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Zambra d’agüerro

Autumn/Otoño

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


Cerca la calígine las sinuosidades del familiar tozal donde preparan las necrófagas sus vuelos y se cierne un mediodía gris sobre el tejadillo del porche del restaurante del Salón Social, donde las voces de la Orquestina del Fabirol rememoran la historia de Mariano Gavín Suñén, celebrado bandolero al que Olarieta, la mañosa cocinera, considera medio pariente por compartir con él primer apellido y procedencia geográfica.

Los platos del día  —patas de cordero en salsa de almendras y tartaleta de ternera al vino rancio—  inundan el comedor de envidiables aromas. La señorita Valvanera, sentada ante su ración, se arremanga el jersey de cuello cisne y, desdeñando los cubiertos, recoge una pieza de cordero entre los dedos y se la lleva a la boca con deleite; la saborea, la desprovee de la carne y deposita los huesecillos en un lado del plato; después, sumerge los dedos en un bol con agua y limón, los seca suavemente con una servilleta de papel y procede a dar buena cuenta del siguiente trozo. “Esta mujer es elegante hasta cuando come con los dedos”, susurra Josefo, el hijo de Olarieta, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, entretenida en separar, bien pertrechada con cuchillo y tenedor, las pequeñas extremidades de su gelatinosa carne.


Cuando los empanadicos, las trenzas, los cafés y los licores consiguen desvanecer los rastros del almuerzo, ya ha cubierto la niebla, con su ahumado tul, muros, tejados, lomas, campos y arboledas.

Il n’y a plus rien

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«Orilla»: Archivo personal


«Todos los que me gustan o son viejos o están muertos o se han acomodado en el sistema», suspira la muchacha.

Sobre la mesita marmórea del cenador todavía rodeado de flores que se resisten al otoño que va embozando el jardín, descansa la autobiografía de Emmett Grogan  —temerario, ingenuo, anarquista, fantasioso, antihéroe, deprimido, generoso, drogadicto y muerto—  con el rostro entre cínico y aniñado protegido del frío matinal por la solapa ligeramente raída. Y la dedicatoria, “To Iliane”, trazada con tosca rapidez por el actor Peter Coyote  —compañero de indocilidades de Grogan en el San Francisco contracultural sesentero—  sorprendido meses atrás en el Casco Viejo de San Sebastián por la decidida joven que blandía la manoseada edición en francés de Ringolevio al grito de “Mister Coyote…! Please!” Y la mirada alucinada del hombre yendo del libro a la muchacha y de la muchacha al libro…


Hace frío entre las palmeras y parterres del hotel de Bordighera y en todos los vergeles otoñales de la ciudad plasmados, años ha, por Monet en sus revalorizadas pinturas cuyas copias compran los turistas ingleses -siempre viejos- en las tiendas de souvenirs del centro.

«Vayamos a pasear y nos quitamos el frío», dice la muchacha.

El libro de Grogan descansa ahora en la mochila negra que tiene la forma de un enorme corazón perfilado con tachuelas plateadas. Lo acompaña Benoît Misère, novela autobiográfica y filosófica de Léo Ferré, el hombre —otro difunto exquisito— que, involuntariamente, guió la figura juvenil enfundada en leggins térmicos y cazadora de cuero hasta la fronteriza villa italiana en cuyo siniestro internado religioso estudió y padeció el artista en su literaturizada niñez.


A lo lejos, el mar, con las olas enfurruñadas laminando el arenal despoblado, ajeno al tráfico que galopa, intermitente, por la carretera.

Burlándose del ruido y el frío, expele Léo Ferré su rebeldía lírica y rabiosa al cielo encapotado de Bordighera. Pero únicamente los oídos de Iliane —diecinueve apresurados años— se regocijan con el irreductible chansonnier muerto.


NOTA

Il n’y a plus rien es el título de un disco de Léo Ferré, del año 1973, en el que muestra su desilusión con el Mayo Francés.

