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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

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«Desdibujando»: Archivo personal


Extracto de un borrador (desestimado) para una carta (no remitida) a Francisco Javier Lambán Montañés


[…] No sería de recibo, siendo usted presidente del Gobierno de Aragón, que le atribuyera la condición de cantamañanas. O de lerdo. Acepte, en cambio, que lo denomine, en el tema que nos ocupa, cándido. Porque muy ingenuo ha de ser su excelentísima para pretender una candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno, a medias con Catalunya, sin ser consciente de cuál será la función que le tiene reservada el Govern del territorio vecino: encargado de llevar el botijo con el agua de Vichy. Al molt honorable Pere Aragonés (qué penitencia llevar ese apellido) le importan usted y este territorio lo que una boñiga de vaca del valle de Hecho; y señalo una zona pirenaica aragonesa porque hasta las cagarrutas de las ovejas que pastan en el leridano valle de Bohí tienen más relevancia para don Pere que los y las mindundis que habitamos en este otro lado. Deje, pues, que organicen las Olimpiadas Blancas a su antojo y en exclusiva, sin el concurso de Aragón; que se apañen con Andorra, Francia o con Sudáfrica, mismamente. Deje que figuren, se regodeen siendo el centro de atención y se endeuden. Dedíquese usted a cuidar su salud, a trabajar por el bienestar de aragoneses y aragonesas y a salvaguardar nuestros montes de innecesarios impactos ambientales. Ni usted ni la ciudadanía a la que representa necesitamos alharacas ni ejercer de comparsa pisoteada a mayor gloria de las ínfulas vecinas. Sabemos quiénes somos y de dónde procedemos. Hacia dónde nos encaminemos dependerá de nuestras propias decisiones. Hágame caso, don Javier. Ondee su orgullo y mande a su homólogo catalán a escaparrar [*]. Y, si es preciso, envíe en la misma dirección al Comité Olímpico Español en pleno. […]



NOTA

[*] En aragonés, mandar a alguien a escaparrar es mandarlo a tomar viento.

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«Apacibilidad»: Archivo personal


De regreso del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria, en Bescós de Garcipollera, cuando el todoterreno dejaba tras de sí el camino asfaltado para internarse por la pista de tierra, apareció el ciervo. En una secuencia de escasos segundos, volantazo, frenada, el chasquido seco del cuerpo del venado al ser golpeado por un lateral del vehículo, los gritos de Tatyana y la huida, espantada y tambaleante, del animal monte arriba, sin rastros de sangre que indicaran a los ocupantes del coche el estado del cérvido atropellado. Remontaron a pie la ruta de escape cerca de media hora sin atisbar ninguna señal. “Es probable que él sí nos esté viendo. Puede que el golpe no haya sido grave y, si nos ha detectado, solo consigamos que se estrese más”. “¿Nos vamos, pues? Si no te importa, conduce tú, que se me ha puesto mal temple. No solo por el ciervo… que también hemos estado a punto de estrellarnos contra los pinos”. Momentos después, abandonaron el valle de la Garcipollera en dirección a Jaca.


En la Garcipollera, cuya denominación medieval, de etimología latina, alude a las humildes cebollas  —Vallis Caepullaria, el Valle Cebollero—, susurran las piedras supervivientes de los pueblos deshabitados. A raíz de la construcción del embalse de Yesa, a finales de los años cincuenta, y para prevenir que el arrastre de sedimentos colmatase el pantano, los habitantes del valle fueron obligados a desalojar sus núcleos poblacionales y fértiles campos, que pasaron a ser propiedad de Patrimonio Forestal del Estado para su reforestación. Aquellas gentes que, durante siglos, poblaron las tierras bañadas por el río Ijuel, fueron sustituidas por ciervos y pináceas que, junto a ardillas, pájaros carpinteros, tejones, zorros, pueblan en abundancia los montes, prados y veredas recorridas, en el buen tiempo, por algunos turistas, maravillados ante la belleza del entorno, que se dirigen a visitar esa joya del románico aragonés del siglo XI que es la iglesia de Santa María de Iguácel, antiguo monasterio benedictino, meta de tantas peregrinaciones pasadas.

