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Posts Tagged ‘Madrid’

“In Memóriam”: Archivo personal


«Nosotros solo somos una familia corriente a la que la Historia tocó con sus dedos funestos. Nunca quisimos salir de la discreción de una vida sencilla, hasta que el terrorismo yihadista nos alcanzó. Tras el asesinato de nuestro hijo, enfrentamos nuestra vida privada, la existencia de gente común que sufre una muerte, con toda la entereza y esperanza que podemos. Pero en lo público, en lo que no nos quedó más remedio que arrostrar, exigiremos hasta el fin de nuestros días la justicia de la reparación y la memoria digna de lo sucedido».- Marisol Pérez Urbano, madre de Rodrigo, víctima del atentado terrorista del 11 de marzo de 2004; autora del libro DINOS DÓNDE ESTÁS Y VAMOS A BUSCARTE.

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“Distorsĭonis”: Archivo personal

 

«Acusarnos [a todos] de violentos es, además de una falsedad, una tontería. Si hubiésemos sido violentos, los 1700 policías desplegados habrían sido neutralizados en un santiamén. No digan estupideces», escribía Julio Anguita en un artículo donde analizaba la Marcha por la Dignidad del 22 de marzo.

 

Los muñidores profesionales  esos que ensalivan la realidad para que se adecue a su patrocinado esperpento; los que encienden un cirio en sus enrabietadas ideas para que los regueros de sangre confluyan a la hora del Telediario; la jauría de misal, teletienda y ruedo rojigualdo; los que canallescamente injurian y vilipendian a la atronadora riada que combate exclusivamente armada de razón y firmeza  jamás conseguirán arrebozar a la irreductible masa soberana que clama, con la acometividad envainada, en callejas, plazas y bulevares.

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“Crawler”: Shannon Hourigan


Saluda el Mayoral de los Zascandiles la ejemplar apatía de quienes, además de las dos mejillas, ponen nalgas, yacija y jofaina al servicio del terrorismo económico.

Bienaventurada la plebe complaciente.


Salve, oh baldragas, a quienes estrangulamos para reviviros y asfixiaros de nuevo en inacabable agonía, y caéis, en paroxismo inducido, con la lengua violácea e hinchada buscando, aun dolorida, el abetunado sabor de los zapatos. Y suplicáis, en enronquecido salmo de cuerdas vocales constreñidas, que os abramos las arterias a dentelladas si con la cascada tibia de la sangre nos saciamos.

Salve.”


[…]

Desgastan el asfalto los malos españoles, las pérfidas hispanas. Pancartas al aire vespertino agitan las malsanas huestes rugiendo sus derechos ante las porras psicópatas que humedecen sus fieros argumentos para travestir las palabras en estruendo de cuerpos abatidos.


[…]

Cierra el miedo balcones y portales. Se abre paso el coraje en las gargantas.


El mundo se divide en dos: los que aceptan de relativa buena gana su destino y aquellos otros a los que no les queda más remedio que hacerlo. Yo soy de los terceros…” .- EL MECANÓGRAFO, de Javier García Sánchez.




Dicebamus hesterna die…

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“Cipher”: Bev Hodson


«Ante el caos del Retiro, que estaba lleno de drogadictos, homosexuales y delincuentes, varios de los cuales habían agredido a unos amigos, estos muchachos cogieron sus objetos y se defendieron. Fue un homicidio no intencionado porque estos jóvenes quisieron preservar el Retiro de las pandillas de delincuentes que venían atacando a los indefensos paseantes. Esta acción noble y altruista de los jóvenes procesados llevaba en sí un grave riesgo, incluso físico, para ellos.».- Alegato de los abogados defensores de los ultraderechistas que asesinaron al joven José Luis Alcazo Alcazo.

A José Luis Alcazo -siempre Josefo– le machacaron sus esperanzadores veinticinco años con unos bates de béisbol con la inscripción “Viva el fascio redentor”. Aulló la bestia del fascismo en el parque del Retiro madrileño aquella noche del 13 de septiembre de 1979, cuando todavía la brisa del verano se pavoneaba, reina, entre los árboles y rozaba, en caricia indolente, los rostros relajados de Josefo y sus cinco amigos[1] que se internaban por la senda del horror en su última charla compartida.

