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«Okupas que enternecen»: Archivo personal


Doris, la gata campestre que habitaba el territorio del azud, ha asentado sus reales en el huerto que comparten Marís y la veterinaria. Independiente y tan escurridiza que para las revisiones sanitarias bianuales del Proyecto Michinos [*] había que organizar una batida para localizarla, ha trocado su manifiesta aversión a los humanos por cierta tolerancia a la que no son ajenos los siete mininos que parió en agosto, en algún lugar indeterminado, y que acomodó en el porche de la caseta en construcción del huerto, donde descubrió Marís a los okupas gatunos a la vuelta de las vacaciones. Ahí siguen. Rondan los pequeñuelos las piernas humanas y se retuercen en el suelo, juguetones, ahítos de caricias, con la madre siempre a prudente distancia, tensando hacia adelante las vibrisas de sus bigotes y bufando ante cualquier atisbo de acercamiento humano hacia ella, como diciendo: “Os dejo manosear a mis hijos, pero conmigo, confianzas, ninguna”, lo que no le impide llenarse el estómago del pienso que se le deposita diariamente en el cuenco, que complementa con lo que ella misma caza y, en ocasiones, trae, ufana, hasta el porche, como si, pese a su alergia a las personas, realizara una ofrenda a los seres humanos, que trabajan y se solazan en ese lugar, por su buen comportamiento con la camada. El domingo pasado, la dádiva de Doris la encontró Jenabou, que fue a visitar a los gatitos y estuvo a punto de pisar el cuerpecillo inerte de un periquito verdiazul colocado sobre la esterilla de la entrada a la caseta. “Era el periquito de Adela, mamá, que se les había escapado de la jaula…”, le contaba, compungida, la niña a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Lo he enterrado donde las almendreras porque si lo ve Marís le da un telele”.









NOTA

[*] Conjunto de protocolos ambientales y sanitarios que suponen el control censal, alimentación, desparasitación, vacunación y, en último caso, esterilización, de la colonia felina del Barrio.

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«Donde se acompasan los recuerdos»: Archivo personal


Hace tres décadas que se desmanteló el Corralón de los Matachines, anexo a la Tabla [1], donde Félix y su hijo Felisín mataban y despiezaban las reses. Aunque el antiguo solar es en la actualidad zona verde, para quienes entonces formaban parte de la gente menuda del Barrio y hoy son personas adultas, ese lugar, intacto en los recuerdos, sigue siendo el Paripau, donde se concentraban las almetas de las ovejas y los corderos sacrificados cuyos astrágalos se convertían en las brillantes tabas que Félix les repartía por la tronera con contraventana verde. A través de ella, además, les dejaba observar la última parte del despiece, cuando cortaba con estudiado celo la ternilla —el extremo inferior del esternón— que, según se decía, ocultaba l’almeta del Paripau [2] de cada cordero. Tras un guiño a los atentos observadores del ventanuco, Félix lanzaba al aire la ternilla con l’almeta para liberar, aseguraba, el espíritu del animal muerto. Era entonces cuando la chiquillería, absorta en las hábiles manos del hombre, rompía el silencio y aplaudía cada almeta liberada. Poco importaba que los chicos más mayores  —que en su momento también participaron, con similar entusiasmo, del ritual—  se burlaran de la credulidad de los pequeños. “Los corderos tienen también almeta del Paripau, como las personas”, razonaba puerilmente la grey infantil. “Ellos, en la ternilla del esternón; nosotros, en la sangre. Por eso las abuelas y las madres nos taponan enseguida la hemorragia de cualquier herida, para que l’almeta del Paripau no se escape de nuestros cuerpos y nos deje desprotegidos. Como los corderos están muertos, ya no necesitan almeta que los cuide”.

Pasados tantos años, aún subsisten en la memoria aquellas fantasías que acompañaron la niñez, y el nombre Paripau continúa adscrito a ese corral desaparecido y metamorfoseado en parquecillo, donde la edad de la inocencia echaba a volar la imaginación y transformaba las fabulaciones ancestrales en realidades incontestables.








NOTA

[1] En arag., carnicería.
[2] En la mitología de algunas zonas de Aragón, espíritu vital que mora en los cuerpos de personas y animales.

