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«Escaparate»: Archivo personal


Para la parlamentaria del PP en las Cortes de Aragón, María Teresa Arciniega Arroyo, la defensa de la Escuela Rural no deja de ser un empecinamiento irrazonable y pueblerino de quienes se hallan “anclados en el pasado sin ver cómo evoluciona la sociedad”. Según se desprende del despectivo alegato de la política, el apoyo a la enseñanza en el medio rural desemboca en una especie de demoledor efecto pardal: Criaturas abocadas al cazurreo y con una perturbadora querencia por su entorno. Ciérrense, pues, por higiene social, las escuelillas aldeanas y sálvese a los menores de ese asfixiante ambiente de ceporros, ovejas, vacas y aburridos sembrados que comprende el 80% del territorio aragonés. Vendan las familias los frutales, motocultores y campos y arriben a la ciudad, garante de mentes despiertas, e instalen a sus descendientes en reconocidos colegios privados y/o concertados donde, no sin esfuerzo, se les desprenderá de su rústica costra para que puedan ser hombres y mujeres de provecho. Como María Teresa Arciniega Arroyo, diputada nacida en la gran metrópoli de Guadalajara y entusiasta faltona.





Dicebamus hesterna die…


ADDENDUM, 15 de abril: Arciniega se disculpa por utilizar «un vocablo que no fue bien entendido«.

Giróvagos

«Landstreicherin»: Archivo personal

Cuando Iliane, Ana y Étienne enfilan el carril-bici de la avenue des Minimes, ya se halla Katiuşa  con el cupo de turistas alemanes a su cargo  junto a la vieja noria de agua del Jardín Claude Nougaro, al lado de la Casa de España, retrocediendo al pasado del hoy populoso barrio de Toulouse, cuando en el actual trazado de modernos bloques y encantadoras casas toulousaines[*], se extendía el colorista reino de los horticultores que regaba el Garona y curvaba el Canal de Midi.

Gorjea el parque, envuelto en efluvios de jazmines y violetas, emulando al desaparecido cantor Nougaro, gloria permanente de la orgullosa ciudad occitana, y se internan guía, alemanes y ciclistas en la floresta, rozando con la vista el monumento en bronce sobre piedras esculpido por el expatriado Joan Jordá a la memoria de los exiliados españoles.

Veinte minutos después de cortas zancadas bajo la rutilante esfera solar que hace ascender la temperatura hasta los 22º, muestra Katiuşa a los incansables teutones las mansas aguas del puerto de l’Embouchure, con las barcazas meciéndose arrítmicamente junto al empedrado embarcadero que vigilan los Ponts-Jumeaux.

Al atardecer, con los alemanes recogidos en su hotel de la rue Héliot, abre Katiuşa la ventana   la que da a la place d’Arménie  de la salita de la casa de la Hermana Marilís, y escapan, traviesas, las notas del Cumpleaños Feliz desde el violín de Étienne. Y ríen Ana e Iliane mientras Marilís rasga, complacida, los papeles cromáticos que envuelven los regalos traídos del otro lado de los Pirineos.


NOTA

[*] Son casas tradicionales de trazado simétrico, de planta baja y construidas, mayormente, con ladrillos rojizos; con una puerta central y una o dos ventanas a cada lado, generalmente resaltadas. Poseen, además, una moldura que marca la separación entre el techo y el hueco abuhardillado bajo el tejado. Antiguamente, eran las viviendas de los hortelanos que trabajaban en lo que hoy es el barrio des Minimes.

Distorsĭonis

«Distorsĭonis»: Archivo personal

 

«Acusarnos [a todos] de violentos es, además de una falsedad, una tontería. Si hubiésemos sido violentos, los 1700 policías desplegados habrían sido neutralizados en un santiamén. No digan estupideces», escribía Julio Anguita en un artículo donde analizaba la Marcha por la Dignidad del 22 de marzo.

 

Los muñidores profesionales  esos que ensalivan la realidad para que se adecue a su patrocinado esperpento; los que encienden un cirio en sus enrabietadas ideas para que los regueros de sangre confluyan a la hora del Telediario; la jauría de misal, teletienda y ruedo rojigualdo; los que canallescamente injurian y vilipendian a la atronadora riada que combate exclusivamente armada de razón y firmeza  jamás conseguirán arrebozar a la irreductible masa soberana que clama, con la acometividad envainada, en callejas, plazas y bulevares.