A las seis de la mañana, dos únicos sones telefónicos en cada una de las cuatro habitaciones del hotel donde pernoctan los franceses, macedonios y rumanos llegados a lo largo del día anterior.

A las seis y media, desayuno entre bostezos de rostros somnolientos con los cabellos indicando su estancia bajo la ducha. Panecillos recién horneados, lonchas de tocino, huevos sobre un lecho de patatas humeantes, una tabla con quesos, tarrinas individuales de mantequilla y mermelada y una jarra de cerámica rebosante de café.

A las siete, puntuales, ocupando el microbús donde un conductor que únicamente habla alemán saluda con una inclinación de cabeza. Última parada en el Tiergarten y segunda inclinación de cabeza, como despedida, del conductor.


A las diez de la mañana, entre alfileres de gotas que van y vienen aguijoneando el agua retenida del estanque que honra a los zíngaros asesinados y desaparecidos en la Europa del nacional-socialismo, se detiene el grupo contemplando la flor yacente y desvalida sobre su peana triangular que recuerda a los seres humanos masacrados. “Muj sukkó, kiá kalé, vust surdé; kwit. Jiló cindó bi dox, bi lav, nikt rubvé”[1], reza el poema de Santino rodeado por las piedras que circunvalan el estanque, señalando, cada una, el nombre de los campos del horror donde se extinguieron los tambaleantes futuros de tantos hijos e hijas del viento.


Al mediodía, los cúmulos ennegrecidos que tapizan el cielo sobre la Kurfürsten Damm toman la forma de una nao varada bajo la que desfilan, con moderada prisa, gabardinas, impermeables y paraguas cerrados que oscilan entre bolsas coloristas que parecen flotar, autónomas, sobre la acera ligeramente húmeda.

En la Wittenbergplatz, Lila  —botas y plumífero amarillo, gorro de lana y mochila marrón—  se une al grupo que procesiona, envuelto en un halo de reconocibles turistas, por la Tauentzienstraße rumbo a los KaDeWe.


En el restaurante nadie parece prestar atención a los comensales gitanos recién llegados; Lila, emigrada a Alemania desde Hungría, donde todavía vive su madre, la tía Jespolá, se ocupa de pedir los menús de sus acompañantes en los míticos grandes almacenes berlineses donde, en jornada nocturna, trabaja como limpiadora.

Carraspeos. Alguna toses. Silencios. De las demás mesas ocupadas surgen delicados murmullos de conversaciones ininteligibles. Lila se interesa, en un francés balbuciente, por la visita del grupo al recién inaugurado monumento en el Tiergarten. La sucia nao que pendía del cielo berlinés se ha transformado en adiposa ballena arponeada por los albos rayos del sol otoñal.




Dicebamus hesterna die…


NOTAS

Zigeunerlager, era la denominación de las zonas destinadas a los gitanos en los campos de concentraciónn nazis.

[1] «Rostros hundidos, ojos extinguidos, labios fríos; silencio. Un corazón destrozado sin respiración, sin palabras, sin lágrimas».

«New Forms.- Mark Rothko»: Philippe Abril


(…)»Entonces, los soldados israelíes acorralaron a cuatro o cinco jóvenes palestinos que les habían lanzado piedras, los sujetaron contra el suelo y, alzando sobre sus cuerpos semiinmóviles piedras de tamaño respetable, les golpearon los brazos, con la saña tatuada en sus rostros, hasta que los huesos astillados sobresalieron enrojecidos por la sangre.»(…), extracto del artículo “L’ombre rouge des canailles”, publicado en una revista libertaria ya desaparecida.

Aquellas imágenes guardadas sine die en la retina y en el esternón  —donde se acumula, perenne, la náusea—,  se unen a tantas otras que definen el modus operandi del gobierno israelí y de su ejército de sicarios. Un gobierno que lleva años practicando chantajes, secuestros y asesinatos por todo el planeta con el beneplácito de sus valedores occidentales; un gobierno que se ha convertido en aplicado alumno de las temibles Schutzstaffel; un gobierno que sòlo se diferencia del resto de organizaciones terroristas en que tiene un representante en la ONU, sin que esta última circunstancia suponga ningún obstáculo para incumplir, una a una, cuantas Resoluciones —la última, vetada ayer mismo por EEUU antes de hacerse pública— ha dictado dicho organismo en los últimos años.


