Feeds:
Entradas
Comentarios

«Peña Oroel desde la pardina de Ayés»: Archivo personal


Aqueras montañas
tan alteras son,
no me dixan bier
os mios aimors. [1]


Dejaba el calabobos su huella refrescante en los cuerpos pigmentados de primavera y un envolvente aroma a pino musgoso, a enebro, a pastura y oveja; a leche de cabra, ajo, pan turrado, babilla, brasa y humo.


[…]Dezaga d’ixas boiras
os n’iré a escar
y crebando as mugas
con yo en tornarán. [2]


Enfrente, la mágica montaña, entre boiras, absorta en el tiempo consumido, con el legendario dragón mimetizado en el conglomerado y las desentrenadas fauces entreabiertas componiendo fuegos imposibles que quizás otea el águila real, inmune al sirimiri, emperatriz solitaria en las alturas.


Si canto, yo que canto,
no canto ta yo.
Canto t’a mia amiga
que ye’n ixos mons. [3]




NOTAS

[1] Aquellas montañas / que tan altas son / no me dejan ver / a mis amores.
[2] […] Detrás de esas nieblas / los iré a buscar / y rompiendo las fronteras / conmigo volverán.
[3] Si canto, yo que canto, / no canto para mí. / Canto para mi amiga / que está en esos montes
.

pexels-photo-1478159.jpeg

«#girasolesparaizarbe»: Matthias Cooper


A Izarbe, que sembró de girasoles, hoy dolientes, su esperanza y la nuestra.


¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla, pero qué injustamente arrebatada!…, clamaba el poeta…

Y así, impotentes, manoteamos en las horas que intuíamos las últimas, comprimiéndolas en la rabia, buscando paralizarlas para que tu aliento y tu pulso aletearan y esa vida por la que batallaste, escudada en la sonrisa, no fuera vencida. Ahora, ya inmortal, lloran los girasoles en el hueco de tu ausencia y tremolan sus hojas absorbiendo del oxígeno tu aroma para mezclarlo con la savia y erguirse, en tu honor, ante un Sol que aún busca tu rostro para esculpir con su luz tu viveza.



0a0390fd-cdea-4f6d-8f30-5080204143d7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0

Izarbe Gil Márquez (2000-2021) falleció, dejando inacabada su experiencia, en Zaragoza, el día 13 de mayo, tras guerrear, durante cuatro años, contra el Sarcoma de Ewing.
Su último año de vida fue una lucha sobrecogedora y admirable para hacer visible la enfermedad e impulsar su investigación y tratamiento efectivo.
No logró vencer el mal que la consumía pero su empeño, a través del movimiento virtual #girasolesparaizarbe, ha hecho posible que, tras su muerte, la Asociación de Pacientes con Sarcomas y Tumores Raros haya creado la Beca APSATUR-GIRASOLES PARA IZARBE, para la investigación del Sarcoma de Ewing,  dotada con 25.000 euros.

Sinrazón

IMG-20200618-WA0004

«Descompensación»: Archivo personal


«La Franja de Gaza, además de un territorio acribillado, es una metáfora, un punto fuera del discurso que reúne multitud de símbolos, y habla sin usar argumentos. La metáfora explica el fracaso de Occidente. El fracaso de su modelo basado en la democracia liberal, pero que sólo funciona si es capaz de imponerlo a todos, incluso a quienes no lo quieren. El fracaso de su sistema de valores que a la hora de la verdad, para imponerlos, tiene que actuar usando medios que los niegan. El fracaso de su sistema militar perfecto y poderoso, pero que deja de funcionar cuando no se le teme y se asume la muerte. El fracaso de una razón que al final sólo prevalece a través de la fuerza. Es nuestro fracaso, nadie se engañe: Israel somos todos, es la vanguardia de Occidente, su puesto avanzado en el desierto. Lo único que nos libra del fracaso absoluto es la conciencia del fracaso, la mala conciencia».- De un artículo, rescatado, de Pedro de Silva escrito en 2008 pero, tan actual, que su explícita conclusión debería sonrojar —huero deseo para quienes carecen no solo de vergüenza sino de escrúpulos—  a cuantos gobiernos y organismos internacionales han propiciado, con su tibieza, dejadez y un maremágnum de resoluciones dictadas para ser incumplidas, que la barbarie de ida y vuelta se haya convertido en el tormento cotidiano de la población civil de uno y otro lado.

