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Prédicas

«The Crusade»: Thomas Demuth


El gobierno israelí mantiene, desde la creación de su Estado, una disyuntiva aplicada a las reacciones sociopolíticas internacionales: O se calla y/o se aplauden los raids hebreos dentro/fuera del territorio bajo la influencia de Medinat Yisrael  o se es aliado de Hamás, Hezbolá, Al Qaeda y los países que financian el terrorismo antioccidental y judeófobo. Alrededor de ese planteamiento giran las intervenciones de los dirigentes israelíes y sus representantes ante el resto de naciones  -verbigracia, don Raphael Schutz, embajador del Estado de Israel en España-, que aplican, a cualquiera que osa criticar determinadas actitudes beligerantes, el Teorema del Antisemitismo Rampante.


EPÍLOGO: El pésame del Señor Embajador

«Sí, nueve personas han muerto en ese acto. Pero 155 murieron en un ataque terrorista en la India la semana pasada. ¿A quién le importa? Veintitrés españoles han muerto en las carreteras en el último fin de semana.» – Raphael Schutz.


NOTA

Vademécum de (algunas) de las resoluciones dirigidas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al Estado de Israel, vetadas, en la mayoría de las ocasiones, por determinados estados miembros de la Asamblea e incumplidas, todas, por el Estado receptor de las mismas.

«Mind»: Giovambattista Ianni


Yo puedo morir por defender mis ideas, pero nunca mataría por ellas”, repetía siempre. Y quizás fuera su humanista máxima la que revoloteaba ese día de febrero de 1972 entre los asistentes al sepelio del anarquista Melchor Rodríguez García.

A unos metros del féretro ornamentado con el obligado crucifijo apenas visible merced a la bandera rojinegra que cubría la caja mortuoria, se elevaron, firmes, las voces amigas: «(…)El bien más preciado es la libertad,/  hay que defenderla con fe y valor./ Alza la bandera revolucionaria/ que del triunfo sin cesar nos lleva en pos./ ¡En pie, pueblo obrero, a la batalla!/ ¡Hay que derrocar a la reacción!/ ¡A las barricadas! ¡A las barricadas!(…)» Y junto a quienes, orgullosos y desafiantes, dejaban oír sus voces en cántico revolucionario, otros rostros serios, otras figuras revestidas con trajes de buen corte, rendían un silencioso homenaje al hombre muerto. A aquel anarquista de cuerpo presente al que habían bautizado como El Ángel Rojo. A Melchor Rodríguez García a quien ellos, vencedores en la Guerra (In)civil, debían sus vidas.

En el mes de octubre de 2008 el Ayuntamiento de Sevilla acordaba rotular una calle de la ciudad como Calle de Melchor Rodrígez García, en recuerdo del ácrata sevillano que, desde su puesto de Delegado Especial de Prisiones de la II República  -cargo para el que fue nombrado en noviembre de 1936-  consiguió detener las sacas y paseos en la retaguardia madrileña, salvando a multitud de personas  -entre ellas a quienes, después, serían gerifaltes del franquismo-. “(…)Yo, por mis ideas, he estado en la cárcel… Yo soy un trabajador como vosotros, un chapista a quien, para su desgracia, han dado este cargo. Pero, ¿os creéis que la revolución es para asesinar en la cárcel a unos pobres seres indefensos?”, gritó Melchor a quienes pretendían asaltar la cárcel de Alcalá de Henares para linchar a los allí recluidos.

Nombrado alcalde en funciones de Madrid  -nombramiento que nunca fue documentado y que sólo duró dos días-  tuvo el dudoso honor de presidir el  traspaso de poderes del Consistorio a las tropas vencedoras.

Represaliado tras la guerra, pese a los testimonios que defendían su bonhomía, cumplió cinco de una condena de veinte años y, aunque sus valedores franquistas pretendieron atraerlo hacia la causa de los vencedores, se mantuvo fiel a la CNT, formando parte del Movimiento Libertario Clandestino, lo que le supuso varias estancias en prisión.


Cuentan que durante el entierro de Melchor Rodríguez García en el cementerio de San Justo de Madrid, pudo verse a un alto cargo del gobierno de Franco, a quien el libertario había librado de una muerte segura, luciendo una corbata con los colores anarquistas.