Unas sencillas placas de hormigón chapado en latón dorado y colocadas, a modo de adoquines, junto a diferentes edificios de Alemania, Polonia, Austria, Países Bajos y otros países europeos donde el nacionalsocialismo se adueñó de la vida y la muerte de la ciudadanía, son la contribución del artista Gunter Demning a la Campaña contra el Olvido ideada por él mismo en 1997 bajo el lema: «Una persona tan sólo se olvida cuando se olvida su nombre«.

El Proyecto Stolpersteine (Las Piedras del Tropiezo) es un homenaje al gitano, al judío, al eslavo, al homosexual, al Testigo de Jehová, al disidente político; al vecino, al estudiante, al diputado, al ama de casa, al obrero, al discapacitado, al vagabundo que compartió edificio, hogar, trabajo, aula, calle, ruta y saludos y que un día fue arrebatado de su entorno cotidiano, como si jamás su presencia hubiera formado parte de la aldea, del barrio, de la ciudad. Desaparecido. Muerto. Olvidado.

Las placas,  —más de 35.000 hasta la fecha, cuyo coste de unos noventa y cinco euros se financia mediante aportaciones ciudadanas—,  son colocadas a pie de calle y llevan una leyenda  —precedida por las palabras “Aquí vivió, o trabajó, o fue asesinado…”—  con el nombre de la persona y las fechas de nacimiento y desaparición o muerte. El primer adoquín se colocó en Austria, el 19 de julio de 1997, en recuerdo de Johann Nobis, Testigo de Jehová ejecutado el 8 de enero de 1940 por objetar contra el servicio militar.


[…]A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados.[…]
PABLO NERUDA

Al Norte de la Hamada

«Fall Colors»: Richard J. LaPenna


Se desparrama el color por la vieja pista forestal y el viento de la Sierra de Guara arremolina la hojarasca que festeja el otoño para depositarla, en volandas de bucles, sobre los prados y peñas que festonean la senda de los irrecuperables paseos con Bachir.


Sabah El-Jer—, saludaba él.
Buenos días—, saludaba ella.
Y crujían las hojas bajo sus todavía diminutos pies infantiles, acompañando las risas y los gestos que componían el universal lenguaje de quienes vadean las fronteras de los idiomas con imaginación y armonía.

Hasta mañana—, se despedía ella.
Ila-Lgad—, se despedía él.
E iba noviembre perfilando el contorno níveo de la sierra amada.

Ahí sigue la senda, con su amalgama de hojas amarillas, marrones, coloradas, como si las vivencias de aquel otoño de hace más de treinta años estuvieran adheridas a los frágiles peciolos desprendidos de las ramas y el joven Bachir, el pequeño saharahui de maravillosos ojos color caramelo, la esperara al final de la calle Baja para ascender, juntos, hasta el mirador natural del picacho, donde reposan los alimoches de sus circulares recorridos aéreos sobre las parideras en las que agonizan, involuntariamente rezagadas, las ovejas añosas.

Nunca se reencontraron. Una única carta, escrita en una extraña mezcolanza de hassanie[1] y francés, diez años después, fue el último vínculo de una amistad forjada a la sombra del Prepirineo. Una única carta, con matasellos de Dajla, traducida trabajosamente y con una posdata sorprendentemente escrita en castellano:

Para cuando marchen
los últimos pájaros
yo no seré nadie.
Sólo una hoja escrita
con dolor y sangre”.


…y ella, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, resucita cada otoño la esperanza de volver a ver al amigo de la infancia, el niño  —hoy ya hombre—  Bachir.



Dicebamus hesterna die…


NOTA

[1] Lengua saharahui derivada del árabe clásico.