«Sombras en la pared»: Archivo personal


1

Los recuerdos que atesora del padre muerto lo conforman los artículos, cartas y libros que el celebrado autor dejó como legado  humilde y vago legado en aquel 1950, año de su muerte—  en manos de su editor, en tanto la tuberculosis sitiaba sus últimas semanas de vida; lejos del hijo, de aquel hijo tan ansiado por Eileen, su esposa, y él mismo; aquel a quien, angustiados ante la imposibilidad de engendrar un hijo biológico, habían adoptado en 1944.

Aquel deseado bebé de cuatro semanas recibió el nombre de Richard. Richard Horatio Blair, hijo de Eileen Maud Blair, née O’Shaughnessy, y Eric Arthur Blair, conocido como George Orwell (1903-1950).

Cuando Richard apenas tenía un año, falleció Eileen a consecuencia de las complicaciones derivadas de una operación de histerectomía. Orwell, cuya salud ya era precaria, pasó a ocuparse de su hijo  ayudado por unos parientes—  instalándose ambos en una granja de la isla de Jura, en Escocia, donde los recuerdos del Richard adulto le retrotraen a una infancia que él describe como “libre y maravillosa”, en contacto con la naturaleza y en compañía de un padre con el que compartía excursiones y cuya metodología pedagógica era la del aprendizaje a partir de los errores.

En 1949, tres meses antes de morir, Orwell contrajo matrimonio con Sonia Brownell, que se ocuparía del pequeño Richard y del legado de Orwell a la muerte del escritor. Pese al auge de la literatura orwelliana, ni Sonia Blair ni Richard, el hijo del escritor, gozarían de una economía saneada en los siguientes años. A la muerte de Sonia, en 1980, Richard se hizo cargo de todo lo concerniente a su padre, contando, posteriormente, con el apoyo de la Orwell Society, organización creada para promover el conocimiento del pensamiento y la obra del escritor.


2

Los orwellianos que se acercan a las históricas trincheras del Saso de Loporzano y Tierz, tan cerca  ay, tan cerca, tan cerca—  de aquella Huesca que las milicias republicanas del POUM soñaban con arrebatar, a sangre, fuego y muerte, de las zarpas de los involucionistas, no dejan de recordar aquella sugestiva ilusión, reflejada por Orwell en Homenaje a Cataluña, que impulsaba a aquellos hombres sucios, heridos, maltrechos:

«A cuatro kilómetros de nuestras nuevas trincheras, Huesca brillaba, pequeña y clara, como una ciudad de casa de muñecas. Meses atrás, cuando se tomó Siétamo, el general que mandaba las tropas del gobierno dijo alegremente:
      Mañana tomaremos café en Huesca.
No tardó en demostrarse que se equivocaba. Había habido sangrientos ataques, pero la ciudad no caía, y “mañana tomaremos café en Huesca” se había convertido en una broma habitual en todo el ejército. Si alguna vez vuelvo a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca».


Orwell dejó España en 1937, con la ciudad de Huesca cerrada a sus anhelos. Setenta y ocho años después, el 17 de mayo de 2015, Richard Horatio Blair, su hijo, ingeniero jubilado con residencia en el condado de Warwickshire, entró en la ciudad abierta, pequeña, luminosa y, tal vez con el primer sorbo de café, volvió a ver a su padre, al padre siempre joven de su niñez en la granja de Escocia, y gritó su pensamiento: “Va por ti, papá. ¡Salud!”.