Chismografías

«Jardín de la Perragorda»: Archivo personal


—Hala, que ya tenemos entretenimiento para acabar la semana.
—¿Y eso…?
—Pues que anoche llegó la Mi-marido-el-ingeniero.
—Habrá que barrer la calle para que no tropiece…
—…o cubrirlo todo con fiemo para que camine sobre blando.



[…]

Allá por 1929 o 1930, los Artero  que por entonces tenían muchos posibles traducidos en hectáreas de productivos cultivos—  echaron abajo la casa familiar para levantar, en el mismo sitio, un simulacro de palacete de piedra agrisada, de dos plantas y con sendos miradores poligonales atenuando las esquinas de la fachada; en la trasera del edificio, un jardín encarado al oeste competía, en profusión de especies vegetales vistosas traídas de fuera, con el de la ya decadente Casa Palomeque. En el Barrio, donde los Artero eran temidos pero no apreciados, se dio en llamar la Perragorda al pomposo edificio, denominación irónica que ha sobrevivido al paso del tiempo y que, a la vista del estado actual de la edificación, ha adquirido pleno significado.

En la Perragorda ya no vive nadie. Rafael, el dueño, reside en la urbanización, en uno de los dos adosados diminutos que le regaló la inmobiliaria por la venta de los terrenos donde se edificaron las viviendas unifamiliares. Su único contacto con la casona se reduce a colocar en el asilvestrado jardín trasero bolas de comida envenenada  —según él, para la ratilla—  de la que terminan dando cuenta los felinos, actitud que lo mantiene en constante enfrentamiento con la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, a la que considera inductora de las protestas que tuvieron lugar en el Barrio cuando se proyectó la construcción de los adosados en lo que la oposición consideraba terreno no urbanizable. Las protestas no consiguieron paralizar el proyecto pero sí reducir el área de construcción precisamente en dos de las parcelas de Rafael de [Casa] Artero, que vio devaluado el montante de lo que pensaba percibir por la venta de sus tierras.

El segundo adosado de los Artero lo ocupa —algún fin de semana pero, sobre todo, en verano— Gloria-Alicia, la hermana mayor de Rafael, una señora repulida y altanera, viuda como su hermano, que, a fuerza de repetir, viniera o no a cuento, “Mi marido, el ingeniero…”, acabó siendo apodada tal cual, sin necesidad de ejercitar la inventiva pero con la dosis adecuada de mala baba.

Florescencia

«Almendrera con la nieve de Guara al fondo»: Archivo personal


Alzan los inocentes almendros sus viejas ramas trajeadas de primavera a los limpios azules de la atmósfera radiante y despejada de cirros errabundos.

Deambula, galbanoso, el cierzo ligeramente entibiado entre la urdimbre sedosa de tímidas pentapétalas ajenas al invierno insumiso que, desde la cúspide nívea del tozal soberano, organiza los restos de su tropa de escarcha.


In memoriam
Francisco, 17 años.
Romualdo, 19 años.
José, 32 años.
Pedro María, 27 años.
Bienvenido, 30 años.


El miércoles 3 de marzo de 1976, a partir de las cinco de la tarde, hora de la asamblea obrera, los huelguistas fueron entrando en la iglesia de San Francisco de Asís, del barrio de Zaramaga de Vitoria. Cerca de cinco mil accedieron al templo observados por la policía; uno de los mandos del cuerpo armado contactó con el párroco para que los concentrados desalojaran el recinto y apeló el sacerdote al Concordato firmado en 1953 que otorga a la iglesia protección contra la intrusión policial en sus propiedades…  Segundos después “la policía atacó y asaltó la iglesia con gases lacrimógenos y material antidisturbios, por lo que, presos del pánico y la asfixia, los allí congregados comenzaron a salir huyendo, momento en el que los policías procedieron a golpear y disparar indiscriminadamente tanto sobre los que intentaban escapar, como sobre los que, desde el exterior,  atraían su atención para dejar vía libre a los que abandonaban aquel infierno”.


—(…)¡Buen servicio! […]hemos contribuido a la paliza más grande de la historia—, comunicó por radiofrecuencia uno de los policías intervinientes.


Más de dos mil disparos. Cinco muertos. Ciento cincuenta heridos.


«Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia».


