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Posts Tagged ‘asesinato’

“Optometrically Sailing”: G.C. Roush II


Un Ramón José Sender absorto, levemente hosco, con el sombrero borsalino colocado distraídamente sobre la noble cabeza encanecida resalta entre la amalgama de ocres y naranjas, con tenues trazos rojizos, de la pared que comparte con su amigo Ildefonso-Manuel Gil y su compañero epistolar Joaquín Maurín. Cerca, sonriente y juvenil, Ana María Navales contempla al circunspecto Miguel Labordeta levemente girado hacia un pensativo Francisco Carrasquer.
Sobre el atril, Siete domingos rojos, la novela elegida por la señorita Valvanera para el libro-fórum.

La mejor. La del Sender más ágil. Su primera mirada crítica hacia el modus operandi anarquista de la etapa republicana que lo llevó a buscar su sitio en el comunismo para terminar detestándolo y crear su propia rebeldía, siempre con los retales de sus desgraciados recuerdos.


Silencios. Los mismos silencios del Ramón doliente, jamás recuperado del asesinato del hermano y la esposa, Manuel Sender Garcés y Amparo Barayón.

A Manuel Sender Garcés, el amado hermano, abogado de 31 años, miembro de Izquierda Republicana, que había sido alcalde de Huesca en dos ocasiones, lo fusilaron los fascistas el 13 de agosto de 1936, junto a Mariano Carderera, alcalde en ejercicio, Mariano Santamaria, teniente de alcalde y Miguel Saura Serveto, cenetista benasqués. Una lápida, colocada el 14 de abril de 2003 sobre la fosa compartida, los recuerda


Silencios. Exilio. Recuerdos rotos de aquella Amparo, exultante, de los años treinta, trabajadora de Telefónica, experta mecanógrafa y ágil pianista a la que ronda Ramón en 1931 y que le sería arrebatada el 11 de octubre de 1936.

Silencios. Exilio. Crepita el dolor en las entrañas. Se inflama. Arde. Se eternizan las llamas. Se suceden los libros. Dolor. Charlas. Amargura. Libros. Conferencias. Dolor. Dolor.


Y entonces dijeron que venía. Venía a España. Venía a Huesca. ¡Venía a Huesca! Sender regresaba a su tierra. Daría una conferencia en el Centro Cultural Genaro Poza.

Ramón José Sender llegó a Huesca en domingo, el 2 de junio de 1974. Impuso una condición: que se depositara un ramo de flores sobre la fosa donde se sabía que reposaban los restos de su hermano Manuel. Idas y venidas de los organizadores. Miedo. Sender firme. Sólo irá a Huesca cuando la tumba de su hermano sea señalada con un ramo de flores. Miedo. Cuchicheos. Y Manuel Sender Garcés, vilipendiado, asesinado y sepultado en el obligado olvido, obtuvo su ofrenda floral. Ramón José Sender se asomó a la ciudad que tanto le dolía y desgranó sus recuerdos de un verano -de hace tanto, tanto, tanto tiempo- pasado en el Pirineo.


Mora Sender entre los cromáticos muros del ala aragonesa de la Biblioteca del Barrio, donde sisean las hojas y susurran los seres retratados. Sobre el atril, el libro. Y un grupo de sombras que, en silencio, caminan hacia la puerta dejando tras de sí recuerdos y penumbra.




Dicebamus hesterna die…

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“Cipher”: Bev Hodson


«Ante el caos del Retiro, que estaba lleno de drogadictos, homosexuales y delincuentes, varios de los cuales habían agredido a unos amigos, estos muchachos cogieron sus objetos y se defendieron. Fue un homicidio no intencionado porque estos jóvenes quisieron preservar el Retiro de las pandillas de delincuentes que venían atacando a los indefensos paseantes. Esta acción noble y altruista de los jóvenes procesados llevaba en sí un grave riesgo, incluso físico, para ellos.».- Alegato de los abogados defensores de los ultraderechistas que asesinaron al joven José Luis Alcazo Alcazo.

A José Luis Alcazo -siempre Josefo– le machacaron sus esperanzadores veinticinco años con unos bates de béisbol con la inscripción “Viva el fascio redentor”. Aulló la bestia del fascismo en el parque del Retiro madrileño aquella noche del 13 de septiembre de 1979, cuando todavía la brisa del verano se pavoneaba, reina, entre los árboles y rozaba, en caricia indolente, los rostros relajados de Josefo y sus cinco amigos[1] que se internaban por la senda del horror en su última charla compartida.