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«Pasajul Victoriei (Bucarest)»: Archivo personal


Bajaba, renqueante, el señor Pedro de [Casa] Berches por el Pinar de la Fontaneta, apoyada la mano izquierda en su bastón de boj y la derecha en un viejísimo paraguas de pastor que, tiempos atrás, trocó su negritud original por un gris apelmazado y con manchurrones de óxido. “¿Qué, siño Pedro, lloverá…?”, le preguntaba, con indisimulada chanza, el paseante mañanero. “San Úrbez te oiga”, respondía el viejo mentando al santo de Nocito cuya momia, quemada por exaltados republicanos al inicio de la guerra (in)civil, fue, durante once siglos, reclamo de lluvias y opíparas cosechas y del que las gentes de la sierra siguen siendo devotas y pedigüeñas del icor celestial, ampliando las suplicaciones —por si un solo santo no fuera suficiente— al venerable titular de la ermita románica de San Martín de la Choca, de quien se cuenta que, hace años, hartos en Lecina de hacerle rogativas en vano, lo castigaron arrojando su talla al camino por donde la procesionaban, cayendo a los pocos minutos una tromba de agua fenomenal, con el subsiguiente desagravio al pobre santo embarrado, que recogieron, limpiaron y depositaron de nuevo en la ermita como si nada hubiera sucedido.


El señor Pedro —cuya casa es la actual depositaria de la arqueta que contiene un trozo de la rodilla de San Úrbez que un pastor le arrancó al cuerpo incorrupto del santo de un mordisco— tiene, como la mayoría de las personas añosas de la sierra de Guara, una religiosidad trufada de supercherías a la que añade el rito de portar, cuando arrecia la sequía, un destartalado paraguas por la circunvalación de los huertos y campos de cultivo, tal vez convencido de la atracción que puede llegar a ejercer el artilugio en las impolutas masas atmosféricas bañadas por la luminosidad solar.


¿No hay miedo, pues, a que me chipie [*], siño Pedro?”, le insistía, jocoso, el caminante. Y sonreía el viejo alejándose despacio en dirección al Barrio.








NOTA

[*] En aragonés, el verbo chipiar(se) significa mojarse, calarse.

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«Con la primera luz del día»: Archivo personal


Enlazan con el desvío a velocidad moderada, con la lección de prudencia bien aprendida desde aquella vez que, acelerados, acabaron con las dos ruedas delanteras del Land Rover lamidas por las aguas rebosantes del canal y el susto crepitándoles en los esternones. Cuando Pablo, el de la grúa, los remolcó hasta el taller de Ventura y marcharon al bar porque el mecánico les dijo que aquello era “poca cosa y en un par de horas os lo dejo listo”, la socarronería lugareña acompañó a los pinchos de tortilla y los cafés que Martina, la dueña, no les cobró, tal vez compadecida del pitorreo de que fueron objeto. Tardaron más de medio año en volver a pisar el bar de Martina, el mismo tiempo que estuvieron evitando el camino del canal, pero no hubo más remedio que retomarlo cuando la carretera comarcal estuvo en obras hasta bien entrado el otoño y el desvío del canal, con el asfalto fulgurante e inseguro de las primeras heladas, se convirtió en el único paso viable para acceder a las distintas granjas que les correspondía visitar.


A las siete y seis de la mañana, con la luz natural aún entre tinieblas, recalan en el bar de Martina cuando la mujer acaba de encender la cafetera y las luces interiores. “Si tenéis tiempo, voy a freír unos buñuelos y os los pongo para que os los llevéis”, les dice. Buena gente, Martina; más cerca de los sesenta que de los cincuenta, desparejada, afable y muy trabajadora. La mujer de Andrés, el tozinaire [1], les contó que Martina anduvo ennoviada cerca de quince años con uno del pueblo, “el más gandul de la redolada”, les explicaba, al que ella terminó dando puerta “y andan los dos solteros, cada uno en su casa, ella muy apañada con el bar y a él bien se le vale de su cuñada, que le hace la comida y le lava la ropa, inútil de él”. Y todo ello lo recitaba, como si nada, mientras Manuel-Antonio, chapoteando en mierda, sujetaba como podía a una cerda descomunal a la que la veterinaria palpaba las ubres, bulbosas e infectadas, sin que la escena, nada propicia para confidencias, detuviera el parloteo de la mujer.