Transĭtus

pf_1620464910

«Sendero boscoso»: Archivo personal


¿Os parece que subamos hasta donde se reunían las brujas…?”, propone la señorita Valvanera, la vieja maestra, cuando el grupo se acerca al bosquecillo de carrascas que indica el comienzo de la pista que serpentea hacia la cima del Puntón de Asba, en la sierra de Guara. “¿Subimos andando o montadas en escobas?”, bromea Jenabou, sudorosa ya por los seis kilómetros ascendentes recorridos a pie desde donde quedó aparcado el monovolumen.

Al final del repecho, con los bojes tintados de verde y los arbustos espinosos a la espalda, muestra la cima el tesoro de sus vistas, con las crestas de los montes empinadas hacia el cielo blanquecino ligeramente coloreado por la luz solar; a los pies y en las laderas, las masas arbóreas —quejigos, carrascas y pinos silvestres— de la selva de Almazorre y, más allá, invisibles entre el paisaje y notarios de la presencia humana en Guara desde tiempos remotos, los dólmenes de la Caseta de las Balanzas, Pueyoril y la Capilleta, así como los agrestes recovecos con grabados de icnitas que guardan treinta millones de años de historia fosilizada.


En ese mismo tozal, tuteladas por la noche, pactaron con el Ejército de las Tinieblas, dicen, Dominica la Coja, Tía Eduvigis, Reineta y otras mujeres que, en algunos casos, pagaron con la denuncia, la tortura, el encierro y hasta la hoguera o la horca la osadía de sentirse singulares depositarias de la ciencia de la Sierra de Guara, confinadas, bajo tormento, a sus escobas voladoras y a los irreales encuentros lascivos con demonios priápicos para exclusivo goce auditivo de inquisidores ignorantes y rijosos.


¿Cuántos kilómetros hemos caminado…? Me duele todo”, se queja Agnès Hummel cuando, ya en el vehículo, dejan atrás Adahuesca.

Después de detenerse en la panadería de Abiego para comprar dobladillos de chocolate y tortas de cazuela, enfilan por la ruta de Peraltilla, a pocos metros de donde se levantan los veinte monolitos de granito rosado [FOTO] creados en 1995 por Ulrich Rückriem como símbolo de fusión del Arte con la Naturaleza.

«El árbol y el muro»: Archivo personal


Han vuelto los carbonerillos a ocupar la oquedad del tronco del viejo árbol que inclina sus ramas sobre el muro de la corralaza [1], despreciando la caja de anidación que cuelga, discreta y aún vacía, de la encina que señala la pendiente del barranco.

Entra y sale el carbonero macho de la entraña del árbol en un visto y no visto, atrincherándose en lo alto cuando Jenabou, que sigue sus idas y venidas desde el huerto, prescinde de los prismáticos y se llega hasta el tronco habitado para contemplar, in situ, al pajarillo. “Así solo conseguirás que se asuste”, le advierte Emil, que ha ayudado a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio a preparar el hoyo donde se plantará un brote de secuoya para celebrar el undécimo cumpleaños de la niña. “Dice Mam’zelle [2] que si agarra bien se hará tan vieja como la carrasca de Lecina. Igual entonces anidarán los carboneros del futuro en la secuoya”, reflexiona la pequeña regresando al improvisado observatorio de aves mientras el pájaro, libre de intrusiones, asoma su brillante y negra cabeza de mejillas albas por la abertura y retoma su nervioso vuelo dejando a la hembra al cuidado de la pollada.