Éramos diez”, declararía después Eduardo Limiñana San Juan, uno de los asesinos. “Queríamos impedir la presencia y expulsar del Retiro a las personas indeseables“. Diez jovenzuelos de catorce a diecinueve años acechando entre los árboles y cayendo sobre el grupo de paseantes que, respuestos de la sorpresa, iniciaron, aterrados y heridos, la huida. A Josefo, que había intentado arrebatarle el bate a uno de sus atacantes, lo alcanzaron cuando trataba de zafarse, a la carrera, de sus perseguidores. “Cuando yo llegué, el chico ya estaba en el suelo, recibiendo golpes de todos los que estábamos a su alrededor[…]. Ignoro en qué sitio del cuerpo le pegué. Entre la oscuridad, el nerviosismo y el hecho de que él se movía continuamente, no puedo saber en qué sitios le di. Recuerdo que hubo un golpe final, no sé si mío o de otro, que hizo que se convulsionara repentinamente y quedara inmóvil”, diría Limiñana.


José Luis Alcazo Alcazo -siempre Josefo-, de 25 años, natural de Albero Bajo (Huesca), licenciado en Historia y estudiante en Madrid, fue asesinado en el parque del Retiro la noche del 13 de septiembre de 1979. Veintidós años después fue reconocido como Víctima del Terrorismo.



Dicebamus hesterna die…


[1] Luis Francisco, Jesús, Marisol, Mariela y Luciano.

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"Mind": Giovambattista Ianni

“Mind”: Giovambattista Ianni


Yo puedo morir por defender mis ideas, pero nunca mataría por ellas”, repetía siempre. Y quizás fuera su humanista máxima la que revoloteaba ese día de febrero de 1972 entre los asistentes al sepelio del anarquista Melchor Rodríguez García.

A unos metros del féretro ornamentado con el obligado crucifijo apenas visible merced a la bandera rojinegra que cubría la caja mortuoria, se elevaron, firmes, las voces amigas: “(…)El bien más preciado es la libertad,/  hay que defenderla con fe y valor./ Alza la bandera revolucionaria/ que del triunfo sin cesar nos lleva en pos./ ¡En pie, pueblo obrero, a la batalla!/ ¡Hay que derrocar a la reacción!/ ¡A las barricadas! ¡A las barricadas!(…)” Y junto a quienes, orgullosos y desafiantes, dejaban oír sus voces en cántico revolucionario, otros rostros serios, otras figuras revestidas con trajes de buen corte, rendían un silencioso homenaje al hombre muerto. A aquel anarquista de cuerpo presente al que habían bautizado como El Ángel Rojo. A Melchor Rodríguez García a quien ellos, vencedores en la Guerra (In)civil, debían sus vidas.

En el mes de octubre de 2008 el Ayuntamiento de Sevilla acordaba rotular una calle de la ciudad como Calle de Melchor Rodrígez García, en recuerdo del ácrata sevillano que, desde su puesto de Delegado Especial de Prisiones de la II República  -cargo para el que fue nombrado en noviembre de 1936-  consiguió detener las sacas y paseos en la retaguardia madrileña, salvando a multitud de personas  -entre ellas a quienes, después, serían jerifaltes del franquismo-. “(…)Yo, por mis ideas, he estado en la cárcel… Yo soy un trabajador como vosotros, un chapista a quien, para su desgracia, han dado este cargo. Pero, ¿os creéis que la revolución es para asesinar en la cárcel a unos pobres seres indefensos?”, gritó Melchor a quienes pretendían asaltar la cárcel de Alcalá de Henares para linchar a los allí recluidos.

Nombrado alcalde en funciones de Madrid  -nombramiento que nunca fue documentado y que sólo duró dos días-  tuvo el dudoso honor de presidir el  traspaso de poderes del Consistorio a las tropas vencedoras.

Represaliado tras la guerra, pese a los testimonios que defendían su bonhomía, cumplió cinco de una condena de veinte años y, aunque sus valedores franquistas pretendieron atraerlo hacia la causa de los vencedores, se mantuvo fiel a la CNT, formando parte del Movimiento Libertario Clandestino, lo que le supuso varias estancias en prisión.


Cuentan que durante el entierro de Melchor Rodríguez García en el cementerio de San Justo de Madrid, pudo verse a un alto cargo del gobierno de Franco, a quien el libertario había librado de una muerte segura, luciendo una corbata con los colores anarquistas.

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