Corvus corax

«Fakefree»: Marko Beslac


Independientemente de la sentencia que la magistrada considere ajustada a derecho en el juicio civil -celebrado para establecer la propiedad de varias piezas de arte sacro–  que enfrenta a los obispados de Barbastro-Monzón y Lérida, de lo que no hay la mínima duda es de la inveterada maña de conseguidores de dos de los más mentados por quienes  pretenden que las piezas en litigio son propiedad del Museo Diocesano de Lerida: Josep Messeguer Costa, obispo, y Manuel Moll Salord, administrador apostólico.

Josep Messeguer Costa, fue obispo de Lérida entre 1889 y 1905 e impulsor del Museo Diocesano de la ciudad al que dotó con ornamentos, retablos y lienzos obtenidos de los pueblos y parroquias de su jurisdicción de manera asaz aviesa, arreglando, a espaldas del Vaticano, compras de arte sacro con los mismos sacerdotes que le debían obediencia y que, por razones fácilmente entendibles, se veían forzados a acatar las condiciones impuestas por su superior, o realizando estrambóticos intercambios para reparar la techumbre del templo a cambio de la reliquia del santo o el crucifijo de plata. De los modos y maneras del religioso para engrandecer su museo dio él mismo cumplida cuenta en un dietario donde llama la atención que el administrador de una diócesis ejerza labores de mercader de los bienes sujetos a su custodia  -que no a su propiedad-.

Manuel Moll Salord fue, de 1938 a 1943 administrador apostólico de la diócesis de Lérida. En 1938, durante la Guerra (In)civil, y “para preservar las piezas del museo” envió a Zaragoza un número indeterminado de cajas  -en varias de las mismas se encontraban algunas de las obras hoy en litigio-  que se guardaron en el Depósito del Servicio de Educación zaragozano y que, en 1943, se apresuró a reclamar mediante carta cuyo encabezamiento no tiene desperdicio: “Declaro bajo juramento ser afecto al Glorioso Movimiento Nacional y, asimismo, legítimo propietario de los siguientes objetos…

De los vestigios manuscritos de ambas ilustrísimas y los píos negocios del primero  -y no de las reiteradas sentencias de la Signatura Apostólica del Vaticano instando al obispado de la ciudad del Segre a devolver las piezas sacras aragonesas a su homónimo oscense-  parece que depende, según los letrados que defienden los supuestos derechos del museo leridano, el peso de la prueba, convirtiendo en chascarrillo el decreto de 15 de junio de 1995 de la Congregación de los Obispos que establecía la adscripción de “bienes y fieles”(sic) de las 111 parroquias aragonesas, hasta esa fecha bajo la férula del obispado de Lérida, a la recién creada diócesis de Barbastro-Monzón, situada dentro de los límites territoriales de la provincia de Huesca.

Quince años ya y como quien, bien guarecido, oye llover.


Addendum

Transpasáronse, pues, los fieles y se retuvieron los bienes, que los primeros son fácilmente mudables y los segundos inventariables.

Eutopía

«Maj»: Archivo personal


Cuando Agnès y sus invitados se encontraban a pocos metros de la alberca situada al sur de la granja, unos graznidos ásperos y persistentes surgieron de entre los árboles que ornamentan y sombrean, formando una media luna, la orilla. “Es Per”, dijo Agnès con naturalidad. “Ni a él ni a Maj les gustan los intrusos. Consideran esta zona de su exclusivo dominio”, añadió sonriendo. “Vamos, vamos, Per, ¿qué ha sido de tu actitud hospitalaria?”.

Maj y Per, una pareja de ansares comunes permanentemente enamorados, y Dos, un macho de cisne de viudedad reciente, son los únicos habitantes, junto con la propia Agnès, de lo que antaño fuera una productiva granja provenzal que obtenía y vendía verduras, hortalizas, leche, trufas y miel, en un paraje donde, en el presente, los tulipanes y las amapolas han tomado posesión de los terrenos que un día fueran de cultivo.

La gente que vive sola se hace acompañar de un gato o un perro. Yo tengo a mis escritores comprometidos”, suspira Agnès Hummel.