En Villanovilla, la única localidad del valle olvidado cuyos habitantes no se resignaron a dejar morir el pueblo y consiguieron mantenerlo intacto aun renunciando al terreno circundante, nació la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, en una casa alejada del actual casco urbano rehabilitado y de la que no resta ni una sola piedra de las que, antaño, componían la vivienda original. A veces, rememora en voz alta el pasado y se recuerda a sí misma, en aquellos inviernos crudos de la niñez, caminando sobre la nieve para ir a la escuela, con Vicencia, la perra perdiguera que siempre la acompañaba, brincando a su alrededor. O viajando en carro a Jaca, con su padre, amenizada la ruta con las historias, apenas comprendidas entonces, que le narraba su progenitor sobre su amigo exiliado Julián Borderas, el sastre que cosió la primera bandera tricolor que ondeó en el Ayuntamiento jacetano cuando en la bella ciudad pirenaica se inició la Sublevación Republicana de 1930 contra la monarquía; la misma bandera que, meses después, se convertiría en enseña oficial de la II República Española.

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«Château de Lourmarin»: Salva Barbera


En el pequeño paraíso de Lourmarin, en cuyos rincones danzan los sueños, se halla la casa que comprara Albert Camus (1913-1960) en 1958 con el cheque que acompañaba el galardón del Premio Nobel de Literatura concedido por la Academia Sueca el 16 de octubre de 1957.

Acostumbrado desde niño a prescindir de tanto y poco dado, ya adulto, a dispendios superfluos, Camus se prendó de la mágica esencia provenzal de Lourmarin y de aquella antigua granja dedicada a la cría de gusanos de seda situada en la calle de la Iglesia  hoy, calle de Albert Camus, que él concibió como cálido hogar de Francine, su mujer, y sus gemelos Catherine y Jean, nacidos en Boulogne-Billancourt en 1945.

De aquella casa amorosamente reconstruida y amueblada, con su original terraza con columnas, sus persianas verdes y su imponente ciprés, salió el reposado escritor hacia París en el Facel-Vega de su amigo Michel Gallimard para encontrar la muerte en la carretera el 4 de enero de 1960.

Cómo lloró Lourmarin, su elíseo, la muerte de su Monsieur Terrasse, apelativo con el que se referían al escritor sus convecinos para proteger la intimidad de la familia Camus de los periodistas y curiosos que acudían a la localidad para importunar al nuevo Premio Nobel francés.

Sus amigos, los futbolistas de Lourmarin, con quienes tantos momentos había compartido, llevaron a hombros el féretro hasta el cementerio, donde una humilde lápida de piedra  cerca de la de su esposa, fallecida en 1979—  señala su tumba. De allí, del rincón funerario que velan el laurel y el romero, quiso exhumarlo Sarkozy, en 2009, para enterrarlo en el parisino Panteón de Ilustres, encontrándose con la oposición de la familia, que se negó al traslado de los restos de Camus de aquel paisaje campestre donde tan feliz había sido en vida.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 5 de enero de 2015.

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«Al otro lado»: Archivo personal


Una voz suena, pero no la entiendo. Me aproximo.

—No tiréis, que soy un legionario. ¡No tiréis! —sigo gritando.

Una patrulla sale. Me reconoce. Entramos. Es un destacamento pequeño de cazadores. No conozco a nadie. El oficial me lleva a su tienda. Con él está el sargento y algunos soldados. Los más, quedan en la puerta. Pero todos callan, todos escuchan.

El teniente me da una copa de cognac. En pocas palabras explico. Me preguntan mucho. Contesto poco. Me preparan cosa caliente de comida. Como con apetito. Tengo sueño, mucho sueño. En una cama que me hacen, de casi un metro de paja bien acondicionada, me acuesto.

El sueño viene cargado de imágenes. El pasado, el presente y el porvenir forman una mezcla confusa e hiriente en medio de la cueva donde todavía creo hallarme. A mi lado, dormida sobre mi brazo, está la joven bella con sus ropas destrozadas y los senos mordidos, sangrantes, al descubierto.

Estoy en el hospital ya repuesto.

El otoño me trae la licencia definitiva de soldado después de cumplidos mis tres años de compromiso.