Éramos diez”, declararía después Eduardo Limiñana San Juan, uno de los asesinos. “Queríamos impedir la presencia y expulsar del Retiro a las personas indeseables“. Diez jovenzuelos de catorce a diecinueve años acechando entre los árboles y cayendo sobre el grupo de paseantes que, respuestos de la sorpresa, iniciaron, aterrados y heridos, la huida. A Josefo, que había intentado arrebatarle el bate a uno de sus atacantes, lo alcanzaron cuando trataba de zafarse, a la carrera, de sus perseguidores. “Cuando yo llegué, el chico ya estaba en el suelo, recibiendo golpes de todos los que estábamos a su alrededor[…]. Ignoro en qué sitio del cuerpo le pegué. Entre la oscuridad, el nerviosismo y el hecho de que él se movía continuamente, no puedo saber en qué sitios le di. Recuerdo que hubo un golpe final, no sé si mío o de otro, que hizo que se convulsionara repentinamente y quedara inmóvil”, diría Limiñana.


José Luis Alcazo Alcazo -siempre Josefo-, de 25 años, natural de Albero Bajo (Huesca), licenciado en Historia y estudiante en Madrid, fue asesinado en el parque del Retiro la noche del 13 de septiembre de 1979. Veintidós años después fue reconocido como Víctima del Terrorismo.



Dicebamus hesterna die…


NOTA

[1] Luis Francisco, Jesús, Marisol, Mariela y Luciano.

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“Smell the Rose”: Rich LaPenna


Ramón Acín Aquilué.
Concha Monrás Casas.
Katia y Sol Acín Monrás.
In memoriam.


Sol Acín jamás supo la fascinación que ejercía en aquella niña, de apenas once años, que ocupaba el primer pupitre bajo la tarima. A veces, cuando las miradas de alumna y profesora brillaban al unísono, enfrentadas las pupilas, la jovencita sentía el doloroso peso del secreto que Silvestre le había contado aquel otoño, sentados junto a las Pajaritas nacidas de la habilidad creadora del silenciado artista oscense asesinado.


“Indefenso, solo, apaleado, maniatado, destrozado por el llanto y los gritos de Conchita y de las niñas, mutilados los sueños, sin palabras, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarle. Ramón Acín se enfrentó en solitario al grupo de asesinos que lo llevaron a las tapias del cementerio de Huesca. Conocía a todos aquellos hombres convertidos en bestias. Después de tanto dolor, solo conservaba la mirada. Era el seis de agosto de 1936, aquel verano maldito. Sonaron los disparos y la tierra se mezcló en la sangre. Se apagó la luz y las manos creadoras se quedaron para siempre quietas, y los labios inertes, y la mirada rota…”
Víctor Juan: “SANGRE EN LA TIERRA“-

Sólo para ella, para la admirada y huérfana Sol, leía en voz alta, con pronunciación tantas veces ensayada, aquellos capítulos de Les voyageurs des étoiles a cuyo final la profesora añadía una sonrisa de asentimiento que la muchacha atesoraba entre los preciados souvenirs de sus vivencias inmediatas. Y, como si los más de cuarenta años transcurridos se diluyeran en imperceptibles segundos, la evoca alta, delgada, huesuda, con largos collares de bisutería tintineándole en el pecho y un bolso abultado y abierto apoyado en las patas de la mesa, sobre la tarima desgastada.


Mi curva es tan pequeña

Por qué aún no me detienes, sombra
callada al borde de esta hora.
Mi curva es tan pequeña,
tan corto el aire que a mi paso quiebro.
Tan solo el esqueleto
que en lenta marcha se acomoda al suelo.
Sería tan sencillo
dejarme resbalar por la pendiente
del polvo de tus eras,
dejarme descansar donde los templos
de siglos acumulan
pasiones que ya fueron.
De mi prisión quisiera
sacarme, destruir la permanencia
sin nombre que bascula.
Perdí la llave, se olvidó la muerte
de colocar en mí su cerradura.
Sol Acín
La poesía luminosa y feroz de Sol Acín“: Mercé Ibarz


Epílogo: La caja de música de Ramón Acín.