Per y Maj, naturalizados voluntariamente en la pequeña laguna y sin ninguna veleidad migratoria, fueron llamados así en homenaje al matrimonio de escritores suecos de novela negra Per Wahlöö y Maj Sjöwall; Dos, en honor de John Dos Passos, circunstancia que la señorita Valvanera -amiga de Agnès desde hace más de cuarenta y cinco años-  considera “ideológicamente interesante” porque Wahlöö y Sjöwall fueron militantes comunistas convencidos y Dos Passos, en cambio, dejó de simpatizar con el comunismo cuando observó el cariz siniestro del estalinismo en los años negros de la Guerra (In)civil española, a raíz de la detención y desaparición de su amigo y traductor José Robles y de la persecución contra anarquistas y poumistas.


A la mañana siguiente, la anfitriona y sus invitados marcharon hacia Uzès. Desde el borde de la alberca, sin que el menor sonido se escapara de su pico, Per observó la partida del grupo humano con interés y, cuando el coche desapareció por el estrecho camino de tierra, regresó junto a Maj y redobló la guardia.

Inspiración

«Inspiración»: Archivo personal


Paseo Marino

A I. Ludo

La sangre del mar circula roja por los corales
El corazón profundo del agua me zumba en los oídos
Estoy en el fondo del cielo de las olas
En el sótano de las aguas profundas
A la luz muerta del fúnebre cristal
Peces menudos como juguetes de platino
Recorren mi pelo que ondea
Peces grandes como jaurías de perros
Sorben con rapidez las aguas. Estoy solo
Levanto el brazo y compruebo su peso líquido
Pienso en una rueda dentada, en una palmera
En vano intento silbar
Es como si atravesara la masa de una melancolía
Y diríase que siempre ha sido así
A medias hermoso y a medias triste.

(Max Blecher, del libro de poemas Cuerpo transparente, traducido del rumano por Joaquín Garrigós).


Las olas se contonean entre espumas y se tienden en la orilla dejando, tras la resaca, oscuros rastros que delimitan la arena blanca alejada de los embates salinos.

Chispea sobre Berck y se vacía de caminantes pausados el paseo marítimo mientras arrecia la brisa que bambolea el agua de la atmósfera y la expande sobre la ciudad aromando de Atlántico los rincones.

Y frente al océano, con su torreta picuda elevándose a modo de discreto farolillo sobre los tejados de láminas apizarradas y sus albos balaústres forjados bajo los barandales sirviendo de elegantes antepechos a las galerías de su fachada principal, la emblemática presencia del Instituto Médico Calot, otrora sanatorio de tuberculosos San Francisco de Sales.

[…]

Tres años, de 1928 a 1931, de oceánicos efluvios marinos deseadamente curativos respiró Max Blecher junto a las dunas blanquecinas de Berck-sur-mer, aprisionado su tronco en implacable corsé de yeso, paralizadas y curvadas las piernas y permanentemente acostado sobre una cama rodante que los enfermeros se encargaban de deslizar con pericia por el sanatorio, siendo sustituidos, fuera de los límites del edificio, por una yegua cuyas riendas manejaba el propio Max; tres años  -todavía habrían de transcurrir otros siete de inmovilidad y peregrinaje por diferentes hospitales europeos-  dolorosa y apasionadamente intensos que desgranaría en una novela autobiográfica, Inimi Cicatrizate, escrita en tercera persona.


Marcel (Max) Blecher, dibujante, poeta y novelista rumano de tendencia surrealista y pre-existencialista, nació  en la región de Moldavia el 9 de septiembre de 1909.  Hijo de una familia judía de clase media, inició estudios de Medicina en París, donde se le diagnosticó una tuberculosis ósea que terminaría con su vida el 31 de mayo de 1938.

Fue, durante muchos años, un escritor sepultado en el olvido.

Obras: Cuerpo transparente (poesía), Acontecimientos de la realidad inmediata (novela), Corazones cicatrizados (novela) y La guarida iluminada (novela póstuma).


Trae la mar océana, mezcladas con la lluvia, las palabras que Max Blecher dijera, cercana ya la muerte, a su madre: “Mamá, en 29 años he vivido más que otros en cien. He viajado, he visto, he escrito”.