Regresan a la carretera con el aroma anisado de los buñuelos impregnando agradablemente el vehículo y el escarceo de la lluvia, finísima, apenas dejando huella en el parabrisas. A un lado y otro del camino, los campos de cultivo, frutos del empeño por convertir el desierto en inusitado vergel, alternan con achaparradas ripas [2], farallones de arenisca, secarrales pedregosos y pequeños agrupamientos de sabinas albares que, en época romana, eran tan abundantes y oscurecían tanto el paisaje que estas tierras, presididas por la sierra de Alcubierre, fueron llamadas Montes Negros, entorno, en el siglo XIX, de las correrías de Mariano Gavín Suñén, el bandido Cucaracha, realidad transformada en mito, héroe de los monegrinos pobres y terror de los pudientes, idealizado robinhood de este territorio estepario donde se rodaron Jamón, jamón y La marcha verde, y en el que, a menos de diez kilómetros del desvío del canal por donde transita el Land Rover, se levantan, entre dunas, jaimas bereberes junto a las que pasean, indolentes, cuatro o cinco camellos para alborozo de los turistas.







NOTAS
[1] En arag., criador de cerdos.
[2] En arag., cerro terroso.

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Donauquelle (SElva Negra)

«Donauquelle, fuente del Danubio»: Archivo personal


Cerca de la localidad alemana de Donaueschingen, tras llevar más de 1.350 kilómetros recorridos desde que se pusieron en camino el 16 de agosto, de repente, aquella voz…

—¿Qué pasa, huesquetas, que en el extranjero ya no conocéis a los paisanos?

Se giran, a la vez, los ocho. Isabel, Patricio y su inseparable Saskia, bien sujeta por la correa, contemplan al sorprendido grupo frente a Donauquelle, la fuente barroca del río Breg cuya confluencia con el río Brigach da lugar al nacimiento simbólico del Danubio, ferozmente achicado su cauce aguas abajo. Emil es el primero en reaccionar:

—Joooder, ¿qué hacéis aquí?.

—Lo mismo que vosotros, ¿no?  —sonríe Isabel. Se abrazan. Se quitan unos a otras las palabras de los labios. Se ríen y se alborotan. Saskia, la can de Chira hermana de Bambuesa, la perra de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recibe, ansiosa, tantas caricias que termina babeando a los pies de sus generosos masajistas.

[…]

—¡Qué alucine, Patri, Isa….! Si igual hace tres o cuatro meses que no nos veíamos… Como siempre estáis de acá para allá… Mira que toparnos con vosotros en Alemania… Turulata me he quedado —dice Marís.

—Pues, mira, hace una semana regresamos a Huesca desde Galicia, pero, ya sabéis, como somos jubilados de culos inquietos decidimos patearnos esta zona teutona  —explica Patricio— haciendo las paradas justas en Francia, que la tenemos muy vista. ¿Y vosotros?

—Uf, nosotros saltándonos la ruta programada, para variar, como si el destino se hubiera empeñado en que se produjera este encuentro… La idea era hacer el recorrido únicamente hasta Nancy  e ir bajando, pero como uno de mis hermanos vive en Colmar, continuamos hasta allí y surgió venir a conocer las fuentes del Danubio antes de dar media vuelta —cuenta la veterinaria—. Ya que estábamos a un paso…

[…]

—A ver, gente, aunque no lo teníamos previsto, ¿buscamos un garito cercano y echamos unas cervezas, o qué?  —propone Loren, el marido de Yolanda

—Podemos ir al bar en el que comimos ayer Patri y yo, en Hüfingen, muy cerca de aquí. Es sencillo y con dos o tres mesas en el exterior. Bueno, si queréis…  —sugiere Isabel—. Oye, ¿y a ti que te pasa en el brazo, que lo llevas en cabestrillo? ¿Te has lesionado?

—Bah, un esguince. Ya os contaré. Lo de los tragos, entonces, allí donde dices, ¿no?, porque las chicas y nosotros nos volvemos para Francia esta tarde, que tenemos decidido pasar la noche en Belfort e ir tirando para España.




EPÍLOGO

Camino del sur, se rinden, entusiastas, a los admirables señuelos que invitan, provocadores, a interrumpir por unas horas la marcha y a menguar, todavía más, el escaso remanente del fondo común: …Pierre-de-BresseLa CanourgueCarcassonne

Arquitecturas, historias, poblaciones, ríos decrecidos, colinas, bosques supervivientes, rutas alternativas, áreas de descanso, una sucinta videollamada de Isabel y Patricio desde Ulm, agotamiento y las voces desafinadas a través de la emisora que comunica ambos vehículos. “¡Preparado ese coro…! ¡Un, dos, tres y repetimos, que casi os habéis aprendido la letra!”, anima Étienne.