Me despido de los camaradas. Parto.

Paso por Ceuta. Cruzo el Estrecho. Piso España. Ya estoy otra vez solo. Completamente solo en medio de una civilización exuberante en la que nada tengo. Ni pan siquiera para sustentarme a mi llegada. En la que nada soy más que un despojo que se reincorpora a los despojos. Con dolor y espanto voy penetrando en ella.

Los ojos de mi experiencia me muestran las manifestaciones brutales de la civilización en su vida interna y externa. Y temo a medida que el tren avanza.

Temo llegar a los centros de la vida civilizada. Temo que el tren se detenga. Temo el momento de apearme. El momento de hallarme solo en esta espléndida barbarie organizada.

—Fragmentos finales de La Barbarie Organizada. Novela del Tercio, de Fermín Galán—.


En 1926, mientras cumplía condena en la prisión militar del convento de San Francisco, en Madrid, por su participación en la Sanjuanada, concluyó Fermín Galán Rodríguez (1899-1930) su novela La Barbarie Organizada. Novela del Tercio, cuyas primeras cuartillas había comenzado a escribir en 1923 y que, incluso entrando en la imprenta en 1930, no vería la luz hasta la proclamación de la II República, cuando su figura y la de García Hernández (1900-1930) se convirtieron en mitos republicanos tras ser fusilados ambos capitanes en Huesca como consecuencia del fracaso de la Sublevación Republicana de Jaca de 1930, de la que hoy se cumplen noventa y un años.

Si bien Galán, pese a su pertenencia al estamento militar, ya había expresado su ideario afín al anarquismo en diferentes publicaciones, es en esa ficción, tan dura como breve, donde su voz —a través de su alter ego, Gustavo Pedrol de Nieva, soldado legionario— va desmenuzando los entresijos del poder establecido en esa sibilina organización de la barbarie fundamentada en la concepción de una pirámide social en la que la soldadesca oficia de despojo humano ofrecida en sacrificio para el mantenimiento de una jerarquía en cuya cúspide se asienta la inútil monarquía lisonjeada por los poderes militar y eclesiástico.

La Barbarie Organizada, aun careciendo de la calidad literaria de la senderiana Imán, es un alegato antibelicista, antimonárquico y anticlerical, un cumplido vademécum filosófico de corte anarcoexistencalista que va tejiéndose, renglón a renglón, mientras el lector asiste, horrorizado, a la escenificación de una guerra colonialista, tan salvaje como estéril, que no tiene más coartada que la perpetuación de una sociedad degradada, fieramente injusta, que sirve a los intereses de unos pocos a costa de la desgracia de muchos, en una constante de siglos que rebasa el contexto imperialista expuesto por Fermín Galán y sigue manifestándose en este siglo XXI que nos acoge.

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«Luminosidad»: Archivo personal


«Pero, Cata, si con cinco litros tenemos suficiente». «Cinco para ti y otros cinco para que se los lleves, de mi parte, a tu amiga María Petra. Como siempre». Cata, más encogida y frágil que la última vez que se vieron, tres años atrás, cuando todavía habitaba en la casa de Pamplona, coloca las dos garrafas de aceite en el maletero del monovolumen. «Id con cuidado, que habrá mucho tráfico, y llamadme cuando lleguéis a Huesca, que no me quedaré tranquila hasta saber que estáis bien».

Se alejan del Sur, de la entrañable Cata que abandonó la Chantrea para regresar a Mancha Real, su pueblo andaluz, con su inseparable guardapelo al cuello cayéndole sobre el corazón, en el altar materno donde habita su recordada hija Raquel, cuyos restos reposan en el cementerio de Pamplona junto a los de su padre, fallecido hace tres años. «¿Qué iba a hacer yo sola en Pamplona…? Sin mi marido, sin mi Raquel y con el nieto trabajando en Irlanda… Mis otros hijos están en Granada y Jaén, y en esta casa viví yo hasta que salí para casarme…», explicaba, entre lágrimas.