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“No escape”: Lynda Lehmann


“[…]Eduardo Cantos, el ex director de la cárcel, declaró haber estado presente aquel día en el interrogatorio de dos de los reclusos. De dos de los apaleados como Rueda. Y explicó que no se enteró de que les estuvieran pegando porque se encontraba de espaldas y hablando por teléfono. Eso dijo Eduardo Cantos con toda impavidez y sin que le temblara la grasienta papada. Qué apasionante llamada debía de estar realizando, qué espaldas tan impenetrables y graníticas, para que allí, en el morrillo de su corpachón, se estrellaran y perdieran los quejidos, los insultos, los alaridos, el redoble seco de los golpes. Así están todos, sordos y ciegos. Y a su paso van dejando un reguero de sangre […]”- Fragmento del artículo Década, escrito por Rosa Montero y publicado en el periódico El País el 16 de enero de 1988.

Un túnel de cuarenta metros descubierto en la cárcel de Carabanchel la mañana del día 13 de marzo de 1978 determinaría la muerte a golpes  -“apalizamiento  generalizado, prolongado, intenso y técnico”, según harían constar los forenses que realizaron la autopsia-  de Agustín Rueda Sierra  -preso anarquista de 25 años y miembro de la C.O.P.E.L–  en algún momento entre las diez y media de la noche del día 13 y las siete de la mañana del día 14. Otros siete presos [1] sufrirían en sus cuerpos la furia inquisidora desatada en aquella tarde carcelaria proemio de la muerte de Agustín Rueda a manos de sus carceleros; siete hombres lacerados que pondrían voz acusadora  al calvario del compañero muerto.


Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;

escúchame Felipe; Santiago, entérate:

bajad de esos escaños forrados de papel,

que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

 

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Tendido está en el suelo y no contesta ya.

 

Bonita democracia de porra y de penal;

con leyes en la mano te pueden liquidar.

Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,

lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

 

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Agustín por buscarla, miradlo como está. [2]

Diez años después, en 1988, los inductores y autores, por acción u omisión,  de la muerte de Agustín Rueda Sierra fueron juzgados y condenados a cumplir entre seis y nueve años de cárcel [3].




NOTAS

  • [1] Jorge González, José Luis de la Vega, Juan Antonio Gómez, Miguel Ángel Melero, Felipe Romero, Pedro García y Alfredo Casal.
  • [2] Canción compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio.
  • [3] El director de la cárcel Eduardo Cantos, los doctores José María Barigón y José Luis Casas, el subdirector Antonio Rubio y los funcionarios José Luis Rufo, Nemesio López Tapia, José Luis EstebanAlfredo Luis Mallo, Alberto Ricardo Cucufate de Lara, Hermenegildo Pérez, Andrés Benítez y Julián Marcos.

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“You always make me cry”: Marko Beslac


A las diez menos cuarto de la noche del 5 de febrero de 1977 fallecía en la clínica San Juan de Dios de Zaragoza, donde había sido ingresado apenas quince minutos antes del deceso, Miguel Vicente Basanta López. Tres disparos, dos de ellos impactados en su cabeza, habían truncado las ilusiones de aquel hombre de treinta y dos años, albañil en paro, a quien la policía y la prensa convertirían, posteriormente, en “delincuente habitual”.

El último día de su vida, Vicente Basanta, “peligrosamente armado” con un bote de pintura roja y una brocha, se encontraba realizando una pintada en la tapia de una antigua fábrica cuando Francisco Tovar, policía fuera de servicio que paseaba con su familia, le dio el alto, sacó su arma reglamentaria y, al tratar Vicente de escabullirse, le descerrajó tres tiros por la espalda.

A los hechos acaecidos y ratificados, tiempo después, por testigos presenciales, se contraponía la versión policial, que relataba la agresión sufrida por Francisco Tovar, a quien el fallecido tiró al suelo atacándole con una barra de hierro, viéndose obligado el agente del orden a defenderse haciendo uso de su arma, que disparó contra el delincuente desde el suelo.

De nada sirvieron las declaraciones de los testigos ni la inexistencia de la barra de hierro con la que supuestamente fue atacado Tovar; tampoco que la autopsia confirmara que los disparos se habían hecho desde una posición contraria a la declarada por el policía. Francisco Tovar fue exonerado por considerarse que había actuado en legítima defensa y la causa fue sobreseída el 24 de marzo de 1977.