La   maman d’Amandine
veut que son amant dîne.
Amandine a dit non.
L’amant de la maman
d’Amandine, indigné,
redemande à dîner.
«Non. Tu es mon papa,
mais pourquoi n’est-tu pas
le mari de maman?»
Et papa lui répond
que quand on se marie
c’est beaucoup moins marrant
[*]



A media tarde del dia 8 de septiembre, cruzan la frontera y hacen la primera parada en tierras españolas, en la majestuosa villa gerundense de Besalú, donde, como en cada etapa del camino, atesoran las piedras los lances de la historia.

[…]

—En menos de cuatro horas estaremos en casa —les recuerda Yolanda, a través de la emisora, cuando reemprenden el viaje, tan derrengados como satisfechos, hacia el punto de partida.








NOTA

[*] La mamá de Amanda / quiere que su amante cene. / Amanda ha dicho que no. / El amante de la mamá / de Amanda, enfadado, / insiste en cenar. / «No. Tú eres mi papá, ¿pero por qué no eres / el marido de mamá?» / Y el papá le contesta / que cuando uno se casa / es mucho menos divertido.

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Villandry

«Villandry»: Archivo personal


I

Asegura María Petra —risa va, risa viene— que tanto ella como Marís y Yolanda decidieron prescindir del rimmel la segunda noche en el camping de Montmorillon, localidad a la que arribaron desde Huesca tras seiscientos kilómetros, con una breve pero reparadora parada en Burdeos para recoger a Oroel. Fue la tarde-noche que, al regresar de Poitiers, descubrieron que se había estropeado el mecanismo de anclaje del avance lateral de Maricarmen —así bautizaron a la autocaravana en la que viajan Emil, Marís, Loren y Yolanda; a la cámper, más compacta, que aloja a María Petra, Étienne, Oroel y la veterinaria, la llamaron Pilarín—. Emil, adicto a las extravagancias, no tuvo otra ocurrencia que poner como contrapesos una malla con patatas de un lado y dos con cebollas en el contrario, para que el tejadillo retráctil bajo el que colocaban en el exterior mesa y sillas se mantuviera en su sitio.

Los rústicos colgajos, visibles desde el sendero de losetas por el que pululaban la mayoría de los campistas, atraían muchas miradas. “Saca eso de ahí, Emil, chico”, le decía Oroel doblada de la risa, “que lo mismo piensan que tenemos un puesto de venta y nos hacen corrillo”. Y Emil, con el sombrero Panamá ladeado, remedaba a un vendedor ambulante entonando en castellano a voz en grito: “¡Patatas, cebollas… Ajos, huevos de gallinas libertarias, longaniza y butifarra de Graus, tomaticos de mi huerto…!”, retahíla que el resto acompañaban con carcajadas, hipidos e involuntarios lagrimones que les bañaban los pómulos arrastrando, en el caso de algunas de las féminas, restos de eyelinner y máscara de pestañas.

A Yolanda, siempre práctica, se le ocurrió una solución provisional para el entoldado durante el recorrido por el exquisito palacio de Villandry  —castillo renacentista a orillas del río Cher, rodeado de tres niveles de jardines donde se ejemplariza el arte de la topiaria—; compró en Tours un par de macetas colgantes, de tamaño mediano, con sendos brotes de rosal híbrido de té que, tras la visita al castillo de Chambord  —construido por Franscisco I y uno de los más grandes del Valle del Loira— y ya acampados en un área de estacionamiento gratuito en Collemiers, sujetaron de manera decorativa el toldo de Maricarmen, que conservaron de tal guisa en cada pernocta, incluso tras ser reparado, días después, por un mecánico en Brienne-le-Château, en la carretera que une los lagos de Oriente con Nancy.