Tras los muros de la corralaza, la hierba montaraz cubre los restos desmontados de una cosechadora arrumbada veinte años atrás, cuando el hombre que tenía alquilado el recinto abandonó el negocio de cría de avestruces que mantuvo a la expectativa al Barrio durante los escasos seis meses que duró la estancia de tan extraordinarios ejemplares, macho y hembra, en aquel lugar, para asombro de los adultos y entusiasmo de los más jóvenes que, trepando por el árbol de los pájaros carboneros, se encaramaban al muro para admirar al Vestruzo y la Vestruza —así los llamaron— concitando la atención del macho, que les dedicaba, sentado sobre sus potentes patas, toda la parafernalia sonora y visual del cortejo, acercándose después, con movimientos pausados y elegantes, hasta rozar con el musculoso cuello y la cabeza las piernas colgantes de la chiquillería para recoger en su pico, con golpes secos y no siempre indoloros, las piedrecillas que le ofrecían con las manos abiertas. La hembra, en cambio, se mantenía a distancia y, de vez en cuando, siseaba amenazante obligando a unos y otras a descolgarse con premura de la precaria atalaya.

Pero la buena sintonía entre las gentes del Barrio y el dueño de los avestruces terminó cuando, supuestamente, fueron robados siete de los ocho voluminosos huevos de las últimas puestas, de los que, pese a la denuncia que se interpuso, jamás se supo. El criador de las aves canceló el alquiler y los avestruces fueron trasladados a una granja de la comarca de los Monegros.






NOTAS

[1] En arag., corral grande.
[2] Nombre que dan en el Barrio a la vieja maestra jubilada.

«Refugio»: Archivo personal


En el cementerio de Montparnasse está enterrado Étienne Roda-Gil  —no lejos de Baudelaire—  en una discreta tumba donde solo se lee el nombre de su esposa, Nadine Delahaye, fallecida de leucemia en 1990, catorce años antes que él.

Étienne (Esteve) Roda-Gil  —anarquista, militante en la Agrupación de la CNT de Ménilmontant, escritor, actor, dialoguista cinematográfico y, sobre todo, afamado autor de más de setecientas letras de canciones—  nació el 1 de agosto de 1941 en el campo de internamiento para refugiados españoles de Septfonds (Montauban, Francia), donde había sido detenida su familia. En ese horrendo emplazamiento llegaron a hacinarse, en 30 insalubres barracones, 16.000 personas hambrientas  —muchas de ellas enfermas de tifus y tuberculosis—  cuyo único crimen consistía en haber huido de una muerte anunciada en un país, España, donde al final de la guerra le siguió el comienzo de la venganza.

La infancia del pequeño apátrida Étienne transcurrió entre Réalville  —donde sus padres formaron parte de la Agrupación de Trabajadores Extranjeros del campo de internamiento en el que fueron reubicados—  y el suburbio parisino de Antony; allí sufrió la intolerancia y la xenofobia que marcarían sus ideas futuras.
Buen estudiante y lector avezado  —Mallarmé y Lorca le apasionaban—, pronto destacó en Literatura, licenciándose en Letras.

Rebelde, ácrata, antiautoritario, antimilitarista e insumiso, cuando las autoridades francesas le ofrecieron, en 1959, la nacionalidad a cambio de vestir el uniforme francés en la Guerra de Argelia, Étienne Roda-Gil no sólo rehusó, sino que huyó a Londres. Regresó a Francia casi dos años después convertido en representante de productos farmacéuticos y se instaló con su madre, Leonor Gil García, en el barrio de su infancia, Antony. Allí continuó tras su matrimonio, en 1965, con la pintora Nadine Delahaye  —hija bohemia de una familia pudiente—  y en ese mismo lugar y en los bistrós del Quartier Latin, entre whiskies y cigarrillos, escribió muchos de los poemas que, unos años después, trocará en letras de canciones  —entre ellas, la de la Makhnovtchina, himno anarquista dedicado al Ejército Negro de Ucrania, que Roda-Gil escribió en 1961 y que, pese a haber sido registrado en la Sociedad de Autores en 1972, muchos siguen creyendo que se trata de una composición original de 1919—.