Los esfuerzos de la familia Basanta para reabrir el caso fueron inútiles. El 20 de junio de 1990 el Juzgado número 2 de Zaragoza ordenó el archivo de todas las actuaciones por tratarse de “causa ya  juzgada por la jurisdicción militar”.


El 4 de febrero de 1996 Miguel Vicente Basanta López fue homenajeado frente a la tapia donde le arrancaron la vida. Una calle zaragozana lleva, actualmente, su nombre.


NOTA

Seis meses antes de la muerte de Vicente Basanta, y en parecidas circunstancias, fue abatido por las balas de la Guardia Civil, en Almería, Francisco Javier Verdejo.

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“Photo Compositions.- Angeline”: Dominic Rouse


El 17 de agosto de 1963 se daba cumplimiento a la sentencia que condenaba a ser ajusticiados, por el método del garrote vil, a Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez, acusados de la colocación de explosivos en el Ministerio de la Gobernación, con resultado de cuantiosos destrozos y heridos de diversa consideración.

En la sentencia se alegaba que había quedado probada la pertenencia de los acusados a un grupo anarquista y se relataban las idas y venidas de ambos hombres hasta el momento del atentado, de cuya autoría no existía la menor duda, tanto por las pesquisas llevadas a cabo como por la actitud y la militancia de los reos.

Transcurridos diecisiete días desde la detención, el deceso por traumatismo bulbar -como así constaba en el certificado forense- ponía un aparente punto y final a un suceso que tuvo escaso eco en la sociedad española de la época.

Treinta y tres años después del ajusticiamiento de Francisco Granados y Joaquín Delgado, dos hombres entrados en años -ciudadanos franceses de origen español- se autoinculpaban públicamente de la colocación de los explosivos, presentando las mismas pruebas que, en su día, poseyó el Tribunal que juzgó y condenó a Granados y Delgado, pruebas que entonces ya exculpaban a los condenados del delito de atentado y que los jueces togados de la justicia franquista prefirieron obviar al objeto -es de suponer- de que la muerte de los dos anarquistas sirviera de escarmiento a cuantos pretendieran quebrar los vitoreados Años de Paz de los que alardeaba el régimen.

En la década de los años noventa, promulgada una ley que otorgaba una indemnización a las personas represaliadas por el franquismo o, en su defecto, a sus familias, Pilar Vaquerizo, viuda de Francisco Granados, presentó una solicitud para acogerse a dicha ley. La pensión le fue denegada.
La Ley 46/1997 de 15 de octubre especifica, con mucha asepsia, que tienen derecho a la indemnización correspondiente aquellas personas -o sus herederos- que hubieran sufrido privación de libertad en establecimientos penitenciarios durante tres o más años.

De Granados y Delgado, su compañero de infortunio, sólo se pueden acreditar diecisiete días de encarcelamiento. No ha, por tanto, lugar a la percepción de ninguna cantidad.


POST SCRÍPTUM

  • El 3 de febrero de 1998, las familias de Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez presentaron en el Registro General del Tribunal Supremo, recurso de revisión contra la sentencia dictada el 13 de agosto de 1963. La Sala de lo Militar denegó la autorización para interponer dicho recurso en Auto de 3 de marzo de 1999. Solicitado el amparo del Tribunal Constitucional, éste declaró nulo el Auto anterior obligando al Tribunal Supremo, en sentencia de 13 de julio de 2004, a continuar con las diligencias para revisar la condena a muerte.
  • Pese a la anulación de facto dictada por el Constitucional, el 18 de diciembre de 2006, tres de los cinco magistrados de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, denegaron, por segunda vez, autorización para interponer recurso extraordinario de revisión de las condenas a muerte, alegando que las confesiones realizadas años después por los autores reconocidos de los atentados, así como las declaraciones de los testigos presentados por las familias para dar curso a la revisión, carecían de credibilidad y resultaban incongruentes.