II

En Aube, en la Fôret de l’Orient, me hubiera quedado para los restos”, rememora Marís, enamorada de esa reserva natural de la Champagne húmeda, de mágicas marismas y suelos tapizados de ortigas y angélicas, donde avistaron una pareja de cigüeñas negras cerca de las playas doradas del más extenso de los lagos de Oriente, una de las hoy visiblemente mermadas reservas hídricas francesas, en un enclave todavía fantástico y boscoso por el que anduvieron un día más de lo acordado antes de dirigirse a la señorial Nancy, la ciudad que posee tres plazas (la de la Alianza, la de la Carrière y la Stanislas) nombradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

En la basílica de Saint-Epvre, en Nancy, sucedió el único percance serio del viaje, cuando Loren, intentando ayudar a una señora a la que se le había desparramado el contenido del bolso por la escalera monumental de acceso al templo, se golpeó accidentalmente con la proyectura de uno de los escalones sufriendo un esguince de la muñeca izquierda con rotura parcial de ligamento, del que fue diagnosticado y asistido en el servicio de urgencias del Centre Hospitalier Régional Universitaire. “Después de esto, solo nos falta hacer una tournée por los calabozos de la Gendarmería Nacional y así no nos quedará por visitar ningún lugar emblemático de Nancy”, bromeaba Oroel a la salida del centro sanitario de la avenida del Maréchal de Lattre de Tassigny.

Fue en ese momento de distensión, después del nerviosismo acumulado, cuando Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio propusieron modificar la ruta y desplazarse a Colmar, una localidad preciosa situada en la frontera entre Francia y Alemania.

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«Dedo de Yenefrito»: Archivo personal


Pasan once minutos de las ocho y media de la mañana y el peculiar Tren de Alta Montaña El Sarrio inicia la ascensión de la pista forestal que conducirá a los once pasajeros, distribuidos en los dos vagones abiertos, de Panticosa al valle de la Ripera. “Es una pasada, mamá. Antes pensaba que el mejor tren de montaña era el de Artouste, pero me encanta este”, se entusiasma Jenabou, a la que el madrugón  —lleva en danza desde las cinco y media de la mañana—  no parece haberle afectado. El tractor reconvertido en locomotora serpentea lentamente por el camino de tierra, salvando el desnivel de más de mil quinientos metros de altitud, mientras se revela a los ojos del fascinado grupo un entorno resguardado de las ansias aniquiladoras humanas. Pura naturaleza del Pirineo axial, con espectaculares formaciones magmáticas a cuyos pies se extiende una frondosa flora donde los tímidos sarrios, junto a corzos y nutrias fluviales, tienen su edénico hogar.

Jenabou mira a su alrededor con ojos brillantes, palmotea, señala, conjetura qué animales observarán, ocultos en las vaguadas, el traqueteo del tren, y agradece el día soleado y con escasas nubes que le permite abarcar con la vista tan excepcional paisaje. Tras cincuenta y cuatro minutos de maravilloso recorrido, el tren arriba a las bifurcaciones senderistas que parten de la Ripera, un valle de origen glaciar en el que hace millones de años tuvo lugar una legendaria batalla entre los gigantes pétreos que, en la actualidad, inmóviles, presiden y dominan Panticosa y sus alrededores.


Cuenta la leyenda que, cuando las montañas pirenaicas tenían vida, dos familias de gigantes rocosos que se erguían sobre el balneario de Panticosa se disputaban el gobierno del lugar. La del Garmo Negro, que pasaba de los tres mil metros de altura, pretendía que la del Garmo Blanco, que no llegaba a esas dimensiones, acatara las órdenes de quien lo rebasaba en alzada, en contencioso que provocaba continuos rifirrafes de los que ni una familia ni otra salía victoriosa. Y aconteció que Argualas, hija menor del Garmo Negro, y Yenefrito, primogénito del Garmo Blanco, se enamoraron y decidieron huir al Rincón del Verde, en el valle de la Ripera, para vivir su amor lejos del enfrentamiento de sus parientes. Cuando la familia del Garmo Negro descubrió la defección de Argualas, marchó en su busca para darle su merecido a Yenefrito, en cuya defensa acudió la familia del Garmo Blanco. La batalla entre ambas familias fue pavorosa, como lo prueba la geomorfología actual del valle de la Ripera. La superioridad del Garmo Negro decantó la victoria y Yenefrito cayó herido de muerte. Antes de fenecer sepultado por la furia pétrea rival y, todavía agonizante en brazos de su amada Argualas, le prometió a esta que la esperaría siempre, alzando uno de sus dedos como símbolo del voto realizado. Y cuando los colosos de piedra perdieron la facultad de la vida y el movimiento, en Panticosa quedaron —montañas majestuosas e inertes para la eternidad— el Garmo Negro, Argualas y el Garmo Blanco. Y en el valle de la Ripera, el dedo de Yenefrito sobresaliendo de su propio túmulo.