Quedan atrás los olivos miguelhernandianos  —Jaén, levántate brava…—, los baños árabes jienenses, la esencia nazarí de los magníficos palacios y jardines granadinos, las callejuelas del Albayzín, los piononos de Santa Fe, el otoño calmo. El Sur… La voz de María Berasarte pone banda sonora a unos días, escasos pero ajetreados, retenidos en la memoria mientras pasa Madrid al otro lado de los cristales y ponen rumbo a Zaragoza con el regusto en los labios de la tortilla de patatas consumida en un área de servicio.

Nada más vislumbrarse Huesca, los acoge la niebla y se desliza el vehículo sobre la pátina de escarcha que la gelidez nocturna ha trazado a lo largo de la ruta de la sierra de Guara que conduce al Barrio. Creedence Clearwater Revival rompe el silencio durante los últimos kilómetros.


[…]


Qué lejos ahora (y, sin embargo, qué cerca) el Sur…

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«Bajo la roca»: Archivo personal


Aves, pasos y respetuosos cuchicheos rasgan el bucólico silencio del abierto y gélido claustro románico techado por la mole desnuda de la roca aferrada al Monte Pano, que contempla los artísticos capiteles que manos humanas convirtieron en Biblia petrificada y glorificada por siglos de lluvia, nieve y hielo.

El oxígeno huele a bosque, a moho, a plumas humedecidas, a agua terrosa, a hierba con esencias afrutadas…

La historia empuja los pies hacia la Sala de los Concilios, revolotea por la iglesia mozárabe y asciende hasta los panteones donde los despojos de monjes, guerreros, notables y reyes hallaron su postrer cobijo en este soberbio símbolo del Biello (Viejo) Aragón que es el Monasterio Bajo de San Juan de la Peña.


[…]


De regreso del Monasterio Alto, cuya carretera en pendiente han salvado a pie, desdeñando el bus lanzadera que comunica las dos edificaciones, Agnès Hummel, la Hermana Marilís y la señorita Valvanera recorren en el vehículo de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio los cinco kilómetros que separan el antiguo cenobio cluniacense —refugio primigenio del Grial— de la localidad de Santa Cruz de la Serós.

Déjanos junto al cementerio —pide la señorita Valvanera a la conductora.

Y ya en el interior, las tres junto al ciprés arrinconado, a pocos pasos del portalón de hierro, erguidas frente a la losa marmórea que recuerda a Zeika, Evaristo y Lorenza, elévase al cielo pirenaico la limpia voz de la Hermana Marilís entonando la Internacional Anarquista.


Zeika Sonia Viñuales Sarsa —doctora en Farmacia, conferenciante y articulista—, la niña cuya fotografía fue el santo y seña de los miembros de la organización antinazi Red de Evasión Ponzán, conoció el exilio y los campos de concentración aun antes de cumplir su primer año de vida. Hija de los pedagogos libertarios aragoneses Evaristo Viñuales Larroy y Lorenza Sarsa Hernández, dedicó buena parte de su existencia a defender la memoria y el ideario de sus progenitores. Nacida en Barcelona, en 1938, y fallecida en Toulouse, en 2009, quiso que sus cenizas fueran esparcidas en la localidad donde su padre había pasado su infancia, en la zona del camposanto en la que se hallan enterrados los restos del abuelo, también maestro, y las cenizas de su propia madre, Lorenza, junto con un puñado de arena de la playa de Alicante, escenario del suicidio desesperado de Evaristo, su padre.


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«Tiempo detenido»: Archivo personal


¿Y si preguntamos en las oficinas..?”, sugería Étienne, impaciente, tras más de una hora deambulando por el Cementerio de Torrero, en Zaragoza. “Estas no son trazas de buscar un nicho… ¡Si han pasado casi treinta años! Y no me vengáis con encontrar puntos de referencia ni zarandajas… Ha pasado demasiado tiempo para que recordéis el lugar exacto. A Maíto solo lo localizaremos si alguien nos indica dónde está enterrado. Vosotras veréis…

Mario, Maíto, de dieciocho años, compañero de pandilla y novio in péctore de María Petra, se mató en Monrepós, al derrapar su moto y golpearse contra un quitamiedos, cuando se dirigía a un viejo despoblado donde el resto de sus amigas y amigos trabajaban como voluntarios en la reconstrucción de una vivienda. Tardaron un día en enterarse del accidente porque el pueblo carecía de teléfono y asistieron, todavía estupefactos, a un desgarrador entierro en medio de una soleada y vistosa primavera que parecía querer homenajear al joven fallecido.