ANEXO

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“Madre Nuvola”: Pinina Podestà


[…]“Estaban en su casa, esperando, como los demás, los acontecimientos. Sabían que iban a detenerlos y que saldrían codo con codo, y aguardaban sin saber por qué. Ignoraban lo que habría sucedido lejos del pueblo. Oyeron tiros lejanos. Luego, más próximos. Mariquilla miraba sus alpargatas rotas, por donde asomaban dos dedos desnudos enrojecidos por el frío. Llevaba un vestidillo ligero —ya lo llevó en verano— muy remendado. No suspiraba demasiado por otros vestidos, por tres razones: porque no se encontraba fea con aquél, porque sabía que no podía pretender otro y, finalmente, porque el frío era cosa de viejos y estaba harta de oír decir a la gente, cuando se quejaba:

—Yo, a tu edá…

—Cuando se tiene tu tiempo…

Por esas tres razones no se quejaba tampoco de ir sin medias. Mariquilla, no sólo no se quejaba, sino que estaba alegre casi siempre, con motivo o sin él.

Mariquilla Silva Cruz, morena gentil, con una tilde de melancolía entre dos sonrisas o dos frases dichas como ella las dice, atropelladamente, pero bien enderezadas a su objeto, había de revelar luego, en la cárcel, en la calle, ante los fotógrafos, con los periodistas, una inteligencia natural y una discreción muy superiores a lo usual en las personas cultivadas de la ciudad.”[…].-  Fragmento de VIAJE A LA ALDEA DEL CRIMEN, recopilación de las crónicas sobre los sucesos de Casas Viejas escritas por Ramón J. Sender en el periódico La Libertad.


Un auto del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Chiclana de la Frontera (Cádiz) declaraba, el 22 de junio de 2011, el fallecimiento legal de María Silva Cruz, superviviente de la matanza de Casas Viejas, fusilada el 23 de agosto de 1936 entre las poblaciones de Medina y Jerez, a la edad de 19 años.

Sidonio (Juan) Pérez Silva, de 76 años, que tenía 13 meses cuando asesinaron a su madre y apenas cuatro años cuando mataron  -en circunstancias nunca aclaradas-  a su padre, el periodista anarcosindicalista Miguel Pérez Cordón, lleva décadas buscando el lugar donde fueron enterrados los restos de su progenitora. En el año 2006 interpuso una querella ante el Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional por la detención ilegal y la desaparición forzada de María Silva Cruz, amparándose en la no prescripción de los crímenes de lesa humanidad. Trasladada la documentación a Chiclana, la jueza Bárbara Izquierdo dio por válido, el pasado junio, el deceso legal de la interfecta fechando el mismo el 1 de enero de 1947, en aplicación de la ley que dicta que para la declaración de fallecimiento han de transcurrir diez años desde que se tuvieron noticias de la persona desaparecida.

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“Beside Myself, Waiting”: Tony Scheuhammer


(…)

Loco – Nuestro anarquista, en pleno rapto… (ya veremos luego cómo encontrar entre todos un motivo más verosímil para ese gesto insensato)…se levanta de un salto, toma carrerilla…Un momento… ¿Quién le sirvió de estribo?

Comisario ¿De estribo?

Loco Sí, ¿quién de ustedes se colocó junto a la ventana, con las manos cruzadas a la altura del vientre, así, para que él apoyara el pie, y ¡zas!, tomara impulso para volar por encima del parapeto?

Comisario Pero, ¿qué está diciendo, señor juez, no pensará que nosotros…?

Loco No, por favor, no se altere, simplemente preguntaba…Es que, al ser un salto  tan grande con tan poca carrerilla, sin ayuda de nadie…pues no quisiera que alguien dudara…

Comisario No hay nada que dudar, señor juez, se lo aseguro. ¡Lo hizo todo solo!

Loco ¿No había ni una de esas tarimas de competición?

Comisario No

Loco ¿El saltarín llevaba zapatos con tacón elástico?

Comisario No, nada de tacones.

Loco Bien así que tenemos, por un lado, un hombre de 1.60 escasos, solo, sin ayuda, ni escalera…por otro, media docena de policías que, pese a encontrarse a pocos metros, uno incluso junto a la ventana, no llegan a tiempo de intervenir…

Comisario Es que fue tan repentino…

Agente No se figura lo ágil que era ese demonio, por poco no consigo sujetarle el pie.

Loco Oh, ya ven mi técnica de provocación funciona…¿Le sujetó del pie?

Agente Sí, pero me quedé con el zapato en la mano, y él se cayó.

Loco No importa. Lo importante es que se quedara el zapato. El zapato es la prueba irrefutable de su voluntad de salvarle.

