrito al Inquisidor General en estos términos: «Por el Consejo de Aragón se me ha representado la diligencia y cuidado que habéis hecho poner en recoger el libro que llaman Verde en aquel Reyno. Agradescoos lo que habéis dispuesto en esto y por ser cosa de la calidad que es y convenir que no quede ni aun rastro del dicho libro, os encargo que hagáis continuar las diligencias tan apretadamente como conviene y lo espero de vuestro mucho celo.—Señalado de Su Majestad en Madrid, a 17 de Noviembre de 1623.—Al Inquisidor General».


En la actualidad, cinco copias del Libro Verde de Aragón   —de distintas épocas y en su mayoría incompletas—  se distribuyen entre el Archivo General de Valencia, el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Colombina de Sevilla, la Bibioteca del Colegio de Abogados de Zaragoza y la Biblioteca Nacional.

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«Rastros»: Archivo personal


Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

Retrospectiva existente, poema de Miguel Labordeta (1921-1969) contenido en su libro Violento idílico, publicado en 1949—.

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«Al otro lado de la celosía»: Archivo personal


Entre brumas que ascienden desde la superficie del agua, el embalse de La Peña, con sus espigones de rocas eocenas aún con las huellas del estiaje, mostrando la merma de su capacidad, y con las marcas de sus crecidas de antaño grabadas en sus orillas desteñidas.

El viejo pantano  —construido entre 1904 y 1913 y sustentado por los ríos Gállego y Asabón—   se diría que siempre estuvo allí, desempeñándose como estandarte; ora velando a las personas asesinadas en la (in)civil guerra que yacen en la única fosa no intervenida situada en sus inmediaciones, ora aguardando la mirada complaciente de los viajeros que cruzan con sus vehículos el angosto puente de estructura cerrada de hierro y acero [FOTO], levantados sobre el agua sus escasos doscientos metros de longitud con pilares de hormigón, y en cuyo final  —o su principio, según la dirección que se lleve—  abre sus desdentadas fauces un corto túnel excavado en la dura peña de caparazones calcáreos que da nombre al pantano y cuya humedad —convertida en puntual sirimiri— rezuma desde las horadadas paredes interiores que, en algunas partes, han sido colonizadas por el musgo.

La neblina que intercepta el alcance de la vista acaricia con sus gélidos tentáculos los rostros de los viajeros detenidos y apeados junto a la ermita de la Virgen de La Peña que, como el puente y el propio embalse, fue edificada en la primera década del siglo XX.

Del otro lado, paralelo al embalse y en sentido contrario al que han de seguir los transeúntes apostados en la ermita, sube hacia Jaca, renqueante, el familiar Canfranero, saludado por la presa de Carcavilla y las aguas bravas del Gállego, que dejan atrás la quietud de La Peña para acompañar, desde su lecho flanqueado por paredones revestidos de vegetación, el avance carretero de los viajeros hacia su destino, entre curvas y angosturas que obligan a moderar la velocidad.

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«Parque Miguel Servet: El quiosco en otoño»: Archivo personal


Cuando el caminante se detiene en lo alto de la pendiente, suenan en los auriculares prendidos a sus orejas las voces conjuntadas de David Bowie y Freddie Mercury…Pressure pushing down on me…— e inicia un descenso suave, con las deportivas rozando levemente el conocido empedrado y los ojos fijos en la abertura final de la costanilla [FOTO], allí donde, siglos atrás, estuvo una de las puertas —de las nueve, diez…o más, que no hay acuerdo entre los estudiosos— de la muralla, la que se conoció como Puerta Nueva, desaparecida definitivamente en el siglo XVII, cuando se construyó, en sobrio ladrillo, la iglesia de San Vicente el Real, tras la demolición del templo románico que, en el siglo XIII y con el nombre de San Vicente el Bajo [1], se había levantado en el lugar donde se cree nació el hijo de Enola y Eutiquio, conocido como Vicente de Huesca o San Vicente Mártir, patrón pequeño de la ciudad y en cuya festividad, el 22 de enero, se prende una gran hoguera y se reparte a la ciudadanía longaniza y patatas asadas.


La Compañía, que así es como se conoce popularmente en Huesca a la iglesia de San Vicente el Real, por haber pertenecido a los jesuitas a partir del siglo XVII [2], brinda su monumental mole —de fachada de ladrillo caravista, con una estatua de piedra del santo en una hornacina situada sobre el portalón de acceso— a la antigua vía romana que atraviesa, a los pies del Casco Histórico, la ciudad. El Coso, que así se llama tal vía, hoy en día peatonal, ha sido, a lo largo de la historia, la gran calle central de la urbe, dividida en dos tramos: El Coso Alto y el Coso Bajo, llamados Cosos de Galán y García Hernández, durante la II República, en recuerdo a los capitanes rebelados contra la monarquía, fusilados en las inmediaciones de Huesca y cuyas tumbas en el cementerio de la localidad siguen siendo muy visitadas.