«Careerist»: Tomasz Rybak


Asunción supo de la suerte corrida por su hermano, Raimundo Novales Sanclemente, a mediados de diciembre de 1941, cuando manos anónimas le hicieron llegar, a través del coche de línea, los escasos efectos personales del finado, detenido en mayo de 1939 en el pueblo altoaragonés de Novales y fusilado en Huesca el día 2 de diciembre de 1941. Nunca, en los años transcurridos desde el fusilamiento de Raimundo hasta la muerte de ella, el 25 de julio de 1972, dejó Asunción de reivindicar la inocencia del joven veinteañero, acusado de complicidad en el asesinato, durante la guerra (in)civil, de un vecino de ideología conservadora.

El tío Raimundo estaba en la plaza del pueblo, con un amigo”, relataría una de las hijas de Asunción años después de la muerte de la madre, “cuando llegaron dos milicianos preguntando por la huerta Palomera. Mi tío y su amigo les indicaron el camino. Nada más. Después se enteraron de que los dos desconocidos habían matado al dueño de la huerta… Pero al terminar la guerra alguien del pueblo señaló al tío Raimundo y a su amigo como participantes en esa muerte. Cuando detuvieron a mi tío, mi madre pensó que lo tendrían un tiempo encerrado y que luego lo soltarían porque no había matado a nadie… Un conocido del pueblo, que estuvo con mi tío en la cárcel, le contó a mi madre que cuando dijeron en voz alta el nombre de Raimundo, para llevarle a fusilar, mi tío se desplomó y lo subieron entre dos al camión; estaba consumido, medio muerto ya por las palizas y  unas viruelas de las que no se había recuperado… Mi madre vivió siempre con esa pena… Y soñaba con saber dónde estaba enterrado su hermano para llevarle claveles…[1]


[…]la actuación jurisdiccional de Baltasar Garzón y su posterior encausamiento ha puesto de manifiesto la ausencia de reconocimiento jurídico y de justicia social para con las innumerables víctimas de la dictadura franquista. En nuestro país aún yacen bajo las cunetas más de ciento treinta mil desaparecidos. Otros tantos fueron condenados a cárcel después de padecer un juicio sin las más mínimas garantías procesales. Muchos fueron arrancados de sus padres sin ningún tipo de humanidad. Todos ellos merecen una reparación que les ha sido negada sistemáticamente y que la actividad de Garzón parecía querer otorgar. De ahí que el juicio al magistrado no sea un proceso penal más: es y será la clave histórica que permitirá concluir si España fue capaz de enfrentarse con su pasado y dignificar tanto sufrimiento silente o si volvió a apostar, esta vez parece que de forma definitiva, por un olvido cómplice que a modo de cruel cerrojo impide abrir la puerta de su particular Sala de los Horrores. – El Rincón de Joseca:Lo que el proceso esconde.


NOTA
[1] Transcripción literal de parte de una conversación grabada en diciembre de 2000.

"Retrospective": Bev Hodson

«Retrospective»: Bev Hodson


Hállase Silvestre restituyendo lacerantes bloques de recuerdos en el rompecabezas de la memoria que destruyó, años ha, en un intento no siempre conseguido de regodearse en la dicha de cada presente que barrenaba pretéritos de aflicciones.


[…]


Protegido con un delantal verde pistacho y un paño de cocina a juego colocado sobre uno de sus hombros, se afana Silvestre en elaborar, con briosos toques de rasera, un dorado ribete de igualadas puntillas en el huevo frito de dos yemas que reina, brillante, en el centro de la sartén puesta al fuego. “¿Lo quieres más hecho?”, pregunta a quien, sentado en la mesa, de espaldas a él, transcribe, con suaves roces de teclado, los retazos de vivencias que se amontonan en los labios del hombre.

Sobre una silla de cuero rojo descansa el libro por el que los debilitados ojos de Silvestre llevan transitando dos días. Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, con prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.


Qué ominosos esos tiempos en los que una circunstancia así basta para convertir en un asesino feroz y despiadado a un ciudadano habitualmente pacífico y respetuoso de la ley-, dice Silvestre con los ojos cerrados.