(…)

Darío Fo: “Muerte accidental de un anarquista“.

Entre el bosque de pináculos y agujas neogóticas que conforman el tejado marmóreo del Duomo milanés, las voces de sorpresa y admiración ascienden hasta las nubes que se descuelgan acariciando a la Madonnina, cuyas hechuras de cobre recubiertas de oro lanzan destellos con cada suave salpicadura de lluvia que, pausada y silenciosamente, desciende de la agrisada bóveda celeste.

Desde el húmedo otero abarcan los ojos el mapa pétreo de la ciudad, con el inconfundible trazado de la Galleria Vittorio Enmanuelle que guarda, bajo su acristalada cúpula, el mosaico del toro sobre cuyos desdibujados testículos hacen girar los talones quienes, buscando o no la suerte que la leyenda atribuye a dicha acción, atraviesan la ruta de establecimientos carísimos que comunica la plaza de la catedral con la del Scala.

De regreso de Santa Maria Delle Grazie, con la decepción cincelada en los rostros ante la imposibilidad de ver el soberbio Cenacolo del maestro Leonardo, la llovizna se carga de reproches.

Si ya os dije que cerraban a las siete…

Vamos mañana, a primera hora.

…y todo por el Pinelli ese… Tiene narices. La lápida de un anarquista que se puede ver a cualquier hora contra una obra de arte… Quien os entienda que os compre.

Que iremos mañana, pesada.


A poca distancia del Duomo, en la Piazza Fontana, una placa colocada en 1979 sobre la pared de la Banca Nazionale dell’Agricoltura, recuerda a las diecisiete víctimas mortales del atentado neofascista perpetrado el 12 de diciembre de 1969 y que, durante años, se atribuyó a grupos anarquistas. Otra placa, situada en los jardines del Palazzo del Capitano di Giustizia, recuerda a Giuseppe Pinelli, el anarquista italiano acusado falsamente como autor del atentado y que falleció al ser arrojado desde la cuarta planta de la prefectura policial donde estaba siendo torturado e interrogado por los hombres del comisario Luigi Calabresi. Pese a las pruebas forenses que indicaban lo contrario, la justicia determinó que no había motivos para inculpar a los policías encargados de la custodia de Pinelli.

En 2007 el Vaticano inició un expediente de beatificación del condecorado comisario Luigi Calabresi, asesinado en 1972 por un grupo de extrema izquierda.

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“Memorial del Genocidio contra el Pueblo GItano”


[…]Algunos meses antes de la ocupación alemana de Francia, los gitanos habían sido registrados por medio de tarjetas de identificación especiales y sometidos a vigilancia policial, al mismo tiempo que se creaban campos de trabajo para ellos. La zona ocupada de Alsacia-Lorena fue testigo de una oleada especialmente brutal de persecución de gitanos de la etnia Manouche. Tanto en el norte, en la Francia ocupada, como en el sur, bajo el gobierno de Vichy, fueron cazados e internados en campos de trabajo. El Ministro de Asuntos Judíos de Vichy, Xavier Vallat, fue responsable de los 30.000 gitanos internados. La mayoría fueron transportados a los campos de Buchenwald, Dachau y Ravensbrück, donde entre 16.000 y 18.000 murieron. El gobierno de Vichy llevó la colaboración hasta el punto de extender la persecución a Argelia, forzando a 700 gitanos a internarse en el ghetto de Maison-Carrée, cerca de Argel; Orán y Mostagenem también tuvieron centros de internamiento para gitanos. La colaboración francesa, en relación al trato dado a los gitanos, no ha sido discutida hasta ahora […]. – Topografía de la Memoria.

El 20 de julio de 2007 fallecía en la señorial Poitiers, Jean-Louis Bauer, llamado Poulouche, presidente de la Unión Nacional de Víctimas y de Familiares de Víctimas Gitanas.

Nacido en 1930, padeció junto a su madre, Redcha, y su padre  -desaparecido en  un campo de concentración alemán- el horror del nazismo en los campos de internamiento de Mérignac, Poitiers, Montreuil-Bellay y Jargeau, tenebrosas localizaciones francesas entre cuyas alambradas transcurrió su vida desde 1940 hasta el 23 de diciembre de 1945.