Speculum

«Loveletter»: Christel Dall


Las chimeneas del Barrio arrojan bocanadas de fumata negra anunciando el cambio de mes y la llegada oficial del frío. Atraviesa el Sol otoñal la etérea niebla matutina y se posa en los brazos desnudos de las mujeres andariegas que se adentran en la vereda con zancadas rítmicas sobre el lecho de hojas todavía humedecidas.

(…)

Frente al pinar que llora los lejanos campos sumergidos en el desalmado pantano, se engalanan los cipreses del cementerio, observando, desde su privilegiada altura, el sendero pedregoso que asciende hasta el portalón de hierro.

(…)

Ajenos al toque fúnebre de la vieja campana de la ermita, los estorninos desayunan en su campo favorito mientras los gatos vigilan, entre bostezos y bufidos, el vuelo rutinario de los gorriones.


Y bajo el paraninfo nebuloso sobre el que intuye la presencia (in)corpórea, alza el caminante solitario el rostro a la indiferente estratosfera con el indisimulado anhelo de sentirlo laureado con el lene roce de las yemas de los dedos añorados de la madre muerta.

Tierra de Jauja

«La prolongada espera»: Alexander Kruglov


«La Guardia Civil conmemoró el domingo en Zaragoza el centenario del patronazgo de la Virgen del Pilar. No fue un acto de unanimidades, tanto desde el propio Cuerpo como desde la sociedad civil. La motivación inicial era la entrega de una bandera de guerra a la VIII zona de la Benemérita que comprende todo Aragón. ¿En tiempos de paz y a unos servidores públicos reconocidos por sus labores de policía y de ayuda al ciudadano en pueblos, carreteras, montañas o en el mar es necesario otorgarles una enseña calificada «de guerra»?».- Del Editorial de El Periódico de Aragón.

Lucía la presidenta, doña Luisa Fernanda Rudi Úbeda, atrezzo zarzuelero el día de la entrega del confalón de guerra al Benemérito Cuerpo. Mantilla y peineta, la dama; hilo de oro, la bandera. Del coste de los atavíos presidenciales ni se sabe, que para eso los ha sufragado su lucidora; se supone. Para el estandarte guerrero, en cambio, ha apechado el personal contribuyente del territorio aragonés cinco mil setecientos setenta y cinco eurazos. Una nadería que, por si acaso, ha contado con la protección de tiradores de élite apostados hasta en los refajos de la Virgen del Pilar, que ya se sabe que la chusma depauperada funciona a base de ventoleras y figúrese usted que algún indigente revenido tiene la ocurrencia de afanar la costosa divisa para desengarzarle el oro y darse un festín de colesterol en el MacDonalds. Porque del ágape  -del oficial, se entiende-  ni las migas habrán quedado para las palomas jaleadas por la ciudadanía revoltosa para que ornamentaran  -cagada va, cagada viene-  el traje de buen paño del ministro y el de todos los ilustres y figurines de la parada, incluido el talar de gala del arzobispo, que no se sabe si habrá exigido agua de Chateldon para rematar la faena de las bendiciones y apurar así los declarados treinta y seis mil euros –trescientos noventa mil trescientos veintiséis, según cálculos de la Asociación Unificada de Guardias Civiles– que ha costado el paripé.

«Once Again the Tortoise Beats the Hare»: Donna Goodman


La señora Benita, la santera que se ocupa de la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, levanta la cabeza, mira, una a una, a las tejedoras que laboran bajo la luminosa y descomunal araña de cobre repujado del Salón Multiusos, y sentencia:
Son todos unos charramandaires.

De la cadena ennegrecida que asciende por el conducto de humos de la chimenea pende un perolón en el que reposan, repetidamente hervidas durante la madrugada, las hojas de eucalipto que aromatizan la sala y suavizan el intenso olor a tabaco dejado por los habituales que ocupan las mesas de la carpa exterior, durante la tarde-noche, en amenas y hasta reñidas partidas de dominó y guiñote.

Charramandaires—, repite Mercedes, la más joven de las tejedoras, que atesora vocablos autóctonos para completar la narración en fabla aragonesa en la que está trabajando.