Desde la sencilla lápida de vetas marrones y blancas del nicho. un sonriente Maíto, con el flequillo desigual y la media melena castaña enmarcándole el rostro, contemplaba a sus visitantes, congelados sus rasgos en aquella adolescencia detenida en el tiempo que un día compartieron.


[…]


…y en el centro del cementerio, el mausoleo de Joaquín Costa con el epitafio compuesto por Silvio Kossti sobre mármol blanco:

Aragón a Joaquín Costa.
Nuevo Moisés
de una España en éxodo.
Con la vara de su verbo inflamado
alumbró la fuente de las aguas vivas
en el desierto estéril.
Concibió leyes para conducir a su pueblo
a la tierra prometida.
No legisló.


Manuel Bescós Almudévar, alias Silvio Kossti, costista hasta en su seudónimo; un tipo inteligente, leal a sus amigos, republicano confeso, incisivo articulista, escritor polémico, furibundo anticlerical, alcalde de Huesca durante cuatro meses y escasamente conocido hoy en día por los oscenses, ya sea con su nombre real o con el seudónimo que utilizó porque, según le escribió a Costa, “tengo tres hermanos bastante imbéciles como para hacerme desear el perder de vista el apellido”.

Kossti, que murió con poco más de sesenta años, fue autor de unos Epigramas tan provocativos que él mismo decidió retirar su publicación convencido del perjuicio que podían suponer para sus hijos, que estudiaban en academias militares. Ya en 1909 su novela Las tardes del sanatorio supuso un escándalo que él ya presuponía cuando, hablándole a su admirado Costa de su proyecto novelístico, expresaba que su pretensión era “rascar de la mentalidad española el fraile que la mayoría lleva dentro”. Su propósito tuvo cumplida respuesta eclesiástica; los obispos de Huesca y Jaca y el arzobispo de Zaragoza reprobaron Las tardes del sanatorio. Tras el escándalo, circularon por la capital oscense dimes, diretes y anécdotas chispeantes como la de que el mastín que acompañaba a Kossti en sus paseos tenía por costumbre entrar en la iglesia de San Lorenzo a echar una meadita en las esquinas de los confesionarios…

Dícese, no obstante, que Manuel Bescós arrepintióse de sus ataques a la iglesia y, momentos antes de su muerte, accedió a recibir la extremaunción y a ser enterrado como buen católico. “Descansó al morir”, es el epitafio de Silvio Kossti grabado en su nicho del cementerio de Huesca. Junto al epitafio, un bajorrelieve realizado por uno de sus grandes amigos, Ramón Acín Aquilué, del que fue testigo en su boda con Conchita Monrás.

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Puente Acella Landa sobre el Sadar

«Puente de Acella Landa»: Archivo personal


Otoña la mañana y cosquillea el frío el endeble parapeto de ropa del paseante ensimismado que se acerca a la orilla del discreto Sadar. Remolonea el agua, discurriendo hacia el río Elorz, a la sombra del único arco del puente de Acella Landa, testigo, desde el medioevo, de la tradición peregrina a Santiago de Compostela siguiendo la ruta del transitado Camino Francés.

Va consumiéndose el tiempo y se amansa el frío. Mira el paseante la hora; se acomoda en el suelo con Magda Szabó sobre sus rodillas. Asoma, chismoso, por la abertura de una de las cajas anideras distribuidas en los árboles, un agateador que parece evaluar, intranquilo, al lector sedente que lo observa a hurtadillas.

Islotes humanos hollan la hierba humedecida que se extiende por las inmediaciones del campus. Se expanden voces y carreras y tremolan, jubilosos, los arces y chopos que acompañan la lenta marcha del escaso caudal del río Sadar entre la Arrosadía y Etxabakoitz.

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Ilustración de Nataliya Vaitkevich


«Jeanette Alcoriza me regaló un piano que colocamos en el vestíbulo. Cuando venían amigos franceses cantábamos La Marsellesa. Todos los días me sentaba a tocar. La música subía por el vestíbulo y llenaba la casa.