La calle  la que Fraga Iribarne, Ministro de la Gobernación de entonces, decía suya—  se llenó de sangre obrera. Y nadie, en los treinta y ocho años transcurridos, fue juzgado ante un tribunal por ello.


Asesinos de razones y de vidas
que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias.
LLUÍS LLACH.- Campanades a Morts.

Lunae dies

«Luna»: Fra


El sol, los árboles, la sed;
al norte, Argel. – MAX AUB


La enfermera regresa sonriente. “Te ha bajado el azúcar a ciento veintidós. Hoy no te pondremos la insulina”, comunica.
Sobre la mesita rodante, la bandeja con la cena. A la derecha, en un bol con tapa gris, el puré de verduras; a la izquierda, un plato con pescado al vapor; en la parte delantera, un yogur natural.
Al otro lado de los ventanales herméticos, la luna rutilante y tan baja que se perfila un mágico relieve de cordilleras agrisadas.
En la mesilla, dos botellas grandes de agua Vittel montan guardia ante tres o cuatro periódicos cuidadosamente apilados. Sobre ellos, un libro forrado en blanco manoseado, con los bordes de las hojas amarillentos y el nombre Max Aub escrito cuidadosamente a mano, con rotulador grueso y verde, en la parte inferior de la cubierta.
Toses, carraspeos, frufrú de ropa de cama, crujidos, susurros, pasos sigilosos y semioscuridad vigilada por las mortecinas luces de emergencia.
Dos puertas más allá de la habitación donde sisea el oxígeno recorriendo la cánula que une la pared con las fosas nasales del paciente, parpadean los fluorescentes recién encendidos y renacen, setenta y dos años después, los poemas de  Max Aub de entre las ajadas hojas de esquinas combadas.


La luna  llena luna, luna llena—  se contonea en el cielo de Djelfa proyectando su silueta sobre el basto tejido de la tienda marabout que oficia de celda en la Nada del escritor perseguido. Entre sudores y escalofríos, ladeado en la esterilla que moldea el pedregoso relieve del suelo, se le agrupan a Max Aub, en aquel tenebroso comienzo de 1942, las palabras en renglones, dibujando poemas que sobrevuelan la cárcel colonial francesa y se posan, de nuevo, en el hombre apresado.


El hombre es como la tierra:
sementera,
cementerio,
sin frontera.- MAX AUB


Max Aub estuvo recluido en el campo de concentración francés de Djelfa (Argelia) desde el 28 de noviembre de 1941 al 18 de mayo de 1942, hasta que su buen amigo y ángel tutelar de los expatriados españoles, el Cónsul General de México en Marsella, Gilberto Bosques, consiguió, mediante subterfugios, su liberación. El cónsul Bosques, hombre de izquierdas cuyo altruismo le costó, a él mismo y su familia, la libertad, creó una red de ayuda a los perseguidos por los nazis que estuvo activa desde 1939 a 1943 en Marsella, con dos centros de acogida en los castillos de La Reynarde y Montgrand que Bosques convirtió en territorio mexicano y donde cientos de personas de distintas nacionalidades y creencias consiguieron eludir los campos de concentración y obtener documentación y pasajes para cruzar el océano hacia México y otros países de acogida.

«Las razzias casi cotidianas, recordaría Gilberto Bosques muchos años después, eran comunes y corrientes en la Francia de Pétain, y ya no se diga en la Alemania de Hitler. Les tenían echado el ojo a determinados intelectuales a los que la Gestapo no dejaba tranquilos. Aprehenderlos, deportarlos y exterminarlos en los campos de concentración en Alemania era una sola acción. […] A otro que saqué varias veces de un campo de concentración, primero en Vernet, luego en otro cuyo nombre se me escapa, fue Max Aub. Yo lo sacaba y lo volvían a meter a otro, hasta que lo enviaron a un campo de concentración en África, Djelfa. Max Aub jamás se quejaba, todo lo tomaba con filosofía. Hasta fui a África y volví a sacarlo. Escribió un libro, me lo dedicó y me dio el manuscrito: Diario de Djelfa.»


La luna  llena luna, luna llena—  va difuminándose, en ese martes de febrero de 2014, entre los destellos anaranjados de la aurora. Toses, carraspeos, voces, pasos, timbres. El hospital se despereza y en la salita  —dos puertas más allá de la habitación donde sisea el oxígeno—  alguien recoge el libro manoseado de bordes amarillentos y, con él bajo el brazo, accede al activo pasillo donde las auxiliares comienzan a repartir las bandejas del desayuno.