¿Qué…?

Es del prólogo-, afirma, señalando con la cabeza el libro cerrado mientras deposita en un plato el engalanado huevo.- Pero no es verdad. Esos ya eran asesinos antes de empezar a matar… La guerra sólo hizo que pusieran en práctica sus malos instintos… Impunemente. A ese pobre hombre de Abiego al que lincharon delante de su hija… La guerra había terminado. No había combatientes que mataran para salvar la vida. No. Eran asesinos. Ellos y los que taparon sus crímenes.


Silvestre se sienta junto al comensal y se ajusta en los orificios nasales la cánula que conecta sus vías respiratorias con el dispensador de oxígeno. “Anda, termínate el huevo, que frío no es lo mismo. Luego haré café”. El octogenario estira un brazo, toma el libro entre sus manos y lo hojea hasta encontrar un marcador plastificado en el que, bajo dos margaritas secas, se lee: Para el mejor yayo.

The Floating World

Joan Manuel Tresserras, público nesciente que ocupa el cargo de Consejero de Cultura y Medios de Comunicación de la Generalitat de Catalunya, ha expresado su júbilo ante la real masa momificada del monarca de la Corona de Aragón, Pedro el Grande, asegurando que dichos restos servirán para que se comprenda la importancia de Catalunya durante el medievo, “davant les temptacions d’alguns d’ocultar-la”.

El ignaro político –que ha reeditado la teoría de la Corona Catalano-aragonesa sin que su músculo risorio enviara una alerta para el inmediato vaciado de la vejiga urinaria- parece dispuesto a enmendarles la plana a los amanuenses de los abundantes legajos que desmienten las descaradas tergiversaciones perpetradas por una esforzada pléyade de acomplejados burgueses cuyo mayor mérito es haber creado, en los dos últimos siglos, dos tipos de especímenes fácilmente reconocibles: el muñidor de seudohistorias y el alumbrado obtuso.

"Regno (Acquarius)":  Giovanni Auriemma

«Regno (Acquarius)»:  Giovanni Auriemma


Los últimos parabienes a la construcción del embalse de Biscarrués y sus balsas laterales los ha dado la Diputación Provincial de Huesca con el ferviente voto favorable de los representantes del PP, PSOE y PAR y la solitaria negativa de José Torralba, de Chunta Aragonesista, que es, además, alcalde del pueblo cuyas tierras han sido condenadas a servir de aguamanil de los intereses hídricos de los todopoderosos y siempre sedientos regantes del llano.

Hay que regular el río Gállego”, explican, con el cinismo dibujado en las corbatas, los prebostes de la Confederación Hidrográfica del Ebro.

«Hay que regular el río…«

Hay que regular, decretan, un río que en sus 215 kilómetros de recorrido, embalsa su flujo líquido en Formigal, Lanuza, Búbal, Sabiñánigo, La Peña y Ardisa, ya sea como aportación a centrales hidroeléctricas o como balsas y canalizaciones de riego.

Hay que regular, exigen,  un río cuyo aporte al Ebro, en su desembocadura, no sobrepasa el 10% de su controlado caudal.

Hay que regular, establecen, un río archiempantanado y detraer 35 hectómetros cúbicos de agua precisamente del territorio donde las gentes de sus orillas han convertido el curso acuático en un modo de vida respetuoso con la biodiversidad.


«La destrucción de un río por merma de sus caudales y/o la contaminación de sus aguas, transformado lo que fue belleza en fealdad y lo salubre en insalubre, es un hurto que hacemos a las generaciones venideras. Estamos obligados a confeccionar una lista generosa de ríos, cabeceras o tramos intocables, cuyo destino sea simplemente ser río, para el disfrute lúdico y estético, para un mayor acercamiento a la comprensión de lo que significa la naturaleza para el ser humano.«.- Fco. Javier Martínez Gil, catedrático de Hidrogeología de la Universidad de Zaragoza.