Meses después, durante una cena, ya en la madrugada y con bastantes copas encima, Cotito, el hijo de los Mantecón, propuso a Luis:

—Te cambio el piano por tres botellas de champaña.

Me reí ante la incongruencia de la propuesta, pero Luis contestó:

Hecho.

Cerraron el trato con un apretón de manos. Pensé que ahí quedaría, que era una broma. A la mañana siguiente sonó el timbre: era Cotito con un camión de mudanza y las tres botellas de champaña. No quise ver cómo se llevó mi piano. Me quedé furiosa por no atreverme a decir: ‘Este piano es mío y no sale de aquí.’ Por supuesto, guardé silencio.

A Luis le remordió la conciencia. Poco después me compró una máquina de tejer y me dio dinero para los aditamentos. También me regaló un acordeón alemán, muy fino, que aún conservo».- Fragmento de MEMORIAS DE UNA MUJER SIN PIANO, de Jeanne Rucar de Buñuel, transcritas por Marisol Martín del Canpo.


Jeanne era bellísima pero eso no se podía decir delante de Luis porque se lo llevaban los demonios”, aseguraba Julio Alejandro, coguionista, amigo y contertulio en la casa mexicana de Luis Buñuel donde el celoso cineasta reinaba instalado permanentemente en el apacible y doméstico trono que bruñía con silenciosa delicadeza Jeanne Rucar. Jeanne Rucar de Buñuel, como ella se llamaba a sí misma y firmaba en todos los documentos.

Jeanne Rucar, hermosa y dotada de un exquisita sensibilidad artística, amante esposa —y tan desconocida— de Buñuel, había nacido en Francia, cerca de Lille, el 29 de febrero de 1908, en el seno de una familia de recursos mermados cuya situación pasaría a ser boyante tras la I Guerra Mundial. Es entonces cuando Jeanne descubre sus dotes para la música, la danza y el deporte. La nueva economía familiar le permite recibir lecciones de piano y ballet y clases de gimnasia; como gimnasta artística participó en los Juegos Olímpicos de 1924, donde obtuvo la medalla de bronce. Un año después conoció al que sería el hombre de su vida. «Yo conocí a Luis por mediación de Joaquín Peinado, de Manolo Ángeles Ortiz y de Paquito García Lorca, en el año de 1925. Acababa de llegar a París, no sé si a trabajar, pero sí a emborracharse y a bailar. Bueno, bailar no bailó porque no sabía, pero a divertirse, sí

Jeanne y Luis vivieron durante ocho años un noviazgo a la antigua usanza; en su transcurso, Buñuel daría muestras del machismo y los celos que presidirían, a partir de entonces, la vida de la pareja. Prohibió a Jeanne hacer gimnasia y ballet por considerar vergonzoso que se exhibiera ligera de ropa; también se negó a que continuara las clases de piano porque no soportaba que tocara para otro hombre. Muchos años después, en una entrevista, el director cinematográfico reconocería que, pese a considerar a las mujeres «siempre superiores al hombre«, él prefería que la suya permaneciera en casa «con la pata ligeramente rota«. Sorprendentemente, Jeanne, mujer cultivada que había gozado de relativa libertad hasta ennoviarse con el cineasta, renunció, por amor, a sus aficiones y sueños y accedió a ser, exclusivamente, la abnegada novia primero y esposa después, de Luis Buñuel.

Se casaron en 1934 y, por deseo de Luis, no se avisó a la familia. En París nació el primer hijo, Juan Luis; el segundo, Rafael, en Estados Unidos. A Jeanne le hubiera gustado tener una hija, pero el planificador Buñuel consideró que dos hijos eran suficientes y Jeanne, siempre obediente, jamás le planteó su deseo de aumentar la familia.