Los artísticos nudos nacidos de las hábiles manos de las tejedoras dibujan, en la tela de arpillera, un paisaje de cumbres picudas y moteadas de nieve a cuyos pies se extiende un valle azulado desde el que dos unicornios parecen contemplar las idas y venidas de las manos que ornamentan su mágico entono.

La señora Benita, ajena a izquierdas o derechas, sin más conocimiento de los aconteceres políticos que los comentarios escuchados a sus compañeras en la paciente tarea de transformar humildes paños en vistosas alfombras y decorativos tapices, suspira: “Charramandaires”. Charlatanes insustanciales.


En el suelo, junto a la canasta donde se amontonan los ovillos, se entrevé el suelto del periódico, objeto de la conversación: “Cospedal apela a la solidaridad entre españoles para afrontar la crisis”.

De los pasos perdidos

«Prisoner of Time»: Marie Otero


La primera y penúltima vez que Senén Hernández estuvo en Madrid fue cuando les dieron garrote a Savi Puig y a Heinz Chez. Las ascuas democráticas europeas y hasta Pablo VI -que no era demócrata pero sí consecuente con lo predicado por el Hijo del Jefe- se habían avivado hasta conformar una hoguera de considerables dimensiones, aunque ni una sola de sus llamas consiguiera lamer los portalones custodiados de las embajadas y consulados que el herniado general Franco había conseguido instalar en cada una de las capitales de la progresía -o contubernio judeomasónico, en lenguaje del régimen-. Senén Hernández únicamente supo  -le dijeron-  que Puig y Chez eran anarquistas. Anarquistas, fíjese. De los que ponen bombas. De los que queman iglesias, violan monjas y castran curas. A Senén Hernández le señalaron el día y la hora de la partida y, allá que se fue, con el traje de las bodas -el mismo con el que luego casaria tres hijas- y sin más equipaje que el bocadillo de mortadela envuelto en papel de estraza que le entregó una señorita de luminosa sonrisa y manos regordetas.
Luego le explicaron que aquello era la Plaza de Oriente. Pero Senén Hernández ni siquiera fue consciente de la conformación del suelo que pisaba. Alzó la cabeza -y aun el brazo- cuando la vocecita del hombre del fajín recordó las sempiternas maldades de los enemigos de Dios y España, esos que se aliaban con los malvados rojos para destruir a la nación de naciones, al país de héroes, santos, apariciones virginales, heroicos militares, ardientes guerreros y amantísimas esposas.

Su segundo viaje a la capital  –inmensa, inmensa, diría a sus compañeros de guiñote del Salón Social-  lo hizo dormitando sobre el asiento convenientemente reclinado de un moderno autobús; alguien había regulado el aire acondicionado y la suave brisilla le daba, de refilón, en el rostro. Senén Hernández retenía en sus manos un botellín de agua de Lanjarón  –era de Lanjarón, de la que anuncian en la tele, aseguraba-  que le había dado, en la puerta del autobús, una jovencita de camiseta anaranjada y visera del mismo color. En esta ocasión no había habido bocadillo de mortadela. Pero su vecino de asiento, un muchachito de aspecto aseado, le había pasado una bolsita de bocabits, un folio DIN-A4 con la inscripción “(z)ETA(p), NO” y un rectángulo de tela con los colores de la bandera española y la silueta de un toro azabache sobreimpresionada.

Fue la última salida fuera del Barrio de Senén Hernández antes de que el alzheimer condenara al ostracismo sus ingenuos remedos de epopeyas.


Procesiona el Barrio la mañana del último y soleado día de septiembre acompañando, silente, a su vecino Senén Hernández, cartero jubilado, exmilitante de la Unión Sindical Obrera, asceta, andarín, tañedor de bandurria y severamente sordo.
Mira el sol el cortejo de enfiladas hormigas endomingadas caminando, con pasos contenidos, por el ondulante sendero que asciende, entre tierra y gravilla, hasta el camposanto.