ANEXO

La princesa guisante

«Izas Olivar Sarasa, la princesa guisante«


«Hay un columpio en la luna; un tobogán irisado y, en un banco de polvo cósmico colorado, la mochila descosida de Dora la exploradora. A la izquierda, junto a un cráter, un telescopio chiquito con aromas a canela y una princesa durmiente con la gorra ladeada y las manos, pequeñajas, en pintura de catorce colorines  embadurnadas…»


Los primeros síntomas de la repentina y extraña enfermedad de Izas  —hasta ese momento, una niña sanísima—  se manifestaron en octubre de 2011. Ya no hubo tregua. Médicos, peregrinaciones hospitalarias, diagnósticos variados y erróneos. Dolor, esperanza, angustia, desesperación, rabia. A finales de diciembre se le pone, por fin, nombre a la sintomatología: Izas padece Gliomatosis Cerebri Infantil, un cáncer cerebral muy agresivo, una enfermedad rara, de baja prevalencia  y, como consecuencia, apenas investigada—  y para la que no existe ningún tratamiento curativo. Izas, la pequeña princesa guisante, fallece el 1 de febrero de 2012, a la edad de tres años. Año y medio después, Mónica y Jorge, abatidos madre y padre, crean en Huesca la Asociación Izas, la princesa guisante para el fomento de la investigación de la Gliomatosis Cerebri Infantil. «Esta es nuestra manera de seguir abrazando a Izas, de seguir dándole la mano, de luchar desde ella, con ella, para el resto».

A finales de enero de 2014, la asociación oscense firmó un convenio con la asociación francesa Franck, un rayon de soleil y el hospital Sant Joan de Déu de Barcelona para llevar a cabo un proyecto de investigación  —con un presupuesto inicial, cofinanciado por ambas asociaciones,  de 23000 euros ampliables—  que posibilite el estudio epidemiológico, la obtención de muestras de tejidos de pacientes infectados, la secuenciación genómica y la publicación de una guía médica pàra su correcto diagnóstico. Las primeras conclusiones se expondrán en el I Congreso Internacional sobre Gliomatosis Cerebri Infantil que las dos asociaciones tienen previsto financiar y celebrar en París en diciembre de este año.


Jorge y Mónica, imparables en su lucha para hacer visible la enfermedad y abrir una puerta a la esperanza, organizaron el pasado viernes en la plaza de Navarra de Huesca un flashmob bajo el lema «Todos somos raros, todos somos únicos«, con la intervención de más de dos mil seiscientos niños y niñas de los centros educativos de la ciudad que bailaron, al unísono, una coreografía previamente ensayada en cada colegio con la música de la canción de Marisol  «Tengo el corazón contento”.

«Raindrops are falling on my head, they keep falling»: Maysoun Samham


¿Pero quién narices dijo que sólo iban a caer cuatro gotas?”, protesta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio corriendo hacia los soportales de la Place aux Herbes de Uzès, donde se van concentrando algunos viandantes mientras la lluvia se recrea sobre Agnès Hummel y la señorita Valvanera que caminan, despreocupadamente, por entre los árboles desnudos. “Qué pachorra tienen”, murmura la veterinaria.

Cuando, por fin, el monovolumen enfila la carretera de Remoulins continua lloviendo con intermitencias durante diez kilómetros más hasta que, cerca ya de Vers-Pont-du-Gard, en el desvío jalonado de matorrales que lleva a la casa de Corito Larrauri, el temporal acuoso se detiene abruptamente.

[Corito Larrauri es menuda y aparenta menos edad de la que afirma tener. Pelo corto con mechas caoba. Exageradamente impecable en su vestimenta. Anarquista. Viuda desde hace apenas un lustro. Cocinera, hasta su jubilación, en la residencia para personas mayores de Toulouse donde ahora trabaja la Hermana Marilís. Y, por encima de todo, confidente de una de las residentes más peculiares: Caroline Brigliozzi.]


Caroline Brigliozzi  nacida en Marsella, a principios del siglo XX—  fue enlace y colaboradora del servicio secreto británico desde 1940 a 1943 en la Organización Pat O’Leary. Su misión consistía, además de esconder a los perseguidos por los nazis, en hacer llegar fondos a la Red Ponzán, formada por anarquistas españoles.