Supera el caminante el desnivel de la costanilla de Lastanosa y dobla la esquina del templo deteniéndose para contemplar los edificios que apuntan, desde el otro lado de la estrecha calle peatonal, a la vieja iglesia jesuita. Allí enfrente, encarada a San Vicente el Real, estuvo situada la casa-palacio de los Lastanosa, con el más fantástico de los jardines de la época, que llegó a fascinar al mismísimo Felipe IV. Creado bajo los auspicios y la refinada imaginación de Vincencio Juan de Lastanosa y Baráiz de Vera, insigne erudito del siglo XVII, mecenas, político, escritor, alquimista, obsesivo jardinero y amante del exotismo; minucioso coleccionista, su biblioteca de más de siete mil volúmenes fue reverenciada por Quevedo, Baltasar Gracián y otros ilustres contemporáneos suyos, que recorrieron las armoniosas estancias del palacete recreándose en los preciados objetos cuidadosamente expuestos en ellas: antigüedades, armas, instrumentos científicos, artilugios, pinturas, esculturas, tapices, monedas, mapas, fósiles… Pero, sobre todo, esos increíbles y portentosos jardines en los que a la abundante vegetación, traída de todo el orbe, se sumaba un completo zoológico (cebras, tigres y otros mamíferos exóticos, avestruces, aves canoras…), un espectacular laberinto esmeradamente geometrizado, caminos de rosaledas y tulipanes, templetes marmolados y zonas acuáticas que incluían fuentes ornamentadas con elementos mitológicos, un embarcadero y un soberbio estanque.

De todos esos prodigios nacidos de la avidez de conocimiento y la vasta fortuna de Vincencio Juan de Lastanosa, nada queda. Su legado se dispersó con su muerte; la casa-palacio fue desmantelada en el siglo XIX y de aquellos originales jardines solo resta el terreno que, cedido en 1928, conforma la parte antigua del actual Parque Miguel Servet.


Suspira el caminante. Desaparece de su visión interior el suntuoso edificio cuya descripción, a fuerza de leer tantas veces, es capaz de reconstruir en sus figuraciones —con la estatua de Hércules sujetando la bola del mundo, que el cronista Ustarroz describe y sitúa en el tejado de la casa-palacio— y encamina sus pasos hacia los vacíos veladores del bar abierto junto a la farmacia que guarda, por ubicación, algo de esa esencia Lastanosa que ha ocupado sus pensamientos durante unos minutos. Frente al caminante, relajado ante su café, vela el edificio consagrado a Vicente de Huesca.







NOTAS

[1] En contraposición a la iglesia de San Vicente el Alto, también desaparecida, que se construyó en el entorno de la Catedral, en el mismo lugar donde en la época de la Wasqa musulmana se ubicaba la mezquita de Ibn Atalib.
[2] Desde el año 2019, y tras la marcha de los últimos miembros de la Compañía de Jesús que ejercían su ministerio en la ciudad de Huesca, la iglesia de San Vicente el Real pertenece exclusivamente a la diócesis oscense.

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«Senderistas»: Archivo personal


Aprovechaba el Sol las zonas despejadas de arbolado para mostrar los últimos lances de su apenas ardiente poderío y laminar las envalentonadas dermis de los senderistas  —jóvenes y no tanto—  que apuraban el primer tramo del trayecto hasta Zulueta, buscando un otero con vistas al valle donde darse un respiro y acometer el tentempié que aguardaba, apretado, en las mochilas. “¡Allí!”, gritó alguien, señalando el suave promomtorio que se advertía a la izquierda de la senda que, a pocos metros, jalonaban, holgadas, las coníferas. Se sentaron, risueños y parlanchines, entre piedras y pinazas, sobre la tierra seca y agrietada.

Abajo, majestuoso en su anacronismo, el dieciochesco acueducto de Noáin [FOTO], modesto pariente neoclásico de aquellos de factura romana que alzaron los invasores venidos del Lacio sobre la Iberia antigua; convertido este, como aquellos, en joya arquitectónica restaurada y relevado, muchos años atrás, de su crucial servicio primigenio como abastecedor del agua de todas las fuentes públicas de Pamplona desde el manantial de Subiza, en las entrañas de la Sierra del Perdón.


Declarado Patrimonio Histórico, como Bien de Interés Cultural, en 1992 y tenaz sobreviviente a la reestructuración brusca del paisaje —en 1931, un constructor llegó a hacer una oferta de compra para derribarlo—, ni el abandono al que fue condenado durante años ni el ferrocarril ni la autopista ni las avenidas del río, que le cercenaron algún elemento, lograron desmoronar irremediablemente su probada solidez, conservando intactos 92 de los 97 arcos de piedra y ladrillo —de 18 metros de alzada los mayores— que lo componían cuando entró en uso el 29 de junio de 1790.

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