Instalados en México a partir de 1946, Jeanne continuó siendo la mujer relegada, con horario restringido para salir fuera de la casa y cuyos únicos desvelos se remitían a ocuparse del hogar y del bienestar de su marido y sus hijos. «Yo no podía recibir a nadie. Luis, como buen español, me escondía de todo aquel que no fuera paisano suyo. Yo era su consentida, la niña que tenía aparte, y me guardaba así. Nunca me hablaba de política; nunca me hablaba de nada: la casa, los niños y nada más […] Él era gentil conmigo, me cuidaba, me supo amar. Nunca pensé en divorciarme… Era celoso, dominante… pero también tierno, con sentido del humor y alegría

Jeanne Rucar Lefevre y Luis Buñuel Portolés se mantuvieron unidos casi sesenta años, hasta la muerte de él, el 29 de julio de 1983.  Ella, la mujer que amó pero con la que no compartió ni ideas ni sueños ni decisiones, le sobrevivió, todavía, once años. Siete años después de la muerte de su marido, Jeanne Rucar de Buñuel dictó un libro de memorias a la escritora mexicana Marisol Martín del Campo. Se trata de un libro ameno y lleno de anécdotas donde se desgrana la vida privada de un hombre al que cuesta reconocer como el moderno, transgresor, revolucionario y anarquista director de cine Luis Buñuel.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 6 de octubre de 2013.

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Venecia

«Panorama desde el puente»: Archivo personal


A las siete de la mañana los visitantes ya se hallan degustando los alimentos del buffet. Finas lonchas de York gelatinoso acompañadas de queso tierno, huevos duros y panecillos blancos, tostadas con el sello del grill grabado en las dos caras, mantequilla, mermelada de frambuesa, zumos de melocotón y naranja y tres tazas generosas de café, una de ellas con una nube diminuta de leche.

Bonjour.

Ella, a la que ya han bautizado como Audrey Hepburn, se detiene, con una sonrisa a medio dibujar, y ladea la cabeza bajo la pamela contemplando cada ángulo del comedor, dirigiéndose después, erguida, hacia una de las mesas bajo los ventanales.

A las ocho, los doce huéspedes del hotel Palladio de Mestre, que forman parte del grupo de turistas de Gabriella, la guía, ya han dado cuenta del primer refrigerio del día y charlan, en dos pequeños grupos, ante la puerta de entrada al hotel mientras esperan la llegada del microbús que los acercará a la dársena para tomar el ferry a Venecia. Audrey pasea y fuma sin integrarse en ninguno de los grupos pero sonriendo cada vez que alguno de sus compañeros  —los tres visitantes, sobre todo—  cruza sus ojos con los suyos.

Gabriella imparte instrucciones en inglés a través de los whispers que cada turista lleva, a modo de audífono, sobre la oreja. “En Piazza San Marco se nos unirá un grupo de españoles. Como sé que entre ustedes hay quienes hablan español [sonrisa cómplice hacia los tres visitantes], les agradecería que colaboraran para que el nuevo grupo pueda seguirnos sin problemas”.

En la piazza la lluvia golpea las losetas de Istria y la fauna humana se cobija bajo los soportales del Palazzo Ducale. Audrey fuma, displicente, ajena a la lluvia que llena de brillos su pamela negra y humedece el raso malva de sus peep-toe-shoes.

Gabriella se mezcla con el gentío guarecido de la lluvia. “Spagna? Spagnolo?“, pregunta a unos y otros. Finalmente, bajo los arcos de las Procuradurías, en el Caffè Florian, localiza al grupo de españoles, que resultan ser dos parejas de más que mediana edad en trance de estupefacción al conocer el monto de la cuenta por tres expressos y un agua mineral que han tomado sentados en la terraza del afamado y antiquísimo café.

Detienen las nubes su maná acuoso y los turistas de Gabriella se agrupan bajo il Campanile para conocer el programa del día. Los ocho ingleses y los cuatro españoles visitarán, con la guía, la basílica y el palazzo; el resto  —los tres visitantes y Audrey—, aprovecharán la mañana libre hasta la hora del almuerzo tardío para acercarse, en la lancha que apalabraron el día anterior, al cementerio de San Michele y a la isla de Murano.

Vamos a llegarnos a Rialto. ¿Viene usted?

Audrey asiente y acomoda el paso de sus preciosos zapatitos al ritmo de las deportivas de sus acompañantes.

Se alejan los nubarrones remontando el Adriático y enciende Audrey su enésimo cigarrillo mientras una gota de agua se desprende de su pamela y resbala, enseñoreada, por uno de sus brazos.

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