Caroline era la antítesis de las espías cinematográficas: Cuarentona, gruesa, no excesivamente agraciada físicamente… Poseía, en cambio, una esmerada educación y era de maneras exquisitas, políglota y aparentemente ajena, públicamente, a cualquier veleidad ideológica. Trabajaba como secretaria de un hombre de negocios en buena sintonía con los nazis y esta circunstancia le permitía  desplazarse de un lugar a otro sin levantar sospechas.

El primer contacto de Brigliozzi con las redes de evasión fue a través del militar Ian Garrow, a quien conoció casualmente, y al que ayudó a ocultar a algunos militares británicos en la propia empresa para la que trabajaba. Posteriormente, cuando la Gestapo tuvo conocimiento de la existencia del grupo, iba y venía a Lisboa para recibir órdenes directas y trasladar documentos. Fue en Lisboa donde supo de la detención del anarquista aragonés y miembro de la Red Ponzán Agustín Remiro por parte de la Policía Política Portuguesa y su posterior entrega a España. Al igual que Remiro, Caroline Brigliozzi fue consciente de la escasa consideración que el servicio secreto británico tenía por sus agentes de otras nacionalidades y puso sobre aviso a los miembros de la Red Ponzán para que extremaran las precauciones. Ella misma se mantuvo todavía más alerta desde entonces, cambiando de ubicación constantemente y negándose a decir a sus superiores ingleses los diferentes lugares donde ocultaba a los evadidos y las rutas que ella misma buscaba para sacarlos de Francia. En 1943, cuando la Gestapo se presentó en la empresa interesándose por ella, consiguió huir a través de una galería y cortó cualquier tipo de relación con el servicio secreto británico.

Después de la guerra trabajó como traductora en una editorial. Nunca se casó y apenas hizo vida social. Cuatro años antes de morir se trasladó a la residencia de mayores en cuyas cocinas trabajaba Corito Larrauri; la condición de hija de exiliados y anarquista de la entonces joven Corito la acercó a la ex-agente. Caroline Brigliozzi falleció a mediados de febrero de 1979.


[Sobre la mesa de la cocina, la última fotografía de Caroline y Corito juntas. Grande la una, pequeña la otra. Ambas sonrientes. “Tres días después, murió mientras dormía”, suspira Corito.]


A la mañana siguiente, con cielo despejado, Corito Larrauri —la sonrisa bordeada de rojo cereza— acompaña al grupo a visitar el majestuoso Pont du Gard.

Orache

«Sin título»: Pablo Segura


Las vetustas estufas de la Escueleta Vieja, colmadas de biomasa, enrojecen sus cuerpos ferrosos acorralados entre rejillas de latón mientras las Tejedoras[*] decoran la amplia estancia que antaño fuera la Saleta de Gimnasia. Los dos plintos y el potro de cuero desgastado y recosido en los bordes son ahora, merced a las virtuosas manos de Oroel y Rosa-Ana, las maestras, tres asimétricas camellas cuellicortas y con picudas jorobas que parecen contemplar, con sus surrealistas ojos bajo sobresalientes pestañas embadurnadas de purpurina, el recién montado escenario en forma de jaima que será el espacio principal de la representación  en adaptación libérrima—  de Las tres Reinas Magas de Gloria Fuertes.

Humean, sobre las bocas candentes de las recuperadas antiguallas, las peroletas con el hervido eucalipto que aromatiza y humidifica el ambiente mientras en la estufa más grande, con sus seis patas forjadas a modo de pezuñas, se recalienta, en un perolón ennegrecido, el poncho revitalizante que sobró de la noche anterior.
Se empañan los cristales entre los poderosos listones de madera ligeramente astillados por el paso del tiempo, y el mercurio del añoso termómetro que un día compartió pared con el crucifijo desterrado asciende lentamente por encima de los veinte grados.

A las once y media de la mañana, cuando las criaturas que intervienen en la representación comienzan el último ensayo general, las mujeres se sientan junto a las espalderas que ofician de muro de Gaza. En el exterior escarchado que enmarca la Escueleta Vieja sobrevuela, glacial, la niebla acompañada de aguanieve.


NOTA

[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.