A partir de 1967 Étienne Roda-Gil se convierte en un reconocido letrista; sus textos, en ocasiones, herméticos y, casi siempre, simbolistas y surrealistas, se transforman en éxitos en las voces de Julien Clerc, France Gall, Vanessa Paradis, Pink Floyd, Juliette Gréco, Serge Utgé-Royo

En 1981 publicó su primer libro, la novela «La Porte Marine«, a la que seguirán «Mala Pata«, «Moi, Attila«, «Terminé«, «Ibertao» y la recopilación de textos «Paroles libertaires. À bas tous les pouvoirs«. Pero ni el éxito ni el dinero lo alejaron del ideario anarquista.

Étienne Roda-Gil falleció en París, el 31 de mayo de 2004. Tenía 62 años. Meses antes de su muerte escribió un poema, Réfugié, para que fuera musicado por su recién recuperado amigo el cantante Julien Clerc, que había sido nombrado Embajador de Buena Voluntad del ACNUR.

De él dijo la cantante Juliette Gréco: «Fue un torrente de generosidad, de ternura… Un hombre refinado y culto que siempre estuvo atento a las necesidades de los demás».


«La Makhnovtchina», himno anarquista con letra de Étienne Roda-Gil

Grísea mañana

IMG-20200822-WA0000

«En el corazón del monte, II»: Archivo personal


Siete u ocho gotas desprendidas, acaso por azar, de un nimbo ceniciento con pretensiones de nubarrón saludan el regreso de las paseantes que cruzan la gravera en dirección al Barrio. Arriba, en el Campete Blasito, verdea el serpol a ambos lados del senderillo que antaño llevaba a los arnales [FOTO] donde las abejetas cumplían su ciclo productivo estimuladas por las floridas esencias nectarinas que proclaman, aun hoy, el estallido de la primavera. Cerca de allí, bajo las viejas carrascas que otean el río, armaba el señor Anselmo, con cañizos y barro, las arnas [1] troncocónicas que apreciaban las abejas y encandilaban a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, entre efluvios de romero y la voz aguardentosa del hombre de manos artesanas narrando las innumerables vicisitudes de sus siempre presentes y admirados compañeros muertos. “Gitaneta”, le decía a la pequeña, “acuérdate de estos nombres… Alaiz, Samblancat, Maurín”, y enlazaba la anécdota de Ramón Acín dándole a Luis Buñuel el dinero ganado en la lotería para que pudiera realizar la película Las Hurdes, con la emotiva historia del tenor valenciano Lizondo entonando el Adiós a la vida de la ópera Tosca en el momento de ser pasado por las armas en Zaragoza.


Quince, treinta, cien gotas persiguen el andarín compás de las mujeres cuando dejan atrás el invernadero y llegan junto al orgulloso y altivo Torrollón [2] de tantas andanzas infantiles. Apenas son las nueve de una mañana agrisada cuando, ligeramente humedecidos los cabellos bajo las capuchas, toman asiento alrededor de su mesa de siempre del bar del Salón Social y sale Olarieta  —delantal a cuadros rojos y verdes—  con una bandeja de tostadas de tomate rallado, jamón y huevo a la plancha que liberan atrayentes emanaciones.






NOTAS

[1] En arag., colmenas.
[2] Id, formación rocosa de arenisca erosionada que semeja una torre solitaria en medio del paisaje.

IMG-20210420-WA0001(1)

«Castillo de Montearagón (detalle)»: Archivo personal


Discurre el primer tramo del Camino Viejo entre las naves del polígono industrial, bajo un Sol que, a las nueve de la mañana, apenas despunta desde el cielo azul desvaído que surcan, en vuelo atropellado desde el oeste, bandadas de estorninos. Yace un gato muerto en el último metro de arcén, antes de que el asfalto retorne a ser sendero terroso y solitario jalonado de hierbas bien nutridas, con el familiar recorte de la sierra amurallando el norte y la silueta de arenisca del castillo  —bajel varado—  agrandándose conforme los pasos se encaminan a la última morada de Javier Tomeo (1932-2013).