Con la misma fuerza de voluntad que le impidió sucumbir al maltrato, el hambre y las enfermedades, dedicó el resto de su existencia a ser la Voz de los Olvidados desde su pequeño cuartel general de Poitiers, ciudad en la que echó raíces y donde  residió, hasta su muerte, con su esposa y sus nueve hijos.

El 18 de julio de 2010, el Ayuntamiento de Poitiers, en reconocimiento a su labor, inauguró una calleja con su nombre. Diez días antes, las autoridades francesas declaraban Monumento Histórico los restos del antiguo campo de concentración para gitanos  de Montreuil-Bellay,  en Maine-et-Loire, donde Poulouche, aún niño, estuvo preso  del 27 de diciembre de 1943 al 16 de enero de 1945.


La primera foto de mi padre se la tomaron cuando tenía 3 años. Se trataba de una foto antropomórfica policial. A los 3 años se le imponía ya un horrible carnet en el que se asimilaba a los gitanos con los fugitivos de la justicia. ¡A los 3 años! Hoy se ha bautizado una calle con su nombre […] De aquella foto a esta placa, el viaje de la historia ha sido largo, difícil, a menudo trágico. Un camino lleno de baches que hoy se convierte en esperanza […].- Tony Bauer, hijo de Poulouche.


NOTA

Samudaripen y/o Porrajmos son dos términos que se aplican al referirse al genocidio perpetrado contra los gitanos.

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“Careerist”: Tomasz Rybak


Asunción supo de la suerte corrida por su hermano, Raimundo Novales Sanclemente, a mediados de diciembre de 1941, cuando manos anónimas le hicieron llegar, a través del coche de línea, los escasos efectos personales del finado, detenido en mayo de 1939 en el pueblo altoaragonés de Novales y fusilado en Huesca el día 2 de diciembre de 1941. Nunca, en los años transcurridos desde el fusilamiento de Raimundo hasta la muerte de ella, el 25 de julio de 1972, dejó Asunción de reivindicar la inocencia del joven veinteañero, acusado de complicidad en el asesinato, durante la guerra (in)civil, de un vecino de ideología conservadora.

El tío Raimundo estaba en la plaza del pueblo, con un amigo”, relataría una de las hijas de Asunción años después de la muerte de la madre, “cuando llegaron dos milicianos preguntando por la huerta Palomera. Mi tío y su amigo les indicaron el camino. Nada más. Después se enteraron de que los dos desconocidos habían matado al dueño de la huerta… Pero al terminar la guerra alguien del pueblo señaló al tío Raimundo y a su amigo como participantes en esa muerte. Cuando detuvieron a mi tío, mi madre pensó que lo tendrían un tiempo encerrado y que luego lo soltarían porque no había matado a nadie… Un conocido del pueblo, que estuvo con mi tío en la cárcel, le contó a mi madre que cuando dijeron en voz alta el nombre de Raimundo, para llevarle a fusilar, mi tío se desplomó y lo subieron entre dos al camión; estaba consumido, medio muerto ya por las palizas y  unas viruelas de las que no se había recuperado… Mi madre vivió siempre con esa pena… Y soñaba con saber dónde estaba enterrado su hermano para llevarle claveles…[1]


[…]la actuación jurisdiccional de Baltasar Garzón y su posterior encausamiento ha puesto de manifiesto la ausencia de reconocimiento jurídico y de justicia social para con las innumerables víctimas de la dictadura franquista. En nuestro país aún yacen bajo las cunetas más de ciento treinta mil desaparecidos. Otros tantos fueron condenados a cárcel después de padecer un juicio sin las más mínimas garantías procesales. Muchos fueron arrancados de sus padres sin ningún tipo de humanidad. Todos ellos merecen una reparación que les ha sido negada sistemáticamente y que la actividad de Garzón parecía querer otorgar. De ahí que el juicio al magistrado no sea un proceso penal más: es y será la clave histórica que permitirá concluir si España fue capaz de enfrentarse con su pasado y dignificar tanto sufrimiento silente o si volvió a apostar, esta vez parece que de forma definitiva, por un olvido cómplice que a modo de cruel cerrojo impide abrir la puerta de su particular Sala de los Horrores. – El Rincón de Joseca:Lo que el proceso esconde.


NOTA
[1] Transcripción literal de parte de una conversación grabada en diciembre de 2000.

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