Apeados del tren en el corazón del valle de la Ripera, les aguardan, todavía, algo más de cuatro horas de ruta pedestre en desnivel sinuoso, con el pico Tendeñera vigilando los pasos humanos y su coquetuela cascada haciendo de avanzadilla visual de todos los tesoros con los que toparse, entre ellos, el propio dedo de Yenefrito, cuyo avistamiento agiliza la marcha de Jenabou junto a un eufórico “¡Ya lo veo, mamá! ¡Ahí está Yenefrito!”. “Eh, eh, ve con cuidado, que te puedes resbalar y caer por la escarpadura”, le previene su madre. “Es grandioso, mamá, y aunque su historia sea un cuento chino yo me imagino su corazón debajo de mis pies, latiendo una chispita con el recuerdo de Argualas”. “Cuando volvamos hacia Panticosa, te señalaré dónde está el pico Argualas”, le dice Étienne. “¿Pero existe un pico Argualas?”, pregunta, sorprendida, la niña. “Por supuesto. Igual que existen los dos picos Garmos. Ahora los veremos”.

Hacen una parada en el ibón de Catieras y dan cuenta de los bocadillos que portaban en las mochilas mientras va agrisándose el cielo y se ven obligados a emprender el regreso a Panticosa entre pequeñas rachas de aire que vaticinan la llegada de la tormenta. La meteorología parece compadecerse de los andarines porque, pese a la amenazante tonalidad del cielo, la tromba de agua y granizo no se desata hasta que llegan al aparcamiento donde, a primera hora de la mañana, dejaron el coche.





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«Paseo por Santesteban/Doneztebe»: Archivo personal


En el escaso cuarto de hora que se tarda en recorrer la carretera que une Elizondo con Santesteban, el río Baztán pierde su nombre para tomar el de Bidasoa, en su inexorable curso que lo aleja de los Pirineos para conducirlo al Cantábrico, por la bahía de Txingudi, acompañado de las últimas lamias que Marcel asegura haber contemplado desde el puente elizondarra de Txokoto y hasta secándose los cabellos al aire entre los alisos del Señorío de Bértiz. Marcel es baztanés, nacido en Ziga, orgulloso de sus orígenes agotes, aquella comunidad maldita y despreciada que la Iglesia Católica consideraba compuesta por herejes y, como tales, perseguidos, no siendo tenidos por navarros hasta el siglo XVII, pero siempre con el estigma que los señalaba como diferentes, impíos y reos del Averno, salvo que pagaran unos buenos dineros para la salvación de sus almas.

Del pasado, de lo sobrehumano y lo terrenal, disertaba Marcel ante su pequeño y atento auditorio de comensales en el restaurante de Santesteban, entre bocados de cogollos de Tudela con ventresca de atún y anchoas, cocochas de bacalao en salsa y pastel vasco, dejando para la sobremesa de los cafés el motivo real de la reunión. “Entonces, ¿qué…? ¿os alquilo una o dos autocaravanas…? Ya las habéis visto. Impecables, casi, casi, a estrenar, a buen precio y con opción de compra…”, les decía, cambiando de tercio y regresando a su papel de comercial zalamero. “Ostras, Marcel, ¿te has tirado todo el rollo de los agotes por las autocaravanas…? “, bromeaba la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “No, mujer… Las historias del Baztán son gratis pero tengo que saber hoy mismo si tenéis intención de coger uno o los dos vehículos. O ninguno… Si marcháis a eso de los castillos del Loira la segunda quincena…” “Lo hemos hablado y vamos a alquilar las dos. A eso hemos venido, a rellenar los papeles”, intervenía Emil.


Hacen el camino a la inversa, dejando a la espalda el Alto Bidasoa, y vuelve el río Baztán a recuperar su nombre, a discurrir, gozoso, por el valle encantado donde moran seres protectores y maléficos entre bosques, grutas, palacios, iglesias y caseríos, allí donde la imaginación se desboca y danza al compás del gorgoteo del agua.

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«En la orilla»: Archivo personal


A Salou se la conoce en Huesca  con esa retranca que tanto desquicia a Agnès Hummel, la amiga de la señorita Valvanera  como Playa del Coño. «¡Coño, Fulanita, tú por aquí…!» o «Coño, Menganito, ¿estás en algún hotel o has alquilado apartamento?», son las habituales salutaciones entre los veraneantes oscenses que terminan juntándose, toalla adosada a toalla, o en las heladerías y bares de la zona de Carles Buigas, a última hora de la tarde, o torciendo el gesto ante los productos cárnicos u hortícolas de cualquier supermercado.