Fue una tarde de mayo  —o de junio—  de hace doce  —o trece—  años. En la Feria del Libro. Tarde recalentada, como agosteña. El autor, momentáneamente solo, muy serio y, quizás, aburrido, en una caseta sobre la que desparramaba el Sol su potencial soberbia. Ella y él acercándose, sacando de la bolsa de tela los tres libros manoseados y depositándolos en el mostrador. Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes. Cuentos perversos. El gallitigre. “Estos libros ya tienen años”, dijo el autor. Sonreía. No les preguntó sus nombres ni a quién o quiénes querían que los dedicara. Escribió: “Con gratitud”. Exactamente lo mismo en los tres libros. Debajo, su firma. Les tendió los libros uno a uno, muy, muy despacio, casi reteniéndolos. Hubo un atisbo de sonrisa y un leve encogimiento de hombros cuando se acercó un periodista de Radio Huesca y le ayudó a colocarse unos inmensos cascos. Ella y él se despidieron del autor con un movimiento de ojos y marcharon con la gratitud escrita de Javier Tomeo y un tropel de preguntas retenidas en las comisuras de los labios.


El firme del sendero va suavizándose, reblandeciéndose cerca del barranco donde los cuatro pilares del acueducto del siglo XVIII preceden a otra joya hidráulica de origen romano [FOTO] datada en el siglo II d.C. que pervivió oculta cientos de años en el fundus que, otrora, quizás fuera miliario de la vía Osca-Ilerda y que, hoy, pies nuevos hollan dejando sobre el limo  —en dirección a Quicena, donde Tomeo reposa—  caducas huellas sin historia.


Van pasando los años, pero los paisajes, en líneas generales, permanecen fieles a sí mismos. Ahí continúan pues, invariables, ocupando todo el horizonte, el enorme lomo de la Sierra de Guara, el Tajo de Roldán y, escorado hacia la izquierda, el pico de Gratal. Más cerca, casi al alcance de la mano, está ya el castillo de Montearagón, nuestro castillo de Montearagón, resistiéndose heroicamente a convertirse en un informe montón de piedras. Hoy, como ayer, sus entrañables ruinas continúan presidiendo el Somontano y, vistas desde lejos, conservan incluso la misma silueta que tenían varios lustros atrás. – Javier Tomeo Estallo.

IMG-20210218-WA0018

«Florescencias»: Archivo personal


A finales de marzo encontraron muerto a Nicolás, el búho viejo que llevaba tres décadas acomodado en la falsa [1] de Casa Berches. Lo hallaron entre las almendreras [2] que bordean el camino hacia el Pinar de la Fontaneta, recostado junto a las ramas pobladas de hermosas pentapétalas de uno de los árboles que hunde sus raíces en el mismo borde del canal de riego, en el campo que, desde hacía unos años, se había convertido en su territorio exclusivo de caza, a escasos doscientos metros de la vivienda donde tenía asentado su señorío y de la que, conforme la edad menguaba su fortaleza, cada vez se alejaba menos. De imponente apariencia, era un ave de naturaleza flemática y condescendiente con Mariví, la nuera de los Berches, que, una vez por semana, en horas diurnas, adecentaba la buhardilla y recogía las egagrópilas diseminadas sobre las tablas sin que la rapaz mostrara signos de temor o cólera, no así las dos hembras que, en los últimos tiempos, compartían con Nicolas sus aposentos, que se enervaban ante la presencia humana y a quienes, contrariamente al macho, fue imposible anillar por su actitud huidiza y, en no pocas ocasiones, agresiva. La muerte —por causas naturales, según la necropsia— no mermó la apostura del admirado ejemplar que, mientras vivió, cada tarde, en el ocaso del día, permanecía vigilante y solemne en la tronera de la falsa, erguido su cuerpo de plumaje pardo con reflejos rojizos y vientre leonado, antes de remontar, mayestático, el Barrio bañado en crepúsculo y perderse, en vuelo sigiloso, por el arbolado.







NOTAS

[1] En aragonés, buhardilla.
[2] Id, almendros.