 

Cuando, en 1987, Bronislawa Wajs exhaló el postrer suspiro, ya llevaba treinta y cuatro años muerta. El Baro Shero (máxima autoridad entre los gitanos polacos) que en 1953 la había declarado marihmé (=impura, en rromanés) y, como consecuencia, indigna de formar parte de la comunidad romaní, dictó concienzudamente su sentencia. Bronislawa, llamada Papusza (=Muñeca, en rromanés), se recluyó en sí misma entre el desdén y la indiferencia de las gentes de su etnia y vivió y murió sola y olvidada.

Bronislawa Wajs nació en Polonia, en 1908 o 1910, en una familia de romaníes trashumantes que se ganaban la vida tocando el arpa de pueblo en pueblo. Bronislawa, analfabeta como el resto de los miembros de su familia, empezó a sentir curiosidad por los libros, esas mágicas cajitas de papel pobladas de signos con mensajes extraordinarios, y se afanó por encontrar en cada poblado donde actuaba la familia, alguna persona que le enseñara a leer. A cambio entregaba algún ave robada en el primer corral de fácil acceso.  Alumna disciplinada, pronto fue capaz de desentrañar el estimulante mensaje de las palabras y, no sin esfuerzo, se proveyó de una humilde biblioteca cuyos sencillos y desgastados volúmenes conseguía efectuando idéntico pago al ideado para recibir lecciones.

La afición lectora de la niña no gustó a la familia, que consideraba los libros objetos únicamente provechosos para ser consumidos en las fogatas que se encendían para cocinar el condumio y protegerse del frío que hería la carne de otoño a primavera. Papusza, para evitar que sus libros alimentaran el fuego, los mantenía escondidos bajo los pesados instrumentos musicales, estratagema que le sirvió para salvar la mayoría de sus adquisiciones.

A los quince años, Bronislawa fue obligada a contraer matrimonio con un arpista gitano de mayor edad y, según los cálculos de la familia, en mejor posición económica. Fue entonces cuando empezó a cantar, con el acompañamiento musical de su marido, sencillas baladas que ella misma creaba y en las que describía la vida errabunda de los gitanos, sus esperanzas e ilusiones. Eran los comienzos de quien muchos años más tarde, y ya desaparecida, sería considerada una de las mejores poetisas en lengua romaní.

La II Guerra Mundial y la persecución que sufrieron los gitanos  -un centenar de familiares de Bronislawa y su marido fueron exterminados-, obligó a Papusza y a los suyos a refugiarse en los bosques, donde compartieron escondite con fugitivos judíos, para quienes también compuso sentidas canciones. Terminada la contienda, el poeta Jerzy Ficowski, que había escuchado cantar a Papusza, se interesó por sus letras y las transcribió del romaní al polaco, publicándose en una revista de gran tirada.

Bronislawa Wajs adquirió cierto reconocimiento, pero seguían siendo malos tiempos para los gitanos polacos. Las autoridades socialistas establecieron un programa de asentamiento obligatorio para los gitanos supervivientes de la guerra y el amigo gadyé (=no gitano, en rromanés) de Papusza, Jerzy Ficowski, autonombrado experto en cuestiones gitanas, utilizó los poemas de Bronislawa, sin el consentimiento de ésta, como propaganda gubernamental para convencer a la comunidad gitana del paraíso que les esperaba en las zonas que se les habían asignado como residencia forzosa. La respuesta de los gitanos no se hizo esperar. Bronislawa Wajs, Papusza, fue acusada por los suyos de traicionar la vida y costumbres de los gitanos polacos  y de colaborar con el gobierno para arrinconarlos. Sometida a juicio tribal, de nada le sirvió intentar paralizar la publicación de un libro de poemas; tampoco, romper cerca de trescientas composiciones que guardaba en su casa. Bronislawa Wajs, Papusza, fue excluida ad aeternum de quienes hasta ese momento habían constituido su pueblo.

Ocho meses en un sanatorio psiquiátrico precederían a los treinta y cuatro años de soledad y abandono. Murió el 8 de febrero de 1987.


En los años posteriores a su muerte, la figura y la poesía de Bronislawa Wajs fueron reivindicadas por las nuevas generaciones gitanas. La casa de Papusza, en la ciudad de Gorzow Wielkopolski, donde vivió, está señalada con una placa conmemorativa y una estatua de la poetisa se colocó en el año 2008 en el parque de la localidad.