Qué mala pinta tiene esa carne. Está descolorida y huele como si la hubieran sumergido en agua jabonosa.
Y eso de ahí, ¿son cerezas o tomates? ¡Vaya género!


[…]


La señorita Valvanera y Agnès Hummel  a quienes gusta poner una pica en la Costa Dorada antes de iniciar su periplo de estío por otros andurriales suelen alquilar un apartamento en primera línea de playa en uno de esos complejos turísticos con ínfulas donde un conserje uniformado y con tan mala leche como acento de país del Este controla e intercepta a las visitas como si en el edificio se estuviera celebrando la reunión veraniega del Club Bilderberg.


Las señoras del 32B no están, anuncia.
Ya lo sabemos. Nos han dejado la llave del apartamento para que subamos la compra.
No pueden subir. Ustedes no son usuarios. Tienen que hablar con la señora gobernanta para acceder al apartamento.
Oiga, que tenemos la llave. Que solo vamos a dejar estas bolsas de comida.
No pueden subir.
Oiga, mire, voy a telefonear a las señoras y ellas le dirán que tenemos permiso para subir al apartamento a…
No puedo dejarles subir. Hay que pagar un suplemento por cada persona de más que se instala en el apartamento.
¿Pero cómo vamos a pagar un suplemento por dejar la compra?


La gobernanta, una mujer de poco más de treinta años, altísima, rubicunda y lechosa, a la que el conserje ha llamado por el interfono, da su venia  tras cerca de diez minutos de toma y daca y una charla telefónica con Agnès Hummel—  para que, en compañía de otro empleado, accedan a las plantas superiores, no sin advertirles por dos o tres veces que, si pernoctan en el apartamento, deberán pagar, por adelantado, doscientos cinco euros por cada noche de estancia más un euro con veinte céntimos por persona en concepto de impuesto turístico municipal, amén de una fianza de ciento setenta euros reembolsables una vez desalojen el apartamento. “Por si se produjeran desperfectos”, añade. “Son las normas”.


[…]


En el restaurante de María Dolores, una mancharrealeña simpatiquísima que lleva más de cincuenta años en Salou sin haber perdido el deje andaluz, los camareros hacen equilibrios con las exquisitas raciones de paella de marisco que son el reclamo y marca de la casa. El grato aroma hace olvidar, incluso, el ambiente abrasador del local donde un par de ventiladores colgados del techo se esfuerzan en remover el aire denso, húmedo y salinizado.

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«Artal»: Archivo personal


Lilit, la robusta felina [*] que comparte hábitat con tres mastines del Pirineo en los establos de la yeguada de monte de [Casa] Foncillas, observa —con mirada avizora—, desde la barbacana que separa el recinto caballar de la pedriza que lleva al azud, las evoluciones de Artal, uno de los gatitos de su camada. Mientras el resto de sus hermanos juguetean a los pies del muro que sirve de otero a su progenitora, él se aventura, a pasitos cortos, hacia las figuras humanas que, acuclilladas a escasa distancia, lo llaman tendiéndole las manos. Lilit, vigilante, tensa la cabeza cuando Jenabou acoge al pequeño Artal entre sus brazos, lo acuesta sobre el hombro y se deja mordisquear la oreja; entretanto, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, sentada en el suelo junto al murete y a la vista de Lilit, deposita entre sus piernas cruzadas la fiambrera con el guiso de pechuga de pollo y zanahorias que los gatitos husmean y van tomando, con delicadeza, de los dedos humanos, rozando suavemente la piel de la veterinaria con sus diminutos dientes de leche. Lilit, ya relajada, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea negra y da su anuencia para que Étienne y Jenabou, que ha dejado a Artal junto a sus hermanos, le acaricien el pecho y el cuello dibujándole surcos en el suave pelaje blanco. Cuando la gata madre ha dado también cuenta de su ración, Jenabou, Étienne y la veterinaria recogen los restos del festín, trasladan a los cachorrillos gatunos al otro lado del valladar y junto a Lilit, que abre camino con sus seis gatitos, se dirigen a los establos donde los imponentes perros mastines —tumbados bajo el porche de la entrada— continúan su sesteo tras echar un rápido y despreocupado vistazo de reconocimiento a los recién llegados.







NOTA

[*] Adscrita, como todos los gatos del Barrio, al Proyecto Michinos.

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